La guerra de Ucrania está poniendo en evidencia algunos problemas de Rusia. Una guerra que, como tantas otras, podría haberse evitado; una guerra que está causando estragos en Ucrania; pero también una guerra que va a erosionar tanto la credibilidad como el poder ruso, en la medida en que erosiona su capacidad económica y militar, y en la medida en que dificulta su diplomacia.
Sin embargo, lo que acabo de exponer es lo obvio. Es una mera entradilla. Lo importante es lo que no se ve en el día a día o, al menos, lo que es eclipsado por el ruido de sables. Pero conviene detenerse para ponerlo sobre la mesa. Es preciso ampliar el zoom de nuestra cámara. Porque es necesario observar el bosque que no siempre se deja atrapar cuando nos limitamos a fijarnos en los árboles. Me refiero, claro está, a la política exterior rusa más allá de Europa del Este. En este caso, la que tiene que ver con su expansión por y desde el mar mediterráneo. Una política que viene trazada desde hace años, que se va aplicando de modo gradual, que es muy ambiciosa y que no se limita a la recuperación del control de su “extranjero próximo”.
De la ambición del Kremlin y de sus más que probables excesos ya he escrito en otras ocasiones. No insistiré en ello. Simplemente, ya lo tengo en cuenta al escribir estas líneas y cualquier otra cosa al respecto de Rusia. Pero eso no es óbice para analizar el contenido de las mismas… por si acaso.
Eso no significa que la guerra de Ucrania no tenga nada que ver con esa expansión de más altos vuelos. Por el contrario, se trata de una política para la cual el control del Mar Negro resulta fundamental. Eso no es, ni será nunca, una condición suficiente para el adecuado despliegue de esa política exterior. Pero es, y siempre será, una condición necesaria para ello.
Entonces, si la obsesión rusa por hallar una salida a aguas cálidas encuentra su verdadero sentido cuando es conectada con su anhelo de proyectar poder en el mediterráneo podemos afirmar que, a su vez, proyectar poder en el mediterráneo adquiere sentido cuando se aprecian los objetivos que el Kremlin tiene en otras latitudes, para los cuales el mediterráneo es una magnífica puerta de entrada. Porque Rusia, como también China, lleva años poniendo el acento en África. Se trata de una apuesta de futuro.
Eso conlleva diversos réditos. Económicos, en función de su penetración en la zona, ora sea para controlar sus recursos, otrora para invertir en sectores productivos que le garanticen mercados de futuros. Militares, ante la eventualidad de ampliar su todavía reducido cupo de bases y otras facilidades en ‘ultramar’, pero también para fomentar la venta de armas. Pero también diplomáticos, en la medida en que algunas de las recientes votaciones en la Asamblea General de la ONU han mostrado cierta tendencia de Estados africanos a no condenar la invasión de Ucrania (absteniéndose o no acudiendo a la votación), así como a rechazar las sanciones económicas contra Rusia. A medio plazo, la consolidación de la presencia rusa en la cuenca mediterránea, así como en África prometen, asimismo, una mejora de sus fuentes de inteligencia, tanto tecnológicas como humanas. De modo que no es complicado ver cómo la estrategia de Moscú abarca la totalidad de los aspectos del DIME clásico.
Esa política es toda una declaración de voluntad. Que vaya a consolidarse, o no, es harina de otro costal. Tantos frentes abiertos no son fáciles de sostener por un país con el PIB ruso. No lo eran antes de la guerra de Ucrania. De modo que la situación para Rusia puede ser peor tras la misma. Si bien, las interpretaciones son de ida y vuelta: ¿imposibilidad de explotar esas opciones o ventanas de oportunidad para recuperar el aliento? Sea como fuere, antes de evaluar esa posibilidad, es preciso saber qué cartas están marcadas y de qué manera. Los factores culturales (o civilizatorios, en el sentido de Huntington) también cuentan. Occidente se respalda a sí misma, convencida de que es portadora de valores universales.
Sin embargo, Rusia cultiva el rechazo a los valores occidentales, descartando que sean universales. Y lo hace con la suficiente vehemencia como para hallar aliados en otros lares, diversos entre sí (no solamente con respecto a la propia Rusia), aunque conectados por su escepticismo ante el pasado, el presente y el futuro de la égida occidental en el mundo. Esa especie de ‘solidaridad negativa’ está rindiendo sus frutos. Lo hace incluso en los momentos en los que Rusia está siendo más discutida por doquier. En el mediterráneo y en África, los designios del mundo ortodoxo, del islam y del sínico van muy de la mano. Con diferentes intensidades, y con diferentes dosis de cada ingrediente, en función del país que se trate.
Tendremos que acostumbrarnos a mirar más allá de Ucrania, aunque sea con el rabillo del ojo, mientras la atención principal queda fijada en una guerra que (casi) nadie desea terminar. Pero, cuando termine, el bosque aparecerá ante nuestra mirada, en toda su extensión, más allá de los árboles derribados por la tormenta.
Para profundizar en el tema puede consultarse el artículo que he publicado en el número de mayo de 2022 de la Revista General de Marina, disponible en este enlace.
