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¿Qué es el poder? (I): Apuntes introductorios

https://global-strategy.org/que-es-el-poder-apuntes-introductorios/ ¿Qué es el poder? (I): Apuntes introductorios 2025-02-18 11:40:02 Rodrigo Escribano Roca Blog post Estudios Globales Global Strategy Reports Teoría política

Global Strategy Report, 3/2025

Resumen: El texto constituye el primero de una serie de artículos que pretenden introducir al lector en un conjunto de tratados y ensayos que han intentado delimitar una definición básica del poder, así como generar una teoría transversal sobre su naturaleza específica como modalidad de interacción social. En las dos primeras entregas me serviré de una anécdota televisiva para radiografiar los atributos básicos del poder como un tipo de relación volitiva, imaginativa, estratégica e intersubjetiva que conecta entre sí a los seres humanos. Tras los dos artículos introductorios, desarrollaré unos tres más, en los cuales evaluaré las dinámicas interpersonales que son consustanciales al poder y explicaré cómo este fructifica en organizaciones e instituciones. Por último, escrutaré su funcionamiento a nivel macro, ponderando en qué medida su escrutinio nos sirve para determinar las dinámicas de interacción entre sociedades, Estados e imperios.

Para citar como referencia: Rodrigo Escribano Roca (2025), “¿Qué es el Poder? Apuntes introductorios”, Global Strategy Report, 3/2025.


El sacrificio de Vegeta

El episodio que me dispongo a narrar sucedió una mañana cualquiera del año 1999. Era sábado. Mis padres, como ya era habitual, fueron incapaces de adaptar sus ritmos circadianos a mi pasión desaforada por los dibujos animados. Cuando me dirigí, ansioso, hacia el televisor, las persianas permanecían echadas y la penumbra presidía el salón. Serían las 8 de la mañana, lo que significaba que tenía aproximadamente una hora para extraviarme en mis ficciones. Después de eso, todos despertarían y me someterían a la insoportable mundanidad del desayuno y las compras semanales en el Pryca. Mi plan de aquel día no se salía del menú de shows que yo mismo había ido confeccionando metódicamente: primero abriría boca con los Osos Gummi, cuyos brebajes mágicos y enredos familiares me entretenían sobremanera; más tarde, seguiría con interés las aventuras de Mofli, el angelical koala que se pasaba la existencia huyendo de la deforestación y la caza furtiva. Con un poco de suerte, tendría aún tiempo para deleitarme con las expediciones empresariales de Gilito McPato[1] y sus tres sobrinos, que vagaban por junglas y desiertos a la búsqueda de tesoros que siguieran irrigando su mítica piscina de dólares.

 Mis padres se fiaban, con buen criterio, de mi excelente gusto y no tomaban mayores prevenciones para controlar lo que veía o dejaba de ver en mis madrugones televisivos. Solo impusieron una norma básica: nada de dibujos japoneses. Lo que pudiera parecer una prevención nacida de una alarmante japonofobia, tenía en realidad una explicación sociológica e ideológica. Mis padres, nacidos en la década de 1960, no estaban familiarizados con las convenciones del Anime, que penetró en España ya entrada la década de 1970. En todo caso, su único contacto con el mismo habían sido los célebres melodramas Heidi y Marco, que estaban convenientemente adaptados a los cánones éticos y estéticos del consumidor occidental.[2] Sin embargo, mis progenitores percibían que los dibujos japoneses de los años 90 se connotaban por su violencia; una violencia gratuita, cuyo visionado adivinaban como potencialmente embrutecedor para mi mente infantil.

Yo no estaba muy dotado para la desobediencia en aquel entonces y mi intención era mantenerme alejado de los lances sangrientos que yo mismo asociaba con el Anime. Pero creo recordar que me equivoqué de canal. Pulsé el “3” en lugar del “2” y, como sucede en muchos lances existenciales, un evento fortuito y prosaico en apariencia me deparó una de las experiencias más impactantes de mi vida. En la pantalla no me encontré con los Gummi, ni con Mofli, ni con el acaudalado MacPato. Frente a un fondo desértico, atravesado por una densa polvareda carmesí, se erguía un hombre ensangrentado, mecido por un viento impenitente. Su fisonomía era angulosa y amenazante, en todo ajena a los contornos redondeados que caracterizaban a los inofensivos héroes disneywaltianos.  Su expresión jactanciosa, sus ojos sombríos, su musculatura hipertrofiada, su mata de cabellos erizados y eléctricos, sus ropajes raídos y, sobre todo, su determinación, me fascinaron al instante, impidiéndome comulgar con la prohibición paterna y cambiar de canal.

Lo que vino después, me dejó aún más descolocado. El hombre confrontaba a un monstruo estrafalario, de aspecto chicloso. Luego sonreía para sí y tras dedicarle unos pensamientos de despedida a sus seres queridos, flexionaba sus extremidades y profería un alarido cavernario. Entonces, para mi sobrecogimiento absoluto, una masa de energía brotaba de su cuerpo, provocando una explosión colosal que se llevaba consigo a su enemigo y a todo el paisaje circundante. El personaje se había inmolado, perdiendo la vida y perpetrando un acto de destrucción indiscriminada. El capítulo se cerraba con aquella escena. La voz de un narrador pronunciaba un epitafio en que loaba el valor del sacrificado. Su nombre, según parece, era Vegeta. Más adelante, cuando la obsesión ya me consumía, averigüé que este guerrero suicida era el príncipe de las Saiyans, una raza de superguerreros extraterrestres que prosperaban invadiendo planetas ajenos. Tras la destrucción de su hogar y de su pueblo por parte del malvado emperador Freezer, Vegeta había vivido como un mercenario sin escrúpulos, hasta que, por una serie de circunstancias, había formado una familia con una terrícola llamada Bulma. La abominación a la que enfrentaba en la escena descrita era una criatura llamada Majin Boo, que contaba con una inusitada capacidad de regeneración y que pretendía destruir la Tierra. Resulta que, sabedor de que no podía derrotar a su contrincante, Vegeta canalizaba toda su energía vital para perpetrar un ataque kamikaze que tenía por finalidad evaporar a su rival.

Se pueden imaginar mi expresión de alucinación infantil. Acababa de visionar por primera vez la serie televisiva Dragon Ball Z, en concreto su episodio 237, magistralmente dirigido Nishio Daisuke, que adaptó a la animación el Manga de Akira Toriyama. Sea como fuere, a mis siete años, cuando contemplé la escena descrita, yo carecía de todo el trasfondo narrativo. Y, aún con todo, me dejó atrapado. La imagen de Vegeta destruyéndose a sí mismo en unas arenas inmisericordes me sumió en una iteración compulsiva, que me acompaña hasta hoy. ¿Cuál fue la razón de que una representación tan aparentemente carente de significado y de moraleja me suscitase tamaña fascinación?, ¿fue una pulsión primitiva hacia la violencia de la que aún participamos los Homo Sapiens, condicionados por las huellas evolutivas de nuestro pasado cazador-recolector?, ¿fue el lirismo visual que le imprimieron, ciertamente, Toriyama y Daisuke?, ¿o fue algo incluso más profundo? Con los años he llegado a una conclusión que, a riesgo de pretenciosa, creo que da en el clavo: el sacrificio de Vegeta me interpeló profundamente porque, como el conjunto de Dragon Ball Z y otras ficciones similares, tiene por eje narrativo una temática de primera importancia en la condición humana: el poder; nuestra capacidad para engendrarlo y ejercerlo; las pulsiones destructivas y creadoras que lleva consigo su ejercicio; las claves que lo convierten en el motor de nuestros acuerdos y de nuestros disensos; los secretos de sus dialécticas, siempre complejas, con el bien y con el mal.

Todos tenemos una noción intuitiva de lo que referimos cuando pronunciamos la palabra “poder”, pero en muy pocas ocasiones nos detenemos a reflexionar sobre su significado. Esto es cierto no solo en lo concerniente a sus usos en el lenguaje cotidiano. “Poder” es una categoría empleada con recurrencia en varias disciplinas en el campo de las ciencias sociales y humanas. Las relaciones internacionales, la ciencia política, la historiografía, la sociología, la antropología y la filosofía política discurren muy habitualmente sobre estructuras, redes, grupos y prácticas de poder.[3] Y, no obstante, es poco común que los estudios que emplean dicha terminología se detengan a aclarar su concepto del mismo.  Con este texto inicio una serie de artículos en los que trataré de introducir al lector en un conjunto de tratados y ensayos que han intentado delimitar una definición básica del poder, así como generar una teoría transversal sobre su naturaleza específica como modalidad de interacción humana. En lo que resta de este primer texto y el siguiente, me limitaré a seguir comentando el sacrificio de Vegeta, no por puro deleite freak, sino porque el acto kamikaze del príncipe de los Saiyans nos permite desentrañar algunos atributos constantes del poder, como un tipo de relación volitiva, imaginativa, estratégica e intersubjetiva que conecta entre sí a los seres humanos. Tras los dos artículos introductorios, desarrollaré unos tres más, en los cuales evaluaré las dinámicas interpersonales que son consustanciales al poder y explicaré cómo este fructifica en organizaciones e instituciones. Por último, escrutaré su funcionamiento a nivel macro, ponderando en qué medida nos sirve para determinar las dinámicas de interacción entre sociedades, Estados e imperios.

El mantra liberal: poder vs libertad

Para cuando mis padres entraron en el salón con el fin de confirmarme que iríamos a hacer la compra del mes -horror-, yo ya había tenido tiempo de sobra para sintonizar Patoaventuras. Tardarían unos meses en darse cuenta de que había conculcado su paternal autoridad. Me disponía a urdir mil artimañas para visionar en secreto más despliegues de superpoder por parte de Vegeta y de sus camaradas peleadores Goku, Gohan, Piccolo y compañía. Mientras tanto, mis progenitores permanecerían tranquilos pensando que seguía invirtiendo mi ocio televisivo en osos mágicos, koalas ecologistas y patos emprendedores.

No es que desearan infantilizarme, pero es evidente que aquellos dibujos se armonizaban a la perfección con los valores que, en el fondo, deseaban inculcarme. Y es que, para cualquiera con algo de perspicacia analítica, salta a la vista que las series infantiles han sido grandes instrumentos de socialización ideológica y que las que han primado en Occidente desde mediados del siglo XX han sido muy hábiles en la divulgación de códigos de conducta enraizados en el liberalismo democrático.[4] Dicho entramado de creencias se basa en la premisa fundamental de que los individuos encontramos la felicidad en la medida en que nos desarrollemos como seres autónomos. Es decir, en la medida en que seamos capaces de sustraernos de toda voluntad ajena. La persona que se realiza como tal es aquella que logra desarrollar sus capacidades racionales y afectivas de modo que puede definir creativamente su propio proyecto de vida, sin depender del juicio de terceros.[5] Asimismo, el individuo libre debe de contar con la posibilidad de actuar al margen del dictamen o la imposición de cualquier autoridad externa, siempre y cuando sus elecciones no dañen a otros.[6] De ahí que los derechos ciudadanos promovidos por las democracias liberales nacidas a partir del siglo XIX tengan por objetivo garantizar que los individuos puedan pensar, decir y hacer lo que deseen sin someterse a ningún despotismo, ya provenga este del Estado, de la familia, de una iglesia o de una mayoría social.[7]

El concepto nuclear del liberalismo es, como salta a la vista, la libertad individual. ¿Qué tiene que ver todo esto con los dibujos animados? Yo diría que mucho, casi todo. Fíjense en la trama de casi cualquiera de las series infantiles que he mencionado. Gilito McPato es un millonario excéntrico que, movido por su pasión por el lucro, por su curiosidad intelectual y por su sed de descubrimientos, desafía todas las convenciones y espacios seguros que se le presuponen a un millonario. A través de McPato, Disney no solo entronizaba el ideal de la libertad individual, sino que la asociaba con un modelo antropológico ligado al capitalismo americano: la ética del esfuerzo, la independencia de carácter y la autonomía de juicio se entrelazaban en un héroe emprendedor e individualista, que no por ello dejaba de demostrar su amor por su familia y su filantropía.[8] Los osos Gummi eran más comunitaristas, pero al fin y al cabo, conformaban una tribu que luchaba por preservar su independencia de una serie de tiranos nobiliarios que aspiraban a someterles y robar sus recetas mágicas. En este show la idea de libertad cobraba una dimensión más política: una familia resistiéndose a las imposiciones de déspotas feudales y preservando sus costumbres idiosincráticas. La dialéctica esencial que articulaba ambas series enfrentaba la libertad con la opresión y el oscurantismo. McPato quería ser libre viviendo aventuras con sus sobrinos, los osos Gummi querían ser libres de los villanos que cuestionaban su derecho de autodeterminación. Mofli iba por el mismo camino: en su trama se dirimía si el antrópico koala lograría huir de los cazadores que deseaban aprisionarle en un zoológico. Mofli deseaba ser libre, en este caso con una pátina de ecologismo que asociaba su emancipación como sujeto a la preservación de su hábitat natural.

Lo antedicho explica por qué mis padres se sentían cómodos con el contenido de estas series. Sus héroes eran vehículos metafóricos que portaban dentro de sí los conceptos liberales de la libertad y la independencia personal, ambos esenciales para educar al ciudadano de una democracia moderna.[9] Pero, volviendo al tema que nos concierne, existía un principio teórico latente en estas ficciones, y en la educación cívica que transmitían, que es también consustancial a la tradición liberal: una imagen subyacentemente negativa del poder. Ninguno de los protagonistas buscaba acrecentar su poder. Ni siquiera McPato, que parecía que ambicionaba ganar dinero solo para chapotear en sus dólares. Eran los villanos los que perseguían fines homologables con el acrecentamiento de su propio poder: todos deseaban tronos o recursos que les permitieran someter a sus semejantes. Esta dicotomía entre un héroe que desea ser libre o hacer libres a los suyos y un malvado que ansía ejercer el poder sobre sus pares puede parecernos natural e intuitiva, pero es circunstancial a los imaginarios del liberalismo occidental.[10]

La filosofía ética y política que le fue dando cuerpo a la tradición liberal homologó el concepto de poder con el concepto de dominación. Podríamos hacer esto extensivo a otras ideologías herederas de la Ilustración, como el socialismo o el anarquismo.[11] En todos estos casos, se tiende a pensar en el poder como un tipo de relación en que un individuo o grupo somete contra su voluntad y sus intereses a otros individuos o grupos. Poder sería sinónimo de control no negociado del otro y antónimo de libertad. Las obras de autores como Hobbes, Locke, Constant, Stuart Mill, Proudhon y otros conspicuos exponentes del pensamiento político moderno plantearon las cosas de tal forma que las acciones libres se sustraerían del “poder”, entendido como una suerte de atributo de aquellas instancias o personas que contaban con la fuerza o la destreza persuasiva como para limitar o manipular la voluntad de los otros.[12] Varios tratados sobre las dinámicas de funcionamiento del poder han dado por buena esta teoría y lo han equiparado con el mero control vertical.[13] La interpretación liberal del poder tiene tanto peso que incluso podríamos decir que es la que se impone en los imaginarios de las sociedades occidentales. Cuando hablamos de alguien “poderoso” tendemos a pensar en oficinas oscuras, en políticos trajeados, en cardenales circunspectos y en directivos opulentos. Pensamos el poder como el atributo de aquellos que dominan nuestros gobiernos, nuestros bolsillos y nuestras conciencias. Concebimos el poder, en muchas ocasiones, como enemigo de la libertad.

Ahora bien, esta postura interpretativa, aún siendo cierto que ha sido muy eficaz a la hora de edificar un sustrato consensual de creencias democráticas, exhibe problemas muy profundos para diagnosticar la naturaleza del poder como fenómeno sociológico. ¿Y si les dijera que, de acuerdo a los teóricos más sofisticados, el poder remite a relaciones más complejas que el dominio o la subordinación?, ¿y si me atreviera a sugerirles que poder y libertad pueden ser tenidos casi por sinónimos? En la siguiente entrega rescataremos los argumentos de autores de la talla de Hegel, Nietzsche, Heidegger, Arendt, Foucault, Tillich, Russell, Chul-Han y Marina para familiarizarnos con una definición alternativa y más completa del poder respecto de aquella que consagran nuestras preconcepciones liberales.

Solo adelantaré que el poder puede entenderse como la proyección expresiva de nuestra voluntad en el mundo. Ejercemos el poder cuando logramos que las posibilidades que imaginamos en nuestra conciencia se materialicen en el mundo y particularmente en el mundo de los otros, ya sea por la vía de la imposición o de la persuasión.  Ejerzo algún tipo de poder si logro que una colectividad me haga caso, que la persona que me gusta vea la película que yo quiero o que en el coche se escuche al grupo que a mí me gusta. El poder aparece en cualquier situación en que dos o más voluntades deben acompasarse. Puede ser de naturaleza coactiva o consensual, violenta o seductora, pero es un atributo universal de la vida social y de la experiencia humana.

Y es por esto, probablemente, que Dragon Ball Z me fascinó. Su trama se aleja de la tradición liberal e ilustrada de Occidente; la libertad de sus personajes no constituye su eje narrativo. Por el contrario, la serie de Akira Toriyama gravita sin complejos en torno a un interrogante que a muchos les compele tanto o más que la libertad de sus protagonistas: ¿quién es el más poderoso?, dicho de otras formas, ¿cuál de los personajes logrará concentrar una mayor cantidad de poder?, ¿qué estrategias seguirán para lograrlo?, ¿cómo se transformarán a sí mismos y a su contexto en su búsqueda del mismo? El ataque sacrificial de Vegeta me dejó ensimismado porque fue la primera representación explícita y honesta que pude contemplar en la cual el poder se presentaba líricamente como algo que preside nuestra existencia. Profundizaré en esta idea en la siguiente entrega y explicaré por fin por qué la muerte del príncipe de los Saiyans nos da pistas invaluables para entender la voluntad de poder desde la mirada compleja que nos proponen los grandes tratadistas sobre la materia. Aunque parezca mentira, este es el primer paso para articular una teoría política de los conflictos postimperiales, es decir, una interpretación que explique por qué algunos imperios desaparecen dejando tras de sí escenarios de paz y otros colapsan para dar lugar a guerras crónicas. Ese es el objetivo del proyecto Marie Curie Action 101148590 — POST-EMPIRE, que patrocina este escrito.

“Funded by the European Union. Views and opinions expressed are however those of the author(s) only and do not necessarily reflect those of the European Union or CSIC. Neither the European Union nor the granting authority can be held responsible for them.”


[1] Scrooge McDuck en el mundo anglosajón y Rico McPato o Tío Rico en Hispanoamérica.

[2] Sobre la historia del Anime y su difusión global: Jonathan Clements, Anime: A History (Bloomsbury Publishing, 2019).

[3] Para una revisión interesante: Stewart R. Clegg y Mark Haugaard, The SAGE Handbook of Power (SAGE, 2009).

[4] Ejemplos de excelentes estudios al respecto: Cher Krause Knight, Power and Paradise in Walt Disney’s World (University Press of Florida, 2014); Marc DiPaolo, War, Politics and Superheroes: Ethics and Propaganda in Comics and Film, 1.a ed. (McFarland, 2011).

[5] Michael Freeden, Liberalismo: una introducción (Barcelona: Página indómita, 2019); Cristóbal Bellolio, Liberalismo: Una cartografía (TAURUS, 2020).

[6] Helena Rosenblatt y Yolanda Fontal, La historia olvidada del liberalismo: desde la antigua Roma hasta el siglo XXI (Barcelona: Crítica, 2020).

[7] John Dunn, Libertad para el pueblo historia de la democracia (México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 2014).

[8] Hay algunos pequeños ensayos interesantes sobre el tema: «The Life and Times of Scrooge McDuck | The American Dream», Hypercritic (blog), accedido 12 de febrero de 2025, https://hypercritic.org/collection/don-rosa-the-life-and-times-of-scrooge-mcduck-the-american-dream-1992-1994-review.

[9] Sobre la capacidad de las metáforas visuales y figurativas como depositarias de conceptos políticos: Ana Isabel González Manso, «Héroes nacionales como vehículos emocionales de conceptos», Historiografías: revista de historia y teoría, n.o 10 (2015): 12-30; Jason Dittmer, Captain America and the Nationalist Superhero: Metaphors, Narratives, and Geopolitics (Temple University Press, 2012).

[10] Así lo ha explicado una magnífica obra reciente: Guido Parietti, On the Concept of Power: Possibility, Necessity, Politics (Oxford University Press, 2022).

[11] Algunos autores han explicado bien estas genealogías compartidas: Reinhart Koselleck, Historias de conceptos: estudios sobre semántica y pragmática del lenguaje político y social (Madrid: Trotta, 2012); Gregory Claeys, «El socialismo no marxista», en Historia del pensamiento político del siglo XIX, ed. Gareth Stedman Jones y Gregory Claeys (Madrid: Akal, 2021), 543-78; Alfredo González Martínez, «El anarquismo», en Ideas y formas políticas: del triunfo del absolutismo a la posmodernidad, ed. Pedro Carlos González Cuevas y Ana Martínez Arancón (Madrid: UNED, 2014), 323-36, http://site.ebrary.com/lib/bibliotequesuab/Doc?id=10862299.

[12] Peter Morriss, «Power and Liberalism», en The SAGE Handbook of Power, ed. Stewart R. Clegg y Mark Haugaard (SAGE, 2009), 54-69.

[13] Steven Lukes, El poder: Un enfoque radical (Siglo XXI de España Editores, 2007); Mark Haugaard, Power: A Reader (Manchester University Press, 2002).


Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España). ISSN 2695-8937

Rodrigo Escribano Roca

Contratado Ramón y Cajal del Departamento de Historia Contemporánea de la UNED. Es también nvestigador del Centro de Estudios Americanos de la Universidad Adolfo Ibáñez e investigador del Instituto Universitario de Investigación en Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Alcalá. Es IP del Proyecto Fondecyt Nº 1240232, "La Cultura Política de la intervención Postimperial. El caso de España y las Repúblicas Sudamericanas del Pacífico" y del Proyecto Marie Curie Action 101148590 — POST-EMPIRE, Horizon Europe (HORIZON) financiado por la Comisión Europea a través del Grant HORIZON-MSCA-2023-PF-01 y vinculado a Global Strategy.

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