• Buscar

Reflexiones sobre el hambre en el mundo

https://global-strategy.org/reflexiones-sobre-el-hambre-en-el-mundo/ Reflexiones sobre el hambre en el mundo 2022-12-26 17:09:28 Josep Baqués Blog post Estudios Globales Global Strategy Reports Geopolítica de los recursos

Global Strategy Report, 30/2022

Resumen: El hambre en el mundo ha ido a menos, en los últimos años, pero sigue siendo un grave problema, mientras que la guerra de Ucrania y el cambio climático han empeorado la situación de los más afectados. Sin embargo, a la hora de analizar cuál es el mejor modelo para atajar ese problema, sigue habiendo muchos discursos basados en tópicos, cerca de la “culpabilidad” del capitalismo y las mejores opciones que generaría un cambio de sistema económico. Dicho lo cual, eso no resiste ni el análisis histórico, ni el que tiene que ver con los datos actuales.

Para citar como referencia: Baqués, Josep (2022), «Reflexiones sobre el hambre en el mundo», Global Strategy Report, 30/2022.


China erradicó en los ocho últimos años, la pobreza extrema, que afectaba a más de 100 millones de sus ciudadanos[1]. Eso coincide con la maduración de una etapa, ya dilatada, de apertura a las reglas de la economía de mercado, iniciada por Deng Xiao Ping en 1978 y que, desde entonces, ha presidido la evolución económico-social china (Kelly, 1998: 108). Si bien, no tanto la política (Gaspar, 2005: 45), ya que las limitaciones en materia de derechos y libertades siguen siendo notables. De alguna manera, pude decirse que China ha dejado de ser comunista en su dimensión económica, pero que sigue siéndolo en la política, donde mantiene tintes totalitarios, a fuer de autoritarios.

Entonces, lo que correlaciona con los momentos álgidos del comunismo en China es, no ya la proliferación de situaciones de extrema pobreza (que también, claro) sino, directamente, las muertes por hambre. Sobre todo, en el período 1959-1961, coincidiendo con la implementación de una política pública conocida como ‘el Gran Salto Adelante’, que fue un desastre sin paliativos: más bien, ‘el Gran Salto Mortal’, cabría decir. A su vez, eso tiene su origen en la oportunidad perdida por China, justo después del final de la Segunda Guerra Mundial, momento histórico en el cual los EE. UU, le dan el trato de “nación más favorecida”, que China rechazará en 1951, a instancias de Stalin (Enrui, 2005: 23-25). Mientras que la continuidad en el tiempo de esos problemas económicos de halla en la cabezonería china, que tuvo una buena muestra en el empecinamiento en rechazar la ayuda económica ofrecida por Washington, en plena Guerra Fría y, concretamente en la etapa Kennedy (Kissinger, 2012: 197-198). Todo esto puede parecer muy digno, pero, en realidad, la China comunista terminó por darle la mano a los EE. UU. tras los exitosos intentos de acercamiento liderados por Kissinger y Nixon, desde principios de los años 70 del siglo XX, entrando en una derivada que enfrentó a China con la URSS, pese a que ambos Estados eran marxista-leninistas (Enrui, 2005: 33-34).

De la URSS no hablaremos hoy, pero el estudio de su caso nos demuestra que el ejemplo chino no es excepcional en el mundo comunista. De hecho, la represión estalinista fue conducida, durante algún tiempo, por las sentencias a muerte dictadas contra los opositores a su régimen, o por las deportaciones de poblaciones enteras a Kazajstán y Siberia. Este tipo de represión habría afectado a entre 1 millón y 2.8 millones de personas (Van den Berg, 1985: 11). Pero los planes de Stalin, cuando se avecinaba la década de los años 30 del siglo XX, incluían la deportación de otros… ¡3 millones de opositores, descontentos y otros tildados de contrarrevolucionarios, la palabreja comodín justificaba todas las atrocidades! (Ellman, 2007: 668). Pero eso es mucha gente. De modo que el líder ruso (georgiano, para más señas) llegó a la conclusión que sería mucho más barato liquidarlos por hambre. Y así lo hizo, mediante la puesta en práctica de su plan de colectivización forzosa de las tierras, hasta entonces en manos privadas, ya que Lenin no se atrevió a ejecutar dicha política, en lo que, para Ellman, es un genocidio de cajón, cuyo principal objetivo -si bien no único- fue terminar con la resistencia ucraniana a la Revolución bolchevique (Ellman, 2007: 688 y 691). ¿Cuánta gente murió entonces? Unos 5 millones de personas en Ucrania, más otro millón en Bielorrusia y Kazajstán (Graziosi, 2005: 453). Que esto haya sido un genocidio no implica que se trate de la única hambruna habida en la URSS, pues ya hubo una, a principios de los años 20 del siglo XX y otra, a finales de los años 40, de modo que, entrambas, habrían costado la vida de entre 2 y 4 millones de ciudadanos soviéticos más (Graziosi, 2005: 454). En fin… creo que sobran los comentarios…

No se sabe bien cuántos millones de personas murieron por culpa del comunismo en el caso de China, pero sabemos que dejó pequeño el desastre de la URSS. Algunos cifran en 30 millones los muertos de hambre en la China comunista (Smil, 1999: 1619), otros en 36 millones (Huang, 2016) y fuentes especialmente bien documentadas se niegan a cerrar la cifra, que no bajaría en ningún caso de los 16.5 millones de muertos de hambre y que probablemente alcanzaría los 45 millones de fallecidos (Meng, Qian y Yared, 2015: 1568). Una aportación notable de esta última investigación, sostenida estadísticamente, al conectar las provincias con índices de mortalidad más altos y las provincias con mayor producción agraria, reside en poner de relieve que esas muertes fueron perfectamente evitables, de modo que hay que atribuirlas, sin duda, a la pésima gestión de los gobernantes comunistas, marcada por imperativos ideológicos imposibles (Meng, Qian y Yared, 2015: 1608-1609), si bien en este caso es más complicado hablar de genocidio y parece a todas luces más adecuado hablar de incompetencia, así como de un modelo económico-político defectuoso.

Pero… ¿Hay fundamento teórico para todo ello? Por supuesto, y sin necesidad de acudir a los textos de los autores liberal-conservadores. El liberal social John Stuart Mill, hoy considerado padre de la socialdemocracia y, para más señas, del feminismo (que, desde luego es más liberal que marxista, en sus orígenes), solía decir que el ‘efecto mágico’ de la propiedad privada “transforma la arena en oro” (Mill, 1978: 259), si bien Erhun Kula muestra que el primero en emplear esa metáfora fue Arthur Young, unos años antes, tras observar el progreso que en Gran Bretaña siguió a la conversión de las tierras comunales en propiedad privada,  en la segunda mitad del siglo XVIII (Kula, 1992: 29). Más allá de ello, en tiempos más recientes, un libro escrito a cuatro manos ha demostrado que esa tendencia no es meramente coyuntural. Lejos de ser así, el progreso económico surge, hoy como ayer, de las economías poco intervenidas, fomentadoras de la emprendiduría, y abiertas al reconocimiento de los derechos de propiedad y las patentes. Esa es la variable explicativa que contiene el factor causal capaz de convertir la correlación en una explicación científica.

En efecto, aunque algunos tiendan a pensar que el clima, o las costumbres, son las determinantes del éxito, el problema de tales explicaciones, tan elementales, es que, siendo falsables (en clave popperiana) son falsas. Si una imagen vale más que mil palabras, resulta emblemática la fotografía satélite que publican en su libro, correspondiente a la península de Corea de noche. Porque, mientras en Corea del Sur parecen estar de verbena en todo el país, en la del Norte apenas está iluminada Pyonyiang, es decir, la capital y lugar de residencia de las principales autoridades del partido comunista. El resto del país no da señales de vida (Acemoglu y Robinson, 2012: 93). Lo mismo sucede en la frontera entre los EE. UU. y México, en la zona de Sonora. Estos autores hablan del antiguo municipio de Nogales, ahora dividido en dos, por una alambrada. El caso es que, al norte de la misma, en los EE. UU, la mayoría de los adultos tienen, como mínimo, estudios secundarios, mientras sus hijos están en ello; la esperanza de vida es elevada, de modo que proliferan quienes superan los 65 y los 70 años de edad. En cambio, al sur (en México) tener un negocio es muy peligroso, la delincuencia campa a sus anchas, la esperanza de vida es muy inferior y las madres están preocupadas por una elevada mortalidad infantil, pese a gozar de un sistema sanitario público (Acemoglu y Robinson, 2012: 21-23).

Y lo mismo aconteció en la comparación entre las ‘dos Alemanias’ en plena Guerra Fría. En muchos de esos casos, de indudable valor científico, puesto que permiten aislar la variable explicativa del desastre, quienes estaban a un lado u otro de la frontera eran parientes de quienes estaban al otro lado, y no había grandes diferencias climáticas, ni de otro tipo: en condiciones similares y con las mismas mentalidades, unos parientes vivieron en la pobreza y los otros, conocieron la prosperidad. Por ello, Acemoglu y Robinson concluyen que la explicación se halla en las instituciones, en el sentido sociológico de la palabra, que incluye los marcos legales, así como el desempeño de esas gentes en un determinado modo de entender la economía (Acemoglu y Robinson, 2012: 61 y 77). China sigue asumiendo lastres de su pasado comunista, entre ellos una excesiva burocracia y la corrupción, pero está soltando lastre, como lo demuestra uno de los indicadores favoritos de Acemoglu y Robinson: el registro de patentes, ya que “en los últimos tiempos  China  se  ha  encaramado  hasta los  primeros  puestos del  ranking  mundial  de patentes, pisándole los talones a los Estados Unidos, ligeramente por delante de Japón y muy por  delante  de  Corea  del  Sur  y  Alemania,  que  ocupan  el  4º  y  5º  lugar  de la clasificación  mundial” (Baqués, 2018: 135).

Ni siquiera es cierto que esos regímenes, tan dados a negar en la teoría y en la práctica, la economía de mercado y los derechos de propiedad, sean más igualitarios. En este punto, debemos detenernos un momento. En realidad, en la etapa de las hambrunas que se llevaron a millones de personas por delante, pese al potencial económico chino, sí había mucha igualdad, porque hasta los supervivientes eran igualmente pobres. Si todos los chinos se hubieran muerto de hambre, las cifras estadísticas habrían indicado unos índices de igualdad rayanos en la perfección. Es decir, por pura ideología, siempre se puede conseguir que prime la igualdad de resultados y que, ante esa obsesión, crezca la pobreza… de todos por igual (eso sí). Pero conviene distinguir entre desigualdad y pobreza, en la medida en que, si bien son dos cosas perfectamente compatibles, a la vez, se puede avanzar hacia sociedades en la que no haya pobreza (o en la que la pobreza sea absolutamente marginal y, por ende, solventable) pese a que se mantengan ciertas dosis de desigualdad, que pueden ser perfectamente justificables, como punto de llegada, en atención a la vigencia de criterios meritocráticos y, como punto de partida, para de ese modo servir de acicate y estímulo para que las nuevas generaciones traten de emular a los mejores, en vez de estancarse o hundirse en la miseria. De nuevo, no es un argumento meramente liberal-conservador, puesto que lo sostiene hasta John Rawls, un liberal-social cuya obra está en la base de la socialdemocracia contemporánea. Así lo plantea, en definitiva, en su defensa del principio de la diferencia, una vez garantizada -claro está- la igualdad ante la ley y la de oportunidades, pero sin que la igualdad de resultados sea deseable (Rawls, 1995: 100-107).

Yendo a los datos, el Índice o coeficiente de GINI (según se exponga)[2] creció en los primeros años de Deng Xiao Ping en el poder, pero posteriormente ha mejorado paulatinamente para China, a medida que se alejaba en el tiempo del desastre comunista, y a medida que avanzaba por la senda del mercado y de la propiedad privada. Si en 2009, el coeficiente Gini estaba entre 40 y 45 (44,7 para ser más exactos), en el año 2020, pese al impacto de la pandemia, está entre 35 y 40 (38,2)[3] y mejorando. Así, mientras Corea del Sur tiene unos de los mejores coeficientes Gini del mundo, con un 31.4, de Corea del Norte tenemos más especulaciones que datos. Y es posible que el índice de igualdad sea hasta similar… pero a partir de la pobreza generalizada. Lo cierto es que la muy capitalista Corea del Sur está algo por delante, en lo que a igualdad se refiere, de los EE. UU. que, a su vez, están algo por delante de China. Pero todos esos países poseen unos Índices de Desarrollo Humano (IDH) muy grandes (0.916 en Corea del Sur, para 2020; 0.926 para los EE. UU. en la misma fecha). El IDH es interesante, porque no solo remite a los ingresos, sino también a la sanidad y a la educación. Un dato significativo es que en los Estados que se empecinan en seguir con un modelo arcaico, de corte comunista, el IDH suele ser muy mediocre, incluso aunque el Gini quede bien, por aquello de que todos son igual de pobres. Como quiera que China pugna por salir del túnel, si IDH ha mejorado mucho en los últimos años, pasando de un mediocre 0.499 en 1990 a un 0.76 en la actualidad[4] – con un 0.628 en 2004, a mitad de camino-. Pero Venezuela, que tampoco tiene un coeficiente de Gini muy egregio (41, en 2019) tiene un IDH de 0.71, en la misma fecha[5].

En síntesis, quienes ponen su esperanza de mejora socioeconómica en el fin del capitalismo (¡vaya con los mantras, infundados!) están, como mínimo, bastante despistados y, como máximo, constituyen un peligro para nuestras sociedades. Así lo indica la ciencia, ya que a los datos que he aportado, por la vía rápida, para elaborar este análisis, se les podrían añadir muchos más, en la misma dirección.

Dicho lo cual, el cambio climático está teniendo unos efectos desastrosos. Aunque, geopolíticamente hablando, parece que la principal derivada del mismo se sitúa en el deshielo del Ártico, en realidad, la zona más afectada es el Sahel: porque ese cambio climático arrecia en forma de una progresión de las zonas inhábiles para el cultivo, e incluso, cada vez más, para los pastos y el ganado. Se trata de una extensa zona en la que tenemos algunas de las sociedades con menor esperanza de vida del mundo: desde Mali y Níger hasta Sudán, pasando por Chad.

Por más gente que muera en la cruel guerra de Ucrania, son más los que siguen muriendo de hambre en el Sahel. El hecho de que haya dificultades sobrevenidas para que ahí llegue el grano procedente, precisamente, de Ucrania, no hace más que empeorar un problema que, en todo caso, era crónico y estructural. Entonces, en estas fechas, es pertinente hacer una carta a los Reyes Magos. Sí, porque, toda vez que la ONU ha mostrado -una vez más- su incompetencia práctica para evitar guerras, o para reconducirlas hacia la paz una vez han estallado, y mientras que la UE opta por sanciones económicas que ni impiden que estallen esas mismas guerras, ni contribuyen a terminar con ellas pero, en cambio, pueden (suelen) tener efectos negativos sobre las relaciones comerciales internacionales. Toda vez, digo, que estamos inmersos en un desaguisado, al menos se puede reclamar de la ONU, pero también de la UE (ésta, por estar integrada por algunos de los Estados más ricos del mundo) que acudan en auxilio de esos pobres desgraciados, condenados a morir de inanición, entre ellos, millones de niños y adolescentes, incapaces de salir adelante por sí solos. Cuando Hobbes elaboró su teoría del Leviatán, adujo que el Estado tenía como función principal, la seguridad de sus súbditos (era precipitado hablar de ciudadanos). Pero, contra lo que creen quienes no se han leído ese clásico y citan de oído (en el mejor de los casos), Hobbes no solamente se refería a proteger a las personas de ataques externos, sino que integraba la necesidad de que el Estado cuidara de quienes, por un “accidente sobrevenido”, hayan caído en la pobreza (Hobbes, 1992: 248)[6]. En verdad, la seguridad física de la gente también se puede ver afectada por graves crisis de producción, como es el caso de lo que está pasando en el Sahel. Eso era capital para este filósofo inglés. Y debería serlo para nosotros. La ONU no es un Estado, ni mucho menos un Leviatán. Pero podría comenzar a justificar su existencia si tomara cartas en el asunto: sería un modo interesante, a fuer de necesario, de trabajar en serio por la seguridad de las personas. Y sería un modo (quizá el único posible) en el que potencias que no se llevan bien encuentren, a pesar de todo, un terreno común a partir del cual iniciar una nueva etapa, en la que hablar de una comunidad (gemeinschaft) internacional no sea el sinsentido que es hoy.

Referencias:

ACEMOGLU, Daron y ROBINSON, James A. (2012). Los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza. ¿Por qué fracasan los países? Bilbao: Deusto.

BAQUÉS, Josep (2018).”El mar como catalizador de la geopolíctica: de Mahan al auge chino”, en Revista de Estudios en Seguridad Internacional, 5 (1): 119-139.

ELLMAN, Michael (2007). “Stalin and the Soviet Famine of 1932 – 33 Revisited”, en Europe Asia Studies, 59 (4): 663-693.

ENRUI, Enrique (2005). “Mao Zedong y Deng Xiaoping: medio siglo de diplomacia china”, en RÍOS, Xulio (ed). Política exterior de china. Barcelona: ediciones Bellaterra, pp. 19-43.

GASPAR, Carlos (2005). “La nueva diplomacia china después del 11-S”, en RÍOS, Xulio (ed). Política exterior de china. Barcelona: ediciones Bellaterra, pp. 45-71.

GRAZIOSI, Andrea (2005). “Les famines sovietiques de 1931-1933 et le Holomodor Ukrainien”, en Cahiers du Monde russe, 46 (3): 453-472.

HOBBES, Thomas (1992 [1651]). Leviatán. México DF: Fondo de Cultura Económica.

HUANG, Zheping (2016). “Charted: China’s Great Famine, according to Yang Jisheng, a journalist who lived through it”, en Quartz, en https://qz.com/633457/charted-chinas-great-famine-according-to-yang-jisheng-a-journalist-who-lived-through-it

KELLY, David (1998). “Kelly, David (1998): «The Chinese search for freedom as a universal value», en David Kelly y Anthony Read (ed.), Asian Freedoms: The idea of freedom in East and Southeast Asia, Cambridge University Press, pp. 93-119.

KISSINGER, Henry (2012). On China. New York: Penguin Books.

KULA, Erhun (1992). Economics of Natural Resources and the Environment. London & New York: Chapman & Hall.

MENG, Xin; QIAN, Nancy y YARED, Pierre (2015). “The Institutional Causes of China’s Great Famine,1959–1961”.Review of Economic Studies, 82: 1568–1611.

MILL, John Stuart (1978 [1848]). Principios de economía política. México DF: Fondo de Cultura Económica.

RAWLS, John (1995 [1971]). Teoría de la Justicia. México DF: Fonde de Cultura Económica.

SMIL, Vaclav (1999). “China´s great famine: 40 Years later”. Education and Debate, 319: 1619-1621.

VAN DEN BERG, Ger (1985) The Soviet System of Justice: Figures and Policy (Dordrecht, M. Nijhoff).


[1] https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-56205219

[2] Dedicado a calcular la igualdad de ingresos, de modo que cuanto más cerca de 0 esté el índice (medido entre 0 y 1), o el coeficiente (medido entre 0 y 100) más igualdad y, cuanto más cerca de 1 (o de 100) más desigualdad.

[3] https://datosmacro.expansion.com/demografia/indice-gini

[4] https://datosmacro.expansion.com/idh/china

[5] https://datosmacro.expansion.com/idh/venezuela

[6] Con esa expresión, típica de su época, aludía a quienes caen en la pobreza a pesar suyo, por circunstancias de fuerza mayor. Pero en el mismo párrafo apunta que el Estado también debe auxiliar a quienes, simplemente, no tienen trabajo, en situaciones de normalidad, si bien no de modo gratuito, sino, precisamente, poniéndolos a trabajar (Hobbes, 1992: 248-249).


Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España). ISSN 2695-8937

Josep Baqués

Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Barcelona y director de la Revista de Estudios en Seguridad Internacional

Ver todos los artículos
Josep Baqués