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Rusia y el Caspio: por las buenas, o por las malas…

Cuando se habla del extranjero próximo ruso, a uno le vienen a la memoria el Báltico, Ucrania o Georgia. Pero raramente ese medio lago, medio mar, llamado Caspio. Pero el conflicto de Siria lo rescató del olvido cuando, en octubre de 2015, unas corbetas rusas bombardearon diversas posiciones en apoyo de las fuerzas de Al Assad, empleando para ello misiles Kalibr.

Sin embargo, cuando se alude a la geopolítica del Caspio, lo acontecido entonces es… lo de menos. Lo realmente importante es otra cosa. E incluso, otras cosas. Para empezar, el temor ruso a perder el control de la extracción de crudo de esa rica cuenca que, en la etapa soviética, tenía totalmente dominada, debido a que de los cuatro Estados ribereños (sin contar a la propia Rusia) tres eras repúblicas de la URSS (Kazajstán, Turkmenistán y Azerbaiyán) mientras que el restante (Irán) en aquellos tiempos era demasiado débil como para ni siquiera preocupar a Moscú.

La situación ha cambiado. No tanto por Irán, que mantiene unas muy buenas relaciones con el Kremlin, como por parte de los otros tres Estados. Aunque con diversos niveles de intensidad, todos ellos han dado muestras de querer una política exterior, como mínimo, distante de Moscú y, en algunos casos, distinta de Moscú.

En el primer escenario está Kazajstán que, consciente de su relevancia, se deja querer por otras potencias, aunque sin soltar amarras con Rusia. Sabemos de los intereses chinos -por mor de la Ruta de la Seda- en los puertos secos kazajos. Así como que el gobierno de Astaná sigue apostando por tener buenas relaciones con los Estados Unidos, mientras se mantiene dentro de la Asociación para la Paz (vinculada a la OTAN) de la que Rusia salió hace tiempo. Pero, como mínimo, este país es miembro de la OTSC y de la Unión Económica Euroasiática.

En el segundo, están Turkmenistán y Azerbaiyán, que no son parte de dichas instituciones y que están dando muestras de que su agenda tiene poco que ver con la de Moscú. Dejando de lado lo que es más vívido (la postura pro-armenia rusa en el conflicto de Nagorno-Karabaj, contra los intereses azeríes), lo que está detrás de ese entramado de relaciones internacionales es el futuro de la explotación y, sobre todo, de la comercialización, de los hidrocarburos caspianos.

Mientras las empresas kazajas del sector trabajan de consuno con sus homólogas rusas (por medio, por ejemplo, de Caspian Pipeline Consortium), los acuerdos a los que están llegando turkmenos y azeríes amenazan con desviar ese crudo hacia rutas que permitirían puentear a los rusos. Pensemos en el proyecto TransCaspian Gas Pipeline, que debería atravesar el Caspio, desde Turkmenistán a Azerbaiyán, para seguidamente beneficiarse de las infraestructuras del oleoducto BTC, es decir, que permitiría exportar esos hidrocarburos al resto de Europa, vía Turquía, para llegar a Grecia e Italia, cruzando el Adriático.

No es baladí recordar que, en su día, Bush Jr. llegó a comentar que el BTC suponía un “logro monumental” para Occidente… pero la puntilla sería que el proyecto en ciernes fuese realidad, entre otras cosas porque, de ser así, la capacidad de influencia rusa sobre Europa occidental derivada de la venta de crudo decrecería de modo significativo.

En todo caso, Rusia ha tratado por todos los medios de llegar a acuerdos con los Estados ribereños de un modo diplomático y pacífico. Desde la propuesta de creación de una Task Force multinacional (con el argumento de combatir los tráficos ilícitos de la cuenca del Caspio, e incluso el terrorismo del DAESH) hasta reformas de los tratados regionales en las que, junto a algunos logros, Moscú también ha hecho algunas concesiones significativas.

El problema es que (casi) nadie se fía de Rusia. Los Estados vecinos no están por la labor. No tienen entidad militar para oponerse a los designios de Moscú, pero el escepticismo es tal, que no terminan de jugar al bandwagoning.

Y este es el punto en el que volvemos al comienzo de este artículo. ¿Qué pintan esas corbetas rusas lanzando misiles de crucero desde esas aguas lacustres? En realidad, lo de Siria era lo de menos, porque esos mismos objetivos podían ser batidos de otros modos. No era imprescindible que se lanzaran esos caros misiles, desde ese mar interior. Pero alguien en Moscú decidió que era mejor hacerlo así. Fue una gran operación de marketing (geo-)político.

Se trataba de conseguir lo que se consiguió: recordar que la Flotilla del Caspio (fundada por Pedro el Grande) estaba siendo potenciada, y que sus buques incluyen la capacidad para lanzar misiles contra objetivos en tierra firme… a más de 2.000 kilómetros de distancia. Pero… ¿a quién se dirigía esa advertencia? Por una parte, a los vecinos ribereños, díscolos, o poco dados a acceder a las peticiones de Moscú o -lo que es lo mismo- demasiado dados a atender a las expectativas occidentales. Aunque, en realidad, eso no agota las posibles implicaciones de esa acción, nada inocente.

No podemos olvidar que el Caspio conecta con el Mar Negro a través del canal del Volga-Don, que los buques de esa Flotilla ya han llevado a cabo maniobras en el mar de Azov, y que la potenciación de sus unidades se produce precisamente en el escenario del postconflicto (aunque creo que se podría suprimir el prefijo) con Ucrania y por Crimea. A buen entendedor… Así que, por el mismo precio -de un par de docenas largas de misiles Kalibr y de las vidas de unos cuantos sirios… aunque éstos hubieran muerto de todos modos, con toda probabilidad, de optarse por un ataque menos espectacular- se pudo trasladar el mismo mensaje a diversas capitales: con Rusia no se bromea, cuando lo que está en discusión es lo que sucede en (y con) su extranjero próximo. A ojos de Moscú, eso debe quedar claro, por las buenas… o por las malas.

Para quienes estén interesados en el tema pueden encontrar más detalles en este artículo que he publicado recientemente en la Revista General de Marina.

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Josep Baqués

Josep Baqués es Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Barcelona y Subdirector de Global Strategy

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