La toma de la isla de Creta era una parte inseparable de la ocupación alemana de los Balcanes. En efecto, si los británicos conservaban acceso a la isla de Creta, la R.A.F. seguiría teniendo alcance con sus bombarderos sobre los pozos petrolíferos de Ploesti, por lo que la ocupación de la isla por parte del eje era fundamental para los objetivos de guerra de Hitler.
La toma de Creta, sin embargo, presentaba problemas muy distintos y mucho más complejos para la Wehrmacht que la ocupación del Peloponeso: Creta es una isla, localizada en un mar, el Egeo, dominado en 1941 por la Royal Navy. Y, además, el dominio naval británico era difícilmente evitable. Si la Reggia Marina italiana no se había mostrado particularmente combativa hasta entonces, tras el duro golpe sufrido en Tarento (el 11 de noviembre de 1940, aviones torpederos británicos Swordfish lanzaron un ataque nocturno desde el portaaviones HMS Illustrious contra la base naval italiana de Tarento, hundiendo al acorazado Conte di Cavour y dañando gravemente a los acorazados Littorio – el más moderno de la Reggia Marina – y Duilio), el combate poco decisivo de Cabo Teulada (27 de noviembre de 1940) y la derrota de Cabo Matapán (27-29 de marzo de 1941), los italianos cedieron el dominio del mar a los británicos. En realidad, la Reggia Marina carecia de radares y de portaaviones (por la oposición – anterior al conflicto – de la Reggia Aeronautica a que la Marina tuviese aviones propios), lo que la situaba en una posición de grave desventaja frente a los británicos. Así, la toma de la isla de Creta se debería hacer en situación de dominio británico del mar. En consecuencia, la opción alemana pasaba por el concurso de la Luftwaffe.
La Luftwaffe – mucho más que las Divisiones Panzer – era la organización militar favorita de la jerarquía nazi. En parte por ello, la Luftwaffe no solo controlaba todos los aviones, sino que disponía también de unidades de paracaidistas, y de la mayoría de la Artillería Antiaérea alemana. Si los fracasos de Dunquerque y de la batalla de Inglaterra habían supuesto un duro correctivo para el orgullo de su jefe, Hermann Göring, el escenario de Creta le ofrecía la posibilidad de recuperar el prestigio perdido.
La inteligencia alemana estimaba que la isla estaba pobremente defendida, con solo unos pocos millares de británicos (personal de servicio de las bases aéreas, esencialmente), que no había tropas griegas en la isla y que la población cretense recibiría a los alemanes como ‘libertadores’ (Creta tenía una larga tradición republicana y de oposición al régimen monárquico griego), o, la menos, que se mantendría al margen de los combates. Por otra parte, el dominio naval británico obligaba a tomar una decisión importante: o bien esperar a que la Luftwaffe consiguiera destruir o expulsar a la Royal Navy del Egeo y después lanzar una fuerza embarcada hacia Creta, o bien ocupar la isla con tropas aerotransportadas… Ambas opciones presentaban ventajas e inconvenientes:
- La primera de ellas era más segura, pues las tropas terrestres de la Wehrmacht, ya desplegadas en suelo griego, eran incomparablemente superiores a cualquier fuerza que los británicos o los griegos pudieran tener en la isla. No obstante, no había garantías de que la Aviación, por sí sola, pudiese expulsar del mar a una Armada moderna. Esto, que poco tiempo después resultaría evidente, era una idea muy discutida en ese momento y la experiencia histórica disponible era limitada y poco concluyente. No obstante, el mando alemán estaba convencido de que el dominio del Egeo por la Luftwaffe era una mera cuestión de tiempo. El principal inconveniente era, precisamente, el tiempo. La invasión de la Unión Soviética era inminente y no podía retrasarse, lo que obligaba a acabar urgentemente la campaña de los Balcances.
- La opción aerotransportada era muy arriesgada: nunca se había hecho algo así, y no había ni precedentes, ni experiencia suficiente: las brillantes intervenciones de las unidades paracaidistas alemanas habían tenido una entidad mucho menor de lo que sería necesario para ocupar una gran isla como Creta. Además, esta opción implicaba desplazar a Grecia a las Divisiones Aerotransportadas necesarias (puesto que ninguna había operado al completo en los Balcanes), lo que requería también un tiempo tanto más prolongado cuanto mayor fuera el número de unidades necesarias. Además de ello, las unidades aerotransportadas tienen unos inconvenientes inherentes, que no pueden ser evitados: una vez llegan a tierra, su movilidad es reducida (carecen de vehículos) y su potencia de combate es limitada (no tienen armas pesadas ni grandes cantidades de munición), por lo que deben ser auxiliadas lo antes posible por unidades terrestres equipadas con armamento más contundente. A cambio, no necesitan esperar a que el transporte marítimo sea posible.

Puesto que Göering deseaba dar protagonismo a la Luftwaffe, la segunda opción fue la elegida, aunque con modificaciones. Por un lado, los transportes aéreos disponibles (unos 530 Junkers Ju-52) permitían concentrar rápidamente en Grecia, por vía aérea, a una de las Divisiones Paracaidistas disponibles, la 7ª, pero no eran suficientes para desplazar una segunda División. Puesto que el tamaño de la isla aconsejaba el empleo de, al menos, dos Divisiones, el OKW decidió que elementos de la 5ª División de Montaña fuesen aerotransportados a Creta, en ayuda de los paracaidistas, una operación inspirada en el ‘Paso del Estrecho’ del Ejército de África durante la Guerra Civil española. El resto de la 5ª División de Montaña llegaría a la isla por vía marítima, protegido por la Luftwaffe y por algunas unidades navales italianas. La escasez de buques aptos para el transporte de tropas (casi todos los buques griegos los habían requisado los británicos o habían escapado ante el avance alemán) obligó a emplear ‘caiques’, buques tradicionales del Egeo, de origen turco, aptos únicamente para llevar cargas ligeras.
Por la propia concepción de la operación, el éxito dependía de la toma de los aeródromos de la isla (especialmente del de Maleme, el más capaz de ellos), para permitir el abastecimiento logístico por vía aérea de las tropas desplegadas, enviar rápidamente refuerzos para las ligeramente armadas unidades paracaidistas y, desde allí, ocupar los puertos de la costa Norte de la isla, necesarios para permitir el desembarco de las tropas transportadas por vía marítima.
En teoría, la doctrina aerotransportada alemana contemplaba el desembarco en paracaídas de una pequeña unidad avanzada, encargada de asegurar las zonas de aterrizaje. Tras ella, la mayoría del personal y del equipo utilizarían planeadores desechables para llegar hasta estas zonas de aterrizaje. El armamento pesado solo podía llegar en estos planeadores, o bien mediante el empleo de paracaídas especiales (pero tenía que caber por las puertas de los Junker Ju-52, lo que limitaba mucho las cargas posibles). Esta doctrina hacía depender el éxito del factor sorpresa: ante un enemigo preparado y suficientemente fuerte, la unidad avanzada, pequeña y ligeramente armada, tendría grandes problemas para mantener la seguridad de las zonas de aterrizaje previstas para los planeadores.
Además de ello, los paracaidistas alemanes tenían un armamento similar al de las unidades de Infantería regular del Ejército de Tierra: subfusiles MP-40, fusiles Mauser Kar-98k y ametralladoras MG-34. Los fusiles y las ametralladoras eran excesivamente grandes para que los paracadistas pudieran saltar con ellos, de forma que el personal encargado de estas armas saltaba armado solo con el cuchillo-bayoneta, mientras que las armas se lanzaban separadamente en contenedores especiales. Esto hacía que, en los momentos iniciales del aterrizaje, solo el personal dotado de subfusiles MP-40 dispusiera de armas de fuego. El MP-40 disparaba proyectiles de calibre 9×19 mm, munición de pistola, de muy corto alcance. Por su parte, los paracaídas alemanes carecían de ningún medio para dirigirlos. Así, para favorecer que el aterrizaje se hiciese relativamente agrupado, al tiempo que se favorecía la sorpresa, los paracaidistas alemanes saltaban a muy baja altura (unos 90 metros).
Sin embargo, pese a su doctrina teórica, la penuria de planeadores hacía que, en realidad, los lanzamientos de paracaidistas y la llegada de planeadores se hicieran prácticamente al mismo tiempo. El criterio seguido era el de intentar emplear planeadores donde existieran zonas de aterrizaje aptas (explanadas despejadas) próximas a los objetivos, y lanzar las tropas en paracaídas donde no existiera la posibilidad del aterrizaje de planeadores.
Pese a estas limitaciones, los paracaidistas alemanes habían alcanzado enormes éxitos en pequeñas acciones, en Noruega, en Bélgica, en Holanda, en Francia y, pocos días antes en Grecia, donde habían tomado el puente sobre el canal de Corinto, evitando que los británicos lo volasen. No obstante, siempre habían actuado en unidades muy pequeñas, mientras que la operación ‘Merkur’ preveía el empleo de una División Paracaidista al completo, algo que nunca se había hecho antes.
El objetivo principal del plan alemán era la ocupación del aeródromo de Maleme, -el único asfaltado entonces- y del puerto de La Canea. Ambos objetivos se encontraban en la parte Oeste de la isla, próximos a las bases de de la Luftwaffe en el continente, lo que facilitaba el apoyo aéreo. Además de ello, se contemplaban la ocupación casi simultánea de los aeródromos de Rethymno y Heraklion y de los pequeños puertos de ambas localidades.
La operación la dirigiría el jefe del Teatro de Operaciones de los Balcanes, general de la Luftwaffe Löhr, mientras que de la invasión terrestre se encargaría el jefe del XI Cuerpo Aéreo (Fliegerkorps), general Kurt Student, y se ejecutaría fundamentalmente por la 7ª División Paracaidista, reforzada por el Regimiento de Asalto Aéreo de la Luftwaffe (con tres Batallones de Paracaidistas), ambos pertenecientes al XI Cuerpo Aéreo, y por la 5ª División de Montaña. El fundamental apoyo aéreo a la operación correría a cargo del VIII Cuerpo Aéreo del general Wolfram Von Richthofen, el mayor especialista alemán en apoyo aéreo a las unidades terrestres. Von Richthofen disponía de 280 bombarderos de diversos tipos, 150 Stuka, 90 cazas Bf-109 y otros tantos Bf-110, y 40 aviones de reconocimiento.
Las Divisiones Paracaidistas y las de Montaña eran unidades con una organización en la que primaba la ligereza. Las Divisiones Paracaidistas se componían de tres Regimientos de Infantería (a tres Batallones cada uno), un Grupo de Reconocimiento, un Batallón de Ingenieros, otro Batallón Contracarro, uno de Ametralladoras y solo un Grupo de Artillería, en lugar de los cinco que se asignaban a una División de Infantería regular. Las de Montaña no tenían Batallón de Ametralladoras, pero añadían a los elementos citados un Grupo de Artillería Antiaérea y un Batallón de Transmisiones. En conjunto, eran unidades con una potencia de combate limitada, previstas para emplearse en situaciones y entornos muy específicos, pero cuyas posibilidades de éxito en operaciones prolongadas frente a unidades regulares, en general más numerosas y mejor equipadas, eran reducidas.
La fuerza de invasión se componía de unos 26.000 hombres, con unos 11.000 paracaidistas de la 7ª División, 12.000 cazadores de montaña de la 5ª División (de los que 5.000 llegarían a la isla por vía aérea y 7.000 por mar) y 3.000 italianos de la 50ª División, que se añadirían posteriormente. La operación se bautizó “Merkur”, el nombre alemán del dios romano Mercurio, al que se representaba con alas en los pies.
Pese a las optimistas estimaciones de la inteligencia alemana, la guarnición anglo-griega de la isla de Creta era numerosa: unos 28.500 soldados británicos, australianos y neozelandeses, junto con 11.500 griegos, al mando del general neozelandés Bernard Freyberg. Los aliados desplegaban en la isla 25 carros de combate, 24 tanquetas Universal Carrier y 85 piezas de Artillería de Campaña. Aparentemente, la superioridad aliada era clara. No obstante, la situación de los aliados era menos favorable de lo que parecen indicar estas cifras. La isla había servido de escala intermedia para la evacuación de unos 25.000 soldados británicos procedentes de la Grecia continental, de los que unos 15.000 se habían quedado en la isla, y el resto habían sido evacuados a Egipto. Las tropas llegadas del continente tenían una baja moral, y carecían de equipo o armamento pesado, por lo que, por ejemplo, unidades de Artillería se emplearon solo como Infantería ligera, papel para el que carecían de adiestramiento, y en el que su eficacia era limitada. La Artillería disponible era de origen italiano, capturada en Cirenaica; las piezas no disponían de aparatos ópticos (que habían sido destruidos por los italianos precisamente en previsión de su captura), por lo que solo podían emplearse en tiro directo (y con escasa precisión). Los 25 carros se dividían en nueve Matilda-II y dieciséis carros ligeros australianos Vickers Mark-VI B, armados con dos ametralladoras. Los carros habían combatido en el continente y habían sido evacuados a Creta, pero dejando atrás repuestos y herramientas. Como consecuencia, eran un material que había sufrido averías y daños en combate, mientras que en la isla no había medios para repararlos. Por ello, su operatividad era limitada, y, en muchos casos, algunos equipos esenciales solo funcionaban parcialmente. Los eficaces cañones contracarro de 40 mm. de los Matilda-II, que tan buen resultado habían dado en Francia y en África, solo disponíande munición perforante, lo que los hacía poco útiles contra personal al descubierto, por lo que su utilidad en Creta era discutible.
Las unidades británicas presentes eran tres Brigadas de la 2ª División de Infantería Neozelandesa y las unidades de su Núcleo de Tropas Divisionario (en conjunto, casi la totalidad de la División, excepto el Cuartel General y la VI Brigada), la XIX Brigada de Infantería australiana, la XIV Brigada de la 6ª División de Infantería británica y una miríada de unidades menores (como los Matilda-II, pertenecientes al 7º Regimiento Acorazado de la Western Desert Force, procedente de Egipto).
Por su parte, las tropas griegas en Creta, se componían básicamente de siete Regimientos de Infantería, tres de ellos procedentes de la 5ª División de Infantería (que habían permanecido como guarnición de la isla desde el inicio del conflicto), mientras que los demás eran organizaciones improvisadas con retales de otras unidades: la guarnición de Heraklion (tropas de abastecimiento, no de combate), la gendarmería de la isla y cadetes de la Academia de la Gendarmería griega (evacuados a la isla en los meses previos a la invasión alemana), junto con restos evacuados de otras tropas griegas que habían combatido en el continente y voluntarios locales. Pese a su heterogéneo origen, estas unidades eran combativas, pero estaban armadas con fusiles Männlicher austríacos, de 6,5 mm de calibre, e, incluso, con vetustos fusiles franceses Gras Modèle 1874 (armas monotiro); disponían de escasas y anticuadas ametralladoras y carecían de Artillería, de morteros o de radios. Con todo, lo más grave es que los británicos no disponían de municiones de los calibres empleados por los griegos, por lo que, en mayo de 1941, las tropas griegas en Creta disponían de menos de treinta cartuchos por combatiente. La escasa capacidad de combate de las tropas griegas decidió a Freyberg a agregarlas a las unidades británicas disponibles, a fin de evitar que tuviesen que combatir solas.
La R.A.F., consciente de su inferioridad numérica abandonó la isla a principios de mayo, aunque operaba sobre la isla desde Egipto con dos Escuadrones de bombarderos Bristol Blenheim y tres de cazas Hurricane y Gladiator. En contraste con lo ocurrido en la Batalla de Inglaterra, sobre Creta, la Luftwaffe operaba cerca de sus bases, mientras que la R.A.F. lo hacía al límite de su alcance. Además de ello, el Hawker Hurricane era un caza de características algo inferiores al Bf-109 alemán, pero el biplano Gloster Gladiator estaba claramente desfasado. Así, la R.A.F. operaba en inferioridad de condiciones, numéricas, de calidad de materiales y lejos de sus bases. No es sorprendente que la Luftwaffe alcanzase rápidamente la superioridad aérea sobre el Egeo. Esta superioridad se tradujo en que la Royal Navy vio enormemente dificultadas sus operaciones en aguas de Creta, estando forzada a operar fundamentalmente durante el arco nocturno cuando fue posible. Aun así, de las 27.000 toneladas de suministros que la Royal Navy despachó desde Egipto hacia Creta en mayo de 1941, menos de 3.000 alcanzaron la isla.
El general Freyberg distribuyó sus tropas a lo largo de la costa Norte de la isla, preparándose para un ataque anfibio. Sin embargo, el servicio de inteligencia británico – apoyándose en mensajes interceptados a los alemanes tras romper el código de sus máquinas encriptadoras Enigma – apuntaban a un ataque aerotransportado, estableciendo como objetivos principales los aeródromos de Maleme, Rethymno y Heraklion, y el puerto de La Canea. Pese a estas informaciones, Freyberg era escéptico: nunca se había efectuado un ataque de esas características. Incluso con estas dudas, el dispositivo defensivo británico se adaptó para repeler un ataque como el anunciado. Así, la principal unidad británica, la 2ª División de Infantería Neozelandesa se estableció en defensiva en la zona de Maleme, la XIX Brigada de Infantería australiana hizo lo propio en Rethymno y la XIV Brigada de Infantería británica se ocupó de Heraklion.
Freyberg solicitó permiso para inutilizar las pistas de los aeródromos, pero no fue autorizado a hacerlo: el mando británico en Egipto, evaluando la entidad de la fuerza alemana que era posible transportar por aire y la de la fuerza aliada desplegada en la isla, y considerando perdido el factor sorpresa por parte alemana, entendía que la invasión podía ser rechazada, y, a fin de cuentas, el valor estratégico de Creta residía precisamente en sus aeródromos, en su capacidad para albergar bombarderos británicos con alcance sobre los pozos petrolíferos de Ploesti. Como parte de su plan defensivo, Freyberg repartió su única Batería de Artillería Antiaérea entre los dos aeródromos principales, Maleme y Heraklion. Los carros disponibles, en mal estado, apenas tenían movilidad en la agreste orografía de la isla, por lo que se emplearon como “búnkeres móviles”, en grupos de dos o tres, apostados cerca de las pistas de los aeródromos.
Para ejecutar su plan de invasión, los alemanes realizarían un ataque simultáneo con los tres Regimientos Paracaidistas de la 7ª División y el Regimiento de Asalto Aéreo, organizados en tres Agrupaciones Tácticas (Kampfgruppe). El primero, compuesto por el Regimiento de Asalto Aéreo y el 3er Regimiento de Paracaidistas saltaría sobre Maleme (Kampfgruppe Oeste), el segundo, compuesto por dos Batallones del 2º Regimiento de Paracaidistas, lo haría sobre Rethymno (Kampfgruppe Centro), y el tercero, con el 1er Regimiento de Paracaidistas, más el Batallón restante del 2º, lo haría sobre Heraklion (Kampfgruppe Este). El jefe de la 7ª División, general Süssman, saltaría con el Kampfgruppe Centro, y establecería su puesto de mando en tierra, para dirigir la operación.

Plan de ataque aerotransportado alemán
Puesto que la capacidad de transporte de los 530 Ju-52 (capaces de transportar un máximo de diecisiete soldados equipados cada uno) y los 80 planeadores DFS-230 (cada uno de ellos podía transportar diez hombres) disponibles no permitían lanzar simultáneamente a los tres Regimientos, la primera oleada saltaría sobre el aeródromo de Maleme y los alrededores de La Canea el 20 de mayo por la mañana, mientras que los otros dos Regimientos saltarían sobre Rethymno y Heraklion la tarde de ese mismo día.
En los alrededores de Maleme desplegaba la V Brigada de Infantería neozelandesa, compuesta por cuatro Batallones neozelandeses, el XXI, el XXII, el XXIII y el XXVIII, junto con un destacamento de Ingenieros y tres Baterías de Artillería muy heterogéneas. El despliegue de la V Brigada estaba orientado a defenderse de un ataque naval, desplegando en línea sobre la costa, de Oeste a Este, el XXII Batallón en el aeródromo, el XXIII Batallón al Este del aeródromo, el destacamento de Ingenieros (que, sin equipo, actuaba como Infantería ligera) al norte del pueblo de Modhion y el XXVIII Batallón en Platanias, cerca ya de Galatas. El XXI Batallón (muy disminuido) actuaba como reserva, y desplegaba al Sur del XXIII Batallón.
Al Este de la V Brigada, en el sector de Galatas, desplegaba la X Brigada neozelandesa, una unidad heterogénea, compuesta de dos Regimientos griegos (con instructores neozelandeses), un Batallón de Infantería neozelandés creado a partir de restos de otras unidades (mecánicos, personal logístico y artilleros sin piezas) y un Grupo de Caballería neozelandés, con una veintena de Universal Carrier.
La Canea estaba guarnecida al Sur por la IV Brigada Neozelandesa, con tres Batallones de Infantería, más uno de los Regimientos griegos, una Batería de Artillería de Campaña con cuatro piezas, junto con restos de muchas otras unidades, como el 102º Regimiento Contracarro “Northumberland Hussars” o el 106º Regimiento de Artillería Antiaérea “Lancashire Hussars”, (ambos operando como Infantería ligera, por falta de material), un Batallón de Royal Marines, Comandos…. En los alrededores de La Canea había además una veintena de piezas antiaéreas pesadas y seis piezas de costa en emplazamientos fijos.
El Kampfgruppe Oeste, alemán, saltaría sobre el aeródromo de Maleme y la ciudad de La Canea. Dos Batallones del Regimiento de Asalto Aéreo tomarían el aeródromo: el I Batallón del Regimiento de Asalto Aéreo aterrizaría sobre el propio aeródromo en planeadores, mientras que el III Batallón saltaría más al Este, para proteger el aeródromo de contraataques llegados por la carretera costera desde el Este. El 3er Regimiento de Paracaidistas saltaría en Galatas, algo al Oeste de La Canea, cerca de la prisión local, y el Batallón restante del Regimiento de Asalto Aéreo saltaría en la península de Akrotiri, situada al Noreste de la ciudad, junto con el Cuartel General de la 7ª División, que llegaría en planeadores. Desde Galatas y la península de Akrotiri, las dos unidades avanzarían para tomar el puerto.
El ataque se inició en la mañana del 20 de mayo, tras una semana de bombardeos constantes de la Luftwaffe. La mayoría de los paracaidistas alemanes cayeron directamente sobre las posiciones de los defensores neozelandeses, que los recibieron con un fuego nutrido. La peor parte la llevaron el III y el IV Batallones alemanes. El I Batallón se desvió de su ruta, de forma que dos Compañías aterrizaron al Oeste del aeródromo, en el valle seco del río Tavronitis, mientras que las dos compañías restantes aterrizaron al Norte de las pistas y atacaron a las piezas antiaéreas y de Artillería de Campaña que cubrían el aeródromo, sufriendo fuertes pérdidas y viéndose obligadas a detenerse. Los elementos remanentes del I Batallón se concentraron al Oeste del aeródromo, aprovechando la protección otorgada por el lecho del río Tavronitis (desenfilado del fuego enemigo) para reorganizarse. Por su parte, el III Batallón cayó directamente sobre el XXIII Batallón neozelandés: ese día tuvo más de 400 muertos de una plantilla de algo menos de 800; una de sus compañías tuvo 112 muertos entre los 126 hombres que saltaron esa mañana. Los escasos supervivientes del III Batallón se dispersaron por la zona.
Los cuatro Batallones que aterrizaron en La Canea no tuvieron mejor suerte. La guarnición aliada de La Canea recibió con fuego intenso a los paracaidistas alemanes. El 3er Regimiento Paracaidista se vio atrapado entre la X y la IV Brigadas neozelandesas, con fuerzas muy superiores. Las mucho más nutridas tropas aliadas hicieron numerosos prisioneros cuando los paracaidistas intentaron entrar en el casco urbano de La Canea. Al final, la fuerte resistencia aliada forzó a los supervivientes alemanes a atrincherarse en defensiva en un pequeño valle al Suroeste del edificio de la prisión.
En cuanto a las tropas lanzadas sobre la península de Akrotiri, su suerte fue similar. La península estaba ocupada por el 102º Regimiento Contracarro Northumberland Hussars, un Batallón de Royal Marines y otras unidades regulares británicas, que los recibieron con denso fuego defensivo. El propio general Süssman, jefe de la 7ª División Paracaidista, murió en el salto, y los dispersos supervivientes se establecieron en posiciones defensivas lejos del casco urbano de La Canea.
Además de ello, todas las radios disponibles en las unidades que saltaron sobre Maleme y La Canea se perdieron o quedaron inoperativas, de forma que los paracaidistas no podían advertir a su cadena de mando de la presencia de numerosas unidades enemigas, ni informarles sobre su situación. Consecuentemente, y suponiendo que la operación se desarrollaba según lo previsto, los alemanes continuaron con su plan, y a lo largo de la tarde, reforzaron a las tropas lanzadas sobre Maleme con más paracaidistas, que cayeron en zonas ocupadas todavía por los aliados, y sufrieron nuevamente fuertes bajas. Los paracaidistas supervivientes se atrincheraron al Oeste del aeródromo de Maleme y en un estrecho valle al Oeste de La Canea.
Las tropas lanzadas sobre Rethymno (Kampfgruppe Centro) y Heraklion (Kampfgruppe Este) no tuvieron más suerte, y sufrieron igualmente fuertes pérdidas. A la caída de la noche, ninguno de los cuatro objetivos de los alemanes (Maleme, La Canea, Rethymno y Heraklion) había sido tomado.
Por su parte, el día 21, un convoy de una veintena de caiques, escoltado por un torpedero italiano fue interceptado por una fuerza británica compuesta por tres cruceros ligeros, a unos trienta kilómetros al Norte de Maleme. Solo la heroica actuación del Capitán Mimbelli, que se enfrentó a los tres cruceros con su pequeño torpedero, ganando tiempo para que se dispersasen los caiques, permitió salvar a la mayoría de la fuerza embarcada. Sin embargo, solo un caique y un pequeño velero llegaron a Creta, siendo incapaces las tropas desembarcadas de alcanzar las zonas ocupadas por los paracaidistas alemanes. Pese a ello, la posible llegada de tropas alemanas por mar obligó a Freyberg a mantener gran número de tropas cubriendo las costas, lo que le dejaba fuerzas limitadas para reducir las ‘cabezas de puente’ de los paracaidistas alemanes.
Aparentemente, la operación alemana había fracasado. Sin embargo, la apreciación de la situación por parte de los británicos era completamente distinta: en la confusión del ataque, los británicos sabían que había fuerzas alemanas de entidad desconocida al Oeste de Maleme y al Suroeste de La Canea. Recibían constantemente información acerca de nuevos avistamientos de paracaidistas alemanes en lugares diversos (la mayoría correspondían a los paracaidistas del 3er Regimiento o a los lanzados sobre la península de Akrotiri, que intentaban reagruparse). Tampoco tenían una idea clara de la situación y composición de las fuerzas alemanas lanzadas sobre Rethymno y Heraklion, y esperaban un desembarco en algún lugar de la costa en cualquier momento… Esta confusa situación paralizó al mando neozelandés, que no supo aprovechar la dificilísima situación en la que se encontraban los paracaidistas alemanes. En lugar de organizar un contraataque inmediato contra las bolsas de enemigos localizadas (el Oeste de Maleme y al Suroeste de La Canea), o, al menos, reforzar los sectores amenazados, no se ejecutó ninguna acción decisiva.
El caso de los alemanes fue diferente: en ausencia de órdenes y pese a las pérdidas, los restos de unidades dispersas se reagruparon en lo posible e intentaron alcanzar sus objetivos o contribuir a que otras unidades cumplieran su parte del plan. Así, los restos del I Batallón del Regimiento de Asalto Aéreo, al mando de un capitán, iniciaron inmediatamente los reconocimientos del terreno necesarios para iniciar el ataque sobre Maleme, pese a su enorme inferioridad numérica. De la misma forma, los restos del 3er Regimiento Paracaidista se atrincheraron con el fin de fijar al mayor número posible de fuerzas aliadas, al igual que hicieron las tropas en Rethymno y Heraklion: la tradicional auftragstaktik prusiana volvía a dar sus frutos.
Durante la noche, las compañías británicas del XXII Batallón neozelandés que defendían la posición clave de la cota 107 – una altura situada al Sur de la pista del aeródromo de Maleme, que dominaba el terreno a su alrededor – perdieron el enlace con su nivel superior. Ante la falta de información, asumieron – equivocadamente – que su Batallón había sido derrotado por los alemanes, y decidieron retirarse. La retirada neozelandesa fue rápidamente aprovechada por los restos del I Batallón del Regimiento de Asalto Aéreo, que ocuparon sin resistencia la posición clave para controlar el aeródromo de Maleme. Los intentos británicos de contraatacar y recuperar la cota 107 fracasaron por diversos motivos. Sorprendentemente, los otros Batallones de la V Brigada neozelandesa no reforzaron al apurado XXII Batallón (el jefe de la V Brigada mantenía su puesto de mando con el XXVIII Batallón, muy alejado de Maleme, y en ningún momento se desplazó personalmente a supervisar la situación, en agudo contraste con la forma de mandar de los jefes alemanes). Por otra parte, el modesto contraataque local del XXII Batallón, llevado a cabo la tarde del 21 por una Sección de Infantería, un Matilda-II y un Mark-VIB (la totalidad de las reservas disponibles), fracasó cuando los carros se quedaron inoperativos por avería. Gracias a la posesión de la cota 107, los alemanes pudieron utilizar el aeródromo, aunque las pistas estaban todavía batidas por fuego enemigo. Los alemanes iniciaron inmediatamente un ‘puente aéreo’ que permitió reforzar a las maltrechas tropas paracaidistas.
El general Freyberg decidió entonces emplear dos Batallones para recuperar el aeródromo, el XXVIII Batallón de la V Brigada (que apenas había intervenido en el combate) y el XX Batallón, de la IV Brigada, desplegado en Galatas. El ataque se realizaría de noche, para evitar la acción de la Luftwaffe. Sin embargo, las noticias sobre tropas alemanas que se aproximaban por vía marítima, hicieron que Freyberg retrasase el contraataque hasta que otra unidad relevase en su sector de costa a estos dos Batallones, para prevenir posibles desembarcos. Para ello hizo venir al II Batallón australiano desde la zona de Rethymno. Pese a la urgencia, el desplazamiento de los australianos se vio retrasado por ataques aéreos. Esta demora, junto con el tiempo necesario para el relevo con los neozelandeses y el empleado para alcanzar las bases de partida del ataque, hicieron que el previsto ataque nocturno se convirtiera en un ataque al amanecer del día 22. Como Freyberg temía, el apoyo aéreo alemán y los refuerzos que los alemanes habían sido capaces de llevar a Maleme en ese periodo (un Batallón de Cazadores de Montaña) repelieron el contraataque de los neozelandeses.
El mismo día 22 de mayo, la Royal Navy desplegó algunas unidades navales para interceptar a los débiles convoyes italo-alemanes que se dirigían a Creta, pero la constante presión de la Luftwaffe hizo fracasar los esfuerzos británicos. Al final del día, la Royal Navy había conseguido hacer retroceder a los convoyes de tropas, pero había perdido dos cruceros ligeros y un destructor, y había gastado casi toda su munición antiaérea.
El 23 de mayo la Royal Navy reforzó su presencia en la zona con cinco destructores, que consiguieron dispersar un gran convoy con una cincuentena de buques. Sin embargo, la presión aérea alemana continuó, de forma que dos destructores fueron rápidamente hundidos y un tercero gravemente dañado. Resultaba evidente que, ante la superioridad aérea alemana, la Royal Navy no podía conducir operaciones ofensivas durante el día, so pena de sufrir pérdidas insostenibles.
Mientras tanto, las tropas aerotransportadas a Maleme comenzaban a ser suficientes para iniciar operaciones ofensivas. Aprovechando el fracaso británico, el 23 de mayo, los alemanes intentaron avanzar por el interior para enlazar con las tropas que resistían al Sur de Galatas. Si lo conseguían, la V Brigada neozelandesa se arriesgaba a quedar aislada, por lo que Freyberg autorizó su repliegue hacia La Canea.
Nuevamente, las percepciones jugaron una mala pasada a los aliados: los restos del Kampfgruppe Centro, situados en defensiva sobre la carretera que unía Rethymno y La Canea, intentaron avanzar hacia el Oeste, para reunirse con las tropas alemanas que avanzaban desde Maleme. Este movimiento se debía fundamentalmente a la imperiosa necesidad de recibir ayuda, ante las fuertes bajas sufridas. Sin embargo, para el mando aliado parecía que el Kampfgruppe Centro intentaba ejecutar un ataque concéntrico con el Kampfgruppe Oeste, que destruiría las X, IV y V Brigadas… A esta percepción se unieron los primeros problemas logísticos: la presión de la Luftwaffe había impedido a la Royal Navy reabastecer la isla, y el dominio del aire de los alemanes impedía la distribución de los suministros ya desembarcados.
Los combates se centraban ahora frente al pueblo de Galatas, en la carretera costera que unía Maleme con La Canea, y, desde allí, con Rethymno y Heraklion. En estos dos últimos lugares, los paracaidistas no habían podido ser reforzados y su situación era crítica. La prioridad alemana era socorrer a estos destacamentos, buscando tomar La Canea y alcanzar después Rethymno y luego Heraklion. No obstante, pese a los esfuerzos alemanes y al potente esfuerzo aéreo, la resistencia aliada era muy fuerte, por lo que el avance era tan lento que se corría el riesgo de que los destacamentos paracaidistas situados en Rethymno y Heraklion tuviesen que capitular. El día 24 los alemanes intentaron nuevos lanzamientos paracaidistas para tomar el aeropuerto de Heraklion, pero no tuvieron éxito. En consecuencia, los alemanes solicitaron a los italianos que lanzasen un ataque sobre la parte Este de la isla, en el puerto de Sitia, en el extremo oriental de la isla, para avanzar desde allí hacia Heraklion-Rethymno o, al menos, forzar a los aliados a distraer fuerzas para facilitar el ataque alemán.
Sin embargo, para los aliados, la situación aparentaba ser muy diferente: sometidos a constantes bombardeos aéreos y con suministros menguantes, su capacidad de combate disminuía rápidamente, mientras que los alemanes recibían un flujo ininterrumpido de abastecimientos y tropas frescas. El análisis aliado era correcto, pero excluía el dato de que las tropas alemanas desembarcadas en Creta eran numéricamente muy inferiores a las aliadas, aunque su combatividad ocultaba su debilidad real.
El 25, los alemanes tomaron Galatas (que cambió de manos varias veces), y amenazaron con desbordar por el Sur la defensa aliada, cortando la carretera entre La Canea y Rethymno.
El 26 de mayo, en respuesta a las peticiones de los alemanes, un convoy italiano partía hacia Creta desde Rodas, con parte de la 50ª División de Infantería italiana (un Regimiento de Infantería, una Compañía con trece carros CV-3/35 y algunas unidades menores), totalizando unos 3.000 hombres, que llegaron a Sitia el 28. A estas alturas de la operación, los británicos ya habían decidido el abandono de la isla, por lo que el desembarco se produjo sin oposición de la Royal Navy, ocupada en las tareas de evacuación.
Las razones de la decisión británica de evacuar la isla estaban relacionadas con el convencimiento de la Royal Navy de su incapacidad para operar bajo la incesante presión aérea alemana, lo que implicaba el aislamiento logístico de la isla, y, a la larga, la capitulación. Los británicos desconocían además la crítica situación de los paracaidistas alemanes en Rethymno y Heraklion, y la reducida entidad de las fuerzas alemanas presentes en la isla. Como anteriormente en Francia, la agresividad de las tropas alemanas había compensado sobradamente su escaso número.
La retirada británica hacia el puerto de Sfakia, al sur de la isla, fue pródiga en combates. En general, las mal armadas tropas griegas asumieron la tarea de retrasar a los alemanes para dar tiempo a la evacuación de los aliados, misión que cumplieron con determinación. El reembarque de tropas bajo las bombas de la Luftwaffe se cobró también un alto precio: gran número de soldados evacuados perecieron al hundirse los buques que los llevaban a África.
Los aliados sufrieron en total más de 4.000 muertos, unos 3.000 heridos y se dejaron unos 17.000 prisioneros, junto con la totalidad de su material pesado. Además, perdieron 3 cruceros y 6 destructores, mientras que otros 13 buques fueron dañados (1 portaaviones, 3 acorazados, 6 cruceros y 3 destructores).
Los alemanes tuvieron unos 4.000 muertos y 2.600 heridos, perdiendo unos 300 aviones de tipos diversos.
La batalla de Creta tuvo unas consecuencias doctrinales mucho mayores de las aparentes. Curiosamente, los alemanes y los aliados extrajeron conclusiones absolutamente opuestas.
Para los alemanes, las fuertes pérdidas de las unidades paracaidistas y aerotransportadas ponían de relieve las limitaciones de este tipo de unidades cuando se enfrentaban a tropas regulares. Los alemanes eran conscientes de que una actitud más ofensiva de los aliados, con un mejor empleo de sus más numerosas fuerzas, habría conducido casi inevitablemente a una contundente derrota de las tropas aerotransportadas alemanas. Esta apreciación la resumía el famoso dicho atribuido al general Student: ‘Creta es la tumba de las unidades paracaidistas’.
Las Divisiones alemanas en Creta no habían podido actuar como Grandes Unidades interarmas (que era la esencia de la doctrina alemana), sino como grupos de combatientes dispersos. Solo la gran calidad de las tropas había impedido un resultado desfavorable. Consecuentemente, los alemanes no intentaron nunca más operaciones paracaidistas de entidad siquiera mediana, y las Divisiones Paracaidistas alemanas operaron como Infantería ligera ‘de elite’ durante el resto de la guerra, como hicieron, por ejemplo, en Montecassino en 1943.
Sin embargo, los aliados veían la batalla de una manera diferente: una fuerza relativamente pequeña, llegada por vía aérea, había conseguido derrotar a una nutrida guarnición de tropas regulares, fortificada, alertada y dotada con armamento pesado. Para los aliados, la clave del éxito alemán residía en el apoyo aéreo: si se disponía de superioridad aérea (condición previa en cualquier caso para una operación paracaidista de cierta entidad), una fuerza compuesta de unidades aerotransportadas, convenientemente apoyadas con Aviación, podía derrotar a fuerzas regulares superiores. Así, los aliados iniciaron diligentemente la organización de sus propias Divisiones Paracaidistas.
En realidad, ambos enfoques eran correctos hasta cierto punto. Los aliados desconocían la crítica situación en la que habían estado las tropas aerotransportadas alemanas, y lo cerca que había estado Freyberg de alcanzar una resonante victoria, por lo que minusvaloraron la influencia en el desarrollo de la batalla de la reducida capacidad de combate y de la escasa movilidad de las tropas aerotransportadas en tierra. Por su parte, los alemanes habían sufrido fuertes pérdidas, pero el empleo de unidades paracaidistas había sido la única forma de tomar Creta sin afectar al calendario de inicio de la invasión de la Unión Soviética; en ese sentido, las unidades paracaidistas aportaban una capacidad única e insustituible con otros medios.
