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Agosto de 2021: La caída de Kabul. Lecciones mejor que culpables

https://global-strategy.org/agosto-de-2021-la-caida-de-kabul-lecciones-mejor-que-culpables/ Agosto de 2021: La caída de Kabul. Lecciones mejor que culpables 2021-08-20 17:32:32 Javier Mª Ruiz Arévalo Blog post Estudios Globales Afganistán Asia Central
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Nadie podía haber predicho hace un par de meses que el gobierno y las Fuerzas de Defensa y Seguridad afganas (ANDSF) se derrumbarían de forma tan estrepitosa y en un plazo tan breve. El naufragio del Estado afgano recuerda al efecto de un corrimiento de carga en un barco: un pequeño desplazamiento de una carga desequilibra al barco que se escora levemente, produciendo desplazamientos de carga adicionales que, finalmente, hacen volcar al barco de forma súbita. Así, pequeños cambios en las lealtades y la voluntad de combatir de unidades de las fuerzas afganas y de líderes tribales han acabado por producir un súbito corrimiento de carga inesperado que ha hecho naufragar al Estado afgano y, con él, a veinte años de esfuerzo internacional por estabilizar el país.

A día de hoy, los análisis parecen centrarse más en la búsqueda de culpables, que en la indagación de causas. En EEUU se produce un debate que trata de repartir responsabilidades entre las cuatro administraciones que se han visto implicadas en este conflicto. A la administración Bush se le recrimina la falta de compromiso con la estabilización en las fases iniciales y el exceso de ambición en las posteriores. A los tres restantes presidentes se les echa en cara haber puesto fecha a las sucesivas reducciones en el apoyo militar, alentando con ello a la insurgencia a esperar su momento.

Es pronto para extraer consecuencias de lo sucedido durante este verano. La rapidez con que la situación ha mutado y la falta de información completa sobre los datos y criterios tenidos en cuenta en la toma de decisiones hacen que, en el momento actual, cualquier análisis sea un ejercicio de voluntarismo carente de bases sólidas. Si no una mera herramienta política encaminada a eludir responsabilidades propias y endosárselas a los adversarios políticos.

Es posible que la comunidad internacional, EEUU, la OTAN, la UE,… no quieran volverse a ver implicados en guerras interminables o en la estabilización de Estados frágiles o fallidos. Para muchos analistas, el desenlace del conflicto afgano confirma la defunción del concepto mismo de Nation Building. Sin embargo, no podemos permitirnos el lujo de ignorar lo que nos ha enseñado el conflicto afgano, ni la casi certeza de que un mundo tan inestable como el actual obligará a afrontar conflictos similares en el futuro.

Comienza por tanto ahora el tiempo del análisis sosegado, encaminado a la obtención de lecciones útiles para el futuro. A la hora de abordar este análisis, conviene tener en cuenta una serie de premisas. En primer lugar, que no hay una causa que explique en exclusiva este desenlace. Además de analizar los efectos de las decisiones más recientes, también son relevantes aspectos como la debilidad crónica del gobierno afgano, la falta de coordinación del apoyo internacional, las deficiencias de las ANDSF o el progresivo fortalecimiento de los talibán. Todos ellos relevantes, aunque resulte complejo evaluar el peso relativo de cada una de ellas.

Falta de información completa y fiable

En segundo lugar, no se puede pasar por alto que muchos de los datos necesarios para analizar en profundidad las causas de lo ocurrido, referidos a decisiones de la administración de EEUU y del gobierno afgano y a la situación de las ANDSF y los propios talibán, están clasificados o recogidos en informes oficiales que tienden a minimizar los datos negativos y enfatizar los éxitos. Desde al menos 2007, Estados Unidos, la OTAN y el gobierno afgano tendieron a negar sistemáticamente la existencia de problemas críticos en la organización, el entrenamiento, el equipamiento y el liderazgo de las fuerzas afganas, y en sus informes abiertos tendieron a exagerar los niveles de éxito, tanto en el desarrollo de capacidades, como en la ejecución de operaciones.

Lo cierto es que el núcleo de las fuerzas del ejército afgano realmente preparado para el combate era muy pequeño, estaba muy sobrecargado de misiones de combate y se veía obligado a luchar a niveles insostenibles. Además, dependía en aspectos vitales del apoyo de EEUU. Los informes trimestrales presentados al Congreso por el Inspector General Especial para la Reconstrucción de Afganistán (SIGAR) señalaron muchos de estos problemas, maquillados por otras fuentes oficiales, pero su gravedad y las tendencias subyacentes fueron ignoradas o deliberadamente tergiversadas a nivel político y por los portavoces militares.

La Fuerza Aérea, vital para la lucha contra la insurgencia, era demasiado pequeña y limitada en cuanto a capacidad de ataque e inteligencia como para sostener a las unidades del Ejército, pese a que fuentes oficiales tendieran a exagerar su capacidad real

Tampoco se hizo hincapié en la fiabilidad de unas tropas cuya lealtad al gobierno resultaba, en muchos casos, más que dudosa. En lado insurgente , en cambio, la retórica de la resistencia a la ocupación animaba a muchos afganos a abrazar la causa talibán para defender su honor, su religión y su patria. Esta asimetría en el compromiso explica por qué, en tantos momentos decisivos, las fuerzas de seguridad afganas se retiraron sin oponer apenas resistencia a pesar de su superioridad. Cuando, además de la motivación, la superioridad dejó de ser clara, se produjo la debacle.

Las causas profundas del fracaso

Resulta difícil descubrir las motivaciones que llevaron, tanto la administración Trump, como a la de Biden, a la conclusión de que no había ninguna perspectiva real de que el conflicto pudiera tener un final satisfactorio. De que, ni victoria militar, ni acuerdo de paz parecían estar al alcance de la mano, llevándoles a optar por retirarse, con independencia de la evolución de las conversaciones de paz y sin tener en cuenta las consecuencias.

Resulta evidente que lo ocurrido este verano guarda una estrecha relación con las decisiones adoptadas durante los últimos dos años. El acuerdo de paz de 2020 ofreció la retirada del apoyo militar a cambio del inicio de negociaciones, pero nunca definió el proceso de paz que debería decidir el futuro de Afganistán, ni las consecuencias de su posible fracaso. Tanto para los talibán, como para sus aliados afganos, el mensaje resultaba claro: al anunciar una retirada completa e incondicional, Estados Unidos demostraba haber llegado a la conclusión de que había “perdido” Afganistán. Esta convicción llevó a muchos afganos a adaptarse a la nueva situación, apartándose, uniéndose al caballo ganador o rindiéndose.

Pero, las causas del colapso del gobierno y de las ANDSF no hay que buscarlas exclusivamente en decisiones y acontecimientos producidos en los últimos meses, o en los dos últimos años, muy al contrario, se remontan a 2001, al inicio de la intervención internacional; continúan con las decisiones tomadas a raíz del resurgir talibán alrededor de 2006, y concluyen con la decisión de negociar con los talibán y retirar el apoyo militar a partir de 2018. El anuncio de la retirada militar, evidentemente, ha sido un factor clave en el desencadenamiento de la ofensiva talibán.

No debe olvidarse que, ya en 2014, la decisión de reducir drásticamente la presencia militar internacional provocó un deterioro evidente, tanto en la gobernanza, como en la seguridad de Afganistán. Aunque el apoyo militar remanente permitiera contener militarmente a los talibán e impedir que ocuparan centros urbanos, esta fecha marca el inicio de un deterioro sostenido de la situación que anticipaba lo ocurrido a partir de 2020. Y decisiones muy anteriores, relativas a la creación del nuevo Estado afgano y a su desarrollo político, han tenido también un peso decisivo en su debilidad y pérdida de legitimidad frente a los afganos: el poder otorgado a los señores de la guerra, la ausencia de talibanes en los Acuerdos de Bonn; la tolerancia hacia la corrupción… son solo ejemplos de decisiones que han ido debilitando al Estado afgano, fortaleciendo indirectamente a la insurgencia.

El triunfo de lo inesperado

La sorpresa provocada por la inesperada precipitación de los acontecimientos no debe hacernos olvidar que no se trata del primer caso en que se produce el colapso repentino de un gobierno y unas fuerzas militares que se enfrentan a la insurgencia. La historia nos enseña que tales colapsos rara vez han sido claramente predecibles. El ejemplo citado del corrimiento de cargas permite describir cómo, en muchas ocasiones, el germen real del colapso ha sido más una cuestión de cambios repentinos en las percepciones y actitudes de los líderes, comandantes y fuerzas armadas, que causas tangibles o el resultado directo de los combates.

Las impresiones sobre la futura evolución del conflicto, hechas por comandantes militares y líderes tribales, pueden haberles ido inclinando a apoyar a los insurgentes. Estos cambios son perfectamente explicables si tenemos en cuenta que este tipo de decisiones, en Afganistán, tienden a adoptarse atendiendo a criterios de supervivencia, obviando concionantes de tipo político. Este tipo de consideraciones pueden explicar el impulso creciente de la ofensiva talibán y el paralelo decaimiento progresivo de la oposición al mismo. El colapso repentino era una contingencia posible, no necesariamente probable, y la combinación de factores que han llevado a que se materialice no es algo que analistas y actores implicados podían haber previsto fácilmente antes de que se materializara. Como alerta Taleb, la actitud ante el triunfo de lo inesperado no debe centrarse en analizar los errores que llevaron a no anticiparlo, sino en aceptar el peso de lo impredecible en el devenir de la historia[1].

Negación de la evidencia

El fracaso que se ha ido fraguando durante los últimos años ha tenido un aliado privilegiado en la incapacidad o falta de voluntad a la hora de proporcionar evaluaciones objetivas y fiables sobre las capacidades reales, tanto del gobierno afgano y de las ANDSF, como de la amenaza talibán. Es cierto que nadie predijo que las ANDSF se derrumbarían tan rápidamente, pero desde hace varios años había indicios de que los talibán se estaban imponiendo política y militarmente y de que las ANDSF adolecían de deficiencias críticas que el gobierno afgano ignoraba y que él mismo estaba agravando.

De hecho, los problemas que han permitido a los talibán derrotar al ejército con tanta rapidez se pusieron ya de manifiesto en 2015, cuando el grupo insurgente se apoderó temporalmente de Kunduz: baja moral, deserciones, desgaste, corrupción, faccionalismo étnico, logística deficiente y una dependencia excesiva del apoyo de las fuerzas de operaciones especiales afganas. Además, no era un secreto que las unidades de las ANDSF hacían tratos con su supuesto enemigo, alertando a los talibán de sus operaciones, se negaban a combatir y vendían al grupo armas y equipos. El hecho de que el envío de unidades de operaciones especiales y el apoyo de EEUU permitieran recuperar la ciudad hizo que no se tomara conciencia de la gravedad de las deficiencias puestas de manifiesto en una operación en la que apenas unos cientos de insurgentes fueron capaces de hacerse con el control, aunque fuera temporalmente, de una de las principales ciudades del país.

A partir de 2014, reducción en la presencia internacional y el deterioro de la seguridad hizo que se perdiera la capacidad de evaluar la evolución de la situación mucho más allá de Kabul y las principales capitales provinciales, impidiendo una valoración adecuada del deterioro de la gobernanza, de la continua expansión territorial de los talibán y del incremento de su influencia en las zonas bajo control gubernamental. Esta falta de información ha impedido valorar adecuadamente el paulatino fortalecimiento político y militar de los talibán. La negación, probablemente inconsciente, del carácter y el progreso de los talibán llevaron a subestimar su capacidad para llevar a cabo operaciones complejas en todo Afganistán, redesplegar o concentrar fuerzas con agilidad y ejecutar la combinación de operaciones que llevaron a provocar y explotar el colapso del gobierno afgano y sus fuerzas.

La falta de información precisa ha hecho que Estados Unidos y las fuerzas aliadas nunca llegaran a ser del todo conscientes de que se enfrentaban a una insurgencia cada vez más exitosa y no a una mera amenaza terrorista. Los informes oficiales estadounidenses subestimaron sistemáticamente la sofisticación y capacidad de los talibán, lo ignoraron como movimiento político y obviaron el hecho de que estaba gobernando la mayor parte de Afganistán con cierto éxito. Se centraron en el resultado favorable de los enfrentamientos armados, pasando por alto su crecimiento como insurgencia y su creciente impacto como movimiento político e ideológico. En Afganistán, como en Vietnam, las fuerzas afganas, con ayuda de Estados Unidos, ganaron prácticamente todas las batallas contra los talibán, pero perdieron paulatinamente el control del territorio en gran parte del país. Pero, la historia de las insurgencias muestra que las victorias militares gubernamentales no son decisivas si no suponen un incremento del control gubernamental de la población a expensas de la insurgencia

Además, los informes de fuentes partían del supuesto de que el extremismo de los talibán los hacía suficientemente impopulares como para que el Gobierno afgano tuviera garantizado el apoyo popular, olvidando que la historia de las insurgencias exitosas es, en gran medida, la historia de la lucha por ganar el control sobre la población, a menudo por medios despiadados e implacables. La retórica naif centrada en “ganar corazones y mentes” pasó por alto esta cruda realidad.

¿Quién es el culpable?

A Estados Unidos, como responsable del diseño de las estrategias seguidas en Afganistán a lo largo de los últimos veinte años, se le puede considerar responsable máximo de los errores cometidos[2]. Pero no puede pasarse por alto el protagonismo de los propios afganos en el desarrollo y desenlace del conflicto. La historia reciente debería habernos enseñado ya que, en la lucha contra la insurgencia, ningún poder externo puede sustituir a un gobierno incapaz.

Durante años, los líderes afganos, convencidos de que EEUU nunca abandonaría su país, por su supuesto valor estratégico, han priorizado consolidar su poder y sus redes clientelares frente a la necesidad de construir un Estado y garantizar su seguridad. Ante esta actitud, EEUU tenía dos opciones: poner fecha al cese de su apoyo militar, aunque ello animara a los insurgentes a esperar su oportunidad, o esperar al cumplimiento de ciertas condiciones, algo que podría no ocurrir nunca. Finalmente, el cansancio y el pesimismo llevaron a decantarse por la primera opción. Esta decisión ha llevado a que, en cuestión de semanas, los problemas acumulados durante años emergieran de forma repentina. La desconfianza de los soldados afganos respecto a sus propias capacidades; su limitada lealtad hacia sus líderes políticos; el creciente poder talibán en el medio rural. Todo ello llevó al convencimiento de la inutilidad de continuar una lucha que, en el mejor de los casos, sólo podría llevar a una lenta agonía sin esperanza permiten explicar la magnitud y la rapidez del desastre.


[1] TALEB, Nassim,N. El Cisne Negro. El impacto de lo altamente improbable. PAIDOS IBERICA, 2011.

[2] Sobre el esfuerzo internacional por desarrollar un estado derecho efectivo en Afganistán: RUIZ AREVALO, Javier. Estado de Derecho y Construcción de la paz. El caso afgano. Thomson-Reuters. 2021

Javier Mª Ruiz Arévalo

Coronel del Ejército de Tierra español y Doctor en Derecho por la Universidad de Granada. Ha desplegado en dos ocasiones en Kabul, desempeñando cometidos en el área de la cooperación cívico militar.

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