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Afganistán… de tribus, naciones y Estados

https://global-strategy.org/afganistan-de-tribus-naciones-y-estados/ Afganistán… de tribus, naciones y Estados 2021-08-20 16:43:56 Josep Baqués Blog post Estudios Globales Afganistán Asia Central
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Como continuación de mi anterior post, quisiera añadir algunos comentarios acerca de un factor sobre el que me han interpelado algunos amigos militares. Se trata del factor tribal y su impacto en el conflicto latente. Al tratarse de una sociedad estructurada de ese modo, Afganistán ni podría ser una nación, ni esas gentes pueden entender lo que sea un Estado. Esa sería la hipótesis que me proponen.

También parece que los talibanes son algo así como el brazo armado de la etnia pastún. En realidad, es más apropiado hablar de etnia, cuando asumimos el rol de los pastunes como bloque, aunque nos podemos entender también si empleamos la expresión tribu (más usual), asumiendo -eso sí- que los pastunes están subdivididos y enfrentados entre sí. A esos colectivos (durrani, ghilzai…) los podemos llamar clanes. Es importante tener en cuenta la gradación.

Lo primero que yo advertiría es que, de hecho, algunos de los más anti-talibanes de Afganistán, también son pastunes (especialmente, en Kabul). Pastunes que han ido adquiriendo lógicas de Estado y hasta de nación. Es por ello, entre otros factores que ya indiqué en el anterior post, que los talibanes no muestran una versión más amable de la que alardearon en la etapa 1994-2001… en Afganistán habrá una guerra civil.

En tal caso, los pastunes anti-talibanes contarán con el apoyo de señores de la guerra tayijos y uzbekos, mientras que los hazara se unirán al grupo por pura supervivencia. Y eso es, en definitiva, el origen de una nación, según explica Renan hacia el final de su texto ¿Qué es una Nación? (1882). Pero no adelantemos acontecimientos. Como ya dije, ahora toca vivir la represión talibán, porque entre todos nos hemos puesto en esa situación (es mejor aprender que lamentarse).

A partir de ahí, ¿Qué decir para desarrollar las reflexiones del primer párrafo? ¿Y qué lecciones adicionales se pueden extraer de todo ello? Vayamos por partes. Que Afganistán no es un Estado (en todo caso, será un Failing State) ni una nación (al margen de la definición de nación que manejemos, de entre las académicamente solventes) es algo en lo que vengo insistiendo desde hace… 13 años. Y no lo es debido, sobre todo, al papel entrópico de las etnias/tribus que residen en ese territorio. Eso es también cuestión conocida y añeja. Para entender el diálogo (complicado) entre esas etnias/tribus y los conceptos de Estado y nación, se puede revisar, entre otras cosas, lo que expongo en mi libro ¿Quo Vadis Afganistán?, publicado por el IUGM en 2010.

Luego volveré sobre el tema del State-Building y del Nation-Building. Pero, antes de alcanzar ese punto de ebullición del artículo, conviene dejar sentadas algunas cosas más. La fundamental es, por el momento, que cuando los EEUU inician su intervención en Afganistán apenas conocen esa sociedad. Porque no es cuestión solamente de conocer lo elemental (hay etnias/tribus que difícilmente comparten un sentimiento de unidad) sino lo que va más allá de lo elemental: qué relación tienen entre ellas (también entre los clanes que conforman esas tribus), las razones por las cuales se llevan bien, mal o regular; las que han tenido más relación con las diversas tentativas de generar un Estado (1747, 1880 y 1933, básicamente) y las que han salido peor paradas de ello (hubo nada menos que una yihad pastún anti-hazara a principios de los años 90 del siglo XIX), etc, etc, etc.

Eso no significa que lo ‘afgano’ no exista. Ocurre que lo afgano ha sido tradicionalmente asimilado a lo pastún. Ibn Battuta, en el siglo XIV, ya identifica como ‘afganos’ a unos persas muy ‘raros’, porque hablan ‘pastún’. Todo esto es viejo, muy viejo. Lo que es preciso es estudiar un poco más antes de ir por el mundo. Para eso está la Universidad. Creo que me tocará reivindicar expresamente el papel del mundo académico. Suelo hacerlo, cuando escribo, sin decirlo. Pero en ocasiones hay que verbalizarlo.

Entonces… Si Afganistán no es una nación, ni un Estado (salvo que el fallido entre en la definición), como vengo sosteniendo años ha… entonces… pues claro… la misión emprendida estaba condenada al fracaso… Es decir, sí que iremos por el mundo, pero solamente a Estados funcionales y sociedades con ‘carnet de nación’. A esos los podremos democratizar. Ya hablaremos de la democracia, otra vez, con mayor contundencia que en el artículo precedente. De momento, con esta divertida estructura del artículo, en zig-zag, toca resolver el entuerto de los Estados y de las naciones.

En realidad, los Estados y las naciones son constructos que tienen mucho de artificial. Además, antes de serlo, todos hemos sido también sociedades con etnias, tribus y clanes. Cuando los romanos llegaron a lo que ellos dieron en llamar Hispania, no había otra cosa. Probablemente, Viriato era muy parecido a los talibanes, bastante bruto, aunque practicando algo así como una religión pre-monoteísta. Pero supimos sacar lecciones positivas de ello, incluyendo nociones que perduran hasta hoy del derecho y de la administración pública, sin renegar del genio de Viriato (aunque tampoco lo saquemos a pasear a diario, por si acaso). Claro que ese Imperio estuvo funcionando bastante más de 13 ó 14 años (de trabajo realmente efectivo) en lo que hoy es nuestro Estado, y nuestra nación: España.

La transición lógica, ya que se ha dado en casi todo el orbe (aunque hay que reconocer que, en buena medida por influjo occidental) es la que conduce de las tribus a los Estados. Las que no lo aceptaron de buen grado, fueron integradas de peor grado (v. gr. nativos de los EEUU, cuando la conquista del Oeste se consideraba algo así como una aventura colonial, sin necesidad de poner comillas). Los chinos de hoy todavía tienen tarea que hacer en Sinkiang, igual que los rusos en Siberia. Y eso que son Estados muy consolidados. Quizá por ello, los primeros han llamado a su ‘ofensiva económica’ -y un poco policial/militar, claro- ‘Plan Oeste’. Mientras que a los rusos la falta de plan para Siberia les puede salir cara.

Afganistán no será una excepción, porque será un Estado (seguro) y hasta una nación (quizá, con más tiempo). Vietnam lo es, tras una intervención de los EEUU que lo dividía, con ánimo de mantener la democracia en el sur (¿loable, no?). Pero… ¿Alguien cree, de verdad, que Vietnam es mono-étnico, o mono-cultural? Hay animistas, miembros de la llamada Triple-religión (mezcla asimétrica de budismo, taoísmo y confucianismo), hay cristianos… Allí encontramos medio centenar de etnias, aunque es verdad que la mayoritaria contiene más del 80% de la población. Pero lo han logrado. No ha sido un éxito porque los EEUU se fueron (más bien, al revés, el influjo colonial, más la posterior influencia soviética y estadounidense contribuyeron a ello). De hecho, los EEUU también se fueron de Somalia, y más rápido, y ‘eso’ no tiene nada que ver con un Estado. Pero… ¡Oh, sorpresa! Todos son somalís, de la misma etnia y tribu, con lo que hablan la misma lengua y practican la misma variante de la misma religión… es decir… ¡son una nación, de cajón, de acuerdo con el nacionalismo Volkgeist! Eso sí, ahí se pelean los miembros de diversos clanes. Es como si, en Afganistán, si algún día se escindiera un Estado pastún independiente, empezaran a matarse entre sí, y a generar Estados independientes, los pastunes durrani y los pastunes ghilzai, entre otros.

Entonces, ¿qué diríamos? ¿Que donde todos son pastunes no llegamos a entender las razones por las cuales se enfrentan -desde hace 300 años, que se sepa- los durrani y los ghilzai? ¿Y que, ante esa tesitura, no había nada que hacer (pero que no éramos conscientes de ello, como si este comodín nos exculpara)?

Y qué decir si alguna vez a alguien se le ocurre llevar a cabo una misión en, por ejemplo, Etiopía… ¿De verdad espera encontrar ahí algún etíope? Bueno, depende, porque los amharas se consideran tal cosa (como los pastunes, afganos) pero no hay nada que sea ‘neutralmente etíope’: hay amharas, tigrays, oromos, somalis (por cierto), etc. No hay ‘etíopes’. Y el peso de lo étnico y tribal es todavía muy fuerte en Etiopía. Ahora bien, ¿es un Estado? Lo es. ¿Fallido? Quizá frágil, pero no fallido, y en el buen camino. ¿Y una nación? Quizá, están en ello, y no desfallecen (parte de los oromos están asumiendo tareas de liderazgo entre la elite amhara, incluso al máximo nivel… de la presidencia). Por cierto, para saber más de Somalia y de Etiopía, también puede leerse algún trabajo que tengo publicado en el Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE) en fecha muy reciente: La (cruda) realidad del Cuerno de África: los problemas internos de Etiopía y Somalia (2020).

Afganistán también había dado pasos en esa dirección. Fue con el reinado de Zahir Sha (1933-1973). La integración lograda iba por buen camino, incluyendo la de las etnias más odiadas, como los hazaras. Todo iba bien hasta que… algo se torció… así que ahora toca hablar de democracia. Lo había prometido.

Los últimos diez años del reinado de Zahir Sha fueron un desastre. Su gran error fue democratizar el país, a partir de la Constitución (casi una Carta Otorgada) de 1964. Alguno dirá… ¡Qué políticamente incorrecto, este Baqués! No, hombre, yo soy un pobre ignorante. Pero sé que lo soy, y por ello, procuro aprender. ¿De quién? De los clásicos. Stuart Mill, un gran defensor de la libertad y de la democracia (además de ser el primer gran feminista de la historia, por si le sirve de referencia a alguien) decía, para más inri en la obra en la que defiende a capa y espada esa democracia liberal (Sobre el Gobierno representativo, 1861), que un dictador benévolo (eso sí, y Zahir Sha lo era, y mucho) puede ser fundamental para generar el tipo de sociedad que -otro día- estará en condiciones de acceder a la democracia. Porque este monarca hizo mucho ( y lo hizo bien) por generar un Estado y una nación en suelo afgano.

Sin embargo, Zahir Sha tuvo prisa, abrió la Caja de Pandora, y su buena fe fue aprovechada por los islamistas y los pro-soviéticos, cada cual con su dogmatismo a cuestas, para lanzar sus respectivos órdagos a un Estado -casi nación- que terminó sumido en un principio de guerra civil (1973-1979), seguido por la intervención soviética (1979-1989), seguida por otra guerra civil (1992-1996), que es la que dio alas a la primera etapa talibán (1994-2001). Por cierto, en el libro que he citado también expongo las razones por las cuales los talibanes fueron (y son) tan queridos por una parte de la población afgana. Pero, otra vez, la explicación está en los clásicos. Concretamente, en el fundamento y la solución del Contrato Social de Hobbes, magistralmente expuesto en el Leviatán (1651). Aquí no tengo espacio para profundizar en ello, y además de trata de una tarea, magnífica para entender cosas, pero un tanto aburrida para mí, a estas alturas.

Quizá Zahir Sha pensó que podría ceder un poco, para luego ir soltando las riendas gradualmente. Pero el agua coge velocidad a poco que la pendiente arrecie. Eso es, dicho metafóricamente (cosas de la didáctica de los profesores de Universidad) lo que explica con más complejidad otro clásico. Pero esta vez, un clásico contemporáneo: Samuel Huntington. ¿Volvemos al choque de civilizaciones? No, no, para nada. Ocurre que este intelectual toca varios palos. En este momento, me refiero a lo que él define como ‘The King´s Dilemma’, que tiene un papel importante en su obra El orden político en las sociedades en cambio (1968): si dejas que el agua agarre mucha velocidad, puedes pasar de la dictadura al caos, sin pasar por la estación democrática (Huntington era más pesimista que Aristóteles). A Zahir no le llegó a tiempo esa lectura. Pero los demás podríamos aprender cosas. Y buscar vías medias, para canalizar al agua. En beneficio de la democracia liberal del futuro. ¿Qué mejor regalo podrían hacer los padres a sus hijos, en Afganistán?

Ya comenté en el artículo anterior sobre Afganistán que es conveniente leerse con atención el libro La cultura cívica de Almond y Verba (1965) antes de salir de casa. Hay más cosas que leer, pero ésta es insoslayable: no podemos convertir en ciudadanos de un Estado democrático (y liberal) a quienes nunca han tenido noción de tal cosa. Menos, si cabe, cuando están dispersos por el territorio y apenas se comunican entre sí. Ya. Pero lo peor no es intentarlo, sino creer que funciona (a corto plazo). Es decir (quiero matizar), todo se puede conseguir. También trasladar la intuición democrático-representativa a sociedades tribales. El problema son los plazos y lo que se hace (o se deja de hacer) mientras discurren esos plazos. Y el saber lo que se está haciendo bien, y lo que no. Y el no poner el carro delante de las ruedas. Y el no caer en el King´s Dilemma etc, etc, etc.

Entonces, lo que resulta lamentable es la alegría con la que algunos tecnócratas, expertos en derecho internacional y hasta interno, celebran que se celebren (aliteración intencionada) elecciones democráticas en estos países, a los cuatro días de haber aterrizado en ellos, con ese saco etnocentrista al que me referí en mi último post. Porque… ¿Es que se ha obrado el milagro? ¿Los convertiremos en demócratas por el hecho de votar? ¿Nos olvidamos de que en la URSS también se votaba, o de que Hitler convocaba referéndums de autodeterminación -en Austria, en 1938-? No, Almond y Verba no niegan que la cultura cívica pueda terminar llegando a todas partes… del mismo modo que ya ha llegado a algunas, cuando todos éramos parte de una lógica tribal en algún momento. Pero… no así… no así…

Por último, ojo con eso del State-building y del Nation-building. Los problemas estructurales requieren soluciones estructurales. No podemos esperar a que primero haya sentimientos compartidos (en este caso, por los afganos) si no tenemos instrumentos para generarlos y divulgarlos y compartirlos (Gellner decía en Naciones y Nacionalismo, de 1981, que el auténtico monopolio del Estado no era el de la violencia legítima, sino el de la educación legítima). Pero tampoco podemos esperar que haya un Estado viable sin economía ni bases imponibles (¿cómo pagaremos a los funcionarios? ¿Es que dependeremos sine die de la ayuda externa? ¿Qué broma es esa? ¿Tan lejos llega la cultura de la subvención sin condiciones?). Es decir, los primeros esfuerzos deben centrarse en generar un mercado único (nacional), para luego pasar a un Estado y, si todo va bien, a la nación. Es decir, Charles Tilly. Coerción, Capital, and European States, AD 990-1992 (1993); Ernst Gellner (obra ya citada) y Karl Deutsch. Nacionalismo y Comunicación social (1953). He alterado el orden de lectura, respecto a la cronología natural, porque es lo más adecuado para el lector novel.

Termino recordando que todo lo indicado hasta ahora no contradice nada de lo dicho en el artículo anterior sobre Afganistán. Ha quedado claro que los países occidentales no están preparados para resolver problemas complejos que se extienden en el tiempo, cuando además se plantean en el seno de sociedades que muchos no se han tomado la molestia de comprender (antes de salir de casa). En el otro artículo ya dejé claro (espero que las ironías se entendieran, y la gente con la que he hablado me confirma que así es) que lo peor de todo es que, encima, los ingentes esfuerzos hechos por los militares a lo largo de estos años, caigan en saco roto por falta de dirección política. Y que, encima de todo, los militares españoles y de otros lares sean cuestionados por una parte de la propia opinión pública. Pues ya se ve lo que pasa cuando el agua fluye en tromba. Ojalá, en éste y en otros tantos escenarios convulsos del mundo, el papel de las fuerzas armadas, o de las fuerzas de policía, son cruciales para que una sociedad sea viable. Quien no los quiere, debe asumir las consecuencias de su miopía (en el mejor de los casos) y puede ser considerado como cómplice (en el peor) de esos desaguisados. De hecho, ni Tilly, ni Gellner, ni Deutsch los excluyen de ninguna ecuación. Eso solamente será posible el día en que San Miguel haya derrotado al Diablo. O sea, que hay que esperar sentados.

Josep Baqués

Josep Baqués es Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Barcelona y Subdirector de Global Strategy

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