La Cumbre de Ankara no pasará a la historia por haber aprobado un nuevo concepto estratégico ni por haber reformulado las funciones esenciales de la Alianza. Su importancia reside en otro lugar: marca el tránsito desde una OTAN dedicada a identificar amenazas, aprobar planes y fijar compromisos financieros hacia una organización que comienza a exigir resultados tangibles en forma de fuerzas disponibles, munición, producción industrial, defensa aérea, sistemas no tripulados, inteligencia, conectividad digital y capacidad de sostener operaciones prolongadas.
La declaración oficial, aprobada el 8 de julio de 2026, es extraordinariamente breve. Apenas seis apartados condensan el consenso entre los treinta y dos aliados. Pero esa brevedad no debe confundirse con falta de contenido. Ankara confirma una transformación profunda del contrato transatlántico: Estados Unidos mantiene su papel central en la disuasión y la defensa colectiva, mientras los aliados europeos y Canadá asumen una responsabilidad creciente en la defensa convencional del continente, en la financiación de Ucrania y en la reconstrucción de la base industrial de defensa.
Al mismo tiempo, la cumbre ha mostrado las tensiones que acompañan esa transición. La presión estadounidense sobre el gasto, las diferencias sobre Irán, la incertidumbre respecto al compromiso futuro de Washington, la competencia industrial transatlántica y las distintas percepciones de amenaza entre el este y el sur de Europa no han desaparecido. Han sido gestionadas mediante una declaración deliberadamente compacta, construida alrededor de aquello que todos pueden aceptar y evitando los asuntos que podrían fracturar públicamente la unidad.
Para España, el balance es ambivalente. Ankara recoge varios de sus principales intereses: el enfoque de 360 grados, el fortalecimiento del pilar europeo, la cooperación industrial, la innovación tecnológica y el reconocimiento de las contribuciones basadas en capacidades. Sin embargo, no desarrolla una estrategia concreta para el flanco sur, no resuelve las singularidades territoriales españolas y tampoco valida la tesis de que el cumplimiento de los objetivos de capacidades permita desvincularse del compromiso financiero del 5 % adoptado en La Haya.
Una declaración de ejecución, no de refundación
El primer mensaje de Ankara es la reafirmación del artículo 5 y del vínculo transatlántico. La declaración insiste en que un ataque contra un aliado será considerado un ataque contra todos y mantiene expresamente el enfoque de 360 grados para la disuasión y la defensa. Esta formulación resulta particularmente relevante en un momento en el que las dudas sobre la continuidad del compromiso estadounidense han obligado a los aliados europeos a reconsiderar la distribución de responsabilidades dentro de la OTAN.
El segundo mensaje es que Rusia continúa siendo la amenaza a largo plazo más importante para la seguridad euroatlántica, mientras el terrorismo conserva la consideración de amenaza persistente. La OTAN no modifica, por tanto, el diagnóstico central del Concepto Estratégico aprobado en Madrid en 2022. Lo que cambia es la respuesta: Ankara no se limita a reiterar la necesidad de invertir más, sino que cuantifica el incremento de la inversión europea y canadiense, anuncia más de 50.000 millones de dólares en nuevas adquisiciones y compromete a los aliados a ampliar la capacidad de fabricación, acelerar la innovación y reducir las barreras al comercio de defensa.
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La producción industrial deja así de ser una cuestión económica auxiliar para convertirse en un componente de la disuasión. Una Alianza incapaz de reponer municiones, reparar plataformas, sustituir pérdidas o escalar la fabricación de sistemas críticos no puede sostener una guerra de alta intensidad. Ankara asume esta realidad y sitúa la profundidad industrial, las cadenas de suministro, la normalización y la cooperación con el sector privado dentro del núcleo de la postura defensiva.
La declaración identifica además las capacidades que definirán la siguiente etapa de modernización: ataque de precisión en profundidad, defensa aérea y antimisil integrada, sistemas no tripulados, tecnologías avanzadas, inteligencia, activos espaciales y cibernéticos, una nube de combate transatlántica interoperable y la adopción de modelos avanzados de inteligencia artificial. No se trata de una enumeración tecnológica. Es el esbozo de una futura arquitectura de combate basada en sensores distribuidos, intercambio de datos, decisión asistida por IA y generación de efectos multidominio.
Esta orientación tiene una consecuencia estratégica: la interoperabilidad futura dependerá menos de que los ejércitos utilicen calibres o procedimientos comunes y más de que puedan compartir datos, modelos, servicios digitales y ciclos de decisión. La soberanía sobre la nube, los algoritmos, las arquitecturas de mando y las reglas de acceso a la información será tan importante como la propiedad de las plataformas.
Una Europa más fuerte, pero no separada de Estados Unidos
La fórmula política central de la cumbre es “una Europa más fuerte en una OTAN más fuerte”. Los aliados europeos y Canadá deben asumir una mayor responsabilidad, pero hacerlo junto a Estados Unidos y dentro de una arquitectura aliada común. No se consagra una autonomía europea frente a Washington, sino una europeización gradual de la carga convencional para preservar el vínculo transatlántico.
El canciller alemán Friedrich Merz expresó con claridad esta lógica: hacer que la OTAN sea más europea para que pueda seguir siendo transatlántica. Para Berlín, Ankara convierte en acciones las decisiones adoptadas un año antes en La Haya. El aumento de la inversión, la cooperación industrial y los programas multinacionales no pretenden sustituir a Estados Unidos, sino reducir el desequilibrio que amenaza con erosionar su compromiso.
Emmanuel Macron presentó una interpretación parcialmente diferente. Francia comparte la necesidad de reforzar la OTAN, pero subraya que Europa debe disponer de mayor capacidad autónoma para actuar. El presidente francés destacó en Ankara el aumento de las contribuciones europeas, la expansión de la cooperación industrial y el desarrollo de capacidades en defensa antimisil, ataque de precisión y mando habilitado por inteligencia artificial. La posición francesa no cuestiona la Alianza, pero trata de utilizar su transformación para avanzar hacia una Europa estratégicamente más soberana.
El Reino Unido adoptó un enfoque más operativo. Keir Starmer utilizó la cumbre para lanzar una iniciativa multinacional de ataque de precisión en profundidad en la que una docena de países prevé invertir más de 50.000 millones de dólares durante la próxima década. Los sistemas contemplados tendrían alcances desde 300 hasta más de 2.000 kilómetros. Londres no se limitó a respaldar la narrativa de una OTAN más europea: la convirtió en un programa, una coalición y un presupuesto.
Esta diferencia es significativa. En la nueva OTAN, el liderazgo se medirá cada vez menos por la capacidad de formular posiciones políticas y más por la capacidad de organizar coaliciones, definir requisitos, movilizar financiación y estructurar programas industriales multinacionales.
Recep Tayyip Erdoğan, como anfitrión, vinculó el reparto de cargas con la eliminación de restricciones industriales entre aliados. Turquía se presenta como un país que no disfrutó plenamente del dividendo de la paz posterior a la Guerra Fría, que tuvo que desarrollar capacidades propias ante amenazas próximas y que hoy dispone de una industria de defensa capaz de contribuir al rearme aliado. Su mensaje es inequívoco: una OTAN que exige más producción no puede mantener barreras que excluyan a proveedores aliados por razones políticas o por no pertenecer a la Unión Europea.
Ucrania: de la solidaridad política al compromiso industrial plurianual
La ayuda a Ucrania constituye el otro gran resultado de Ankara. Los aliados comprometieron 70.000 millones de euros en material, asistencia y formación para 2026 y expresaron su voluntad soberana de mantener, como mínimo, un volumen equivalente durante 2027. La declaración reconoce además que los aliados europeos y Canadá financian ya la mayor parte de la asistencia de seguridad.
Este cambio es relevante por tres razones. En primer lugar, europeiza el coste de la guerra en un momento en el que Estados Unidos exige a sus aliados asumir una carga mayor. En segundo lugar, transforma la ayuda a Ucrania en un compromiso previsible y plurianual, condición indispensable para que la industria pueda abrir líneas de producción, contratar personal y asegurar materias primas. En tercer lugar, integra la demanda ucraniana en la planificación general de capacidades de la OTAN.
Ankara, sin embargo, evita pronunciarse sobre el calendario de adhesión de Ucrania. Frente a la declaración de Washington de 2024, que calificó de irreversible su camino hacia la integración euroatlántica, el texto de 2026 se concentra en su soberanía, integridad territorial y contribución a la seguridad transatlántica. La omisión parece responder a la necesidad de preservar el consenso y evitar un choque entre quienes desean mantener abierta una perspectiva clara de adhesión y quienes consideran que esa cuestión podría dificultar una futura negociación con Rusia.
Irán y Ormuz: el sur aparece, pero no se convierte en una estrategia
Una de las novedades de Ankara es la referencia explícita a Irán. Los aliados reiteran que Teherán no debe obtener un arma nuclear y exigen el respeto a la libertad de navegación en el estrecho de Ormuz. La mención refleja la creciente conexión entre seguridad energética, proliferación, acceso marítimo y estabilidad euroatlántica.
No obstante, esta referencia no equivale a una estrategia para el flanco sur. La declaración no menciona el Magreb, el Sahel, el Mediterráneo occidental, el terrorismo procedente de África, la instrumentalización de los movimientos migratorios, el crimen organizado transnacional ni las amenazas híbridas sobre las infraestructuras marítimas y energéticas.
El enfoque de 360 grados permanece en el primer apartado, pero no se traduce en compromisos operativos comparables a los adoptados para el este. El sur aparece fundamentalmente cuando una crisis amenaza el suministro energético, la libertad de navegación o la proliferación nuclear, no como un espacio estratégico que requiera planes, fuerzas asignadas, inteligencia persistente y una política de asociaciones coherente.
Para España, Italia, Portugal, Francia y Turquía, esta insuficiencia debería resultar preocupante. La evolución del Sahel, la penetración rusa, china e iraní en África, la proliferación de drones, la expansión de economías ilícitas y la creciente vulnerabilidad de cables submarinos, puertos y corredores energéticos justifican una atención estructural equivalente a la que recibe el flanco oriental.
De Madrid a Ankara: cinco cumbres y una transformación
La evolución de las cinco últimas cumbres permite identificar una secuencia coherente.
Madrid 2022 fue la cumbre del reinicio estratégico. La invasión rusa de Ucrania obligó a abandonar el marco de cooperación con Moscú, aprobar un nuevo Concepto Estratégico, reconocer a Rusia como la amenaza más directa y significativa y reforzar la defensa colectiva. Madrid consolidó además el enfoque de 360 grados, incorporó con mayor claridad el desafío planteado por China y abrió el proceso de ampliación hacia Finlandia y Suecia.
Vilna 2023 fue la cumbre de la operacionalización. Los aliados aprobaron y desarrollaron planes regionales de defensa, incrementaron la disponibilidad de fuerzas, reforzaron la defensa aérea y convirtieron el 2 % del PIB en un suelo, no en un techo. La creación del Consejo OTAN-Ucrania y el compromiso de apoyo durante el tiempo necesario institucionalizaron la relación con Kiev.
Washington 2024 fue la cumbre de la sostenibilidad. La OTAN reforzó el apoyo de largo plazo a Ucrania, aprobó un compromiso de expansión de la capacidad industrial, profundizó la integración del espacio y dio mayor visibilidad a la conexión entre la seguridad euroatlántica y el Indo-Pacífico. Para España, Washington tuvo una importancia adicional por la aprobación del Plan de Acción para la Vecindad Sur.
La Haya 2025 modificó el contrato financiero de la Alianza. Los aliados acordaron avanzar hacia una inversión equivalente al 5 % del PIB en 2035: al menos un 3,5 % destinado a necesidades militares esenciales y hasta un 1,5 % dedicado a resiliencia, infraestructuras críticas, innovación y otras inversiones relacionadas con la seguridad. Cada país debe presentar planes anuales que muestren una trayectoria creíble hacia el objetivo.
Ankara 2026 es la cumbre de la entrega. Ya no se discute principalmente cuál es la amenaza ni cuánto habría que gastar en abstracto, sino qué sistemas se van a adquirir, qué líneas de producción se ampliarán, cómo se financiará Ucrania y qué capacidades concretas permitirán ejecutar los planes de defensa.
La secuencia puede resumirse así: Madrid definió el entorno; Vilna elaboró la respuesta militar; Washington construyó los instrumentos; La Haya fijó los recursos; Ankara exige resultados.

Las declaraciones de los líderes: unidad formal, prioridades diferentes
Mark Rutte trató de sintetizar la cumbre bajo una fórmula sencilla: “la OTAN cumple”. Su intervención presentó el incremento del gasto, los nuevos contratos, la expansión industrial y la mayor responsabilidad europea como prueba de que la presión ejercida desde Washington está transformando positivamente la Alianza. Según Rutte, el foco ha pasado definitivamente de establecer objetivos a obtener resultados.
Donald Trump ofreció una lectura mucho más transaccional. Por un lado, reivindicó el aumento del gasto europeo como resultado de su presión y reiteró el compromiso estadounidense con la OTAN. Por otro, volvió a vincular la defensa con las relaciones comerciales, la posición de los aliados ante la guerra con Irán y sus propias reivindicaciones respecto a Groenlandia.
España fue el principal objetivo de esa presión. Trump la calificó inicialmente como un socio deficiente y llegó a ordenar la preparación de medidas para interrumpir el comercio bilateral, alegando tanto el rechazo español al objetivo del 5 % como su falta de apoyo a las operaciones estadounidenses contra Irán. Tras la reunión a puerta cerrada, moderó su discurso, habló de unidad y reconoció que España había realizado una contribución considerable.
La oscilación no es anecdótica. Refleja una concepción en la que gasto militar, apoyo político, acceso operativo, bases y comercio forman parte de una misma negociación. Para los europeos, la dificultad consiste en mantener a Estados Unidos comprometido sin aceptar que cada discrepancia bilateral se convierta en una prueba de lealtad aliada.
Frente a ese modelo, Merz y Starmer adoptaron una respuesta pragmática: aumentar capacidades europeas, asumir liderazgo en programas concretos y demostrar que Europa puede aliviar la carga estadounidense. Macron insistió en que esa mayor responsabilidad debe traducirse también en soberanía y capacidad autónoma. Erdoğan utilizó la cumbre para reivindicar el acceso de su industria al mercado aliado. Giorgia Meloni, por su parte, defendió el cumplimiento de los compromisos de forma gradual y compatible con las prioridades nacionales, una formulación próxima en algunos aspectos a la española, aunque sin confrontar abiertamente el objetivo general adoptado por la Alianza.
España: cumplimiento material, dificultad para capitalizarlo políticamente
Pedro Sánchez llegó a Ankara con una posición defensiva pero respaldada por datos. Según el Gobierno, España pasó del 0,9 % del PIB en defensa en 2018 al 2 % en 2025 y 2026, situándose durante 2024 y 2025 entre los países que más aumentaron su inversión. El Ejecutivo destacó además que ocho de cada diez euros del incremento presupuestario se destinan a empresas españolas y nueve de cada diez permanecen en la Unión Europea.
España ha reforzado igualmente su presencia operativa. En Washington, en 2024, mantenía 1.945 militares en misiones de la OTAN y participaba en los grupos de combate de Rumanía, Letonia y Eslovaquia, liderando este último. En Ankara anunció su incorporación a las fuerzas terrestres avanzadas en Finlandia, ampliando su contribución al Alto Norte y al flanco oriental.
La transformación presupuestaria se aceleró en abril de 2025, cuando el Gobierno adelantó cuatro años el cumplimiento del 2 % mediante una aportación adicional superior a 10.400 millones de euros y un volumen total de 33.123 millones. El plan vinculó la modernización militar con tecnologías duales, ciberseguridad, satélites, comunicaciones, inteligencia artificial e impulso a la industria nacional.
El punto de fricción apareció en La Haya. España sostuvo que podía cumplir los objetivos de capacidades asignados por la OTAN con aproximadamente el 2,1 % del PIB y rechazó elevar el gasto hasta el 5 %, argumentando que una cifra uniforme no tiene en cuenta los costes nacionales, la eficiencia industrial ni las capacidades realmente aportadas. El Gobierno presentó esta posición como un acuerdo específico, aunque la declaración aliada no incorporó ninguna excepción expresa.
En Ankara, Sánchez trató de demostrar que los hechos daban la razón a España: incremento del gasto, despliegues, apoyo a Ucrania, cumplimiento de objetivos y retorno industrial. También señaló que la declaración utiliza de manera recurrente el lenguaje de las capacidades, aproximándose así al enfoque defendido por Madrid.
El argumento es sólido desde un punto de vista técnico, pero insuficiente desde el político. En la OTAN, los porcentajes tienen una función distributiva y simbólica: permiten comparar esfuerzos y demostrar voluntad, aunque no midan adecuadamente la eficacia militar. España puede tener razón al afirmar que gastar más no garantiza disponer de mejores fuerzas, pero se debilita cuando convierte el 2,1 % en un techo rígido y permite que otros aliados presenten su posición como una excepción.
Un balance positivo, pero incompleto, para los intereses españoles
Ankara cubre razonablemente bien los intereses españoles compartidos por el conjunto de la Alianza. Reafirma el artículo 5, mantiene el enfoque de 360 grados, fortalece el pilar europeo, impulsa la cooperación industrial y prioriza ámbitos en los que España puede competir: sistemas navales, mando y control, comunicaciones seguras, espacio, ciberdefensa, inteligencia, drones, guerra electrónica y protección de infraestructuras.
La declaración también ofrece una oportunidad para que la industria española se integre en programas multinacionales, siempre que España consiga participación en el diseño, la propiedad intelectual, la integración y el sostenimiento, y no se limite a actuar como comprador o fabricante subordinado.
Sin embargo, la cobertura es claramente insuficiente en el flanco sur. La Estrategia de Acción Exterior 2025-2028 establece que España debe promover una mayor atención de la OTAN al sur bajo el enfoque de 360 grados. Ankara conserva esa fórmula, pero no la dota de nuevos mecanismos.
Tampoco se aborda la situación singular de Ceuta y Melilla ni se avanza hacia una interpretación más explícita de la cobertura territorial de la defensa colectiva. No supone que las ciudades estén desprotegidas, pero mantiene una ambigüedad política que España debería intentar reducir.
El mayor déficit, no obstante, es de liderazgo. Mientras el Reino Unido organiza una coalición de ataque profundo, Alemania articula programas submarinos, Canadá impulsa nuevos mecanismos de financiación y Turquía utiliza su industria como instrumento de influencia, España aparece principalmente justificando su nivel de gasto.
La prioridad debería ser transformar su aportación en una iniciativa aliada visible. Un programa multinacional para el flanco sur, centrado en vigilancia marítima, ISR persistente, sistemas no tripulados, defensa counter-UAS, protección de cables submarinos, seguridad portuaria y cooperación con socios mediterráneos y africanos, permitiría a España convertir su geografía en liderazgo estratégico.

De contribuyente fiable a aliado con capacidad de agenda
La política exterior y de defensa española de los dos últimos años ha evolucionado desde un atlantismo gradualista hacia un modelo que podría definirse como atlantismo europeo: compromiso con la defensa colectiva y con el flanco oriental, fortalecimiento de la industria europea, búsqueda de autonomía de decisión, defensa del derecho internacional y prioridad para el Mediterráneo y África.
Esa posición es coherente, pero necesita una traducción operativa más eficaz. La defensa de la autonomía no puede descansar únicamente en declaraciones; requiere capacidades militares, industria, disponibilidad y alianzas. Del mismo modo, la insistencia en el sur solo tendrá efecto si España presenta proyectos financiados, identifica socios y asume su liderazgo.
Ankara confirma que la OTAN ha entrado en una nueva etapa. La Alianza ya no se conformará con promesas presupuestarias ni con adhesiones políticas genéricas. Exigirá producción, fuerzas sostenibles, munición, datos, tecnología y capacidad para combatir de forma integrada.
España ha realizado un esfuerzo importante y su contribución es mayor de lo que sugiere el debate público sobre el porcentaje del PIB. Pero en una Alianza cada vez más transaccional y orientada a resultados, cumplir no basta. Es necesario lograr que ese cumplimiento genere influencia.
El verdadero resultado de Ankara para España no dependerá, por tanto, de que haya conseguido defender el 2 % frente al 5 %. Dependerá de si es capaz de utilizar su inversión, sus despliegues, su industria y su posición geográfica para establecer prioridades, liderar coaliciones y dar contenido real al enfoque de 360 grados. Solo entonces dejará de ser percibida como un aliado que explica su contribución y pasará a ser reconocida como un aliado que configura el futuro de la OTAN.

