En el verano de 2022, el general Zaluzhny describió el desafío que enfrentaban sus fuerzas con una frase que circuló en los análisis estratégicos más rigurosos del período: «Necesitamos líderes que sepan qué hacer cuando no hay órdenes». No era una crítica a la cadena de mando. Era el diagnóstico más preciso disponible de lo que exige el campo de batalla contemporáneo: un liderazgo radicalmente diferente al practicado durante las décadas de contrainsurgencia, donde la superioridad tecnológica y la conectividad permanente permitían ciclos de mando centralizados y detallados. Si la guerra está mutando hacia una competición entre ecosistemas, como ha argumentado esta serie, el liderazgo también debe mutar. No porque desaparezcan sus fundamentos, carácter, decisión, ejemplo, responsabilidad, juicio, confianza, sino porque cambia el entorno en que esos fundamentos se ejercen. La naturaleza del liderazgo no cambia: sigue siendo la capacidad de orientar voluntades hacia un propósito bajo condiciones de riesgo, fricción e incertidumbre. Su carácter sí cambia: se vuelve más distribuido, más cognitivo, más tecnológico e interinstitucional.
De la campaña al sistema: la evolución del liderazgo desde 1991
La Primera Guerra del Golfo representó un modelo de liderazgo asociado a superioridad, planificación, sincronización y control. El mando político definió un objetivo limitado y delegó la conducción militar con objetivos claros. En el plano operacional se sincronizaron aire, tierra, mar, inteligencia y logística con una eficacia extraordinaria para la época. El líder eficaz era quien integraba grandes sistemas y ejecutaba con superioridad de información.
Las décadas posteriores corrigieron esa visión de forma progresivamente más costosa. Afganistán, Irak, Siria, Libia, Ucrania, Gaza y el Mar Rojo demostraron que el liderazgo no puede limitarse a ganar la fase militar inicial. Tiene que entender la posguerra, la legitimidad, la narrativa, los proxies, la economía política del conflicto y los límites de la fuerza. El general que domina el campo de batalla y no puede gestionar las consecuencias políticas de la victoria ha completado solo la mitad de su tarea. Y con frecuencia es la mitad más fácil.
La evolución ha sido desde un liderazgo de campaña, dirigir operaciones con inicio y fin relativamente claros, hacia un liderazgo de sistema: conducir ecosistemas donde la fuerza militar es solo una de las dimensiones de un esfuerzo más amplio que incluye industria, tecnología, sociedad, diplomacia, economía e información. El liderazgo moderno ya no puede apoyarse en la ficción del control total. El entorno operacional obliga a aceptar que el mando central no puede verlo todo, decidirlo todo ni corregirlo todo a tiempo. Por eso vuelve con fuerza el mando por misión: propósito claro, confianza, iniciativa subordinada y capacidad de adaptación. Esta no es una innovación doctrinal: es la recuperación de una competencia que los años de conectividad permanente habían atrofiado porque no hacía falta ejercerla. Ucrania la ha vuelto a hacer obligatoria.
El liderazgo táctico: del jefe que controla al jefe que habilita
El liderazgo táctico será el más profundamente afectado por la transformación del campo de batalla, porque opera directamente en el entorno más transformado. En 1991 ejercía su función con comunicaciones robustas, mando estable, apoyo aéreo dominante y tiempo relativamente generoso para la decisión. En los conflictos recientes, el jefe táctico opera bajo vigilancia persistente de drones adversarios, interferencia electromagnética que degrada sus comunicaciones, artillería precisa que puede atacarle en minutos desde la detección, municiones merodeadoras que sobrevuelan sin que pueda identificarlas a tiempo, y cambios tecnológicos en las amenazas que se producen en ciclos de semanas.
Cinco competencias definen al líder táctico eficaz en este entorno. Primero, gestionar la firma de la unidad con la misma disciplina con que gestiona el fuego: emisiones electromagnéticas, patrones de movimiento predecibles, firmas térmicas, uso de dispositivos digitales personales, que siguen siendo una de las principales fuentes de localización de unidades en Ucrania. Segundo, operar en dispersión como modo normal mediante intención clara y procedimientos estándar robustos que sostienen la coordinación cuando las comunicaciones fallan: la unidad que solo puede funcionar cuando su jefe está presente y las comunicaciones son perfectas es una vulnerabilidad operativa de primer orden. Tercero, integrar sistemas no tripulados como capacidad orgánica, no como apoyo externo, decidiendo cuándo observar, cuándo atacar, cuándo cambiar de frecuencia y cuándo cortar emisiones. Cuarto, aprender en tiempo real: convertir la experiencia del combate de la mañana en mejora de procedimientos de la tarde, sin esperar la actualización de los manuales. Quinto, sostener la moral bajo hiperletalidad, gestionando la presión psicológica que el campo de batalla transparente y letal impone sobre cada combatiente de formas que ninguna doctrina anterior había tenido que abordar con esta especificidad.
La figura ideal no será el jefe heroico que concentra la voluntad de la unidad en su persona, sino el jefe que crea equipos autónomos, técnicamente competentes y mentalmente resilientes: equipos que pueden seguir funcionando si el propio jefe queda fuera de combate. El liderazgo táctico del futuro no consistirá en mandar cada acción, sino en preparar a la unidad para decidir bien cuando el jefe no pueda intervenir.
El liderazgo operacional: arquitectura de campañas multidominio
El liderazgo operacional es el puente entre la táctica y la estrategia, y es donde la complejidad de la guerra contemporánea se manifiesta con mayor intensidad porque debe gestionar simultáneamente la velocidad de los ciclos tácticos y las implicaciones estratégicas de largo plazo de cada decisión operacional.
El comandante operacional futuro deberá diseñar y conducir campañas donde interactúan dominios físicos, digitales, electromagnéticos, informativos, industriales y diplomáticos de formas que se condicionan mutuamente en tiempo real. Una campaña futura puede requerir simultáneamente: degradar la defensa aérea adversaria para crear condiciones para las operaciones aéreas; proteger los puertos propios del sabotaje; gestionar el ritmo de consumo de munición para que se ajuste a la capacidad de reposición industrial aliada; defender las redes eléctricas críticas para las operaciones logísticas; controlar la narrativa pública para mantener el apoyo político doméstico e internacional; gestionar los límites de la escalada con aliados que tienen diferentes tolerancias al riesgo; y evitar daños civiles que serían tácticamente aceptables pero estratégicamente ruinosos.
Cinco capacidades definen al líder operacional eficaz en este entorno. Visión sistémica que entiende que la operación no se gana solo en el frente sino también en logística, reposición industrial, diplomacia de coalición, percepción pública y resiliencia de las infraestructuras propias. Gestión de tempo como decisión estratégica: no siempre ir más rápido, sino imponer el ritmo adecuado en cada dominio. Integración civil-militar como núcleo de campaña: la cooperación civil-militar deja de ser función especializada y pasa a ser el tejido conectivo de la operación. Liderazgo multinacional con comprensión real de las restricciones de cada aliado, sus reglas de enfrentamiento y los efectos de las decisiones propias sobre la cohesión de la coalición. Y adaptación industrial-operativa: trabajar con cadenas de suministro, prioridades de producción y actualización tecnológica como variables operacionales de primer orden, no como asuntos administrativos delegables.
El liderazgo estratégico y político: sostener guerras largas
La verdadera prueba del liderazgo estratégico no es iniciar la guerra ni ganar sus primeras batallas. Es sostener la coherencia entre fines, medios, legitimidad y capacidad industrial durante meses o años contra adversarios que apuestan al desgaste. Los conflictos de Afganistán e Irak ilustran la tendencia occidental a confundir superioridad táctica con éxito estratégico. Ucrania demuestra lo contrario: incluso una defensa exitosa requiere estrategia de sostenimiento, movilización industrial, diplomacia constante y resiliencia social que no se agote.
El líder estratégico futuro deberá dominar simultáneamente tres lenguajes. El militar: multidominio, desgaste, disuasión, escalada controlada, mando adaptativo y regeneración de fuerzas. El político: mantener apoyo social con honestidad sobre los costes, fijar líneas rojas creíbles, evitar la polarización destructiva y sostener la legitimidad democrática del esfuerzo. Y el industrial: garantizar stocks de munición, producción escalable, soberanía selectiva en componentes críticos y cadenas de suministro que resisten perturbaciones. El líder estratégico que no entienda industria estará incompleto en la guerra del siglo XXI: la capacidad de combate depende de producción de drones y munición tanto como de calidad de plataformas.
El liderazgo político de los próximos años tendrá que asumir que la seguridad nacional es una función transversal del Estado, no una cartera sectorial. Sus competencias son anticipación sistemática que no espera a la crisis para construir capacidades; coordinación interministerial genuina que supera la fragmentación institucional que los adversarios explotan deliberadamente; comunicación estratégica honesta que sostiene la confianza pública con claridad sobre la amenaza; legitimidad democrática preservada en el proceso de preparación; pedagogía social sin alarmismo; y priorización económica de la resiliencia antes de que sea urgente.
El modelo de liderazgo ecosistémico
El concepto que integra los cuatro niveles de mando es el liderazgo ecosistémico: la capacidad de dirigir sistemas complejos donde la fuerza militar es solo una parte de una arquitectura mayor. No significa liderazgo blando ni difuso. Significa dirigir con eficacia real un sistema donde fuerzas armadas, industria, tecnología, sociedad, diplomacia, economía e información son dimensiones interdependientes que deben funcionar coherentemente.
El liderazgo ecosistémico combina seis dimensiones que se aplican en cualquier nivel, desde el comandante de brigada hasta el presidente de gobierno. El propósito claro sustituye al control detallado en entornos distribuidos: sin propósito interiorizado por todos los escalones, la autonomía subordinada produce incoherencia en lugar de efectividad. La confianza entre escalones permite delegar sin perder coherencia y se construye con demostración consistente de competencia y honestidad, no con declaraciones. La adaptación, el ciclo observar-comprender-ajustar-verificar más corto que el del adversario, requiere organizaciones que traten el error como información valiosa, no como crimen que hay que ocultar. La integración entre dominios, actores y recursos produce efectos que ninguna dimensión puede producir en solitario. La resiliencia mantiene la funcionalidad bajo pérdida, degradación y desgaste: el liderazgo que colapsa bajo presión acumulada produce daño operativo que ningún sistema de armas puede compensar. Y la legitimidad, la coherencia entre medios, fines, valores y narrativa, no es consideración ética opcional: es dimensión operativa de primera línea, porque perder la legitimidad ante la propia sociedad o ante los aliados equivale a perder la capacidad de seguir combatiendo.
Riesgos del liderazgo futuro y la formación que hace falta
Los principales riesgos institucionales merecen ser enunciados con claridad para que puedan ser gestionados activamente. El tecnocratismo, creer que más sensores o más IA sustituyen al juicio, produce líderes dependientes de sistemas que el adversario diseñará para degradar, y menos capaces de actuar con coherencia cuando esos sistemas fallen. La hipercentralización digital, intervenir más porque se puede ver más, mata la iniciativa subordinada cuando la velocidad es más crítica. La teatralización del liderazgo político, priorizar imagen sobre estrategia en guerras narrativas, puede producir comunicación brillante y conducción débil. Y la fatiga moral acumulada que conflictos largos, exposición pública permanente y ambigüedad ética prolongada producen puede erosionar la voluntad de los líderes de forma difícil de detectar antes de que produzca decisiones disfuncionales.
La formación de líderes para este entorno debe cambiar en los cuatro niveles. En el táctico: más adiestramiento en mando tipo misión sin comunicaciones, integración de drones como capacidad orgánica, operación degradada, gestión de firma y aprendizaje post-acción sistemático. En el operacional: más wargaming multidominio real con restricciones industriales reales, planeamiento interagencias con participación genuina de actores civiles, y coordinación multinacional con reglas de enfrentamiento incompatibles simuladas con honestidad. En el estratégico: más economía de defensa, análisis de escalada, geopolítica tecnológica y relación civil-militar en democracias bajo presión. En el político: más ejercicios de decisión bajo presión con escenarios de crisis híbrida que impliquen a múltiples ministerios y al sector privado crítico.
El gran cambio estructural es que el liderazgo de seguridad no puede formarse solo dentro de instituciones militares. Necesita interfaces con empresas tecnológicas, industria, universidades, administraciones civiles, medios, inteligencia y aliados. El líder que solo conoce su propio ecosistema institucional tiene una imagen sistemáticamente incompleta del sistema que debe liderar.
España y Europa: la madurez estratégica pendiente
Para España y Europa el reto tiene dos dimensiones que se refuerzan mutuamente. La primera es recuperar la cultura estratégica que décadas de paz relativa y protección americana habían erosionado. El llamado Zeitenwende alemán, el cambio de era anunciado por el canciller Scholz tras la invasión rusa de 2022, es la expresión más visible de un proceso de maduración estratégica que todos los países europeos deben realizar con sus propias características y ritmos. Para España, que ha mantenido durante décadas un perfil de gasto en defensa sistemáticamente por debajo del compromiso OTAN y una cultura estratégica más orientada a misiones expedicionarias que a defensa territorial colectiva, ese proceso de maduración tiene urgencia real que los documentos guía estratégicos todavía no reflejan completamente.
La segunda dimensión es superar la fragmentación institucional que hace lentas e incoherentes las respuestas a crisis que requieren velocidad y coherencia. El liderazgo futuro exigirá coordinar con eficacia real ministerios que han operado en silos, administraciones territoriales con competencias en seguridad, fuerzas armadas y fuerzas de seguridad con culturas distintas, empresas críticas que no comparten automáticamente los incentivos del interés nacional, y una ciudadanía cuya preparación determina en última instancia la capacidad de resistencia colectiva.
En la guerra que viene, liderar no será controlar más. Será crear las condiciones para que una organización, una fuerza o una nación entera pueda seguir pensando, actuando y adaptándose cuando el adversario intente degradarlo todo. Esa será la diferencia entre mando aparente y liderazgo real. Y construir esa capacidad, en todos los niveles, antes de que la presión lo exija, es la inversión estratégica con mayor retorno disponible para cualquier democracia que tome en serio su propia seguridad. Esta serie ha intentado argumentar por qué esa inversión es urgente. La responsabilidad de actuar en consecuencia pertenece a quienes tienen el poder de hacerlo.


