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Consecuencias geopolíticas e internas del fiasco afgano

https://global-strategy.org/consecuencias-geopoliticas-e-internas-del-fiasco-afgano/ Consecuencias geopolíticas e internas del fiasco afgano 2021-09-01 10:41:27 Josep Baqués Blog post Estudios Globales Afganistán
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Ayer el Presidente de los Estados Unidos habló con una contundencia inusitada del caso afgano. Las palabras de Biden fueron claras: no estamos solamente ante el final de la presencia de los Estados Unidos en Afganistán, sino ante el ‘final de una era’. Esa era es la que ha sido presidida por las tentativas de ‘remake States’. El problema de esta política es comentado por Biden en forma de un dilema: o más tropas o no merece la pena quedarse. Pero los Estados Unidos, sigue diciendo Biden, tiene intereses perentorios, y no puede dilapidar sus recursos económicos y humanos en suelo afgano. A partir de ahora, añade el Presidente del todavía país más poderoso del mundo, los Estados Unidos se van a preocupar solo por defender su interés nacional. Finalmente, nos recuerda a todos que ese interés nacional se centra en evitar un excesivo expansionismo chino.

Huelga decir que sus palabras confirman lo que anticipé en mi post del día 16 de agosto. Incluyendo la conclusión: a partir de ahora, cada palo (también el afgano) deberá aguantar su propia vela (la talibán). Y, aunque alguien llame a la puerta del Imperio (o lo que sea el pulpo) éste no va a salir de su arrecife convertido en trinchera, a no ser que sea estrictamente necesario. Lo cual no es óbice para que Washington ordene algún ataque puntual, con drones o misiles, en plena retirada, o después de la misma. Todo eso se ha dado.

Dicho y recordado todo lo cual, aporto nuevos razonamientos acerca de la situación actual, de las cosas que van a suceder, y de las que no van a suceder.

Consecuencias geopolíticas

Algunos van a reclamar a los Estados Unidos una mayor responsabilidad en la gobernanza mundial. Entre ellos, quienes hasta hace nada han criticado a Washington su actitud ‘imperialista’. Sin reparar en que las palabras de Biden retratan lo que han venido haciendo China y Rusia en las últimas décadas: no implicarse en nada que no sea estrictamente indispensable para satisfacer sus intereses nacionales. Se dirá que los Estados Unidos llegaron a Afganistán para eso (es verdad) pero a los analistas de la Casa Blanca ahora les sobran 18 años de presencia en Afganistán. Los que no se correspondían exactamente con esos intereses.

El caso es que China tiene eso escrito en el frontispicio de su política exterior: la no injerencia en los asuntos internos de otros Estados ha sido uno de los principios que le han rentado más en estas décadas en las que los Estados Unidos han dilapidado parte de su soft power interviniendo por doquier sin que su STRATCOM fuera lo suficientemente convincente.

Pero China lo tiene escrito porque no es evidente. Se injerirá, comenzando por Afganistán, pero a su manera, sin enviar sus ‘marines’. Pero para satisfacer su interés nacional. No para defender unos derechos que Pekín desconoce, o menosprecia, o manipula (depende de qué derecho queramos hablar). Afganistán es vecino de Pakistán, a su vez aliado de China, que ya lleva algún tiempo realizando inversiones en la capital del mundo pastún. Los talibanes son nefastos administradores… y Pekín se apresura a reconocer al gobierno de Kabul. Las piezas del puzle encajan bien.

También se ampliarán las voces que reclamarán una mayor implicación europea o que, de modo menos idealista, y hasta pseudo-realista (empleo estas expresiones en el sentido técnico de las mismas en filosofía política), comentarán que, más allá de los deseos, el desastre afgano provocará una reflexión en la UE, e incluso en la ONU, que podría ‘impulsar’ políticas comunes de seguridad y defensa, sin depender de las decisiones de Washington. Esas reflexiones ya se están dando, pero si alguien espera resultados, es mejor que lo haga sentado. Más allá, me refiero, de la gestión de la crisis humanitaria, en la que sí tendrán algo que decir. Pero, en lo que respecta a la posibilidad de plantear acciones de la ONU o de la UE que impliquen el traslado de miles de tropas a miles de kilómetros para promover la democracia, con lo que ello supone a nivel de C2 o C4ISTAR, inteligencia, transporte estratégico, logística sobre el terreno, gastos asociados, etc… no hay nada que hacer. No lo hay, ni siquiera si ese fuera el único problema, que no lo es. La diversidad de agendas y sensibilidades de cada Estado sigue siendo el escollo fundamental. Pero eso es así, y no va a cambiar porque alguien diga que no le gusta que así sea.

Es más, si la experiencia traumática de la primera guerra mundial, que fue un desastre muy superior al afgano, solamente sirvió para crear una Sociedad de Naciones que apenas languideció hasta su irrelevancia en los albores de la segunda guerra mundial (que no pudo evitar); si la experiencia más traumática todavía de la segunda guerra mundial, que fue un desastre superior a la primera, sirvió para crear la ONU, que no tiene ni está previsto que tenga unas FFAA propias de modo que UNESCO, ACNUR y demás al margen, es absolutamente incapaz de imponer ninguna paz sin la contribución del Imperio de turno (y, además, es lógico que así sea)… ¿Para qué va a servir lo sucedido en Afganistán? Para nada. Dentro de un par de semanas más, este debate estará muerto (de hambre), hablaremos (eso sí, claro) de los refugiados afganos y lamentaremos (como siempre) que el mundo sea como es.

No quisiera terminar este primer bloque de reflexiones sin recordar que Wilson, que ideológicamente cae más cerca de Biden que de Trump, estaba por afirmar una y otra vez la necesidad de que el mundo estuviera repleto de democracias, y que habría que hacer lo posible para que así fuera… en 1914… Pero poco después excluyó a los Estados Unidos de la Sociedad de Naciones (esa que nunca fue funcional). Mientras que la otra opción (que el Imperio mantenga la pax romana/americana) tampoco le pareció políticamente correcta. De modo que, casi mejor haberse callado, no generar expectativas falsas, olvidarse por algún tiempo de Kant (salvo en la intimidad, donde siempre queda bien citarlo) y hacer lo posible (él y sus seguidores) para que, al menos, no haya tantas guerras. ¿Cuál fue su problema? ¿Os acordáis de Alicia en el País de las Mil Maravillas? Pues eso… Walter Lippmann ya dijo, en 1943, en su libro Foreign Policy, que el problema de los wilsonianos era que querían ‘hacer una tortilla sin cocinar los huevos’.

Biden es biznieto de Kant, nieto de Wilson e hijo de Obama. La desescalada en la calidad intelectual de sus tres progenitores no es intencionada, pero sí un reflejo de la realidad. Guarda sus huevos para China (algo que hubiera firmado cualquier realista) aunque ya veremos si en el momento decisivo Biden tiene huevos, o no los tiene (personalmente, prefiero que nunca tengamos ocasión de comprobarlo). La novedad reside en que Biden se parece a Trump más de lo esperado (novedad relativa) y en que, como también anticipé en mis posts de agosto, el liberalismo hegemónico está agonizando (novedad de mayor enjundia). Resurgirá de sus cenizas el día en que sea menos idealista, pero… lo dicho, mejor esperar sentados.

Consecuencias internas

La situación que vivimos hoy en Afganistán tiene mucho de déja vu. Tras la retirada de las tropas de la URSS (1989) y un breve interinaje pro-soviético (1989-1992) los talibanes entraron en suelo afgano, procedentes de Pakistán (que tanto contribuyó a generarlos) en 1994, tomando Kandahar de inmediato. Para entonces, ya se había producido el primer atentado yihadista contra las Torres Gemelas (1993) pero los Estados Unidos que, a su vez, tanto habían contribuido a la expulsión de la URSS de suelo afgano (eso sí, sin pisar suelo afgano) habían dejado de financiar al gobierno de Kabul. En esa tesitura, cuando los talibanes entraron en la capital, en 1996, en Washington se celebró como una buena oportunidad para que alguien (los talibanes, en ese caso) pusiera un poco de orden en el país. Sin que, además, le cueste un dólar al contribuyente estadounidense.

A todo esto, Bin Laden, por aquel entonces perseguido por los Estados Unidos y por Arabia Saudita, entró en Afganistán para esconderse, que es lo que estuvo haciendo toda su vida (¡Ah! ¡Terroristas del mundo mundial! ¡En vuestro pecado está vuestra penitencia!). Entonces ya se vio que la relación entre el movimiento talibán (nada árabe y escasamente califal) y Al Qaeda era… mala.  El trato -que nunca llegó a materializarse- estaba virtualmente cerrado: los talibanes estaban negociando con Bill Clinton (demócrata, sí) la entrega de Bin Laden a cambio del reconocimiento internacional de su gobierno.

De hecho, los Estados Unidos no llegaron a reconocer al país del Mulá Omar porque, en plena campaña electoral de 1996, colectivos de actores de Hollywood, activistas por los derechos humanos, grupos feministas, etc, advirtieron que los talibanes desconocían derechos de las mujeres, lapidaban a las adúlteras y mataban a los homosexuales. Lo siguieron haciendo, pero sin reconocimiento internacional.

El déja vu tiene que ver con que hemos vuelto, casi exactamente, al punto en el que estaba el gobierno talibán de 1996-2001. Reconocimiento internacional a cambio de portarse bien. Portarse bien, en dos frentes (como entonces), teniendo que cumplir con los dos (como entonces), aunque el orden de los factores se haya alterado un poco. En 1996 se les pedía que no fueran un Estado santuario del terrorismo yihadista transnacional y que moderaran en lo posible su inquina contra ciertos colectivos internos. Lo mismo que ahora, aunque ante el auge de la sensibilidad occidental en lo que respecta al segundo de esos ítems y la calma chicha con la que se vive la siempre latente presión del terrorismo yihadista en Occidente, puede que las prioridades se hayan invertido.

Pero, en ambos casos (en 1996 y ahora) Occidente delega en los talibanes. No porque sus barbas sean del agrado occidental, sino porque no somos capaces de hacer otra cosa, ya sea por falta de huevos (los institucionalistas liberales) o porque, aunque haya huevos de sobra, así como recetas para cocinar excelentes tortillas, no se cree ni en el menú ni en el tipo de cocina diseñado por la escuela wilsoniana (los realistas).

El escenario es tan parecido que ya han surgido los primeros roces entre talibanes y los terroristas del DAESH. Los primeros de los nuevos tiempos, porque estos años atrás hemos asistido a episodios de fuego cruzado entre unos y otros. Entonces, los talibanes están obligados a mostrar un mejor rostro (tampoco es tan difícil, ya que en la etapa 1996-2001 pusieron el listón muy bajo) por motivos estructurales: necesitan el reconocimiento internacional que se les escurrió entre la yema de sus dedos en 1996; y necesitan apoyo internacional tangible (económico y administrativo) para construir ese Estado que siempre se ha quedado a medio construir.

A su vez, si existe un enemigo común para Washington, Pekín y Moscú, ése es el yihadismo. Pero la ruptura entre los Estados Unidos y los talibanes en 1996 acabó arrojándolos a los brazos de aquél a quien estaban a punto de entregar, de modo que a partir de 1997 Afganistán se convirtió en el santuario por antonomasia del terrorismo yihadista. ¿Alguien cree que en Washington -o en Pekín, o en Moscú- van a dejar que eso ocurra? Si así fuere, Stoltenberg tendría que rectificar sus recientes afirmaciones, cuando afirmó que la OTAN había cumplido en Afganistán, pues su misión era, en esencia, la de evitar la existencia de ese santuario. Pero… ¿Acaso no hay riesgo de que, 20 años después, regresemos a esa pantalla? ¿Quién puede impedirlo? ¡Los talibanes! ¿Es la mejor jugada posible? No, es la peor. El problema es que sea… la única posible.

La otra hipótesis planteada en mi post del 20 de agosto, a saber, una guerra civil en Afganistán, tiene también muchos visos de convertirse en realidad. No es incompatible con la imagen descrita en el párrafo anterior. Dos son los argumentos para sostenerla, uno de ellos más estructural, el otro más propio de la psicología social.

El primero se debe a las cuentas pendientes con los talibanes: en la etapa que va desde 1994 (contando ahora desde su ingreso en el país) hasta el año 2001, los hazara lo pasaron muy mal por ser chiitas; los señores de la guerra uzbekos, liderando coaliciones interétnicas anti-talibanes fueron los únicos que derrotaron militarmente a las huestes del Mulá Omar -en la primera batalla de Mazar-e-Shariff, en 1997- pero solamente ganaron una batalla (y un año de tiempo) no la guerra, si bien desde entonces ambos se han jurado odio eterno, pues en 1998 los talibanes arrasaron con todo tras tomar esa misma ciudad en el segundo asalto; la mayor parte de los darihablantes tayikos y, por supuesto, aimaks, no están por la labor de aceptar órdenes de unos barbudos analfabetos incapaces de entender la finezza de la cultura persa, mientras tratan de volver a imponer el burka entre sus esposas… Que ahora no se hayan resistido no es un argumento decisivo para pensar que todo ha terminado: es lo mismo que hicieron los talibanes en 2001. Es lo mismo que hacían sus ancestros cada vez que entraban las tropas británicas en el siglo XIX, y es lo mismo que les sucedió luego a los soviéticos.

Lo segundo alude a que, gracias a la intervención occidental, esa sociedad ha saboreado durante 20 años la lógica de los derechos individuales, de la educación (más allá de las madrassas), de un Estado de derecho y demás. En función de la provincia de la que hablemos la penetración de esos elementos ha sido más o menos profunda. Desde luego. Pero eso está ahí. De manera que no es lo mismo tomar el poder después de una guerra civil (1992-1996) que después de una de las etapas más prósperas (aunque sea porque tampoco las ha habido mucho mejores) de la historia reciente de Afganistán. Como ya he dicho en otras ocasiones, en 1994 o 1996, la respuesta talibán gozaba de cierta legitimidad /y de cierta racionalidad), vista en clave hobbesiana. Pero eso ha cambiado: rebus sic stantibus.

Algunos atribuyen a Hobbes una frase que, en realidad, es de Hume: la razón es esclava de las pasiones. Pero, si los talibanes han aprendido algo de sus errores del pasado y, sobre todo, si el cálculo racional es capaz de modular su propio fanatismo, el tipo de cosas que he comentado en los dos últimos párrafos puede ser útil -también en este caso- para entender las dinámicas de moderación que están por venir. Cuestión distinta es que esa moderación satisfaga a los activistas por los derechos humanos. No lo van a hacer. El mejor futuro posible para un gobierno talibán ansioso de rebatir a Hume (lástima que no lo conozcan) pasa por emular, en estos términos, a Arabia Saudita.

Pero la referencia al modelo de sociedad de Arabia Saudita me invita a cerrar este análisis tocando un último tema que creo relevante. Es más, muy relevante. Se trata del apoyo que los talibanes están obteniendo de Catar y Turquía. No es lo previsto en el guión inicial. En 1996 recibieron el reconocimiento internacional de apenas tres Estados, Arabia, los EAU y Pakistán. Arabia era importante para ellos. Pero rompieron relaciones por culpa de Bin Laden. Aparentemente, los talibanes están más cerca del wahabismo que de los Hermanos musulmanes. Pero ahora se dejan querer por la ‘otra cara del sunismo’.

En efecto, Catar y Turquía hace años que están haciendo todo lo posible para molestar a Arabia Saudita ¿Qué le puede molestar más que lo que en Riad es visto como una provincia irredenta se alíe con la potencia que, en forma de Imperio otomano, controlaba la península arábiga? ¿Qué puede ser más molesto que, gracias a Catar, las tropas turcas hayan regresado a ese escenario, un siglo después? Pero, siendo así, ¿dónde está la noticia? Turquía es el aliado por antonomasia de algunos de los peores enemigos internos de los talibanes: los señores de la guerra uzbekos (no en vano, son turcómanos). Es decir, Turquía podría contribuir a que esa guerra civil en ciernes no estallara, si logra mediar entre las partes. Moderando, de paso, a los talibanes. Los talibanes desprecian la herencia kemalista, por razones obvias, pero pueden dialogar con Erdogan, siendo como es el artífice de la revancha de Dios anunciada por Samuel Huntington en 1995.

Josep Baqués

Josep Baqués es Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Barcelona y Subdirector de Global Strategy

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