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Ebrahim Raisi: nuevo capítulo de la eterna guerra interna de Irán

https://global-strategy.org/ebrahim-raisi-guerra-interna-iran/ Ebrahim Raisi: nuevo capítulo de la eterna guerra interna de Irán 2021-09-14 06:41:00 Javier Mª Ruiz Arévalo Blog post Estudios Globales Oriente Medio
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Global Strategy Report, 38/2021

Resumen: Desde sus inicios en 1979, la política interna de la República Islámica de Irán se ha caracterizado por la tensión entre el presidente, que dirige el gobierno, y el Líder Supremo, que encabeza un conjunto de instituciones paralelas cuyo objetivo es garantizar el respeto a los ideales del Irán revolucionario. Así, el Líder Supremo dirige una auténtico estado paralelo, formado por el Consejo de Guardianes de la Revolución, que tiene poder de veto sobre el poder legislativo y sobre las candidaturas electorales, y la Guardia de la Revolución Islámica (GRI), auténticas Fuerzas Armadas paralelas que responden directamente ante el Líder Supremo. Las tensiones entre ambos ámbitos ha sido constante desde 1979 y ha supuesto un freno efectivo para cualquier intento reformista. La designación, tras las elecciones de junio de 2021, del nuevo presidente, Ebrahim Raisi, puede suponer un cambio radical en las relaciones entre el estado paralelo y la administración del Estado.


El actual líder supremo, Ali Jamenei, antes de ocupar esta posición, fue presidente desde 1981a 1989. Durante su mandato chocó por cuestiones políticas e ideológicas con el entonces líder supremo, Rujolá Jomeini, el líder carismático de la revolución iraní. En 1989, después de la muerte de Jomeini, Jamenei fue nombrado para sustituirle, protagonizando desde entonces una serie de enfrentamientos con los sucesivos presidentes, más moderados, o pragmáticos, que él mismo. Para los estándares de la política iraní, ninguno de los presidentes de la República de Irán puede calificarse como radical. A pesar de sus convicciones políticas y de la base social en la que se apoyaban, todos ellos han seguido políticas internas y exteriores consideradas por el estado paralelo, en mayor o menor medida, como seculares, liberales, antirrevolucionarias y subversivas. En todos los casos, Jamenei, apoyado por la Guardia de la Revolución Islámica, que responde directamente ante el Líder Supremo, maniobró agresivamente, a veces brutalmente, para contener y controlar al gobierno. Estas tensiones han provocado en la administración iraní un estado de tensión permanente que ha provocado un alto nivel de desgaste político y parálisis administrativa.

Con la elección del nuevo presidente, Ebrahim Raisi, este enfrentamiento entre conservadores y progresistas puede haberse decidido finalmente en favor del estado paralelo, garante de la ortodoxia del régimen. El nuevo presidente, un leal funcionario del sistema teocrático iraní, alcanzó la presidencia tras las elecciones de julio de 2021, meticulosamente amañadas para garantizar su triunfo. Durante décadas, había trabajado como fiscal y juez, llegando a ser presidente del Poder Judicial. A lo largo de su larga carrera judicial, ha demostrado ser un rigorista al que se le le achaca su implicación en la ejecución sumaria de miles de presos políticos y miembros de grupos armados de izquierdas a fines de la década de 1980. Su afán por erradicar cualquier amenaza percibida por el estado paralelo le llevó a ganarse el aprecio de Jamenei, y hay pocas dudas de que, como presidente, una de sus prioridades será reforzar el control del Líder Supremo sobre el agencias administrativas del Gobierno.

¿El inicio de una nueva era?

El contexto en el que Raisi asume la presidencia presenta retos novedosos. Irán es hoy un Estado empobrecido por las sanciones de EEUU y los efectos de la COVID-19; la clase media se ha desgastado enormemente; el país vive con una sensación colectiva de aislamiento que alimenta un creciente victimismo, mientras el entorno regional sigue percibiéndose como amenazante. Todo ello fortalece a quienes se presentan como guardianes de la seguridad nacional. En medio de toda esta confusión, Irán se acerca al momento de elegir un nuevo líder supremo: una transición en la que el nuevo presidente jugará un papel muy relevante, y que podría resultar en su propio acceso al cargo. Este escenario puede marcar el comienzo de una nueva era en la historia de la República Islámica. La tensión creada hasta ahora por los continuos enfrentamientos entre el líder supremo y el presidente del gobierno podría dar paso a un Irán más cohesionado internamente y más asertivo en su política exterior.

En esta coyuntura, el ala más conservadora del régimen se encuentra ante una oportunidad inédita de remodelar la política y la sociedad de Irán, ampliando el control político, social y económico de la GRI, disminuyendo aún más las libertades políticas y, a la vez, mostrando una cierta tolerancia en cuestiones religiosas y sociales. En esta nueva era, el gran triunfador resultará ser el nacionalismo iraní, herramienta escogida por el régimen para ampliar su base social a nivel nacional, mientras que el papel de defensor de los chiitas y el antiamericanismo, señas hasta ahora de la identidad ideológica del régimen, servirán para proyectar su poder regionalmente, pero no para galvanizar el apoyo interno. Estos cambios afectarán también a las relaciones internacionales de Irán, en general, y a su actitud hacia EEUU, en particular. Con el respaldo de una GRI fortalecida y sin temor a frenos políticos internos, el nuevo gobierno se mostrará más asertivo a la hora de confrontar las amenazas de los Estados Unidos, consideradas como existenciales.

A pesar de ello, es probable que Raisi pueda llegar a compromisos en la cuestión nuclear, tratando con ello de mitigar la crisis social y económica que ahoga al país. En la misma línea, es previsible que se den por cerrados los intentos de anteriores presidentes de acercamiento a Occidente, resultando más previsible una estrategia de alianzas con China y Rusia. En Oriente Medio, área prioritaria para Irán, asistiremos a la búsqueda de acuerdos bilaterales, económicos y de seguridad, con sus vecinos y al fortalecimiento del “eje de resistencia”, una extensa red de alianzas con actores afines en Irak, Líbano, Siria, Yemen y el resto de la región. En cuanto a EEUU, puede esperarse que las relaciones futuras sean eminentemente transaccionales y giren en torno a preocupaciones derivadas de la seguridad inmediata. Cabe esperar que las propuestas encaminadas a un mayor acercamiento tendrán escaso predicamento en Teherán, pudiendo decirse que la ventana de oportunidad para un gran acuerdo ha quedado cerrada, al menos de momento.

Irán, un Estado en guerra consigo mismo

El orden político introducido por Jomeini en 1979 surgió de la lucha contra el Shah, que había gobernado Irán desde 1941. Derrocar al Sha fue relativamente sencillo, pero la lucha posterior por el control del Estado, entre los islamistas y sus rivales, fue sangrienta y prolongada. Los seguidores de Jomeini tuvieron que luchar por el poder con el clero tradicional y los grupos nacionalistas y marxistas. En 1979, la toma de la embajada de Estados Unidos por estudiantes leales a Jomeini ayudó a consolidar el poder de los islamistas, al igual que la guerra contra Irak (1980-1988) ayudó a consolidar a la GRI como contrapeso del ejército regular, adiestrado por EEUU y de dudosa lealtad al nuevo régimen. Las fuerzas islamistas, una vez conseguida la victoria, establecieron una red de instituciones paralelas, bautizada como nizam (“el sistema”), diseñada para neutralizar cualquier amenaza del estado secular.

El Estado resultante demostró pronto fracturas internas: entre el líder supremo y el presidente; entre los comandantes de la GRI y del ejército, y entre el Consejo de Guardianes y el parlamento. Fisuras que se agudizaron tras la muerte de Jomeini. Pese a que el ala conservadora de los islamistas se hizo con el poder y apartó a los elementos menos ortodoxos, la propia facción gobernante, a su vez, se fraccionó en dos poderes en perpetuo conflicto, el estado paralelo y el gobierno formal, respectivamente encabezados por el líder supremo y el presidente.

Constitucionalmente, el líder supremo el la máxima autoridad del Estado, responsable último de la toma de decisiones, mientras el presidente se responsabiliza de la gestión ordinaria. De la misma forma, el parlamento asume el poder legislativo, pero bajo el control del Consejo de Guardianes, que puede vetar sus decisiones. En este sistema dual, el presidente tiene que luchar con frecuencia contra la oposición del líder supremo para poder llevar a cabo sus políticas. Para ello, puede tratar de explotar a su favor el respaldo electoral o la presión popular, algo que ha conducido a resultados dispares en el pasado. A lo largo de los años, las elecciones presidenciales han generado una evidente polarización en torno a asuntos como los derechos civiles, los códigos de vestuario obligatorios, la corrupción y las relaciones con Estados Unidos, impulsando movimientos sociales y protestas que el el estado paralelo no puede ignorar, mientras el gobierno trata de canalizar a su favor. Lo cierto es que las sucesivas elecciones presidenciales han alimentado un formidable movimiento reformista cuyas aspiraciones de “democracia religiosa” van más a allá de lo aceptable para el líder supremo, lo que ha supuesto una fuente constante de tensiones políticas.

Pero, para los presidentes de Irán, los esfuerzos por explotar el sentimiento popular para impulsar reformas han terminado normalmente en frustración y fracaso. Como candidatos, todos los presidentes de Irán (Rafsanjani, Jatamí, Ajmadineyad y Rojaní) prometieron actuar con independencia y abrir el país al mundo. Pese a que todos ellos comenzaron sus carreras políticas como defensores de ese estado paralelo y contribuyeron a la formación de la República Islámica, una vez en el poder, sus políticas trataron de ser más pragmáticas, eludiendo los límites impuestos por la ortodoxia revolucionaria. Sin embargo, todos han sido incapaces de vencer la oposición activa del líder supremo, apoyado en el estado paralelo.

Rafsanjani protagonizó el primer intento de debilitar al estado paralelo. Él mismo fue uno de sus fundadores y actuó como patrocinador del nombramiento de Jamenei como líder supremo. Pero como presidente (1989-1997), intentó superar la fase revolucionaria de Irán y reconstruir su fracturada economía, fortaleciendo los lazos con Estados Unidos y Europa. Trató también de diluir la GRI en el seno del ejército o al menos reducirla a una pequeña, división de élite. Su objetivo era centralizar la toma de decisiones dentro del gobierno y evitar que el estado paralelo determinara la estrategia de seguridad nacional. No tardó en enfrentarse a Jamenei, que frustró su plan y rechazó una propuesta de enmienda constitucional que le hubiera permitido postularse para un tercer mandato presidencial consecutivo. Pero el cese de Rafsanjani en 1997 no supuso su desaparición de la escena política, siguió actuando en segundo plano tratando de minar la posición de Jamenei. De hecho, esta rivalidad explica el apoyo del líder supremo al reformista Jatamí, cuya asombrosa victoria electoral de 1997 se debió en gran medida a que Jamenei no dudó en apoyarle frente al candidato de Rafsanjani. La plataforma progresista de Jatamí, apoyada contra todo pronóstico por Jamenei, apelaba a los jóvenes descontentos, a las mujeres y a una clase media que se había enriquecido gracias a reformas económicas de Rafsanjani.

Como presidente, Jatamí presidió un breve momento de liberalización: surgieron cientos de nuevos medios de comunicación y los intelectuales podían defender abiertamente un pluralismo religioso que amenazaba el monopolio del líder supremo sobre la verdad divina. Pero, como era de prever, Jamenei y la GRI reaccionaron agresivamente para frustrar esta agenda reformista y cualquier acercamiento con EEUU, iniciando una represión que supuso el arresto de cientos de periodistas, intelectuales y estudiantes. Este episodio de represión, marca uno de los momentos en los que el estado paralelo logró imponerse sobre el poder ejecutivo.

En las elecciones de 2005, Rafsanjani volvió a concurrir como candidato, pero fue derrotado por Ajmadineyad, que había liderado una campaña de corte populista. Durante su presidencia, el nuevo presidente revirtió casi todas las medidas aperturistas de su predecesor y la situación de los Derechos Humanos y las libertades cívicas experimentaron un fuerte retroceso. Además, aceleró el programa nuclear y permitió que la GRI penetrara en las instituciones del estado y explotara el aislamiento impuesto por las sanciones para reforzar sus propias actividades económicas. En 2009, fue reelegido frente al reformista Mir-Hossein Mousavi, lo que provocó importantes manifestaciones de protesta que la GRI aplastó violentamente. A esta represión siguió una auténtica caza de brujas que supuso el encarcelamiento o arresto domiciliario de muchos líderes reformistas. Entre los muertos y detenidos había hijos y familiares de altos funcionarios conservadores.

Por un momento, incluso el estado paralelo se resquebrajó: Los comandantes de la GRI tuvieron que viajar por el país para justificar ante los jerarcas del régimen el uso excesivo de la violencia empleada contra los manifestantes. El propio Ajmadineyad acabó enfrentándose con Jamenei y la GRI. A partir de 2011, sostuvo un durísimo pulso por el poder con el Líder Supremo, su antiguo valedor, y con el Parlamento, dominado por los tradicionalistas, quienes, hastiados de sus salidas de tono, su verbo abrasivo y su gusto por la confrontación, intentaron derrocarle alegando irresponsabilidad, corrupción y abuso de autoridad. Ahondando en esta brecha, en su segundo mandato sustituyó su postura antiamericana en favor de un acercamiento a Washington y reemplazó su retórica islamista por apelaciones al nacionalismo persa. Yendo más allá, llegó a acusar públicamente de corrupción a la GRI y a las agencias de inteligencia iraníes. En un esfuerzo por evitar las trabas que le imponía el mismo establecimiento religioso que le había llevado al poder, insinuó que disfrutaba de una conexión particular con el “Imam Oculto”, una figura mesiánica venerada por los Chiítas.

La presidencia de Rojaní (2013-2021)

Las elecciones de 2013 permitieron a los iraníes demostrar su hartazgo por las extravagancias de Ajmadineyad. Tras ocho años con un verso suelto como presidente, optaron por Rojaní, un candidato que contaba con el apoyo de Rafsanjani y los reformistas y prometía un regreso a la normalidad. Rojaní, que había sido asesor de seguridad nacional y negociador nuclear con Rafsanjani y Jatamí, sería reelegido en 2017.

El nuevo presidente había hecho campaña comprometiéndose a defender a los ciudadanos contra el militarismo de la GRI y los extremistas religiosos que venían condicionando la vida cotidiana de los ciudadanos, prometió la liberación de líderes reformistas bajo arresto domiciliario, mejorar la economía y resolver el impasse nuclear. Al igual que sus antecesores, durante su mandato tuvo que enfrentarse al estado paralelo. En los 80 había contribuido a la expansión de la GRI, que pasó de ser una pequeña organización de voluntarios a convertirse en una fuerzas armadas paralelas. Sin embargo, como presidente, su postura cambió radicalmente, llegando a acusar públicamente a la GRI de interferir cada vez más en la esfera política. En 2014, durante una conferencia anticorrupción con los jefes del poder judicial y del parlamento, demostró públicamente su frustración con la GRI por sus actividades no militares. Sin nombrarla explícitamente, afirmó que “Si las armas, el dinero, los periódicos y la propaganda se concentran en un solo lugar, uno puede confiar en la la ausencia de corrupción.”

Enfrentado a una situación económica muy delicada, caracterizada por recesión económica, depreciación monetaria, inflación y paro, vinculó el crecimiento económico a las negociaciones nucleares, declarando: “Es bueno tener centrifugadoras (nucleares) funcionando, pero la vida de las personas también tiene que discurrir; nuestras fábricas tienen que funcionar”. Los tecnócratas recuperaron sus cargos y retomó las negociaciones sobre el programa nuclear que habían comenzado una década antes bajo Jatami, pero esta vez, además de con las potencias europeas, negoció directamente con Estados Unidos.

Las conversaciones preliminares entre Irán y Estados Unidos habían comenzado en secreto en Omán, con el visto bueno de Jamenei, unas semanas antes de la elección de Rojaní. Pero el nuevo equipo hizo uso de su mandato popular para presionar al líder supremo para que mostrara más flexibilidad ante las negociaciones. Después de dos años, los negociadores concluyeron en 2015 con la firma del Plan de Acción Integral (JCPOA), un acuerdo con seis potencias mundiales que ofrecía a Irán un cierto alivio de las sanciones a cambio de permitir inspecciones de sus instalaciones nucleares y limitar el enriquecimiento de uranio, al menos temporalmente.

El estado paralelo frente a Rojaní

El estado paralelo contraatacó con fuerza para amortiguar la euforia con la que se recibió el acuerdo nuclear. Al hacerlo, puso en evidencia las luchas internas dentro del Estado iraní. En abril de ese año, se filtró de forma anónima a los medios de comunicación un audio clasificado, de tres horas, en el que el ministro de asuntos exteriores, Mohammad Javad Zarif, explicaba sin rodeos cómo la política exterior de Irán había estado permanentemente al servicio de la GRI. El audio confirmaba que Rojaní y su entorno no consideraban que el programa nuclear estuviera al servicio del interés del Estado, sino que era más bien un proyecto de la GRI ajeno a ese interés. En la grabación, Zarif llega a  acusar a la GRI de colaborar con Rusia para sabotear sus propias gestiones diplomáticas sobre la cuestión nuclear. Los rusos temían que un acuerdo de no proliferación pudiera acercar a Irán a los Estados Unidos. De acuerdo con Zarif, inmediatamente después de la firma del JCPOA, el presidente ruso Vladimir Putin se reunió con Qasim Soleimani, comandante de la Fuerza Quds de la GRI, para discutir sobre el conflicto sirio. A partir de ese momento, los aviones y misiles rusos comenzaron, intencionadamente, a hacer una ruta más larga a través del espacio aéreo iraní para atacar a las fuerzas que luchaban contra el régimen de Bashar al-Assad en Siria. Zarif deduce que Putin tenía la intención de forzar a Irán a una colaborar con Rusia en este conflicto regional para mantener a Teherán en conflicto con Washington.

En el audio filtrado, Zarif se queja de que el estado paralelo pasó los seis meses anteriores a la firma del acuerdo nuclear tratando de sabotearlo. Según Zarif, la GRI realizó una serie de acciones encaminadas a minar el acuerdo nuclear, como el asalto a la embajada saudí en Teherán o los ataques a barcos estadounidenses en el Golfo Pérsico. En los años posteriores a la adopción del JCPOA, Zarif tuvo que luchar constantemente para reparar los daños de las acciones de la GRI a su cuidada diplomacia.

Soleimani, por su parte, no compartía sus planes con Zarif. Por ejemplo, en enero de 2016, las sanciones de EEUU a la aerolínea iraní Iran Air se relajaron como consecuencia del acuerdo nuclear. Pero cinco meses después, Zarif fue informado por el Secretario de Estado estadounidense, John Kerry, de que Iran Air no sólo había reanudado el envío de armas a Hezbollá en Siria, la acción que había provocado las anteriores sanciones, sino que, por órdenes directas de Soleimani, había sextuplicado estos envíos, lo que llevó a EEUU a imponer nuevas sanciones a la aerolínea. Las nuevas sanciones suponían una seria amenaza para la propia supervivencia de Iran Air. En opinión de Zarif, el empleo de esta aerolínea por la GRI se hizo con la única finalidad de provocar a EEUU, a sabiendas del riesgo que suponía, que no compensaba de modo alguno el escaso ahorro que ello pudiera implicar, valorado en un magro dos por ciento respecto a otras alternativas. Zarif se lamentaba en la grabación del descenso de su popularidad entre los iraníes, que se redujo del 88 por ciento al 60 por ciento en los años posteriores al JCPOA, mientras el apoyo a Soleimani saltaba al 90 por ciento. Todo ello gracias a la propaganda de los medios respaldados por la GRI.

¿Reconciliación de los Estados formal y paralelo?

La lucha entre el gobierno formal, bajo Rojaní, y el estado paralelo, bajo Jamenei, podría haber terminado en tablas, como las anteriores, si no hubiera sido por un impulso exterior que alteró los equilibrios internos de Irán. La elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos en 2016 inclinó la balanza, de forma decisiva, hacia el estado paralelo. El gobierno de Rojaní había asegurado a los Iraníes que sería imposible para los Estados Unidos derogar unilateralmente el acuerdo nuclear, porque era un acuerdo negociado entre seis países y respaldado por el Consejo de Seguridad de la ONU. La decisión unilateral de EEUU le dejó en evidencia.

La GRI, en cambio, había hecho una apuesta diferente, ya que no confiaba en las promesas de EEUU, ni en los acuerdos internacionales. Por ello, tan pronto como Trump ganó las elecciones, las empresas fachada de la GRI, alineadas bajo el paraguas del Banco Central de Irán, su Ministerio de Petróleo y otras agencias estatales, comenzaron a realizar contratos que permitieran soslayar posibles sanciones de EEUU. Cuando Trump se retiró formalmente del acuerdo en mayo de 2018, estas empresas, resistentes a las sanciones, estaban preparadas para hacerse cargo del sector financiero iraní, mientras las empresas ajenas a la órbita de la GRI se veían imposibilitadas para competir. Así, la reimposición de sanciones por Estados Unidos llevó a Irán a depender de la red económica de la GRI para eludir las sanciones y conseguir acceder a mercados financieros, vender su petróleo y trasladar los ingresos al país. De acuerdo con el ex director del banco central de Irán, Abdolnaser Hemmati, la participación de la GRI en estas transacciones financieras le proporcionó el equivalente a una comisión del 20 por ciento sobre cada transferencia estatal. La política de EEUU bajo la presidencia de Trump había empoderado efectivamente a la GRI, profundizando su poder económico.

La administración Trump negó siempre la existencia de divisiones políticas significativas dentro de la República Islámica. Adoptó un Política de “máxima presión” diseñada para reducir las exportaciones de petróleo de Irán, estrangulando su economía. Dentro de la Casa Blanca había diferencias al respecto, sobre todo respecto a la finalidad perseguida. El objetivo de Trump era obligar a Irán a negociar un nuevo acuerdo, pero su secretario de estado, Mike Pompeo, y su asesor de seguridad nacional, John Bolton, trataban de forzar un cambio de régimen. Independientemente de su objetivo, el nuevo enfoque no mostró consideración alguna ante los funcionarios iraníes que se oponían a la GRI desde dentro: el propio Zarif fue sancionado en julio de 2019.

La insistencia de la administración Trump en que la élite de Irán era monolítica se convirtió en una profecía autocumplida: las acciones de Trump contribuyeron a la radicalización del régimen y a la pérdida de poder de sus elementos más moderados. Bajo la amenaza existencial de una política de sanciones draconianas por parte de Estados Unidos, en Irán las divisiones internas se difuminaron. Las políticas de la Casa Blanca ayudaron a forjar un amplio acuerdo interno en Irán, generando un amplio consenso en torno a la idea de que la única forma de proteger los intereses nacionales del país era asegurar al régimen, los que permitió a la GRI presentarse, por primera vez en su historia, como líder del nacionalismo iraní.

La GRI había afirmado durante mucho tiempo que sus misiles balísticos y su red de aliados en todo el Medio Oriente contribuían a asegurar la integridad territorial de Irán. Cuando en 2019 quedó claro que la “estrategia de paciencia” en la defensa del acuerdo nuclear no suponía ningún beneficio, la GRI entró en acción para hacer frente a la presión de Estados Unidos. Comenzó a llevar a cabo ataques no encubiertos, lanzando un sorprendente y preciso ataque con drones en una planta de procesamiento de petróleo en Arabia Saudita y derribando un dron estadounidense en el Golfo Pérsico. En enero de 2020, lanzó misiles balísticos contra Fuerzas estadounidenses en Irak en respuesta al asesinato de Soleimani. La nueva situación permitió también silenciar a la oposición dentro del estado y la sociedad.

Durante décadas, el estado paralelo había temido que la sociedad civil se aliara con el gobierno electo para imponerse definitivamente. El estado paralelo había actuado para prevenir esa posibilidad, a menudo violentamente. Ahora, ese riesgo había desaparecido y podía imaginar un nuevo futuro, uno en el que sociedad civil y gobierno estuvieran unidos tras el estado paralelo, haciendo del líder supremo y la GRI los vehículos para articular sus aspiraciones.

Las elecciones de 2021

En este entorno político y social se producen las elecciones de 2021. Además del fortalecimiento del ala dura del régimen originado por la retirada de Estados Unidos del Pacto Nuclear, la oposición reformista se veía debilitada por la muerte en 2017 de Rafsanjani, durante décadas un poder en la sombra. Jatamí, por su parte, permanecía bajo virtual arresto domiciliario y los medios iraníes tenían prohibido mencionarlo o publicar su fotografía. Solo Ajmadineyad seguía criticando abiertamente al régimen, imaginándose a sí mismo, según algunos medios, como un Boris Yeltsin iraní, destinado a orquestar protestas masivas contra el poder para salvar la nación. Pero, su facción carecía de poder efectivo, tras haber sido purgada de todas las instituciones importantes.

Mientras tanto, como consecuencia de las sanciones económicas, la tasa de inflación se disparó al 40 por ciento y el país se estaba sumergiendo en la pobreza. Según la Seguridad Social iraní, la tasa de pobreza absoluta se duplicó en solo dos años, del 15 por ciento en 2017 al 30 por ciento en 2019. Sin embargo, la debilitada oposición reformista no supo, o no pudo, capitalizar el descontento social. Las protestas contra la represión política y las violaciones de los derechos humanos, tradicionalmente capitalizados por los reformistas, se desvanecieron o se vieron reemplazadas por disturbios violentos espontáneos, por motivos económicos, escasez de agua y cortes en el suministro de electricidad. El lema de los alborotadores, “Reformistas, conservadores, se os acabó el tiempo”, sugiere que consideraban a los reformistas como cómplices de su miseria.

En el pasado, los reformistas triunfaron en las elecciones polarizando el panorama político. Jatamí se catapultó a través de una plataforma de promoción de la sociedad civil y la democracia, y Rojaní prometió la resolución del problema nuclear y la mejora de los lazos con Estados Unidos. Se trataba de problemas que polarizaban a la sociedad e invocarlos transformó las campañas de esos candidatos en movimientos sociales, aumentando así la participación en las elecciones, particularmente entre mujeres y jóvenes. Esta estrategia condenó al fracaso la primera candidatura a la presidencia de Raisi, en 2017, cuando fue derrotado claramente por Rojaní.

En las elecciones de 2021, sin embargo, Jamenei y la GRI encontraron poca resistencia en su camino a la hora de orquestar la victoria de Raisi. El Consejo de Guardianes descalificó a todos los candidatos que podrían haber estimulado al electorado, no sólo a todos los reformistas, incluido Ajmadineyad, también a Ali Larijani, un ex portavoz del parlamento, relativamente moderado y jefe del equipo negociador del acuerdo nuclear. El único candidato moderado que quedaba en el juego era el jefe del Banco Central de Rojaní, Hemmati.

Al final, los reformistas quedaron divididos en tres bloques: los que boicotearon las elecciones, los que dejaron en blanco las papeletas y los que votaron a Hemmati. Por todo ello, no debe resultar sorprendente que el bloque reformista fuera el mayor perdedor de las elecciones de 2021, en las que su envejecido liderazgo fracasó en presentar un frente único o un plan de acción coherente. La participación fue del 49 por ciento, la más baja en unas elecciones presidenciales, pero, en el baluarte reformista de Teherán, la participación se limitó a un magro 26 por ciento. Según cifras oficiales, Raisi obtuvo el 62 por ciento de los votos y Hemmati solo el ocho por ciento.

La campaña del ala dura del régimen triunfó no sólo gracias a la represión y la manipulación, también porque fue capaz de apropiarse con éxito de parte del argumentario de la oposición. A pesar de que el historial de Raisi lo sitúa en el poder judicial teocrático, como candidato presidencial centró su campaña en la seguridad y la prosperidad, en lugar de hacerlo en cuestiones religiosas o ideológicas. Encabezó una plataforma cuyo lema pasaba por construir un “Irán fuerte”, prometiendo atacar la corrupción y neutralizar el efecto de sanciones, replicando el modelo autárquico de la GRI a otros ámbitos, más allá de la industria de defensa. Al difundir sus visitas a bazares, fábricas y al mercado de valores de Teherán, los medios asociados a la GRI le mostraron hablando con trabajadores y tecnócratas sobre reabrir negocios en quiebra y estimular la economía. Raisi no solo se hizo pasar por un tecnócrata centrista, sino que también se apropió del discurso del secularismo reformista. Prometió luchar contra la violencia doméstica y se comprometió limitar los poderes de la impopular policía moral, para que dejara de acosar a la gente común y se centrara en perseguir la corrupción. Las imágenes publicadas de su campaña permitían ver entre sus partidarios a mujeres que no seguían el estricto código de vestimenta oficial.

Raisi no fue el único, dentro del ala dura en adoptar ese nuevo tono. En un debate televisado durante la campaña, Masoud Dehnamaki, líder de una de las milicias que destacaron durante los 90 por atacar físicamente a intelectuales y estudiantes, ridiculizaba a los reformistas por centrarse en las restricciones sociales, llegando a afirmar que el velo obligatorio ya no es una preocupación seria para el régimen. Raisi, por su parte, ha venido sosteniendo que aboga por el compromiso con el mundo y que no se opone a discutir sobre el programa nuclear. Dentro del ala dura, durante la campaña, la línea oficial abogaba por cumplir con lo comprometido en el JCPOA, siempre y cuando Estados Unidos cumpliera también con lo acordado.

Hacia un Estado unitario

En la actual coyuntura, quienes anticipan una repetición del conflicto entre el presidente y el líder supremo pueden sentirse decepcionados. No hay demasiada información sobre el estado de salud del líder supremo, de 82 años, pero resulta razonable pensar en un relevo no muy lejano. Posiblemente, durante el mandato del nuevo presidente. De hecho, las mismas fuerzas que diseñaron la victoria de Raisi están purgando los escalones más altos de la república para suavizar este proceso de sucesión. Si no es él mismo el sucesor, Raisi jugará un papel destacado en su designación.

Por ello, es poco probable que, mientras tanto, desafíe al estado paralelo. Raisi es parte de un proyecto político más amplio, desarrollado durante los últimos años por Jamenei. El nuevo presidente puede moderar tácticamente sus posiciones políticas, pero cualquier cambio real se producirá en estrecha coordinación con el líder supremo.

Por otra parte, el estado paralelo está ampliando su base social, llegando a grupos nacionalistas no islamistas, en un intento de captar la creciente influencia de quienes rechazan la imposición de la Ley Islámica. Muchas mujeres con velo se han unido a la lucha contra la imposición de esta prenda, considerando que su imposición es divisiva y genera resentimiento contra ellas en las calles. De hecho, la apropiación selectiva (y reversible) de la agenda reformista en aspectos sociales y de política exterior está dirigida a dificultar el retorno de los reformistas al poder. Pero, a pesar de sus éxitos iniciales, este juego podría desmoronarse rápidamente. Raisi basa su poder en un equilibrio muy delicado. Junto con su equipo de jóvenes tecnócratas, necesita conseguir apoyos entre los reformistas, pero sin perder el patrocinio del ala dura que controla el estado paralelo y debe además mantener apoyos entre los conservadores marginados del poder. También debe atender las necesidades de la empobrecida población, una parte de la cual apoyó a Raisi por sus promesas económicas.

En política exterior, Raisi intentará rectificar las aspiraciones globalistas de sus predecesores, que llegaron a creer que la mejor manera forjar un Irán seguro era hacer de él un país próspero e integrado en la economía global. Para él, la seguridad de Irán depende exclusivamente de su fortaleza, no de la integración en el mundo global. Sólo un Irán fuerte, con un cierto liderazgo regional, puede disuadir a los enemigos exteriores y lograr la prosperidad económica. Por lo tanto, cabe esperar que su estrategia pase por mejorar las capacidades militares de la GRI, para contrarrestar la presión estadounidense. Esto implica reforzar su presencia en Irak, Líbano, Yemen y más allá, para proteger el estado paralelo en Irán.

Presumiblemente, la nueva administración profundizará los lazos económicos y de seguridad con China y Rusia. Putin fue de los primeros y más entusiastas a la hora de felicitar al nuevo presidente, expresando su confianza en que su elección conducirá a un incremento de las relaciones bilaterales. Paralelamente, Teherán firmó recientemente un acuerdo de cooperación militar con Pekín, para los próximos 25 años. Este mismo acuerdo se aplazó en 2016 porque Teherán esperaba mejorar sus relaciones con EEUU y Europa. Ahora, esa posibilidad no condiciona la política exterior iraní.

Paradójicamente, la eliminación de cualquier potencial acercamiento con los Estados Unidos ha dotado de coherencia a la política exterior de Irán. Hay un consenso general en Irán en que la hostilidad con EEUU perdurará inevitablemente en el tiempo. En consecuencia, las facciones iraníes ya no están obsesionadas con las implicaciones de una buena o mala relación con Washington, lo que supone que ni el éxito ni el fracaso del JCPOA podrá alterar drásticamente el equilibrio interno de poder.

Esta nueva dinámica ha reducido la probabilidad de sabotaje interno en caso de que se lograran avances diplomáticos significativos. También ha provocado un endurecimiento de la posición de Irán en las negociaciones en curso. Raisi necesita un éxito diplomático en el frente nuclear para hacer frente a los problemas internos. Pero, a diferencia de Rojaní, no ha empeñado su futuro político en ello. Su equipo de política exterior cree que Estados Unidos está comprometido con destruir la República Islámica. Según su visión, Washington intentará traicionar cualquier acuerdo, ya sea sin rodeos, como hizo Trump, o sutilmente, como lo hizo Obama al no eliminar completamente las sanciones financieras a Irán. Las fuerzas que impulsaron a Raisi a la presidencia están preparando paso a paso medidas de respuesta para el caso de que la reactivación del JCPOA fracase. También están comprometidos con preservar la infraestructura nuclear de Irán, para mantener la opción de relanzar rápidamente el programa si el acuerdo se desmorona.

Por otro lado, la firma de un nuevo acuerdo nuclear podría aumentar inadvertidamente la volatilidad de la región. Teherán teme que permitiría a Estados Unidos incrementar su influencia regional, mientras los enemigos de Teherán temen que permitiría a Irán disponer de más recursos para reforzar su poder regional y su programa de misiles. Este dilema de seguridad resulta perfecto para intensificar las tensiones entre Irán y EEUU, que ya están inmersos en un conflicto de baja intensidad, pero continuo, en Irak. A pesar de que Raisi ha ofrecido diálogo a los poderes regionales para reducir las tensiones, gozar de un liderazgo sin contrapesos internos sitúa al nuevo presidente en una posición de ventaja para llevar a cabo su política exterior sin ataduras. Confía en su poder militar y tiene una larga experiencia en la gestión de conflictos y en la expansión de su influencia a través de aliados no estatales. Gracias a su transformación política interna, puede llegar a compromisos con sus enemigos sin temor a presiones domésticas, lo que le proporciona una libertad de acción de la que no gozaron sus predecesores, que siempre tuvieron que buscar un equilibrio entre sus programas políticos, más o menos reformistas, y los frenos impuestos por el estado paralelo.

A modo de conclusión, podemos decir que, en los próximos años, Irán va a convertirse en un Estado más cohesionado, sin tensiones internas relevantes, lo que le va a permitir a su gobierno mantener una política exterior más asertiva y, llegado el caso, más agresiva, sin temor a la oposición interna.


Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España). ISSN 2695-8937

Javier Mª Ruiz Arévalo

Coronel del Ejército de Tierra español y Doctor en Derecho por la Universidad de Granada. Ha desplegado en dos ocasiones en Kabul, desempeñando cometidos en el área de la cooperación cívico militar.

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