La madrugada del 13 de abril de 2022, el crucero Moskva, buque insignia de la Flota rusa del Mar Negro, 186 metros de eslora y 510 tripulantes, fue alcanzado por dos misiles antibuque ucranianos modelo Neptuno y se hundió pocas horas después. Era el buque de guerra más grande hundido en combate desde la guerra de Las Malvinas cuarenta años antes. No lo había destruido otra gran plataforma naval sino misiles costeros de diseño relativamente modesto, operados desde tierra por un país sin una significativa marina de guerra. La simbología estratégica superó dramáticamente el impacto táctico: el paradigma de la gran plataforma naval invulnerable, que había dominado el pensamiento sobre el poder marítimo durante décadas, estaba seriamente erosionado. El Mar Negro se convirtió desde ese momento en el laboratorio más revelador de la guerra naval del siglo XXI, y sus lecciones se aplican a cualquier teatro marítimo donde la proliferación de misiles antibuque, los drones navales y las minas inteligentes configuren el entorno operativo.
Del dominio del mar a su contestación permanente
La doctrina naval occidental de la posguerra fría descansaba sobre una premisa que la experiencia acumulada ahora cuestiona de forma sistemática: la superioridad tecnológica de las grandes marinas occidentales garantizaba un margen de control del espacio marítimo suficiente para operar con relativa libertad en cualquier teatro de interés. Esta premisa está siendo erosionada por la confluencia de tres tendencias que se refuerzan mutuamente.
La primera tendencia es la proliferación de misiles antibuque de largo alcance y alta precisión accesibles a potencias medias e incluso a actores no estatales respaldados por Estados. Los misiles balísticos antibuque chinos DF-21D y DF-26, las capacidades costeras iraníes, los misiles que Hezbolá empleó contra una corbeta israelí en 2006 o los misiles hutíes en el Mar Rojo: todos han contribuido a crear burbujas de negación de área marítima que limitan efectivamente la proyección naval en los teatros disputados. El actor que controla la franja terrestre del entorno litoral puede disputar el control marítimo sin disponer de una flota de superficie comparable a la del adversario[1].
La segunda tendencia es la irrupción de los vehículos de superficie no tripulados como actores del combate naval. El informe del IFRI Mapping the MilTech War documenta la evolución de los USV ucranianos entre 2022 y 2025 en tres fases: ataques ad hoc sobre blancos individuales; empleo de grupos de drones en operaciones más complejas; y finalmente operaciones planificadas y multieje que combinan USV con UAV, misiles de crucero, submarinos no tripulados y guerra electrónica. El derribo documentado en 2025 de aeronaves de combate rusas mediante misiles disparados desde drones navales fue un hito que ningún analista había anticipado operativamente: el campo de batalla naval ha absorbido la misma lógica de convergencia de dominios que caracteriza al terrestre.
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La tercera tendencia es el resurgimiento de la guerra submarina como capacidad asimétrica de máximo valor en teatros donde la superficie es vulnerable. El submarino convencional de propulsión diesel-eléctrica opera en el único dominio donde la transparencia no ha llegado de forma comparable al resto del campo de batalla: las profundidades oceánicas. Un submarino que opera en aguas disputadas impone al adversario un dilema fundamental: debe comportarse como si la amenaza existiera, modificando sus rutas, desplegando capacidades antisubmarinas costosas o manteniendo sus activos de alto valor a distancias de seguridad, aunque no tenga confirmación de que el submarino está efectivamente presente. La amenaza creíble de presencia submarina produce efectos estratégicos, aunque el submarino no dispare un solo torpedo.
La crisis del gran desembarco y la respuesta doctrinal
La guerra anfibia vive una transformación paralela y relacionada. El gran desembarco anfibio, concentrar una flota de asalto frente a una costa disputada bajo cobertura de fuegos intensivos y lanzar oleadas de vehículos de asalto hacia la playa, es el paradigma del siglo XX que las nuevas condiciones cuestionan severamente. En mi Documento de Opinión 73/2018 para el Instituto Español de Estudios Estratégicos señalé que las plataformas anfibias se enfrentan a un número creciente de amenazas de misiles antibuque, aeronaves hostiles y vectores de superficie, y que en muchos casos el riesgo no podría ser mitigado completamente, obligando a las plataformas navales de alto valor a no poder ser empleadas como buques anfibios cerca de la costa. Lo que desde entonces ha ocurrido en el Mar Negro y en el litoral ucraniano ha confirmado ese análisis con una contundencia que ningún ejercicio habría producido.
La respuesta doctrinal más coherente es la que el Cuerpo de Marines y la Armada de Estados Unidos articulan bajo los conceptos de Expeditionary Advanced Base Operations y Littoral Operations in a Contested Environment: desplegar pequeñas fuerzas anfibias ligeras en puntos múltiples del litoral, islas, cabos o archipiélagos, que operan de forma distribuida, generan amenazas desde tierra hacia el mar y crean las condiciones para acciones más sustanciales cuando sea necesario. La fuerza anfibia del futuro no solo proyecta poder desde el mar hacia tierra: también niega el mar desde tierra, neutralizando sistemas de misiles costeros adversarios, estableciendo puntos de apoyo logístico y controlando estrechos. Esta bidireccionalidad convierte a la fuerza anfibia en un instrumento de control del litoral cuyo valor puede llegar a superar, en algunas ocasiones, la misión de desembarco convencional.
La capacidad anfibia tiene además un valor estratégico que va más allá de su utilidad táctica en operaciones de desembarco: es una herramienta de influencia política y de disuasión que opera en tiempo de paz y en situaciones de crisis. Una amenaza anfibia creíble obliga al adversario a defender toda su costa en lugar de concentrar sus fuerzas en los puntos que considera prioritarios. Esta incertidumbre tiene un valor estratégico que solo se materializa si la capacidad es real y creíble, es decir, si está adecuadamente equipada, adiestrada y mantenida en los niveles de preparación que hacen plausible su empleo, de lo contrario se convierte en una capacidad bonsái, tan bonita como inútil.
La infraestructura marítima como objetivo estratégico
El mar no es solo el espacio donde operan las flotas. Es la infraestructura física que sostiene el comercio global, las comunicaciones digitales y el suministro energético de las economías modernas. Y esa infraestructura es extraordinariamente vulnerable a formas de ataque que las arquitecturas de defensa actuales no están adecuadamente dimensionadas para responder.
Los cables submarinos de fibra óptica transportan el 97% del tráfico de datos internacional y billones de dólares en transacciones financieras diarias. Sus puntos críticos, donde múltiples cables convergen cerca de la costa en pocas ubicaciones físicas, son limitados y relativamente accesibles para actores con capacidades submarinas modestas o incluso para saboteadores en embarcaciones civiles. Los incidentes de daño a cables en el Mar Báltico y en el Mediterráneo registrados desde 2023 no son anomalías: son el anuncio de una categoría de amenaza cuya escala potencial supera los mecanismos de protección y reparación disponibles.
Por otra parte, los choke points marítimos son los cuellos de botella de la economía global, y su interrupción produce efectos económicos que se transmiten globalmente en semanas. La campaña hutí en el Mar Rojo demostró con qué facilidad puede perturbarse el tráfico en uno de estos puntos: cientos de navieras de primera línea redirigieron sus rutas alrededor del Cabo de Buena Esperanza. El actor que lo hizo no tenía aviación ni flota convencional. Tenía misiles, drones, voluntad política y la comprensión de que imponer costes económicos globales con medios modestos es una forma de proyección de poder que no requiere paridad convencional con sus adversarios.
España: la potencia marítima que subestima su posición
Para España, este análisis tiene una dimensión directamente estratégica que merecería mayor prominencia en los debates de política de defensa. El extremo occidental del Mediterráneo, el control del estrecho de Gibraltar, por el que transitan aproximadamente cien mil buques anuales incluyendo una parte significativa del petróleo y gas que abastece a Europa, las Islas Canarias en el Atlántico medio a menos de cien kilómetros de la costa africana, las Baleares en el Mediterráneo occidental, y la posición en el estrecho frente a las ciudades autónomas del norte de África: ningún otro país europeo tiene una posición geopolítica marítima comparable en términos de influencia sobre espacios marítimos estratégicos.
Las Canarias son la plataforma natural desde la que España puede proyectar vigilancia y presencia hacia el Atlántico africano, un espacio de interés estratégico creciente dado el deterioro de la situación en el Sahel, la presencia de actores extrarregionales en África occidental y la instrumentalización de los flujos migratorios como herramienta de presión. La Armada española, con las fragatas F-100 equipadas con sistema Aegis, el buque de proyección estratégica Juan Carlos I como plataforma de proyección y capacidad anfibia, el programa de submarinos S-80, con su esperada propulsión AIP que de materializarse podría extender la autonomía subacuática de días a semanas, y la Infantería de Marina con su Brigada Anfibia, tiene capacidades que le otorgan un papel relevante en la arquitectura de seguridad marítima europea y aliada.
La brecha más importante en la posición marítima española no es de sistemas, sino de cultura estratégica. La tendencia estructural a pensar como potencia continental secundaria, cuando la geografía determina que la seguridad española depende estructuralmente del mar es la restricción más costosa a largo plazo. Aprovechar la posición que la geografía ha proporcionado a España, con inversión sostenida proporcional al valor del activo geopolítico, con industria naval que combine valor militar y económico, y con la comprensión de que el poder marítimo no es un lujo para grandes potencias sino una condición necesaria para influir en los asuntos que más directamente afectan a la propia seguridad es una decisión política pendiente cuyo coste de oportunidad crece con el tiempo.
La guerra antisubmarina: la capacidad que Occidente descuidó
La guerra antisubmarina (ASW) es, correlativamente, una de las capacidades que las marinas occidentales han descuidado más durante el período postguerra Fría. La reducción de la amenaza submarina soviética hizo que la ASW perdiera prioridad en los programas de adiestramiento, los planes de adquisición y las doctrinas operacionales de muchos aliados europeos. Los recursos que en la Guerra Fría se dedicaban a patrullas antisubmarinas, a el mantenimiento de bases de datos acústicas de submarinos soviéticos y a ejercicios antisubmarinos, se redistribuyeron hacia otras prioridades.
El incremento de la actividad submarina rusa en el Atlántico norte y en el Mediterráneo registrado desde 2014, junto con el creciente despliegue de submarinos chinos en el Indo-Pacífico, ha vuelto a poner la ASW en el centro de los debates de capacidades navales con una urgencia que los años de descuido habían retrasado. La reconstrucción de estas capacidades, plataformas de patrulla marítima, fragatas con sonar de baja frecuencia, helicópteros ASW, redes de boyas sonar y personal con las competencias específicas que décadas de práctica desarrollan, es una de las prioridades de inversión más urgentes para las marinas europeas, incluyendo la española.
Los submarinos convencionales de propulsión AIP como se espera que desplieguen los S-80 son, en este contexto, una capacidad de particular valor para España: en aguas litorales del Mediterráneo y del Atlántico oriental, la ventaja del submarino convencional sobre el nuclear en términos de firma acústica y de maniobrabilidad en aguas poco profundas es significativa. Un programa que ha atravesado dificultades de desarrollo significativas antes de alcanzar su configuración final representa una inversión que, completada y mantenida operativamente, proporcionará capacidades estratégicas a España que ninguna cantidad de plataformas de superficie puede replicar en ese nicho operativo.
El Sahel, el Magreb y el Flanco Sur: el teatro que más afecta a España
El flanco sur de la OTAN está bajo presión creciente, y España es el país europeo con mayor exposición geográfica directa a las consecuencias de esa presión. El deterioro de la situación de seguridad en el Sahel, con la expansión de grupos afiliados a Al Qaeda y al Estado Islámico en Mali, Burkina Faso y Níger, y con la retirada de las fuerzas occidentales que habían proporcionado algún nivel de contención, crea un espacio de inestabilidad cuyas turbulencias llegan a España a través de múltiples vectores: migración irregular instrumentalizada como herramienta de presión, redes criminales y yihadistas con conexiones en el Magreb y en Europa, y la presencia de actores extrarregionales en el espacio africano que altera el equilibrio estratégico en el entorno inmediato de España.
Las Canarias y el Estrecho de Gibraltar son los puntos geográficos donde estas dinámicas confluyen con más intensidad. La capacidad española de monitorizar el Atlántico africano, de contribuir a operaciones de seguridad marítima en el flanco sur de la OTAN, y de proyectar presencia en los espacios donde se gestan las amenazas que llegarán al territorio español en las próximas décadas, depende directamente de las capacidades navales y anfibias que las decisiones presupuestarias de hoy construyen o no construyen. La inversión en capacidad marítima española es, en este sentido, inversión en la primera línea de una defensa cuyo perímetro real comienza mucho antes de las fronteras nacionales.
El mar como dominio de continuidad y como espacio de competición
La conclusión más importante de este análisis para quienes toman decisiones de política de defensa y de inversión industrial puede formularse con sencillez: el mar ya no es un espacio vacío donde maniobran flotas en eventos discretos y separables de la vida económica y política cotidiana. Es una red continua de rutas, sensores, nodos, cables, plataformas y vulnerabilidades donde la ventaja no pertenece automáticamente al actor con la mayor flota, sino al que combina mejor sus capacidades en el ecosistema naval más adaptado a las amenazas reales de su teatro de operaciones. Y para España, la gestión de ese ecosistema en el Mediterráneo occidental, en el Estrecho y en el Atlántico africano no es una opción estratégica entre otras: es una responsabilidad que la geografía impone y que la historia demuestra que tiene consecuencias directas sobre la seguridad nacional cuando no se gestiona con la seriedad que merece.
[1] Los efectos de estos sistemas se ven acrecentados en aquellos mares considerados como mares cerrados. Según Milan Vego, un “mar cerrado” es un espacio marítimo restringido geográfica y fuertemente condicionado por la proximidad terrestre, donde el poder naval opera bajo la influencia constante de capacidades costeras, aéreas y multidominio, dificultando el ejercicio de un control marítimo absoluto y favoreciendo estrategias de negación del mar (sea denial) sobre el control permanente del mismo (sea control).

