Global Strategy Report, 2/2023
Resumen: Sin entrar en la moralidad de las acciones desplegadas por Moscú, pudiera parecernos que la opción de invadir Ucrania es fruto de pura irracionalidad. No obstante, las decisiones estratégicas, incluso las que puedan parecer temerarias, inmorales o contraproducente, son fruto de la racionalidad, aunque sea fruto de datos o procesos erróneos. Este articulo analiza los potenciales errores en la toma de decisiones y los sesgos que más han influido en la decisión final de invadir Ucrania.
Para citar como referencia: Alonso Blanco, Jesús (2023), “Errores de Rusia en Ucrania (II): la toma de decisiones”, Global Strategy Report, 2/2023.
Los procesos de toma de decisiones en los niveles políticos y estratégicos son difíciles de analizar porque generalmente implican gran cantidad de interacciones, informaciones y relaciones que no son públicas, o que simplemente son informales y por tanto difíciles de identificar. Las relaciones internacionales es un área especialmente compleja para la toma de decisiones. La mayoría de los problemas son muy intrincados, suelen estar mal estructurados y mal definidos, y no tienen una solución única perfecta. Los líderes políticos no reciben toda la información; esta viene sesgada, o ni siquiera son conscientes de la información que no poseen (los conocidos como las incógnitas desconocidas, o unknown unknows).
El proceso por el que el presidente Putin y su Gobierno decidieron la invasión de Ucrania es aún una incógnita. Nunca se dispondrá de toda la información para replicar al cien por cien lo que ocurrió en esos días, y menos aún para estar seguros de lo que pasaba por las cabezas de los implicados. No obstante, sí es posible aplicar diversas teorías de liderazgo y de toma de decisiones para identificar los errores que se cometieron y que se demostraron luego en la aplicación de dichas decisiones.
El sistema político ruso se compone de tres sistemas: una aristocracia de seguridad, un sistema económico pseudo-feudal, y una burocracia omnipresente que dirige los elementos claves del Estado[i]. Las decisiones más importantes, como las que implican escalada en un conflicto o guerra, se discuten en un círculo pequeño y cercano a Putin, cuyos miembros se conocen desde hace más de veinte años[ii]. Hasta poco antes del inicio de la invasión, el modelo sobre el que se asentaba la toma de decisiones era descrito como Politburó 2.0, donde una elite bien formada y con cultura estratégica, poseedora de recursos y poder, discute y toma decisiones. Se consideraba que, contra lo que en ocasiones se presenta, el poder en Rusia no es una estructura vertical dirigida por un solo hombre, sino un conglomerado de grupos que compiten entre ellos por el poder y los recursos, con un líder que arbitra esas luchas[iii]. El Politburó 2.0 está formado por representantes de dichos clanes, y a menudo dirigen la política rusa presentando como decisiones de Putin asuntos que ya se han decidido entre esas elites. Si bien es cierto que Putin ha ido usando las estructuras de poder mientras se consolidaba, para luego someterlas, parecía que la estructura de Politburó 2.0, que incluso funciono durante el periodo soviético (excluyendo el estalinismo) seguiría siendo vital para la toma informal de decisiones.
El 21 de febrero de 2022, tres días antes de comenzar la invasión esa percepción dio un vuelco cuando se retransmitió una impactante reunión de Putin con su Consejo de Seguridad. En una inmensa sala imperial, el Kremlin mostró a Rusia y al resto del mundo a un Vladimir Putin dispuesto ante un lujoso escritorio, con sus asesores más cercanos sentados en líneas concéntricas a más de diez metros de él. En lugar de los hombres más influyentes de Rusia, parecían colegiales asustados frente a un estricto maestro. Diez de ellos salieron a exponer su opinión sobre si Rusia debía reconocer la independencia de las dos regiones pro-rusas de Ucrania, lo que era el preludio de la invasión. Cada uno de ellos salió y dijo lo que ‘su maestro’ quería oír. Su lenguaje corporal mostraba una tensión cercana al terror. El clímax de la situación se produjo cuando el director de los Servicios de Inteligencia Exteriores, Sergey Naryshkin, sudando, comenzó lo que parecía un argumento para la duda, siendo bruscamente interrumpido por Putin que le demando posicionarse claramente si estaba a favor o en contra, a lo que Naryshkin respondió sin más argumentación que apoyaba la propuesta. El sistema de equilibrio de poder basado en clanes desaparece bajo el poder omnímodo de Vladimir Putin.
No cabe duda que esta representación solo sirvió para mandar un mensaje al mundo sobre la base de una decisión que ya estaba tomada. Puede que Putin quisiera mostrar su absoluto control sobre las estructuras formales e informales del Estado, o que quisiera implicar a todos los actores y familias con poder en Rusia para mostrar unidad y repartir responsabilidad. O probablemente fueran todas las anteriores. La realidad es que la farsa televisada solo fue la culminación del proceso de decisión, su elemento propagandístico final. Pero la pregunta que sigue sin contestarse es por qué se decidió la invasión.
La racionalidad tras la guerra
Intuitivamente podemos pensar que el modelo que mejor explica la toma de decisiones políticas en el ámbito internacional es el modelo racional. Mediante él se establecen objetivos, se priorizan, se calcula el coste y beneficio de cada línea de acción y finalmente se elige la que alcanza los objetivos al mínimo coste y máximo beneficio. La lógica parce indicar que elegiremos la línea en la que las ganancias superan a las perdidas. Este modelo de Actor Racional[iv] ha sido afinado por la psicología cognitiva con lo que se ha venido a llamar “la aversión a la perdida”. La Teoría Prospectiva nos indica que bajo condiciones inciertas, el individuo tiende a tomar decisiones menos arriesgadas para prevenir perdidas, optando por recompensas seguras frente a otras menos probables de mayor valor[v].
Rusia planeó esta intervención como una operación militar limitada en tiempo y coste. Y se preparó para lo que consideraba seria la reacción de Occidente: las sanciones económicas. Con ese frente cubierto, parecía que las perdidas serian pocas y asumibles. Sin embargo, resulta difícil de ver las ganancias de una acción tan temeraria y arriesgada. La toma de Crimea aseguraba un objetivo de primer nivel como el puerto de Sebastopol y el acceso a aguas cálidas. La anexión de la península, y la guerra de posiciones en las regiones prorrusas hacía ya inviable la anexión de Ucrania a la OTAN y la UE (¿cómo incluir en una alianza defensiva un país ya en guerra sin entrar directamente en dicha guerra?). Y las operaciones de información estaban resultando inesperadamente eficaces para desestabilizar países como UK, Estados Unidos, Francia, España o Alemania. Así que con poco que ganar, las acciones de Putin parecen desafiar las teorías racionales.
Con lo mencionado anteriormente sobre la neutralización del Politburo 2.0, tampoco parecen aplicables los otros dos modelos de Graham Allison para el análisis de la toma de decisiones de los gobiernos, que se basan en la existencia de protocolos establecidos o grupos que compiten por influir en la decisión[vi].
La teoría poliheurística se ajusta mejor a lo ocurrido en el Kremlin. La heurística en la toma de decisiones explica cómo decidimos basándonos en un pensamiento no completamente justificado. Inconscientemente tenemos en cuenta algunos factores y descartamos otros, simplificando nuestras opciones. En una segunda fase, con la matriz de opciones mucho más reducida, se aplican modelos más racionales y utilitaristas, analizando ganancias y pérdidas. Este modelo explica los errores cometidos, principalmente en la primera fase, ocasionado por sesgos que han estado presente tanto en el pensamiento individual de Putin como de su grupo de asesores.
Sesgos en la toma de decisiones del Kremlin
A estas alturas es difícil negar la enorme influencia que Putin ha tenido en el proceso y en la toma final de la decisión de invadir Ucrania. La psicología con la que cada individuo afronta la toma de decisiones está fuertemente influida por la educación, cultura, experiencias y visión particular del mundo de dicho individuo. Putin fue un agente de contrainteligencia en el KGB, agencia fundada para la supervivencia política y encargada de buscar y neutralizar por cualquier medio cualquier conspiración. Esa es la formación de Putin, buscar conspiraciones contra el imperio soviético. Y durante su destino en Alemania del Este, durante “su guardia”, Alemania derriba el Muro de Berlín y precipita el colapso del mundo comunista y de la Unión Soviética. No es de extrañar que haya repetido una y otra vez que el colapso de la Unión Soviética ha sido la mayor catástrofe del siglo, y que esto haya marcado su percepción de la realidad.
La racionalidad de un individuo no tiene mucho que ver con la de un Estado. Mientras que esta última se acercaría a alguno de los modelos de Allison descritos en el punto anterior, la del individuo se aproxima más al modelo poliheurístico. Más allá de las experiencias personales y sus valores, los individuos se separan del sistema racional en al menos tres errores sistemáticos que terminan por viciar sus procesos de toma de decisión: los errores en la percepción y selección de la información, los sesgos afectivos y los sesgos cognitivos
Percepción errónea de la realidad y selección de información
La información manejada por Moscú antes de la invasión fue presentada en el primer artículo de la serie[vii], y muestra que los datos disponibles no fueron analizados en profundidad para que describieran la realidad de forma precisa. En realidad, se seleccionó la información que justificaba y reforzaba la idea inicial de lanzar el ataque, descartando otras que podrían haber abierto nuevas líneas de actuación. Esto es habitual en organizaciones con fuerte liderazgo o decisiones políticas que están basadas en ideologías (o ideas felices) pero que no son el resultado de análisis profundos. En otras palabras, el líder sabe lo que quiere hacer y su círculo le proporciona la información que confirma esa decisión. Es lo que se denomina trampa de confirmación y opera como uno de los sesgos cognitivos que se suma a los que posteriormente se detallaran.
Un caso similar se produjo cuando la administración americana había prácticamente decidido invadir Irak, y al no recibir por parte de la CIA la información que sustentaba esta opción termino formando un equipo paralelo para recabar información que termino proporcionando los análisis deseados para justificar la operación.
El problema es que al no recibir información completa y precisa, sino solo aquella que confirma una idea predeterminada, las posibilidades de error son inmensas. Una información parcial lleva a un análisis sesgado, y este a una decisión errónea que provocara consecuencias no previstas ni deseadas. Estas, además tardarán en ser afrontadas porque, o bien los promotores de la línea de acción se la ocultan al líder para evitar consecuencias, o bien la falta de información complementaria hace el escenario resultante tan irreal que es descartado por los líderes políticos como algo circunstancial y limitado en el tiempo.
Los sesgos afectivos
Los sesgos afectivos dañan la racionalidad pura de coste-beneficio de los individuos. Somos animales emocionales, y por ello las emociones influencian de forma extraordinaria la toma de decisiones. Como se ha venido describiendo, el sentimiento de humillación larvado en el pueblo ruso y sus líderes, y particularmente en Putin, ha jugado un papel fundamental al interpretar el escenario como una constante amenaza existencial y un desafío permanente a su derecho a ser una gran potencia. El sentimiento de humillación colectivo suele transformarse en un agresivo nacionalismo irracional. Cuando algún líder insufla orgullo, fortaleza y sentido de pertenencia a una masa de ciudadanos, la sensación de júbilo y exaltación común lleva a sobrevalorar las propias posibilidades y los hace vulnerables a admitir enemigos donde no los hay. Es un proceso similar al que aupó al nazismo en Alemania y desató la SGM.
Entre las elites rusas existe el sentimiento permanente de que la OTAN les ha humillado. Entre el pueblo ruso la idea de que la Historia no les ha colocado donde deberían estar. Con estas bases, ha sido relativamente fácil convencer a los rusos de la OTAN es una amenaza para su propia existencia. Y Putin es el líder que no solo les defenderá, sino que les devolverá el orgullo de ser una gran potencia.
El segundo sentimiento imperante entre los rusos es el de traición. Occidente les traiciono al expandir su influencia al Este (poco importa lo que quisieran los países del Este y sus ciudadanos), y los “hermanos” ucranianos al girar decididamente al oeste tras derrocar a un presidente pro-ruso.
Humillación y traición son dos poderosos sentimientos que llevan directamente a un agresivo resentimiento que solo necesita una justificación para desencadenar violencia. La idea de que los “nazis” ucranianos (categorización histórica del mal contra el que Rusia luchó) estaban aniquilando los buenos ruso-ucranianos generó un odio hacia el vecino que facilitó ese paso y sentó los cimientos de la decisión de iniciar la guerra.
Los sesgos cognitivos
Los sesgos cognitivos separan también sistemáticamente a los individuos del cálculo racional. No están basados en emociones, sino simplemente producidos por la limitación del cerebro humano para manejar enormes cantidades de información. El cerebro humano trabaja con pequeños trucos que le facilitan el entendimiento de la realidad, como por ejemplo: la disponibilidad de la información (si recuerdo algo, debe ocurrir muy a menudo); la representatividad (¿Cuánto se parece lo que veo con lo que he visto antes?); o el anclaje inicial y ajuste (valoración inicial que se va ajustando posteriormente). Son muchos los sesgos estudiados por la psicología cognitiva. Los que a continuación se describen son algunos de los más relevantes en la toma de decisiones en el ámbito internacional y los que posiblemente más han influido en la decisión de invadir Ucrania.
Vinculación a objetivos para los que ya se ha realizado un gran esfuerzo. La percepción de los gobernantes es que abandonar una línea de acción puede ser más costoso que mantenerse, incluso ante la evidencia de grandes pérdidas. El ejemplo más claro es el de Estados Unidos en Vietnam, donde tras enviar más de medio millón de soldados, consideraron que abandonar tendría un mayor impacto negativo, por lo que prefirieron ignorar todas las señales que indicaban un futuro fracaso antes que retirarse. Rusia había realizado ya un esfuerzo considerable en Ucrania. Putin percibe que cualquier renuncia a los objetivos en Ucrania tendría un precio muy alto para el prestigio de Rusia y para su supervivencia política. Y la situación militar tras la invasión aun ha profundizado más esta percepción. Eso constituye un precio mucho mayor que el que se está pagando actualmente en las operaciones militares, por lo que es muy improbable una retirada.
La esperanza de que las decisiones terminen por llevarnos al resultado deseado hace que sobrestimemos las posibilidades, refugiándonos en la ilusión de que un evento con pocas posibilidades de ocurrir termine ocurriendo. Es un sesgo muy peligroso en las relaciones internacionales, que puede provocar que eventos poco probables, pero altamente peligrosos, terminen ocurriendo. La idea de que controlando o anexionándose Ucrania devolvería a Rusia el papel de primera potencia equiparable a Estados Unidos no tiene un fundamento racional sólido, sin embargo el deseo de que ese sea el resultado impulsó la invasión.
Las analogías históricas son otro peligroso sesgo cognitivo. Hay una tendencia psicológica a buscar situaciones históricas similares para dar sentido a la realidad actual. La falacia de que “la historia se repite”, nos hace asimilar hechos del pasado a eventos actuales, por lo que es fácil concluir que soluciones del pasado funcionarán ahora. No es que el estudio de la historia sea un problema para el análisis de la realidad. Antes al contrario, una visión histórica nos ayudará a un análisis adecuado. Pero debe hacerse desde una perspectiva amplia y generalizadora, de forma que tengamos siempre presente que cada evento histórico está definido por millones de variables que hacen cada momento único, por lo que la Historia nos sirve de inspiración, pero no de solucionario. Aunque los rusos han usado el supuesto nacismo ucraniano como elemento de propaganda interior, si es cierto que la percepción de que una gran parte de la población les recibiría como liberadores era una traslación de los ocurrido en la SGM cuando parte de la población recibió así al Ejército Rojo frente a la presencia de otra parte que había colaborado muy activamente con el régimen nazi. También lo ocurrido en Chechenia donde el uso masivo y despiadado de la fuerza soluciono la situación ha influido también en la decisión de usar la fuerza en Ucrania. Una vez más, se han ignorado otros casos como el de Afganistán.
Aunque el espectáculo televisado con los asesores de Putin apoyándolo públicamente muestra que no hacían más que seguir la decisión de su jefe, es muy poco probable que incluso Putin no haya escuchado o haya sido influenciado por un círculo pequeño de confianza. Sin duda el pensamiento grupal ha jugado un factor importante en las discusiones de dicho círculo interno. La necesidad de permanecer en el grupo de confianza, de buscar su conformidad, impulsa opiniones que reafirman cada vez más contundentemente la opinión general.
Por último, y aunque podrían identificarse algún otro sesgo, podemos señalar un viejo conocido de cualquier militar: los errores en el anclaje inicial. Tradicionalmente la mayoría de los análisis militares se basan en datos de conflictos anteriores que se ajustan según la percepción actual, en lugar de desarrollar nuevos datos según la realidad actual. Rusia ha analizado la situación en Ucrania, sus posibilidades, los recursos necesarios o las posibles pérdidas en función a sus reciente operaciones en Siria, Georgia o la misma Ucrania. Cuando esto no ha resultado según lo previsto ha tardado meses en detener las enormes pérdidas, y aún no ha conseguido restablecer la iniciativa. A esto se le une un problema básico de ajuste o aprendizaje. Pocos ejércitos tienen una rápida capacidad de aprendizaje para ajustar sus anclajes iniciales. Y el ruso, desde luego, no es uno de ellos. La rígida disciplina elimina iniciativa al castigar desproporcionadamente el error, restringe el pensamiento innovador y perpetua las viejas recetas por más que no den el resultado esperado.
En realidad, esta actitud está fuertemente influenciada por otro sesgo típicamente de planeadores militares y estratégicos, el olvido de que el adversario también ‘juega’. Un análisis correcto de la situación debe tener en cuenta las diversas opciones de actuación del adversario y contrarrestarlas o estar preparado para reaccionar a ellas. Lógicamente, nunca se llega a ese punto si el análisis está tan sesgado que los escenarios planteados son profundamente erróneos y los resultados son fruto del deseo y no del análisis crítico.
¿Por qué se decidió invadir?
Desgraciadamente no es posible responder con absoluta certeza a la pregunta. Es posible que, según el resultado final de la guerra, incluso los propios participantes en la toma de la decisión modifiquen su percepción inicial, voluntaria o involuntariamente, influenciados por los acontecimientos posteriores. Lo que hace que incluso relatos de dichos actores en el futuro modifiquen, oculten u olviden aspectos básicos, especialmente psicológicos y afectivos, que llevaron a tomar la decisión. Una decisión, y más en el ámbito de la política internacional, no se toma por un solo motivo sino por el alineamiento de un grupo de ellos, que incluyen intereses nacionales, percepciones (ciertas o erróneas), información mostrada, sentimientos e influencias de personas cercanas, así como nuestras propias experiencias y limitaciones mentales.
Si tenemos en cuenta lo explicado en todo el artículo, debemos iniciar la respuesta con algo evidente, pero no siempre contemplado: Putin pensó que podía hacerlo. El presidente ruso mantenía una sólida confianza en su liderazgo, la idea de que sus fuerzas militares eran muy superiores, y la seguridad de que estaba preparado para las sanciones que se producirían. Los sesgos explicados indican el proceso de cómo se llegó, erróneamente, a esas certezas. Sin esa capacidad, o creencia de poseer esa capacidad, ninguno de los desarrollos posteriores se habría producido.
En segundo lugar, el aspecto afectivo ha jugado un papel fundamental. Los rusos se sienten humillados y traicionados, Putin se siente traicionado y ungido por la Historia para devolver a Rusia su grandeza, y todos ellos piensan que Ucrania ha sido, es y debe ser parte de Rusia. Estos sentimientos conformaron la decisión de líderes políticos y el apoyo de la mayoría del pueblo.
Y por último una sensación de urgencia, de supervivencia, de ser la última carta a jugar si se quiere sobrevivir como nación. Esto, por cierto, que sigue presente, debe manejarse con sumo cuidado por las potencias occidentales si no queremos que derive en un conflicto mucho más devastador.
Aunque aquí no se ha mencionado, los análisis occidentales, y muy especialmente los de los medios de comunicación (que en Occidente crean e impulsan a acciones nacionales e internacionales), están también trufados de sesgos cognitivos. Un análisis erróneo por nuestra parte puede producir escenarios aun mas terribles que el actual.
Putin ha apostado todo a la baza de la guerra. Del éxito de esta guerra depende su propia supervivencia, lo que lo hace extremadamente peligroso a la hora de tomar decisiones. Pero una derrota supondría no solo una humillación personal que no piensa tolerar, sino una humillación nacional, que no sabemos si el pueblo ruso podría aceptar sin apoyar decisiones drásticas, especialmente si está convencido que el precio es su propia supervivencia como nación. Debilitemos a Rusia los suficiente y reforcémonos lo necesario para evitar que se sienta con capacidad de repetir aventuras bélicas en el futuro, pero sin empujarla hasta el lugar en que no tenga nada que perder.
[i] Dmitry Gorenburg, Michael Kofman, Paul Schwartz, and Samuel Bendett. Analytic Framework for Emulating
Russian Decision-Making. Junio, 2017. https://www.cna.org/reports/2017/Emulating-Russian-Decision-Making.pdf
[ii] Mikhail Zygar, All the Kremlin’s Men: Inside the Court of Vladimir Putin (Public Affairs, 2016)
[iii] Yevgeniy Minchenko, Kirill Petrov, “Vladimir Putin’s Big Government and the ‘Politburo 2.0,’”
Minchenko Consulting, October 3, 2012. https://minchenko.ru/netcat_files/File/Big%20Government%20and%20the%20Politburo%202_0.pdf
[iv] Graham Allison. “Conceptual models and the Cuban Missile Crisis”. American Political Science Review 63: 689-718, 1969. http://www3.nccu.edu.tw/~lorenzo/Allison%20Conceptual%20Models.pdf
[v] Arturo Torres. La teoría de las perspectivas de Daniel Kahneman. Psicología y Mente. Abril 2017. https://psicologiaymente.com/psicologia/teoria-perspectivas-daniel-kahneman
[vi] Graham Allison. Essence of Decision: Explaining the Cuban Missile Crisis. Logman. 1999.
[vii] Jesus Alonso Blanco. “Errores de Rusia en Ucrania (I): las equivocaciones estratégicas”. Global Strategy. 2022. https://global-strategy.org/errores-de-rusia-en-ucrania-i-las-equivocaciones-estrategicas/
Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España). ISSN 2695-8937
