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¿Son las fake news una amenaza?

https://global-strategy.org/fake-news-amenaza/ ¿Son las fake news una amenaza? 2021-05-14 07:00:00 Jesús Alonso Blanco Blog post Estudios Globales Global Strategy Reports Zona gris y estrategias híbridas
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Global Strategy Report, 20/2020

Resumen: La irrupción de las llamadas fake news o noticias falsas ha transformado el panorama informativo de nuestros países y ha hecho saltar las alarmas de la prensa tradicional y de los gobiernos. Se ha extendido el mensaje de que las noticias falsas amenazan nuestra capacidad para distinguir lo real de lo inventado, siendo una fuente de manipulación que debe ser atajada en bien de la democracia y de la ciudadanía.

Llama la atención, no obstante, que esas alarmas hayan alcanzado tanta importancia en unas sociedades basada el intercambio de opiniones, la diversidad de informaciones para elegir y la aceptación de la propaganda, especialmente la política, como parte intrínseca de nuestra vida social y de nuestras elecciones. Pero, ¿es real esta amenaza? ¿Es tan importante como para poner limitaciones a uno de los pilares de los sistemas democráticos, el derecho a la información?

Es necesario analizar y dar respuesta a estas preguntas antes de tomar acciones que nos puedan llevar a la limitación de derechos fundamentales o incluso a la censura que anticipa la tiranía.


Quien tiene el palo más largo tiene más oportunidades de imponer su definición de realidad

Peter L. Berger[1]

En apenas tres años un nuevo término se ha hecho común en nuestras conversaciones: fake news. Es prácticamente imposible no escucharlo a diario en radios, televisiones, redes sociales… Comentaristas de medios alertan sobre su dañina influencia; agencias de ‘verificación’ aparecen constantemente en redes sociales remarcando que tal o cual mensaje es falso; los grupos de mensajería se inundan de ellas; la Unión Europea y los gobiernos occidentales claman contra esta nueva amenaza a nuestra democracia. ¿Pero es realmente este fenómeno una amenaza tan relevante como parece?

Definir una fake news, el primer problema

Si queremos combatir la difusión de fake news, lo primero que deberíamos hacer es tener una idea común de lo que ello significa. Y aquí tenemos el problema. A pesar de lo obvio de la terminología, ‘noticia falsa’, no resulta tan sencillo llegar a un acuerdo de lo que es una noticia falsa. O mejor dicho, cómo podemos considerar que una noticia o información es falsa con toda seguridad y de forma objetiva. Algunos pretenden basarse en comprobaciones científicas; es decir, si se ajusta a lo que la ciencia admite como cierto o no. Esta tesis se ha fortalecido durante la pandemia del COVID-19 para contrarrestar informaciones erróneas o totalmente absurdas. No obstante, este enfoque adolece de varias debilidades. La primera es que las informaciones completamente absurdas, cuando no incluso estúpidas, no tienen ningún impacto real. No hay constancia de que la recomendación de inyectarse desinfectante (o beber lejía) haya sido seguida por masas de población. Por no decir que quien está totalmente empeñado en creer que la tierra es plana le va a dar igual que se limite la propagación de esa teoría. Va a encontrar nichos donde personas como él hablarán e intercambiarán información, datos falsos o teorías conspiranoicas.

El segundo problema que tiene este enfoque es que en la propia crisis del COVID expertos, gobiernos y organizaciones internacionales de salud han enviado mensajes contradictorios por puro desconocimiento. Así pues, la mayoría de ellos han defendido posturas contradictorias a lo largo de estos meses y, por tanto, una parte de los mensajes han sido, en sí mismo, fake news. Esto genera tal confusión que hace difícil saber en qué momentos las noticias son reales, o mejor dicho, ajustadas a la realidad, y cuándo no. ¿Era una fake news que las mascarillas no son necesarias en absoluto o que son imprescindibles para no contagiarse?

Por último, y más importante, el progreso de la ciencia se basa en la contradicción, en la aparición de teorías que rompen parcialmente o completamente con lo establecido. Generalmente esas teorías se comparten, lo que ayuda a que se demuestren (o no) con trabajos de diferentes equipos. Limitar cualquier teoría que no se ajuste al dogma vigente haría que la ciencia retrocediese a tiempos donde la circulación sanguínea o el heliocentrismo eran consideradas fake news y limitada su propagación.     

Si el enfoque científico tiene debilidades, aún más lo tiene un enfoque político-realista. La intención de limitar toda información que se considere que no se ajusta a la realidad abre una puerta a una censura política que coartaría el derecho fundamental a la expresión y a la información. En nuestro país los ciudadanos tienen el derecho “a comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión”[2]. En el resto de las democracias este derecho viene recogido de forma similar. La palabra veraz es la que lanza todo este debate. Recibir información suficiente, adecuada y veraz, resulta fundamental para nuestros sistemas democráticos. La democracia se basa en cuerpos de electores con información suficiente y veraz para ejercer su derecho de elección de aquellos que van a gobernarle y legislar sobre su vida y sus derechos. Sin esa información, la democracia está en peligro. Y es aquí donde los defensores de la limitación de fake news hacen su alegato: si dejamos que el público consuma noticias falsas, sus decisiones y elecciones podrían estar manipuladas y, por tanto, la democracia se resentiría. En este punto deberíamos discernir si eso supone un peligro mayor que el riesgo de que una censura pueda limitar las posibilidades de informarse del ciudadano.

Política, fake news y propaganda

La democracia necesita un sistema de difusión de información amplio, libre y que permita al ciudadano elegir la información que consume. No puede ser un sistema de adoctrinamiento paternalista encaminado a ‘educar’ al ciudadano en las ideas correctas, pues ese es el camino de la tiranía. Por eso un sistema de prensa libre es uno de los elementos más importantes para medir los niveles democráticos de los países. Dicho esto, a nadie se le escapa que algunos medios han tenido un poder de influencia enorme en la población, y que lo han ejercido de acuerdo a su propia agenda política. También los partidos han creado o colonizado otros para ganarse adeptos y diseminar su mensaje. Pero aun así, para que exista el concepto de prensa libre debe existir la posibilidad de acceder a medios de información de muy diverso enfoque, que se basen o no en las ‘grietas’ que toda sociedad mantiene, o que tengan una línea editorial  transversal o incluso radicalmente opuesta a lo generalmente aceptado.

La credibilidad es un aspecto que defiende celosamente todo medio que aspire a ser reconocido por el público. Cualquiera que sea su línea editorial, un medio serio no publicará una noticia manifiestamente falsa por el daño que podría tener a su credibilidad. Lo cual no ha evitado que en el pasado numerosos medios de segunda o panfletos se dedicaran al amarillismo o a las teorías conspiratorias, OVNIS, o cualquier otra idea extraña que se nos pudiera ocurrir. Y nunca se planteó cerrarlos. Más bien su falta de credibilidad hacía que su impacto fuera mínimo. Por cierto, el que un medio serio no publique noticias falsas, y se dedique, o lo hacía antes, a comprobar cada información, no quiere decir que no use herramientas aceptadas de manipulación. Cuando se eligen las noticias que se presentan, o cuáles se destacan, se pretende influenciar acerca de qué temas deben surgir en las conversaciones, y cuáles deben ser ocultados. 

Y a todo esto hay que sumarle la propaganda política. Este es también un elemento fundamental en la democracia para que cualquier candidato o grupo pueda publicitar sus ideas y, por tanto, pueda ser elegido por aquellos ciudadanos que se sientan identificados o que crean que dichos planteamientos defienden sus intereses. A pesar de lo negativo del término, la propaganda es intrínseca a la democracia. Lógicamente, en su desarrollo se mezclan ideas políticas, promesas de futuro o exageraciones propias o del contrario. En estos últimos aspectos podría aplicarse también el término fake news. Si un candidato promete que creará millones de puestos de trabajo, ¿debe pasar un el filtro de economistas para ver si es realmente posible? Y si no parece viable, ¿debería catalogarse como noticia falsa a no ser que demuestre empíricamente que puede hacerlo?

Por no mencionar que gran parte de la información se basa en interpretaciones o graduaciones. Si un candidato dice que ha creado empleo porque hay 10 personas más trabajando en un país de 40 millones, no está mintiendo, pero tampoco diciendo la verdad.

A medida que profundizamos más en el estudio de la propaganda política, el tema se vuelve más complejo. Las técnicas que se usan hoy en día prácticamente han mantenido su esencia desde que comunistas y nazis las sistematizaran para alcanzar sus objetivos en el siglo XX. Veamos algunos de los principios de la propaganda científica[3].

  • Regla de la simplificación y del enemigo único. La simplificación es clave en la propaganda. El mensaje debe ser claro y simple, asumible por todas las personas. Si además podemos identificar todo lo que es incorrecto, malo o pernicioso con un grupo concreto, podremos justificar incluso nuestros propios errores.
  • Regla de la exageración y la desfiguración. Exagerar una noticia para obtener una ventaja política o de otro tipo es absolutamente habitual en la prensa, incluso en la más reputada. Evidentemente, se da aún más en la propaganda política, especialmente en tiempo de campaña, pero también en el día a día.
  • Regla de la orquestación. Decía Hitler que la propaganda debe limitarse a un pequeño conjunto de ideas repetidas de forma constante y que los cambios en la comunicación no deben afectar al fondo de la idea. Además, si la idea debe ser abandonada por haber sido contradicha por los hechos, nunca reconocer el error.
  • Regla de la simpatía. Las opiniones y argumentos no se combaten con la razón, sino con mensajes dirigidas directamente a los sentimientos[4].
  • Regla de la sorpresa o evidencia de que la más eficaz mentira es una verdad a medias.
  • O la regla de la dosificación, que indica que se debe mantener una presencia constante en los medios y mantener a la población en un constante estado de excitación acumulando mensajes y acciones.

Vemos cada día como estos patrones se repite en nuestras democracias. Muchos de los mensajes y estrategias políticas, ampliamente difundidas en noticias e informaciones, continúan ajustándose a estas reglas. Es evidente que la mayoría podrían entrar en el ámbito de fake news. Pero también funcionaría lo contrario, ya que difícilmente podemos decir de forma absoluta que sean noticias falsas. Esa es la magia de la propaganda como herramienta para crear, transformar o confirmar opiniones. En efecto, somos manipulados con intención política (y comercial).

Esta idea queda reforzada con una regla más, la de la Unanimidad y el Contagio: el ser humano tiene unos condicionantes psicológicos y, sobre todo, sociológicos, que le hacen propenso a buscar la protección del grupo y a “encajar” en él. La presión del grupo sobre las opiniones propias (incluso ante hechos evidentes) y el conformismo social han sido ampliamente demostrada por la sociología moderna. Las redes sociales han proporcionado un campo excelente para reforzar nuestras opiniones con masas de desconocidos que, no obstante, nos hacen sentir incluidos. Esto potencia y radicaliza dichas ideas, ahora ya protegidas por el grupo.

En resumen, la propaganda política propia de todos los regímenes, gobiernos y revoluciones de la Historia, sistematizada por los movimientos ideológicos de inicios del siglo XX, sigue usándose sin ninguna cortapisa. Jugando entre técnicas psicológicas, sociológicas, propagando pequeñas verdades, medias mentiras, exageraciones, caricaturas o incluso, mentiras completas que por su simplicidad son difícilmente rebatibles. ¿Podríamos limitar esta difusión de propaganda tan intrínsecamente ligada a la democracia actual? Evidentemente no. Y entonces ¿Por qué no representan esas técnicas tan agresivas una amenaza como la que se quiere asociar a las fake news? Pues básicamente gracias a la diversidad. A la propaganda de un grupo político, gobierno, asociación, compañía… se le puede contraponer la de otro grupo político, oposición, asociación diferente o compañía rival. Esto nos permite disponer de un marco general amplio de información, contrarrestando en cierta medida la propaganda proveniente de una única fuente. Notemos que las dictaduras comunistas y fascistas no solo usaron magistralmente la propaganda, sino que además eliminaron cualquier posibilidad de contra-propaganda. Cuando solo uno habla, es más fácil convencer, atraer o manipular.

De cómo la política ha creado el campo para las fake news

Estoy seguro que el lector ha podido identificar comportamientos de nuestros partidos políticos mientras leía las reglas anteriormente descritas. Aunque algunas se han usado de forma universal a lo largo de la Historia, la aparición de los partidos de masas y las ideologías del s XX potenciaron extraordinariamente su aplicación. El objetivo final es ‘agrupar’ a los individuos, hacer que se identifique en conjunto y dirigirles hacia las ideas que ‘deben pensar’ como miembros de ese grupo.

Los partidos políticos necesitan masas de individuos que los voten, y la mejor forma de asegurárselos es con el sentimiento de pertenencia. El modo de fidelizarlos es mediante una apelación constante a los sentimientos más que a la razón. Esto es así porque funciona, porque es una parte de nuestro comportamiento social difícilmente evitable.

Así que la aparición de las redes sociales no hizo más que plasmar en unas nuevas tecnologías aquello que llevaba funcionando tanto tiempo en la propaganda. Twitter es la máxima expresión de la regla de la simplificación. Dirigentes políticos y sociales ya no se dedican a exponer sus ideas, sino a escribir unas pocas líneas. Los esfuerzos no se centran en desarrollar ideas o rebatir las de otro, sino en encontrar la frase ocurrente y el ‘zasca’ que tenga más retweets. Es el triunfo de la simplificación sobre los argumentos elaborados. Facebook explota nuestra necesidad de pertenencia, unanimidad y contagio. Al seleccionar los contenidos sobre los que ya hemos demostrado afinidad en nuestros cliks, no hace más que ofrecernos productos que nos gusta consumir y que refuerzan nuestras ideas, mostrando que otros las comparten. Igual que Google, que en su afán de aprender sobre nuestros gustos y costumbres para darnos mejor servicio (o eso dicen), termina encerrando a las personas en sus propias ideas y creando cajas estancas. Voluntaria o involuntariamente, estrechar el campo ideológico en el que nos movemos provoca mayor fanatismo y menor capacidad de identificar otras opciones o razonar sobre otros argumentos. Y esto, seamos sinceros, favorece enormemente a los sistemas de partidos en los que se basan nuestras democracias.

Una educación basada en un espíritu crítico debe ayudar a evitar estos comportamientos gregarios, pero no nos protege de forma absoluta. No hay más que fijarse en la propaganda comercial para ver que no se dirige únicamente hacia personas con menos formación o cultura. Debemos admitir que la propaganda funciona en todos los ciudadanos, independientemente de su poder adquisitivo, nivel educacional, cultura general o experiencia vital. Sin embargo una educación solida consigue que no actuemos en contra de nuestros intereses. Por ejemplo, se nos influencia para la compra de varias opciones de coche, pero no tanto como para que acabemos compremos uno que no podemos permitirnos. Idealmente una educación crítica debería evitar, al menos en alguna medida, comportamientos no racionales en la toma de nuestras decisiones políticas, sobreponiéndose al espíritu gregario que nubla nuestro entendimiento.  

Pero si ni siquiera una educación amplia y sólida puede protegernos contra la propaganda, ¿puede hacerlo contra las fake news? Evidentemente no. Y éste es uno de los argumentos para que los gobiernos intervengan en su limitación. Aunque igualmente serviría para intervenir contra la propaganda política cuando un Gobierno considere que esta exceda la mera exposición de ideas elaboradas (o sea, la mayoría de las veces). Pero claro, entonces no se podría comunicar ni convencer, la libertad de expresión quedaría limitada, y la democracia quedaría en grave riesgo. ¿Y no ocurre lo mismo si limitamos lo que un Gobierno considere como fake news?    

Las tentaciones de la censura

En democracia, el objetivo de los partidos políticos y de sus miembros es obtener el poder o, al menos, una posición suficientemente para influir en aquel que lo tenga. Es un objetivo legítimo ya que entendemos que lo hacen para llevar a cabo las medidas que consideran mejores para el progreso, bienestar y seguridad de sus ciudadanos. Como ya se ha explicado, para alcanzar ese poder deben convencer a sus potenciales votantes, y para ello se usa la propaganda. La polarización del votante, tan apreciada por los partidos porque asegura su reservorio de votos, camina pareja de la fanatización de sus dirigentes, que pueden llegar a creerse sus mensajes simplistas, excluyentes y exagerados de tanto repetirlos. Llegado este punto, convencidos de que su opción no solo es acertada sino que es definitivamente correcta y buena, no queda más conclusión que afirmar que las otras son intrínsecamente malas. Así que limitar las ‘noticias falsas’ que las refuercen parece casi un requerimiento moral. Lógicamente, ante la dificultad ya descrita de definir y categorizar completamente como cierta o falsa la gran mayoría de las informaciones, habrá una tendencia natural a identificar como más falsas las que favorezcan las posturas contrarias, y como no-tan-falsas-en-realidad las que refuercen las ideas propias.

Así pues, estará prácticamente dado el paso para limitar otras visiones aun no confirmadas, opiniones basadas en interpretaciones de la realidad o puntos de vista discordantes. La tentación a la censura será tan grande y su implementación tan fácil, que el que la ejerza podría hacerlo casi inconscientemente justificándose en una obligación moral.

Incluso el humor, basado en exageraciones, visiones absurdas y caricaturizaciones, entraría obviamente en el saco de las fake news. Da igual que fuera un cómico en televisión, un youtube exagerando un error político, o un meme que corre por las redes. Todos ellos entrarían en puridad en la categoría de fake news y por tanto, susceptible de ser bloqueado o eliminado.

Y eso sin entrar en un campo tan espinoso como las actitudes hacia la religión. ¿Cómo se considerarían los postulados de fe de las diferentes religiones?¿o algunos de sus valores?

¿Son las fake news tan peligrosas como para arriesgarse a una censura institucional?

Antes de contestar a la pregunta quizás debemos plantear la contraria para ver si todo este desarrollo tiene sentido. ¿Son inofensivas las fake news? La respuesta es que no, no son inofensivas. Y mientras algunas son absolutas tonterías, como que la Tierra es plana, otras tienen una evidente intencionalidad. Pero lo que aquí se plantea no es si son inofensivas, sino si son lo suficientemente peligrosas para limitar alguno de los derechos más fundamentales en una democracia como la libertad de expresión y de información. Recordemos que incluso la lucha contra el terrorismo, tanto nacional como internacional, donde el peligro era la muerte de cientos o miles de personas, se enfocó con líneas que en ningún caso limitaban derechos. El debate entre seguridad y libertad se desarrolló con una visión garantista para proteger lo que fundamenta la democracia, incluso a costa del riesgo de más muertes.

Curiosamente muchos de los que abogaban por no abandonar los principios de la democracia ante un enemigo tan evidente, parecen más dispuestos a sacrificarlos ante uno tan espurio.

Según un estudio de 2018 de la Asociación de Internautas, el 70% de los españoles no sabe distinguir una noticia verdadera de una falsa[5]. Datos como este hacen saltar todas las alarmas, y lleva a dirigentes y analistas a plantearse la limitación de pilares básicos de la democracia. No resulta difícil encontrar todo tipo de estudios que refuerzan esta idea, incluso con datos aún más escalofriantes. Ahora bien, si cambiamos el enfoque, evitando ese paternalismo pedante, y pensamos que quizás los ciudadanos no sean tan idiotas, podríamos concluir que es posible que el porcentaje sea tan alto porque realmente no tienen interés en diferenciarlas. Y desde ese punto de vista, básicamente no lo consideran amenazante ni prioritario. Seguramente la influencia que reciben de ellas no sea determinante, y desde luego no mayor que la propaganda tradicional. Si los ciudadanos lo consideraran realmente una amenaza a su forma de vida, el esfuerzo por distinguirlas sería mucho mayor y el resultado de la encuesta, sin duda, diferente.

Pero es que, además, no hay ningún estudio capaz de demostrar cuanta intención de voto ha podido cambiar las fake news por sí mismas[6]. De hecho, más bien al contrario, parecen más efectivas en reafirmar las propias posiciones (como la propaganda). Decía Mark Zuckenberg en 2016: “personalmente creo que la idea de que las fake news en Facebook, que son una parte muy pequeña de su contenido, influenciaran las elecciones de alguna forma, creo que es una idea absurda”. Aunque el comentario no gustó y tuvo que disculparse por él, lo cierto es que está bastante cerca de la realidad[7]. ¿Cómo es posible que unas cuantas noticias falsas, empotradas en un vasto universo de fotos familiares, videos de hobbies, propaganda de juegos, diarios de viajes y un infinito de contenidos, pueda influenciar más que opinadores televisivos en debates muy cuestionables, carteles, mítines exaltados, miles de noticias seleccionadas en cada diario, medias verdades mostradas en video-anuncios? Pues la respuesta es evidente; no pueden.

Tampoco hay más personas siguiendo ahora alguna de las teorías absurdas que corren por internet de las que ya acudían antes a curanderos. Ni hay más individuos copiando remedios caseros de YouTube de los que compraban tónicos cura-todo.

Fact-checkers ¿solución o más problemas?

Una de las primeras reacciones ante la proliferación de noticias falsas surge del propio colectivo periodístico. Diferentes medios y asociaciones comienzan a verificar las noticias que circulan por internet. Esas primeras reacciones son lógicas ante una amenaza para la forma tradicional de informar, donde los medios ven con alarma como desciende el consumo de sus noticias a pesar del esfuerzo en proporcionar información verificada y que respaldan con su propio prestigio. Y por el contrario, noticias que podíamos calificar fácilmente como dudosas se consumen de forma masiva.

Las agencias de verificación han crecido por todo el mundo de forma extraordinaria. Especialmente cuando Facebook (y sus aplicaciones asociadas) comenzaron a contratar etas agencias para verificar lo que compartían sus usuarios. Algunas son empresas completamente nuevas, otras son departamentos creados por medios o agencias de noticias tradicionales. Y para demostrar su independencia suelen estar asociadas a alguna red internacional que tiene un código ético que debe ser aplicado[8]. No obstante, el seguimiento es voluntario, porque la pertenencia es voluntaria, y no debemos olvidar que son empresas privadas que tienen en la verificación de noticias su propio negocio. Además se plantea el tradicional problema de la seguridad, ¿Quién vigila a los vigilantes? O en este caso ¿Quién verifica a los verificadores? La democracia ha recorrido un largo camino para que esa pregunta no quede sin respuesta. No tendría sentido que en este campo tan sensible lo dejáramos sin más en manos de empresas. Porque, incluso siendo totalmente imparciales y estrictos, seguirán teniendo el poder de elegir que noticias verifican y desmienten y cuáles no. En sí mismo, eso ya es una poderosa herramienta de influencia.

 Pero incluso si nos abstraemos de esos importantes problemas, aún tenemos más elementos que nos hacen dudar de su efectividad. Incluso si la motivación de dichas empresas fuera totalmente bienintencionada, el problema es que a menudo diferentes personas ven algo distinto cuando miran el mismo evento, algo repetidamente documentado por la psicología[9].  

Además, el proceso mental por el que corregimos una información ya asimilada es complejo y no muy bien conocido[10]. Los estudios realizados al respecto muestran una serie de tendencias del comportamiento inherentes al ser humano no permiten ser optimistas. En primer lugar, es más fácil que asumamos una noticia falsa que su desmentido. Además, tenemos una tendencia natural a reforzar nuestras creencias. Si bien la búsqueda de argumentos para defenderla puede debilitar esa misma creencia[11], su abandono es un camino que no se suele recorrer. De hecho, es mucho más común que ocurra el efecto contrario, cuando las discusiones, especialmente a través de redes sociales, derivan en un intercambio de “golpes” que no hace más que atrincherar posturas.  

Lo cierto es que aunque la intervención de las agencias verificadoras puede reducir la percepción errónea de algunos aspectos, los estudios demuestran que tienen efectos mínimos en cambiar la percepción de una realidad o del voto de los individuos[12]. Muy a menudo los ciudadanos le dan poca importancia a la noticia en sí, y por tanto a su desmentido. En otras ocasiones se justifica el desmentido en un supuesto partidismo de la agencia verificadora, lo que va formando una nueva creencia sobre la invalidez de las verificaciones. En resumen, al que quiere creer es difícil cambiarle su percepción de la realidad; y al que no está tan convencido de sus postulados, no le da importancia ni a la noticia ni al desmentido.

Lo que sí ocurre es que la propia verificación puede darle a la noticia falsa mayor repercusión de la que tenía originalmente. Es lo que se denomina el efecto rebote (backfire effect) y que los numerosos estudios realizados no se ponen de acuerdo en una conclusión sobre el impacto real de esos rebotes ni en qué condiciones se producen. En otras palabras, no está demostrado que el efecto rebote provoque más gente contaminada con una noticia falsa, pero sí que la noticia llega a mas individuos. Esto proporciona a las agencias de verificación la misma influencia que ya tenía la prensa tradicional, es decir, mover el debate hacia asuntos e ideas que no estaban antes ahí[13]. Y no olvidemos que, como entidades privadas, necesitan obtener beneficios y eso se produce con desmentidos llamativos o que generen polarización. Lo cual, en cierta manera, contribuye a impulsar el efecto que, en teoría, pretenden combatir.

Tampoco parece que una agencia oficial de verificación sea la solución. La tentación del gobierno de turno de colocar personal afín en ella sería irresistible. Y su parcialidad sería rápidamente cuestionada y podría llevarle a la mera censura.

Así pues, aunque las agencias de verificación no son desde luego el problema, no está tan claro que no lo aumenten. Y desde luego no parecen la solución.  

Cuando las campañas de desinformación vienen del exterior

Todo lo dicho hasta el momento está basado en la distribución de fake news en el ámbito interno, enmarcado en la legítima lucha política propia de las democracias, sobre la base de que todos los partidos políticos y grupos de presión actúan con el fin último del beneficio común, aunque sea desde puntos de vista diferentes. Más importante aún, todos juegan con las normas que emanan de la legalidad establecida. Los Estados tienen suficientes herramientas para neutralizar acciones internas contrarias a dicha legalidad. Y como se ha demostrado, la influencia de las noticias falsas en este entorno es muy limitada.

Aun así, no debemos olvidar que algunas fake news pueden ser parte de una campaña de desinformación o incluso de una campaña más amplia que incluya otras herramientas enmarcadas en estrategias híbridas con el objetivo de desestabilizar un país o de conducir a su población a posiciones más favorables a los intereses del atacante. Potencias como China o Rusia han perfeccionado enormemente estas estrategias en los últimos años. En particular, Rusia ha sido relacionada con un alto grado de certeza en intervenciones en las campañas electorales americanas, la guerra en Ucrania, ataques a países bálticos y Georgia, el Brexit, los “chalecos amarillos en Francia[14], el llamado proceso catalán[15] o la presencia de la UE en África.

Estas campañas, que suelen ser mucho más agresivas e internacionales, suponen una mayor amenaza por el simple hecho de la motivación que la impulsa. En este caso, ya no se trata de reforzar ideas o atacar al adversario político, sino de la mera desestabilización o la de predisponer a un país a ceder ante los intereses de otra nación. No tiene el equilibrio que proporciona campañas políticas contrapuestas propias de la democracia, ni está sujeta al imperio de la ley si sus motivaciones o acciones atacan de forma directa las reglas democráticas y la legalidad vigente.

En otras palabras, no hay control, ni elemento que contrarreste, ni la amenaza de que actúe el imperio de la ley. Este caso, al contrario que los expuestos en puntos anteriores, sí supone una amenaza a la seguridad nacional. Ya no se trata de censurar posibles desinformaciones, noticias falsas, medias verdades, humor u opiniones provenientes de los propios ciudadanos, sino de proteger a éstos de campañas amplias de desinformación proveniente de fuerzas exteriores. Esta separación es la clave de toda la argumentación. 

Las fake news, memes, videos, etc., que circulan por las redes sociales como parte de estas campañas son sólo una de las líneas de acción de operaciones complejas que se complementan con narrativas en medios de comunicación tradicionales, captación de operativos locales o intervención de agentes de inteligencia. Aunque se ha insinuado que estas campañas han influenciado en los resultados de las elecciones americanas, francesas o Brexit, entre otras, lo cierto es que los promotores saben que ese nivel de influencia es difícilmente alcanzable. En realidad sus objetivos estratégicos son más realistas y ciertamente más eficaces en el medio plazo, y generalmente van encaminados a generar desconfianza en el sistema, división, confrontación, o simplemente provocar cortinas de humo que permitan actuar al país generador en otras áreas sin que tenga repercusión mediática.

Esa ha sido la principal actuación del Proyecto Lakhta[16], dirigido en segundo plano por Putin para originalmente reforzar su posición y debilitar la oposición interna, pero que evolucionó como una herramienta de influencia exterior. El proyecto dio lugar al IRA (Internet Research Agency), la principal herramienta de creación y distribución de información en redes sociales a través de lo que se ha dado en llamar “granjas de troles”[17], fuertemente apoyadas por las capacidades  de ciberataque y agentes de inteligencia militares del GRU[18] y medios de difusión tradicionales como Russia Today (RT).

Evidentemente la magnitud y consecuencias de estas campañas superan con mucho las definiciones de derecho a la información y libertad de expresión, y son básicamente acciones de guerra política que entran en el campo de la defensa nacional.

¿Se debe actuar contra las fake news o contra la desinformación?

A medida que convivimos con las redes sociales, las nuevas formas de consumir información o de relacionarse con familia, amigos o afines de cualquier tipo, vamos entrando en áreas desconocidas que, lógicamente, pueden preocupar por su impacto en nuestras democracias.

Como se ha descrito a lo largo del documento, actualmente se produce una distribución masiva de noticias falsas. Y seguirá creciendo en el futuro. De hecho, aunque se quisiera verificar y desmentir todas ellas, sería materialmente imposible. Y esto, naturalmente, genera inquietud. Sin embargo, la posibilidad de que los gobiernos entren a regular, limitar o incluso contrarrestar estas noticias puede producir efectos contrarios a los que se buscan. De hecho, persistirán los problemas para definir lo que en sería una noticia cierta pura, desprovista de interpretación, opinión, ironía, exageración, o el nivel en el que deja de ser una media verdad para convertirse en una verdad absoluta. Este problema terminará en una intervención parcial y aleatoria, sin efectividad alguna. O peor aún, en actuaciones muy cercanas a la censura.

Es cierto que la expansión de noticias falsas tiene ciertos riesgos para toda sociedad, pero creo que estos no tienen la gravedad como para poner en peligro algunos pilares fundamentales de una democracia. La preocupación de poderes públicos y de medios de comunicación, si es real, se basa en una infantilización de los ciudadanos. La solución no puede pasar por tener a alguien que decida lo que es veraz o no, sino disponer de suficientes medios y herramientas para que cada ciudadano pueda comprobar esa veracidad.

Si esto es así y, como se ha demostrado, el impacto real en la contienda política es casi inexistente, ¿No estaremos poniendo en riesgo un principio fundamental de la democracia con la excusa de defenderlo? La amplitud de fuentes de información, la existencia de una oposición a cualquier partido político, grupo de presión o conjunto de ideas, incluso la ley parecen herramientas más que suficientes para que cada ciudadano puede ejercer su derecho a una información veraz. Y si en algún caso, asunto o momento alguien decide no usar esas herramientas, probablemente es porque no le importa demasiado, por el escaso impacto que va a tener en su vida o en su construcción mental para interpretarla.

Si en algún área es probablemente necesario desarrollar mecanismos más efectivos de defensa son en el caso de campañas organizadas desde el exterior por potencias o agentes (ISIS, por ejemplo) con intereses claramente dañinos para nuestra propia población. Pero esto debe ser afrontado como una actividad de defensa nacional, y enmarcada absolutamente en actuaciones de defensa. Es en este campo donde órganos internacionales como OTAN o UE, o Fuerzas Armadas nacionales deben desarrollar herramientas para contrarrestarlas. Contamos con la ventaja de que tanto las organizaciones multinacionales nombradas, como las Fuerzas Armadas de todos los países occidentales han hecho gala de una neutralidad exquisita en la política interna de los países. Además, su orientación a la defensa ante amenazas exteriores debe ser garantía de que se emplearan exclusivamente en contrarrestar las campañas provenientes del exterior, ignorando completamente lo que ocurre internamente. Algo que no sería tan evidente si se encarga a organizaciones dependientes de ministerios de interior, como las policías de los Estados.

Pero esta defensa ante la amenaza de campañas de desinformación proveniente del exterior debe ir acompañada de una narrativa que explique a la ciudadanía claramente que el objetivo y las actuaciones asociadas se circunscribirán a este tipo de ataques y bajo ningún concepto a controlar, limitar o manipular el tráfico de información interna, por muy falso o errónea que sea (o parezca ser). Esto no evita actuar legalmente contra grupos internos que favorezcan directamente esas campañas provenientes del exterior, como es habitual en cualquier otra operación de inteligencia de países extranjeros que se desarrollen en territorio nacional.    

Pero estas actuaciones deben separarse escrupulosamente del control de trasvases de información interna, protegiendo así derechos fundamentales de nuestra democracia y dejando a los ciudadanos libertad suficiente para evaluar la información que le llega. Como con el resto de amenazas para cualquier país democrático, ante las que se producen en el propio territorio, actuar con la ley; ante las que provienen del exterior, actuar con los órganos de Defensa.

En resumen, no quiere decir que las nuevas tecnologías y forma de interactuar con ellas no tengan peligros. Pero no parece que las fake news por sí mismas, a pesar de la alarma surgida entre los medios tradicionales y gobernantes, suponga ese peligro. Con toda seguridad, y sin recurrir a ataques exteriores, la acumulación masiva de datos individuales, su análisis y su uso para influir a cada ciudadano de forma individual tiene un peligro infinitamente mayor para la democracia. Una amenaza ésta, por cierto, que puede potencialmente ser usada (y de hecho ya lo está siendo) por muchos de los que quieren ‘protegernos’ de las noticias falsas como los partidos políticos. Pero eso es otro asunto que necesita otro análisis.


[1] Berger, Peter L. y  Luckmann, Thomas. “La construcción social de la realidad”. Amorrortu. 1966.

[2] Artículo 20 de la Constitución Española

[3] Domenach, Jean Marie. (1950). Le propagande politique. Presses Universitaires de France. Paris

[4] Rodero, Emma.(2000). Concepto y técnicas de la propaganda y su aplicación al nazismo. Universidad Pontificia de Salamanca. (Texto publicado en las Actas del III Congreso Internacional Cultura y Medios de Comunicación), Publicaciones Universidad Pontificia, Salamanca.

[5] Gonzalez, M.A (2019). Fake News: desinformación en la era de la sociedad de la información. Ámbitos. Revista internacional de Comunicación 45, pp 29-52. Doi: 10.12795/ámbitos.2019.i45.03

[6] Marini, Lorenzo. Fighting fake news: Caught between a rock and a hard place. The European Council on Foreign Relations. 5 de marzo de 2018. https://ecfr.eu/article/commentary_fighting_fake_news_caught_between_a_rock_and_a_hard_place/

[7] Hutchinson, Andrew. What if Fake News Isn’t the Real Problem on Social Media? Social Media Today. 3 de enero de 2020. https://www.socialmediatoday.com/news/what-if-fake-news-isnt-the-real-problem-on-social-media/569711/

[8] International Fact-Checking Network Transparency Statement. https://www.poynter.org/international-fact-checking-network-transparency-statement/

[9] Stephen J. Ceci, Wendy M. Williams, The Psychology of Fact-Checking . Scientific American. Oct 25, 2020. https://www.scientificamerican.com/article/the-psychology-of-fact-checking1/

[10]  Lewandowsky S, Ecker UKH, Seifert CM, Schwarz N, Cook J. Misinformation and Its Correction: Continued Influence and Successful Debiasing. Psychological Science in the Public Interest. 2012;13(3):106-131. doi:10.1177/1529100612451018 

[11]  Chan MS, Jones CR, Hall Jamieson K, Albarracín D. Debunking: A Meta-Analysis of the Psychological Efficacy of Messages Countering Misinformation. Psychological Science. 2017;28(11):1531-1546. doi:10.1177/0956797617714579 

[12] Nyhan, B., Porter, E., Reifler, J. et al. Taking Fact-Checks Literally But Not Seriously? The Effects of Journalistic Fact-Checking on Factual Beliefs and Candidate Favorability. Polit Behav 42, 939–960 (2020). https://doi.org/10.1007/s11109-019-09528-x

[13] Miguel Tulla, E. ¿Para qué sirve un fact-checking? Por qué la democracia puede sobrevivir sin desmentir un dato falso. Magnet. https://magnet.xataka.com/en-diez-minutos/sirve-fact-checking-que-democracia-puede-sobrevivir-desmentir-dato-falso

[14] “How Russia’s Disinformation Campaigns are Succeeding in Europe”. (9 de junio de 2019). Global Security Review. https://globalsecurityreview.com/russia-disinformation-campaigns-succeeding-europe/

[15] “Un peligro Real” (3 de diciembre de 2017). El País. https://elpais.com/elpais/2017/12/29/opinion/1514563729_530365.html

[16] Participantes en el Proyecto se encuentran actualmente bajo investigación criminal por el Departamento de Justicia de los Estados Unidos. https://www.justice.gov/opa/pr/russian-project-lakhta-member-charged-wire-fraud-conspiracy

[17] Robert S. Mueller, III, “Report On The Investigation Into Russian Interference In The 2016 Presidential Election” (U.S. Department of Justice, Washington, DC, 2019), https://www.justice.gov/storage/report.pdf.

[18] Polyakova, Alina. “Lessons from the Mueller Report, Part II: Bipartisan Perspectives”. Brookings. https://www.brookings.edu/testimonies/lessons-from-the-mueller-report-on-russian-political-warfare/


Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España). ISSN 2695-8937

Jesús Alonso Blanco

Teniente Coronel del Ejército de Tierra español. Diplomado en Estado Mayor y Licenciado en Ciencias Políticas

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