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Guerra de Ucrania: consideraciones adicionales

https://global-strategy.org/guerra-de-ucrania-consideraciones-adicionales/ Guerra de Ucrania: consideraciones adicionales 2022-03-04 12:47:47 Josep Baqués Blog post Estudios Globales Guerra Rusia - Ucrania

Quiero hacer algunas reflexiones adicionales al artículo publicado recientemente en esta misma plataforma. Pero esta vez lo haré sin apenas citar autores, ni teorías. Bajando el listón al máximo.

Me apresto a hacerlo mientras se prepara el asalto a Kiev, la destrucción se incrementa y los muertos proliferan por doquier; mientras los blindados y no tan blindados rusos yacen, destruidos, a las puertas de las urbes ucranianas; mientras el presidente ucraniano arma a los civiles, convirtiéndolos de ese modo en blancos legítimos para las fuerzas de ocupación; mientras las sanciones económicas no consiguen el efecto buscado (démosles algo más de tiempo, ciertamente, pero la guerra sigue a diario); mientras esas mismas sanciones pueden complicar la vida a más civiles de aquí y de allí (eso ya se sabía, pues es un clásico); mientras los colores de la bandera ucraniana tiñen con sus colores la fachada del Congreso de los Diputados, maquillando el desastre; mientras la ONU muestra una vez más las razones por las cuales ni es un gobierno mundial, ni se espera que lo sea (siendo razonables); mientras el Parlamento de la UE invita a Ucrania (a instancias de otros Estados ex soviéticos y ex Pacto de Varsovia) aunque no pueda defenderla; mientras China es reclamada como nuevo sheriff mundial por esa misma Ucrania que pretende ingresar en la UE, pero no considera que sea un sheriff aceptado por Moscú (con razón); mientras Biden está en sus cosas, llorando como Boabdil y sumándose a las sanciones que han generado otros (no es el ejemplo de liderazgo que se le suponía); mientras la coalición de izquierdas alemana prepara un rearme sin precedentes desde la década de 1930; mientras los de Visegrado ya no saben dónde mirar, porque miren hacia donde miren, solo ven niebla; mientras Rusia sufre un boicot global que recuerda el que sucedió a la invasión de Afganistán (deportistas incluidos)… y teme que Ucrania sea, de hecho, su próximo Afganistán (aunque de momento asalte Kiev, como antes hizo con Kabul) en el marco de una guerra híbrida planteada contra Rusia, pero esta vez no planificada por Rusia; mientras Putin reflota a la OTAN, justo antes (pero a tiempo) de que se discuta el Nuevo Concepto Estratégico de la Alianza; mientras la OTAN reflotada por Putin no sabe muy bien cómo disuadir a Putin; mientras Rusia desengrasa sus armas nucleares, por si acaso; mientras Pekín mira los toros desde la grada; mientras los aliados de los EEUU en Asia-Pacífico temen que esa misma grada se les venga encima, sin que Washington haga nada porque China tiene armas nucleares; mientras los Estados europeos entregan armas a la parte débil, para prolongar una guerra que amenaza con devastar Ucrania, debilitando a los dos contendientes a la vez (a eso se lo conoce como bloodletting… pero no creo que los Estados europeos lo hagan a conciencia… aunque a la postre les beneficie… ¿idealismo o cinismo? Idealismo, creo); mientras Ucrania gana la guerra de la (des-)información a su antigua mentora, Rusia, de la que tantas cosas ha aprendido (en el fondo, se parecen mucho); mientras la historia recupera su brío en Europa Central (como tantas otras veces… ¿cuál será la siguiente?); mientras, mientras, mientras… mientras todo eso sucede, pienso: ¿Por qué (muere toda esa gente)? ¿Cómo (ha sucedido)? ¿Se podía haber evitado? Son preguntas retóricas, pero conviene compartir las respuestas.

La primera respuesta que me viene en mente es sencilla, y temo que algunos de mis lectores crean que reiterada. Pero merece la pena insistir: hace años, lustros, que desde Occidente hacemos gala de una visión del mundo etnocéntrica e idealista. Una visión que desincentiva el esfuerzo por comprender al otro. No estoy hablando de justicia, ni de moral, sino de realidades. Pero eso no significa que no pueda hablar de moral. Solo significa que eso no es suficiente para evitar las guerras.

Es cierto que, pese al esfuerzo de Putin por argumentar la invasión de Ucrania, dicha invasión no se sostiene en función de los parámetros de la teoría de la guerra justa. Aunque eso no es novedad: tampoco se sostenía en esos términos la invasión de Irak del 2003, liderada por los EEUU y desarrollada, en buena medida, en nombre de Occidente. Ninguna de las dos es justa porque, el mero hecho de que un Estado se arme, que eso genere sospechas entre los vecinos, y hasta que eso amenace el territorio de esos vecinos, no es razón suficiente para invadir al protagonista de ese rearme. No, desde luego, en la tradición de pensamiento que he citado. Pero sobre eso tengo hasta un libro escrito, exponiendo las características principales de los razonamientos morales en torno a las guerras.

Pero ahora no, no me refiero eso. Ahora me muevo, como en el artículo anterior, en el plano empírico. Me refiero, por consiguiente, a la cruda realidad que se impone, no porque uno no tenga sensibilidad por los temas morales, sino porque el otro (Rusia, en este caso) no la tiene. Cuando eso es así, la realidad remite a la geopolítica. Que nada tiene que ver con la moral. Podemos tratar de anular la lógica geopolítica utilizando para ello la moral. Pero… si hubiera muchos San Pablo cayéndose del caballo… no emplearíamos ese hecho como ejemplo de un milagro. Creo que me explico.

Si me explico, como creo, podemos pasar a la segunda fase: la geopolítica contiene sus propias reglas. Pero que, a pesar de todo (o precisamente por ello) mueve a los Estados. No por ser Estados. Lo hace, de la misma manera que los individuos pueden (y hasta suelen) desarrollar conductas que nada tienen que ver con la moral y sí con lo que consideran sus intereses. En nuestras sociedades, también hay individuos que vulneran la ley o que vulneran las normas morales al uso. O ambas cosas, cuando coinciden. Pueden acabar en la cárcel, porque hay policías, fiscales, jueces y centros penitenciarios. Es una inmensa fortuna que así sea (aunque, claro, lo ideal sería un mundo que no necesitara de esas cosas, porque todos fuésemos “buena gente”). Pero el derecho internacional no ha llegado a ese punto de maduración, Porque, entre otras cosas, no hay una policía mundial (léase: un ejército mundial). Ni se le espera.

Eso no depende de los deseos de una asamblea de alumnos de bachillerato o de la voluntad de un parlamento. Esto no va así. Los Estados siguen siendo los actores principales. No son ONGs y gastan el dinero de sus contribuyentes para asegurar sus propios intereses, no para pagar los errores de los demás. Y, si hasta dentro de cada Estado hay problemas, imaginemos lo que costaría crear una gemeinschaft mundial. No, … no existe eso de la ‘comunidad’ internacional. Es una ‘sociedad’, como mucho, con socios que se pelean entre sí.

Los datos sobre los apoyos rusos, en función de la reciente votación de la asamblea general de la ONU, son abrumadoramente desfavorables para Rusia… si los contamos por número de Estados. Pero no hay que lanzar las campanas al vuelo. Porque si sumamos la población de Rusia y Bielorrusia, China, India, Pakistán, Irán, Brasil y otros Estados que no avalan la crítica occidental a Putin y que apenas pueden disimular su simpatía por Rusia… sale más del 50% de la población mundial. Y, aunque es cierto que en esos países habría gente dispuesta a solidarizarse con Ucrania, no lo es menos que Putin tiene a gente dispuesta a apoyar su postura en Occidente. En todo caso, está claro que si China lo abandonara, Putin sí estaría perdido.

Personalmente, creo que Putin puede pagar su excesiva osadía, no solo al tratar de dominar un Estado entero, con sus más de cuarenta millones de habitantes. Porque esto viene de lejos: sus deseos de romper la UE o la OTAN, generando desavenencias entre Estados, e incluso dentro de cada Estado, le van a salir muy caras. Pero eso no es todo. Porque Rusia también puede hacer mucho daño. De hecho, lo está haciendo, en medio del lamento de los demás.

Entonces, ¿cómo evitar esa dinámica? Volviendo al origen, yo preferiría un mundo regido por criterios morales. Así como por el respeto a la legalidad, nacional e internacional. Un mundo en que los valores del estado de derecho pasaran por encima de las apetencias personales de cada quién. Pero vivo en éste. Y tengo que saber qué parámetros lo mueven, para actuar en consecuencia para evitar que proliferen esas vulneraciones.

El problema, dicho con otras palabras, es que tenemos la mala costumbre de identificar el “deber ser” con el “ser”. Queremos convertir nuestros mejores sueños en hechos. Pero la realidad es cabezota. Esa realidad que lleva siglos, milenios, operando en el mundo. Es decir, que es un poco más vieja que cada uno de nosotros. Y que, con toda probabilidad, nos sobrevivirá. Eso se nota (esa mala costumbre de confundir el “deber ser” y el “ser”) incluso, en los planes de estudios: el realismo cotiza a la baja, porque es antipático (eso seguro), acientífico (no más, y normalmente bastante menos, que sus alternativas académicas basadas en el ‘buenismo’). Pero, sobre todo, porque no dice lo que la gente quisiera escuchar. Ahí entran profesores (no todos y ahora, de hecho, no pienso solo ni principalmente en los de Universidad, aunque también en algunos de mis colegas), políticos (cada vez más… esto es tremendo), periodistas y tertulianos, en su rol (importante) de creadores de opinión.

El problema estriba en que, si nos negamos a analizar la realidad, nos negamos a disponer de las herramientas que pueden gestionarla. Creamos una burbuja de (falsa) felicidad. Y el último problema es que, quien viva en la realidad, tendrá siempre ventaja. Putin es parte de esa realidad. La dura realidad. Los discursos que se le oponen tratan de construir una realidad alternativa. Pero eso es solamente un proyecto de realidad que, hasta ahora, no cunde lo suficiente. Tras la primera guerra mundial vivimos un auge del pacifismo. Luego… vino la segunda guerra mundial. Vino, pese a la experiencia de las guerras del siglo XX y de otros siglos (y el modo en el que sacudieron nuestras conciencias) y… así hasta que la regresión alcance a Caín y Abel. ¿Qué eso no “debería ser” así? OK. Eso es tan evidente, que no suelo recordar que “no debería ser”. Porque cacarear lo evidente no ayuda mucho a avanzar. Dicho lo cual… como quiera que esto “es” así… la pregunta es ¿qué hemos hecho mal? Y, ahora… ¿qué hacemos y qué no? Ahora o la próxima vez que pase.

A la ONU ya la hemos descartado desde el principio (como gobierno mundial que no “es”, aunque la UNESCO, ACNUR y demás hagan su trabajo… claro, claro…). Llegados a este punto, todos los actores son conscientes de la futilidad de la ONU, precisamente cuando más se la necesita, es decir, a partir de su función originaria que debería ser terminar con las guerras, o eso nos contaron en el “cole” (sic). Sí conserva, claro, esa voz de la Asamblea General, con esa representación mayoritaria del planeta. Pero no sirve de mucho. También lo sabíamos. Esto forma parte de la esencia del problema, pero no me extenderé, para no perder el tiempo ni el espacio destinado a exponer cuestiones más interesantes. Simplemente, quiero recordar por última vez antes de meterme en el barro de la realidad que el derecho requiere de capacidad para imponerlo: requiere de coerción. Si no la hay, no hay derecho que valga. Eso afecta al núcleo duro del derecho internacional.

Yendo al otro núcleo duro, el de la realidad: decíamos en el artículo anterior que Putin piensa en clave geopolítica y no quiere que la OTAN llegue a las puertas de Rusia. O quizá, algún día, a las puertas de la propia Rusia. Los EEUU sostienen un discurso alternativo: ¿Por qué no llegar también a Bielorrusia, para empezar? (¡Hombre! Tampoco hace falta sacar pecho… cuando no tienes pecho que sacar). En este punto no seré nada original, sino que me sumaré a unas reflexiones planteadas por Mearsheimer en 2015, aunque las amplificaré para hacerlas más visuales:

¿Qué pasaría si Rusia -u otro día, quién sabe, China- se aprestara a incorporar a una alianza defensiva propia, llamémosle “Organización del Tratado del Atlántico Norte Ruso-Chino” u “Organización para la Cooperación de Shanghai Ampliada”, a Estados como Venezuela y Cuba?

¿Recuerdan, por cierto, la crisis de los misiles de 1962? ¿Qué pretendía la URSS? Que los EEUU quitara sus misiles de Turquía. Y así fue. Pero estuvimos a punto de llegar a una guerra nuclear. ¿Qué hubiera pasado si los EEUU no retiran esos misiles de Turquía?

Pero volvamos al ejemplo ampliado… Y si, además, Rusia dijera que su próximo objetivo es incorporar a Nicaragua (donde ubicaría un escudo antimisiles) para luego subir hacia México, aunque México nunca haya sido parte de su área de influencia. Y si además dijera que introduciría tropas, bases aéreas y navales, así como misiles de crucero en su lado de la frontera. Porque, de hecho, al final del camino, lo que incomoda a los firmantes de esa “OTAN-RC” o de esa “OCS-A”, son los propios EEUU. ¿Y qué tal si en Canadá sucediera algo similar? Y, ya puestos, ¿si sucediera al mismo tiempo?

A pesar de todo lo dicho, el problema no es que los EEUU digan que Ucrania puede ingresar en la OTAN. El problema es que los EEUU no siempre pueden garantizar la seguridad de los países a los que cortejan. Ya que, si los corteja sin garantizar esa seguridad, los estás arrojando a los pies de los caballos, como blanco de sus competidores. Entonces, la situación es objetivamente peor que la que existía antes de cortejarlos.

Sigamos… los EEUU no están por la labor porque, como ya he señalado en otros artículos, se trata de una potencia en decadencia. Decadencia lenta, pero difícilmente reversible. Y en Rusia lo saben. Lo saben pese a que su estado de salud tampoco es genial, como también destaco siempre que tengo ocasión: su PIB es apenas superior al nuestro, de manera que el sobreesfuerzo que deben hacer para mantener su gasto en defensa es superlativo. En China, también saben lo que pasa en los EEUU. Por aquí… no sé qué pensar… quizá todavía hay gente que piensa en clave de un mundo unipolar. Lo fue, lo fue, durante algún tiempo (no mucho, por otra parte) … Pero ya hace tiempo, mucho tiempo, que no lo es. Después de lo que estamos viendo en Ucrania, quizá los rezagados cambien de opinión (o no). Pero, cambien o no de opinión, esa es la realidad (la realidad no va a cambiar por ello, ni por ellos).

Lo demás, es la versión del ‘mundo feliz’ diseñado por Washington… hace 30 años (cuando el mundo era unipolar). El problema es que las cosas han cambiado desde la implosión de la URSS. De ahí la dejación que se ha hecho de Ucrania. Ucrania quiere entrar en la OTAN para estar más segura y Rusia la invade porque Ucrania quiere entrar en la OTAN. Con lo cual, a fuer de estar insegura, está invadida. Eso es una versión refinada del dilema de seguridad. Nada nuevo bajo el sol.

Mientras, los líderes ucranianos viven en su propio “mundo feliz”, estimulados por un gobierno que tampoco quiere saber nada de la geopolítica (¡La suprema felicidad!) y creen que los EEUU los defenderán de Rusia (o lo creían, hasta hace poco). Pero los EEUU son un Estado que vela por sus propios intereses. Esos intereses no son los de Ucrania. De modo que Washington asume que los costes sociales, económicos, militares y políticos de una guerra a gran escala contra Rusia serían prohibitivos. Y, de paso, asume que esa guerra podría extenderse a otros Estados europeos… de los que en Washington no se fían mucho.

Ahora bien, si los talibanes los han hecho correr en Kabul… quedando los socios europeos en Afganistán en fuera de juego… (en Europa. solemos vivir en posición antirreglamentaria permanente, cada vez que se discute de algo que no tiene que ver con la economía). Entonces, dados esos antecedentes… ¿qué podría pasar en un choque a gran escala cuando además de milicias prorrusas, hay que contar con la oposición de una potencia militar convencional y nuclear? Potencia militar no exenta de apoyos… porque China mediará, sí, pero… si la OTAN entra en juego, militarmente hablando… Pekín podría arreciar en su apoyo a Moscú, sin ambages.  

El realismo va de eso… te advierte que tengas cuidado con los ‘mundos felices’, y con la traslación del “deber ser” a lo que “es” la realidad. De modo que, contra lo que la gente suele pensar, invita a la prudencia (es verdad que algunas subescuelas más que otras). El realismo tiene mala fama porque advierte de la causa de las guerras.

Pero la cuestión es todavía más compleja. La guerra de Ucrania ha comenzado, superando las fronteras de la zona gris en la que se vivía de facto desde hace años (aunque lo del Donbas era una guerra híbrida iniciada en 2014 y nunca terminada), porque ha fallado la disuasión. Y la disuasión ha fallado, porque ha fallado la credibilidad de los EEUU (y, por extensión, de la OTAN, que es más bien poco sin los EEUU). En realidad, la credibilidad no es un adverbio de la disuasión. Es parte de su definición. Del mismo modo que el hidrógeno no es un adverbio del agua: sin hidrógeno, no hay agua. Así de simple. Vamos avanzando.

Entonces, ¿de qué sirve el mejor de los arsenales si el otro -el antagonista- sabe que no se está dispuesto a utilizarlo? Pues… no sirve de nada. Es lo que Putin ha estado leyendo en los labios, en los gestos y, por si había alguna duda, en las declaraciones de Biden y de su secretario de Estado en las conversaciones previas a la invasión de Ucrania. Ese secretario de estado que elogia, con razón, la heroicidad del pueblo ucraniano.

Como decía Kenneth Waltz, hace ya 68 años (nos ha dado tiempo a leerlo), las guerras tienen una causa inmediata (en este caso, la intención rusa de agredir) y una causa subyacente (en todo caso, la incapacidad del sistema político mundial para disuadir al potencial agresor). Como Waltz ya sabía que la ONU no sería un gobierno mundial, esa posible disuasión queda para los demás Estados. Pero creo que las intenciones rusas han ido creciendo con el paso de las semanas, a medida en que Biden daba muestras de debilidad. Estoy convencido, tal como dije en el artículo anterior que, si Putin hubiera entrado en Ucrania semanas antes, sin advertir nada a nadie, y sin dejar que los ucranianos se prepararan y se mentalizaran, ya habría cubierto sus objetivos. Cuestión distinta es que hubiera provocado una guerra híbrida, de largo recorrido, en su contra. Y lo planteo cuando me cuento entre los que pensaban que la intervención militar más probable, de producirse, sería mucho más limitada en el espacio. Sin embargo, con Biden haciendo de secretario general de la ONU (entiéndase metafóricamente) a Putin se lo pusieron demasiado fácil.

De nada sirve decir que no se puede frenar a un líder megalómano que gobierna una autocracia. Porque eso es falso. Sin ir más lejos, se está parando (visto lo visto, de momento) al líder de Corea del Norte. Tiene pinta de ser megalómano y autocrático (en ambas cuestiones, más que Putin). De hecho, gobierna con mano de hierro el régimen más totalitario, a fuer de dictatorial, del planeta tierra (en eso sí parece que hay consenso). Y, pese a que el coreano también dispone de armas nucleares, de ánimos expansionistas o irredentistas (como se prefiera) … está contenido.

Ese discurso según el cual las democracias no hacen la guerra, salvo en legítima defensa, es apenas una verdad tendencial, no absoluta (las democracias del siglo XX han hecho montones de guerras coloniales que difícilmente podrían ser consideradas como ejercicio de la legítima defensa). Pero tampoco es cierto lo contrario: que las dictaduras están condenadas, por alguna suerte de ley de la gravedad, a hacer la guerra. No hay nada inevitable. Pero puede que no se evite, si no se adoptan las medidas oportunas para ello.

Este debate tiene su enjundia. Lo de que el mundo está distribuido en dos “equipos”, el de las democracias y el de las dictaduras, es demasiado esquemático. Lo que menos abunda en el mundo son las democracias (desde luego, en el sentido de Rousseau, quizá no haya ninguna). Pero tampoco hay tantas dictaduras. En el sentido de la Alemania nazi o de la URSS de Stalin o de la China de Mao… solo se acerca la propia Corea del Norte, y quizá Eritrea que, eso sí, sospechosamente, están entre los cinco únicos Estados que han votado en la asamblea general de la ONU contra la condena a Rusia.

Más bien, los diversos regímenes políticos están ubicados en un continuum. Unos son más democráticos que otros (Rusia, está entre los que menos, desde luego). Pero es que ni Kant -el gurú de la paz perpetua- aspiraba a democracias perfectas. Aspiraba a una paz mundial, a través de facilitar las relaciones comerciales entre Estados (incluso entre antagonistas) y a través de la expansión de estados de derecho: “repúblicas” (las monarquías parlamentarias son repúblicas, a esos efectos).

En ese sentido, Lavrov no va a sugerir a su líder el empleo de armas nucleares por las sanciones económicas (lo que no significa que no lo sugiera por otras cosas). Pero intuye que, cuando la interdependencia se rompe, hay (aún) más motivos para la guerra. O para otras guerras.

¿Por qué planteo esta reflexión? Porque el carácter de un régimen no es el único factor determinante (ni quizá el más importante) a la hora de ir o no a la guerra. Si lo fuera, la tercera guerra mundial ya habría comenzado, previo ataque de Corea del Norte a Corea del Sur y a partir de las implicaciones posteriores en el conflicto (comenzando por la de los EEUU y siguiendo con China).

¿Por qué no ha comenzado esa gran guerra? Porque la disuasión sigue funcionando. ¿Por qué sigue funcionando? No es solamente cuestión de balances militares. La disuasión contiene siempre un cálculo de intenciones. Y ahí, en ese escenario, prima la vieja lógica: Corea del Norte teme ser duramente castigada, militarmente (económicamente ya lo está, porque se castigan solos). El día que deje de temerlo, las opciones de que se inicie una guerra crecerán exponencialmente. Ahora bien, si se le paran los pies a Corea, también se podía lograr con Rusia.

Se podía, sí. Pero si algún día Biden le dice a Corea del Norte, que no hará nada por Corea del Sur, que retirará sus tropas de ahí (total, Corea del Sur no es miembro de la OTAN, ¿verdad?) y que, eso sí, reforzará sus fuerzas en Filipinas, en Japón y hasta en Singapur, pues… nada… ¡gracias por el notición! (dirá Kim Jong Un). De hecho, hace cuatro días Corea del Norte ha lanzado un misil balístico, aprovechando el estado de desconcierto en el que se hallan los EEUU… y que las elecciones en Corea del Sur están cerca… y que en Ucrania llueven chuzos de punta. En fin, como para seguir leyendo cuentos en los que el hada madrina sostiene un cartel de “No a la guerra”.

Para continuar, una obviedad… por si acaso todavía no se entiende. La disuasión no es un tipo de guerra: es lo otro de la guerra. Es lo que la evita. Así será mientras no nos llevemos todos como hermanos. Esto queda un poco hortera, pero es lo que hay: Fratelli Tutti, es el título de una reciente Encíclica del Papa Francisco, como si su olfato se hubiera activado antes de tiempo… como si temiera que algo iba a salir mal. Pero, claro, este hombre es un Papa. No hay que escucharlo mucho (estoy ironizando): ¡son más divertidos los cuentos de hadas! Sin embargo, aunque una mediación en la que se implicaran el Papa y los patriarcas ortodoxos sería muy complicada de articular (la Iglesia ortodoxa rusa no es muy amiga del Papado) tendría más efecto que miles de manifestaciones que el Kremlin da por descontadas. Pero estamos ante el problema de una guerra ya comenzada.

Así que, volvamos al hilo principal. Porque el interés de este artículo reside, sobre todo, en evitar que estallen guerras. Malo es que tengamos que ver cómo terminar con las que ya han comenzado. Entonces, estábamos en que, si la disuasión falla, la guerra comienza. ¿Es triste? OK, lo compro. Pero la alternativa está muy lejos de ser cierta y la próxima guerra puede comenzar mañana. Esto lo ve hasta el líder ucraniano, que hace poco no creía que su país podía ser invadido por Rusia, y ahora nos advierte que los próximos podemos ser los demás.

Algunos hemos teorizado sobre la zona gris, como escenario más probable para dirimir conflictos por debajo del umbral de la guerra. Son conflictos, pero no son sangrientos o, si lo son (que a veces lo son), al menos se trata de una violencia de baja o de muy baja intensidad. Ahora bien, el requisito para que eso sea así es que la disuasión funcione. Hablamos de zona gris cuando la disuasión sigue haciendo su trabajo. Partimos de esa premisa. Por eso, incluso en zona gris, es tan importante el control de la escalada bélica. Por eso (entre otras cosas, pero sobre todo por eso) el papel de las fuerzas armadas es tan importante en los escenarios de zona gris. Incluso para monitorizar el devenir de cada zona gris. De nuevo, no como adverbio (me refiero al papel de las fuerzas armadas), sino como parte de la definición de la zona gris.

¿Cuál es el problema? Que la disuasión también es una palabra antipática. Que suena mal a los oídos de nuestros conciudadanos. Claro. ¿No podríamos vivir felices y comer perdices, en vez de estar disuadiéndonos? En realidad, no es incompatible. En realidad, en el mundo en que vivimos, para vivir felices, es mejor disuadir a terceros, no sea que se espanten las perdices.

La disuasión es antipática, también, porque exige un esfuerzo militar importante. Esfuerzo sobre el que se pueda sostener la credibilidad de quien disuade a terceros. La partícula de oxígeno es el otro componente del agua. Sin ella, tampoco hay agua. La credibilidad no opera en el vacío. Puedes no tenerla, teniendo unas fuerzas armadas poderosas. Pero no puedes tenerla sin ellas.

Claro que la disuasión es… (entre otras cosas) gasto en defensa. Algunos dirán, nada, nada… demasiado caro. Quiero gastar en sanidad y en educación. Primera reflexión: eso, tampoco es incompatible. Suecia, casi siempre es citada como modelo de welfare state. El modelo sueco, a fuer de ser tan “bueno”, contiene cosas discutibles, entre anomias y ancianos que mueren abandonados en casa -sin familia, a la que tampoco necesitaban (sic)-, pero, eso sí, cobrando su pensión hasta después de muertos (por definición… si nadie se entera de que han muerto). Pero no nos despistemos, que ahora hablo de dinero. Es decir, Suecia tiene fama de gastar mucho en sanidad y educación, pero, al mismo tiempo, el coste de su defensa que le toca pagar a cada sueco es el doble del que le toca pagar a cada ciudadano español ¿Cómo lo hacen? Otro día lo explico. Queda claro, en todo caso, que otro de los discursos simplistas al uso cae por su propio peso.

Más cosas respecto a los costes de la disuasión. Cuando seamos plenamente conscientes del efecto-rebote de las sanciones económicas (suponiendo que se prolonguen en el tiempo) o, simplemente, de la guerra en sí (carestía del maíz y del trigo, que se producían en Ucrania, por ejemplo) y cuando echemos números… pues quizá ese gasto en defensa, orientado a la disuasión, sale más a cuenta que lo que se nos viene encima. Por no hablar de lo que la conciencia de culpa occidental para con Ucrania también conllevará en lo que se refiere a la reconstrucción de Ucrania, etc. Es decir, a veces lo barato sale caro (unas fuerzas armadas que no sirvan para disuadir) y lo caro sale barato (unas que sí sirvan para ello, de modo que luego no haya que sufrir los efectos económicos colaterales de las guerras). Y, de paso, ahorramos en sustos, en muertos, y en desazones.

Pero los que están contra (todas) las guerras, o contras las armas (como si los hutus y los tutsis necesitaran armas para matarse entre sí) entienden que nada de eso es verdad y que es mejor manifestarse contra las guerras. Ya. Pues vale, a manifestarse. En serio, no hay problema. Aunque… tampoco grandes beneficios.

De hecho, esas manifestaciones son la mejor imagen del fracaso de sus convocantes. Lo son, por definición: porque se manifiestan cuando ya hay guerra. Y aquí estamos hablando de evitarla. Es decir, por una parte, no suelen servir de gran cosa cuando la guerra ya está en marcha (eso dice la experiencia histórica, no hablo de opiniones personales). Pero el principal problema de los pacifistas no es que sus clamores no sirvan mañana, cuando la guerra ya ha estallado. La cosa es peor. Porque el discurso del “No a la guerra” no ha sido útil para lo que todos deseamos: evitar que estalle la guerra. Pero, todavía más, puede ser útil (pese a la buena fe, que no discuto, de sus adalides) para que haya más guerras.

¿El pacifismo, como el mejor amigo de las guerras? ¡No, qué barbaridad es esa! ¿¡Por qué!? Pues porque debilita la capacidad de disuasión. ¿Por qué la debilita? Porque contribuye a disminuir la credibilidad de los Estados que deberían ejercerla. ¿Por qué disminuye? Porque los líderes de esos países tienen que presentarse a las elecciones en una sociedad que no quiere saber nada de las guerras. ¿Y por qué deberíamos querer saber algo de las guerras? Porque es la única forma de que el otro, el potencial agresor, sea consciente de que se está dispuesto a responder militarmente (¿recuerdan el tema de la credibilidad?). ¿Y por qué debo llegar a ese extremo? Porque si no estás dispuesto a responder militarmente, el otro se aprovechará de ello y lanzará su ataque, a sabiendas de que no habrá respuesta. En este punto, algunos dicen, ¡bah, no pasará! Pero… ¡está pasando! ¡Otra vez!

Es decir, por paradójico que pueda parecer, el mejor modo de evitar la guerra es estar dispuesto a hacerla. Si no estás dispuesto a hacerla, la tendrás que hacer. Pero, además, en el momento y en los términos que el agresor escoja. Y, a fuer de disminuir tus fuerzas armadas, tendrás que enviar a la muerte a tus civiles.

Pero siempre te quedará recordar, por supuesto, que el “otro” mata a tus civiles. Sin reparar en que esos civiles también te pueden pedir cuentas a ti. Porque, si algo dejó claro la tradición de la guerra justa es que resulta fundamental distinguir entre militares y civiles; entre combatientes y no combatientes. Cuando esa frontera se diluye entramos en la guerra partisana (como diría Carl Schmitt) y ahí deja de haber reglas que valgan. No es buena señal.

La situación de Ucrania es muy complicada. Pedirles a los civiles que empuñen fusiles o lanzagranadas anticarro se parece a la movilización que Hitler ordenó a los alemanes, para defender Berlín con sus vidas, hasta el último aliento. Los rusos -por cierto, ellos fueron también los que asediaron Berlín- perdieron decenas de miles de soldados en esa sola batalla (pero les daba igual). Con ello, arrasaron la capital de Alemania, dejaron centenares de miles de viudas y de huérfanos y la ciudad hecha trizas. Murieron montones de civiles, a no ser que consideremos como militares a los miembros del Volkssturm (así era, de hecho, jurídicamente hablando). Ahora bien, entonces la URSS era simpática, no tanto por sus méritos (objetivamente, Stalin era bastante más sanguinario que Putin) como por las características del enemigo. Pero ese es otro debate. ¿Vamos a eso? Y, ¿quién decide eso? No digo que esa no sea una opción, muy interesante. Digo, como siempre, que quien toma una decisión, debe asumir sus consecuencias.

Todo lo que he comentado hasta ahora, lo planteo sin contar con el factor de fragmentación social que estas dinámicas incorporan (aunque ya lo he insinuado, al aludir al enfrentamiento entre ucranianos). Autores como Schweller apuntan que esa fragmentación inhibe la capacidad misma (no solo la voluntad, que es a lo que me he referido hasta ahora) que tiene un Estado para balancear o equilibrar el poder de los antagonistas. En su caso, a través de su incorporación a alianzas defensivas.

Esa es, por cierto, la auténtica ley de la gravedad de las relaciones internacionales: esa capacidad para balancear, de modo creíble (aunque eso sea pleonástico, ya que el equilibrio de poder es una forma de disuasión). Por lo demás, si bien los realistas de hoy son los más proclives a este argumento… el primer autor en emplear la metáfora de la ley de la gravedad para referirse a estos temas fue… nada menos que Rousseau. Sí, el padre de la democracia ‘perfecta’ (tan perfecta, que las minorías lo iban a pasar mal). Demócrata a machamartillo, pero realista, en el fondo. O sea que… no es incompatible.

La fragmentación social es una variable importante. Ucrania es compleja. En efecto, hay ruso-hablantes en el Este de Kiev que se sienten ucranianos y que no quieren saber nada de la invasión. Aunque otros ruso-hablantes estén apoyando la invasión. Ocurre que también hay ucranianos que no hablan ruso (o que no lo hacen normalmente), pero que son prorrusos. Incluso los hay en Kiev. Algunos de ellos acabarán hartos de Putin tras este conflicto y, por extensión, acabarán hartos de Rusia. Sin duda, tras esta invasión, Rusia perderá parte de los apoyos con los que contaba en el interior de Ucrania hace apenas una década. Pero tampoco sería raro que muchos de ellos culpen al gobierno de Kiev por su imprudencia, o por su candidez, o por su incompetencia, en la gestión del conflicto, antes de la invasión, o incluso después de la misma. Aunque los que tengan esta perspectiva, de momento, no hablen. No es su momento.

Por el momento, el presidente de Ucrania soporta en solitario la presión rusa (eso es verdad), mientras los EEUU y la OTAN lo han abandonado a su suerte (eso es verdad), y cuando Rusia ha vulnerado el derecho internacional (eso es verdad). Entonces, a Zelensky ya se lo podemos perdonar todo (eso, no es verdad).

Eso no obsta a que, si finalmente alguna mediación funciona y Rusia retira sus tropas, al líder ucraniano le puedan dar el Nobel de la Paz. Obama lo consiguió, pese a ser el presidente de los EEUU que ordenó más ‘asesinatos extrajudiciales’ -como suele decirse- mediante el empleo de drones… y además en suelo ajeno. Porque Obama tenía sus adeptos en el mainstream mediático. Eso es lo que cuenta. Zelensky también está bien posicionado. Pero un análisis más frío, con más recorrido, podría cuestionar esa imagen, por otra más temeraria.

Para ir concluyendo, si los EEUU hubieran enviado tropas a Ucrania, así como otros aliados europeos, lo más probable es que las tropas rusas no hubieran entrado en Ucrania. O que hubieran desarrollado una operación muy, muy limitada (lo pongo con dos “muys”) en el territorio (evitando el contacto con esas tropas de la OTAN y de los EEUU), para consolidar la posición de las zonas que ya dominaba, de facto, en el Donbas (y, por supuesto, en Crimea).

Pero ya he dicho en mi anterior artículo que puedo entender que no se envíen tropas, dada la distribución de fuerzas y la mentalidad occidental. Me hubiera conformado con una mayor contundencia de los interlocutores de Putin a la hora de hacerle ver que no se iba a dejar sola a Ucrania. Las señales fueron inadecuadas. Ahora que la guerra ya ha comenzado, es complicado optar por esa vía, debido al riesgo de escalada. La opción de enviar armas es discutible. No hablo de política, sino en clave militar. La llegada de armas en beneficio de la parte más débil de un conflicto es lo que permite alargarlo. Pero no necesariamente cambiar el signo de las hostilidades.

Esto acaba siendo un bloodletting, con el que se desgastará a Rusia. Pero a costa de Ucrania, que será la que sufra todo el desgaste directo de la guerra. La defensa numantina de las ciudades puede ser otra mala decisión para Ucrania, pese a las apariencias. Porque, si bien es cierto que las guerras híbridas de hoy se libran en las “selvas urbanas”, el coste que debe soportar la parte más débil es terrible. Es una opción, pero, de nuevo, conviene tener en cuenta sus consecuencias antes de tomar las decisiones pertinentes.

El caso es que no hemos sabido ejercer la disuasión, por falta de credibilidad. Por políticos atrapados en la retórica de lo “políticamente correcto”. Retórica que nos conduce donde estamos ahora. Me preocupa el caldo de cultivo (social) que sesga nuestro liderazgo político de ese modo.

Ahora nos quedan las sanciones económicas y las manifestaciones. Con la guerra comenzada, con el riesgo de escalada, quizá nuclear, las demás opciones podrían salir mal. Si Putin se llegara a ver como un gato encerrado en una habitación, y recibiendo todo tipo de palos, sería más razonable abrir una ventana, aunque sea modesta. De lo contrario, sus fuerzas armadas pueden arrasar Ucrania. Sería su peor fracaso. La habría perdido para siempre. Pero el daño ya estaría hecho.

Por lo demás, no se puede pretender que Ucrania entre en la UE y en la OTAN sin asumir las consecuencias de eso, en un mundo que no es el “mundo feliz”. O estamos por la labor, o buscamos un plan B que sea honroso (aunque no ideal). En mi opinión, tal como está la situación -tal como está, no diré que desde 1991, pero sí desde los primeros años del siglo XXI- la OTAN no debería provocar a Rusia con incorporar a Ucrania (y menos todavía a Bielorrusia). Fuera de la OTAN también hay vida. Y existen diversos estatus en el mundo de la geopolítica, ya ensayados, que permiten garantizar la seguridad de Estados que, muy a su pesar (puedo entender eso) acaban siendo buffers o acaban siendo neutralizados. Pero, si la OTAN decide integrar a Ucrania, debe asumir lo que ello implica. Y no de boquilla. También militarmente, en lo concreto y en los riesgos potenciales. Y lo tiene que asumir desde Washington, pese a que hace años que los EEUU miran preferentemente a Asia-Pacífico. Pero también desde las capitales europeas. Porque con buenos discursos no habrá suficiente, ni mañana, ni en las próximas décadas. Rusia, Ucrania, Polonia, Alemania, los Bálticos, Finlandia, los Balcanes, el Cáucaso… esos Estados seguirán estando en el mismo sitio de siempre y los conflictos a enfrentar en clave geopolítica, serán también los mismos de siempre.

En esta línea, algunos expertos como Cordesman, apuntan que la OTAN tiene que re-pensarse. Tenemos una buena ocasión en la discusión del Nuevo Concepto Estratégico. La necesidad de re-pensarse está en la base de la agresión rusa. Ha detectado síntomas de debilidad, no solo en las voluntades. También, probablemente, en la capacidad para desarrollar una guerra a gran escala. No es solo, insisto, un tema militar.

Alemania está tomando buena nota de ello. Aunque tarde, ya lo está haciendo. Los demás… no lo tengo tan claro. Y eso es perentorio. Porque lo cierto es que la Rusia de Putin no se va a conformar fácilmente. Sabemos que la hemos arrojado a los brazos de China. No era la única posibilidad. La otra pasaba por llegar a acuerdos sobre su papel en Europa, sin apretarle las tuercas, para balancear (entre todos) a China. Lejos de eso, ahora mismo los EEUU tienen como rivales tanto a China como a Rusia. Mientras China y Rusia van de la mano (veremos si la marcha de la guerra debilita esa alianza) hemos constatado, asimismo, que la larga relación de Rusia con India sigue operativa (pese a que China e India no se lleven bien). Tan sólida es esa relación que ha pasado inadvertido que India y Pakistán han votado lo mismo en la asamblea general (parte de la explicación radica en que Pakistán se está convirtiendo en un proxy de China).  

Todo esto puede ser dilatado en el tiempo. Rusia es lo que Sartori denominaba como ‘sistema de partidos hegemónico’. Es decir, ni democracia, ni dictadura. Un sistema, aparentemente pluralista, pero que a la hora de la verdad funciona en modo autocrático. Putin lleva veinte años en el poder. Pero en México, el PRI gobernó durante setenta años con ese mismo sistema de partidos. Si la guerra de Ucrania se transformara en una guerra híbrida, ‘a la afgana’, ese desgaste podría ser el principio del fin de su régimen. Pero ni siquiera eso es seguro. Putin aplastó a los separatistas chechenos. Y de eso no hace tantos años. No creo que Putin caiga en la trampa de un conflicto enquistado al Oeste del Dniéper. Por eso ha advertido a Macron que la situación puede empeorar.

Josep Baqués

Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Barcelona y director de la Revista de Estudios en Seguridad Internacional

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