Global Strategy Report, 8/2022
Resumen: El conflicto de Ucrania tiene muchos resabios de déjà vu. Vuelven a la memoria la Europa de 1938 o la intervención rusa de 2014. Pero también otros debates, como el que versa sobre el pulso entre los Estados (las grandes potencias) y las organizaciones internacionales; el que versa sobre los modos de hacer la guerra o de no llegar a ella. E incluso el debate que subyace a todo lo demás, entre el realismo y el idealismo, en sus diversas vertientes. Conviene tomar nota de todo ello, porque la historia no se ha detenido y nos espera un futuro nada pacífico.
Para citar como referencia: Baqués, Josep (2022), «De Ucrania y de Rusia. Reflexiones estructurales y lecciones aprendidas», Global Strategy Report, No 8/2022.
Las potencias y las organizaciones internacionales
Rusia entiende, y siempre lo ha hecho así, que Ucrania es parte de su línea defensiva. Eso se puede vestir de muchas maneras, siendo la más contundente que Ucrania es la cuna de Rusia (no entro en otras consideraciones de orden histórico acerca del Rus de Kiev como embrión de la Rusia actual, aunque no estaría de más en un análisis más dilatado). Pero no quiero confundir al lector, porque esa apelación de corte pan-ruso ni siquiera es esencial para entender lo que está sucediendo.
Esa percepción rusa no es aleatoria, en función de la orografía centroeuropea y de las líneas de avance de Napoleón, de Hitler y, de modo más sutil -es verdad- de la propia OTAN. Así era en tiempos de los zares, de los bolcheviques y de Putin. Lo sabemos todos y también lo saben en Ucrania. Eso se llama geopolítica. Un enfoque prevalente en las relaciones internacionales. Algo que no es científico, según los científicos. Pero ya sabemos que la ciencia no lo explica todo, que muchas veces explica cosas fútiles, y que otras aproximaciones, con menos ‘etiqueta’, son necesarias para entender lo que ocurre.
Dicho lo cual, llama la atención que el futuro de Ucrania lo estén decidiendo, básicamente, los rusos y los ‘americanos’. De hecho, ese lenguaje suena añejo, pero es actual. Los hechos lo demuestran. Podría ser la ONU, podría ser la UE, podría ser la OSCE (aunque a estas alturas estoy a punto de entrar en esos cuentos de hadas que tanto me (dis)gustan). Pero son los rusos y los ‘americanos’. Por una parte, déjà vu. Por otra parte, éxito de Putin, no solamente pensando en el mundo (donde eso es más discutible) sino, sobre todo, pensando en su propia población. Pase lo que pase, ha devuelto a Rusia al primer plano, que es uno de sus acicates electorales. Eso no es óbice para que la aventura le salga mal o, lo que es más probable, regular. Solamente demuestra el carácter complejo de cada decisión que toma un estadista.
Que la competición estratégica entre grandes poderes había vuelto es algo comentado en Global Strategy mucho antes del inicio de la actual crisis de Ucrania. Pero siempre es interesante recabar pruebas de ello, aunque sea a costa de la tensión que ello genera. Nótese bien, el sentido de esa competición, que lo es entre grandes poderes (también conocidos como Estados) radica, asimismo, en el limitado papel de las organizaciones internacionales. Kant no ha muerto, pero su salud es precaria. El realismo no ha noqueado al institucionalismo, pero lo tiene contra las cuerdas. Mientras que el socialconstructivismo puede ser más útil para explicar la narrativa de la enemistad que la de la amistad, e incluso que la de la rivalidad. Pero, al fin y al cabo, eso es lo que advierte el propio Wendt en su obra Social Theory of International Politics (1999). Es importante que algunos vayan cambiando las gafas con las que ven el mundo, porque el modelito de gafas más posmoderno quizá no sea el que tiene la mejor graduación, o la más adaptada a la miopía persistente. Creo que en Occidente la gente (la mayoría de la gente) lleva puestas unas gafas virtuales, que no reflejan lo que son las cosas, sino lo que el observador quisiera que fueran las cosas. Mal vamos.
En efecto, ¿qué papel ha jugado la ONU en este entuerto? No será que no lleva meses fraguándose el problema. Asimismo, ¿cuándo se ha visto a la UE como interlocutor de alguien en este conflicto? Borrell busca con ahínco el espacio adecuado para ello, pero… para que eso sea suficiente le tienen que seguir los Estados (de aquí y de allí). Eso es lo más complicado. Siempre lo ha sido. Pero, incluso, a mayores, ¿qué papel ha jugado la OTAN, entendida como tal? Stoltenberg ha “acusado” a Rusia de querer retroceder en el pasado y restaurar sus antiguos espacios de influencia, como un eco de la URSS. Pero eso no es una acusación, es una definición y, a ojos rusos, casi un elogio. Aunque desde Moscú nos dirán que tenemos la piel muy fina y que se conforman con bastante menos: con una pequeña porción de lo que fue su Imperio y que, en clave histórica, ha dejado de serlo desde hace muy poco tiempo.
Pero eso no significa que todo les vaya a salir bien. También los británicos atacaron a los Estados Unidos en 1812, le pegaron fuego a la Casa Blanca, se adueñaron de enclaves en la costa Este, etc… pero eso no devolvió a los Estados Unidos, donde mucha gente todavía se sentía británica, al redil de la Corona.
Volvamos al hilo fundamental: los papeles corresponden (siguen haciéndolo) a los Estados. O, mejor dicho, a algunos de ellos (a pocos de ellos). Biden y Putin; Putin y Macron; Johnson y Putin; los líderes bielorruso y ucraniano en medio de todo ello y de todos ellos, cada cual a su lado del tablero. Y Alemania sacando la cabeza de vez en cuando, pero no tanto, porque sus relaciones con Rusia habían mejorado en demasía (no es tan usual que un excanciller haya llegado a una de las principales empresas públicas rusas del sector de los hidrocarburos) y ya no está dispuesta a limitarse a jugar el rol que le reservó la OTAN en la Guerra Fría, cuando integró a la República Federal Alemana, en parte para controlarla mejor y en parte como parapeto del resto de aliados. Ya veremos lo que dura la no-apertura del Nord-Stream 2, cuando vean que Rusia tiene más alternativas que Occidente.
¿Todo eso es noticia? No. Detalles schroederianos al margen, es lo normal. Regresamos a la normalidad. ¿Es eso bueno? Ni bueno, ni malo (en todo caso, es opinable). Lo malo sería ignorarlo, para reemplazarlo por desideratas (eso, no es opinable). ¿Entonces? Como apuntan Ikenberry o Snyder, las organizaciones internacionales no son irrelevantes, pero tampoco tienen el tipo de relevancia que les asignan los idealistas. Mientras que, si tienen la que les asignan los institucionalistas (por ahí asoma el primero de los autores citados) lo es en el sentido originario expuesto por March y Olsen en su obra El nuevo institucionalismo: el redescubrimento de las instituciones (1984), que poco tiene que ver con idealismos: suelen ser testaferros de las potencias que las lideran y/o elementos útiles para disciplinar a los Estados miembros que no lo hacen. Lo demás, es parte del derecho internacional, pero no de la realidad de las cosas.
¿Qué sucede en Europa?
Otra de las lecciones tiene que ver, también, con el debate entre el realismo y el idealismo de Kant. Pero de un modo más incisivo, si cabe. Porque el discurso típico de gobiernos occidentales y de tertulianos (con alguna excepción) es el de: “¿quién es Rusia para decidir por Ucrania si debe entrar o no en la OTAN?”, o bien, el más directo y exagerado, planteado como afirmación: “Si Ucrania quiere entrar en la OTAN, debe poder hacerlo”. Entonces, ¿qué decir al respecto? Bueno, para empezar, yo diría lo de “¡Dónde hay que firmar!” Y de ese modo me alinearía con el mainstream, que siempre ofrece una buena sombra y siempre queda bien. Pero, pero, pero… si lo hiciere, haría dejación de funciones como analista de la geopolítica. Porque eso dista de ser obvio. Demasiada sombra es penumbra.
Para empezar, en la OTAN no entra quien quiere, sino quien puede. Es decir, la OTAN es un club privado (a no confundir con una ONG, valga el sarcasmo). No existe algo parecido a un derecho subjetivo de terceros a entrar en ella, de modo que los Estados miembros pueden acceder a que otro ingrese, o no. Es decir, en puridad de conceptos, nadie tiene “derecho a” ingresar en la OTAN. En este sentido, la ampliación de la OTAN generada por el final de la Guerra Fría vino propiciada por impulso interno, a partir de la euforia fukuyamiana que, a fuer de contener tics kantianos, era más bien hegeliana. Fukuyama confundió el final de la Guerra Fría con el final de la historia, que fue el título de su obra de referencia (1989) de la que más adelante renegó, al menos en parte.
Era la crónica de un fracaso anunciado de antemano por los gurús de la filosofía de la ciencia y de la historia, como el Popper que escribió La sociedad abierta y sus enemigos (1945), un libro tan bueno, que no encontró editor en los Estados Unidos. Pero de la cultura de la cancelación y esas cosas tan ‘americanas’, hablaremos otro día (canceladores, los ha habido en todos los lares). Karl Popper, fue el fustigador por antonomasia de las teleologías, siempre estrelladas contra la realidad. No en vano, Hegel creyó vislumbrar el final de la historia tras la derrota de Napoleón, en 1815, y Marx, cuyas visiones eran más frecuentes, creía tocar con la yema de sus dedos el final de la historia cada vez que estallaba una revolución (1848, 1870). Así que no es raro que las mentes más ‘lúcidas’ de nuestro tiempo atisbaran ese final en 1989 o en 1991… con el mismo resultado.
Con todo, y con algo de compasión intelectual, esa tendencia fukuyamiana todavía puede explicarse en el contexto de los años 90, en los que se hablaba de un mundo unipolar (Krauthammer, 1991 o Mastanduno, 1999, o Brzezinski, 1997, dixit… aunque todos ellos, con mayor o menor énfasis, también advertían de la temporalidad y de la evanescencia de ese estatus). Pero, pasada la euforia inicial, la constatación de la resiliencia rusa, la constatación del auge chino, la constatación del lento pero progresivo desgaste de los Estados Unidos, y la constatación del carácter crecientemente pirandelliano de las potencias medias europeas, que se parecen cada vez más a esos personajes en busca de autor… hubieran requerido, como poco, de una dosis de prudencia de la que no se hizo gala en 2008, ni en 2013.
Entonces, ¿Por qué animar también a Ucrania a entrar en la OTAN? Bueno, bueno… recordemos cosas: en realidad, en el sueño fukuyamiano, concomitante con el kantiano, la expansión del ‘mundo libre’ debería haber llegado a… ¡la propia Rusia! Una Rusia que, con Yeltsin a la cabeza, entonces se mostraba receptiva. Entonces sí, pero parece que Yeltsin no era muy del agrado de los rusos (de su mayoría). De modo que el euroasianismo de Duguin frenó eso, mientras Putin otorgaba carta de naturaleza al nuevo proyecto que, como señala Karaganov en su artículo “On the Third Cold War”, pasó de ser pro-Occidental, a ser no-Occidental, para terminar siendo anti-Occidental. Todo eso en apenas una generación. Y es que la distancia existente entre los sueños y las pesadillas suele ser muy difusa. (Alguno dirá que escribir eso, hoy, es jugar con ventaja. Ya, ya. Pero quien piense eso, puede leer algunas de mis anteriores reflexiones, acerca de lo que haría con Crimea y el Donbás).
Sigamos. Recuerdo la crisis de Hungría de 1956. En ese caso, desde Occidente (pero, sobre todo, desde las cadenas de radio vinculadas a los Estados Unidos) se animó a una rebelión de los húngaros, forzados a ser miembros del Pacto de Varsovia en fusión de las circunstancias del final de la segunda guerra mundial. Muy bien. Pero, cuando eso se produjo, la URSS entró con sus fuerzas armadas en ese país independiente (ni siquiera era una república socialista soviética) y los Estados Unidos y la OTAN y la ONU y todos los Estados europeos de los dos lados del telón de acero (de los dos, por cierto) … miraron hacia otro lado. ¿Por qué? Pregunta de fácil respuesta (menos mal, porque no siempre ocurre): para evitar el estallido de una gran guerra, quizá mundial. Eso es lo que pasó. Si la gente no lee sobre historia, no es problema de los analistas.
¿Y qué dicen los teóricos de la guerra justa de ese suceso? (Ya puestos a dialogar con los que más saben de moral). Walzer, su principal gurú, admite que era un caso de cajón de legítima defensa, individual o, como reza el a-51 de la Carta de las Naciones Unidas, colectiva. Pero, sin solución de continuidad, emplea este caso para afirmar, en su libro Guerras justas e injustas (1977) que… los criterios de justicia son demasiado abstractos y que deben ser modulados por la prudencia. En ése y en los demás casos que puedan producirse. Dicho con otras palabras, que lo más justo (una vez incorporada la prudencia a su ecuación) era no intervenir, dadas las circunstancias. El pueblo húngaro (una parte de él, pues a esas alturas otra era en efecto pro-soviética) fue sacrificado. Aunque el problema también estribaba en las ansias húngaras fomentadas desde Occidente. Llegados a ese punto de cocción, tras haber lanzado la piedra, Occidente escondió la mano y optó por no sacrificar a más ‘pueblos’.
Sin embargo, siempre nos quedará el consuelo de pensar que en aquel entonces una intervención de la OTAN hubiera sido temeraria, porque se hubieran empleado armas nucleares (no era seguro, pero sí probable). En cambio, ahora no se daría ese riesgo. Aunque eso es mucho decir. Ahora es improbable, pero no imposible. Al final, todo depende del número de muertos que haya que poner (aunque sin certezas sobre umbrales ni métodos) no ya para evitar una invasión rusa (eso viene después, en lo conceptual) sino para alterar el status quo ante (eso es lo que se debate, en ambos casos). La geopolítica tiene sus propias reglas. Las alteraciones del status quo las provoca quien puede, no quien quiere. Pero también las evita quien puede, no quien quiere. Querer, no es poder. ¿Es preciso que cite a Tucídides? Porque la sabiduría acientífica contada en la Historia de la Guerra del Peloponeso tiene unos 2.500 años… y nada (esencial) ha cambiado desde entonces. Aunque mientras tanto hayamos inventado la pólvora, la gasolina, la energía nuclear o internet.
Ahora podemos regresar al caso que nos ocupa y a las preguntas planteadas. Ciertamente, Rusia no tiene “derecho a” imponer nada a Ucrania. Así es. Pero los demás tienen el deber de actuar a sabiendas de los riesgos inherentes a hacerlos valer, sobre todo cuando padecen un principio de autismo. Porque ahora la situación es hasta peor para Occidente que en 1956.
Aunque nuestros presupuestos de defensa, en general, sostienen estándares que mantienen a varios de ellos cerca del ruso (Reino Unido, Francia y Alemania, por no hablar del de los Estados Unidos, tan superior al ruso) nuestras sociedades y nuestros gobiernos no están preparados para afrontar órdagos como el ruso. Hemos perdido músculo. También moral. Si la guerra es un choque de voluntades, como decía Clausewitz, hemos perdido antes de comenzar. Putin lo sabe. Por eso se atreve. Su sociedad es (un poco) diferente (de momento) de las nuestras. Ojo a los paréntesis, porque esto cambiará. Pero no será la semana que viene. De hecho, nadie debería entender mi discurso como tibio. Se equivocaría. Yo puedo estar dispuesto a morir mañana mismo (ahora sí que me refiero a las próximas 24 horas) por una buena causa. Así como a sufrir penalidades económicas por ese motivo. Pero, cuando hago cálculos… ¿tengo que pensar en mí, o en (cómo son) mi(s) sociedad(es)? ¿Hace falta citar al Daniel Bell de Las contradicciones culturales del capitalismo (1974) -escrito justo tras el batacazo de Vietnam- o al Inglehart de El cambio cultural en las sociedades industriales avanzadas (1991) o al Luttwak que teoría la sociedad post-heroica? ¿Es preciso, a estas alturas? ¿De verdad?
Algunos podrían llegar a comparar a Putin con Hitler en 1938; la anexión de Austria con la pretensión (y parcial anexión) sobre Ucrania; y el papel de las potencias europeas de hoy con el papelón que tuvieron en la Conferencia de Munich (los Estados Unidos ni estaban, como ahora China, por motivos que recordaré en los últimos párrafos de este artículo, aplicados a China). Putin respondería que fue Hitler quien impulsó el nacionalismo en Ucrania… (bueno, creo que ya ha recordado ese tipo de cosas) y yo le diría que no se olvide que fue Stalin quien provocó la muerte de más de dos millones de ucranianos a partir de 1929, además de regalarles Crimea años después, y así sucesivamente. Pero, más allá del “y tú más”, asumo que alguien habrá manejado esos parámetros para entender lo que podría suceder si somos demasiado flexibles con las pretensiones rusas. Ojo a eso. Ahora bien, si en 1938 el pacifismo había deteriorado las capacidades reales europeas para frenar a Hitler, lo de nuestros días es ya una versión valleinclanesca de esa utopía. La trinidad de Clausewitz, la trinidad… siempre la trinidad. Sin eso, sin entender eso, no se puede ir a la guerra ni… ejercer la disuasión. Porque una disuasión no creíble, no es tal cosa. No existe. Si yo no tengo intención de utilizar mi bólido, de poco me sirve que se llene de polvo en el garaje.
La paradoja es que somos demasiado kantianos para aplicar el programa kantiano. El problema es de Kant, pero solamente hasta cierto punto. Nosotros no lo hemos enmendado y hasta lo hemos empeorado. De hecho, somos más papistas que el Papa. Es decir, hasta Kant admitía, en sus Ideas para una Historia Universal en clave cosmopolita (1784) que no hay madera más torcida que la madera de la que está hecha el ser humano. Sí, sí, eso no lo dice Hobbes, lo dice Kant. Entonces, el problema es que nuestros kantianos no se han leído a Kant (a los marxistas les solía pasarlo mismo con Marx). Putin también lo sabe: ‘juega’ con nuestros idealistas de salón, profesionales de la indignación, alérgicos al realismo y, al final, a la propia realidad. El mundo feliz no existe. Y, si existiera, quizá no sería tan feliz (una vez leí a Huxley, pero no lo voy a citar). Por consiguiente, dejemos de hacernos trampas jugando al solitario.
Con todo, Putin ha estado perdiendo el tiempo y malgastando el dinero de los contribuyentes rusos (a quienes no les sobra). El petróleo, el gas, y las municiones que ‘quema’ en la frontera ucraniana están entre las pocas cosas que, a día de hoy, podría vender. Además, ha dado tiempo a la preparación de Ucrania. No para una guerra convencional (que los de Kiev tienen perdida, por más que se preparen, y lo saben) sino para una guerra híbrida ulterior. Lo de estos días, hasta esta madrugada, nada tiene que ver con la guerra híbrida. Todo eso ha sucedido en zona gris. Cuando estalla la guerra (aunque híbrida), se pueden observar las diferencias existentes entre ambas cosas sin necesidad de estudiar mucho. Pero siempre es recomendable estudiar mucho. Para saber más, como suele decirse, puede consultarse el libro De las guerras híbridas a la zona gris: la metamorfosis de los conflictos en el siglo XXI (2021).
En todo caso, cada vez que Biden recordaba que enviaría tropas a Polonia, al Báltico o a Rumanía, Biden le estaba diciendo a Putin que no defendería a Ucrania. Duguin se reía una vez más de lo que somos (a este paso, le va a quedar una mueca en la cara) y de lo que ya no somos (en Occidente) y Putin pensaba que, al fin y al cabo, quizá todavía estaba a tiempo de atacar. Soy de los que opinan que, si hubiera querido hacerlo desde el principio, lo habría hecho en los primeros momentos, casi por sorpresa, sin dar tiempo a nada. Pero, si se lo ponemos muy fácil…
A los Estados Unidos esto les ha pillado a contrapié. Su mirada se dirigía, desde hace tiempo, al Pacífico. Lo de Ucrania es un estorbo en su gran estrategia. Un contratiempo. Aunque a la postre le puede ser útil para dotar a la OTAN de sentido, ante la indignación generalizada con Putin y pese a no pocas diferencias de enfoque (ritmos, modos y contundencias de las respuestas pergeñadas) entre aliados. Quizá por ello, Putin mueve pieza ahora. Pero, sin los Estados Unidos, la OTAN no existe. Porque el resto de los Estados europeos son militarmente inocuos frente a Rusia. Lo son, a pesar de sus militares. Esto no tiene nada que ver con los militares. Es decir, los Estados europeos son inocuos, porque son políticamente irrelevantes. Y son políticamente irrelevantes, porque sus sociedades tampoco acompañan. Y porque los líderes no lideran, en la medida en que es más cómodo ganar elecciones. Pero necesitamos estadistas, urgentemente.
De esta manera, Rusia logra su gran objetivo estratégico que, en última instancia, no es Ucrania, sino debilitar Europa y debilitar el vínculo transatlántico. Dándose eso, es menos relevante seguir la ‘agenda ucraniana’ de los zares y de los bolcheviques con la yo comenzaba estas reflexiones. Dicho con otras palabras, y siguiendo la metáfora de Karaganov, aunque la OTAN ganó la Segunda Guerra Fría, todavía puede perder la Tercera Guerra Fría.
Dos reflexiones adicionales para terminar, a modo de epílogo
Lo anteriormente analizado es parte de un continuum histórico que seguirá su curso. Por ello, conviene tomar nota de lo realizado por propios y extraños, a sabiendas de que esto no ha hecho más que empezar. Algunas consideraciones podrían servir como punto de partida para ulteriores análisis. A saber:
Por una parte, que la única manera de pararle los pies a Putin, en el mundo real, es con más disuasión. Disuasión militar, quiero decir. La disuasión no es guerra: es lo que la evita. La guerra es el resultado de la falta de disuasión. En Ucrania, también. Es algo elemental hasta el aburrimiento, pero que en ocasiones algunos no entienden. Cuestión distinta es la de quién puede hacer eso. No está al alcance de cualquiera. Pero, insisto, no solamente es cosa de tener magníficos arsenales. Con menores arsenales y más credibilidad, se pueden alcanzar magníficos resultados.
No descarto las sanciones económicas. Pero, mientras a Pekín le convenga que así sea (y en estos momentos es el caso), China puede absorber buena parte de las pérdidas rusas en Europa. De hecho, Rusia viene incrementando sus exportaciones de crudo a China, por Siberia, desde que China decidió incrementar su propia seguridad energética, diversificando el flujo que antes llegaba por el estrecho de Malaca. Lo mismo podría suceder con otros productos. Entonces, la única forma de hacer creíble una disuasión de los europeos (dudo que europea) pasa por adaptar nuestras capacidades militares, por incrementar la cultura estratégica de nuestros gobiernos y la cultura de defensa de nuestras sociedades. Jugar a ser pacifista, cuando los demás no lo son, constituye la receta perfecta para el desastre.
Por otra parte, creo que la estrategia de Washington es errática, sobre todo desde hace cuatro lustros. En ocasiones pienso que su victoria en la Guerra Fría le ha sentado fatal. Porque sigue sin entender (y si lo hace, disimula muy bien) que para las potencias globales el tablero es único. Y porque el otro precio a pagar por las decisiones de 2008 y de 2013 es arrojar a Rusia a los brazos de China. Justo cuando Rusia estaba más cerca de acercarse a Occidente, en la etapa Medvedev, con su apuesta por un vínculo que discurriera entre Vancouver y Vladivostok. Algo que hubiera diluido el problema ucraniano hasta prácticamente hacerlo desaparecer. Dada su miopía, unos Estados Unidos envejecidos económica, política y moralmente (que no militarmente) deben enfrentarse a esas dos potencias a la vez. Lo más inteligente hubiera sido lo contrario. Brzezinski (de origen polaco, por cierto, y buen conocedor de los entresijos de Europa central y oriental) debe estar removiéndose en su tumba, al ver el caso que hacen en la Casa Blanca de las cosas que recomendaba en El gran tablero mundial (1997). No le faltan argumentos. Pero… hay más.
Nunca he pensado que la alianza entre Rusia y China sea natural. Y ahora que vuelven a ayudarse, sigo pensando lo mismo. Duguin ha admitido que tácticamente interesa a Rusia, pero también ha admitido que China es mucha China como para fiarse a medio y largo plazo. Pekín podría fomentar dinámicas de buck-passing (bueno… eso ya lo está haciendo) y hasta de bloodletting, siempre pensando en el escenario europeo. En ese caso, perderían todos (incluyendo a Rusia) salvo ella misma. Porque, aunque a corto plazo una parte de sus negocios se resentiría, tiene margen, alternativas comerciales y capacidad de endeudamiento como para sortear ese obstáculo. Mientras que, a medio plazo, sería el único Estado capaz de ofrecer algo así como un plan Marshall sinogramático, en beneficio de vencedores y vencidos. No es una adaptación exacta de las tesis del Wallerstein de The Politics of the World Ecomomy (1984). Si lo fuere, sería poco original. Pero tiene un aire de familia con lo que dijo el estructuralista, cambiando algunos actores (pero, precisamente, con la misma “estructura” argumental). Quizá la futura gran guerra no se dé entre los Estados Unidos y China, como teme Mearsheimer a partir de su aproximación en The Tragedy of Great Power Politics (2001). ¿Para qué? Ya lo decía Sun Tzu… en su Arte de la Guerra (s. V a JC), la mejor guerra es la que no se libra… en realidad, la que no libro… es decir, la que libran otros…
La cuestión es que, pase lo que pase en los próximos días, semanas, meses… el conflicto en el corazón de Europa persistirá. Rusia no renunciaría a Crimea, ni aunque la perdiera a corto plazo (cosa que dudo que pase). Mientras, China seguirá creciendo a todos los niveles, al resto se nos llenará la boca de autonomía, que no de estrategia, y lo más probable es que Ucrania termine siendo eso que nadie quiere que sea… ni los Estados Unidos, ni Rusia, ni ellos mismos: un buffer state. Quizá sea la solución menos mala. En ocasiones, que una solución no guste (mucho) a nadie (como es el caso), es la mejor garantía de que finalmente salga adelante. Especialmente, si el resto de las soluciones solamente gustan (aunque sea mucho) a algunos. ¿Teoría de juegos?
Bibliografía
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Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España). ISSN 2695-8937
