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La partida geopolítica que se juega en Libia: el creciente protagonismo de Turquía y Rusia

https://global-strategy.org/la-partida-geopolitica-que-se-juega-en-libia-el-creciente-protagonismo-de-turquia-y-rusia/ La partida geopolítica que se juega en Libia: el creciente protagonismo de Turquía y Rusia 2020-01-27 08:00:00 Josep Baqués Blog post Estudios Globales Global Strategy Reports Geopolítica Global Strategy Reports 2020 Norte de África Oriente Medio Rusia
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Global Strategy Report 3/2020

Resumen: La gestión de la guerra civil libia ha puesto de relieve la pasividad de los Estados Unidos, pero sobre todo ha mostrado la proactividad de otros actores. Especialmente, la de Turquía, en escenarios que parecían insospechables desde hace un siglo, cuando colapsó el imperio otomano. Asimismo, ha evidenciado tanto las técnicas como los objetivos de Moscú, en el marco de un escenario de progresiva ampliación de su influencia en el mediterráneo. Aunque lo más relevante del caso es la comprobación de que, pese a las aparentemente buenas relaciones entre Erdogan y Putin, existen dilemas geopolíticos, de tipo estructural, que auguran una relación complicada entre ambos actores, sobre todo a medio y largo plazo. En ese sentido, el conflicto de Libia tiene resabios de déjà vu.

Introducción al análisis propuesto

Tras la caída del régimen de Gadafi, Libia ha entrado en una espiral caótica. Suele pasar. Los dictadores, incluso los de peor ralea, acostumbran a mantener el orden dentro de sus respectivos dominios. Algo que no siempre es bien recibido por la mayoría de sus ciudadanos, pero que dota de estabilidad a la distribución de poder regional, o mundial. Por consiguiente, el estímulo externo dado a la caída de esos dictadores constituye, en sí misma, una operación muy delicada, tanto en lo que se refiere al futuro de las sociedades implicadas como, sobre todo, en lo que concierne al impacto sistémico de dicha operación.

En el caso que nos ocupa, atendiendo a muchos de los parámetros a los que se debe prestar atención en estos casos, Libia está peor de lo que estaba: la producción y exportación de hidrocarburos ha ido fluctuando, con tendencia a recuperar los estándares de antes de la guerra a finales de 2012 y con descensos abruptos a partir de 2013-2014 que han llevado al país producir entre un 25% y un 30% de lo que era capaz de generar antes de 2011 (Bahgat, 2014: 62). El problema es acuciante cuando el 75% del PIB libio se obtiene a partir del sector de los hidrocarburos que, además, constituyen el 98% de sus exportaciones. Mientras que la cifra de muertos, en la fase inicial de la guerra civil, asciende a unos 50.000, aunque habría que sumar a los heridos que nunca se recuperarán completamente, a los desaparecidos, así como a los desplazados (unos 172.000, según ACNUR).

La persistencia del conflicto hace que esa cifra se incremente, año tras año, aunque a un ritmo más lento. Los grupos yihadistas y las milicias se han adueñado de parte del territorio, manteniendo disputas entre ellos y con los dos gobiernos que actualmente tiene el país, con la particularidad de que controla más territorio el gobierno considerado como “rebelde”, con capital en Tobruk, especialmente tras la ofensiva de 2019 que le permitió el control de la región de Fezzan. Mientras eso acontece, el gobierno de Trípoli, que goza del beneplácito de la ONU y, al menos sobre el papel, de buena parte de la sociedad internacional, se encuentra en una situación bastante delicada. Estas circunstancias están favoreciendo la aparición de una economía de guerra, basada en el tráfico ilícito de personas, pero también en otras actividades de contrabando (armas y drogas) así como en la difusión de la extorsión (Hernández, 2019: 8-13). Con ello se está generando un entorno de inseguridad física y jurídica que no presagia nada bueno ni para la población local, ni mucho menos para el fomento de la inversión extranjera.

Las buenas intenciones trasladadas por los principales actores de la sociedad internacional, así como los continuos llamamientos al diálogo entre los dos gobiernos citados se han ido produciendo, como casi siempre en casos similares, y con el mismo resultado de casi siempre en casos similares, esto es, sin aportar nada relevante a la solución del conflicto. En este escenario, un tanto kafkiano, y tras haber transcurrido nueve años desde el inicio de la guerra civil libia, Rusia y Turquía están adquiriendo un protagonismo inusitado, aunque apoyando a bandos diferentes. De ahí que en este análisis tratemos de desentrañar las razones, los formatos y las consecuencias de dicha implicación.

Hay que tener en cuenta que, pese a algunas apariencias, las relaciones entre Rusia y Turquía son cualquier cosa, menos amistosas. Se trata de una cuestión estructural. Es verdad que en los últimos meses hemos visualizado algún que otro acuerdo entre ambos países, que han puesto de relieve cierta sintonía entre Putin y Erdogan. Sin embargo, los intereses de ambos Estados tienden a colisionar una y otra vez. La importancia de que ambos hayan llegado a una solución de consenso en el Kurdistán sirio, por ejemplo, no debería exagerarse. Cosas más raras se han visto, sin tener que acudir al recuerdo de las Guerras del Peloponeso, también ricas en ejemplos curiosos.

Porque, si Stalin y Hitler (o, si se prefiere, Ribbentrop y Molotov) llegaron a un acuerdo en el verano de 1939, con la mirada puesta en no agredirse… ¿qué cosa hay que pueda resultar inverosímil en el ámbito de las relaciones internacionales? En efecto, ya sea por el back-passing trabajado por John Mearsheimer, con Francia como acicate (Mearsheimer, 2001), ya sea a través del bandwagoning enfatizado por Stephen Walt, con Polonia como premio (Walt, 1987: 29-30), el análisis de las opciones manejables a partir del cálculo racional de los actores implicados suele ofrecer remedios para casi todo. Ahora bien, esos remedios no siempre gozan de continuidad en el tiempo. No lo hacen cuando los intereses en juego colapsan, debido a la combinación de proximidad geográfica, intenciones agresivas y poder militar relativo, como admite el propio Walt (1997: 158-159). De hecho, el pacto nazi-soviético se alargó muy poco, de modo que ambos Estados terminaron enzarzados en una guerra de devastadoras consecuencias para los dos.

Lo más probable es que el caso trabajado en este análisis esté tan lejos del enfrentamiento armado entre los dos contendientes, como cerca de ese tipo de explicaciones interesadas, forzadas por circunstancias incapaces de ocultar las desavenencias de fondo existentes entre quienes buscan soluciones de compromiso. Pero, para comprenderlas, conviene que indaguemos en las preferencias geopolíticas de Rusia y Turquía.

Los dilemas estructurales entre Rusia y Turquía

Disparando por elevación, podríamos recordar que el Imperio otomano y el Imperio zarista ya se enfrentaron en Crimea (lejos, pero no tanto) a mediados del siglo XIX. Algo que se repitió, aunque inserto en un contexto bastante más amplio, en la primera guerra mundial. Históricamente, han tenido frontera terrestre común, aunque tras la caída de la URSS tan solo compartan el Mar Negro. Ahora bien, en la convulsa región del Cáucaso mantienen un pulso que tiene mucho que ver con el control de las rutas del crudo y en el que están implicadas ex-repúblicas soviéticas como Armenia, Georgia y Azerbaiyán, si bien la primera de ellas había estado integrada en el Imperio otomano hasta el final de la primera guerra mundial.

Son malos augurios. La explicación según la cual las cosas cambian (si bien, así expuesta, ni siquiera llega a la categoría de un argumento) no sería muy acertada para eludir el entuerto, debido a que ambas potencias están recuperando, a ojos vista, las respectivas pulsiones expansionistas, a partir de sendas propuestas en las que no se autoidentifican como meros Estados sino, más bien, como Estados-civilización. Entonces, si combinamos la tiranía de la geografía -que es la base de la geopolítica- con los proyectos nacionales implicados (que, de por sí, ya dependen mucho de esa primera variable) el diagnóstico no puede ser muy optimista.

Detrás de la postura rusa encontramos diversos drivers. Para empezar, Rusia está lastrada por ser el Estado arquetípico del Heartland, que tiende a proyectar poder a lo largo y ancho de ese espacio central euroasiático, pero que tiene problemas para salir a mar abierto. Por ello, ha buscado disponer de esas salidas a los océanos (Mackinder, 1904). Pero no ha sido fácil. La opción del Ártico todavía no es firme (aunque en ocasiones lo damos casi por hecho, el escenario más previsible apunta al año 2035), sin contar con que el control que los Estados Unidos pueden ejercer sobre el estrecho de Bering, a partir de sus bases aéreas de Alaska, podría dificultar el paso de buques mercantes y de guerra rusos cada vez que pretendan emplear esa ruta para entrar o salir del Pacífico. Todo lo cual está generando grandes esfuerzos de Moscú, como inversión de futuro, pero de incierto resultado (Baqués, 2019). Mientras que el Báltico es una ratonera, tradicionalmente bloqueado, o bloqueable, por potencias enemigas bien situadas en sus accesos en el Kattegat y el Skagerrak, en la actualidad integradas en la OTAN. Ya lo comentó Mahan hace más de un siglo y en lo sustancial las cosas han cambiado poco desde entonces (Mahan, 2007: 126).

La otra opción, que es la que aquí nos incumbe, pasa por el mediterráneo. No es solamente una cuestión de geografía, aunque no podamos prescindir de ella. También lo es de intenciones. Como siempre. En realidad, esta opción podría parecer garantizada a partir del eje Sebastopol-Tartus, que se ha visto reforzado en los últimos tiempos, no sin que Rusia haya tenido que forzar la máquina para (re-)incorporar Crimea contra viento y marea, así como a través de su implicación directa en el conflicto de Siria. Aunque en ambos casos pueda haber (y hay) otras motivaciones para entender el celo mostrado por Putin, a nadie se le esconde que la perseverancia rusa en ambos casos tiene que bastante que ver con mantener (y/o con potenciar) el control sobre esas dos bases navales. La reciente ampliación de la segunda no deja lugar a dudas.

De hecho, Rusia está penetrando en el Mediterráneo, más allá de ese eje, aunque contando con el mismo para asegurar su presencia. Y lo está haciendo de un modo tan proactivo que, para encontrar algo semejante, habría que retrotraerse a los buenos tiempos de la Guerra Fría. Rusia ya tiene varios acuerdos para empleo de instalaciones portuarias con diversos Estados ribereños, especialmente -aunque no solo- con los de raíces ortodoxas. Es el caso de Grecia (El Pireo y Suda), pero también de Chipre (Limasol parece, cada vez más, una ciudad del Mar Negro) de Serbia, e incluso de Montenegro. Que algunos de estos Estados estén en la órbita occidental no parece importarle mucho al Kremlin. Quizá porque sospechan que, en el fondo, el muy denostado Huntington tenía parte de razón: eso que se conoce como “occidente” no es tan extenso como algunos creen. Sea como fuere, no parece que esta tendencia sea inopinada, si conectamos los factores espacio-temporales que convergen en la misma.   

¿Qué papel juega Turquía en esta partida? El papel más importante: controla el tránsito entre el Mar Negro y el Mediterráneo, a través de los estrechos del Bósforo y de los Dardanelos. La tiranía de la geografía vuelve a relucir: Moscú tiene que pedirle la llave a Ankara o, al menos, rogarle que mantenga la puerta abierta, si no quiere que el eje Sebastopol-Tartus acabe en agua de borrajas. En tiempos de paz, esa comunicación está protegida por el derecho del mar aplicado a los estrechos. Aquellos de mis colegas que se dedican al derecho internacional me recordarán que eso vale también para tiempos de guerra. Ya. Pero, cuando van mal dadas, el derecho internacional también lo suele pasar mal. Suele ser otra víctima de los conflictos. Si no lo fuere, no habría conflictos. O no, al menos, a ese nivel. En ese sentido, este acceso de Rusia a aguas abiertas sigue siendo tan fácilmente bloqueable (o más) que cualquiera de los ya indicados con anterioridad.

Pero este hecho, en sí mismo considerado, no es concluyente. Que Turquía pueda bloquear un acceso, no significa que quiera hacerlo. Ni que sus propios imperativos geopolíticos la conduzcan a ello inexorablemente. Claro. La cuestión es, sin embargo, que no estamos viviendo una etapa normal en la vida política turca. La largamente anunciada recuperación del islamismo (Huntington ya lo anunció hace más de 20 años) está llegando de la mano de una suerte de neo-otomanismo que empuja a Turquía más allá de sus fronteras. Algo raro (salvo para el caso de Chipre) desde el final de la primera guerra mundial. Parece que la situación interna de Turquía presiona en esta dirección. Podemos advertirlo, no sin antes dar un pequeño rodeo.

Es decir, si seguimos a pies juntillas el diagnóstico de Schweller (2006: 11-12), habría que decir que Turquía no está en la mejor situación para eso, debido a las diferencias de criterio entre sus elites políticas internas, no solo entre las políticas, sino también entre las políticas y las militares. Pero, si en vez de seguir la letra de Schweller, seguimos su espíritu, cambia el diagnóstico: la proactividad turca también puede ser vista como un intento de unir a todos los turcos, creyentes o secularizados, en torno a una causa común. Al fin y al cabo, el neo-otomanismo puede ser un buen puente entre unos y otros, ya que es compatible con un proyecto islámico, y con un proyecto nacionalista más clásico.

Aunque no sea objeto de este análisis, la mera presencia de una base turca en suelo qatarí es muy significativa en esta dirección. Lo es por lo que tiene de provocativo frente a Arabia Saudita que, no lo olvidemos, surge como Estado, precisamente, a partir de su emancipación del viejo Imperio otomano, una vez este se hunde e implosiona como outcome de la primera guerra mundial. Dicho en términos coloquiales: de un tiempo a esta parte, Turquía está elevando la apuesta. Por lo demás, tampoco conviene olvidar el papel tan relevante que la propia Qatar jugó en plena revuelta contra Gadafi, mediante medios financieros y la involucración de la cadena Al-Jazeera a nivel mediático (Mikaïl, 2019: 7). En todo caso, la cuña de Ankara y Doha se está mostrando como una pieza clave en este conflicto.

Lo tremendo del caso es que, al obrar así, la aguileña mirada de la nueva geopolítica turca se fija en los objetivos de siempre, chocando con los rivales de siempre. Tremendo, pero no sorprendente, en línea de coherencia con lo expuesto hasta ahora en este análisis. A su vez, no sorprendente, pero preocupante, debido a que los rivales de siempre están advertidos… por la historia. De manera que están en guardia, como suele decirse en el argot.

En esa apuesta, Rusia juega un papel significativo, de nuevo, por cuestiones estructurales. Hemos recordado que en Siria se ha llegado a un acuerdo de última hora entre los dos mandatarios, después de que la retirada ordenada por Trump dejara demasiados interrogantes sobre la mesa y demasiados huecos en el mapa. En efecto, Putin y Erdogan han definido un modus vivendi aceptable para ambos en relación con el Kurdistán sirio (también un territorio que lo fue del imperio otomano hasta el último momento, dicho sea de paso) sin que podamos perder de vista que la iniciativa ha sido turca, a partir de su ofensiva de otoño. Tampoco podemos omitir que la fijación turca en Siria viene de lejos, coincidiendo con el apoyo prestado por el régimen de los Assad a los kurdos, desde hace varios lustros, ni que en 1998 la presión militar turca logró que el PKK tuviera que renunciar a algunos campos de entrenamiento ubicados en Siria (Pérez Fernández, 2016: 47). Sea como fuere, ese acuerdo ha permitido evitar males mayores. Al menos a corto plazo. Pero lo acontecido de Siria, aunque haya sido noticia de portada en tiempos muy recientes, apenas es un epifenómeno, si lo comparamos con las cuentas pendientes entre Turquía y Rusia en el conjunto de Asia, aunque estas apenas aparezcan en los medios de comunicación.

Pensemos en el tránsito de gasoductos y oleoductos por el Cáucaso, aprovechando la riqueza acumulada en la cuenca del Caspio. Turquía se beneficia del eje Bakú-Tiflis-Ceyhan, que en forma de oleoducto permite dar salida al crudo de dicha cuenca sin pasar por suelo ruso y que, además, “corta la T” a una potencial alianza entre Irán y Rusia en este sector. Esa disputa se ve reflejada en conflictos abiertos (o mal cerrados) como el de Nagorno-Karabaj, en el que Rusia (e Irán, por cierto) vienen apoyando a los armenios de ese enclave, que está ubicado en el interior de la muy turcómana Azerbaiyán. Estado que, por su parte, es apoyado por Turquía.

De hecho, Turquía interpreta la gestión del conflicto de Nagorno-Karabaj realizada por el Kremlin -evitando la escalada, pero sin desactivarlo, para de ese modo mantener su presencia en la zona- como un intento de mantener la presión rusa contra los intereses turcos en la región (Priego, 2016: 3). Quizá sea interesante recordar que Armenia es miembro de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, liderada por Rusia. De hecho, los rusos poseen una importante base militar en Gyumrí, con presencia de más de 5.000 militares, vehículos blindados y un escuadrón de cazabombarderos. Con la particularidad de que esa base se halla a apenas 4 kilómetros de la frontera turca. Por su parte, Azerbaiyán firmó en el año 2009 (en vigor desde 2010) un Tratado de Asociación Estratégica y Ayuda Mutua con Turquía, de acuerdo con el cual, en caso de guerra con Armenia, el gobierno de Ankara debería entrar en liza a favor del de Bakú. Ese tratado permite la presencia de tropas turcas en territorio azerí, mientras crecen los rumores acerca de que los turcos se establezcan en la base de Nahcevan, precisamente para contrapesar la presencia rusa en Armenia. Por el momento, se ha confirmado la realización de maniobras combinado-conjuntas entre las fuerzas armadas de los dos Estados turcómanos.

Pensemos, asimismo, en el interés compartido por rusos y turcos por influir en una serie de países cuyas sociedades son mayoritariamente turcómanas, pero en las que conviven minorías eslavas significativas (sobre todo Kazajstán, pero también Turkmenistán, Kirguistán y Uzbekistán). No olvidemos, además, que la población de Chechenia también es mayoritariamente turcomana y que, en su día, el gobierno de Ankara fue acusado de apoyar a los guerrilleros musulmanes que mantuvieron un pulso sangriento con Rusia (Brzezinski, 1998: 100). Eso podría repetirse en el futuro. Y en el Kremlin lo saben.

Lo importante, a nuestros efectos, es que tanto Rusia como Turquía opinan que esas sociedades son parte de su área de influencia natural. Ankara viene promoviendo, en esta dirección, las cumbres del Consejo de Cooperación de los Estados de Lengua Turca (CCTSS, en sus siglas en inglés) en las que participan representantes de todos ellos, atendiendo a discursos característicos del viejo nacionalismo volkgeist, típico de la escuela alemana, e incluso aludiendo a la existencia de una sola nación, aunque dividida entre diversos Estados. Para reforzar ese discurso ya se ha creado una Unión de Universidades Turcas, mientras que se viene avanzando en la redacción de una crónica histórica unificada.

Demasiadas convergencias de intereses en un mismo espacio. Tanto rusos como turcos lo creen así por motivos aparentemente vinculados a cuestiones históricas y etnográficas. O eso dicen. Pero es probable que estén vinculados, en el fondo, al control de los recursos que contienen, así como de las rutas de paso de las exportaciones de hidrocarburos, hacia mercados europeos y asiáticos. No se trata, en todo caso, de cuestiones menores.

El contencioso de Libia: el efecto llamada a turcos y rusos

En este marco surge con fuerza la posguerra libia, como fragmento de un escenario mediterráneo en el que, de nuevo, chocan los intereses turcos y rusos. Turquía apoya activamente al gobierno de Trípoli, respaldado por la ONU, pero sin que parezca que las grandes potencias defensoras del status quo estén dispuestas a mover pieza en su favor. Lo hace contra los intereses de Rusia, que se ha decantado por apoyar al militar rebelde Khalifa Haftar. como el lector puede suponer, no se trata de cuestiones aleatorias. De hecho, la evolución de las alianzas en Libia es asunto de cierta enjundia.

Porque cuando Haftar termino exiliado en el país de Trump (aunque entonces gobernara Obama) tras huir de Gadafi fue inicialmente monitorizado por los Estados Unidos, incluso a través de la CIA (Barfi, 2014: 3-5). Sus primeros pasos, incluyendo su regreso a suelo libio, producido a través de Egipto, los dio -según todos los indicios- de acuerdo con los intereses de Washington. Y quizá de acuerdo con sus planes (lo cual implicaría un nivel de complicidad superior). Aunque no solo de Washington. En realidad, como quiera que el gobierno de Trípoli, sucesor del régimen de Gadafi al que acababa de derrocar, estaba siendo cooptado por políticos vinculados a los Hermanos Musulmanes, Egipto y Arabia Saudita ejemplificaron el conflicto intrasunnita vigente (tan relevante a efectos geopolíticos, pero tantas veces eclipsado por el conflicto entre sunnitas y chiitas) decidiendo apoyar a Haftar para descabalgar del poder a los inquilinos del gobierno libio.

Las primeras operaciones de Haftar en suelo libio fueron plenamente satisfactorias para Washington, que de ese modo contaba con el estilete deseado para que actuara como proxy. No en vano, tras el asalto yihadista al consulado estadounidense en Bengasi (septiembre de 2012), en el que murieron cuatro estadounidenses, entre los cuales estaba el embajador en Libia, fue Haftar quien represalió a los culpables. Lo hizo mediante diversos ataques que pronto liberaron no solo dicha ciudad (la segunda en importancia de Libia) sino también la costa del golfo de Sirte. En 2014 las tropas leales a Haftar mataron al líder de Ansar al Sharia -principal sospechoso del ataque de Bengasi- en el contexto de la Operación Dignidad. En el año 2017 esas tropas certificaron el dominio sobre dicha ciudad. En definitiva, todo parecía salir a pedir de boca, a coste cero, para Washington.

Pero Moscú no tardó en tomar cartas en el asunto, logrando que Haftar, que nunca ocultó sus simpatías hacia el movimiento Ba´az, optara por ser más receptivo a las necesidades rusas en la zona. Aunque oficialmente el Kremlin adopta una postura tendente a favorecer que las partes enfrentadas lleguen a un acuerdo (Mikaïl, 2019: 11-12), la presencia sobre el terreno de unos dos millares de miembros del grupo Wagner, con claras vinculaciones con el aparato del estado ruso (Sánchez Herráez, 2019: 8), ha contribuido a generar en ese militar la credibilidad que quizá los Estados Unidos nunca atesoraron. Tampoco ha sido menor el apoyo ruso a la creación del Banco Central de Bengasi, ya que buena parte de sus fondos iniciales fue constituida gracias a la impresión de millones de dinares en suelo ruso (Hernández, 2019: 11). Mientras eso sucede, y sin perjuicio de alguna llamada de Trump a Haftar para felicitarlo por sus éxitos (Sánchez Herráez, 2019: 8), la postura de Washington en Libia -bastante similar a la mostrada en Siria- es, cada vez más, la que popularizó Poncio Pilatos. A favor de nadie y de todos. Lo cual no debe ser tomado en sentido necesariamente crítico. No, al menos, en una primera interpretación de los hechos.

Puede que los Estados Unidos opten por un perfil bajo porque ya se ha precipitado en demasiadas ocasiones. Parece más sabio esperar acontecimientos sin quemar sus naves. Dicho lo cual, surgen diversas preguntas… ¿Buscará Trump un bloodletting en Libia? ¿O reeditará la alianza de Crimea -la de 1853- asumiendo el rol que entonces jugaron las potencias occidentales, para tratar que Turquía no termine saliéndose, por la tangente, del redil de la OTAN? ¿O quizá desde Washington esperan que llegue la ocasión para combinar lo mejor de ambas opciones? Esa es la teoría, pero para cualquiera de esas explicaciones surge un inconveniente llamado Arabia Saudita. Riad no quiere ni oír hablar de que Turquía se salga con la suya en suelo libio, de modo que Trump tienen las manos atadas.

En todo caso… antes hemos hecho alusión a las necesidades rusas en Libia… ¿De qué estamos hablando? Por una parte, precisamente, de evitar que los Estados Unidos marquen la agenda libia. No podemos olvidar la lectura que Gerasimov hizo de las primaveras árabes. En su opinión, se trataba de una especie de conflicto híbrido, lanzado por Occidente, para restarle influencia a Rusia en la zona MENA (Middle East and Nord Africa). Libia era una de las casillas del tablero. Frente a esa circunstancia, los rusos asumieron que en el futuro debían ser proactivos en esa zona del planeta (Sutyagin y Bronk, 2017: 6). Pues bien, con el apoyo a Haftar, como presunto caballo ganador de la guerra civil vigente en Libia, Rusia estaría devolviendo a los Estados Unidos el órdago planteado en 2011. Con creces, en la medida en que llegue a asumir el control de toda la costa libia. Y empleando su misma lógica: sin empeñar unidades de sus fuerzas armadas regulares.

Esta primera explicación tiene que ver, por lo tanto, con un juego de suma cero, planteado entre Washington y Moscú, en el que la capital de los zares ha tomado ventaja en lo que se refiere a la zona MENA debido a que los intereses norteamericanos están más volcados (¿demasiado?) hacia otros escenarios, en los que Rusia no necesita empeñar esfuerzo alguno (extremo oriente y mar de China).

Por otra parte, la apuesta por Haftar puede ser leída, al margen de otras consideraciones, como la prolongación natural -casi evidente- de la expansión rusa por el mediterráneo, al margen de cuales sean las intenciones de Washington. Libia ofrece cosas que Rusia tiene de sobra (petróleo) con lo que el interés de Moscú podría pasar, de modo plausible, por el control de los puertos más importantes de Cirenaica (Tobruk y Bengasi) que, a día de hoy, ya están en manos de Haftar. Aunque la joya de la corona, desde el punto de vista de sus infraestructuras, es el puerto de Trípoli. Tobruk ya fue una base naval, primero italiana y luego británica, en la segunda guerra mundial. Mientras que Trípoli fue una de las principales bases de la Regia Marina en aquellos tiempos, contando también con una excelente capacidad como terminal de mercancías.

Lo más relevante, sin embargo, no es tanto que Rusia haya jugado esa baza, y que Haftar lo haya aceptado (siendo, desde luego, relevante). Lo más relevante es que Turquía, en su propia línea de proyección de poder allende sus fronteras, haya decidido hacer acto de presencia en Tripolitania, que lo haga en apoyo de un gobierno cada vez más débil, y que lo haga consciente de que deberá apuntalarlo contra… el empuje militar del quien ahora es el principal aliado de Moscú en Libia. Aparentemente, los riesgos de todo tipo que un país como Turquía estaría asumiendo lejos de sus fronteras son elevados. De modo que esto merece una explicación.

Podemos interpretar esa decisión desde varios puntos de vista, no incompatibles entre sí. Por un lado, en los sueños expansionistas turcos, derivados en buena medida de la búsqueda de status, aparece el recuerdo de que Libia -es decir, la parte habitable de Libia, que está ubicada entre la depresión del Mármara y el mar- también estuvo integrada en el Imperio otomano. La recuperación gradual del peso que Turquía tuvo en esas zonas es parte integrante del proyecto político del Partido Justicia y Desarrollo y va más allá de la influencia personal de Erdogan. De hecho, el arquitecto de esa teoría es Ahmet Davutoglu, aunque al entonces aliado político de Erdogan no le gustara especialmente la etiqueta de “neo-otomanismo”, quizá porque la misma surge en 2001, en un momento en el que Turquía todavía estaba ilusionada con ingresar en la Unión Europea, de modo que no deseaba generar suspicacias entre sus teóricos valedores (Pérez Fernández, 2016: 44-45). Pero en nuestros días las cosas han cambiado de modo sustancial.

Lo cierto es que, hasta principios del siglo XX, toda la costa líbica, desde Bengasi hasta Trípoli, era parte de dicho imperio, organizada en torno del Valiato de Tripolitania, que además tuvo la habilidad de atenuar las reivindicaciones de los Senusi en Cirenaica. No por casualidad, la guerra en la que Italia se hizo con el control de Libia, justo antes del estallido de la Primera Guerra Mundial (en los años 1911-1912) también es conocida como guerra italo-turca. Conviene notar que no han pasado tantos años (exactamente un siglo, si atendemos a la caída de Gadafi). Así que el carácter irredentista de las reivindicaciones turcas tiene su propio peso en este conflicto. Es normal si la explicación deriva de la reinterpretación de Schweller aquí propuesta. En esos casos, las apelaciones a los sentimientos de la gente suelen pasar por delante de los fríos cálculos geoeconómicos. E incluso de los cálculos racionales basados en consideraciones sistémicas.

La otra explicación radica en que tanto el gobierno de Trípoli, como el de Ankara, responden a la influencia de los Hermanos Musulmanes. Lo mismo que su presencia en Qatar, ya comentada. Aunque esta cofradía tuvo su origen en Egipto, los constantes y normalmente exitosos esfuerzos del gobierno cairota por frenar su influjo, han impedido que tengan en apoyo de un Estado. O, al menos, de un Estado con un poder militar y un poder potencial dignos de tal nombre. Aun así, el énfasis turco y la rapidez de la respuesta dada a las peticiones de Fayez Sarraj desde el pasado mes de diciembre, no dejan de ser significativas, dada la presión ejercida desde Moscú en sentido contrario. Por el momento, Erdogan insiste en que solamente ha enviado ahí a expertos y asesores militares, pero no a tropas regulares. Aunque siempre añadiendo un, “por el momento”.

Conclusión

Rusia y Turquía han tenido, históricamente, unas tensas relaciones. Ya sea en la época de los zares y de los sultanes, ya sea en la de la URSS y los jóvenes oficiales turcos. No parece que, en la nueva era, protagonizada por los respectivos albaceas de dichos legados, con Putin y Erdigan a la cabeza, las cosas estén cambiando mucho. Una vez más, la tiranía de la geografía le marca el paso a la geopolítica. De eso se trata. En Asia Central, en el Cáucaso, o en Oriente Medio. Los escenarios de siempre, por los motivos de casi siempre.

En el caso concreto de Libia somos testigos de una paradoja. O de varias, concatenadas. Algunos de los actores que apoyaron desde la caída de Gadafi se han desentendido del país. Quienes se mostraron indignados por la iniciativa de la OTAN en apoyo de los rebeldes, preocupados como estaban porque eso les podía hacer perder su influencia en la zona, ahora están cerca de asumir el control del país a través de mercenarios y proxies aunque negándolo todo, como viene siendo habitual. Y quienes llevaban cien años mirando hacia otro lado, forzados por las circunstancias, tras ser expulsados por la fuerza del gobierno de Trípoli, ahora son la tabla de salvación del mismo.

Cuando las incógnitas de esa ecuación son despejadas, el resultado no es menos interesante. Libia es la víctima propiciatoria de un nuevo cuadro de la distribución de poder en el mediterráneo. La hasta hace poco discreta Turquía vuelve por sus fueros, extendiendo su brazo casi tan lejos como el viejo imperio otomano, al menos en esas latitudes. La hasta hace poco derrotada Rusia hace lo propio, extendiendo el suyo por todo el mediterráneo central y oriental, lo que, unido a sus tradicionales buenas relaciones con Argelia y a sus recientes buenas relaciones con Marruecos, nos permite presumir que estamos detrás de una política bien orquestada por parte de sus planificadores.

Pero lo más importante es que Rusia y Turquía colisionan en Libia. Si no físicamente, si al menos conceptualmente (aunque eso suele ser la antesala de otras cosas). El modo en el que desde Ankara se toman decisiones favorables al gobierno de Trípoli, también es un presagio de que Erdogan no cederá fácilmente ante las presiones que pueda recibir del Kremlin. Putin tragó sapos el día en que los F-16 turcos derribaron un Su-24 ruso, en diciembre de 2015, y recientemente ha ido a remolque de la iniciativa turca en el Kurdistán sirio. Tal es la relevancia del estrecho del Bósforo y de los Dardanelos para Rusia.

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Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España).

Josep Baqués

Josep Baqués es Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Barcelona y Subdirector de Global Strategy

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