Global Strategy Report, 3/2024
Resumen: ¿Qué aporta el pacifismo, o, al menos, quienes dicen llamarse así? ¿Evitan las guerras? ¿O las fomentan -sin querer, por supuesto-? ¿Hasta qué punto son -pueden ser- coherentes los grandes intelectuales que dicen defender esa ideología?
Para citar como referencia: Baqués, Josep (2024), «Lamento del pacifismo», Global Strategy Report, 3/2024.
Planteamiento del tema
El pacifismo contiene un “ismo”, en su propio lexema. No es sinónimo de amante de la paz. Más bien, es una ideología. Porque, si bien es verdad que los pacifistas quieren la paz, también lo es que otros, que no comulgan con esa ideología, también la desean. Por último, también es posible pensar que el pacifismo, como “conciencia falsa”, contribuya a generar más guerras. Inopinadamente, por supuesto. Porque los pacifistas tienen buenas intenciones. Pero, como suele decirse, el infierno está empedrado de buenas intenciones.
Por ejemplo, el pacifismo fue fuerte, como movimiento, tras la primera guerra mundial. Había buenas razones para ello. Sin embargo, no pudo evitar la segunda guerra mundial (como poco) y contribuyó a que estallara (probablemente). Sí, el culpable fue el nazi Hitler, claro. Bueno, y el comunista Stalin, pues ambos atacaron de consuno a Polonia. Aunque, curiosamente, muchos jóvenes de hoy, no saben que el comunismo también estaba metido en ese ajo. ¿Curioso? No: forma parte del plan de nuestro sistema educativo público, siempre tan objetivo y neutral (estoy ironizando, por supuesto).
Sin embargo, me remito a la primera obra del realista Kenneth Waltz, elaborada en los años 50 del siglo XX, para exprimir ese ejemplo histórico. Cuando él busca las causas de la guerra, apunta que hay causas inmediatas, que dependen del carácter de los gobernantes, y de otros factores internos, como el tipo de régimen, o la ideología. Esos factores configuran lo que él da en llamar las dos primeras “imágenes” de la guerra (Waltz, 2001: 233-235). Ahí encajarían tanto Hitler como Stalin. Sin embargo, esta explicación no le parece suficiente a Waltz. Podemos entenderlo poniendo un ejemplo actual, cuya validez se extiende a la del conjunto de la obra de nuestro autor, ya que las buenas teorías son las que demuestran su utilidad para explicar las cosas que todavía no han sucedido cuando cada autor elabora dicha teoría.
Entonces, si las dos primeras imágenes fueran suficientes para explicar la causa de las guerras, la pregunta sería… ¿Por qué Corea del Norte no ha atacado ya a Corea del Sur? Encaja bien, su líder, con la primera imagen de Waltz; y encaja magníficamente bien, su régimen comunista y totalitario, en la segunda imagen de Waltz. Sin embargo, la guerra en cuestión no ha estallado. ¿Por qué? ¿Por qué el pacifismo domina el mundo? No. De hecho, si así fuere, ya hubiera estallado la guerra. No ha estallado porque las guerras, además de esas causas inmediatas, tienen una última causa, que Waltz denomina “causa subyacente”, que no remite a las características internas de cada Estado, ni a la personalidad de sus líderes, sino a los condicionantes sistémicos. Es decir, Corea no ha ido ya a la guerra, porque la estructura del sistema internacional la disuade: si lo hiciera, piensan en Pyongyang, habría una respuesta militar contra la intentona de Corea del Norte. Pero, si el pacifismo invadiera nuestras mentes, y, como consecuencia de ello, quienes hoy disuaden, mañana se desarman, la guerra sería inevitable.
¿Quieres aprender por tu cuenta sobre #geopolítica y estudios estratégicos? Escucha nuestro archivo de #podcast con invitados militares y académicos https://t.co/YZTorgUSME pic.twitter.com/zlCZO6y7BD
— Global Strategy (@GStrategy_es) December 10, 2023
Como fue inevitable en 1939. Sí, en la Conferencia de Munich, el año anterior, Chamberlain y Daladier le pidieron a Hitler que se portara bien. Con el resultado conocido. Los EE. UU. ni siquiera estaban presentes en esa reunión. Lo que sí teníamos es a dos ilustres representantes de esa Europa, a la que me he referido un poco más atrás, imbuida de pacifismo, tras el desastre de la primera guerra mundial.
Los pacifistas responderán que no habría guerra si todo el mundo fuera pacifista. Claro. Y no habría hambre en el mundo, si todos fuéramos solidarios. Y no habría violaciones si todos practicaramos la castidad (no me refiero al celibato, sino al concepto cristiano de castidad, que significa, siendo hombres, tener relaciones sexuales consentidas con la mujer de cada uno, y punto). Y no habría políticos corruptos, si todos fuéramos ángeles. Sin embargo, necesito un sistema que ponga sanciones a violadores y a políticos corruptos. A poder ser sin amnistías, porque en ese caso la ley se vacía y con ello se vacía su función, y campa (y, lo que es todavía peor, campará) a sus anchas, el día de mañana, el delito que hoy perdonas, por causas espurias que suelen ser, a su vez, corruptas en sí mismas.
¿En qué mundo viven los pacifistas? No en este, desde luego.
Pero, sin perjuicio de lo ya dicho, tenemos que afrontar otros retos, teniendo, todos ellos, el pacifismo como epicentro. Yo me alejo de ese “ismo”, porque lo que esconde es inaplicable, poco útil, y hasta peligroso, en los términos vistos. No me gustan las guerras, prefiero la disuasión, para lo cual necesito unas FFAA y un poder político fuertes. Pero, precisamente porque quiero la paz, no puedo ser pacifista.
Y esto no ha hecho más que empezar. Pero otros han hecho justo lo contrario: han tratado de apropiarse de esa palabra (“pacifismo”), sin creer (tampoco ellos, pero por otros motivos, muy diferentes de los míos) en ella. Entre quienes así han obrado, están los anarquistas y los marxistas. O bien, algún precursor de los primeros, como Karl Heinzen, ese gran demócrata, forjador de asesinos.
Desenmascarando a los falsos profetas…
Como profesor de teoría política, suelo toparme con escritos de grandes revolucionarios, partidarios (y fomentadores) de la violencia política más extrema y despiadada (en el sentido estricto de esta expresión) que, para su mayor gloria (sic) ni tan siquiera se plantea como un remedio de urgencia a circunstancias excepcionales (como sí lo hará, en su momento, la teoría de la guerra justa) sino que se plantea como la forma de resolver las disputas internas, soslayando la vía política.
Recuerdo, sin ir más lejos, entre otros autores que apostaron por esa ambigüedad malintencionada, a Karl Heinzen, de la mano de su texto Asesinato y libertad. Una contribución a la Liga de la Paz de Ginebra (1849), que, pese a su título (ruego al lector que repare en el subtítulo del mismo), es una obra destinada a legitimar los magnicidios, y que contiene, en sus últimas páginas, un curioso catálogo de recomendaciones para practicar el terrorismo, incluso a gran escala, adaptadas al siglo XIX. Ahí se incluyen, sin ir más lejos, varios tipos de envenenamientos masivos (Heinzen, 2006).
También tengo en la retina, ¿cómo no?, a Karl Marx, de quien alguno de mis alumnos decía que era… ¡pacifista! Todo ello, por ignorancia de dicho alumno, sin duda desconocedor de las reiteradas apelaciones del alemán a la violencia (no a las urnas) para imponer su modelo, como cuando apela en su libro Miseria de la Filosofía (correspondiente a su etapa de juventud) al empleo de la “lucha sangrienta, o nada… así está planteado inexorablemente el dilema” (Marx, 1987); o en su opúsculo Crítica del programa de Gotha (correspondiente a su etapa de madurez) a “la fuerza de las armas” (Marx, 1973), todo ello para conseguir sus objetivos, tendentes a terminar con el orden interno, y con aquellos que se opusieran a su plan, para de ese modo dar paso a una dictadura del proletariado, que estaría llamada a terminar el trabajo comenzado con esa revolución.
Así como, por supuesto, a Mikhail Bakunin, con su celebérrimo catecismo revolucionario (ojo, de nuevo, a los títulos que emplean estos monaguillos del ateísmo) en el que, entre otras lindezas, sostiene que el revolucionario debe estar dispuesto a “matar con sus propias manos” a quienes se “opongan a la revolución” y que debe ser un tipo tan despersonalizado, que incluso debe cambiar su nombre, para de ese modo olvidarse de su pasado, de su familia, y de cualquier otra rémora para la causa revolucionaria, que en algún momento fuera susceptible de debilitar su fanatismo (Bakunin, 2014).

E incluso me acuerdo del príncipe ácrata Piotr Kropotkin, uno de los pocos intelectuales de primer orden cuya obra está presidida por una antropología optimista. Esta vez por su también conocida obra titulada El espíritu de la revolución, en la que anticipa y pone de relieve la estrategia de generación de una espiral de violencia, consistente en provocar al Estado, para que reaccione con violencia, y de ese modo, tratar de victimizar a los revolucionarios e incrementar el número de sus adeptos (2006: y 115 y 117). Estrategia que luego han seguido bandas terroristas como ETA, o el secesionismo catalán en 2017, cada cual dentro de sus posibilidades, y con los resultados que sean, en cuanto a niveles de crispación, destrozos y fracturas sociales.
Hay que decir que los casos de avaladores de la violencia política más descarnada en la extrema izquierda son muchos más, a medida que no acercamos a la actualidad. Si bien, al menos, los de nuestros días ya no pretenden engañar a nadie. O quizá es que ya no pueden engañar a nadie. Todo lo cual provoca que disminuya proporcionalmente su celo a la hora de confundirse en el pacifismo y entre pacifistas. Una vez desenmascarados los clásicos, quienes ocupan una posición cronológicamente intermedia (Walter Benjamin o Herbert Marcuse) hasta llegar a los actuales, ya entrados en el siglo XX (Toni Negri, Slavoj Zizek o David Graeber, también entre otros) no tratan de vestirse con ropajes que no les corresponden. Por el contrario, son muy explícitos a la hora de avalar ideológicamente dinámicas de destrucción masiva, fosas comunes tras fusilamientos, o poderes constituyentes bañados en sangre, respectivamente (por este orden, Negri, Zizek y Graeber). Algo que también pensaban sus precursores en las filas anarquistas y comunistas (Heinzen, Bakunin, Kropotkin o Marx) pero que todavía trataban de disimular (con un éxito circunscrito a quienes no leen teoría política) poniendo esas cosas bajo títulos altisonantemente pacifistas.

De todos modos, como he dado cuenta de esta tendencia en varios lugares, prefiero remitirme a los mismos, a fin de, una vez señalado el problema, poder avanzar en el capítulo que ahora tengo entre manos. Esos lugares son, para los anarquistas y marxistas clásicos, entendiendo por tales el escenario decimonónico: (Baqués, 2019, in toto, pero, sobre todo: 33-36); mientras que, para la extrema izquierda contemporánea, se debe consultar (Baqués, 2023, especialmente, pp. 29-33). Ahí el lector podrá hallar los detalles de lo que exponen, en el contexto teórico en el que obran de ese modo. En cualquier caso, insisto, nada pacifista. No pasa nada. Pero, al menos, que no mientan. Y, si lo hacen, que se atengan a las consecuencias (al menos en sede académica).
Entonces, una vez desvelados y descartados esos falsos pacifismos, que ni siquiera merecen ocupar un lugar en un debate serio sobre la materia, ya podemos centrarnos en lo que sucede con quienes sí son recurrentemente citados, incluso por los expertos, en clave auténticamente pacifista.
Acercándonos al auténtico pacifismo…
El pacifismo parte de unos conceptos básicos bastante reconocibles, que no son necesariamente compartidos por todos aquellos que creen que los conflictos deberían resolverse a través de medios pacíficos. En ese sentido, la tendencia a conectar el pacifismo con casi cualquier teoría que defienda una práctica democrática, aunque subyacente a algunos trabajos (v. gr. Díaz, 2013: 182), no es plausible. Si así fuere, un socialdemócrata, digamos, estándar, sería también pacifista; lo mismo que un democristiano, o un liberal, ora sea liberal social, otrora sea liberal conservador. Sin embargo, cualquiera de ellos puede (suele, de hecho) abrazar alguna teoría de la guerra justa, de modo más o menos consciente (y más o menos coherente), tal como hicieron Roosevelt y Churchill en la 2ª guerra mundial; o Kennedy y Johnson en Vietnam. O incluso Obama, que, aunque crítico con la intervención de Irak (no así el líder de los demócratas en ese momento histórico, que era John Kerry y que sí estaba dispuesto, como su antiguo compañero de estudios, Bush, en apoyar también la guerra de Irak), avaló la de Afganistán. Es preciso, entonces, avanzar hacia una conceptualización algo más sólida, desde el punto de vista teórico. En efecto, si el pacifismo termina siendo el cajón de sastre de aquellos a quienes no les agrada la guerra, o de quienes temen la guerra, o de quienes la hacen a regañadientes, o la hacen solamente si tienen el apoyo de las urnas (pero la hacen, en definitiva), en ese caso, todos (o la gran mayoría) de quienes habitamos este planeta, somos pacifistas. Pero, al mismo tiempo, nadie lo es.
A la hora de buscar ese carácter específico del pacifismo, se abre un camino, verosímil, que es el puesto de relieve por Joaquín Blanco Ande, según el cual, el pacifismo, al contrario de lo que sucede con otras teorías, parte de una antropología positiva: el ser humano es bueno por naturaleza, o, al menos, tiene tendencia a serlo (Blanco Ande, 1989-1990). Eso es falso, según la inmensa mayoría de los clásicos de la teoría política, desde Hobbes a Kant, pasando por Locke, Adam Smith, Montesquieu, Rousseau, o quien el lector quiera. Con todo, aceptaremos pulpo como animal de compañía, para seguir con nuestro divertimento intelectual.

Ciertamente, esta afirmación basal puede tener, además, conexiones con lo manifestado en su día por el mismísimo Mahatma Gandhi: “Existen muchas causas por las cuales estoy dispuesto a morir, pero ninguna por la cual esté dispuesto a matar” (Gandhi, 1927). Tienen conexiones, en tanto en cuanto ahí aparece una apuesta clara por la no-violencia, bajo ningún concepto, por buenas que parezcan las razones para emplear esa ultima ratio[1], que es la guerra.
En este sentido, algunos de los principales exégetas de Gandhi, que se ubican, ellos mismos, en la órbita del pacifismo, asumen que la relación de pacifismo y no-violencia es intrínseca, en la medida en que la segunda constituye la estrategia (predilecta) del primero (v. gr. Burrowes, 1996: 123). Bueno, al menos, así visto el tema que nos ocupa, disponemos del algún anclaje fuerte, sea o no verdadero para defender los postulados pacifistas (eso da igual, pues si no diera igual, es decir, si el pulpo no fuese un animal de compañía, no podríamos seguir discutiendo, y yo quiero discutir).
Desenmascarando a los profetas verdaderos…
Si hay un autor que tiene crédito en el mundillo del pacifismo, ése es Erasmo de Rotterdam. En realidad, alguna de sus obras es considerada (por los incautos) como una suerte de oda al pacifismo. Pienso, no solo, pero sí sobre todo, en su famosísima Querella (o lamento) de la paz, de 1516. ¡Cuánta bondad destila este texto! Mucha: no es ninguna ironía. ¡Y cuánta estupidez! Tanta, o más que bondad: y tampoco es una ironía. Pero vayamos a verlo…
Para comenzar, el lector menos avezado en estos temas tiene que saber que el bueno de Erasmo (pues bueno lo era, no me cansaré de decirlo) suele se considerado como un “el representante por excelencia del humanismo renacentista” (así lo cataloga el editor del libro al que acabo de referirme y que consta en la bibliografía. Por añadidura, en dicha edición también se dice que es el “preceptor de Europa”. No me extraña. Así nos luce el pelo. Pero voy a argumentar todo eso, claro está. Es más, voy a dejar que hable él mismo.
Erasmo considera que Dios nos ha hecho hombres, y no bestias, y que nos ha dotado de capacidades para hacer el bien a nuestros semejantes. Lo plantea en varias de sus obras: “la guerra es tan cruel que es más propia de las fieras que de los hombres” (Erasmo de Rotterdam, 1993: 102). Y, más concretamente, dice que “deberíamos reconocer cuántos medios ha puesto a nuestra disposición la naturaleza para enseñarnos a vivir en paz” (Erasmo de Rotterdam, 2020: 16). ¿A qué es bonito? Pero, al mismo tiempo, él constata que no siempre seguimos el plan divino. Claro, claro, estamos de acuerdo en ambas cosas. Con todo, la palabra “bondad” es una de las más repetidas en su libro. Además, como queriendo enfatizar eso, apela a nuestros sentimientos, al recordarnos que “la naturaleza nos concedió las lágrimas, prueba incontestable de nuestra sensibilidad” (Erasmo de Rotterdam, 2020: 16). Incluso solía decir que él prefería una paz inicua a la más justa de las guerras. A este paso, yo mismo estoy a punto de llorar, de pura emoción. Pero no, porque ahora comienza lo realmente interesante.
Es, por supuesto, enemigo confeso de los militares. En medio de tanta bondad, él no entiende que tengan sentido los ejércitos, con lo cual se cumple en su precursora obra otro de los axiomas del pacifismo, que alcanza a ver nuestros días. Entonces, es durísimo con quienes están en la milicia y se pregunta… “¿qué tienes que ver tu con la cruz, criminal soldado? Por tus actos y tu carácter, más te pareces a los lobos, los dragones, o los tigres” (Erasmo de Rotterdam, 2020: 51), de modo que, como colofón, llega a tildar a los militares de “legión se asesinos” (Erasmo de Rotterdam, 2020: 72).

Si la obra terminara aquí, Erasmo podría pasar por ser un simplón, pero todavía podría ser medio coherente. El caso, sin embargo, es que su perorata continúa. Sí, porque no se le escapa el hecho de que, a pesar de todo, hay guerras, incluso entre países cristianos. Apunta, en este sentido… “observad las ocasiones que llevan a los cristianos a empuñar las armas: no hay injuria, por insignificante que sea, que no les parezca motivo suficiente para declarar la guerra” (Erasmo de Rotterdam, 2020: 46). Bien: ¿Cómo interpretar eso? Como un alegato más contra la guerra. Para nada. Él no está contra la guerra. ¿Qué cómo puedo decir eso? Porque toma nota de la tendencia de los judíos a ser un poco brutos y a hacer guerras. Es más, añade que su religión les permite “odiar a sus enemigos” (Erasmo de Rotterdam, 2020: 30). Llama la atención que un alma tan cándida (nada, nada, todo es apariencia) como la de Erasmo diga esas cosas. Pero bien que las dice. Ahora bien, no los cuestiona por ello. ¿Cómo es posible? ¿Acaso era judío? No, no lo era. Es más, los tildaba de “fanáticos” (Erasmo de Rotterdam, 1993: 63). Tenía, más bien, una empanada mental, pues el pobre se quedó entre dos aguas, nadando a duras penas entre el catolicismo y el luteranismo -Lutero, ese gran amigo de los judíos que llamaba a incendiar sinagogas-, a mitad de camino, criticando constantemente al Papa, pero no más que a Lutero. De ahí, quizá, su bipolarismo.
Su vida fue un drama: Erasmo no era amigo de las guerras (bueno, ya veremos, esto sigue…) pero estaba en guerra consigo mismo. Aceptaba la doctrina católica de la libertad inherente al ser humano (el libre albedrío, si se prefiere, en clave teológica), aunque lógicamente condicionada por los impulsos de nuestra naturaleza (el pecado original, si se prefiere, en clave teológica) frente a la doctrina luterana que niega esa libertad, ante un pecado original que la anula (¿verdad que a Vds. se lo habían explicado al revés?) (Gherardini, 1995: 11-12). Como consecuencia de ello, no termina de dar pie a una versión madura de la teoría de la guerra justa (habrá que esperar unos años, no tantos, a la irrupción de Francisco de Vitoria), ni de abrazar un pacifismo coherente, aunque solo quede justificado por la desesperación inherente a la imposibilidad de reaccionar de jn modo viable ante el mal.
Lo que sucede es otra cosa: Erasmo defiende las guerras, a condición de que se realicen contra extranjeros (¿de eso se trata, no?), que es lo que hacen los judíos, al menos, “casi siempre”, según sus propias palabras (Erasmo de Rotterdam, 2020: 42). Entonces, lo que él dice es harto similar a lo que ya había dicho, dos milenios antes, el realista Platón (pues ni a teórico de la guerra justa llega Aristocles, que tal era su verdadero nombre) cuando en su libro La República, denostaba las guerras entre griegos, pues en su opinión eran guerras civiles, y ni siquiera las llamaba “guerras”. Pero solamente lo hace para avalar las guerras contra los bárbaros -entonces, en ese contexto sociohistórico, los bárbaros eran los persas- (Platón, 2002, V, 469c). Pues eso: lo que sucede es que, a ojos del bueno de Erasmo, las guerras entre cristianos serían guerras civiles. Pero no tarda en recordarnos que también tenemos nuestros propios bárbaros, contra los que sí entiende que es legítima la guerra. En sus propias palabras, tal como he prometido, deja prístinamente claro lo que sucede en su crítica: “Naturalmente, hablo de las guerras que, por las causas más fútiles e injustas, terminan enfrentando a los cristianos entre sí. No me refiero a las guerras en que los cristianos, animados por un empeño puro y piadoso, rechazan la violencia de los invasores bárbaros y defienden, arriesgando sus vidas, la tranquilidad común” (Erasmo de Rotterdam, 2020: 64).

En otros párrafos del mismo libro deja claras sus intenciones, y le pone cascabel al gato: “los cristianos están en paz con los turcos, pero combaten entre sí” (Rotterdam, 2020: 42). ¡Ah! Acabose, Erasmo: los griegos no deben enfrentarse entre sí, sino que tienen que ir juntos contra los persas; y los cristianos tampoco deben enfrentarse entre sí, sino que deben ir juntos (a la guerra) contra los turcos, que es el nombre que se daba a los musulmanes, fueran o no de Turquía. Nótese, asimismo, que Erasmo dedicó, unos años después, otro texto, no tan afamado (y ni siquiera conocido) para volver a la carga con el tema de la guerra al turco. Fue en 1530, pocos años antes de su muerte. Sus exégetas destacan la incoherencia con el conjunto de su obra Ultima Consultatio de Bello Turcis Inferendo, de 1530 (Bazzoli, 1990: 54). Pero no es eso, no: Erasmo es coherente con lo que plantea en la Querella de la paz. E incluso en el Elogio de la Locura, obra en la que califica a los turcos como “basura de bárbaros”, enfadado porque querían (y creían) ser, “portaestandartes de la religión” (Erasmo de Rotterdam, 1993: 68). Eso sí, todo ello, en su conjunto, es incoherente con el pacifismo. Erasmo no es pacifista. Pero los pacifistas lo encumbran. En fin…
Dicho lo cual, no sé muy bien (pues eso si sería interpretable, el tipo de relación causal que pretende que haya entre las dos parejas de baile ¿guardo energías para hacer la guerra al extranjero? ¿O hago la guerra al extranjero, empleándolo como federador externo, que diría Mearsheimer (y que aplicaría Netanyahu), para lograr de ese modo, como efecto colateral inducido, que al menos los míos no se peleen más entre sí)? Así que la cosa podría ser hasta peor, desde el punto de vista de los tópicos propios del pacifismo. Pero, una vez puesto el dedo en la llaga (como deseaba) no hurgaré más en la herida (aunque sería posible).
Con todo, sí existe un último extremo que no puedo pasar por alto. ¿Recuerdan que Erasmo ya se había cargado los ejércitos, como quería hacer Pedro Sánchez, con el Ministerio de Defensa, antes de ser primer ministro? ¿Sí, no? Pues he ahí el problema, que me ha inspirado para ponerle a este artículo el título que le he puesto. Veamos como queda el silogismo: Erasmo dice que tiene que haber paz; por ello, desprecia a los militares y los ejércitos; pero, en mitad del camino, no solo admite que hay guerras (lo cual es obvio) sino que admite que algunas son justas, y que hay que combatirlas (lo cual dista de serlo, desde la óptica pacifista. Entonces, mi buen Erasmo… Mi pregunta es… ¿Y ahora, cómo caramba vas a hacer la guerra contra los musulmanes? ¿Quién luchará esa guerra? ¿Y con qué lo hará? Nos has dejado con el culo al aire, con ello, has logrado que haya más probabilidad de que las guerras empiecen y, con tus recetas, también has imposibilitado que se puedan ganar. ¿Se puede hacer peor?
Un día un alumno -con pinta de pacifista- me decía que había que hablar con los talibanes. No le dije nada de Erasmo, pero está claro que el de Rotterdam iría a la guerra. Pero si mi alumno se entera, es posible que tenga un ataque de histeria. Solo le dije que vaya él (mi alumno) a hablar con los talibanes. Pero que yo no lo acompaño… El pacifismo y sus aporías, una vez más.
Pero, en el fondo, todo encaja. Reitero lo que dice el editor del libro de Erasmo que vengo manejando: este buen hombre es el “preceptor de Europa”. Así nos va, en Europa. Manolo escobar buscaba su carro, y la UE su brújula. Yo solo pido una escoba…
Las cosas no han cambiado mucho desde el siglo XVI al XXI. En ningún sentido. Sigue habiendo pacifistas (o gente que así se da en llamar) y sigue habiendo guerras.
Por ello, no estará de más que echemos un vistazo a estos “pacifistas relativos” (o “casi pacifistas”) que nos rodean. Es como lo de las casi embarazadas. Pero es lo que hay. Una mujer embarazada, o lo está, o no lo está. Un pacifista, nunca puede decir eso de sí mismo. El caso más elocuente, en la actualidad, es el del insigne filósofo italiano Luigi Ferrajoli, máximo avalador de lo que se da en llamar “pacifismo jurídico”. Pero seré un poco más breve que con el bueno de Erasmo.
Ferrajoli plantea que la Carta de las Naciones Unidas prohíbe la guerra (sic). De nuevo, estaríamos (ya pongo el verbo en condicional), pues, ante un canto al pacifismo. Pero no se olvida -no puede hacerlo- del art. 51 de dicha norma. Ese artículo que sigue defendiendo la legítima defensa, pues dícese ser un derecho “inherente” a todos los Estados, pudiéndose ejercer de forma individual o incluso colectiva, para más inri. Siendo así, ¿cuál es la jugada de nuestro autor? De un modo similar a Erasmo, pero rizando más el rizo, si cabe, apunta que esas guerras no son guerras. Bien. Así cualquiera es pacifista. Desde luego, también Putin (el lector entenderá la ironía), ya que a la guerra de Ucrania (que lo es, sin duda) la denomina “operación militar especial”. ¿Queda, de este modo, todo arreglado? Ahora bien, sabemos que esto no puede ser así.
De manera que Ferrajoli, aclara esta cuestión. Bueno, más o menos. Lo que sucede, a su entender, es que “El empleo de la fuerza está permitido solo si está disciplinado por reglas producidas por una causa” (Ferrajoli, 2011, I: 443). Nótese que hay que evitar por todos los medios el uso de la palabra “guerra” (me es imposible dejar el sarcasmo mientras escribo sobre esto). Esa triquiñuela pasa a ser lo que cuenta, al menos si aludimos a nuestra propia actividad (no hay que descartar que los otros sí hacen “guerras”, por supuesto). Pero nótese, también, que, por otra parte, él sí se admite el contenido de las “guerras” que hacemos (o que no hacemos, ya puestos a inventar realidades virtuales), planteado bajo el eufemismo del “empleo de la fuerza” (demasiado manido para engañar a nadie, a estas alturas, de la historia) y que, para más socarronería, este presunto pacifista remite, como se aprecia en la cita seleccionada, a … ¡una “causa”! ¿Y qué es lo que exponen todos los teóricos de la guerra justa, desde San Agustín hasta Walzer, pasando por Santo Tomás, Vitoria, Grocio o Vattel?
“Causa”, decía Ferrajli, y “justa”, cabe imaginar por añadidura y por nuestra cuenta, para no ser pasto (con razón) de los erasmistas y otros teóricos de la guerra justa, que sí legitimarían la guerra (perdón: quería decir…el “empleo de la fuerza” … hay que ver lo políticamente incorrecto que estoy hoy). Entonces… ¿De qué estamos hablando? ¿De pacifismo? ¿De verdad? ¿No estamos, de nuevo, ante una versión, seguramente incompleta y sin duda vergonzante -y por ello mediocre-, de la teoría de la guerra justa? Sin duda. Sin duda estamos en eso, y en esas, con Erasmo y con Ferrajoli: ante auténticos teóricos de la guerra, si bien justa. Claro: faltaría más. El primer problema del pacifismo, además de que no es tal cosa, es que no es capaz de reconocer lo que realmente es; el segundo problema del pacifismo, lo es del resto de la humanidad: con estas recetas, más propias de versiones mal elaboradas de la teoría de la guerra justa, vergonzantemente defendidas, sucede que nos estamos desarmando, de razones (desde luego) pero también de todo lo demás, cuando las cosas vayan mal dadas (cosa que, por desgracia, sucede con demasiada frecuencia).
A la teoría de la guerra justa no me remitiré hoy. Porque este artículo ya es suficientemente dilatado, pero, sobre todo, porque ya lo he expuesto en un libro (Baqués, 2007) y alguna versión más ágil y corta, también en formato Report, en esta misma web de transferencia de conocimiento.
Bibliografía:
Bakunin, Mikhail y Nechayev, S. (2014 [1869]). Catecismo revolucionario. Barcelona: La Felguera ediciones.
Baqués, Josep (2007). La teoría de la guerra justa. Una propuesta de sistematización del ius ad bellum. Pamplona: Thomson-Aranzadi.
Baqués, Josep (2019). “El discurso de la radicalización en la obra de los teóricos de la revolución”, en Revista de Estudios Políticos, 185: 13-42.
Baqués, Josep (2023). “Viejos vinos en odres nuevos: el radicalismo de la izquierda revolucionaria en el siglo XXI”, en Revista de Estudios Políticos, 200: 13-39.
Bazzoli, Maurizio (1990). Il piccolo stato nell’età moderna: studi su un concetto della política. Milano: Editoriale Jaca Book Spa.
Burrowes, Robert (1996). The Strategy of nonviolent defense. A Gandhian approach. New York: State University of New York.
Díaz, Aitor (2013). “Hacia una sistematización del pacifismo político”. Revista Española de Ciencia Política, 31: 175-189.
Erasmo de Rotterdam (1993 [1511]). Elogio de la locura. Barcelona: Altaya.
Erasmo de Rotterdam (2020 [1516]). Lamento de la paz. Barcelona: Acantilado.
Ferrajoli, Luigi (2011). Principia iuris: teoría del derecho y de la democracia, 3 vols. Madrid: Trotta.
Gandhi, Mahatma (1927). Mis experiencias con la verdad. Barcelona: RBA.
Gherardini, Brunero (1995). “Lutero y Erasmo: el enfrentamiento de dos gigantes sobre el tema de la libertad”, Stylos, (4): 6-13.
Heinzen, Karl (2006 [1849]). “Murder and Liberty. A contribution for the `Peace League´ of Geneva”, en Rapaport, David (comp.). Terrorism. Critical Concepts in Political Science. Vol. 1. The First Anarchist Wave, pp. 96-113. London & New York: Routledge.
Kropotkin, Piotr (2006 [1880]). “El espíritu de la revolución”, en Rapoport, David (comp.). Terrorism. Critical Concepts in Political Science. Vol. 1. The First Anarchist Wave, pp. 115-121. London & New York: Routledge.
Marx, Karl (1973 [1875]). “Crítica del programa de Gotha”, en Obras Completas. Moscú: Editorial Progreso.
Marx, Karl (1987 [1847]). Miseria de la filosofía. Madrid: Siglo XXI Editores.
Platón (2002). La República, o el Estado. Madrid: Espasa-Calpe.
[1] Aunque asumiendo, una vez más, que lo inmaculado del discurso pueda no compadecerse con la realidad generada a través de su aplicación. En este caso, baste recordar la limpieza étnica que siguió inmediatamente a la independencia de India, no menos que los miles de muertos de las sucesivas guerras indo-pakistaníes, que superan con mucho las desgracias acontecidas bajo el dominio británico previo (cerca de un millón de muertos en la de 1971). Pero siempre, claro está, por supuesto, de modo inopinado.
Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España). ISSN 2695-8937
