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México ante el COVID-19

El 19 de marzo, Haití fue el último país de América Latina en confirmar la presencia de COVID-19 en su territorio. De este modo, la enfermedad llegó oficialmente a todos los países de la región. Estos cuentan con algunas ventajas para combatir la enfermedad, siendo una de las más importantes el aprendizaje de las experiencias ajenas. Las autoridades gubernamentales latinoamericanas conocen los errores y aciertos que han tenido sus homólogos europeos y asiáticos en los inicios de la gestión de esta pandemia, por lo que cabría esperar que todos los países de América Latina estuviesen tomando las medidas oportunas para evitar el contagio entre sus ciudadanos y evitar enormes costes humanos y económicos.

Efectivamente, conforme la pandemia se ha ido expandiendo, las autoridades gubernamentales han ido endureciendo las medidas con el propósito de ralentizar los contagios. En algunos casos, bajo el paraguas de declaratorias de estados de emergencia o catástrofe, se han adoptado medidas como el cierre de fronteras o el confinamiento obligatorio. No obstante, llama la atención la pasividad de algunos mandatarios ante esta situación.

El 28 de febrero, México confirmó el primer caso de coronavirus en su territorio. Se trató de un individuo que viajó a Italia unos días antes de ser diagnosticado. No obstante, en la conferencia de prensa del 29 de febrero, López Obrador afirmó que seguirían los abrazos y el contacto con la gente, saltándose las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Para el 14 de marzo ya había casi 50 casos confirmados. El viernes 20 de marzo, en su último reporte hasta el momento de escribir estas líneas, la Secretaría de Salud del Gobierno de México informó que se han producido dos defunciones y se han confirmado 203 casos hasta la fecha. Ante esta situación, el Gobierno de México se ha limitado a suspender las clases desde el 20 de marzo hasta el 20 de abril y a prohibir los eventos multitudinarios. El resto son recomendaciones.

Aunque el crecimiento es menor que en España o Italia, desde el propio ejecutivo afirman que, en caso de llegar a la fase de transmisión generalizada, el número de personas infectadas podría ser de 75 o 78 millones. Al mismo tiempo, López Obrador descarta que se vaya a decretar el toque de queda en caso de que se agrave la situación. Desde el ejecutivo se limitan a afirmar que están preparados para afrontar la actual pandemia, pero no adelantan posibles medidas drásticas. ¿A qué responde esta pasividad? ¿En realidad cree López Obrador que sus amuletos religiosos van a salvar al país de las consecuencias de la actual pandemia? Aunque no lo exteriorice, creo que el presidente haría suya la frase de James Carville, asesor de campaña de Bill Clinton en las presidenciales de 1992: “¡Es la economía, estúpido!”.

La lenta recuperación de la demanda china, la bajada de la demanda estadounidense y la fuerte crisis en que se verá inmersa la Unión Europea se traducirán en una mayor debilidad de los precios de las materias primas y en la consecuente caída de las economías latinoamericanas. “Van a sentir los efectos aquellas naciones más vinculadas con la UE o bien con EEUU a través del comercio y el turismo que, al menos, hasta mediados de año van a ver sus economías paralizadas”. Por su estrecha vinculación con Estados Unidos, cabe esperar que México se vea gravemente afectado.

Además, se estima que el precio del barril de Brent podría descender hasta los 20 dólares, desplome que pondría en peligro las finanzas públicas mexicanas, pues las transferencias de la empresa estatal Petróleos Mexicanos (Pemex) a dichas finanzas suponen un 18% del presupuesto federal. A esto hay que añadir la depreciación del peso y una previsible caída del PIB del 4,5% este año.

Cierto es que la inacción no contribuirá a mejorar las anteriores predicciones, pero, ¿cómo se para la actividad económica de un país con un 60% de su economía en la informalidad? Según algunos expertos en la materia, “parar la economía tendría más víctimas mortales que el propio coronavirus”. Hay millones de mexicanos en la informalidad cuyos salarios solo les alcanzan para vivir el día a día, por lo que un periodo de confinamiento prolongado sería simplemente insostenible para ellos. La inacción ante la actual pandemia no debería ser una opción, pues están en juego cientos de miles de vidas humanas. Las medidas de confinamiento o de carácter similar habrían de ir acompañadas de acciones enfocadas, no únicamente a paliar las consecuencias macroeconómicas del coronavirus, sino a evitar que se produzca una situación paradójica: que millones de mexicanos, en un escenario de confinamiento para enfrentar una pandemia que se ha cobrado ya la vida de más de 11.000 personas en el mundo, tuviesen que salir a la calle para sobrevivir.  

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José Carlos Hernández

Investigador predoctoral FPU en el Departamento de Ciencia Política de la Universidad de Granada y editor técnico de la Revista de Estudios en Seguridad Internacional

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