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Operación Barbarroja

https://global-strategy.org/operacion-barbarroja/ Operación Barbarroja 2022-02-15 10:12:00 Carlos Javier Frías Sánchez Blog post Estudios de la Guerra Segunda Guerra Mundial

Planeamiento

A las 03:00 del 22 de junio de 1941, la Artillería de Campaña alemana comenzaba a disparar sobre las posiciones soviéticas identificadas en la orilla Este del río Vístula, en Polonia, la frontera acordada en 1939 con la Unión Soviética. Poco después, las unidades mecanizadas y acorazadas comenzaban a cruzar el río: la Wehrmacht comenzaba la invasión de la Unión Soviética, a pesar del Pacto Ribbentrop-Molotov (modificado tras la caída de Polonia en 1939 y formalizado en el “Tratado de Amistad, Cooperación y Límites”, firmado el 23 de agosto de 1939), en el que ambas potencias acordaban una política de no agresión, y delimitaban las respectivas “esferas de influencia” en Europa del Este.

El acuerdo germano-soviético tuvo unas consecuencias de una enorme trascendencia en el curso de la Segunda Guerra Mundial. En teoría, este acuerdo daba acceso a Alemania a los inmensos recursos de Asia, lo que hacía imposible el éxito de un bloqueo continental como el que había sufrido la Alemania Imperial en 1914. De hecho, al conocer este acuerdo, el reputado tratadista británico Liddell-Hart urgió a su gobierno a alcanzar algún tipo de acuerdo de paz con Hitler, al considerar que la potencia industrial de Alemania junto con el acceso a las materias primas que podría proporcionar la Unión Soviética daban a Hitler una superioridad militar que el Reino Unido nunca sería capaz de contrarrestar (incluso en el caso de una intervención norteamericana). Y, hasta el verano de 1941, la realidad del campo de batalla parecía darle la razón.

Una de las hojas de los planos del acorazado “Bismarck”. Casi la única moneda de cambio con la que Alemania podía pagar los suministros procedentes de la URSS era mediante transferencias de tecnología.

Sin embargo, el que Alemania tuviese acceso físico a estos recursos no implicaba automáticamente que pudiese hacerse con ellos: los intercambios comerciales entre Alemania y la Unión Soviética eran imprescindibles para Alemania, pero muy peligrosos en el largo plazo. En efecto, la Alemania de Hitler, sin acceso a otros mercados, tenía a la URSS como principal suministrador de productos tan variados como cereales, caucho, petróleo, algodón, metales… A cambio, Alemania, sin reservas de metales preciosos, solo podía pagar estos suministros con productos industriales manufacturados (locomotoras y material ferroviario, motores diésel, grupos electrógenos, turbinas…) lo que implicaba desviarlos de su esfuerzo de guerra, y con tecnología (como, por ejemplo, los planos del acorazado “Bismarck”, los del caza Messerchmitt Bf-109, los del bombardero Junkers-88…). Esta relación implicaba que la Unión Soviética mejoraba continuamente su productividad y su nivel tecnológico, mientras que Alemania perdía progresivamente sus ventajas comerciales y tecnológicas con respecto a los soviéticos. Y, en cualquier caso, en algún momento el nivel tecnológico de los soviéticos igualaría al de los alemanes, dejando a Alemania sin medios para compensar sus importaciones.

Además de ello, el pacto germano-soviético estaba sometido a tensiones políticas. Si bien el pacto reconocía a los países bálticos como parte de la “esfera de influencia” de Stalin, la anexión forzada en 1940 de Estonia, Letonia y Lituania a la Unión Soviética y su política de “rusificación” forzosa había sido muy mal recibida por Hitler (los Estados Bálticos habían sido creados por la orden militar germánica de los Caballeros Teutones, y sus élites hablaban alemán y se consideraban parte de la comunidad cultural alemana). En julio de 1940, tras un ultimátum a Rumanía, Stalin ocupaba Besarabia y Bucovina, lo que acercaba peligrosamente al Ejército Rojo a los pozos petrolíferos de Ploesti (principal fuente del petróleo alemán). Si bien Besarabia entraba en la “esfera de influencia” acordada en el pacto Ribbentrop-Molotov, no era el caso de Bucovina. Las quejas alemanas generaron una interrupción del flujo de materias primas procedentes de la Unión Soviética, generando una crisis de producción industrial que sirvió para subrayar la creciente dependencia alemana de las importaciones procedentes de la URSS. Los acuerdos sobre la delimitación de las fronteras (que confirmaron las ocupaciones soviéticas) permitieron la reanudación del comercio, pero quebraron definitivamente la confianza entre soviéticos y alemanes, hasta el punto de que, ya en agosto de 1940, Hitler comenzó a considerar seriamente la posibilidad de invadir la Unión Soviética, ordenando al OKH y al OKW que iniciasen estudios prospectivos. La decisión de ejecutar la invasión la tomó definitivamente en una conferencia en su Cuartel General el 18 de diciembre de 1940.

El OKH y el OKW iniciaron separadamente estudios para la invasión de la Unión Soviética. El OKH encargó esta tarea al General Marcks, jefe de Estado Mayor del 18º Ejército, desplegado en la frontera polaca, frente a los soviéticos. Por su parte, el OKW puso a trabajar a un equipo de planeamiento dirigido por el Coronel Von Lossberg, de la Sección de Operaciones de su Cuartel General. Ninguno de los dos equipos tenía mucha información para comenzar sus trabajos: se desconocía el despliegue soviético que existiría en el momento de la invasión (factor fundamental, pues la doctrina alemana de la época buscaba siempre la destrucción de las fuerzas enemigas, no la ocupación del terreno) ni tampoco Hitler había especificado exactamente qué entendía por “invadir la Unión Soviética”. Como consecuencia, ambos estudios se centraron principalmente en estudiar las posibilidades de la Wehrmacht para penetrar lo más posible en el territorio soviético. Ambos equipos consideraban que el Ejército Rojo sería rápidamente derrotado (las experiencias de la Guerra Civil española y de la muy reciente Guerra Ruso-Finlandesa subrayaban las graves carencias de todo tipo que aquejaban al Ejército Rojo, que no parecía un enemigo capaz de resistir a la victoriosa Wehrmacht). Como consecuencia, ambos estimaban que la principal dificultad para penetrar en el territorio soviético vendría de las limitaciones logísticas de la Wehrmacht. Que, por otro lado, eran importantes.

La logística de campaña de los Ejércitos se basaba entonces fundamentalmente en el transporte por ferrocarril, si bien en las campañas de Polonia y de Francia, la Wehrmacht había empleado sobre todo camiones como elementos logísticos. Pese al éxito de ambas campañas, los especialistas del OKH y del OKW eran conscientes de que, en ambas campañas, la logística alemana había estado al borde del colapso, y que solo la rapidez con la que polacos y franceses se habían rendido había permitido evitarlo. El Ejército alemán (Heer) contaba con dos escalones de transporte logístico por carretera, el Grosstransportraum (encargado de llevar los suministros desde la retaguardia hasta los depósitos designados por las Grandes Unidades de entidad Ejército) y el Kleinkolonnenraum (compuesto por las columnas de abastecimiento de las unidades – en general, a nivel División – que recogían los suministros en estos depósitos y los distribuían a sus unidades). La escasa capacidad de la industria automovilística alemana hacía que el Grosstransportraum solo contase con tres Regimientos, con un total de seis mil seiscientos camiones Opel y Ford de 3 toneladas de carga. Esto hacía que la capacidad total de carga del Grosstransportraum fuese de diecinueve mil ochocientas toneladas, aunque, normalmente, un 20% de los vehículos estaban averiados o en mantenimiento, lo que dejaba una capacidad de carga de tan solo quince mil ochocientas cuarenta toneladas. En las excelentes carreteras de Europa occidental, cada uno de estos camiones podía recorrer unos 300 km. de ida y otros tantos de vuelta por jornada. Además de ello, a partir de esos 300 km. de ida y vuelta, el consumo de los camiones excedía a su capacidad de carga. Es decir, en los primeros 300 kilómetros de penetración en Rusia, el Ejército alemán podría proporcionar esas quince mil ochocientas cuarenta toneladas a sus unidades.

Puesto que una División de Infantería en combate requería unas 170 toneladas de suministros diarias (5.000 mensuales), que se elevaban a 340 para una División Acorazada, el Heer podía abastecer a sus (en ese momento) dieciséis divisiones móviles (5.440 toneladas por día) y a sesenta y una Divisiones de Infantería, una fuerza claramente insuficiente para la operación. A partir de esa distancia de avance, el número de camiones necesario era el doble. Es decir, manteniendo el apoyo a las divisiones móviles, solo quedarían camiones para abastecer a quince Divisiones de Infantería… Estos números implicaban, por un lado, la necesidad absoluta de obtener más vehículos para las unidades logísticas. Así, todos los camiones dedicados al transporte civil en Alemania fueron militarizados, y sustituidos por camiones requisados en los países ocupados. Aun así, los números no salían: el mantenimiento y la operación de vehículos implicaba obtener caucho para neumáticos – que Alemania importaba de Manchuria… a través de territorio soviético -. De la misma forma, Alemania obtenía gran parte de su petróleo de la Unión Soviética, y las necesidades de la guerra hacían que el gasto de petróleo fuese también muy elevado. Puesto que la invasión implicaba necesariamente el fin de los suministros soviéticos, era necesario acumular una reserva de combustible capaz de cubrir las necesidades alemanas hasta que se derrotase a la Unión Soviética o hasta que se pudiesen controlar los pozos de petróleo del Cáucaso (que se encontraban muy alejados de las posibilidades logísticas del Heer).

Sobre esta base, el General Marcks comenzó sus trabajos. El Teatro de Operaciones se encontraba muy condicionado por un accidente geográfico fundamental: los pantanos de Prypiat. Estos pantanos constituían una zona de terreno blando, sin apenas comunicaciones ni población, intransitables excepto en pleno invierno, cuando las bajas temperaturas congelaban el agua. En consecuencia, los pantanos dividían el Teatro de Operaciones en dos zonas claramente diferenciadas y casi independientes durante los primeros quinientos kilómetros del avance en la Unión Soviética.

Con las fuerzas que era posible abastecer, el General Marcks tenía dos opciones: atacar por el Norte de los pantanos de Prypiat, aprovechando la existencia de una mejor red de carreteras, pero que terminaba en los bosques de Bielorrusia, un terreno muy desfavorable para los carros, o hacerlo al Sur de los pantanos, en la llanura ucraniana, ideal para las unidades acorazadas, pero en la que solo existía una carretera importante, la que unía Kiev con Brest-Litovsk. Además, en caso de lluvia, la llanura ucraniana se convertiría en un barrizal, lo que reduciría mucho el movimiento. Incapaz de decidirse por una de las opciones y confiando en que la situación logística mejoraría, Marcks decidió atacar en ambos sectores. En su plan, el Heer se organizaría en dos Grupos de Ejércitos, uno al Norte, constituido por tres Ejércitos y operando desde Polonia en dirección al río Dvina Occidental, en Letonia, y hacia Vitebsk y Rogachev, en una primera fase, y otro Grupo de Ejércitos al Sur, compuesto por dos Ejércitos, que avanzaría simultáneamente desde Rumanía hacia Kiev, Cherkassy y Dniepropetrovsk. Alcanzados estos objetivos, el Grupo de Ejércitos Norte avanzaría hacia Leningrado y Smolensko-Moscú, y el Grupo de Ejércitos Sur hacia Smolensko (en coordinación con el Grupo de Ejércitos Norte) y, posteriormente, hacia Jarkov. El objetivo final sería la ocupación de una línea Leningrado-Moscú-Jarkov, que sería la nueva frontera. El plan del General Marcks incluía bastantes detalles sobre la forma de ejecutar la primera fase del plan, pero era sumamente vago en lo concerniente a las fases posteriores, en las que el apoyo logístico estaba muy lejos de estar garantizado. Sin embargo, aparentemente, el General Marcks no insistió en las dificultades logísticas de su plan, o, al menos, Hitler no pareció reparar en ellas.

El plan del OKW era diferente, en el sentido de que consideraba imposible abastecer a las unidades empleando camiones, por lo que el Coronel Von Lossberg pensaba que la invasión debía seguir las líneas de ferrocarril y el abastecimiento debería apoyarse sobre ellas. Esto presentaba un problema fundamental: el ancho de vía ruso era diferente del europeo, por lo que el material rodante alemán no podría utilizarse en suelo soviético, salvo si se cambiaba el ancho de vía. Las tropas de ferrocarril alemanas, denominadas Eisenbahntruppen, podían hacerlo, pero necesitarían medios y tiempo. En consecuencia, Von Lossberg proponía avanzar al Norte de los pantanos de Prypiat, a caballo de la gran línea férrea que unía Varsovia con Moscú, iniciando el avance con las divisiones móviles y dando prioridad absoluta al abastecimiento de estas unidades mediante camiones, mientras que las Eisenbahntruppen iban modificando el ancho de vía. Puesto que estas tropas eran escasas, Von Lossberg proponía atacar en un frente más estrecho, para limitar el número de vías a modificar, concentrando la potencia de combate en una zona más reducida, y destruyendo al Ejército Rojo mediante rápidos envolvimientos.

En ambos casos se consideraba que las Divisiones de Infantería no podían seguir el ritmo de avance de las divisiones móviles, por lo que la distancia entre las vanguardias motorizadas y las unidades a pie iría creciendo con el desarrollo de la operación. En consecuencia, aparecería una zona prácticamente sin control en la zona por la que habían pasado las vanguardias móviles, pero que no había sido asegurada todavía por las lentas Divisiones de Infantería. Y, precisamente en esa zona era donde debían operar tanto el Grosstransportraum como las Eisenbahntruppen. Sin embargo, ninguno de los dos planes incluía medidas eficaces que garantizasen la seguridad de estas unidades, cuya potencia de combate era escasísima: simplemente no había unidades móviles suficientes para proporcionar escolta a las unidades logísticas, y las Divisiones de Infantería eran demasiado lentas para hacerlo.

Plan de invasión de Rusia del General Marcks. Los pantanos de Prypiat dividían claramente el Teatro de Operaciones en dos áreas claramente separadas y con muy difícil comunicación transversal.

El 5 de diciembre de 1940, el General Marcks y el Coronel Von Lossberg presentaron a Hitler las conclusiones de sus respectivos estudios preliminares sobre la invasión de la Unión Soviética.

En realidad, Hitler no quedó satisfecho con las conclusiones de ninguno de estos estudios, y, combinando elementos de uno y de otro y añadiendo otros nuevos, el 18 de diciembre de 1940 emitió la Directiva del Führer nº 21.

En esta directiva, Hitler ignoraba completamente las limitaciones logísticas, al tiempo que fijaba con mayor detalle los objetivos a alcanzar: controlar Ucrania, para hacerse con los cereales y el carbón de la cuenca del Donets, y abrir el camino hacia el Cáucaso y sus pozos de petróleo; tomar Leningrado que, para Hitler, era el máximo símbolo del régimen bolchevique; a instancias del General Halder, jefe del OKH, se añadió Moscú como objetivo, por concentrar la mayor parte de la capacidad industrial soviética. En consecuencia, el plan contemplaba una penetración simultánea a ambos lados de los pantanos de Prypiat, y un avance en tres direcciones: al Norte hasta Leningrado, en el Centro hacia Smolensko-Moscú y al Sur hacia Kiev. El plan resultante suponía un desafío enorme para la Wehrmacht, y un cambio fundamental en la forma tradicional de combatir del Ejército prusiano-alemán. Como hemos comentado, los camiones de que disponía el Heer eran insuficientes para alcanzar la línea prevista, mientras que el avance simultáneo en tres ejes tan separados excedía la capacidad de las Eisenbahntruppen de modificar a tiempo el ancho de vía soviético para emplear el material ferroviario alemán. Es decir, desde el punto de vista logístico, la operación no era posible. Además de ello, la forma tradicional de combatir del Ejército alemán era mediante ataques concéntricos, mientras que el plan de Hitler contemplaba un avance en tres direcciones divergentes y en una profundidad de más de mil kilómetros. Es decir, conforme se internasen en la Unión Soviética, las unidades alemanas serían progresivamente más débiles, al sufrir pérdidas, alejarse de sus bases logísticas y tener que ir dejando guarniciones en su retaguardia. Al ser direcciones divergentes, la capacidad de apoyarse mutuamente entre las fuerzas encargadas de alcanzar cada uno de los objetivos sería cada vez menor.

La forma en la que el OKH y el OKW abordaron el planeamiento de una operación con tantos factores en contra fue un ejercicio de voluntarismo, haciendo una serie de supuestos de planeamiento sumamente optimistas. El principal de ellos fue que el Ejército Rojo sería destruido al Oeste de la línea Dvina-Smolensko-Dnieper (precisamente la que – con limitaciones – podía alcanzarse con los camiones disponibles), y, como consecuencia, las necesidades posteriores de munición y combustible serían escasas y poco urgentes. Las dificultades para constituir una reserva suficiente de combustible se soslayaron con la esperanza de que se podría suministrar combustible directamente a las unidades desde los pozos petrolíferos de Ploesti (Rumanía), sin necesidad de almacenarlo previamente. Se supuso que el consumo de munición sería similar al de la Batalla de Francia de 1940 (en realidad, tampoco podían suministrar más). En cualquier caso, en noviembre de 1940, el OKH calculaba que disponía de munición y comida para una operación de veinte días.

La entidad de la operación exigía un número mucho mayor de divisiones, tanto móviles como de Infantería. Así, el número de Divisiones Acorazadas se elevó de nueve a diecinueve, simplemente disminuyendo a la mitad el número de carros de combate de cada una. Se aumentó hasta catorce el número de Divisiones Motorizadas. Sin embargo, los intentos de emplear los carros capturados en Francia fueron infructuosos: los carros franceses tenían una autonomía demasiado corta, un consumo de carburante muy elevado, carecían de radio y de espacio para instalarla, su armamento era reducido y sus torres monoplaza los hacían poco adecuados para la guerra acorazada. Se aumentó notablemente el número de Divisiones de Infantería, pero también se redujo su tamaño. Setenta y ocho de las nuevas Divisiones se equiparon con material francés capturado.

Carros Renault R-35/39 franceses capturados y empleados por la Wehrmacht. Las pobres características de los carros franceses para las operaciones de guerra de movimiento los relegaron a misiones secundarias: lucha contra partisanos en los Balcanes, seguridad de bases aéreas, fortificaciones fijas en la costa…

Las fuerzas finalmente movilizadas ascendieron a unos 3.350 carros de combate, 600.000 vehículos de todo tipo, otros tantos caballos, 7.146 piezas de artillería y 2.770 aviones. Esta fuerza, aparentemente impresionante, en realidad palidecía al lado de las cifras del Ejército Rojo, que veremos posteriormente. Además, el equipamiento del Heer era absolutamente heterogéneo: por ejemplo, empleaba más de 2.000 modelos diferentes de vehículos, que requerían más de un millón de piezas de recambio diferentes. Incluso disponiendo de suficientes medios logísticos y de buenas comunicaciones (y no era el caso), mantener esa flota de vehículos era un desafío de primer orden.

El OKH movilizó prácticamente todos los camiones disponibles en la Europa ocupada. Además de ello, retiró numerosos vehículos a las Kleinkolonnen de las Divisiones de Infantería existentes, al tiempo que equipó a las nuevas casi completamente con carros tirados por caballos (empleando incluso los panje, carros rurales polacos). Con estas medidas, el OKH triplicó aproximadamente la capacidad del Grosstransportraum, de forma que disponía de una capacidad de carga de unas veinte mil toneladas para cada uno de los tres Grupos de Ejércitos que se organizarían (uno para cada dirección de avance). Sin embargo, el número de divisiones móviles había aumentado a más del doble (de dieciséis en 1940 a treinta y tres en 1941) y había crecido aún más el número de Divisiones de Infantería, por lo que el problema logístico estaba muy lejos de ser resuelto.

Soldados alemanes en un panje. La precariedad de medios de la Wehrmacht hizo que se adoptasen soluciones poco ortodoxas para solucionar la falta de vehículoS

La capacidad de transporte de combustible de las Divisiones Acorazadas y Motorizadas se aumentó al máximo, suministrando gasolina en bidones cargados sobre camiones, lo que les permitía una autonomía de unos mil kilómetros. Puesto que, estadísticamente, cada kilómetro de avance combatiendo implicaba el consumo del doble de gasolina, esto les permitiría alcanzar, en teoría, una profundidad de unos quinientos kilómetros antes de necesitar reabastecerse. En esos quinientos kilómetros se esperaba derrotar al Ejército Rojo.

De plan de Von Lossberg se adoptó la idea de lanzar a la máxima velocidad a las divisiones móviles, seguidas por los camiones de abastecimiento del Grosstransportraum y solo después avanzarían las Divisiones de Infantería. Si no se hacía así, las unidades a pie bloquearían las carreteras, haciendo todavía más difícil el abastecimiento de las unidades móviles. Los camiones del Grosstransportraum dejarían los suministros en puntos acordados con las unidades móviles y regresarían a reabastecerse al mayor ritmo posible, y sería responsabilidad de las Kleinkolonnen llevar estos suministros a donde se encontrasen en este momento las unidades móviles.

Sin embargo, cualquier avance más allá de estos primeros quinientos kilómetros requería el empleo del ferrocarril. En consecuencia, las tropas de ferrocarril también irían a vanguardia de las Divisiones de Infantería, cambiando el ancho de vía del ferrocarril y empleando, cuando fuera posible, material soviético capturado. Sin embargo, estas tropas disponían de muy pocos vehículos: al no ser unidades de combate, recibieron muy poca prioridad en la asignación de vehículos, disponiendo de apenas un millar de camiones franceses o británicos capturados, en muy mal estado. Además de ello, el avance en tres direcciones distintas excedía las capacidades de las Eisenbahntruppen, por lo que tuvieron que ser reforzadas con personal civil de los ferrocarriles alemanes, sin instrucción de combate y, en muchos casos, de edad avanzada.

El sistema logístico diseñado por el OKH era posiblemente el mejor que se podía emplear, habida cuenta de las limitaciones existentes, pero implicaba muchos compromisos. El más importante es que, una vez alcanzados esos primeros quinientos kilómetros, el avance se tendría que detener, fuera la que fuera la situación en el campo de batalla. Además de ello, el Grosstransportraum – que era un elemento crítico – avanzaría a vanguardia de la Infantería, por un terreno apenas recorrido por las divisiones móviles, pero en ningún caso asegurado. Peor era la situación de las Eisenbahntruppen: las divisiones móviles avanzarían por las carreteras, pero las tropas de ferrocarril lo harían siguiendo el trazado ferroviario que no siempre coincidía con el recorrido de las carreteras. En consecuencia, era muy posible que se encontrasen con resistencias enemigas intactas.

Todos estos riesgos estaban en parte justificados por la creencia – compartida por Hitler y los Generales alemanes – de que la población rusa y ucraniana se apresuraría a derribar el gobierno bolchevique, apoyando a las fuerzas alemanas cuando el Ejército Rojo (al que consideraban como el principal elemento de control interno) fuese destruido. En este sentido, minusvaloraban el control que el régimen comunista tenía sobre su propia población y, en consecuencia, su capacidad de crear nuevas unidades militares.

Cartel de cine de la película El Triunfo de la Voluntad de Leni Riefenstahl, un documental sobre el masivo congreso del Partido Nazi en Nüremberg en 1935. El poder de la voluntad era la principal mística del movimiento nazi, que consideraba que ningún obstáculo podía resistir a una fuerte voluntad. Esa creencia se extendió a la Wehrmacht, tras los casi imposibles éxitos de las campañas de 1939 y 1940.

En justicia, hay que recordar que, desde el inicio de la guerra, la Wehrmacht se había caracterizado por tener éxito en situaciones en las que los cálculos racionales de los Estados Mayores apuntaban al fracaso. Como hemos visto en la campaña de Francia o en la del Norte de África, la iniciativa individual de los soldados alemanes a todos los niveles había permitido alcanzar éxitos rotundos contra todo pronóstico y contra cualquier cálculo racional. En consecuencia, el OKH consideraba que esa superior calidad del liderazgo alemán volvería a obrar los “milagros” de campañas pasadas… Esta creencia era compartida por la jerarquía del partido nazi, que, de hecho, había creado toda una mística alrededor del poder de “la voluntad” para superar cualquier obstáculo (de hecho, la principal película de propaganda nazi se titulaba precisamente “El Triunfo de la Voluntad”).

El plan contemplado en la “Directiva nº 21” organizaba las fuerzas alemanas en cuatro grandes grupos:

  • en el extremo Norte, el Ejército de Noruega, con misiones exclusivamente defensivas;
  • de Norte a Sur,
    • el Grupo de Ejércitos Norte (General Von Leeb), con el 16º y el 18º Ejército y el 4º Panzergruppe (dos Divisiones Acorazadas y tres Motorizadas);
    • el Grupo de Ejércitos Centro (Mariscal Von Bock), con el 4º y el 9º Ejército, el 2º Panzergruppe (cinco Divisiones Acorazadas y dos Motorizadas) y el 3er Panzergruppe (tres Divisiones Acorazadas y tres Motorizadas);
    • el Grupo de Ejércitos Sur (Mariscal Von Rundstedt), con el 6º Ejército, el 11º y el 17º y el 1er Panzergruppe (seis Divisiones Acorazadas y dos Motorizadas), junto con el 3er y el 4º Ejércitos rumanos.

A cada una de estas grandes unidades se asignó una Luftflotte.

En diciembre de 1940, el General Paulus, segundo jefe del OKH, realizó un ejercicio sobre mapa, asumiendo que los soviéticos serían capaces de crear cuarenta nuevas Divisiones y de redesplegar las fuerzas que tenían en Siberia. La conclusión fue que, más allá de esa primera línea de quinientos kilómetros, el desgaste de las fuerzas alemanas y la pérdida de potencia de combate debida a la maniobra divergente hacían imposible superar a las nuevas unidades soviéticas. Sin embargo, Paulus no se atrevió a expresar más rotundamente sus objeciones.

Aunque se habían establecido objetivos geográficos, la operación se basaba en la destrucción del Ejército Rojo mediante envolvimientos sucesivos cerca de la frontera polaca. Solo después se avanzaría hacia los objetivos geográficos asignados. El “esfuerzo principal” lo llevaría el Grupo de Ejércitos Centro, que recibió dos de los cuatro Panzergruppen creados para la operación.

Como hemos citado, el planeamiento de “Barbarroja” se caracterizó por un absoluto desprecio hacia las capacidades del Ejército Rojo. Hitler no estaba convencido de que Moscú fuese clave para la victoria y el Grupo de Ejércitos Centro se consideró “esfuerzo principal” únicamente para que fuese el más fuerte de los tres, de forma que pudiese colaborar decisivamente en los envolvimientos que realizasen los otros dos Grupos de Ejércitos que avanzarían en sus flancos. Es decir, que la gran unidad que llevaba el “esfuerzo principal” carecía de un objetivo claro y debía apoyar a las otras unidades, en lugar de ocurrir al revés (que es la base del concepto de “esfuerzo principal”). Esto indica que el conjunto de la operación carecía de un objetivo bien definido, un fallo capital en cualquier planeamiento.

Plan de ataque de la Operación BarbarrojA. El plan contemplaba un avance en tres direcciones divergentes y muy separadas lo que hacía que, inevitablemente, la potencia de combate de las fuerzas alemanas fuese reduciéndose conforme se internaban en Rusia.

Inicialmente, este Grupo de Ejércitos avanzaría al Norte de los pantanos de Prypiat, cerca de ellos, con los dos Panzergruppen en los dos flancos. Estos dos Panzergruppen se encontrarían en Bialystok y, posteriormente, en Minsk, embolsando a las fuerzas principales del Ejército Rojo en el Teatro de Operaciones.

El Grupo de Ejércitos Sur haría lo mismo al Sur de los pantanos de Prypiat, avanzando en dirección a Ucrania central (al Sur de Kiev), para embolsar a las fuerzas soviéticas desplegadas en esa zona. Puesto que, inicialmente, estos pantanos impedían que el Grupo de Ejércitos Centro pudiera apoyarle en caso de necesidad durante los primeros y cruciales quinientos kilómetros de avance, su Panzergruppe era el más potente de los cuatro creados. Por su parte, los rumanos, encuadrados por unidades alemanas, avanzarían por Besarabia hacia el Sur de Ucrania y Crimea.

El Grupo de Ejércitos Norte avanzaría hacia Leningrado a través de los países bálticos. Su Panzergruppe sería el encargado de ir envolviendo a las unidades soviéticas en su sector, creando bolsas desde el interior hacia el mar, con una sola pinza, al estilo de lo realizado en Francia en 1940.

Planeamiento soviético

Dada su rivalidad ideológica, Stalin era plenamente consciente del riesgo de un ataque alemán. En realidad, incluso en el momento de la forma del pacto Ribbentrop-Molotov, Stalin sabía que la paz acordada era poco más que una tregua. Sin embargo, creía que el tiempo jugaría a su favor. Por un lado, porque, en el momento de la firma del acuerdo, confiaba en que la Wehrmacht se estancaría en una larga y poco decisiva campaña en el Oeste, como había ocurrido en 1914. Así, la URSS tendría el tiempo suficiente para prepararse para la inevitable guerra con una Alemania debilitada por su esfuerzo de guerra contra los aliados occidentales.

En consecuencia, la rápida e inesperada victoria alemana en el Oeste le supuso un importante contratiempo. Stalin también era consciente de las dificultades de Hitler para afrontar los pagos de los abundantes suministros estratégicos que la URSS suministraba a Alemania, hasta el punto de ofrecer grandes facilidades de pago para evitar provocar una reacción armada prematura por parte de Hitler. Sin embargo, Stalin creía que la enorme masa del Ejército Rojo le permitía estar al abrigo de una victoria militar alemana. Lo que temía el dictador soviético era que Hitler realizase alguna pequeña incursión en la Europa del Este ocupada por la URSS, ocupando Lituania, la Besarabia u alguna otra región fronteriza, para negociar desde una posición de fuerza la forma de abordar los pagos de los suministros soviéticos, que cada vez le resultaban más onerosos. Como consecuencia de este razonamiento, una de las prioridades de Stalin era defender todas y cada una de las regiones fronterizas, para evitar esa posible ocupación alemana.

Pese a la confianza de Stalin, el comienzo de la ofensiva alemana cogió al Ejército Rojo en una situación muy difícil, desde varios puntos de vista:

  • Desde el punto de vista organizativo y moral, las ‘purgas’ de Stalin hacían sentir sus efectos.
  • En el campo doctrinal, la condena a muerte del Mariscal Tujaschevski había tenido el efecto de hacer ‘sospechosas’ de desafección al régimen comunista todas sus ideas y las de su círculo de colaboradores, incluyendo su doctrina de ‘guerra en profundidad’, recogida en el manual PU-36. Sin embargo, esta doctrina no había sido oficialmente abandonada ni sustituida por otra.
  • Además de ello, los grandes contingentes de tropas desplegados en la frontera estaban todavía en el proceso de adoptar un despliegue consecuente con la nueva realidad de una frontera soviética que había avanzado el año anterior hacia el Oeste, hasta la mitad de Polonia.

Todos estos factores reducían enormemente la capacidad de combate del Ejército Rojo, y favorecieron los éxitos iniciales de la Wehrmacht.

En junio de 1941, las ‘purgas’ de Stalin todavía se hacían sentir, con consecuencias en muchos campos. La mayoría de los generales del Ejército Rojo habían sido condenados a muerte (caso de Tujaschevski o Svechin) o a fuertes penas de prisión (como Isserson), como también la mayoría de los jefes de Regimiento, Batallón e incluso muchos jefes de Compañías y Secciones. En total, tres de los cinco Mariscales del Ejército Rojo, trece de los quince jefes de Grandes Unidades tipo Ejército, ocho de los nueve Almirantes, cincuenta de los cincuenta y siete Tenientes Generales (jefes de Cuerpo de Ejército o puestos de responsabilidad equivalente), ciento cincuenta de los ciento ochenta y seis Generales de División, todos los comisarios de las Grandes Unidades tipo Ejército y veinticinco de los veintiocho comisarios de los Cuerpos de Ejército y muchísimos mandos inferiores fueron fusilados o encarcelados. Como consecuencia, habían sido sustituidos por otros mucho menos experimentados pero considerados políticamente fiables. La falta de oficiales competentes y el clima de terror que presidía la vida diaria de las unidades limitaba mucho las tareas de adiestramiento: un accidente podía significar una condena a muerte por ‘sabotaje’ para el que fuese considerado responsable. Por ello, la práctica habitual era evitar al máximo cualquier actividad que pudiese resultar peligrosa. Así, por ejemplo, los pilotos soviéticos volaban poco y evitaban hacerlo de noche, los conductores de carros no se salían de los caminos o carreteras y se evitaban los ejercicios de tiro… La falta de oficiales y la escasa capacidad general de los existentes favorecía la extensión de prácticas de corrupción a pequeña escala (venta de combustible, alimentos o equipos, pequeños robos…) que afectaba muy negativamente a la moral.

El Ejército Rojo tenía además graves problemas de cohesión: entre la tropa, los ‘proletarios’ de ciudad despreciaban a los campesinos, a los que consideraban un freno para el triunfo de la revolución. Así la cohesión entre la tropa era relativamente escasa. Por otra parte, los oficiales procedían en su inmensa mayoría del proletariado urbano, por lo que su relación con los soldados de procedencia campesina era, en el mejor de los casos, distante. La situación en el caso de los suboficiales era incluso peor: el Ejército Rojo no tenía suboficiales profesionales, sino que empleaba como tales a tropa de reemplazo seleccionada y ascendida tras un breve curso. Como en el caso de los oficiales, la inmensa mayoría de los seleccionados procedía del proletariado urbano y su relación con la tropa de origen campesino era incluso peor que en el caso de los oficiales. La escasa experiencia de estos suboficiales ‘de reemplazo’ hacía que el Ejército Rojo tuviese grandes problemas de disciplina a nivel de sus pequeñas unidades y que requiriese emplear oficiales incluso para dirigir tareas nimias y cotidianas. Esta práctica sobrecargaba de trabajo a los oficiales disponibles, que, como hemos citado, eran escasos, y reducía el tiempo de que disponían para su propia formación o la de sus unidades.

Desde el punto de vista de la capacidad de combate, la doctrina de la ‘batalla en profundidad’ exigía de los escalones subordinados el mismo nivel de iniciativa del que hacían gala sus equivalentes de la Wehrmacht. Sin embargo, en el clima de desconfianza impuesto por Stalin y dada la baja calidad general de los oficiales supervivientes del Ejército Rojo (muchos de ellos ascendidos a niveles de mando muy por encima de su preparación y capacidad, con el fin de reemplazar a los purgados), ejercer la iniciativa resultaba ser un camino con muchas posibilidades de terminar frente a un pelotón de fusilamiento. Consecuentemente, los oficiales soviéticos tenían una gran aversión al riesgo, y se limitaban a cumplir con toda la exactitud posible las órdenes recibidas. Y, en ausencia de órdenes, se limitaban a esperarlas. En realidad, el tipo de ejército necesario para ejecutar eficientemente la ‘batalla en profundidad’ de Tujaschevski se avenía muy mal con el modelo soviético de sociedad: la URSS era una sociedad de economía planificada, es decir, todas las actividades de la sociedad respondían a un plan maestro diseñado por los tecnócratas del Partido Comunista, siguiendo los dogmas de la doctrina marxista. La función de los ciudadanos se limitaba a la estricta aplicación de estos planes. Y cualquier desviación de lo escrito en esos planes se consideraba como una prueba de desconfianza en sus autores – la jerarquía del Partido Comunista – y, por ello, como una actividad ‘contrarrevolucionaria’. En el caso de las fuerzas armadas esto implicaba que la iniciativa de los mandos subordinados que promovía la Wehrmacht y que precisaba igualmente la ‘batalla en profundidad’ de Tujaschevski, iba radicalmente en contra de los hábitos creados por el Partido Comunista. La combinación de unos mandos superiores de calidad muy mediocre – capaces de diseñar planes igualmente mediocres – junto con una cultura de obediencia ciega a estos planes era una receta con muchas probabilidades de acabar en fracaso.

Otro efecto de la política de terror de Stalin fue la aversión a ceder ni un milímetro de terreno, por inútil que fuese ese terreno desde el punto de vista militar, ante el temor de que la pérdida de territorio desencadenase las represalias del dictador. Por ello, las tropas se distribuían de forma uniforme por todo el frente, en lugar de concentrarlas en los sectores clave, y sus despliegues eran absolutamente predecibles, pues respondían exactamente a lo descrito en los manuales.

La marginación de los teóricos que estaban detrás de la ‘batalla en profundidad’ del PU-36 y la falta de una doctrina alternativa implicó que la orgánica del Ejército Rojo se encontrase en una situación en la que se habían adoptado algunas medidas para poder ejecutar esa ‘batalla en profundidad,’ sin que se completase esa transformación, pero también sin que se revirtiese el proceso. Como ejemplo está la creación de los numerosos Cuerpos de Ejército Mecanizados previstos para ejecutar acciones independientes en la profundidad del despliegue enemigo, al modo en que la Wehrmacht empleaba sus Panzerkorps y Panzergruppen, pero se habían acabado distribuyendo los existentes entre los Ejércitos de Infantería a pie (para ejecutar contraataques locales, como preveían los franceses para sus Divisiones Acorazadas en 1940) o como reserva de ‘Frente’ (equivalente soviético al Grupo de Ejércitos), de forma que la enorme cantidad de carros soviéticos estaba dispersa tanto física como orgánicamente. Además de ello, el Cuerpo de Ejército Mecanizado soviético era una estructura muy rígida compuesta de dos Divisiones Acorazadas (con dos Regimientos Acorazados y uno de Infantería sobre camiones, con unidades de reconocimiento, contracarro, antiaéreas, de Ingenieros, de transmisiones… pero sin Artillería; cada División disponía de un parque teórico de 375 carros de combate) junto con una División de Infantería Motorizada (con tres Regimientos de Infantería sobre camiones, un Grupo Contracarro, un Batallón de Ingenieros, unidad de transmisiones y dos Grupos de Artillería remolcada).

El Cuerpo Mecanizado soviético era una estructura muy preponderante en carros de combate, pero relativamente escasa de Infantería y, sobre todo, de Artillería de Campaña. La experiencia británica en la campaña del Norte de África en sus enfrentamientos entre sus carros y las barreras de FlaK y PaK de Rommel, comentada en publicaciones anteriores, puede darnos una idea de las posibilidades de éxito de estas Divisiones Acorazadas soviéticas, sin Artillería y escasas de Infantería, frente a las unidades acorazadas plenamente interarmas alemanas. En realidad, durante la campaña de Francia, la Wehrmacht había aprendido que sus Divisiones Panzer (con dos Regimientos Acorazados en cada una) tenían más carros de los necesarios: en la mayoría de las ocasiones, uno solo de los Regimientos Acorazados había sido suficiente para explotar la ruptura del frente. En cambio, estaban escasas de Infantería Motorizada y de Artillería, haciendo que dependiesen del apoyo de la Luftwaffe para superar posiciones enemigas que no podían rodear. Este apoyo no siempre estaba disponible (por estar los aviones implicados en otras operaciones o, simplemente, por razones meteorológicas) y, en cualquier caso, era relativamente lento (por el propio funcionamiento de las cadenas de mando terrestres y aéreas). Como consecuencia, tras la campaña de Francia, la orgánica de las Divisiones Panzer cambió, reduciéndose el número de carros e incrementándose el de Infantería Motorizada y el de Artillería de Campaña dotada de medios de cadenas para poder seguir a los carros, la recién nacida ‘Artillería Autopropulsada’. Sin embargo, faltos de experiencia en combate, los Cuerpos Mecanizados soviéticos no habían sufrido esta evolución, por lo que no estaban correctamente adaptados a las necesidades reales de las misiones para las que se diseñaron.

La decisión de Stalin de cubrir todo el frente y la escasa competencia de los mandos del Ejército Rojo hicieron que los jefes de las unidades, en la mayoría de los casos, las Divisiones de estos Cuerpos de Ejército Mecanizados desplegasen muy lejos unas de otras, lo que implicaba que necesitarían un cierto tiempo para reunirse y poder ejecutar las operaciones independientes en profundidad que se suponía que eran su razón de ser. Los Cuerpos de Ejército Mecanizados desplegados más a vanguardia estaban bien dotados de material (el III  Cuerpo en Lituania disponía de 669 carros, de los que 101 eran modernos KV-1 y T-34), el IV Cuerpo, en Lvov tenía 979 carros  – por encima de sus 750 teóricos – , de los que 414 eran KV-1 y T-34), pero los desplegados más al interior estaban en peor situación (el XIV Cuerpo solo tenía 528 viejos T-26, 6 BT-5 y 10 T-37/38/40; el XIX Cuerpo de Ejército tenía solo 450 carros, de los que 7 eran T-34, siendo los demás T-26 o T-37). Las Divisiones de Infantería Motorizada de los Cuerpos Mecanizados estaban en una situación parecida, hasta el punto de que las situadas a retaguardia no disponían de camiones, confiando en la requisa de vehículos civiles en caso de guerra. Esta requisa requería tiempo y, lógicamente, la calidad del material obtenido así sería previsiblemente baja. Puesto que los Cuerpos Mecanizados operaban reunidos, si la Infantería no tenía camiones, esto reducía igualmente la movilidad de las Divisiones Acorazadas.

Carro de combate soviético KV-1. Pesadamente acorazado y armado con un cañón de 76,2 mm. de alta velocidad, el KV-1 era un enemigo formidable para los carros alemanes de 1941. Sin embargo, en la foto se aprecia la ausencia de antenas de radio y la escasa visibilidad del jefe de carro (solo dispone de un periscopio que mira hacia delante), graves inconvenientes para su eficacia en combate.

El Ejército Rojo disponía de grandes cantidades de equipo (en 1941 tenía más carros que todo el resto del mundo reunido). Sin embargo, los equipos producidos eran de calidad de fabricación mediocre, al primar siempre el objetivo de producir la mayor cantidad posible de medios sobre el control de calidad. Como consecuencia, la tasa de averías era muy elevada. Sin embargo, las unidades apenas disponían de piezas de recambio o de equipos de mantenimiento para estos medios: a los jefes de las fábricas se les imponían cuotas mínimas de producción de equipos (carros, cañones, camiones…), se les recompensaba si las superaban y se les castigaba duramente si no las alcanzaban (llegando a la temida acusación de ‘sabotaje’, que implicaba la prisión o la muerte), pero las piezas de recambio no estaban incluidas en esas cuotas, y, sin embargo, solo podían producirse a costa de reducir la producción de conjuntos completos. Como consecuencia, apenas se suministraban estas piezas, por lo que las unidades tenían gran cantidad de medios inoperativos por falta de repuestos. Esto obligaba a las unidades a ‘canibalizar’ materiales para mantener el resto.

Carro soviético T-34. Armado con el mismo cañón que el KV-1, el T-34 era más ligero, pero su diseño con paredes inclinadas le ofrecía una excelente protección. Como en el KV-1, escaseaban las radios y el jefe de carro disponía de una visión muy limitada al exterior.

Si bien la calidad de fabricación dejaba mucho que desear, el diseño de los carros soviéticos estaba mucho más avanzado de lo que los alemanes suponían. En 1941 empezaban a entrar en servicio los carros T-34 y KV-1. Ambos carros estaban armados con un potente cañón de 76,2 mm. de alta velocidad (cuando los carros alemanes empezaban a montar cañones de 50 mm. en sus Panzer-III, mientras que los Panzer-IV seguían con sus cañones de 75 mm. de baja velocidad, sin capacidad contracarro). Los carros soviéticos montaban además cadenas muy anchas, lo que permitía reducir mucho la presión que ejercían sobre el terreno por unidad de superficie, lo que les daba una excelente movilidad sobre barro o nieve, muy superior a la de los carros alemanes. El T-34 tenía flancos muy inclinados que permitían desviar los proyectiles, mientras que el KV-1 estaba pesadamente acorazado (con un peso de 47,5 toneladas, por 25 del Panzer-IV). Ni los cañones de los carros alemanes ni los pequeños cañones contracarro PaK-35/36 de 37 mm. o los cañones capturados franceses APX de 47 mm. (estos dos modelos comprendían la práctica totalidad de los empleados por las Baterías Contracarro de las Divisiones de Infantería alemanas) podían perforar el blindaje de los carros soviéticos más que a distancias muy cortas y en circunstancias muy favorables. El T-34 era más rápido que los carros alemanes (50 km/h por 38 del Panzer-IV), más pesado y mejor protegido (26,5 toneladas por 25 del Panzer-IV) y el KV-1 estaba a la par con ellos en velocidad. Como desventajas principales es necesario mencionar que muy pocos carros soviéticos disponían de radios, lo que hacía que los métodos de mando y control de las unidades acorazadas se limitasen al uso de banderas y campanas, lo que prácticamente hacía imposible la actuación coordinada de las unidades de carros soviéticas, y que las ópticas que montaban eran muy pobres, lo que hacía que el alcance eficaz de los carros soviéticos fuese muy inferior al alcance teórico de sus cañones, y mucho menor que el de las excelentes ópticas de los carros alemanes. En cualquier caso, estos dos modelos de carros constituyeron una desagradabilísima sorpresa para la Wehrmacht.

Panzer-III L. El grueso anillo situado alrededor de la escotilla del jefe de carro era una corona con cuatro periscopios con visión en todas direcciones, lo que permitía al jefe de carro saber lo que ocurría a su alrededor incluso con la escotilla cerrada. Esta corona con periscopios era común a todos los carros alemanes. Puede verse también la antena de la radio.

La organización de la Infantería soviética era superficialmente similar a la alemana. Las Divisiones de Infantería tenían una plantilla teórica de tres Regimientos, cada uno de ellos con tres Batallones, junto con dos Grupos de Artillería, una Batería antiaérea, más elementos logísticos, transmisiones, etc., con un total de 14.483 soldados. Cinco de estas Divisiones formaban un Cuerpo de Ejército. Tres Cuerpos de Ejército de este tipo junto con un Cuerpo de Ejército Mecanizado y varios Regimientos de Artillería e Ingenieros formaban una Gran Unidad Ejército.

Esta organización ya implicaba una gran reducción de la movilidad de los Cuerpos Mecanizados, al subordinarlos a los Ejércitos ‘de Infantería’. En realidad, era lo mismo que había hecho la Wehrmacht con sus Divisiones Panzer en Polonia en 1939. Sin embargo, en la campaña de Polonia esta reducción de la movilidad de las Divisiones Panzer tuvo un efecto limitado por el relativamente reducido tamaño del Teatro de Operaciones polaco (caso que no era el de Rusia) y por la iniciativa personal de los jefes de las Divisiones Panzer y de los Cuerpos de Ejército Acorazados alemanes, que penetraron mucho más profundamente y más rápidamente de lo planeado en la retaguardia polaca, desligándose en la práctica de la lenta Infantería a pie. Ese nivel de iniciativa era impensable en el Ejército Rojo.

En la práctica, las Divisiones de Infantería soviéticas estaban incompletas, superando rara vez los 8.000 soldados, y con falta de armas pesadas en general (ametralladoras y morteros pesados y ligeros) y con munición muy escasa.

Los Cuerpos de Ejército solo disponían de dos o tres de sus teóricas cinco Divisiones de Infantería, y apenas existían los Regimientos de Artillería o de Ingenieros de los Cuerpos de Ejército o de las Grandes Unidades tipo Ejército. Así, una de estas Grandes Unidades tipo Ejército solía disponer de una cantidad variable de entre seis y diez Divisiones de Infantería (de sus quince teóricas), un Cuerpo Mecanizado también incompleto y en pocas ocasiones disponía de algún Regimiento de Artillería o Ingenieros. A finales de mayo de 1941, Stalin ordenó una movilización parcial de 800.000 reservistas, con idea de completar las plantillas de las unidades existentes, pero ésta apenas había comenzado en junio de 1941.

La logística soviética era muy escasa, estando absolutamente desproporcionada con el enorme incremento del parque de vehículos. La experiencia en combate del Ejército Rojo arrancaba en la guerra civil rusa, una guerra en la que la Caballería a lomo había tenido un papel fundamental y que, junto con la Infantería a pie, constituían el grueso del Ejército Rojo. La Caballería roja era muy austera, operando fundamentalmente en las amplias llanuras rusas, uno de los pocos lugares del mundo que producen naturalmente la suficiente hierba para alimentar a grandes masas de caballos. Esto, junto con la proverbial austeridad del soldado ruso y la ausencia de grandes batallas o de ‘frentes’ dominados por la Artillería, como en la PGM, hacía que las necesidades logísticas del Ejército Rojo fuesen muy reducidas y, consecuentemente, su organización logística era muy endeble. Sin embargo, el nuevo Ejército Rojo diseñado por Tujaschevski se basaba en el empleo de miles de vehículos blindados y de grandes masas de Artillería. Esto implicaba necesariamente la creación de una estructura de apoyo logístico igualmente potente. Sin embargo, las purgas de Stalin habían acabado con los teóricos soviéticos capaces de identificar este problema y de adoptar medidas para solucionarlo. Como consecuencia, el sistema logístico soviético era absolutamente incapaz de apoyar a sus grandes unidades mecanizadas y acorazadas, problema que, como veremos, solo se pudo mitigar (parcialmente) con el enorme apoyo norteamericano que recibió durante el conflicto.

La logística soviética se basaba a nivel superior en el empleo del ferrocarril. Sin embargo, su escaso trazado condicionaba las maniobras posibles. Además de ello, las locomotoras rusas y soviéticas se diseñaron para quemar carbón de baja calidad (mucho más fácil y barato de obtener), por lo que eran mucho menos potentes que sus homólogas alemanas o francesas. Consecuentemente, la carga que podían transportar era menor, lo que hacía que los vagones soviéticos fuesen más pequeños que los empleados en el resto de Europa. Por ello, las vías rusas se diseñaron para soportar menos peso que en el resto del continente, con un balasto menos consistente y menos traviesas por kilómetro. Es decir, el problema con el que se encontrarían los alemanes no era simplemente el de cambiar el ancho de vía para homologarlo con el alemán: si no reconstruían prácticamente la totalidad del trazado ferroviario, el pesado material rodante alemán no podría emplear las vías soviéticas.

De modo similar, los motores de los vehículos soviéticos empleaban gasolina de muy bajo octanaje, ante las dificultades de la industria petroquímica soviética para producir gasolina de calidad. Por ello, los depósitos de combustible del Ejército Rojo no podían ser utilizados por los vehículos alemanes, sin sufrir un tratamiento químico que solo podía hacerse en las plantas industriales situadas en territorio alemán. A diferencia de los problemas del ferrocarril, el OKH sí era consciente de este problema, y no contaba con emplear inmediatamente el combustible capturado para sus avances en Rusia.

En el momento de la ofensiva alemana, el Ejército Rojo estaba redesplegándose para cubrir la nueva frontera generada por el pacto Ribbentrop-Molotov. Por ello, las minas y alambradas que cubrían la antigua frontera entre Polonia y la URSS habían sido retiradas para volver a instalarlas en la nueva frontera, pero esto apenas se había iniciado en junio de 1941. Por otra parte, las mismas dificultades logísticas a las que se enfrentaban los invasores alemanes condicionaban también el despliegue del Ejército Rojo: la falta de carreteras y el escaso trazado ferroviario obligaron al Ejército Rojo a desplegar muy cerca de la frontera que debían defender (no disponían de suficientes vías de comunicación para  desplegar rápidamente en ella desde el interior del territorio soviético) y a acumular grandes depósitos de suministros de todo tipo cerca de sus unidades, ante la imposibilidad de abastecerlas regularmente. Como consecuencia, el grueso del Ejército Rojo y la práctica totalidad de sus suministros se encontraba muy cerca de la frontera, lo que favorecía el plan de ataque de Hitler. La rudimentaria organización logística y los escasos medios disponibles hacían además que fuese imposible redesplegar hacia retaguardia los grandes depósitos de suministros desplegados a vanguardia, en caso de una retirada.

La Fuerza Aérea Roja, al igual que la Luftwaffe era una organización dedicada al apoyo a las fuerzas terrestres, en el esquema general de la ‘batalla en profundidad’. El día de la invasión alineaba la fastuosa cantidad de 10.743 aviones (9.909 operativos), frente a los 2.770 de los alemanes. Sin embargo, se componía principalmente de modelos anticuados.

En realidad, tampoco la Luftwaffe era una Fuerza Aérea realmente moderna: los Ju-87 Stuka eran tan lentos que solo podían operar en condiciones de absoluta superioridad aérea, mientras que los Ju-88 y los Dornier Do-17 – principales bombarderos disponibles – habían demostrado sus limitaciones en alcance (aspecto crucial en el amplísimo Teatro de Operaciones de Rusia) y carga útil en la Batalla de Inglaterra. Además de ello, la industria alemana había sido incapaz de compensar las pérdidas sufridas frente a los británicos: en junio de 1941, la Luftwaffe tenía 200 bombarderos menos que en junio de 1940, al tiempo que la flota de aviones de transporte (otro elemento fundamental en el enorme Teatro de Operaciones) había sido diezmada en Creta (146 Junkers Ju-52 destruidos y 150 seriamente dañados).

Como en el Ejército Rojo, las purgas habían tenido un gran efecto sobre la Fuerza Aérea soviética. El miedo a la acusación de sabotaje había reducido al mínimo la introducción de nuevos modelos de aviones, así como las horas de vuelo o el entrenamiento en vuelo nocturno (los pilotos del Distrito Militar del Báltico no habían volado en total más de 15,5 horas en los tres meses previos a la invasión, y los del Distrito Militar de Kiev, tan solo 4 h., y ninguna de noche). Pese a ello, algunos modelos de aparatos eran equivalentes o mejores que sus homólogos alemanes, como los cazas MiG-1 y MiG-3 o el excelente avión de apoyo a tierra Ilyushin Il-2 Sturmovik. Estos aviones estaban entrando en servicio, y solo 932 de los 2.800 necesarios para volarlos habían completado el adiestramiento para ello. Como en el caso del Ejército Rojo y por las mismas razones, las piezas de repuesto escaseaban, por lo que numerosos aparatos –incluso nuevos – estaban inoperativos.

Ilyushin Il-2 Sturmovik. Un excelente avión de ataque a tierra, muy bien protegido y muy superior al anticuado Ju-87 Stuka de la Luftwaffe.

Parte de las unidades aéreas soviéticas se subordinaban a las Grandes Unidades tipo Ejército o a los ‘Frentes’, mientras que otras se mantenían bajo control del Estado Mayor Central o Stavka. Algunas unidades específicas de cazas se dedicaban a la defensa aérea del territorio nacional, bajo el mando de los jefes de los diferentes Distritos Aéreos. Esta organización hacía que, en realidad, no hubiese una sola Fuerza Aérea Roja, sino muchas, que operaban con poca o ninguna coordinación y sujetas a los límites de las unidades terrestres o los Distritos Aéreos a las que estaban asignadas. No había un planeamiento único de la ‘batalla aérea’. Además de ello, muy pocos aviones disponían de radio, por lo que la posibilidad de anular o modificar la misión de una unidad aérea en vuelo o de que se coordinase con otra eran prácticamente nulas.

Pese a las múltiples deficiencias de las fuerzas soviéticas, la masa de fuerzas disponible (tenían más carros y más aviones que el resto del mundo reunido) hacía que tanto Stalin como sus generales se considerasen al abrigo de una invasión alemana.

Como en el caso del OKH, la primera cuestión a determinar para la Stavka era por dónde atacarían los alemanes, por el Norte o por el Sur de los pantanos de Prypiat. En julio de 1940, los generales soviéticos consideraban que el curso de acción más probable era un ataque con el esfuerzo principal al Norte de los pantanos de Prypiat, a caballo de la línea ferroviaria Varsovia-Moscú. La hipótesis soviética consideraba una fuerza de ataque de 270 Divisiones (incluyendo las que operarían desde Noruega y Finlandia). De ellas, 233 desplegarían en la nueva frontera occidental soviética, con 10 Divisiones Panzer y 123 Divisiones de Infantería alemanas operando al Norte de los pantanos de Prypiat, en dirección Minsk-Moscú-Leningrado y el resto en un esfuerzo de apoyo en Ucrania, hacia Kiev-Járkov. En consecuencia, el plan de la Stavka contemplaba el despliegue del grueso del Ejército Rojo al Norte de los pantanos.

El 5 de octubre de 1940, la Stavka presentó su plan a Stalin, con dos opciones: su preferida, el ataque alemán al Norte de los pantanos del Prypiat, y otra que preveía el esfuerzo principal alemán al Sur de los pantanos, en dirección a Ucrania. Stalin rechazó la primera opción, considerando que el objetivo de Hitler sería hacerse con los recursos económicos de Ucrania (como así era, en realidad). Así, el plan defensivo soviético (DP-41) acabó concentrando el grueso de sus fuerzas en el Distrito Militar de Kiev.

El general soviético Alexandr Vasilievsky, principal responsable de la concepción del plan DP-4

El DP-41 contemplaba el despliegue de 171 divisiones en tres líneas defensivas sucesivas, escalonadas en profundidad. La primera de estas líneas tenía como objetivo derrotar pequeñas incursiones alemanas si se producían, o retardar un ataque masivo, para dar tiempo a preparar la defensa a las dos líneas organizadas en profundidad. Esta primera línea la guarnecían 59 divisiones, con sectores defensivos de hasta 70 km. (en teoría y como norma general, una División de Infantería puede guarnecer en fuerza un frente de unos 35 km.). Esta primera línea se situaba a unas decenas de kilómetros de la frontera, para evitar provocar a los alemanes.

La segunda de estas líneas defensivas estaba dividida por los pantanos de Prypiat y estaba guarnecida por 52 Divisiones de Infantería (en la parte más ancha de los pantanos), y la tercera línea por 62 Divisiones de Infantería, en la línea del Dnieper y el Dvina Occidental. Los veinte Cuerpos Mecanizados disponibles desplegaban en la segunda línea (reservas de Ejército) y tras la tercera (reserva de Grupo de Ejércitos o ‘Frente’). La idea era que, en caso de una penetración puntual en la segunda línea defensiva, los Cuerpos Mecanizados asignados a los Ejércitos desplegados en ésta contratacarían, derrotando a los incursores y restableciendo la línea defensiva. En caso de que este contraataque fracasase, la tercera línea detendría a los invasores y los Cuerpos Mecanizados que formaban la reserva de ‘Frente’ contraatacarían para destruir a los invasores detenidos frente a esta línea y debilitados por los combates anteriores.

Carros soviéticos BT-5 en 1941. Los Cuerpos Mecanizados situados más al Este estaban dotados con materiales anticuados. El BT-5, veterano de la Guerra Civil española, no era enemigo para los Panzer-III y Panzer-IV alemanes

Las divisiones que guarnecían estas líneas dependían en tiempo de paz de los cinco Distritos Militares en los que se dividía la parte occidental de la Unión Soviética. La jefatura de cada uno de estos distritos se transformaba en el Cuartel General de un ‘Frente’ en caso de ataque alemán. Esta división administrativa hacía que no existiese una autoridad única en cada línea defensiva, sino que el mando y control se dispersase por criterios estrictamente territoriales.

En realidad, el plan defensivo soviético contemplaba una defensa estática en la que los invasores alemanes se enfrentarían sucesivamente a una fracción de las tropas soviéticas (las que defendían cada línea, o, más exactamente, las que defenderían la parte de esa línea que eligiese la Wehrmacht para romper el frente), mientras que el resto de las fuerzas del Ejército Rojo se limitaban a actuar de espectadores. En consecuencia, salvo que fuesen muy incompetentes (que, ciertamente, no era el caso) los alemanes tendrían siempre superioridad local de fuegos y de medios en el sector o sectores de ruptura. El DP-41, en su versión original, renunciaba a la iniciativa, limitándose el Ejército Rojo a reaccionar a las acciones de la Wehrmacht. Es decir, serían los alemanes los que decidiesen cuándo, dónde y cómo presentar batalla.

Puesto que, en la primera línea desplegaban esencialmente Divisiones de Infantería con sectores muy grandes, ni tenían suficientes fuerzas para detener el ataque alemán (por la amplitud de los sectores asignados), ni suficiente movilidad para retirarse antes de que las Divisiones Panzer las cercasen y destruyesen.  En el caso de la segunda línea, la defensa era más sólida. Pero, incluso así, la falta de obstáculos naturales importantes hacía que la defensa de las Divisiones de Infantería no fuese muy eficaz, especialmente dado que los alemanes podían concentrarse libremente en los sectores que decidiesen. En caso de perforar esta segunda línea, los contrataques tras la segunda línea estaban a cargo de las reservas de las Grandes Unidades tipo Ejército. Puesto que cada una de estas Grandes Unidades tipo Ejército tenía como mucho un solo Cuerpo Mecanizado, si la penetración alemana en la segunda línea era suficientemente importante, este Cuerpo Mecanizado se enfrentaría en solitario al grueso de los carros alemanes. Muy probablemente, el contraataque no tendría éxito y los carros alemanes podrían envolver y destruir a las Divisiones de Infantería que guarnecían la segunda línea. Finalmente, los alemanes podrían asaltar la tercera de estas líneas como habían hecho con la segunda. Sin embargo, la tercera línea estaba apoyada sobre dos grandes obstáculos fluviales, el Dnieper y el Dvina Occidental, lo que hacía cualquier penetración mucho más difícil. No obstante, estos ríos estaban cruzados por numerosos puentes, imprescindibles para mantener la corriente logística que mantenía a las unidades de la primera y segunda línea, por lo que no era posible destruirlos sin condenar irremisiblemente a estas unidades. En consecuencia, era ciertamente posible que los alemanes pudiesen capturar algún puente, especialmente vistos los éxitos de los paracaidistas alemanes en Bélgica, Francia o Creta o la velocidad de avance de sus Divisiones Panzer. Incluso si no conseguían capturar un puente intacto, los Ingenieros alemanes disponían de potentes unidades de pontoneros, capaces de tender puentes en pocas horas.

Columna de camiones alemanes cruzando un puente flotante tendido por una unidad de pontoneros en los Balcanes en 1941. El Ejército alemán disponía de medios especializados y veteranos para cruzar ríos, por lo que el Dniepr y el Dvina Occidental no constituían obstáculos insalvables.

El contraataque en este caso correspondería a la reserva de ‘Frente’ (uno o varios Cuerpos Mecanizados). Sin embargo, dado el tamaño del Teatro de Operaciones y la falta de carreteras o vías de ferrocarril, era muy posible que los alemanes pudiesen romper el frente en algún sector antes de que los Cuerpos Mecanizados disponibles pudiesen reunirse para ejecutar una acción coordinada. En ese caso, los alemanes podrían derrotar sucesivamente a los Cuerpos Mecanizados que fuesen llegando a la zona de contraataque. En cualquier caso, este plan desaprovechaba completamente la enorme superioridad numérica del Ejército Rojo.

El DP-41 era un plan muy ortodoxo, en el sentido de que respondía a las ideas tácticas… de 1918. El plan era en realidad el mismo que habían aplicado los franceses en 1940, pero con tres líneas escalonadas en profundidad, en lugar de confiarlo todo a una sola línea fortificada, y con los numerosos Cuerpos Mecanizados haciendo el papel de las cuatro Divisiones Acorazadas de Reserva que había desplegado Francia. En cualquier caso, el DP-41 tenía muy poco que ver con las ideas doctrinales de la ‘batalla en profundidad’, basada en el movimiento y en la actuación simultánea de todas las fuerzas disponibles contra el conjunto del dispositivo enemigo. No obstante, quizá era lo mejor que el Ejército Rojo podía hacer en 1941: los creadores de la ‘batalla en profundidad’ (Tujaschevski, Svechin, Triandafilov, Isserson…) estaban muertos o encarcelados, y sus ideas cuestionadas políticamente, la ejecución de la ‘batalla en profundidad’ requería unos mandos extraordinariamente competentes de los que no se disponía y una cultura de iniciativa absolutamente ausente en el Ejército Rojo. Además de ello, la necesaria transformación orgánica y de medios para ejecutar operaciones móviles no se había completado, por lo que la mayor parte de las unidades carecían de suficientes transportes, la organización logística hubiera sido incapaz de apoyar ese tipo de combate y la falta de equipos de radio hacia muy difícil el ejercicio del mando en una situación de combates móviles. Es decir, faltaban ideas, jefes y medios para hacer mucho más que lo contemplado en el DP-41.

En cualquier caso, Stalin y la Stavka confiaban en detener cualquier ataque alemán en la línea del Dnieper-Dvina Occidental en el peor de los casos, y derrotar a la Wehrmacht con el contraataque de sus potentes y numerosos Cuerpos Mecanizados.

Cuando la amenaza alemana se fue haciendo más evidente, Stalin comenzó a reforzar su dispositivo defensivo. En la primavera de 1941, la Stavka comenzó a organizar una nueva fuerza de cinco Ejércitos, bajo un mando único, un nuevo ‘Frente’, que comenzó a desplegarse a lo largo del Dnieper y del Dvina Occidental en junio de 1941, reorganizando y reforzando la tercera de las líneas defensivas previstas en el plan DP-41.

Además de las tropas desplegadas frente a los alemanes, el Ejército Rojo disponía de una fuerza de unas cuarenta Divisiones desplegadas en Asia, para hacer frente a un posible ataque japonés desde la frontera entre China y la Unión Soviética. Como ocurrió al final, si se descartaba la posibilidad de un ataque japonés, estas fuerzas podrían ser redesplegadas frente a los alemanes.

El Mariscal Zhukov, vencedor de los japoneses en Khalkhin Gol en 1939, uno de los más destacados generales soviéticos, y uno de los pocos que comprendían la ‘batalla en profundidad’.

El despliegue soviético en 1941 respondía a un criterio fundamentalmente defensivo, aunque la necesidad de concentrar tantas fuerzas cerca de la frontera pudiera hacer pensar en la preparación para un ataque. Sin embargo, los problemas comentados del Ejército Rojo hacen dudar de que ningún responsable soviético confiase realmente en derrotar a la Wehrmacht en una ofensiva. Pese a ello, en mayo de 1941, ante las evidencias cada vez mayores de las intenciones de Hitler de iniciar una ofensiva contra la Unión Soviética, el General Zhukov propuso a Stalin iniciar una ofensiva sobre Alemania en julio de 1941. El plan de Zhukov preveía emplear 152 divisiones para destruir a las fuerzas alemanas en Polonia, estimadas en ese momento en 100 divisiones. El esfuerzo principal se haría al Norte de los pantanos de Prypiat, a caballo de la línea férrea Varsovia-Moscú, y tendría como objetivo la destrucción de las fuerzas alemanas y la toma de Varsovia. Es difícil pensar que Zhukov desconociese las carencias del Ejército Rojo, por lo que, aparentemente, solo el convencimiento de la inferioridad del Ejército Rojo frente a la Wehrmacht parecería aconsejar un plan con muy pocas posibilidades de éxito. En cualquier caso, el plan de Zhukov se incorporó al DP-41, como una secuela a ejecutar tras haber rechazado el ataque alemán, o como una opción para no dejar la iniciativa exclusivamente en el lado alemán.

El avance alemán

A pesar de los brillantes éxitos de los años precedentes, la Wehrmacht era un instrumento militar extremadamente frágil. En realidad, Alemania carecía de la amplia base de reservas militares adiestradas que habían sido uno de los factores esenciales de la capacidad militar del Ejército Imperial en 1914, y su disponibilidad de medios acorazados (y de todo tipo de armamento moderno, de hecho, con especiales carencias en el aspecto de los vehículos) era mucho menor de la necesaria para emprender una guerra prolongada. Además de ello, su creencia en su capacidad de vencer en una campaña corta hizo que la economía alemana no llegase a movilizarse realmente, manteniendo casi la misma producción que tenía en tiempo de paz. Sin embargo, como hemos visto, quizá cegados por su propio éxito, Hitler y sus generales ignoraron estos factores (e, incluso, los detallados cálculos logísticos realizados por sus propios Estados Mayores) e iniciaron la invasión de Rusia con objetivos estratégicos poco claros, dispersando sus limitadas unidades acorazadas y mecanizadas y, con ellas, a la Luftwaffe, y sin capacidad real para apoyar logísticamente la campaña planeada (Clash of Titans). Como consecuencia, si la Wehrmacht no conseguía derrotar decisivamente al Ejército Rojo en la serie de embolsamientos previstos en la frontera, la enorme extensión de la Unión Soviética podría absorber la potencia militar alemana, mientras que la ingente disponibilidad de recursos de todo tipo de los soviéticos les permitiría reconstruir sus fuerzas y contraatacar con capacidades militares constantemente crecientes.

La doctrina empleada por la Wehrmacht era una versión depurada de la empleada en Francia en 1940, y perfeccionada en las campañas posteriores. Para ello, el primer paso era alcanzar la superioridad aérea en las zonas en las que estaba previsto que se ejecutasen las operaciones principales. Para ello, la Luftwaffe atacaría por sorpresa a la Aviación Roja (la VVS) en sus bases. Alcanzada esa superioridad aérea, la Luftwaffe volvería a su papel de protección de las penetraciones acorazadas en el interior del territorio enemigo, bombardeando a las unidades que intentasen contraatacar y estrangulando logísticamente a las fuerzas soviéticas. De la misma forma, proporcionaría apoyo de fuego aéreo en aquellos puntos en los que la resistencia enemiga fuese particularmente tenaz, y que fuesen imprescindibles para continuar el avance.

La reacción soviética se dificultaría mediante la desorganización de las comunicaciones de las fuerzas soviéticas. Las comunicaciones del Ejército Rojo en tiempo de paz dependían fundamentalmente de líneas telefónicas y telegráficas civiles, muy vulnerables a la acción de unidades de operaciones especiales, que se lanzarían en paracaídas la noche del ataque, empleando uniformes rusos.

El plan a ejecutar contemplaba el embolsamiento de las grandes unidades soviéticas desplegadas cerca de la frontera, empleando para ello el conjunto de Divisiones acorazadas y motorizadas que constituían el núcleo del Heer. La idea era abrir brechas en los extremos del frente defendido por las unidades a embolsar, penetrar en ambos flancos hasta superar las organizaciones desplegadas más a retaguardia de las unidades cuyo cerco estaba planeado, para cerrar la bolsa al converger ambas pinzas. Como en Francia, as penetraciones acorazadas avanzarían con sus flancos protegidos por la Luftwaffe. Como en África, en caso de sufrir un contraataque de los numerosísimos carros soviéticos pese a la acción de Luftwaffe, los carros alemanes fingirían una retirada para atraer a los carros soviéticos hacia una barrera contracarro de sus FlaK y PaK, medios que acompañaban siempre muy cerca a las vanguardias acorazadas. También como en Francia, unidades de operaciones especiales y de paracaidistas ocuparían puentes e instalaciones clave para facilitar el avance de las Divisiones móviles. Las unidades de Infantería avanzarían tras estas Divisiones móviles, con el fin de fijar a las fuerzas soviéticas que deberían ser embolsadas y evitar que escapasen al cerca y también para ocupar los puntos clave tomados por las Divisiones móviles y que fuese necesario mantener.

Bombardero ligero alemán Dornier Do-17. La Luftwaffe no disponía de una fuerza de bombarderos pesados de gran alcance. La vocación de la Luftwaffe de elemento de apoyo al Ejército de Tierra hizo que sus aviones estuviesen muy especializados en ese papel, pero la privó de la capacidad de ejecutar una campaña de bombardeos estratégicos contra la industria soviética, o de alcanzar objetivos en la profundidad del territorio soviético.

En teoría, la Fuerza Aérea Soviética (VVS) disponía de una aplastante superioridad sobre la Luftwaffe. Si los alemanes podían contar con unos 3.500 aviones, los soviéticos desplegaban 35 Divisiones Aéreas, totalizando casi 6.900 aparatos. Pero, en realidad, la VVS era un “tigre de papel”, pues sus aviones estaban en su mayoría completamente obsoletos. Como ejemplo, sus cazas eran mayoritariamente los Polikarpov I-16 que ya se habían empleado en la Guerra Civil española, con manifiesta desventaja frente a los primeros modelos del Messerschmitt Bf-109. Es cierto que estaba en proceso de modernización, con excelentes diseños como los MiG-3, LaGG-3 y Yak-1, pero éstos eran una minoría (solo 8 de los 106 Regimientos de Cazas disponían de cazas modernos). El adiestramiento era muy pobre: las “purgas” de Stalin habían afectado a la VVS al menos en igual proporción que al Ejército Rojo, y habían creado una cultura de aversión al riesgo (un accidente podía terminar en una acusación de “sabotaje” para el jefe del Regimiento, lo que implicaba casi siempre una pena de prisión o incluso la ejecución del supuesto responsable) que evitaba cualquier actividad de entrenamiento peligrosa (como los ejercicios con fuego real o los vuelos nocturnos). A la vez, la corrupción generalizada hacía que la venta del combustible fuese una práctica habitual, lo que contribuía a que los pilotos soviéticos volasen muy pocas horas.  En cualquier caso, la enorme superioridad numérica de la VVS hacía que fuese imperativo para los alemanes destruirla en los primeros compases de la operación.

Polikarpov I-16. Principal caza de la VVS en 1941. Veterano de la Guerra Civil española, en junio de 1941 estaba irremediablemente obsoleto frente a los Bf-109 de la Luftwaffe.

Inicialmente, el ataque alemán fue tan devastador como estaba previsto. A las 03:15 de la madrugada y de forma casi simultánea con el inicio de los fuegos artilleros de las unidades alemanas de vanguardia, la Luftwaffe comenzó un ataque nocturno contra las diez principales bases aéreas soviéticas, empleando 637 bombarderos y 231 cazas, con pilotos especialmente seleccionados y entrenados para ejecutar bombardeos nocturnos. Cuando amaneció, los aviones alemanes ampliaron su lista de objetivos a otros 66 aeródromos, empleando casi mil bombarderos y más de quinientos cazas… la Luftwaffe destruyó más de 900 aviones soviéticos en tierra (algunas fuentes elevan esta cifra a 1.489) y otros 200 en el aire (322 para otros autores), y más de 300 pilotos soviéticos resultaron muertos, solo en el primer día de la operación, contra unas modestas pérdidas de 78 aviones alemanes, principalmente en accidentes. Al final de la primera semana de combates, la VVS había perdido 4.990 aviones, contra 179 aviones alemanes. El propio Hermann Göring, jefe de la Luftwaffe, desconfió de estas cifras, dada su enormidad.

Como consecuencia, los alemanes ganaron rápidamente el control del espacio aéreo en la zona de combate, pudiendo atacar ininterrumpidamente a las unidades soviéticas que intentaban resistir a las operaciones terrestres o que intentaban alcanzar sus posiciones de combate por carretera o por ferrocarril. Sin embargo, la limitada autonomía de los aviones alemanes y la propia extensión del Teatro de Operaciones, mucho mayor que cualquier otro donde la Luftwaffe hubiera operado hasta entonces, hacía que la acción aérea alemana se limitase a las zonas por donde avanzaban las divisiones acorazadas alemanas. En consecuencia, fuera de estas zonas, el reconocimiento aéreo alemán era esporádico, por lo que la información de que disponían los mandos alemanes sobre la situación de las unidades soviéticas fuera de las zonas cubiertas por la Luftwaffe era muy escasa. En otro orden, nada se hizo para destruir la potente industria soviética o para impedir que pudiesen llegar refuerzos desde Siberia. Como ya hemos explicado, la Luftwaffe carecía de la doctrina y de los medios necesarios para ejecutar una campaña aérea estratégica. A cambio, la destrucción de la Fuerza Aérea Roja privó al mando soviético de su principal elemento de reconocimiento, por lo que, desde el inicio de la ofensiva alemana, la información de que disponían los jefes del Ejército Rojo sobre la situación de las unidades alemanas se limitaba a los confusos informes que pudieran remitir las unidades soviéticas en contacto con los invasores.

Las tropas terrestres alemanas superaron rápidamente la línea de vigilancia establecida con tropas de fronteras o de la NKVD, que, en el mejor de los casos, pudieron retrasar puntualmente el avance alemán unas pocas horas en algunos puntos. Solo la ciudad fortificada de Brest-Litovsk y la fortaleza de Premyshl, al Suroeste de Lvov, quedaron en manos soviéticas durante algo más de una semana.

Las comunicaciones del Ejército Rojo se vieron rápidamente colapsadas por el volumen de unidades que intentaban informar del avance alemán, por las destrucciones causadas por los ataques de la Luftwaffe, los sabotajes de las unidades de operaciones especiales alemanas y por las propias limitaciones de los rudimentarios sistemas telefónicos y telegráficos soviéticos. Como consecuencia, la reacción del Ejército Rojo fue bastante descoordinada, con las diferentes unidades dirigiéndose de forma casi individual a sus posiciones defensivas previstas en los planes aprobados.

El 22 de junio, Stalin y el Comisario de Defensa Timoshenko aprobaron la Directiva nº 3, que ordenaba la ejecución de contraataques generalizados contra los invasores alemanes. Sin embargo, el colapso de las comunicaciones y la ausencia de medios de reconocimiento aéreo, hacía que los mandos soviéticos careciesen de información sobre la situación real en el frente, o que pudiesen coordinar eficazmente las acciones de combate de sus unidades, llevando a que los contrataques se ejecutasen de forma descoordinada y con fuerzas insuficientes. El miedo a Stalin de los jefes militares soviéticos se tradujo en la obediencia acrítica de la Directiva nº 3, ejecutando operaciones mal planeadas y ejecutadas con unidades desorganizadas. Como ejemplo, en el sector clave del avance alemán, situado al Norte de los pantanos de Prypiat, el jefe del 4º Ejército soviético, la unidad encargada de su defensa en la parte Sur, no tenía comunicación ni con su escalón superior (el Frente Occidental) ni con sus divisiones, por lo que la defensa se realizó de forma aislada por cada una de sus divisiones, sin coordinación entre ellas y sin ningún apoyo exterior. En la parte Norte de este sector, los jefes del 3er y 10º Ejércitos soviéticos sí mantuvieron el enlace con el Cuartel General del Frente Occidental, pero solo podían controlar a una pequeña fracción de sus unidades subordinadas, por lo que la situación apenas era mejor que al Sur. En cumplimiento de la Directiva nº 3, el 23 de junio, el 10º Ejército intentó ejecutar un contraataque desde el Norte contra el flanco izquierdo de la penetración alemana, con las escasas fuerzas disponibles. El apresurado contraataque, llevado a cabo con fuerzas insuficientes y pobremente coordinadas, fracasó, ocasionando la destrucción completa de los restos del 10º Ejército, creando una brecha aún mayor en el frente soviético.

No obstante, el enorme éxito inicial, los alemanes pronto empezaron a encontrar algunas sorpresas. El 24 de junio, la 2ª División Acorazada soviética desplegó 51 carros KV-1 y KV-2 para impedir el paso de la 6ª División Panzer sobre el río Dubysa en Raseiniai (Lituania), al Noroeste de Vilna, en el eje de avance del Grupo de Ejércitos Norte. Los alemanes no conocían la existencia de los pesadamente acorazados carros KV, y la 6ª División Panzer tras un fulgurante avance en las tres jornadas anteriores se vio detenida durante dos días, incapaz de destruir a los carros soviéticos. Finalmente, los KV agotaron su combustible, quedando reducidos apenas a búnkeres fijos, lo que permitió su destrucción por los siempre eficaces FlaK de 88 mm. y por los zapadores de asalto de la División Panzer. Las pérdidas alemanas no fueron mayores porque muchos de los carros KV tenían desalineadas las miras para apuntar sus armas, lo que hacía su fuego completamente ineficaz; su despliegue no había sido más que una de las muchas medidas desesperadas de los jefes soviéticos para aplicar la Directiva nº 3. En conjunto, los contraataques de los numerosos Cuerpos Acorazados soviéticos fracasaron tanto por la improvisación de su planeamiento (que llevó a falta de coordinación y de apoyos logísticos esenciales, como la munición y el combustible) como por la competencia militar de los alemanes.

Carro pesado soviético KV-2. Con su robusto blindaje de 75 mm. de espesor, solo los FlaK alemanes de 88 mm. podían destruirlo a distancia, mientras que su potente cañón de 152,4 mm. era capaz de destruir cualquier vehículo que la Wehrmacht pudiera desplegar en el campo de batalla. Sin embargo, su movilidad era escasa (tenía 600 CV para mover 54 toneladas), el giro de su pesada torre era muy lento para actuar eficazmente en combates móviles y sus miras de puntería eran muy rudimentarias (un problema común que aquejó a los carros soviéticos durante todo el conflicto).

Gracias al empleo generalizado de las barreras contracarro de FlaK y PaK, el efecto en combate de la inesperada aparición de los carros KV y T-34 fue mucho menos importante de lo que podría haber sido si los alemanes hubiesen intentado combatirlos empleando sus propios carros, notablemente inferiores en armamento y protección. Adicionalmente, el dominio del aire de Luftwaffe permitía a los alemanes atacar impunemente a las unidades soviéticas que maniobraban para contraatacar. Así, como ejemplo, el VI Cuerpo de Caballería soviético, que, junto con dos Cuerpos Acorazados, intentó ejecutar un contraataque el 25 de junio contra los carros del 3er Panzergruppe, en la zona de Grodno (Grupo de Ejércitos Centro) sufrió más de un 50% de bajas en sus vehículos debido a la presión de la Luftwaffe antes siquiera de llegar a entrar en contacto con los carros alemanes. Al final, de los tres Cuerpos soviéticos que intentaron ese contraataque, sobrevivieron tres carros, doce transportes y una treintena de camiones… En conjunto y con acciones muy similares a la descrita, los soviéticos perdieron el 90% de sus medios acorazados en la primera semana de combate.

Operaciones del Grupo de Ejércitos Centro

En el sector del Grupo de Ejércitos Centro, al Norte de los pantanos de Prypiat, el plan alemán preveía tres embolsamientos sucesivos, uno a pocos kilómetros de la frontera, en Bialystok, otro al oeste de Minsk y el tercero sobre Smolensko.

El Grupo de Ejércitos Centro llevaba (en teoría) el esfuerzo principal de la ofensiva alemana. Operaría al Norte de los pantanos de Pripyat, con los dos Panzergruppen de que disponía en los extremos Norte y Sur de su despliegue, para cercar a las tropas soviéticas que defendían tres sucesivas líneas defensivas.

Para ejecutar el primero de ellos, alrededor de Bialystok, el 3er Panzergruppe por el Norte abrió paso a las Divisiones de Infantería alemanas, que cerrarían el cerco sobre las tropas soviéticas que defendían este Sector cerca de la frontera, mientras que este Panzergruppe avanzaba en dirección a Minsk por el Norte. Simultáneamente, el 2º Panzergruppe haría lo mismo por el Sur, abriendo paso a las Divisiones de Infantería y avanzando rápidamente en dirección a Minsk desde el Sur. El fracaso del contraataque del 10º Ejército contra el 3er Panzergruppe (mencionado en el post anterior), y la evidente amenaza de cerco forzaron la retirada del conjunto del Frente Occidental soviético. La operación de retirada se hizo la noche del 25 al 26 de junio, con idea de cruzar el río Schara en la población de Slonim. Sin embargo, los problemas de comunicaciones hicieron que no todas las unidades recibieran la orden de retirada, mientras que la presión alemana y la falta de apoyo de Artillería o de Aviación hizo que muchas unidades no pudiesen romper el contacto con los alemanes. Además, las unidades soviéticas habían perdido la mayoría de sus vehículos y de sus reservas de combustible. En consecuencia, las unidades que se retiraron lo hicieron principalmente a pie y bajo ataques de la Luftwaffe… No es sorprendente que muy pocas unidades fueran capaces de cruzar el río Schara. A finales de junio, las vanguardias del  y del 3er Panzergruppen se encontraron en las cercanías de Minsk, cerrando una bolsa que contenía a la mayoría de los 3º, 10º y 13º Ejércitos soviéticos, más de 417.000 soldados: el Frente Occidental soviético había dejado de existir (su jefe, el General Pavlov fue fusilado poco después por orden de Stalin). Pese a este éxito, el cerco alemán era muy débil: las Divisiones de Infantería no habían alcanzado a las unidades acorazadas de vanguardia, por lo que el “cerco” era más moral que real, existiendo numerosas zonas por las que los soldados soviéticos podían escapar de la bolsa. En realidad, los alemanes apenas controlaban las carreteras y (parcialmente) los ferrocarriles. En consecuencia, muchos soldados soviéticos pudieron escapar, aunque dejando atrás su equipo pesado.

Las operaciones del Grupo de Ejércitos Centro no escaparon a los problemas logísticos. Las columnas de abastecimiento de los Panzergruppen se disputaban la prioridad en el uso de las carreteras con las Divisiones de Infantería, creando atascos que impedían el movimiento. Tan pronto como el 24 de junio, el 2º Panzergruppe de Guderian tuvo que solicitar abastecimiento de gasolina por el aire. A cambio, la resistencia del Frente Occidental fue limitada, reduciendo el consumo de municiones. En cualquier caso, hasta Minsk, el Grupo de Ejércitos Centro operaba dentro de la distancia a la que los logistas alemanes habían considerado que era posible proporcionar el apoyo adecuado. Al Este de Minsk no sería así.

En otro curioso paralelismo con la campaña de Francia, Hitler temía que la creciente distancia que separaba a las Divisiones motorizadas de las Divisiones de Infantería a pie pudiera permitir a los soviéticos embolsar y destruir a las Divisiones móviles, por lo que ordenó, como en Dunquerque, la detención de las unidades del 2º y 3er Panzergruppen en Minsk hasta que las Divisiones de Infantería neutralizasen a las tropas soviéticas embolsadas. El jefe del OKH, general Halder, protestó vigorosamente, consciente de la necesidad crítica de derrotar al Ejército Rojo en una campaña lo más corta posible, pero su protesta no tuvo éxito. Sin embargo, Halder confiaba en que Guderian desobedecería las órdenes de Hitler de detener a su 2º Panzergruppe, como ocurrió en Sedán en 1940… Y, en efecto, así fue.

Tras los problemas de coordinación aparecidos en el cierre de la bolsa de Minsk, el OKH organizó el 4º Ejército Panzer, bajo el mando de Von Kluge, dentro del Grupo de Ejércitos Centro. A esta nueva Gran Unidad subordinó a los 2º y 3er Panzergruppen, junto con dos Cuerpos de Ejército a pie, con idea de que esta nueva unidad tuviese la capacidad suficiente para cercar a las fuerzas soviéticas y, a la vez, proteger los flancos de las unidades acorazadas. Sin embargo, esta medida difícilmente podía solucionar los problemas de la diferente movilidad entre las Divisiones Acorazadas y las de Infantería, por lo que, en la práctica, los dos Panzergruppen, continuaron operando como unidades independientes.

Las unidades supervivientes del Frente Occidental soviético fracasaron en constituir una línea defensiva sobre el río Berezina, al Este de Minsk, y las vanguardias alemanas cruzaron el río a principios de julio, dirigiéndose al Este, hacia el río Dniepr.

A estas alturas de la operación, el OKH consideraba que el Ejército Rojo había sido destruido, y que solo quedaban pequeñas resistencias por vencer… Sin embargo, los servicios de inteligencia alemanes habían subestimado en mucho la entidad del Ejército Rojo, como descubrieron las unidades alemanas que avanzaban hacia Smolensko, enfrentándose a numerosas unidades soviéticas casi intactas y siempre dispuestas a pasar a la ofensiva. De hecho, los alemanes pensaban que solo encontrarían a los restos de los 13º y 4º Ejércitos del Frente Occidental, destruido en la bolsa de Minsk. Sin embargo, la defensa soviética se había reforzado con cinco Ejércitos apresuradamente formados, procedentes del Grupo de Ejércitos de Reserva del Mariscal Budienny, que se había constituido a mitad de mayo de 1941, cuya existencia era ignorada por los alemanes. Uno de ellos, el 16º, compuesto solamente por dos Divisiones de Infantería y un Cuerpo Mecanizado se estableció en defensiva en Smolensko. El Mariscal Timoshenko fue nombrado nuevo jefe del Frente Occidental, coordinando todas las fuerzas que iban llegando a su sector del frente.

En realidad, el Grupo de Ejércitos de Reserva de Budienny se había concebido como una fuerza capaz de realizar una contraofensiva decisiva en el conjunto del Teatro de Operaciones. La disgregación de este Grupo de Ejércitos para reforzar los Frentes ya existentes, implicaba la renuncia a esta contraofensiva, pero la contundente derrota de las defensas soviéticas no dejaba otra opción. Stalin era consciente de que necesitaba ganar tiempo para poder organizar un nuevo Ejército Rojo, por lo que el Grupo de Ejércitos de Reserva fue desplegando sus medios en posiciones defensivas conforme estaban disponibles. Así, el 24º Ejército desplegó en Viazma y el 28º en Spas-Demensk, ambos al Este de Smolensk, protegiendo los accesos a Moscú. Otra línea defensiva más cercana a Moscú se organizó con los llamados 29º, 30º, 31º, 32º y 33º Ejércitos, que eran poco más que un abigarrado conjunto de unidades dispersas formadas con guardias de fronteras, tropas de la NKVD y voluntarios del Partido Comunista. Ninguna de todas estas Grandes Unidades estaba correctamente dotada de carros, artillería o defensa antiaérea, ni sus jefes tenían experiencia de mando a esos niveles ni Estados Mayores competentes que los pudieran apoyar. Además, la urgencia de la situación hizo que se fuesen empleando conforme iban llegando al frente, de forma que nunca actuaron al completo de su potencial. Su principal ventaja en combate estribaba en que los alemanes ignoraban completamente su existencia, y cada encuentro con ellas constituyó una sorpresa para los invasores.

Carro soviético BT-5 destruido, cerca de Vitebsk, en 1941. Si los T-26 y BT-5 hubieran podido ser un arma decisiva en la Guerra Civil española, en 1941 estaban irremediablemente anticuados. Aún así, constituían la mayoría de los carros disponibles del Ejército Rojo.

El primer encuentro tuvo lugar el 6 de julio, cuando el 20º Ejército soviético (dos Cuerpos Mecanizados y dos Cuerpos de Ejército de Infantería) atacaron frontalmente a las 7ª y 17ª Divisiones Panzer, en Lepel y Senno, al Este del Dniepr. Los soviéticos disponían de anticuados carros T-26 y BT-5 principalmente, y sufrieron grandes bajas frente a los PaK y FlaK alemanes: 832 carros soviéticos fueron destruidos, y el 20º Ejército se retiró. El 3er Panzergruppe continuo su avance hacia el Este, dejando muy atrás a los Ejércitos a pie que le seguían.

El día 10 de julio, el 2º Panzergruppe de Guderian cruzó el Dniepr más al Sur, en la zona débilmente defendida por los restos del 13º Ejército. Para el 13, Guderian había embolsado a lo que quedaba del 13ª Ejército (cuatro castigadas Divisiones de Infantería) y al XX Cuerpo Mecanizado en Mogilev. No obstante, las tropas cercadas resistieron hasta el 26 de julio, aunque esto no impidió a los alemanes continuar su avance. En consecuencia, el 2º Panzergruppe avanzó casi en solitario por un terreno que creía despejado de unidades enemigas.

Casi simultáneamente, el 15 de julio, los 11º y 48º Ejércitos soviéticos atacaron el expuesto flanco Sur del Grupo de Ejércitos Norte, al Este de Pskov. En este sector, el 4º Panzergruppe se encontraba muy por delante de las fuerzas que debían cubrir su flanco, el 16º Ejército alemán, al tiempo que el rapidísimo avance del Grupo de Ejércitos Norte había dejado atrás al Grupo de Ejércitos Centro, que debía avanzar en paralelo al Sur. En consecuencia, el 4º Panzergruppe era muy vulnerable al tipo de envolvimiento que intentaron los soviéticos. El contraataque soviético consiguió cercar a la 8ª División Panzer, que pudo romper el cerco, pero perdió más de 70 carros, casi la mitad de los disponibles.

Al mismo tiempo, en Ucrania, el 5º Ejército soviético atacaba el flanco Norte del 1er Panzergruppe al Oeste de Kiev.

El Mariscal Timoshenko aprovechó los solitarios avances del 2º 3er Panzergruppen para atacarlos por los flancos, con la finalidad de aislarlos del Grupo de Ejércitos Centro y destruirlos. Sin embargo, el plan de Timoshenko era muy rígido, y sus tropas muy poco adiestradas para una operación muy compleja. Así, entre el 11 y el 13 de julio, el 19º Ejército soviético del General Konev, atacaba el flanco Norte del 3º Panzergruppe, intentando recuperar el saliente de Vitebsk. El 3er Panzergruppe derrotó fácilmente a las inexpertas tropas del 19º Ejército, que para el 13 ya había desaparecido como unidad combatiente. El éxito tentó al jefe del 3er Panzergruppe, General Hoth, a intentar un fulgurante avance rodeando Smolensko por el Norte. Aunque casi lo consiguió, tuvo que retirarse ante el riesgo de quedar cercado.

Los millones de prisioneros soviéticos capturados por la Wehrmacht suponían una enorme carga logística y un problema de seguridad. La mayoría de ellos fallecieron en cautiverio, faltos de suministros o atención médica, y obligados a duras jornadas de trabajos forzosos.

En el Sur del sector, el 13 de julio, el 21º Ejército soviético avanzó hacia el flanco Sur de Guderian, con una considerable fuerza de veinte Divisiones (si bien incompletas), con el fin de separar al 2º Panzergruppe del 2º Ejército alemán que marchaba detrás. Los soviéticos fueron capaces de cruzar el Dniepr en dirección Oeste y avanzar 80 km en dos días, hasta que el LIII Cuerpo de Ejército del 2º Ejército alemán los detuvo. Al mismo tiempo, tres Divisiones de Caballería penetraron en la retaguardia alemana. El Grupo de Ejércitos Centro tuvo que desplegar a su Cuerpo de Ejército de reserva para derrotar la penetración soviética por el flanco Sur del 2º Panzergruppe. Sin embargo, Guderian no se dejó distraer por el contraataque soviético, sino que dejó al 2º Ejército y a la reserva del Grupo de Ejércitos Centro a cargo de repeler a Timoshenko, y avanzó osadamente hasta las alturas de Elnia, a 82 km al Sur-Suroeste de Smolensko. A estas alturas de la campaña, Guderian pensaba que el Ejército Rojo estaba tan debilitado que no presentaba una amenaza real, y que la victoria residía en derribar el poder político antes de que pudiese reconstituir la potencia militar soviética. Y, en ese sentido, consideraba más importante avanzar hacia Moscú que realizar el enésimo embolsamiento de fuerzas soviéticas derrotadas (como podría haber hecho uniéndose con el 3er Panzergruppe al Norte). Y, efectivamente, al atardecer del 19 de julio, la 10ª División Panzer alcanzaba las alturas del Elnia, pero sin apenas combustible ni munición.

Mientras, Timoshenko organizaba la enésima línea defensiva, esta vez sobre el río Vop, con la idea de detener al 3er Panzergruppe al Oeste de Smolensko. La fuerza soviética, al mando del General Rokossovsky, se componía de restos de numerosas unidades, con cuarenta carros obsoletos. Pese a ello, consiguieron detener a la 7ª División Panzer desde el 18 al 23 de julio, e incluso se unieron a una contraofensiva general el último de estos días.

En cualquier caso, Guderian y Hoth nunca llegaron a cerrar completamente la bolsa de Smolensko, y unos 20.000 soldados soviéticos con su equipo pudieron retirarse. En la bolsa quedaron elementos de los 16º, 19º y 20º Ejércitos soviéticos (unos 290.000 soldados con más de 3.000 carros), que no solo continuaron la lucha, sino que intentaron repetidamente romper el cerco, en coordinación con otras fuerzas soviéticas situadas al Este de Smolensko, obligando a los dos Panzergruppen a detener su avance hasta la llegada de los 4º y 9º Ejércitos alemanes a finales de julio.

En ese momento, las pérdidas de los dos Panzergruppen del Grupo de Ejércitos Centro eran severas: el día 23 de julio, cuando cayó Smolensko, la 18ª División Panzer del 3er Panzergruppe disponía de doce carros sobre su plantilla teórica de 150; por su parte, el 2º Panzergruppe había pasado de los 953 carros con los que inició la operación a tan solo 286.

El mismo día 23 de julio, la Stavka (el mando supremo militar soviético) intentó recuperar la ciudad y romper la bolsa de Smolensko. Para ello empleó destacamentos constituidos ad-hoc de los mencionados 24º y 28º Ejércitos, del 29º y del 30º, en un ataque concéntrico desde el Noreste y desde el Sureste. Estos ataques fracasaron por la incapacidad de coordinar eficazmente la acción de los carros, de la Infantería y de la Artillería. Además, el apoyo de fuegos y la logística fueron insuficientes. Sin embargo, forzaron a los dos Panzergruppen a conducir una defensa estática, un tipo de operación para el que no estaban ni organizados, ni adiestrados, ni mentalizados, y que resultó en numerosas bajas.

En contra del criterio de Guderian y de Hoth, Hitler ordenó al Grupo de Ejércitos Centro que operase para proteger los flancos del Grupo de Ejércitos Norte y del Grupo de Ejércitos Sur, lo que hacía imposible continuar su avance hacia Moscú. Este retraso sería decisivo en el desarrollo del conflicto.

Operaciones del Grupo de Ejércitos Sur

En el frente del Grupo de Ejércitos Sur, al Sur de los pantanos de Pripyat, la principal unidad soviética era el Frente Suroccidental del General Kirponos. En esta zona, la frontera entre la Unión Soviética y los territorios controlados por Alemania discurría por el caudaloso río Bug. Esto obligaba a los atacantes alemanes a ejecutar una compleja operación de paso de ríos antes de iniciar su avance. Como consecuencia, en este sector, las tropas que constituían la línea de vigilancia soviética contaban con un cierto preaviso antes de sufrir el ataque del grueso alemán, por lo que las Divisiones del Frente Suroccidental dispondrían de algún tiempo adicional para alcanzar sus posiciones defensivas. Además de ello, Kirponos, en un ejercicio de independencia absolutamente inusual en el Ejército Rojo, había ido elevando progresivamente el nivel de alerta de sus unidades, de forma que el Frente Suroccidental estaba mucho más alistado para el combate que el resto de las fuerzas soviéticas. Adicionalmente, la idea de Stalin de que el ataque alemán se centraría en Ucrania se había traducido en que el Frente Suroccidental disponía de ocho Cuerpos Mecanizados, con más de 3.800 carros de combate. Frente a ellos, el I Panzergruppe de Von Kleist alineaba unos 800 carros de combate. El Grupo de Ejércitos Sur solo disponía de un Panzergruppe, por lo que el envolvimiento por los flancos del Frente Suroccidental obligaba a Von Kleist a dividir sus fuerzas, de forma que dos Divisiones Panzer (13ª y 14ª) atacarían por el Norte, protegidas en su flanco izquierdo por los pantanos de Pripyat, mientras que la 11ª División Panzer constituiría el núcleo de la pinza Sur del Grupo de Ejércitos. El hecho de dividir su fuerza acorazada en una situación de extremada inferioridad numérica da una idea del desprecio de los jefes alemanes por sus oponentes soviéticos, y de la confianza en su propia doctrina y en sus tropas.

La operación del Grupo de Ejércitos Sur en el verano de 1941

Pese a las acertadas medidas adoptadas por Kirponos, el despliegue del Frente Suroccidental se vio retrasado y desgastado por la acción de la Luftwaffe, y por las propias dimensiones de su zona de acción. Algunas unidades debían recorrer hasta 400 kilómetros para llegar a sus posiciones planeadas, movimiento sometido a la acción de la Luftwaffe. La Directiva nº 3 obligó a Kirponos a contraatacar inmediatamente, con lo que tuviese disponible, con lo cual los Cuerpos Mecanizados del Frente Suroccidental entraron en combate separadamente y a medida que estaban disponibles, de forma que su superioridad numérica se vio prácticamente anulada. Como en las demás áreas, los apresurados contraataques soviéticos (el 23 de junio, contra la 11ª División Panzer, a cargo del XV Cuerpo Mecanizado soviético, el 24 de junio con el XXII Cuerpo Mecanizado contra la 14ª División Panzer y la 298ª División de Infantería) se vieron anulados por la acción de la Luftwaffe y por las barreras contracarro habituales en la doctrina alemana, que fueron capaces de destruir a los T-34 soviéticos, empleados profusamente por los Cuerpos Mecanizados del Frente Suroccidental. Sin embargo, el contrataque del XXI Cuerpo Mecanizado, consiguió detener a la 14ª División Panzer durante 36 horas de fiero combate, y solo un ataque de flanco de la 13ª División Panzer consiguió forzar al XXII Cuerpo Mecanizado a retirarse. En este combate los alemanes pudieron comprobar la inferioridad de sus carros frente a los nuevos modelos soviéticos, y la 14ª División Panzer sufrió severas pérdidas. Pese a estos combates, el 26 de junio, el I Panzergruppe había superado las defensas soviéticas, derrotado dos contraataques – uno contra cada una de las pinzas – y, aparentemente, tenía el camino hacia Kiev abierto.

Foto propagandística de infantes soviéticos siendo transportados por un carro T-34. La penuria de camiones hizo que, en el verano de 1941, los carros soviéticos y su infantería apenas pudiesen operar coordinadamente, lo que supuso una importante ventaja para los alemanes.

Sin embargo, Kirponos había conseguido reunir tres Cuerpos Mecanizados (VIII, IX y XIX), junto con los restos del XV, para una contraofensiva. A éstos deberían unirse los cuatro Cuerpos de Ejército de la reserva del Frente, lo que constituiría una potente unidad, muy superior en todos los órdenes al I Panzergruppe. No obstante, los cuatro Cuerpos de la reserva del Frente carecían de suficientes vehículos para redesplegar a tiempo, por lo que se descartó su participación en la operación. Además, los IX y XIX Cuerpos Mecanizados tampoco disponían de transporte para sus Divisiones de Infantería Motorizada, por lo que éstas tampoco podrían participar en el contraataque. Las Divisiones Acorazadas de ambos Cuerpos atacarían al I Panzergruppe desde el Norte, mientras que el VIII y el castigado XV Cuerpo Mecanizado atacarían desde el Sur. Kirponos reunió todo el apoyo aéreo disponible en el Frente para esta operación. Así, el 26 de junio, el VIII Cuerpo Mecanizado forzó a la 57ª División de Infantería alemana a retirarse más de diez kilómetros, poniendo en riesgo el flanco Sur del I Panzergruppe. El VIII Cuerpo se dirigió después hacia Dubno, en el centro del despliegue del I Panzergruppe. Para aumentar la velocidad de avance, el VIII Cuerpo Mecanizado concentró sus carros en mejor estado en la 34ª División Acorazada, que se separó del resto del VIII Cuerpo, avanzando decididamente hacia Dubno, llegando a cortar las líneas de suministro de la 11ª División Panzer. Sin embargo, la llegada de la 16ª División Panzer (reserva del Grupo de Ejércitos) y la concentración de medios contracarro, artillería y aviación alemanes aislaron a la 34ª División Acorazada, causándole fuertes pérdidas. Posteriormente, los alemanes se volvieron contra los restos del VIII Cuerpo Mecanizado, que se vio forzado a retirarse apresuradamente. Por su parte, el ataque paralelo del baqueteado XV Cuerpo Mecanizado sufrió frecuentes ataques aéreos, y fue rápidamente cancelado. Por su parte, el ataque de los IX y XIX Cuerpos Mecanizados comenzó el 27 de junio al amanecer. Los obsoletos T-26 y BT-5 del IX Cuerpo Mecanizado poco podían hacer contra los panzer alemanes, por lo que su jefe, el General Rokossovsky, decidió en su lugar preparar una emboscada sobre la carretera de Rovno. Y, efectivamente, la vanguardia de la 13ª División Panzer se vio detenida por los carros soviéticos atrincherados, al tiempo que recibía un potente bombardeo de la Artillería soviética, viéndose obligada a retirarse con fuertes pérdidas. El I Panzergruppe se vio obligado a organizar un ataque metódico sobre las posiciones del IX Cuerpo Mecanizado, una operación para la que no estaba organizado, si bien consiguió forzar la retirada soviética tras dos días de duros combates.

Incluso en 1941, gran parte de los carros alemanes eran modelos obsoletos, como el Panzer-II de la imagen, absolutamente inútiles frente a los T-34 o KV-1 y KV-2 soviéticos, cuya existencia desconocían los alemanes.

En conjunto, los contraataques soviéticos y el asalto a las posiciones del IX Cuerpo Mecanizado en la carretera de Rovno implicaron un retraso de una semana en el ritmo de avance previsto para el Grupo de Ejércitos Sur. Este retraso, aparentemente menor, tuvo consecuencias estratégicas importantísimas, pues, ante las dificultades de avance del Grupo de Ejércitos Sur, Hitler decidió que el Grupo de Ejércitos Centro apoyaría al Grupo de Ejércitos Sur para derrotar a las fuerzas soviéticas que defendían Ucrania y asegurar su ocupación. Este cambio en el plan implicaba un retraso en el avance hacia Moscú.

Adicionalmente, los combates de los Cuerpos Mecanizados soviéticos en Ucrania, aunque infructuosos, habían demostrado que las Divisiones Panzer alemanas no eran invencibles en combate abierto.

Los avances posteriores del Grupo de Ejércitos Sur continuaron encontrando fuertes resistencias, que implicaron grandes pérdidas, especialmente en el I Panzergruppe, que perdió cientos de carros. Solo a principios de julio, el I Panzergruppe rompió la defensa soviética y comenzó su avance hacia Kiev. Sin embargo, las fuertes pérdidas sufridas lo hacían muy vulnerable a nuevos contraataques soviéticos, y su avance dejaba grandes concentraciones de fuerzas soviéticas en sus flancos. Especialmente activo era el 5º Ejército soviético, situado al Norte de la penetración alemana, que lanzaba continuos raids sobre los flancos alemanes y sobre sus vulnerables columnas de suministros (en realidad, lo que los alemanes denominaban ‘5º Ejército’ Soviético era una colección de unidades con fuerzas de cuatro Ejércitos diferentes, mucho más numerosa que la unidad original; otro fallo de la Inteligencia alemana) . Fueron las acciones de ese ‘5º Ejército’ las que llevaron a Hitler a desviar al Grupo de Ejércitos Centro hacia Ucrania. La presión del ‘5º Ejército’ soviético forzó al 6º Ejército alemán, encargado de avanzar tras el I Panzergruppe y asegurar sus líneas de comunicación, a desplegar tropas continuamente para neutralizar los ataques soviéticos, lo que retrasaba su propio avance, lo que obligaba al Panzergruppe a ir dejando guarniciones para proteger sus líneas de comunicación. Así, el 10 de julio, cuando las vanguardias del I Panzergruppe llegaron a Kiev, los alemanes carecían de fuerzas para ocupar la ciudad.

El flanco Sur del I Panzergruppe debía ser protegido por el 17º Ejército alemán. En este flanco, los soviéticos desplegaron a sus 6º y 12º Ejércitos, dos unidades relativamente intactas, que comenzaron a avanzar hacia el Norte, amenazando la penetración alemana hacia Kiev. La amenaza soviética hizo que Hitler ordenase a Von Kleist que reorientase sus Divisiones Panzer para hacer frente a la amenaza en su flanco Sur. Estas acciones llevaron a una serie de operaciones que culminaron con el embolsamiento del 6º, 12º y parte del 18º Ejército soviéticos en Umam, a 185 km. al Sur de Kiev, todavía en la orilla Oeste del Dniepr. Estas operaciones se extendieron hasta el 16 de agosto, un importante retraso en el avance alemán, que impidió aprovechar que la orilla Este del Dniepr estaba completamente desguarnecida en esas fechas.

La mayor resistencia opuesta por el Frente Suroccidental del General Kirponos se tradujo para el Grupo de Ejércitos Sur en un mayor consumo de combustible y de munición, es decir, en un mayor esfuerzo logístico. A estas mayores demandas se añadía la pobre red viaria y la escasez de carreteras asfaltadas, por lo que las esporádicas lluvias impedían el uso de vehículos de ruedas. Los barrizales incrementaban el consumo de combustible muy por encima de lo calculado y el esfuerzo de los vehículos llevaba a frecuentes averías. Así, el 19 de julio, el Grupo de Ejércitos Sur había perdido ya la mitad de sus vehículos logísticos, hasta el punto de tener que organizar compañías de carretas con vehículos requisados. La escasez de vías férreas hizo además que el transporte por ferrocarril fuese incluso más reducido en los otros sectores. En consecuencia, los combates realizados durante el mes de agosto se caracterizaron por una continua escasez de munición y de combustible. Solo el desvío de recursos desde los Ejércitos no motorizados hacia el Panzergruppe permitió a este último continuar operando, pero al precio de dejar aún más retrasadas a las Divisiones de Infantería que debían apoyarles. A principios de agosto, el Grupo de Ejércitos Sur solo contaba con menos de la sexta parte de su dotación teórica de municiones.

Con la llegada de las lluvias del otoño, las ‘tierras negras’ de Ucrania se convertían en un barrizal que impedía todo movimiento. A esto se unía la escasez de carreteras asfaltadas y la mala calidad de las pocas existentes

Como consecuencia de estas dificultades logísticas, el avance hacia Kiev solo pudo reemprenderse en los últimos días de agosto, que, pese a ello, fue ocupado sin grandes dificultades, gracias al colapso de la defensa soviética. Además de ello, la voladura de la mayoría de los puentes sobre el Dniepr hacía que el avance hacia Crimea no fuese posible hasta conseguir asegurar puntos de paso para los abastecimientos.

Tras la toma de Kiev, a partir del 1 de octubre, el grueso del Grupo de Ejércitos Sur se concentró en avanzar al Este del Dniepr (el límite que los logistas alemanes habían considerado posible abastecer el avance), en dos direcciones divergentes, una hacia Jarkov y otra hacia Crimea, mientras una tercera fuerza operaba hacia Dniepropetrovsk. El comienzo de la estación de lluvias, el 6 de octubre, hizo el avance sumamente difícil, llegando a paralizarse todo el transporte motorizado. Incluso el I Panzergruppe, la vanguardia de la ofensiva hacia Crimea, debió detenerse el 13 de octubre en las cercanías de Mariupol, debido a la impracticabilidad de los caminos. Hacia el 20, la corriente logística se interrumpió completamente: ningún suministro era capaz de alcanzar a las unidades del Grupo de Ejércitos Sur, cuyas tropas sobrevivían con los recursos locales. Algunas mejoras puntuales del tiempo permitieron ligeros alivios, que permitieron preparar la ofensiva del I Panzergruppe hacia Rostov, pero ninguna operación importante sería posible antes de que el frío helase el terreno y permitiese el movimiento. Sin embargo, la pronta llegada del invierno no mejoró la situación: el 13 de noviembre se alcanzaron los 20º bajo cero, lo que permitió el movimiento por las carreteras… pero causó importantes averías en todo tipo de vehículos, que no estaban preparados para temperaturas tan bajas. Es sorprendente que, en estas condiciones, el I Panzergruppe pudiese tomar Rostov, aunque el avance hasta Crimea no era posible.

Operaciones del Grupo de Ejércitos Norte

De los tres ejes de avance alemanes, los mayores éxitos se produjeron inicialmente en el sector del Grupo de Ejércitos Norte, cuyo avance por los países bálticos fue mucho más rápido que el del vecino Grupo de Ejércitos Centro. En efecto, la mejor red de carreteras de esta zona, permitía muchas más posibilidades de movimiento a las Divisiones móviles de este Grupo de Ejércitos, como ya habían advertido los oficiales de planes alemanes en los meses previos al inicio de las operaciones. En este sector, el embolsamiento de las tropas soviéticas se realizaría solo desde el Sur, aprovechando que el mar Báltico impedía a las tropas terrestres soviéticas cualquier posibilidad de escapar a estos cercos por el Norte, siempre que la Kriegsmarine y la Luftwaffe impidieran el tráfico marítimo soviético. Como consecuencia, el 4º Panzergruppe operaría relativamente reunido. El Grupo de Ejércitos Norte avanzó con el 4º Panzergruppe en vanguardia, con su flanco Sur protegido por el 16º Ejército y el flanco Norte por el 18º.

El avance del Grupo de Ejércitos Norte hacia Leningrado

El avance alemán chocó inicialmente en su flanco Norte con los carros soviéticos de los III y XII Cuerpo de Ejércitos mecanizados en Raisenai, en la frontera lituana, en un combate reseñado en post anteriores. Pese a su inferioridad numérica, el XLI Cuerpo Acorazado de Reinhardt (con unos 245 carros) derrotó a los dos Cuerpos Mecanizados soviéticos (con 749 carros) en una serie de operaciones que se desarrollaron entre el 23 y el 27 de junio. Este combate fue el primer enfrentamiento entre los carros alemanes y los KV-1 y KV-2 soviéticos, con los efectos ya comentados.

Un carro Skoda 38(t) restaurado, en una exhibición. Éste era el principal carro alemán de la 6ª División Panzer. Su peso era de 9,85 toneladas y montaba un cañón de 37 mm.
Un carro KV-1 también restaurado. Con un peso de 45 toneladas y un cañón de 76,2 mm., era casi invulnerable a las armas contracarro alemanas, con la excepción del FlaK de 88 mm.

En los últimos días de la batalla de Raisenai, el XLI Cuerpo Acorazado alemán consiguió envolver al III Cuerpo de Ejército Soviético, si bien los restos del XII Cuerpo de Ejército soviético escaparon del cerco, aunque muy escasos de munición y combustible.  El 11º Ejército soviético se retiró en dirección a Vilnius y el 8º a Riga, acosados por los carros alemanes. El movimiento de retirada de los dos Ejércitos soviéticos en direcciones divergentes dejó un amplio hueco en el frente, que fue aprovechado por el LVI Cuerpo Motorizado de Von Manstein, que avanzó hasta el Dvina Occidental, ocupando varios puentes intactos ya el 26 de junio: en solo cuatro días, el Grupo de Ejércitos Norte había alcanzado en su sector la línea Dvina-Smolensko-Dniepr, que los oficiales logísticos alemanes habían calculado como el límite de avance hasta el que podían proporcionar un apoyo logístico fiable. En realidad, tan pronto como el 24 de junio, el LVI Cuerpo ya había tenido que recibir gasolina por vía aérea, por la incapacidad de las columnas de camiones de alcanzar sus posiciones a tiempo. En efecto, las columnas de camiones logísticos competían con las Divisiones de Infantería por el uso de las carreteras, con los consiguientes atascos y retrasos. Sin embargo, el plan aprobado por Hitler preveía llegar hasta Leningrado, a 800 kilómetros al Noreste, en un terreno progresivamente más boscoso y con menos carreteras y ferrocarriles… Para continuar su avance, Manstein debía conservar esos puentes intactos, pues todos sus suministros pasarían por ellos, pero las Divisiones de Infantería que debían ocuparse de ese tipo de tareas marchaban a pie, muy por detrás de los carros de Manstein.

Entretanto, el 8º Ejército soviético y el 11º habían cerrado el hueco entre ellos, construyendo posiciones defensivas en la orilla Este del Dvina Occidental. El Mando soviético redesplegó también el 27º Ejército (que guarnecía las islas del Báltico) para reforzar a los anteriores y se envió desde el Distrito Militar de Moscú al XXI Cuerpo Mecanizado (incompleto, pero dotado de 98 carros como reserva. Estas fuerzas intentaron retomar los puentes el 26 de junio. Manstein, en lugar de optar por una defensa estática contraatacó, cruzando el río por el puente de ferrocarril, desbaratando el ataque soviético y rompiendo la tenue línea defensiva establecida en la orilla del Dvina. El momento era propicio para una persecución, pero la escasez de fuerzas disponibles y el retraso en la llegada de las Divisiones a pie hacía muy arriesgado abandonar los puentes. Así, el LVI Cuerpo Motorizado tuvo que permanecer detenido custodiando estos puentes hasta la llegada de las exhaustas Divisiones de Infantería, el dos de julio. Los alemanes habían perdido una semana de avance.

Junker-52/3m. El transporte aéreo alemán descansaba esencialmente sobre este antiguo avión de pasajeros de la aerolínea alemana Lufthansa. Su gran capacidad de carga y la posibilidad emplear pistas muy rudimentarias le permitieron abastecer a las Divisiones Panzer alemanas en la primera semana de la invasión de la Unión Soviética

Cruzado el Dvina, el LVI Cuerpo Motorizado de Manstein se dirigió hacia el lago Ilmen, para atacar Leningrado desde el Este, mientras que el XLI Cuerpo Acorazado de Reinhardt avanzaba directamente por la carretera que llevaba a la antigua capital rusa. El terreno progresivamente más boscoso dificultaba cada vez más el avance de los vehículos y la resistencia soviética puso de relieve la escasez de Infantería de apoyo, pues los 16º y 18º Ejércitos estaban retrasados cientos de kilómetros… el problema de las ‘dos velocidades’ del Ejército alemán se iba haciendo cada vez más patente.

El 4º Panzergruppe avanzó en dos ‘pinzas’ para cercar a las tropas soviéticas de los 8º y 27º Ejércitos soviéticos en Luga. Sin embargo, el retraso en el avance de los Ejércitos a pie hacía que los flancos de los dos Cuerpos de Ejército que componían el Panzergruppe quedasen al descubierto. El XLI Cuerpo Acorazado de Reinhardt operaba al Norte, con su flanco protegido por el mar Báltico, pero el LVI Cuerpo Motorizado de Manstein operaba al Sur, con su flanco expuesto. En consecuencia, el 15 de julio, el 11º Ejército soviético realizó un contraataque contra el abierto flanco Sur de Manstein. La superior competencia en el combate móvil de los alemanes y el oportuno apoyo de la Luftwaffe permitió a Manstein repeler el ataque, pero con importantes pérdidas, que menguaron notablemente su capacidad de combate.

Así, la llegada de refuerzos soviéticos y las dificultades del terreno para las operaciones de los carros llevaron a que las vanguardias alemanas estuviesen combatiendo constantemente, lo que elevaba las necesidades de combustible y municiones, que exigían aún más a un sistema logístico en crisis. Como habían predicho los logistas alemanes, el 4º Panzergruppe sufría regularmente crisis de abastecimientos, que solo el transporte aéreo podía paliar, pero por esta vía era imposible acumular suficientes recursos para ocupar Leningrado. Los carros alemanes estaban casi a la vista de su objetivo, pero carecían de combustible y munición para ocuparlo.

 El 26 de julio, el jefe del 4º Panzergruppe, General Hoepner, solicitó autorización para retirarse de las inmediaciones de Leningrado, donde se encontraba combatiendo en una situación muy desfavorable: el terreno boscoso favorecía e combate de Infantería, área en la que el Panzergruppe andaba muy escaso, operación denegada por Hitler. El 2 de agosto, en la mejor tradición de la Wehrmacht y como había sucedido frecuentemente en Francia en 1940, Hoepner decidió ‘hacer de la necesidad virtud’: sin recursos para una batalla prolongada y sin autorización para la retirada, solicitó atacar Leningrado solo con el XLI Cuerpo Acorazado, si éste era adecuadamente suministrado, pero ni siquiera eso era posible. Solo el 8 de agosto consiguieron los alemanes iniciar una tímida ofensiva sobre Leningrado que, entretanto, se había convertido en una ciudad fortificada. La llegada de las lluvias incrementó los problemas logísticos, haciendo imposible la acumulación de munición necesaria para tomar Leningrado al asalto. El 11 de septiembre, Hitler renunció a tomar la ciudad, por el momento, y redirigió al 4º Panzergruppe hacia Moscú, en apoyo del Grupo de Ejércitos Centro.

Pese a las dificultades logísticas de los alemanes, el rápido avance de la Wehrmacht fue dejando guarniciones soviéticas aisladas a lo largo de la costa de los países bálticos. El gobierno soviético organizó operaciones de evacuación de estos enclaves aislados por vía marítima, en las que incluyó a los funcionarios del Partido Comunista y a sus familias, enormemente impopulares entre la población local, que los consideraba (lógicamente) como invasores y representantes de un régimen político hostil y represivo. Pese a la presencia de la Flota Soviética del Báltico, el dominio aéreo alemán hizo que las pérdidas en estas operaciones fuesen muy cuantiosas, incluyendo la muerte de miles de civiles. La más importante de ellas se realizó desde Tallin (Letonia), entre el 27 y el 31 de agosto, cuando cuatro convoyes de buques soviéticos civiles y militares (incluyendo el crucero ligero Kirov, nueve destructores, doce submarinos y más de veinte dragaminas y otros buques auxiliares) intentaron evacuar a más de 30.000 personas en una treintena de transportes civiles y docenas de otros buques menores. Los buques soviéticos entraron en un campo de minas alemán desconocido para ellos, cerca de la península de Juminda, y comenzaron a sufrir pérdidas por la explosión de las minas. En la confusión, se unieron al ataque los bombarderos de la Luftwaffe y lanchas lanzatorpedos de la Kriegsmarine. Más de 12.000 personas (civiles y militares) fallecieron, y las pérdidas ascendieron a sesenta y ocho buques civiles y dieciséis buques de guerra hundidos, y muchos más dañados.

Las minas navales tendidas por la Kriegsmarine fueron decisivas para evitar la evacuación por mar de las unidades soviéticas rebasadas por el avance del 4º Panzergruppe alemán.

Las operaciones del Grupo de Ejércitos Norte parecían desmentir las sombrías predicciones de los logistas alemanes: la línea Dvina-Smolensko-Dnieper no había sido el límite del avance alemán, sino que se había llegado a Leningrado, 800 km. más adelante. Sin embargo, lo cierto es que la verdadera razón gracias a la cual las menguadas fuerzas de Manstein. Reinhardt y Hoepner fueron capaces de operar con éxito frente a fuerzas soviéticas superiores, residía en el colapso del sistema de mando y control del Ejército Rojo. A este respecto, es interesante el énfasis que Manstein pone en el concepto de ‘libertad operacional’ en su interesantísimo libro de memorias (‘Victorias perdidas’): para este general, la clave de su éxito estaba en evitar quedar fijados al terreno y en mantenerse en constante movimiento, de forma que el mando soviético no pudiese organizar ninguna operación de envergadura contra sus fuerzas. En consecuencia, las órdenes de Hitler de detenerse frente a Leningrado a esperar una improbable acumulación logística que permitiese tomar la ciudad, implicaban detenerse un periodo de tiempo largo en una zona conocida por el enemigo, lo que aparejaba necesariamente la pérdida de esa ‘libertad operacional’ que los generales alemanes que mejor comprendían la ‘guerra de movimiento’ consideraban como la clave de su éxito y de la supervivencia de sus fuerzas.

En otro orden de cosas, el mencionado colapso del Ejército Rojo había permitido el fulgurante avance alemán con unos consumos de municiones muy inferiores a lo esperado, por las escasas batallas de cierta entidad que se combatieron. No olvidemos que la munición es el recurso logístico más exigente, en peso y en volumen. Sin embargo, la toma de una ciudad defendida en fuerza es una operación que requiere una cantidad importantísima de apoyos de fuego (básicamente, Artillería de Campaña), por lo que la toma de Leningrado solo era posible si la ciudad no estaba defendida, dadas las limitaciones del sistema logístico alemán. La necesidad de Manstein y Hoepner de esperar a las Divisiones de Infantería a pie que debían proteger sus líneas de abastecimiento implicaron un retraso que permitió a los soviéticos fortificar y guarnecer Leningrado. A partir de ese momento, los problemas del sistema logístico alemán hacían imposible la toma de Leningrado.

Primeras conclusiones

El éxito inicial de los avances alemanes parecía dar la razón a la decisión de descartar los temores de los oficiales logísticos alemanes: la Wehrmacht había penetrado profundamente en la Unión Soviética, sin aparentes dificultades de suministro. Sin embargo, esto era más un espejismo que una realidad. La calidad del firme de las carreteras soviéticas era incluso peor que el esperado, y muchas de las rutas principales comenzaron a perder el asfaltado ya al tercer día de avance, bajo el constante tráfico de ruedas y cadenas de la Wehrmacht. Como consecuencia, los camiones de suministro alemanes sufrían más averías de las calculadas, avanzaban más despacio y consumían más combustible. El consumo total de gasolina se elevó desde las 8.500 toneladas diarias previstas hasta más de 11.000 reales. A las dos semanas de la operación, la Wehrmacht agotó sus reservas de neumáticos. Algunos discretos chaparrones a comienzos de julio convirtieron muchas rutas en auténticos cenagales, haciéndolas intransitables para los vehículos de ruedas. Además de ello, la necesidad de que las columnas de suministro precedieran en su avance a las Divisiones de Infantería hacía que estas columnas fuesen constantemente hostigadas por unidades soviéticas rebasadas. En conjunto, a los diecinueve días de iniciarse la campaña, las pérdidas de camiones del Grosstransportraum alcanzaban el 25%, llegando a un tercio a mediados del mismo mes en el sector del Grupo de Ejércitos Centro. A finales de ese mes, las pérdidas eran del 60%. La escasez de transporte había obligado a la Wehrmacht a mantener sus instalaciones de reparación de vehículos en Polonia e, incluso, en la propia Alemania, por lo que los vehículos averiados tardaban semanas solo en alcanzar los talleres. El conjunto de estos problemas suponía una rápida degradación de las posibilidades de sostener la operación mediante vehículos de carretera.

El barro llegó a dificultar más el avance alemán que el Ejército Rojo, mucho más de lo previsto por los Estados Mayores alemanes

En cuanto al ferrocarril, el planeamiento alemán contaba, por un lado, con ir cambiando progresivamente el ancho de vía soviético al alemán, pero empleando material ferroviario soviético capturado como solución interina hasta el cambio de ancho de vía. Sin embargo, muchas de las unidades que combatían no eran conscientes de la crucial necesidad de capturar intacto el material rodante soviético, por lo que no hacían apenas esfuerzos por hacerse con él o por impedir su destrucción. Como habían temido los oficiales logísticos alemanes, el hecho de que las unidades alemanas avanzasen por las carreteras hacía que las vías de ferrocarril quedasen en poder de las unidades soviéticas rebasadas, lo que impedía los trabajos de cambio de ancho de vía y aumentaba las pérdidas de las tropas de ferrocarril alemanas que intentaban adentrarse en los trazados ferroviarios.

Adicionalmente, los ferrocarriles soviéticos tenían un tercio menos de traviesas por unidad de longitud que los alemanes, por lo que no podían soportar el peso de las grandes locomotoras alemanas. En consecuencia, el cambio de ancho de vía implicaba aumentar el número de traviesas, operación no prevista y que precisaba acumular gran número de ellas, o bien emplear locomotoras alemanas antiguas, más ligeras, cuyo uso no estaba planeado, por lo que se encontraban dispersas por el Reich y cuya capacidad de tracción era mucho menor de lo calculado. El carbón ruso, de muy baja calidad, tampoco era utilizable por el material rodante alemán, salvo añadiéndole un elevado porcentaje de carbón alemán o de gasolina: Además de ello, las estaciones soviéticas eran poco más que apeaderos y carecían de instalaciones de carga y descarga de cierta capacidad. Como consecuencia, pronto se vieron saturadas y a los problemas de llevar suministros al frente se añadieron enormes retrasos en la carga y descarga de los trenes: de las tres horas de duración de la descarga planeadas por convoy, la realidad era que se necesitaban entre doce y ¡ochenta horas!, dependiendo de la estación… En conjunto, el sistema ferroviario soviético necesitaría grandes trabajos y mucho tiempo para estar en condiciones de apoyar logísticamente la operación.

Tropas alemanas modificando el ancho de vía de un ferrocarril soviético para adaptarlo al ancho alemán. En realidad, la diferencia de ancho de vía era solo uno de los muchos problemas que planteaba el uso de los ferrocarriles soviéticos por las tropas invasoras alemanas.

A diferencia con lo ocurrido en Francia en 1940, los alemanes apenas pudieron hacer uso de abastecimientos soviéticos capturados. Como hemos citado, ni la gasolina ni el carbón soviético eran directamente utilizables por la Wehrmacht, y la deliberada política de tierra quemada seguida por el Ejército Rojo dejaba bien poco que los alemanes pudieran aprovechar.

También a diferencia de lo ocurrido en Francia, la mayoría de las unidades soviéticas no se rendían al ser embolsadas, sino que continuaban combatiendo hasta agotar sus suministros, lo que causaba muchas más pérdidas de las previstas y un consumo de munición muy superior al esperado. Otra importante diferencia con la campaña de Francia era que el servicio de inteligencia alemán había subestimado en mucho la entidad de las fuerzas soviéticas, lo que arrojaba dudas sobre la capacidad real de Alemania de enfrentarse a la Unión Soviética. Como consecuencia de todo ello, los combates fueron mucho más duros que en Francia, y las bajas muy superiores: entre el 22 de junio y el 16 de julio, la Wehrmacht sufrió 102.000 bajas de soldados alemanes en el Frente del Este; a finales de agosto, este número se había elevado a 440.000, de los cuales 94.000 eran muertos; para el 26 de septiembre, el total era de 534.000 (esto representaba el 15% de todas las fuerzas alemanas del Frente del Este y el 30% de la fuerza de Infantería alemana en ese teatro); a finales de noviembre, las bajas totales habían alcanzado la cifra de 743.000, de los cuales 200.000 – incluyendo 8.000 Oficiales – eran muertos o desaparecidos. En comparación, el total de bajas alemanas en Polonia y Francia fueron respectivamente de 44.000 y 156.000, entre muertos y heridos. Por su parte, a finales de septiembre, la Luftwaffe había perdido 1.603 aviones, y casi otros 1.000 habían sido dañados, lo que suponían unas pérdidas muy difíciles de reponer por la industria alemana, que continuaba trabajando al mismo régimen que en tiempo de paz.

Gran parte de las esperanzas de una rápida victoria alemana residían en el convencimiento de que la población local aborrecía el régimen soviético, y recibiría de buen grado a sus “liberadores” alemanes. Estas esperanzas parecieron confirmarse en la cálida bienvenida de gran parte de la población local en los países bálticos, y el recibimiento relativamente pacífico que los soldados alemanes experimentaron en el Oeste de Ucrania y entre ciertos sectores de la población rusa, que recordaban la ocupación alemana de su territorio entre 1917 y 1919, que, pese a su severidad, había sido mucho más benévola que el régimen bolchevique. Sin embargo, lo cierto es que los países bálticos habían sido ocupados por Stalin solo en 1940, y gran parte de su población tenía lazos culturales con Alemania o con Polonia. Igualmente, en Ucrania existían importantes colonias de pobladores de origen alemán, que se establecieron en esas tierras en el s. XVIII. Es decir, difícilmente podrían considerarse como muestras representativas de la población rusa.

Soldados alemanes posando con partisanos soviéticos ahorcados. La dureza de las tropas alemanas con la población civil de los territorios ocupados pronto les enajenó las simpatías que pudieran haber tenido, y fortaleció la resistencia.

En cualquier caso, la política de ocupación alemana tardó poco tiempo en enajenarse las simpatías de la mayoría de la población: el OKW emitió una serie de órdenes que dejaban a criterio de los jefes de sus unidades desplegadas en territorio soviético la decisión de castigar delitos cometidos por sus subordinados contra los prisioneros soviéticos o la población civil, o que preveían la ejecución de cualquiera que “atacase” a las tropas alemanas. Otra controvertida directiva ordenaba el fusilamiento inmediato de los comisarios políticos y los miembros de la NKVD. La propaganda nazi hacía que los soldados alemanes fuesen muy hostiles hacia la población local (a la que consideraban, por defecto, como “comunistas” y racialmente como inferiores) y aún más contra los judíos. La escasez de tropas hizo también que muchos jefes adoptasen la política de castigar duramente cualquier ofensa, incluso menor, para disuadir a posibles resistentes y evitar dejar guarniciones de ocupación. La orden de fusilar a los comisarios políticos se aplicó frecuentemente en un sentido muy amplio: a menudo, la simple sospecha de pertenencia al Partido Comunista (o de ser judío) era suficiente para ejecutar a cualquiera, independientemente de su conducta. Las dificultades logísticas citadas hicieron frecuente que las tropas alemanas tuviesen que “vivir sobre el terreno”, es decir, que requisasen sus escasos suministros a la población civil. Y, sobre todo esto, tras las unidades de la Wehrmacht comenzaron a desplegar en el territorio ocupado organizaciones específicas encargadas de acabar con los judíos o de explotar a la población civil, como los Einsatzkommando de las SS. Se calcula que más de medio millón de judíos residentes en territorio soviético fueron asesinados durante el avance alemán de 1941… Los alemanes recurrieron también a la deportación forzosa de mano de obra a Alemania, para suplir a los trabajadores movilizados. Las condiciones de trabajo de estos obreros eran penosísimas con una elevadísima tasa de fallecidos o mutilados en accidentes. Más de tres millones de rusos, bielorrusos y ucranianos fueron deportados a Alemania. Por otra parte, los alemanes comenzaron inmediatamente a enviar los recursos capturados en los territorios ocupados a Alemania, sin importarles que esto condenase a muerte a los agricultores locales, desprovistos de sus cosechas. Todas estas medidas se combinaron para que la población local combatiese a los alemanes de forma decidida: ya el 1 de julio, el jefe del Grupo de Ejércitos Centro, Mariscal Von Bock, tuvo que redesplegar unidades desde el frente para proteger su retaguardia de las acciones de guerrilleros. Y, conforme la ocupación alemana se alargaba, la oposición de la población local, traducida en actividad guerrillera, también aumentaba.

La ejecución de las primeras fases de la ofensiva alemana en la Operación Barbarroja se ajustó mucho a lo planeado. Como en anteriores operaciones, los jefes alemanes supieron reaccionar con acierto a los cambios inesperados en la situación, quizá la principal ventaja en combate de la Wehrmacht. Sin embargo la geometría de la operación implicaba una continua disminución de la densidad de fuerzas alemana conforme se adentraban en territorio soviético.

Los problemas de planeamiento de la operación también se pusieron muy pronto de manifiesto: al final, el Grupo de Ejércitos Centro, el “esfuerzo principal” de la operación (es decir, el que debía ser apoyado por los otros dos Grupos de Ejércitos en caso de encontrar dificultades en su maniobra) acabó apoyando a los otros Grupos, especialmente al Grupo de Ejércitos Sur, lo que implicó retrasos en su avance hacia Moscú, para desesperación de Guderian. Esto ocurrió en parte por la preferencia de Hitler por apropiarse de los recursos de todo tipo de Ucrania, que los consideraba más valiosos que ocupar Moscú. En cualquier caso, conforme avanzaban dentro del territorio soviético, la fuerza de los Ejércitos alemanes se iba diluyendo, por razones logísticas, por las bajas sufridas, por la necesidad de dejar guarniciones en los territorios ocupados y por el propio concepto de la operación, que contemplaba un avance en tres direcciones divergentes, lo que ampliaba continuamente el frente a cubrir con tropas decrecientes.

A las dificultades alemanas se añadieron algunas acertadas medidas de Stalin, como el traslado de la industria hacia el interior de la Unión Soviética (que veremos más adelante) o el redespliegue de las tropas existentes en Siberia, que pretendían disuadir a Japón de realizar ningún ataque. La pasividad de las tropas japonesas (esperable, después del duro correctivo de Khalkin Gol en 1939) y las informaciones de los espías soviéticos en Japón (especialmente el conocido como Sorge), convencieron a Stalin de que Siberia podía quedar desguarnecida. Estas tropas, intactas y con una entidad aproximada de 45 Divisiones, se enviaron a la región de Moscú, aprovechando el retraso alemán por las operaciones en Ucrania.

Reformas internas del Ejército Rojo

El impacto de la invasión alemana se tradujo en una serie de reformas internas del Ejército Rojo. Estas reformas se produjeron en muchos casos por pura necesidad, mientras que otras nacieron de ideas doctrinales discutibles.

Por un lado, la estructura de mando del Ejército Rojo era bastante ‘ortodoxa’: los ‘Frentes’ encuadraban a las Grandes Unidades Ejército, que agrupaban un número variable de Cuerpos de Ejército de tipos diversos, que a su vez se componían de Divisiones y Brigadas… Sin embargo, las purgas de Stalin habían diezmado el cuerpo de oficiales, por lo que no había suficientes para cubrir los puestos en los muy numerosos Cuarteles Generales. La penuria de medios radio y la destrucción de los tendidos telefónicos hacía además que no existiesen medios de enlace para todos esos Cuarteles Generales. Además de ello, la mayoría de los oficiales generales supervivientes carecían de suficiente preparación para manejar las Grandes Unidades puestas bajo su mando. En consecuencia, el 15 de julio de 1941, la orden de la Stavka nº 1 ordenaba la eliminación del nivel Cuerpo de Ejército, de forma que las Grandes Unidades Ejército encuadrarían cinco o seis Divisiones de Infantería, dos o tres Brigadas Acorazadas y alguna División de Caballería Ligera (normalmente con caballos) y algunas unidades de apoyo (Artillería de Campaña, Ingenieros…). Esta medida se fue ejecutando progresivamente a lo largo del año, de forma que, a finales de 1941, solo quedaban seis de los sesenta y dos Cuerpos de Ejército en los que se encuadraban las Divisiones de Infantería.

Prisioneros soviéticos capturados por los alemanes en el verano de 1941. En las primeras semanas de la Operación Barbarroja, el Ejército Rojo perdió a la mayoría de su personal militar adiestrado

Las Divisiones de Infantería se simplificaron, de forma que perdieron en su orgánica muchos de sus apoyos especializados: así, las Divisiones de Infantería dejaron de contar con gran parte de sus unidades de defensa antiaérea, defensa contracarro, artillería de campaña, ingenieros… Esta medida era más teórica que real, pues en contadas ocasiones las Divisiones de Infantería habían recibido su dotación completa de estos apoyos. Esta medida reflejaba por un lado la realidad de la organización y tenía en cuenta por otro las enormes pérdidas sufridas en estos apoyos. Los elementos remanentes de estos apoyos se centralizaron a nivel Gran Unidad Ejército, con la idea de que se empleasen para reforzar a aquellas Divisiones que ejecutasen acciones más prioritarias. Así, las Divisiones de Infantería pasaron de una plantilla teórica de 14.500 soldados a otra de solo 11.000.

Las reducciones de medios se extendieron a todos los niveles: las Secciones de Infantería perdieron dos de sus cuatro ametralladoras y su único mortero de 50 mm., las Compañías perdieron su Sección de Ametralladoras Medias, recibiendo a cambio una pequeña Sección con dos morteros de 50 mm. En conjunto, la Compañía venía a perder más de la mitad de sus armas colectivas. A nivel Batallón, la Sección de morteros medios de 82 mm. (dos morteros) se expandió  – en teoría – hasta nivel Compañía (con seis de estas armas), pero rara vez existía en la práctica. La Sección contracarro (con dos cañones de 45 mm.) desapareció. A nivel Regimiento se redujeron a la mitad los cañones de apoyo de 76 mm. y los morteros de 120 mm., ampliándose el número de rifles contracarro de 14,5 mm. (para los que, sin embargo, no hubo munición hasta noviembre de 1941, por efecto del traslado a los Urales de la fábrica que la producía).

Las principales reducciones en la plantilla de las Divisiones de Infantería se produjeron en los elementos de apoyo y en las armas contracarro. El Batallón contracarro de la División se suprimió, dejando solo los 18 cañones de 45 mm. de los nueve Batallones para el conjunto de la División. Como estos cañones estaban disgregados en parejas en cada Batallón de Infantería, el resto de las unidades de la División carecía de defensa contracarro, y la dispersión de las piezas hacía que siempre combatiesen en inferioridad numérica frente a los carros alemanes. La Artillería de Campaña se redujo a un solo Regimiento (en primavera de 1941, cada División tenía dos), que además perdió uno de sus Grupos, quedando con seis Baterías con un total de veinticuatro obuses y cañones (dos Grupos con un total de dieciséis cañones de 76 mm. y un tercero con ocho de 122 mm.), en comparación con las quince Baterías y sesenta cañones y obuses ligeros y pesados de la plantilla precedente (dieciséis de 76 mm., treinta y dos de 122 mm. y doce de 152 mm.). Otras reducciones importantes incluyeron la reducción del número de radios (ya muy escasas), la pérdida de los pocos vehículos blindados del Batallón de Reconocimiento y la reducción de su plantilla de vehículos, desde quinientos ochenta y cinco camiones y veintidós transportes ligeros a ciento noventa y ocho cañones y cuatro ligeros.

La División resultante era mucho menos potente que la precedente, sus capacidades de transporte y de comunicaciones solo la hacían apta para acciones de defensa estática en la que su debilidad artillera la hacían muy vulnerable. A cambio eran mucho más sencillas y económicas de organizar. con solo una pequeña unidad de artillería de campaña de 24 piezas.

Por otra parte, la inmensa mayoría de las Divisiones de Infantería supervivientes apenas contaban con una fracción de su personal teórico, por lo que el Stavka las renombró como Brigadas de Infantería. La Brigada era una organización muy poco habitual en el Ejército Rojo. Normalmente se denominaban así algunas pequeñas unidades interarmas encargadas de misiones muy específicas, para cuyo cumplimiento el tamaño de la División era excesivo, pero que necesitaban el concurso de unidades de apoyo. En junio de 1941, el Ejército Rojo solo disponía de cinco Brigadas, dos ellas defendiendo islas en el Báltico, y tres haciendo lo propio en el Lejano Oriente. La organización de cada Brigada era diferente, pero se solían componer de uno o dos Regimientos de Infantería (aunque a veces las Brigadas disponían además de algún Batallón de Infantería independiente), un Regimiento de Artillería Ligera (normalmente, reducido), un Batallón contracarro, un Batallón de Ingenieros, una Compañía de Transmisiones y algunos elementos de apoyo logístico.

Adiestramiento de reclutas de Infantería soviética. La enorme población de la Unión Soviética le permitió movilizar a un enorme número de soldados. Sin embargo, su adiestramiento era muy escaso, lo que se tradujo en ingentes pérdidas

Estas Brigadas de Infantería tenían una plantilla teórica de 4.400 soldados, y se organizaban en tres Batallones de Infantería, apoyados por un número variable de unidades de apoyo (en general, un Grupo de Artillería – solo capaz de hacer fuego directo -, algunos medios de Ingenieros y algunas unidades menores). Estas Brigadas de Infantería eran significativamente más sencillas de operar que las Divisiones, lo que las hacía más útiles para las limitadas capacidades de los mandos disponibles del Ejército Rojo en 1941. Sin embargo, como ya se había experimentado en la Guerra Civil española, tendían a perder rápidamente su capacidad de combate conforme aumentaban las pérdidas en su relativamente escasa Infantería.  El Stavka llegó a activar 170 de estas Brigadas entre el verano de 1941 y la primavera de 1942. En realidad, el pobre adiestramiento del personal de estas Brigadas, su escasa movilidad, su casi nula logística y el parco armamento de que disponían , hacían a estas Brigadas muy poco efectivas. Su imposibilidad de efectuar fuego indirecto las ponía en una desventaja insalvable frente a los atacantes alemanes, incluso cuando defendían posiciones fijas, lo que hacía que se desbandasen tras pocos días de combate. Por estas razones, sus pérdidas fueron extraordinariamente elevadas (incluso para las costumbres del Ejército Rojo)

De la misma forma, los Cuerpos Mecanizados fueron disueltos, de forma que las Divisiones de Infantería Motorizada se renombraron como Divisiones de Infantería ordinarias. Este cambio no hacía más que reconocer la realidad: desprovistas en su inmensa mayoría de los vehículos necesarios, las Divisiones de Infantería Motorizadas nunca fueron otra cosa que Divisiones de Infantería regulares.

Por su parte las Divisiones Acorazadas supervivientes vieron su plantilla de carros recortada a 215 carros, frente a la plantilla teórica de 62 KV, 210 T-34 y 76 T-26 de junio de 1941. Sin embargo, la reorganización no solucionó los problemas de diseño de su plantilla: exceso de carros, escasa Artillería de Campaña (un solo Regimiento, teóricamente motorizado, con dos Grupos y un total de veinticuatro piezas) o Infantería de apoyo (un Regimiento a tres Batallones, en teoría también motorizado), logística insuficiente y transmisiones absolutamente inadecuadas. Al final, la reorganización se dirigía a paliar los efectos de la pérdida de miles de carros, más que a remediar los fallos de concepto observados al emplear estas unidades.

Como en el caso de la Infantería, la mayoría de las diezmadas Divisiones Acorazadas existentes se reconvirtieron en Brigadas Acorazadas, de las que se constituyeron 79 antes del final del año. Sobre el papel, estas Brigadas Acorazadas se componían de 93 carros (7 carros pesados KV, 22 carros medios T-34 y 64 carros ligeros T-60), divididos en tres Batallones… En la práctica, las Brigadas Acorazadas organizadas en septiembre de 1941 tenían solo 67 carros en dos o en tres batallones, con predominio de carros ligeros (38 de sus 67 carros), y las creadas en diciembre se reducían a solo 46 carros (de los que 16 eran ligeros) en dos batallones. Estas Brigadas carecían de apoyos y su capacidad logística era mínima, lo que hacía inviable que emprendiesen ninguna acción independiente.

Soldados alemanes junto a carros KV-1 y T-34 destruidos. En junio de 1941, la Unión Soviética disponía de unos 22.000 carros de combate (más que todo el resto del mundo junto), pero sufrió enormes pérdidas frente a la Wehrmacht.

Estas medidas venían dictadas por la escasez de mandos cualificados y de carros de combate, artillería, armas contracarro… Si las purgas de Stalin eran responsables en gran medida de la primera de estas escaseces, las enormes pérdidas debidas al ataque alemán eran la causa principal de la segunda.

Además de estas medidas derivadas de la realidad, Stalin tomó algunas decisiones detrás de las que se encontraban algunas ideas doctrinales ya desfasadas. Como hemos visto, las nuevas Brigadas Acorazadas agrupaban carros de tipos diversos en números aparentemente aleatorios. En realidad, el Ejército Rojo se limitó a dividir los carros de cada tipo disponibles y a repartirlos entre las Brigadas a crear. Esto hacía que se mezclasen carros pesados pensados para apoyar los ataques de la Infantería (pesadamente acorazados, lentos, con torres de giro también lento y con escasa autonomía, caso de los KV), con carros diseñados para penetrar en la retaguardia enemiga en el marco de la ‘batalla en profundidad’ (con gran autonomía y velocidad, como eran los T-34), con carros ligeros, apenas aptos para acciones de reconocimiento (los T-60 y similares). Los batallones de carros creados de esta manera se emplearon exclusivamente en apoyo a la Infantería, al estilo de 1918. Esta simplificación del papel de los carros era una renuncia implícita a la doctrina de la ‘batalla en profundidad’ de Tujaschevski, si bien es cierto que las exigencias de esa doctrina estaban muy lejos de las capacidades de los mandos del Ejército Rojo en 1941.

Paralelamente, se crearon un importante número de Divisiones de Caballería a lomo. Estas Divisiones contaban con una plantilla teórica de 3.447 jinetes. Eran muy móviles, pero contaban con un armamento muy ligero. Su principal inspirador fue el Mariscal Budienny, un héroe de la Guerra Civil rusa que contaba con la plena confianza de Stalin, y que debía su fama al empleo de la Caballería en las amplias extensiones del Teatro de Operaciones soviético. En la práctica, la ‘batalla en profundidad’ seguía contemplando el empleo de estas unidades en papeles similares a los que asignaba a las unidades acorazadas, si bien la vulnerabilidad de los caballos no las hacía aptas para el combate, pero sí para acciones de reconocimiento, para infiltrarse en sectores poco protegidos o para hostigar la retaguardia enemiga, especialmente en los largos periodos de tiempo en los que el barro o el frío dificultaban la operación de las unidades motorizadas o acorazadas.

La Aviación Soviética también se reorganizó. Se disolvió la Aviación ‘estratégica’: la Unión Soviética carecía de la necesaria superioridad aérea para efectuar bombardeos en profundidad sobre territorio enemigo, pero, además, tampoco disponía de los medios tecnológicos para hacerlos (medios de navegación, miras de bombardeo, aviones suficientemente rápidos…), ni de pilotos capaces de ejecutarlos. Los Regimientos Aéreos se redujeron de una plantilla de 64 aviones a solo 30. Esta reducción se debía por un lado a las limitadas existencias de aviones, pero también a la escasez de radios, que hacía muy difícil controlar muchos aviones de forma centralizada, aún más para jefes poco experimentados.

La falta de experiencia y de iniciativa de los jefes del Ejército Rojo se traducía en la toma de decisiones absolutamente reglamentarias y estereotipadas, y, por ello, muy previsibles, lo que facilitaba mucho las operaciones de la Wehrmacht. Así, en general, los jefes soviéticos tendían a distribuir regularmente sus medios a lo largo del sector defensivo asignado, sin estudiar el terreno o las posibles vías de penetración de los alemanes y sin escalonarlos en profundidad. En consecuencia, las vanguardias acorazadas alemanas, que concentraban sus ataques en sectores muy estrechos, solían enfrentarse solo a una pequeña fracción de las armas contracarro soviéticas, a las que derrotaban rápidamente, para envolver y destruir al resto casi sin lucha. De la misma forma, los soviéticos contratacaban con su Infantería apoyada por carros contra las penetraciones acorazadas alemanas. Los carros soviéticos, dispersos al modo de 1918, eran rápidamente destruidos por los alemanes, y, posteriormente, la Infantería soviética, indefensa frente a los panzer era rápidamente aniquilada.

Los jefes soviéticos, habituados a obedecer órdenes, no intentaban buscar flancos abiertos o puntos débiles en el despliegue alemán, sino que, en general, se limitaban a atacar a los alemanes cuando se los encontraban, tendiendo a realizar ataques frontales. Como, además, la coordinación con los elementos de apoyo era muy pobre, estos ataques rara vez estaban correctamente apoyados por zapadores o Artillería, ni se preparaban reservas para poder explotar un improbable éxito local. Como consecuencia, su eficacia era casi nula, y las pérdidas muy elevadas.

Infantería soviética avanzando, con el apoyo de carros T-34. La invasión alemana llevó al Ejército Rojo a abandonar su doctrina de ‘guerra de maniobra’, volviendo a prácticas típicas de los años finales de la Primera Guerra Mundial

Las constantes directivas del Stavka para evitar estas conductas se estrellaban regularmente con la poca calidad de los mandos de sus unidades, que no eran capaces de concebir o ejecutar operaciones más complejas.

A niveles más bajos, los oficiales y suboficiales soviéticos procedentes de la rápida movilización carecían de los conocimientos necesarios para efectuar tiro indirecto con morteros o para coordinar el fuego de apoyo con la maniobra de sus unidades. Así, el 12 de octubre de 1941, el Comisariado Popular de Defensa (el máximo organismo de organización de la defensa del Estado soviético) ordenó que todos los morteros de 50 y 82 mm. de cada Regimiento se concentrasen en una sola Compañía, mientras que los de 120 mm. de toda la División se concentrarían en un solo Batallón divisionario, para aprovechar mejor a los pocos mandos capaces de manejarlos.

Sin embargo, en lo que la Unión Soviética demostró sobresalir fue en su capacidad de generación de fuerzas: Stalin era capaz de crear nuevos Ejércitos más deprisa de lo que la triunfante Wehrmacht los destruía. Una de las fortalezas de la Unión Soviética era su enorme población (prácticamente, el doble que la alemana), que, además, era muy joven. Esto implicaba la disponibilidad de millones de hombres en edad de movilización (entre 18 y 50 años), contando con una reserva de 14 millones con algún nivel de preparación militar. Con la excepción de los Distritos Militares situados en Ucrania, Bielorrusia y la Rusia europea, la mayoría de la Unión Soviética no estaba afectada por la ofensiva alemana, por lo que cada Distrito Militar comenzó a ejecutar los planes de movilización previstos, sin interferencias por parte alemana: para finales de junio de 1941, ya se habían llamado a filas a 5,3 millones de soldados. En julio de 1941, el Ejército Rojo creó 13 Ejércitos; en agosto, 19; en septiembre, 5; en octubre, 7; en noviembre, 11; en diciembre, 2… Así los veinte Ejércitos destruidos por los alemanes en los primeros meses de ofensiva fueron más que compensados con los 57 Ejércitos creados solo en 1941. Estos Ejércitos incluían 285 Divisiones de Infantería, 12 Divisiones Acorazadas, 88 Divisiones de Caballería, 174 Brigadas de Infantería y 93 Brigadas Acorazadas.

Es cierto que los nuevos Ejércitos eran más pequeños que los iniciales, y que carecían de la mayoría de su plantilla de vehículos, de medios acorazados, de cañones, etc., siendo mucho menos potentes que los destruidos. Además, ni sus soldados ni sus mandos tenían más que un mínimo nivel de instrucción y adiestramiento, y carecían de cohesión y de entrenamiento para operar como unidades integradas, pero su solo número hacía que constituyesen una masa formidable para las menguantes fuerzas de la Wehrmacht.

A estas fuerzas de nueva creación, pronto se unieron 97 Divisiones redesplegadas desde todos los rincones de la Unión Soviética (incluyendo 27 desde el Lejano Oriente, una vez se consideró que no existía la amenaza de un ataque japonés). Estas Divisiones eran de calidad muy variable, incluyendo 25 Divisiones de ‘voluntarios del pueblo’, no aptas para el combate, y otras 20 de tropas de seguridad del NKVD (tampoco equipadas ni adiestradas para el combate), junto con 17 Brigadas de infantería Naval… En conjunto, unas 45 de estas Divisiones eran capaces de efectuar acciones de combate. En particular, las 27 Divisiones procedentes del Lejano Oriente eran (ya antes de la invasión alemana) las mejor dotadas de todo el Ejército Rojo

La enorme capacidad de generación de fuerzas de la Unión Soviética sorprendió a los alemanes: los planes de la Wehrmacht estimaban que se enfrentarían a unas 300 Divisiones soviéticas, pero, para diciembre de 1941, Stalin había movilizado más de 800 Divisiones… El Ejército Rojo había perdido cuatro millones de soldados y 229 Divisiones, pero seguía en condiciones de combatir. Sin duda, la capacidad soviética de generación de fuerzas fue probablemente el factor individual más decisivo en el fracaso de la Operación ‘Barbarroja’.

La relocalización industrial soviética

La creación de esta ingente fuerza requería la producción de cantidades igualmente colosales de armas y equipos, que, como hemos visto, escaseaban.

La escasez de medios de todo tipo del Ejército Rojo no se debía solo a las pérdidas sufridas en el ataque alemán. A este hecho se añadía otro: el parón forzado de producción de la industria soviética.

La industria soviética en 1941 distaba mucho de ser la que el régimen soviético había heredado de los zares. En contra de la opinión popular, los Estados Unidos de los años 30 distaban de ser hostiles al régimen soviético. De hecho, muchas empresas veían al nuevo Estado socialista como un prometedor mercado potencial. Así, en 1929, la empresa Ford firmó un contrato para producir vehículos ligeros y pesados en las plantas de la empresa soviética GAZ situadas en Nizni-Novgorod. Los técnicos norteamericanos proporcionaron las máquinas-herramienta necesarias, diseñaron los procesos de operación de la planta y adiestraron a los operarios (incluyendo la estancia de ingenieros soviéticos en Estados Unidos). Muchos de los vehículos soviéticos de la época eran copias (autorizadas) de modelos norteamericanos (caso de los camiones ZIS-5 y ZIS-6 eran copias modelos de la empresa norteamericana Autocar) o fueron desarrollados por ingenieros norteamericanos (caso de los camiones AMO-3, diseñados por Austin Cleveland). De hecho, el 34% de todos los camiones fabricados por la Unión Soviética en la SGM salieron de la fábrica ‘Molotov 1’ de Gorky, y fueron del modelo Así, la principal fábrica soviética de neumáticos, construida en Yaroslav en 1934 era una copia de la planta norteamericana de Sebring, en Ohio. Se estima que la ayuda norteamericana en los años 30 permitió a la Unión Soviética adelantar 50 años en técnicas productivas en tan solo 10. Durante la SGM, los soviéticos continuaron empleando las modernas técnicas productivas aprendidas de los norteamericanos.

En la foto superior un Ford-1934 y en la inferior un GAZ-M de 1934. La mayoría de los vehículos soviéticos de los años 30 eran copias locales de modelos norteamericanos, producidos con ayuda técnica de su país de origen

El ambicioso plan industrial de Stalin de los años 30 había creado una potente industria que se concentraba esencialmente en los alrededores de Leningrado y Moscú y en la parte oriental de Ucrania, cerca de las ricas minas de carbón del Donbass. Pese a la paranoia que dominaba el régimen soviético desde sus inicios, que siempre temía una invasión del ‘mundo capitalista’, la enorme distancia que separaba estas zonas industriales de las fronteras parecía darle la seguridad necesaria. Sin embargo, como hemos visto, Stalin consideraba que el objetivo de una posible invasión alemana sería Ucrania. En consecuencia, ya el 24 de junio, el ‘Comité de Defensa del Estado’ (máximo órgano de defensa) creaba un ‘Consejo de Evacuación’, encargado de trasladar esas industrias vitales al Este de los Urales y a Siberia. Esta operación no era sencilla: además de trasladar máquinas y utillajes, era necesario construir nuevos edificios para alojarlos, nuevos almacenes para las materias primas a emplear, alojamientos para los trabajadores, ferrocarriles que permitiesen conectar los nuevos centros industriales con el resto del sistema productivo soviético, nuevas redes eléctricas que permitiesen comenzar a producir lo más rápidamente posible… Y todo esto debía hacerse bajo la presión de la Wehrmacht y con gran parte de los obreros sujetos a la movilización para crear las nuevas unidades que Stalin pedía.

La tenaz defensa de Ucrania por parte del ‘Frente Suroccidental’ consiguió ganar el tiempo necesario para permitir la relocalización de la industria ucraniana e, indirectamente, de la situada en los alrededores de Moscú. Esta relocalización supuso una nueva sorpresa para la Inteligencia alemana: pese a detectar los miles de vagones de tren empleados para trasladar maquinaria y utillaje hacia el Este, los alemanes no comprendieron qué estaban haciendo los soviéticos hasta muy tarde, en gran medida porque esta relocalización industrial masiva era una completa novedad en la Historia de las operaciones militares.

Planta ‘Molotov 1’, en Gorky. Durante los años 30, las fábricas soviéticas adaptaron las técnicas de producción en cadena típicas de la industria norteamericana

En el Norte, el rapidísimo avance alemán impidió completar esa relocalización (solo pudieron trasladarse noventa y dos instalaciones industriales), si bien la defensa de la ciudad consiguió que las fábricas situadas dentro del perímetro defensivo consiguieran produciendo. Una de las factorías inicialmente situadas en Leningrado que pudo trasladarse a Chelyabinsk, en los Urales, fue la fábrica de carros popularmente conocida como ‘Tankograd’ (‘ciudad de los tanques’), que pudo construir más de 500 carros KV antes de final de año. Teniendo en cuenta que inició su desplazamiento el 5 de octubre, esto da una idea de la eficacia del proceso de relocalización.

Cadena de montaje de KV-1 en ‘Tankograd’, la antigua fábrica de tractores de Chelyabinsk. La industria soviética escapó en su mayoría a los ataques alemanes, gracias a su traslado a los Urales y a Siberia

En la región de Moscú, para mediados de diciembre de 1941, 523 instalaciones industriales y más de medio millón de trabajadores y sus familias se había desplazado hacia el Este, en más de cien mil vagones de tren.

El rápido movimiento de semejante cantidad de instalaciones complejas, realizado bajo la presión (aunque bastante esporádica) de la Luftwaffe, hizo que, en su mayoría, las instalaciones trasladadas perdiesen una cierta cantidad de elementos necesarios para su operación. Las duras condiciones invernales en los Urales y en Siberia dificultaron enormemente la construcción de nuevos edificios, por lo que se tuvo que recurrir a todo tipo de soluciones improvisadas (edificios antiguos modificados, tiendas de campaña, barracones de madera…). La urgencia de situación y la capacidad del sistema político comunista de imponer sacrificios a sus ciudadanos se tradujo en que, de una manera u otra, la producción se reinició en un plazo de tiempo breve, con turnos de trabajo incesantes, sin calefacción y con hogueras para cocinar o para iluminación.

En total, casi 2.000 plantas industriales llegaron a trasladarse, de las que más de 800 se dedicaban exclusivamente a la producción militar. Para ello se emplearon más de treinta mil trenes. Pese a lo apresurado del movimiento, en un año la Unión Soviética había recuperado la producción industrial de 1940, pese a tener las zonas más ricas del país ocupadas por los alemanes.

En realidad, pese a tener su capacidad industrial muy limitada por este proceso de relocalización y por las destrucciones debidas a la invasión alemana, la Unión Soviética pudo producir más de 6.500 carros de combate (dos tercios de ellos KV-1 y T-34), cifra muy superior a los 5.200 fabricados por Alemania en el mismo periodo. La Unión Soviética produjo igualmente más del doble de aviones y de cañones que Alemania, y once veces el número de morteros. Y esto con una capacidad industrial reducida con relación a la existente antes de la guerra. Un adelanto de lo que ocurriría en los años siguientes.

Camiones GAZ-AA en el patio de la fábrica de Nizni-Novgorod. Otro elemento copiado de sus mentores norteamericanos fue el ‘gigantismo’ de las instalaciones, que permitía abaratar costos y producir en masa

Además de esta diferencia de capacidad productiva, los soviéticos se concentraron en producir grandes masas de armas y materiales sencillos y fáciles de producir, y también en la mejora constante de sus procedimientos de producción industrial. En cambio, los alemanes mantuvieron una política de constante mejora de sus armas y equipos. Esto los hacía muy eficaces en combate, pero disminuía dramáticamente su capacidad de producirlos en masa, pues cada nueva modificación implicaba un reajuste de las máquinas y el utillaje necesarios para su fabricación. La consecuencia fue que la brecha de producción de armas y equipos entre la Unión Soviética y Alemania no hizo sino crecer a lo largo del conflicto. A esta diferencia productiva se añadió pronto la ingente ayuda norteamericana (y, en menor medida, británica) a la Unión Soviética, traducida en el suministro de cientos de miles de vehículos, miles de aviones y millones de toneladas de todo tipo de suministros.

No obstante, la calidad de fabricación de los materiales soviéticos era, en general, baja (si bien existían grandes diferencias – dentro de los mismos modelos – según la fábrica que los produjese), y sus diseños tenían fallos importantes. Como ejemplo, la mayoría de los T-34 destruidos en 1941 (y hasta 1944) lo debieron, directa o indirectamente, a fallos mecánicos. De hecho, alarmado por los informes de las unidades usuarias de estos carros, en abril de 1943 el Ejército Rojo realizó una serie de pruebas a los carros T-34 recién salidos de fábrica. Los resultados fueron muy pobres: solo el 10,1% de ellos fueron capaces de realizar un recorrido de 330 km. sin averiarse, porcentaje que descendió al 7,7% en junio del mismo año. Las medidas correctoras adoptadas funcionaron en cierta medida, pero, en general, en todos los materiales y durante toda la duración del conflicto, el material soviético resultó muy poco fiable.

Una característica común era la falta de ópticas de calidad, lo que hacía que los carros soviéticos tuvieran un alcance eficaz mucho menor que el de sus homólogos alemanes (y menor incluso que el de sus propios cañones), lo que los colocaba en grave desventaja en los combates de carros, y aún más al enfrentarse a los FlaK alemanes. Esto se traducía habitualmente en fuertes pérdidas.

Pese a todo, en conjunto, al final de 1941, la Unión Soviética estaba bien preparada para una guerra de desgaste con Alemania, mientras que Hitler solo podía confiar en un cada vez más improbable colapso del régimen soviético.

En contraste, la economía alemana estaba muy poco preparada para un conflicto largo. Los dirigentes nazis estaban convencidos de que la derrota en la PGM se había debido a las penalidades sufridas por la población civil alemana, por lo que intentaban por todos los medios evitar una situación similar. En consecuencia, Hitler era muy reacio a imponer medidas drásticas que redujesen el nivel de vida de los alemanes. Por ello, la economía germana, todavía en 1941, distaba mucho de encontrarse en la modalidad de una economía de guerra: los impuestos eran bajos (el tipo máximo del impuesto sobre la renta era del 13,7%), los horarios de trabajo eran los mismos de tiempo de paz, las industrias seguían fabricando productos de lujo… Alemania había financiado las guerras mediante el saqueo de los países ocupados o gracias a los bienes incautados a los opositores al régimen (especialmente, a los judíos). Sin embargo, los países ocupados sufrieron importantes caídas en su economía, por variadas razones (sabotajes, destrucciones durante los combates, bloqueo naval británico – que impedía el acceso a elementos básicos, como los fertilizantes -, pérdida de medios de transporte – incautados por la Wehrmacht -, deportación de mano de obra a Alemania…). Así, como ejemplo, la producción de cereales de Francia en 1940 fue algo menos de la mitad que la de 1938, y las cifras de Polonia fueron aún peores…

Incluso con el concurso de esas fuentes de financiación externas, la capacidad industrial alemana permitía proporcionar a sus Fuerzas Armadas una serie de productos de gran calidad y de elevada tecnología, pero, para ello, dependía del trabajo de varios millones de obreros especializados, muy difíciles de reemplazar. Y, sin embargo, esos obreros especializados constituían en gran media la base de reclutamiento de la Wehrmacht. En consecuencia, la movilización militar implicaba una reducción de la capacidad productiva de la industria alemana, que, por otra parte, era esencial para obtener las armas y equipos necesarios para el combate. Esta paradoja era muy complicada de solucionar. Hasta ese momento, las rápidas victorias en Polonia, Noruega o Francia, habían permitido a Alemania movilizar a sus obreros especializados durante las pocas semanas que habían durado las fases de combate de esas campañas, devolviéndolos después a sus puestos de trabajo. De la misma forma, la corta duración de las campañas y las relativamente escasas bajas sufridas también permitieron a Alemania terminar las operaciones con los materiales disponibles, sin exigir un esfuerzo suplementario a su industria. Como consecuencia de la experiencia anterior, Hitler se planteó una política similar en el caso de la ‘operación Barbarroja’, aprobando una movilización de solo seis semanas, el tiempo considerado suficiente para vencer a la Unión Soviética.

En el otoño de 1941, esas seis semanas ya habían transcurrido sobradamente, pero la victoria de la Wehrmacht en Rusia parecía al alcance de la mano. En consecuencia, Hitler, con el apoyo del OKW y del OKH, decidió mantener la movilización de los trabajadores industriales, asumiendo que esto implicaba una menor producción industrial. Así, a la ya complicada situación logística (debida fundamentalmente a la carencia de medios de transporte) se unió una creciente carencia de piezas de repuesto (especialmente para los medios más empleados en combate, los carros y los aviones) y una reducida capacidad de reemplazar los materiales perdidos. Para compensarlo en lo posible, Alemania inició una política de reemplazo de los obreros especializados movilizados por mano de obra forzada (prisioneros de guerra o civiles obligados a trabajar) no consiguieron reemplazar la productividad perdida, pese a extender al máximo las jornadas de trabajo…

En el otoño de 1941, la producción bélica alemana estaba muy por debajo de la soviética y, además, la economía alemana no estaba preparada para un largo conflicto de desgaste.

Carlos Javier Frías Sánchez

Carlos Javier Frías Sánchez es General de Brigada y Director de la Escuela de Guerra del Ejército de Tierra español

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