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flags of Iran and USA painted on cracked wall

Protestas en Irán y riesgos inherentes de la estrategia híbrida norteamericana

En ocasiones anteriores he analizado el empleo de estrategias híbridas por parte de Irán dentro del contexto del conflicto en zona gris que libra con otras potencias de la región –Arabia Saudí, Israel y Emiratos– además de con Estados Unidos.

Sin embargo, la oleada actual de protestas en Irán y el respaldo de Washington a los manifestantes ofrece una oportunidad para reflexionar sobre las estrategias híbridas que utilizan a su vez los rivales geopolíticos de Teherán. En particular la actual Administración norteamericana con esa combinación sincronizada de distintos instrumentos de poder, característica esencial de lo híbrido: herramientas de naturaleza económica (sanciones), política (apoyo a oposición interior), militar (despliegue militar en Oriente Medio), diplomática (aislamiento de Irán) e informacional (campañas mediáticas contra el régimen iraní). A las que con perspectiva histórica se podrían sumar los ciberataques con el gusano informático Stuxnet de principios de esta década.

Las revueltas en Irán se iniciaron hace poco más de un mes a raíz del aumento del precio de la gasolina, y su magnitud denota un malestar aún más profundo de parte de la ciudadanía con la situación política, social y económica del país. Según el Banco Mundial, se espera que el crecimiento económico iraní se contraiga un 8,7% como resultado de las presiones a las que se encuentra sometida su industria energética.

Al poco de estallar los disturbios, el régimen bloqueó internet, lo que dificulta conocer los detalles de la represión y el número exacto de víctimas. Las estimaciones que han trascendido hasta el momento oscilan entre 180 y 450 muertos a los que se añaden 2.000 heridos y miles de detenidos. Se trataría por tanto de una de las revueltas más intensas que experimentado el país desde al menos 2009. Algunas fuentes afirman que se trataría incluso de las más importantes desde la revolución de 1979.

La actual Administración norteamericana se ha apresurado a conectar la oleada de protestas al deterioro de la situación económica del país, pero jugando con la ambigüedad propia de lo híbrido el Secretario de Estado Mike Pompeo achacó el malestar social, no a las sanciones norteamericanas, sino a la deficiente gestión económica de los decisores políticos iraníes.

Una ambigüedad que se ve reforzada si recordamos que según declaró anteriormente el propio Secretario de Estado, el objetivo con las sanciones no era cambiar el régimen sino el curso actual de su política exterior (fundamentalmente el apoyo a proxies contra Israel y los saudíes). Por otro lado, aunque en un primer momento el presidente Trump evitó dar su apoyo a las protestas de manera un tanto confusa, en twits posteriores ha respaldado abiertamente los manifestantes.

Paulatinamente la implicación norteamericana se ha incrementado, y del apoyo moral se ha pasado a la ayuda técnica. Según afirmaba Pompeo en la misma entrevista: “We’ve done our best to make sur they can continue to communicate by using the internet, which the Iranian leadership attempted to shut down in its entirety.” Al que se ha sumado el respaldo mediático a través de mensajes como el del siguiente vídeo.

Esta práctica forma parte de las operaciones de influencia contra el régimen iraní, aunque en este caso se lleva a cabo de manera abierta. Se diferencia así de las operaciones de influencia rusas, donde el Kremlin transmite un mensaje oficial y al mismo tiempo su maquinaria de desinformación difunde otro distinto.

Pero como cualquier acción en un contexto conflictivo, el empleo de estrategias híbridas conlleva riesgos. En este caso, el respaldo norteamericano a las revueltas entraña tres serios peligros:

  • En primer lugar, para los propios manifestantes, y en particular para sus líderes, a los que el régimen iraní acusará fácilmente de enemigos al servicio de potencias externas. También invita a que el gobierno reprima los tumultos con fuerza pues con ello envía un mensaje de firmeza a los adversarios que ahora mismo observan complacidos su inestabilidad: Arabia Saudí, Emiratos, Israel y el propio Estados Unidos.
  • En caso de que el régimen de Teherán se sintiese seriamente amenazado por la actual o por futuras olas de malestar social, no dudaría en escalar horizontalmente contra sus vecinos. A lo largo de estos meses Irán ha estado presumiblemente detrás de ataques ambiguos al tráfico naval en el Golfo y del lanzamiento encubierto de misiles de crucero contra una instalación energética principal de Arabia Saudí, ha derribado un drone de uso estratégico norteamericano y ha continuado respaldando a sus proxies en Yemen, Irak, Siria y Líbano. Ante todas esas acciones ha constatado una y otra vez que ni Arabia Saudí ni Estados Unidos tienen apetito para una confrontación militar abierta. Esto concede a Irán un control de la escalada que no dudaría en explotar si, como consecuencia de la agitación en las calles, viera amenazada la supervivencia de su régimen político.
  • En el hoy por hoy muy improbable escenario de unas revueltas que provocaran la caída del régimen iraní, el resultado podría estar lejos de una transición política pactada que diera lugar a una democracia, y  materializarse más bien en una revolución violenta que sumiese al país en el caos con las gravísimas implicaciones que ello tendría para la estabilidad del conjunto de la región. La experiencia amarga de las revueltas árabes lleva a pensar que la segunda posibilidad es la más verosímil.
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Javier Jordán

Profesor Titular de Ciencia Política en la Universidad de Granada y Director de Global Strategy

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