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Rojos, sí, pero no violetas…

El concepto ‘izquierda’ es un genérico que engloba diversas sensibilidades: demócratas radicales (poco o nada partidarios de lo que hoy en día se entiende por democracia), socialdemócratas, socialistas poco demócratas, comunistas, anarquistas en sus diversas variantes, a lo que (solamente en) los últimos tiempos, se han sumado sectores del ecologismo, del feminismo, y del pacifismo (ya me cuidaré de decir que todos los componentes de estos tres colectivos son de ‘izquierdas’, ya que eso no se corresponde con la realidad). Tan variopinto elenco ha dado pie a enfrentamientos internos, de los cuales se deduce una mejor comprensión de las líneas de fractura. Siempre ha sido así.

Por ejemplo, los socialdemócratas represaliaron a los marxistas en la Alemania de Weimar; los marxistas hicieron lo propio con los socialdemócratas (y con los anarquistas) en la URSS. Estamos hablando de muertos, en ambos casos. La simpatía mutua era tal que los leninistas no dudaban en calificar a los socialdemócratas como fascistas (‘social-fascistas’, para ser más exactos) pese a que, a través de Kautsky, la inmensa mayoría de esos socialdemócratas seguían siendo marxistas (imaginemos lo que dirían de los socialdemócratas de nuestros días). Pero no es indispensable que la crónica comience en el contexto de la Revolución bolchevique.

El menosprecio de Rousseau, de Robespierre y del núcleo duro jacobino hacia las mujeres -rayano en la misoginia- es legendario, solo comparable a la inquina que les tenía el anarquista Proudhon. Llama la atención el episodio en el que Robespierre mandó a la guillotina a Olympe de Gouges, la promotora de los derechos de la mujer, que estaba embarazada (dispuesta a fomentar, según parece, lo de las familias monoparentales), a pesar de las súplicas de la futura madre que, al menos, deseaba salvar al nasciturus. Pero Robespierre pensó que así eliminaba de una vez a dos burgueses. Todo ello antes de que los sans-culottes -con los que tanto había flirteado- lo condujeran a él mismo al cadalso. Porque cuando todos circulan sin carnet, es más probable que cualquiera te adelante por la izquierda.

En cuanto al marxismo, lo cierto es que estuvo siempre en las antípodas del incipiente ecologismo, ya que éste era contraproducente para el anhelado productivismo del socialismo real. Mientras eso sucedía, el feminismo brotaba con fuerza… lejos del marxismo… más bien entre los liberales (anti-marxistas, de hecho) a partir de la segunda mitad del siglo XIX (con Stuart Mill a la cabeza), etapa en la cual los comentarios de Marx respecto el trabajo femenino en la Crítica del Programa de Gotha pueden ser calificados, benevolentemente, como paternalistas… pero hoy diríamos que son machistas (puede que no haya que analizar los sucesos de antaño con ojos de hogaño, pero si eso es cierto, debería valer para todas las teorías de ayer).

Los soviéticos, en fin, persiguieron con saña a los homosexuales (leyes comunistas en mano), mientras otorgaban medallas como heroínas de la URSS a las madres de familia, a partir de cierto número de hijos, fomentando de ese modo una versión tan clásica de la familia tradicional que llegó a ser cuestionada por el muy tradicionalista Évola (fascista, de joven -sin duda-; y fascista siempre, según algunos) debido a la exagerada presión ejercida sobre dichas mujeres por ese natalismo forzado desde el Estado. Cosa bien distinta a la curiosa combinación de un no menos forzado abortismo (también por el Estado) y de tradicionalismo moral que ha regido los destinos de la China ‘comunista’ hasta hace bien poco, aunque sus derivas se prolongarán durante algún tiempo más (mientras los ‘comunistas’ chinos se abren con paso firme al mercado, del mismo modo en el que lo han hecho la mayoría de los rusos).

¿Nada es lo que parece? No es eso. Es exactamente lo que parece. La ‘izquierda’ no existe (como no existe la ‘derecha’, ni el ‘centro’ -espacio deducido residualmente a partir de la primera mixtificación aquí delatada) a no ser que elevemos el nivel de abstracción hasta que se difuminen estas y otras diferencias. Pero que nadie se engañe (respecto a mi opinión al respecto) porque sí que existen las ideologías, que, contra lo previsto por la primera irrupción de Fukuyama, siguen vivas… y coleando. Por eso, algunos seguimos empleando, más que nada a efectos comunicativos, esos conceptos, de corte posicional, para no tener que hacer introducciones demasiado densas cada vez que nos toca desarrollar un análisis sobre estos pormenores.

Hecha esta aclaración, ocurre que la realidad del debate ideológico ha sido y sigue siendo muy compleja. Difícilmente reducible a cuatro tópicos propios de estudiantes de bachillerato mal informados y peor formados (algo demasiado usual, aunque no sea culpa suya), con el consiguiente riesgo de que las elites políticas del mañana sean incapaces de hacer otra cosa que twitear esos mismos tópicos, aprendidos machaconamente en su pubertad.

Aunque no he incidido en ello, muchos de los autores que han desfilado por el post son partidarios confesos de la violencia política interna para lograr sus objetivos. No los socialdemócratas (ni siquiera cuando operaban de acuerdo con los parámetros kautskianos, aunque eso podría discutirse, en un texto más extenso), pero sí los jacobinos, los marxistas-leninistas, o los anarquistas, mientras que está por ver (falta perspectiva teórica e histórica) lo que sucede con los nietos de mayo del 68 (ya hay trabajos académicos potentes sobre el ecoterrorismo, por ejemplo).

En esta conferencia que impartí el pasado mes de abril se recogen, sin ánimo exhaustivo, algunas de las reflexiones aportadas por dos de las figuras a la vez más relevantes y más polémicas de una fracción de esa ‘izquierda’ contemporánea, más o menos nostálgica del leninismo y del maoísmo (es decir, nostálgica, pero huyendo de la apología), aunque formalmente pos-marxista (como el resto de la nueva izquierda), nada políticamente correcta (aunque éste no sea un monopolio de la izquierda), muy roja (valga como recurso esa conocida sinestesia) pero poco o nada violeta, y menos propensa que la ‘izquierda’ políticamente correcta a manipular ideológicamente los colores del arco iris.

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Josep Baqués

Josep Baqués es Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Barcelona y Subdirector de Global Strategy

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