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Syrian government forces take position in the area between Talbiseh and Rastan in the northern countryside of Homs on March 1, 2018. / AFP PHOTO / STRINGER (Photo credit should read STRINGER/AFP/Getty Images)

La Division Fatemiyún: la legión afgana de los ayatolás

Global Strategy Report, 38/2020

Resumen: La División Fatemiyún es una milicia chiíta, compuesta principalmente por afganos de etnia hazara residentes en Irán, que ha actuado en el conflicto sirio encuadrada en la Guardia de la Revolución Islámica (GRI) iraní. Surgida a principios de los 80, como grupo, brigada o división, ha participado en la guerra Irán-Irak, la guerra civil afgana y, más recientemente, en Siria. Para la propaganda iraní, es un ejemplo de la “resistencia” afgana frente al yihadismo sunita. Para muchos refugiados afganos en Irán, se convirtió en una vía para huir de la pobreza y obtener reconocimiento social. En este artículo se analizan los orígenes y la expansión de la División Fatemiyún, su papel reciente en la guerra civil siria, así como el incierto futuro de una herramienta que el régimen de los ayatolás podría emplear en otros escenarios, incluido el afgano. Por otra parte, su historia ayuda a entender el modo en que Irán actúa de forma interpuesta en conflictos fuera de sus fronteras.


La estrategia militar iraní incluye la actuación de “grupos asociados” que actúan más allá de sus fronteras, a las órdenes de la Guardia de la Revolución Islámica (GRI), pero sin comprometer a Teherán. La División Fatemiyún es una de esas organizaciones que han permitido a los ayatolás llevar la guerra a Irak, Líbano, Siria o Yemen. Finalizado el conflicto sirio, el futuro de la Fatemiyún es incierto. Pero, aunque la formación se disolviera, las redes, las narrativas y las capacidades desarrolladas en Siria podrían ayudar a la GRI a crear una formación similar nuevamente en el futuro. Y el análisis de su historia ayuda a entender el modo en que Irán actúa de forma interpuesta en conflictos fuera de sus fronteras.

Historia y leyenda

La División Fatemiyún es una milicia chiíta, compuesta principalmente por afganos de etnia hazara residentes en Irán, que ha actuado en el conflicto sirio encuadrada en la Guardia de la Revolución Islámica (GRI) iraní. Surgida a principios de los 80, como grupo, brigada o división, ha participado en la guerra Irán-Irak, la guerra civil afgana y, más recientemente, en Siria.

Reclutados principalmente entre los refugiados afganos de Irán, población muy numerosa, marginada y privada de derechos, a los combatientes potenciales a menudo se les ha invitado a alistarse prometiéndoles remuneraciones muy generosas, la obtención de la residencia legal y reconocimiento social. En algunos casos, pueden haber sido obligados a unirse bajo amenaza de deportación. Los relatos de los excombatientes sugieren que, con frecuencia, han entrado en combate en los frentes más peligrosos sin la preparación necesaria, lo que ha llevado a índices de bajas muy elevados. El gobierno afgano ha prohibido las actividades del grupo en su territorio, por los efectos indirectos que puede conllevar la participación masiva de combatientes afganos en el conflicto sirio, pero la evidencia sugiere que el GRI ha continuado en todo momento con el reclutamiento de forma clandestina.

Desde 2012 hay constancia de la presencia permanente en Siria de combatientes afganos, encuadrados en la División Fatemiyún, compuesta casi en su totalidad por afganos chiíes y subordinada a la GRI, bajo cuyo mando ha combatido en los frentes más peligrosos, liderando algunas de las operaciones más celebradas por el régimen de Assad.

Según la escasa información disponible, la división surge en torno a un pequeño grupo de voluntarios que combatieron contra la ocupación soviética de Afganistán. El futuro líder de la Fatemiyún, Ali Reza Tavassoli emigró a Irán en los 80, uniéndose a la Brigada Abuzar, perteneciente a la GRI e integrada mayoritariamente por combatientes chiitas afganos alistados para combatir por la Revolución Islámica. Esta brigada se enfrentó a la invasión iraquí y a los separatistas kurdos. Unos 2000 de sus combatientes fallecieron en este período.

En los 90, Tavasoli y su grupo regresaron a Afganistán para luchar contra el movimiento talibán, disolviéndose poco después. En 2001, tras la caída de los talibán, los miembros del grupo huyeron a Irán por temor a la persecución del nuevo gobierno afgano.

Al estallar el conflicto sirio, Tavassoli ofreció a Teherán su veintena de combatientes, entonces en torno a Mashad (Irán), para defender el santuario sirio de Sayyeda Zeinab. La petición fue aceptada y fue en este momento cuando se bautizó al grupo con el nombre de “Fatemiyún” (Bandera Fatimita). Poco a poco, el liderazgo de Tavassoli y los éxitos de su grupo lograron movilizar a cada vez más afganos, que pronto se contaron por miles. Algunos procedían de las colonias afganas de Damasco e Irán, otros llegaban en pequeños grupos desde Afganistán. Así, el grupo se convirtió en brigada primero y en división poco después.

Más allá de estos datos, las informaciones sobre la historia de este grupo divergen, en parte por la campaña propagandística diseñada por la GRI para exaltar la denominada “resistencia indígena”, legitimando así la presencia de combatientes extranjeros en Siria y desviando la atención sobre sus métodos de reclutamiento cada vez más discutibles. Según este relato, los afganos se habrían ofrecido como voluntarios no solo para defender los santuarios chiitas, sino también para proteger a la pequeña comunidad de refugiados Hazara establecida en la mezquita sagrada de Sayyeda Zeinab contra los ataques de grupos radicales sunitas. Según esta versión, Irán, que continúa insistiendo en que su misión en Siria es de asesoramiento, se habría limitado a ayudar a voluntarios afganos en su tránsito hacia Damasco, hasta que su propia organización se pudiera hacer cargo de ellos.

Es difícil dar cifras sobre el número de combatientes que integran esta “División”. Un grupo muy reducido, rondando la veintena, en los años 80 y 90, en el momento más álgido del conflicto sirio, podrían rondar los 14.000-20.000 efectivos Lo que parece claro es que, al haberse decido elevar su estatus de Brigada a División, hay que estimar un mínimo de unos 10.000 efectivos.

Reclutamiento

Declaraciones de antiguos combatientes muestran una imagen preocupante tanto del reclutamiento, como de sus condiciones de vida. Son frecuentes los casos en que alegan haberse enrolado bajo presión o mediante sobornos y haber entrado en combate sin apenas formación previa y sin información sobre el contexto en el que estaban combatiendo. Finalmente, hay un sentimiento generalizado de haber servido como “carne de cañón” en algunas de las batallas más cruentas de la guerra siria.

Conviene tener presente que en Irán hay cerca de 3 millones de refugiados afganos, que viven en condiciones muy precarias y que constituyen el “caladero” en el que trabajan los reclutadores de la Fatemiyún. A sus problemas económicos y de discriminación, se une el temor a ser devueltos a Afganistán y ser víctimas de los talibán. En ese entorno, resultan verosímiles los numerosos de combatientes que alegan haber sido arrestados por las fuerzas de seguridad iraníes, bajo la acusación de residencia ilegal o de asuntos relacionados con drogas, y haber recibido como opciones posibles, prisión, deportación o servicio en Siria. Human Rights Watch (HRW) confirma esta tesis: la promesa de regularizar su residencia y de salarios de entre 450 y 800 dólares, una auténtica fortuna, es otra vía habitual de incentivar el enrolamiento. HRW ha constatado también numerosos casos de reclutamiento de menores.

La República Islámica rechaza estas informaciones argumentando que responden al interés personal de los excombatientes, que esperan con estas declaraciones diluir su responsabilidad y mejorar sus posibilidades de recibir asilo. O directamente a presiones de los propios captores. Sayyed Hakim, ex-comandante de la Fatemiyún, reconociendo estos problemas, defiende la yihad en Siria no solo como un medio para lograr beneficios sociales o económicos, sino como una búsqueda de la dignidad y la salvación, mostrándose orgulloso del papel de fuerza de choque jugado por su división.

Es difícil conocer las motivaciones de los combatientes, incluso teniendo en cuenta el contexto político y socioeconómico de la comunidad hazara de Irán. Pero resulta comprensible que, para los refugiados afganos, combatir en Siria puede responder a una motivación religiosa, personal o financiera. O una combinación de todas ellas.

Un valor en alza para el régimen iraní

El general iraní Mohammad Ali Falaki, ex-comandante de la Fatemiyún en Siria, reconocía estas tensiones y destacaba que “En Irán, a veces vemos a los afganos como delincuentes, alborotadores o trabajadores de la construcción que trafican con drogas… Su sangre nos ha demostrado que debemos tener una visión positiva hacia ellos”. Planteando el tema en un contexto ideológico e histórico más amplio, el general destacó la importancia de los voluntarios chiitas extranjeros en Siria. Junto con las divisiones iraquí y paquistaní, son parte de una fuerza combinada que trasciende las identidades nacionales y tribales, dando a la Revolución Islámica un carácter internacional.

De acuerdo con esta estrategia, a medida que ha aumentado su peso e importancia, la Fatemiyún ha sido cada vez más utilizada por la propaganda iraní, que la presenta como un instrumento para superar las trabas étnicas y socioeconómicas que enfrentan los hazaras en Irán y como un apoyo en la construcción de una ideología yihadista transnacional más inclusiva, que vincula a una minoría vulnerable y perseguida con la ideología oficial de la República Islámica. De esta forma, las aspiraciones de igualdad y seguridad de los hazaras quedan incorporados al régimen, suavizando su apariencia de potencia hegemónica ascendente mediante la asunción del papel de protector de las minorías vulnerables.

La GRI ha hecho un esfuerzo por realzar el perfil de la Fatemiyún, presentada como una unidad de vanguardia. La oficina de comunicación de la Fatemiyún, que opera sus propios canales de difusión, ha producido una serie de cortometrajes que presentan la división a un público cada vez más amplio, combinan do historias personales de heroísmo, exaltación religiosa y resistencia individual con imágenes de alta calidad filmadas durante algunas de las batallas más importantes libradas por la división. Estas películas, cuyo  objetivo es infundir orgullo, devoción y curiosidad entre los jóvenes afganos, han gozado de gran difusión a través de las redes sociales.

Además de las redes sociales y los medios audiovisuales, también se han utilizado medios más tradicionales para realzar la imagen de la división afgana, como la celebración servicios conmemorativos multitudinarios en honor de los caídos en santuarios chiitas, o la difusión de canciones populares ensalzando su heroísmo. El propio líder supremo, el ayatolá Ali Jamenei, ha elogiado repetidamente el sacrificio de los afganos enviados al Levante bajo su autoridad y ha visitado las tumbas de los “mártires afganos”, haciendo declaraciones en las que elogiaba cómo los afganos de la Fatemiyún  “han creado un escudo con sus vidas para proteger los santuarios sagrados de las fuerzas malignas“.

¿Carne de cañón?

Una de las críticas que se han vertido con más frecuencia sobre la Fatemiyún, acusa a los responsables de la GRI de enviarlos al combate sin apenas instrucción, como “carne de cañón”. Y tales acusaciones no parecen totalmente infundadas. Según la información disponible, los nuevos reclutas reciben entre dos y cuatro semanas de entrenamiento muy básico en campamentos gestionados por la GRI, tiempo a todas luces insuficiente para formar a un combatiente. La inteligencia estadounidense ha identificado al menos nueve de estos campamentos dentro de Irán. Se trata de instalaciones muy básicas, con capacidad para unos pocos centenares de reclutas, entre los que se incluyen también iraquíes, yemeníes y árabes. Una vez en Siria, algunas unidades podrían recibir formación adicional especializada, también a cargo de la GRI.

En virtud de un acuerdo alcanzado entre Siria e Irán, las fuerzas de la GRI pueden abastecerse de cuanto necesiten en los depósitos de material del ejército sirio. Como consecuencia de ello, la Fatemiyún opera con una amplia gama de armas pesadas de la era soviética, incluidas piezas de artillería de campaña, vehículos blindados, misiles anticarro y carros de combate. En concreto, ha hecho un amplio uso del carro soviético T-90, el más avanzado de los que operan en el teatro sirio.

No está claro cómo han llegado estos materiales a manos de la Fatemiyún y el papel jugado por la GRI en su suministro. Tampoco la implicación rusa en el proceso. Hay informaciones que hablan de instructores rusos, sea de las fuerzas especiales o de las unidades mercenarias Wagner que operan en sus sectores.

Los informes disponibles sobre la Fatemiyún la califican como una de las unidades más efectivas y también como una de las más aisladas socialmente, debido a prejuicios racistas y a la falta de arraigo local, lo que ha facilitado su uso como “carne de cañón”. Culturalmente y lingüísticamente aislados e ignorantes del contexto general de la guerra, los comandantes de la GRI han preferido recurrir a ellos para eludir los problemas de deserción que plantean otras unidades. Los desorientados afganos son más proclives a defender posiciones que las fuerzas sirias podrían verse tentadas de abandonar.

Quizá por ello, han luchado en todos los frentes de la guerra y han sufrido unos porcentajes de bajas poco acordes con los que se espera de una unidad bien adiestrada y fogueada y muy superiores a los correspondientes a las formaciones hermanas, iraquíes y libanesas, que operan también bajo paraguas de la GRI. En 2016 y 2017 la Fatemiyún sufrió un desgaste especialmente fuerte, llegando a sufrir hasta 45 muertos por mes.

El regreso a casa

En Afganistán, la relación entre los combatientes de la Fatemiyún y la comunidad Hazara es confusa, por el recelo que produce su participación en la lucha contra los sunitas en un país mayoritariamente adscrito a este credo. La participación de voluntarios afganos en la guerra sectaria que se libra en el Levante podría desestabilizar la situación interna. De hecho, grupos radicales sunitas han atacado a las comunidades chiitas en represalia por su supuesto apoyo a Irán en Siria e Irak. En 2016, tras un sangriento ataque contra Hazaras en Kabul que dejó 80 muertos, el ISIS declaró a Reuters que “a menos que [los Hazaras] dejen de ir a Siria y dejen de ser esclavos de Irán, continuaremos con estos ataques”. Una justificación similar se utilizó en 2017, tras un atentado suicida  contra un centro cultural chiita en Kabul que, según el  ISIS, actuaba como centro de reclutamiento de voluntarios para luchar en Siria. Estos hechos no hacen sino aumentar los temores a que un retorno masivo de combatientes de la Fatemiyún pudiera conducir a un incremento de la violencia sectaria.

El gobierno afgano ha prohibido el grupo y ha tratado de suprimirlo, en gran medida para evitar más conflictos sectarios. En 2016 llegó a arrestar a responsables del reclutamiento, incluido el representante iraní en Kabul, Qurban Ghalambor. Pero no consiguió frenar el reclutamiento que en todo momento ha estado coordinado en el entorno de la embajada iraní en Kabul. Tanto en Kabul, como en Herat hay oficinas activas de reclutamiento y abundan los informes sobre acciones de reclutamiento entre las comunidades chiitas.

Ahora, una vez cerrado el conflicto sirio, muchos observadores apuntan la posibilidad de que Irán invierta el flujo y decida trasladar a miles de combatientes afganos desde Siria a Afganistán. De hecho, algunos observadores afirman haber identificado ya redes activas de repatriados que operan dentro de Afganistán, aunque no hay informes oficiales que lo corroboren. Pese a que muchos veteranos de la guerra siria han regresado a Afganistán, hay poca evidencia de que representen una amenaza directa para el país. La mayoría intenta readaptarse a la vida civil, mientras otros se reenganchan una y otra vez debido a la necesidad económica.

El futuro de la Fatemiyún

El 21 de noviembre de 2017, el presidente de Irán, Hassan Rojaní, daba al ISIS por derrotado y a su Califato por destruido. Después de meses de operaciones, la División Fatemiyún había finalizado su misión principal, aunque continuara luchando en algunos enclaves sirios.

Pese a los temores expresados ​​por la oposición siria, no parece que se les vaya a obligar a permanecer en Siria, como parte de un esquema sectario encaminado a reforzar la presencia chiita. Ni siquiera parece que se les vaya a permitir permanecer en el país. Tampoco hay indicios de que se les vaya a enviar a otras zonas calientes, como Yemen o el Golán. A pesar de su reconocida dedicación a la causa del chiismo transnacional, no parece que se haya identificado un posible destino para ellos. Por otra parte, todos los indicios apuntan a que la GRI ha decidido congelar, al menos temporalmente, el reclutamiento de nuevos combatientes para la Fatemiyún, lo que sugiere que planea disminuir lentamente su entidad numérica. Parece más bien, que hay un cambio de estrategia que pasa por poner fin a las operaciones militares y pasar a trabajar en lo que el responsable cultural de la división definió como el “frente cultural, ideológico y social”, que pretende obtener beneficios ideológicos y políticos del triunfo militar.

En menos de tres años, la GRI ha sido capaz de establecer y movilizar a una poderosa milicia, reclutando miles de combatientes motivados. Incluso si decide desmovilizar el Fatemiyún, el surgimiento de una red militar e ideológica única y en gran medida cohesiva significa que si la República Islámica se sintiera amenazada de nuevo, podría volver a recurrir al mismo procedimiento.

¿Afganistán, próximo escenario?

Después de casi dos décadas de intervención, EEUU está dando pasos decisivos para finalizar su intervención militar en Afganistán. Al menos con el nivel de implicación desplegado hasta ahora. Una menor presencia estadounidense podría proporcionar a Irán una oportunidad para expandir su influencia en Afganistán. Teherán siempre ha sido cauteloso frente a la inestabilidad en su vecino oriental y hasta ahora se ha abstenido de adoptar acciones intrusivas como las seguidas en Iraq, Siria y Yemen, donde operan sus representantes. Pero ahora, Irán tendrá más margen de maniobra y podría verse tentado a intervenir en los asuntos afganos con más fuerza, tanto para proteger sus propios intereses como para socavar los de los Estados Unidos.

Teherán y Washington, enfrentados en gran parte de Medio Oriente, comparten objetivos en Afganistán. Irán apoyó los esfuerzos de Estados Unidos en 2001, ayudando a construir la coalición que reemplazaría a los talibán en Kabul. Hoy, ni Irán ni Estados Unidos tienen ningún deseo de ver al ISIS fortalecerse en el país.

Irán requiere estabilidad en Afganistán, con quien comparte una frontera porosa, por la que las consecuencias de la agitación en Afganistán a menudo se extienden al territorio iraní. Irán es también el hogar de cientos de miles de refugiados afganos y una vía clave para el contrabando de opiáceos.

Teherán desconfía de los talibán y del resultado de las negociaciones de paz en curso cuyo resultado podría implicar la llegada al poder de los talibán más duros, próximos a  Paquistán y Arabia Saudita y poco afines al régimen iraní. No obstante, si colaborar con un gobierno afgano que incluyera elementos de los talibán ayudara a Irán a salvaguardar sus intereses esenciales, Teherán estaría dispuesto a hacerlo. De hecho, en los últimos años, Irán ha venido reforzando su relación con algunas facciones de los talibán.

Sin embargo, en determinadas circunstancias Irán podría sentirse obligado a intervenir en los asuntos afganos. Si considerara inaceptable el gobierno surgido de las negociaciones, Irán podría desplegar tropas en el oeste de Afganistán para servir como amortiguador contra cualquier agitación. También podría intervenir si el gobierno afgano demuestra ser incapaz de reprimir efectivamente al ISIS. En ese caso, los líderes iraníes podrían llegar a la conclusión de que sus milicias podrían ser más eficaces que las fuerzas de seguridad afganas a la hora de contener la amenaza del ISIS.

Pero, en caso de que Irán decidiera intervenir, lo más probable es que no lo hiciera empleando su propio ejército, sino a sus aliados afganos, la Fatemiyún. De acuerdo con la estrategia empleada en otros conflictos, Teherán buscaría intervenir en Afganistán a través de actores interpuestos, para evitar una confrontación directa con Kabul o EEUU.  Cesada su necesidad en Siria, sería además una manera de mantener alistada una fuerza que ha demostrado ser de una gran utilidad y que podría ser necesaria en el futuro en otros escenarios.


Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España). ISSN 2695-8937

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Javier Mª Ruiz Arévalo

Coronel del Ejército de Tierra español y Licenciado en Derecho. Ha desplegado en dos ocasiones en Kabul, desempeñando cometidos en el área de la cooperación cívico militar.

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