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Rusia, en la encrucijada

La resiliencia rusa ya es un clásico en los análisis geopolíticos. Tras años de travesía del desierto, Putin ha logrado poner en primer plano el país de los zares. Ya no es posible prescindir del papel del gigante euroasiático cuando se tienen en cuenta los principales avatares de la geopolítica mundial. Sin embargo, la pregunta que permanece en el aire es hasta qué punto un Estado con su poder potencial podrá afrontar con perspectivas de éxito la miríada de retos que ha asumido en los últimos tiempos. La hipótesis más verosímil es que, simplemente, no podrá. Pero eso merece un buen argumento.

Los grandes objetivos rusos pasan por:

  1. proteger de injerencias extranjeras su ‘extranjero próximo’, máxime tras las últimas derivadas de la presión occidental en Ucrania,
  2. contribuir a que el mundo consolide una dinámica multipolar, en colaboración con China, y contra los intereses de los Estados Unidos,
  3. recuperar cierta capacidad de iniciativa, más allá de ese ‘extranjero próximo’, especialmente en escenarios que le permitan acceder a aguas cálidas.

En sí mismos, esos objetivos tienden a colisionar con las agendas de otras potencias. Pero no solo. En otros casos colisionan, simplemente, con los intereses locales. Mientras que la propia situación interna de Rusia pone de relieve la existencia de varios problemas mal resueltos que operan como auténticas hipotecas, pudiendo llegar a condicionar su margen de maniobra, allende sus fronteras.

Es el caso de la presencia de reivindicaciones independentistas en ‘su’ Cáucaso musulmán (especialmente, pero no solo, en Chechenia), jalonadas por la presencia de terroristas que ponen en jaque a las autoridades de la zona, así como al conjunto de la población rusa. Pero también lo es de la lenta, silenciosa, pero insidiosa, penetración de trabajadores chinos en la muy despoblada Siberia, fenómeno no tan ajeno a viejas reclamaciones territoriales chinas. Ni qué decir tiene que esas llagas podrían ser aprovechadas por el dedo de los competidores geopolíticos rusos, incluso mediante el empleo de estrategias ‘grises’, si el Kremlin se muestra demasiado asertivo en algunas de sus políticas.

Pero los inconvenientes derivados de tener que sostener al unísono una agenda exterior tan diversa como la que la renovada Rusia asume en la actualidad son, de por sí, un reto nada fácil de sumir. Pensemos en la presión sobre el Donbas; la necesidad de proteger Crimea; la presencia en Siria; la avanzadilla -a través del grupo Wagner- en Libia; la creciente proyección -en principio, económica- en el resto de África, tanto en el Magreb, como en la zona subsahariana-; las dificultades para mantener su égida entre las ex repúblicas soviéticas de Asia Central; el constante devaneo de las relaciones con Turquía, en pleno auge del neo-otomanismo, que pueden bloquear el tránsito ruso hacia África y enconar las relaciones con los turcómanos de Asia Central e incluso alentar la causa chechena; así como los ingentes gastos derivados de la necesidad de reforzar y proteger sus propias posiciones ante la progresiva apertura del Ártico, por tratarse de rutas cuyo control es codiciado por todos los grandes poderes del tablero mundial.

Todo ello, por no hablar de su tendencia a redoblar los mecanismos de presión ‘híbridos’ desplegados en diversos Estados de Europa occidental, con la consiguiente animadversión generada entre colectivos que, en otro orden de cosas, podrían admirar la capacidad de liderazgo de Putin. O de su insistencia en apoyar regímenes tan alejados geográficamente de su zona de influencia natural como Venezuela. Insistencia ocasionalmente acompañada de despliegue de buques, aviones y tropas, aunque eso sería harina de otro costal.

Se trata, en definitiva, de muchos frentes abiertos. Quizá demasiados para un Estado con un PIB solo ligeramente superior al nuestro; con unos presupuestos de defensa apenas a la altura del francés, del británico, del japonés o del de Arabia Saudita; con una demografía estancada, pero dramáticamente escasa al Este de los Urales; con una productividad que cae muy por debajo de lo que es propio de las economías más desarrolladas; y con una crónica falta de I+D, que afecta incluso al sector de los hidrocarburos.

Por todo ello, la determinación exhibida por Rusia en conflictos como el de Siria, a duras penas puede esconder sus dificultades para afrontar la gestión de tamaña agenda de política exterior. En realidad, la constatación de estas dificultades convierte la actividad de Rusia en especialmente meritoria. La maestría de Putin y de sus principales asesores, políticos y militares, está fuera de toda duda. Los amplios consensos generados en el interior de su propia sociedad tampoco tienen desperdicio. Pero los problemas estructurales que lastran al Estado más extenso del mundo generan serias dudas acerca de la viabilidad de su proyecto político. Probablemente Rusia deba hacer un esfuerzo para encajar mejor las piezas de su propio puzle, a riesgo de no poder completar la figura deseada. Para quienes estén interesados, desarrollo estas ideas con mayor profundidad en un artículo publicado en el último número de la Revista General de Marina, disponible íntegramente en este enlace.

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Josep Baqués

Josep Baqués es Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Barcelona y Subdirector de Global Strategy

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