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La transferencia del conocimiento en el ámbito de la seguridad: la ‘tercera misión’ de la Universidad

https://global-strategy.org/transferencia-conocimiento-ambito-seguridad/ La transferencia del conocimiento en el ámbito de la seguridad: la ‘tercera misión’ de la Universidad 2023-09-04 09:00:00 Global Strategy Blog post Global Strategy Reports Políticas de Seguridad

Autores: Josep Baqués (Universidad de Barcelona), Jordi Ardanuy (Universidad de Barcelona) y Vanesa Berlanga (Universitat Abat Oliba CEU )

Global Strategy Report, 16/2023

Resumen: En los últimos años se ha intensificado el debate sobre la transferencia del conocimiento como la “tercera misión” de la Universidad, más allá de la docencia y de la investigación. Los campos de conocimiento con una considerable trayectoria de investigación realizada hasta el momento son los de la sanidad, la educación y los servicios sociales. Sin embargo, dada su importancia, es conveniente ampliarlo al de la seguridad. Pero para adaptar la investigación a este campo, es necesario asumir e integrar la experiencia generada en los precedentes. Es el objetivo de este artículo es ofrecer un resumen de ello. Los resultados preliminares a partir de los trabajos empíricos analizados sugieren que falta bastante trabajo por hacer. Pero las décadas de investigación nos han legado ideas suficientes para generar un marco teórico adecuado.

Para citar como referencia: Baqués, Josep; Ardanuy, Jordi; Berlanga, Vanesa (2023), «La transferencia del conocimiento en el ámbito de la seguridad: la ‘tercera misión’ de la Universidad», Global Strategy Report, 16/2023.


Introducción

Objetivos

La transferencia de conocimiento ha sido, es, y probablemente seguirá siendo, al menos a corto y medio plazo, una asignatura pendiente para la Universidad. Quizá sea necesario partir de algo casi evidente, pero acerca de lo cual existen diversos grados de conciencia Como señala Touriñán (2020: 69) no es lo mismo crear conocimiento que saber transferir-lo.  En los últimos lustros se aprecia una intensificación del debate en torno al papel de la Academia, que trasciende las fronteras del mundo anglosajón, y que ha arraigado en Latinoamérica, en la que suele hablarse de la transferencia del conocimiento como la “tercera misión” de la Universidad, más allá de la docencia y de la investigación (Alonso, Cuschnir y Nápoli, 2021; Camacho y Gómez, 2021). Todo ello parece, pues, apropiado, siquiera sea como acicate y punto de partida.  

Por nuestra parte, centrándonos en el campo de la seguridad, identificaremos: los debates más fructíferos en torno a los sujetos y al objeto de la transferencia de conocimiento; los primeros hallazgos en cuanto a los resultados obtenidos; y las principales dificultades encontradas en torno a la conceptualización y la puesta en práctica de esos parámetros

Los sujetos de la transferencia de conocimiento

Tenemos dos tipos de actores básicos: los “expertos” universitarios (profesores, investigadores, e instituciones) y los usuarios (potenciales, al menos) de ese conocimiento. Algunos han catalogado a los usuarios como “políticos”, en un sentido laxo (Lerner, 1976). No se refieren tanto a las elites políticas como a los funcionarios que ostentan responsabilidades, en el día día, en diversos ámbitos de la administración y que, por eso, son receptores de los conocimientos generados por los “expertos”. En todo caso, por nuestra parte, y a fin de evitar el equívoco inherente al uso del término “políticos” emplearemos, normalmente, el vocablo “usuarios”. De manera que el conjunto de actores esencialmente está compuesto por “expertos” y “usuarios”.

El colectivo de los expertos, integra profesores e investigadores, así como a equipos de trabajo, vinculados a Universidades y, en su caso, a otras instituciones que realizan o colaboran en actividades de investigación. Eso no implica que todos ellos se limiten o tengan por objetivo principal la transferencia. Ya que, como señaló Love 1985: 376, el uso práctico no puede ser el objetivo de toda investigación en ciencias sociales, puesto que la investigación básica o fundamental, dirigida a comprender y desarrollar teorías y cuerpos de conocimiento verificados, es esencial por ella misma.

Que la transferencia sea la “tercera misión”, no supone que haya que descuidar las demás. Porque, sin ellas, la transferencia misma dejaría de tener sentido. Lo cual no es óbice para insistir en que la transferencia ha sido especialmente poco considerada.

El objeto de la transferencia de conocimiento       

También hay que ser cuidadoso en lo que respecta al contenido de la transferencia. Los clásicos en la materia advierten de la necesidad de clarificar qué materiales son los susceptibles de generar utilidades entre los usuarios. Uno de los textos más citados en este ámbito apunta que no conviene limitar dicho objeto a los textos científicos que emplean metodología cuantitativa. Es más, disponemos de estudios que muestran que la metodología empleada no es una variable explicativa de su impacto entre los usuarios (Landry, 2001: 345). Pero, aunque fuese de otro modo, las obras que buscan establecer buenos marcos teóricos, o hipótesis adecuadas o que, simplemente, emplean métodos cualitativos de investigación, o que plantean estudios de caso, son de utilidad para los usuarios. Un buen esquema inicial de trabajo, partiendo siempre de la experiencia acumulada y del modo en que ha sido procesada por los principales expertos en transferencia, sería:

  • enfatizar los trabajos basados en el uso de información empírica, sean cuantitativos o cualtitativos en cuanto a su metodología.
  • soslayar los que operan en los ámbitos normativos y de preferencias de política que tienden más bien a ser utópicos (Sabatier, 1978: 396).
  • averiguar si los usuarios saben distinguir los niveles de calidad del material escrito que llega a sus manos (Contandriopoulos, Lemire, Denis y Tremblay, 2010: 450), máxime asumiendo que “El concepto de utilización del conocimiento resta importancia a la alibilidad del conocimiento” (Buchamann, 1985: 165). 
  • ampliar la mirada para integrar otros formatos de divulgación o “diseminación”. Pensemos en los formatos orales: conferencias, seminarios, cursos ad hoc, que se puedan organizar, precisamente, con ese objetivo. E incluso en todo lo que aportan, en este sentido, las nuevas tecnologías: podcasts, sin ir más lejos. Es necesario tener en cuenta estos formatos (v. gr. Weiss, 1979a: 427).

Lo anterior es importante, dado que el papel jugado en cuanto a transferencia por las publicaciones científicas de más renombre también es objeto de debate entre los expertos. En principio, las revistas científicas mejor indexadas son muy útiles para diseminar conocimiento entre los usuarios. Sin embargo, parece que cada vez resultan más endogámicas y crípticas, de ahí derivan ciertos obstáculos adicionales. Los “guardianes del conocimiento”, pueden llegar a ser más parte del problema, que, de la solución, cuando se trata de establecer puentes, como señalaban hace más de dos décadas Rynes, Bartunel y Daft (2001: 350) cuando alentaban a dichos «guardianes» de las revistas científicas a avanzar hacia la ampliación tanto del lenguaje como de las estrategias retóricas utilizadas en el discurso de la ciencia organizacional.

Todo un reto, el de ofrecer conocimiento al máximo nivel, pero, al mismo tiempo, propiciar su transferencia. Por ello es tan importante plantear el debate acerca de lo que deba ser la llamada “alta divulgación”, de los espacios en los que volcarla: esas mismas revistas u otras, nacidas con el objetivo de la transferencia como su razón de ser, así como de sus propios controles de calidad, que, a buen seguro, seguirán siendo necesarios.

Evolución, problemas encontrados y estado de la cuestión.

Los albores de la transferencia del conocimiento

La transferencia del conocimiento no ha sido investigada en términos de productividad hasta épocas relativamente recientes. Pero tampoco es un fenómeno de última hora. Se pueden distinguir hasta tres oleadas [waves] en la búsqueda explícita de la transferencia de conocimiento. A saber:

  • una primera etapa, iniciada en los años 20 del siglo XX, en la que se toman en consideración impactos en la investigación tecnológica en campos como el agrícola. Se trata, por ello, de cualquier investigación potencialmente útil, y de cualquier receptor, sobre todo individuos o empresas del sector privado, en este caso. Más que de conocimiento científico, habría que hablar de innovaciones tecnológicas, aplicadas a campos como la agricultura (Backer, 1991: 229).
  • una segunda ola, que sería una realidad en los años 60 del siglo XX, y cuya principal diferencia con la primera sería que se consideran las investigaciones financiadas con fondos procedentes de los contribuyentes, cuyos destinatarios son, a su vez, administraciones públicas. Coincidiendo con un incremento de las competencias asumidas como propias por el Estado del bienestar, sistemáticamente, se llevaron a cabo este tipo de investigaciones acerca de la transferencia de conocimiento, ante las dudas acerca de si la inversión pública destinada a favorecer la investigación académica tenía un retorno suficiente en los profesionales de esos sectores. Por ejemplo, una pregunta tipo del momento podía ser –sin que haya período, por supuesto validez– si el gasto en investigación biomédica y sanitaria tenía un impacto adecuado en la salud pública.
  • una tercera ola, que se habría iniciado en los años 90 del siglo XX, a partir de la constatación de la mejora de las técnicas de investigación (del lado de los expertos) así como de una mayor presión para su aprovechamiento (desde la perspectiva de los usuarios) (Backer, 1991: 230-231).
  • existencia, al menos in fieri, de una cuarta ola en la transferencia de conocimiento. Es importante que lleguemos a esta teoría, tan actual, porque es lo que prima ahora mismo. Su razón de ser es la creciente apuesta por la calidad y la necesidad de asegurar la rendición de cuentas (Jacobson, 2007: 117).

En el transcurso de las olas segunda y tercera se detectaron problemas adicionales. En un primer momento, se empleó una perspectiva unidireccional, en la que se tomaban en cuenta, a modo de inputs, los resultados de la investigación académica y, a modo de outputs, su impacto directo sobre los usuarios. Aparentemente, pues, algo normal. Sin embargo, pronto llegaron las decepciones (Jacobson, Buterill y Goering, 2003: 94). Tanto es así, que surgió un enfoque alternativo: se puso en acento, a fin de comprender las causas del bajo rendimiento social del trabajo académico, en las razones por las cuales no había una conexión suficiente. Lejos de reducirse, fue a más el interés en investigar el impacto del conocimiento generado por los expertos entre los usuarios.

En todo caso, de los insatisfactorios resultados obtenidos en el contexto de la segunda y la tercera oleada de Backer, muy basada en lógicas de push y pull, siempre unidireccionales, surgió la “teoría de las dos comunidades”. Hay que decir que, como quiera que en el ámbito de la seguridad este tipo de investigaciones, tan necesarias, carecen de tradición, podría pensarse que se está lejos de tal aproximación. Pero no es cierto. La experiencia en el sub-ámbito de las Fuerzas Armadas (FFAA, en adelante) muestra similares constataciones.

No es todavía, un trabajo maduro, que pueda estar a la altura del que se ha venido desarrollando en los tres campos principales, ya citados, de la sanidad, la educación, y los servicios sociales. Pero tampoco es un campo totalmente baldío. Por ejemplo, el trabajo de Colin S. Gray, a la sazón, uno de los principales expertos mundiales en ese ámbito, recoge, la noción de Two Communities, hasta convertirla en uno de los ejes axiales de su obra, así como los problemas inherentes a ello, que suele resumir en la expresión strategic bridge, siendo, a decir del autor, las más de las veces, un puente demasiado lejano, el que separa a uniformados y civiles (Gray, 2015: 27). Ahora bien, la época dorada de este marco teórico ya ha pasado. Lo cual no es óbice para que algunas de sus principales aportaciones sean útiles para afinar las explicaciones. Este es, en definitiva, el uso que haremos del mismo en este análisis. En los párrafos siguientes daremos cuenta de ello.

La teoría de las dos comunidades

Sin embargo, la teoría de las dos comunidades tampoco alcanzaba a resolver los problemas planteados. Así que los enfoques tradicionales siguieron vigentes (v. gr. Dunn, 1983; 121-122; Wingens, 1990: 28 y 41), pero de forma más matizada pues, a partir de ese momento, tenía que integrarse con las aportaciones de la teoría de las dos comunidades. La situación en la que hoy estamos es, pues, dialéctica. Una buena investigación no se limita a un único flujo, que se dirige de los expertos a los usuarios, sino que asume el papel de los usuarios, como algo más que meras antenas receptoras de información. investigación académica. Esto es muy importante. Y es fundamental para orientar cualquier investigación que se precie sobre transferencia del conocimiento.

Es un asunto complejo y con muchas aristas. En ocasiones se pone el acento en la desconfianza de los usuarios, temerosos de que el trabajo de los expertos, ubicados en su torre de marfil, no busque cubrir las necesidades operativas de los usuarios (Crosswaitte y Curtice, 1994: 294).

Pero también hay recelo entre los académicos, dado su escepticismo respecto a la habilidad de los usuarios para trasladar esos conocimientos a la práctica cotidiana (Weiss, 1979b: 456-457), siendo éste un prisma que ha sido reiterado en ulteriores trabajos de investigación (Lester, 1979: 288; Huberman, 1996: 32).

En todo caso, disponemos de trabajos que plantean los inconvenientes de un modo más optimista, sin negar por ello que existan dos comunidades, lo cual sería absurdo, pero afirmando en su lugar, que estamos ante una “brecha cultural superable” (Jacobson, 2007: 118). Como aclara el mismo Jacobson (2007: 117), para ello debe fomentarse un proceso recíproco de generación y aplicación del conocimiento que involucre a los productores tradicionales, los investigadores, y a los usuarios tradicionales, profesionales y responsables de formulación de políticas.

Esquemáticamente puede decirse que se requiere, como mínimo:

  • una mayor sensibilidad hacia las necesidades y los valores del colectivo de usuarios al que se dirige la investigación y la ulterior transferencia (Rynes, Bartunel y Daft, 2001: 350).
  • hacer un esfuerzo previo para definir adecuadamente el contexto de investigación (Hall y Loucks, 1982: 135).
  • prestar atención a las preferencias de los usuarios potenciales del conocimiento a generar (Jacobsen, Buterill y Goering, 2003: 94).
  • invertir en lasformas de comunicación, vinculadas al “capital relacional” (Landry y Belkhodja, 2007: 53).

No es demasiado complicado reducir un poco la complejidad si los usuarios también pertenecen al sector educativo o al ámbito de los servicios sociales, vinculados, ya sea por afinidad laboral, o por contenidos, a la investigación universitaria. Pero todo es más complicado cuando se trata de miembros de cuerpos de seguridad, dotados de códigos éticos, y de pautas de comportamiento bastante específicos. Su ethos es peculiar para el académico que no haya hecho un previo período de inmersión en el ámbito de la seguridad. Pero no hacerlo supone menos capacidad de interacción y mayores dificultades para convertir el puente en una estructura que, efectivamente, se pueda cruzar.

Especificidades del ámbito de la seguridad

Existe cierto bagaje en el campo de las FFAA, en lo que se refiere al ámbito de los valores diferenciados de militares y civiles, así como pautas de transferencia de estos entre ambos colectivos (aunque en este caso, nos interesa especialmente de los civiles hacia los militares), a través de diversas teorías que, en su día, operaron casi como hitos. Cabe destacar… 

  • la tesis de la “civilinización” de los valores militares, popularizada por Morris Janowitz (1985);
  • los modelos híbridos de fuerzas armadas, defendidos por su discípulo Charles Moskos, en los cuales una parte sustancial de las mismas (en cada país) estaría derivando hacia los valores “ocupacionales” (equivalentes a los “civilinizados” de Janowitz) en detrimento de los “institucionales”, más específicos de la profesión militar, que mantendrían su peso, aunque de un modo desigual, en función de las unidades de que se trate (Moskos, Williams y Segal, 2000: 11; Moskos y Wood, 1991: 43 y 45).

No podemos profundizar en este momento en los detalles de estas teorías. Pero sí podemos (y debemos) recordar que constituyen una parte importante de los marcos teóricos necesarios para proceder por la senda propuesta. Esa es, desde luego, una experiencia académica desarrollada con éxito, basada, en ocasiones en métodos cualitativos, debidamente nutridos de ese background teórico (v. gr. Baqués, 2004). Siendo así que el hecho de que la investigación conozca y tenga en cuenta la idiosincrasia de los usuarios de su trabajo tiende a facilitar mucho las cosas. El problema es que al revés también es cierto.

El contexto de investigación al que ser refieren Hall y Loucks, perfectamente trasladable al ámbito policial, incluye la consideración de sus propios modelos, tal como ocurre en el caso de las FFAA, pero adaptados a esta nueva realidad. Afortunadamente, la literatura académica al uso contiene, tras décadas de investigación empírica, los elementos necesarios para avanzar hacia la comprensión del ethos policial. A su vez, detectamos cierto consenso doctrinal en lo que concierne a la existencia de varios modelos básicos:

  • el gubernativo, que es el originario, ya está obsoleto (Torrente, 1997), pese a que suele ser muy apreciado por las elites políticas, aunque no tanto por las policiales;
  • el legalista, también conocido como profesional, que es de aparición más tardía (Vollmer, 1936) y que incluye la incorporación de estándares militares o pseudo-militares a la orgánica y al desempeño normal de la actividad policial (Ponsaers, 2001; Bertaccini, 2009), y que se halla en su apogeo (Martin, 1990);
  • -el modelo de proximidad intenta hacerse con su propio espacio, desde las reformas de Robert Peel, en la policía de Londres, en 1829, pero cuenta con algunas resistencias por parte de los propios uniformados (Jar, 2000; Salas, 2014).

Sea como fuere, más allá de los detalles de cada modelo, de sus vicisitudes, y de sus virtudes y defectos, lo importante para afrontar una investigación que tenga por objeto la actividad policial, es estar familiarizado con estos modelos. Por lo pronto, el modelo legalista o profesional que, recordémoslo, es el dominante en nuestros días, es el más exigente en cuanto a la afluencia de conocimiento especializado, de fuera (expertos) hacia el interior de la organización (usuarios) (Medina, 2013). Siendo el gubernativo el menos exigente, mientras que el de proximidad ocupa un lugar intermedio entre ambos, pues exige mucho en el ámbito de la sociología o en de las técnicas de mediación y negociación en lo que, ciertamente, la Universidad tiene un rol relevante que jugar.

A modo de balance: el rendimiento de la transferencia.

En este contexto, cabría preguntarse si los expertos deben trabajar esencialmente por encargo. Pero, la respuesta dista de estar clara. Si el trabajo capitaneado por Amara sugiere que el hecho de fijarse más en las necesidades de los usuarios, para dirigir la investigación en esa dirección, constituye una buena explicación del éxito o, al menos, de la mejora de la transferencia de conocimiento (Amara, Ouimet y Landry, 2004: 99). Sin embargo, otras investigaciones, que partieron de esa misma hipótesis, aceptan, con asombro, que eso no es así, y que no existe correlación alguna entre ambos factores: orientación previa de la investigación y ulterior aprovechamiento por sus usuarios (Landry, Amara y Lameri, 2001: 346). Es significativo, además, que varios de los investigadores compartieron ambas investigaciones, con tan dispares resultados. Como puede apreciarse, hay mucha tarea que realizar, incorporando nuevos estudios de caso, que contribuyan a perfilar, a través de los resultados que se obtengan, una propia teoría para el campo de estudio.

Todo ello nos conduce, sin solución de continuidad, hacia otra cuestión, que ha venido siendo objeto de análisis. Nos referimos al modo en que los usuarios aprovechan los conocimientos diseminados por los expertos. Suele decirse que hay dos modelos fundamentales:  Knowledge-driven model y el Problem-solving model (Weiss, 1979a: 426), de los cuales se deducen, sin perjuicio del inconveniente planteado por posibles disonancias cognitivas de los usuarios, en función de sus valores, o los de su institución (Meny y Thoenig, 1992: 141) al menos, tres modos de aprovechamiento de las investigaciones por parte de los usuarios (Beyer y Trice, 1982: 598; Amara, 2004: 98):  

  • uso instrumental, que remite al empleo de lo transferido para resolver problemas concretos, de modo que su relación con los desempeños operativos de los usuarios sería la más directa posible.
  • uso conceptual, remite a una utilidad indirecta: lo transferido es empleado como depósito de ideas, con la mirada puesta en mejorar la gestión cotidiana de los problemas de seguridad (y/o defensa), o como fuente de inspiración.
  • uso simbólico, consiste en emplear el conocimiento transferido para legitimar decisiones ya tomadas, por otras vías. Si se prefiere: empleo como argumento de autoridad, pero muchas veces ex post factum.

Y ni siquiera es descartable, atendiendo a las enseñanzas más consolidades del ámbito de las políticas públicas, que el aprovechamiento se dé de acuerdo con el modelo llamado “de bote de basura” de modo que acaben funcionando como soluciones que buscan (y hallan) los problemas que se terminan afrontando (Cohen, March y Olsen, 1972: 16). De este modo, la transferencia podría llegar a ser generadora de agendas o, al menos, un factor de peso para priorizar dentro de las agendas ya dadas.

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Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España). ISSN 2695-8937

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