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Un análisis de la guerra judeo-romana (66-73) desde la teoría contemporánea sobre insurgencias

https://global-strategy.org/un-analisis-de-la-guerra-judeo-romana-66-73-desde-la-teoria-contemporanea-sobre-insurgencias/ Un análisis de la guerra judeo-romana (66-73) desde la teoría contemporánea sobre insurgencias 2022-02-09 07:02:00 Javier Jordán Blog post Estudios de la Guerra Guerra en la Antigüedad

Resumen: Este artículo trata de identificar variables que explican el éxito o fracaso de los grupos insurgentes a partir de las teorías contemporáneas que resulten válidos a su vez para interpretar casos de estudio de la Antigüedad. Esto permitiría establecer elementos de continuidad en el fenómeno insurgente. El artículo emplea como caso de estudio la guerra judío-romana de 66-73. A partir de una revisión de la literatura se seleccionan y aplican las siguientes variables a dicho caso de estudio: articulación de una causa atractiva, movilización y organización de recursos, cohesión y liderazgo de la insurgencia, refugio para organizarse y operar desde él, estrategia militar acertada, obtener apoyo exterior, capacidad del rival contrainsurgente, y simetría/asimetría de intereses entre los insurgentes y los contrainsurgentes.

Nota: Este es el pre-print (Accepted Manuscript) de un artículo publicado por Taylor & Francis Group en la revista Small Wars & Insurgencies en junio de 2020, disponible online: https://doi.org/10.1080/09592318.2020.1764710. Referencia completa: Javier Jordán, «An analysis of the Jewish-Roman War (66-73 AD) using contemporary insurgency theory», Small Wars & Insurgencies, Vol. 31, No 5 (2020), pp. 1058-1079.

Al mismo tiempo, está disponible una versión extendida de este trabajo en formato podcast en el HistoCast 170 – Primera Guerra Judeo-Romana.


Introducción

¿Son relevantes las lecciones extraídas de una guerra de la Antigüedad clásica para el análisis de la realidad actual? Numerosos autores han respondido afirmativamente a esta pregunta.[1] En efecto, los estudios estratégicos se benefician del abundante material empírico que proporciona la historia militar a la hora de contrastar y refinar sus teorías. Al mismo tiempo, el conocimiento profundo de la historia de los conflictos previene de etiquetar como ‘sin precedentes, ‘revolucionario’ o ‘nueva generación’ realidades no tan inusuales. Paralelamente, la Historia también entra en simbiosis con los estudios estratégicos, beneficiándose de sus conceptos y marcos teóricos para explicar los acontecimientos del pasado.

Este artículo se enmarca en esta conexión entre estudios estratégicos e historia militar. Se propone identificar elementos de continuidad en la teoría contemporánea de la insurgencia que resulten válidos para explicar un caso de estudio de la Antigüedad clásica. El artículo pone especial cuidado en no caer en el anacronismo evitando comparaciones fuera de lugar (v.gr. asimilar los radicales religiosos judíos de la época romana a los yihadistas del siglo XXI). Lo cual no impide que se utilicen conceptos actuales para designar realidades pasadas. El hecho de que ni los romanos ni los judíos del siglo I d.C. empleasen palabras traducibles literalmente como ‘insurgencia’ o ‘terrorismo’ no impide que estos términos se puedan aplicar de manera rigurosa a hechos conceptualizables como tales en aquella época.

La estructura del artículo es la siguiente. Primero, se presenta brevemente el caso de estudio exponiendo las líneas generales de la guerra entre judíos y romanos entre los años 66 y 73. A continuación se pasa al núcleo central del trabajo que consiste en aplicar a este episodio histórico ocho variables clave en el éxito o fracaso de cualquier insurgencia. Las ocho variables se han extraído de una revisión de la literatura actual general sobre insurgencia (no de la abundantísima sobre insurgencias específicas en países concretos que desbordaría el alcance de este artículo). Se trata de variables relevantes en el estudio de insurgencias contemporáneas y, a priori, se asume que podrían ser válidas desde una perspectiva atemporal. Mediante el análisis profundo de este episodio de la Antigüedad se testea dicha vigencia.

Por último, la elección de este caso de estudio entre otros posibles de la época romana obedece a dos criterios: su relevancia y la disponibilidad de información para profundizar en él. Relevancia porque la antigua Judea fue uno de los territorios del imperio romano más proclive a experimentar revueltas de carácter político-religioso, entre otros motivos por la singularidad de la identidad judía dentro del mapa de creencias de aquel momento. La guerra del 66-73 no fue la última ni la que provocó por sí sola la gran despoblación de judíos que se agudizaría en las décadas siguientes (acentuada tras la rebelión de Bar Kokhba en 132-135). Pero sí supuso la destrucción del Segundo Templo y el fin efectivo de Jerusalén como capital del judaísmo; hechos cuyas consecuencias se prolongan hasta el presente. La segunda razón para seleccionar el caso de estudio es la disponibilidad de abundante información sobre las circunstancias y pormenores de la guerra gracias a las obras de Flavio Josefo, y muy en menor medida de otros autores como Tácito y Suetonio. Aunque Flavio Josefo plantea problemas como fuente cien por cien fiable, lo cierto es que proporciona una riqueza de información escasamente comparable a otros casos de insurgencias de la Antigüedad.[2]

La guerra judeo-romana del 6673

La situación sociopolítica en Judea en las décadas previas al conflicto y el desarrollo de la guerra han sido abordados en detalle por numerosos trabajos previos.[3] Por tanto, en este epígrafe solo se exponen las líneas maestras para ofrecer una imagen general antes de pasar a su análisis pormenorizado como insurgencia. La guerra se desencadenó a raíz de una concatenación de incidentes en la primavera del 66 entre la población judía y gentil en Cesarea Marítima, y entre el gobernador romano Gesio Floro y la población de Jerusalén. Los sucesos no fueron en sí mismos particularmente graves ni novedosos. Existía una larga tradición de altercados entre la población mixta de Judea y Galilea, así como precedentes de mal gobierno por parte de los procuradores romanos. Pero, al igual que en otras revueltas a lo largo de la historia, una serie de acontecimientos fortuitos bastaron para inflamar las causas estructurales de la rebelión. A las pocas semanas de producirse el estallido, los rebeldes habían aniquilado las guarniciones romanas en los puntos fuertes de la Jerusalén (Torre Antonia y torres fortificadas del palacio de Herodes el Grande) y se habían hecho con el control de gran parte de Judea y Galilea. Paralelamente se perpetraron matanzas entre judíos y gentiles en diversas ciudades de población mixta.

El gobernador de Siria, Cestio Galo, tardó tres meses en organizar una fuerza militar para sofocar la revuelta. Galo cosechó éxitos iniciales en Galilea y en la costa de Judea pero fracasó a la hora de tomar Jerusalén. En su retirada fue acosado por los rebeldes hasta que la situación se volvió extrema en Beth-Horon, donde sufrió varios miles de muertos y perdió armas y bagaje. Tras la victoria judía el bando moderado de Jerusalén se vio obligado a respaldar la revuelta con el fin de mantener el control. A lo largo del invierno del 66-67 la rebelión se extendió por toda la provincia. La principal excepción fue Samaría donde la revuelta no tuvo el mismo eco; y por su posición geográfica quedó como cuña entre los dos núcleos rebeldes: Galilea al norte y Judea/Idumea en el sur.

En un intento de unificar y centralizar la insurgencia los dirigentes de Jerusalén nombraron comandantes militares para el resto de territorios rebeldes: Judea, Galilea, parte de Perea e Idumea. Sin embargo, a estos no se les dotó de suficientes medios y el control real de los comandantes sobre sus respectivas áreas de responsabilidad fue en el mejor de los casos precario. Por otro lado, el único intento coordinado por ampliar las fronteras de la rebelión terminó en desastre cuando tres columnas procedentes de Judea e Idumea fueron derrotadas en campo abierto por la guarnición romana de Ascalón (en la franja de Gaza) a principios del 67.[4]

A partir de entonces Roma se hizo con la iniciativa. El emperador Nerón nombró a Vespasiano comandante militar del ejército que debía sofocar la rebelión. Vespasiano estableció su base avanzada en Ptolemaida (actual Acco) en mayo del 67 con una fuerza de tres legiones (V Macedonica, X Fretensis y la XV Apollinaris, esta última traída de Alejandría), más 23 cohortes y 6 alae de caballería. A ellas se sumaron contingentes de reyes vasallos de Roma. Las cifras que ofrece Josefo no están exentas de problemas: un arco de entre 33.500 y 46.000 efectivos romanos y auxiliares más unos 15.000 de reyes vasallos. Pero en cualquier caso se trataba de un volumen de fuerza que refleja la decisión romana de actuar con superioridad aplastante.

La campaña comenzó en Galilea. Allí los rebeldes estaban repartidos en distintas guarniciones bajo el mando de Flavio Josefo. No había propiamente un ejército de campaña rebelde y varias de las ciudades importantes de la región –como Séforis y Tiberiades– permanecían leales a Roma. El ejército de Vespasiano fue tomando una población tras otra. De las diecinueve poblaciones bajo el control de Josefo solo cinco puntos fuertes (Jotapata, Jafa, Migdal, Gamala y Monte Tabor) opusieron resistencia, siendo destruidos con una brutalidad ejemplarizante.[5]

La campaña romana del año siguiente (68) sometió de manera sistemática gran parte de Judea, Samaria, Idumea y Perea, realizando así un envolvimiento estratégico del área de Jerusalén. El avance romano se vio favorecido por la intimidación del éxito aplastante en Galilea el año anterior. La ciudad de Gadara, capital de Perea, negoció al margen de los rebeldes y se rindió a Vespasiano sin combatir.[6] Las legiones romanas establecieron sus cuarteles en Emaús y Jericó. Solo quedaron en manos de los rebeldes la ciudad de Jerusalén y sus pueblos vecinos, así como las fortalezas de Herodión, Maqueronte y Masada.[7]

Sin embargo, la atención de los romanos se vio desviada por las disputas en torno el trono imperial. Nerón fue derrocado por el Senado y murió en junio del 68. Le sucedió Galba que a su vez fue asesinado por Otón, quien meses después cometió suicidio tras ser derrotado por Vitelio. Mientras tanto Vespasiano se sumó a la competición recibiendo el apoyo de las legiones de Oriente, así como las de Iliria, Panonia y Moesia. Vitelio fue derrotado y Vespasiano se convirtió en emperador en julio del 69.[8] A partir de ese momento su hijo Tito asumió el mando de las operaciones en Judea buscando una victoria que legitimase la nueva dinastía (los Flavios).

La pausa del año 69 fue desaprovechada por los insurgentes de Jerusalén. Es más, consumieron sus recursos en una guerra entre facciones que acabó dividiendo la ciudad en dos grandes bandos: el de Juan de Gíscala, líder de los llamados zelotes, en torno al Templo y el de Simón Bar Giora que controlaba la ciudad alta y parte de la ciudad baja. Ambos eran señores de la guerra, cada cual con miles de seguidores. Los antiguos notables de la ciudad perdieron progresivamente el control de la rebelión y fueron diezmados por las purgas de los sectores más radicales de la revuelta.[9]

En la primavera del 70 Tito puso sitio a Jerusalén con una fuerza considerable: cuatro legiones, más agrupaciones –vexillationes– de otras dos, a las que se añadían tropas de reyes vasallos. En total entre treinta y cuarenta mil efectivos.[10] Los defensores contaban con aproximadamente 24.000 combatientes atrincherados tras los muros y bastiones de la ciudad. La batalla por Jerusalén se prolongó durante cuatro meses de duros y despiadados combates. Los romanos fueron tomando sistemáticamente diversos sectores de la ciudad hasta que la resistencia se desmoronó en los días que siguieron a la toma y destrucción del Templo en agosto de ese año. La ciudad fue arrasada en su mayor parte y la X Legión Fretensis acampó como guarnición permanente.[11]

Al año siguiente, le tocó el turno a las fortalezas de Herodión y Maqueronte. Tras caer esta última, una fuerza de tres mil judíos –algunos de ellos supervivientes de Jerusalén y Maqueronte– fue masacrada en el bosque de Jardes. Por último, el procurador Flavio Silva puso cerco a la fortaleza de Masada en las cercanías del mar Muerto entre el invierno del 72 y la primavera del 73, y logró asaltarla mediante un espectacular trabajo de ingeniería militar cuyos restos todavía perduran. Cuando los soldados romanos irrumpieron en el interior de Masada solo encontraron los cadáveres de los sitiados quienes habían cometido suicidio la noche anterior.[12]

Fortaleza de Masada, en las cercanías del Mar Muerto

La rebelión judía desde la teoría contemporánea de la insurgencia: claves interpretativas

En la Judea del 66 existían una serie de precondiciones compartidas con otros lugares del imperio romano: ocupación extranjera, graves desigualdades sociales, impuestos elevados, rapacidad de algunos gobernadores… Por ello la revuelta judía no fue ni la primera ni la única del siglo I d.C. Con anterioridad Roma se había enfrentado a revueltas muy peligrosas en Cantabria, territorios germanos al este del Rin, Iliria, Tracia, Galia, Britania y norte de África.[13] No obstante, las precondiciones son insuficientes por sí solas a la hora de explicar el inicio, consolidación y desarrollo de una insurgencia, pues pueden ser similares a las de otros países, o a otros periodos temporales de un mismo país, donde no tenga lugar un conflicto armado de esta naturaleza.[14]

Por ello, las variables seleccionadas en este artículo no son propiamente las precondiciones estructurales; tampoco las causas directas de la insurgencia (donde la variable dependiente sería el inicio o no de la insurgencia). En este trabajo la atención se centra exclusivamente en aquellos factores causales relacionados con el éxito/fracaso de la insurgencia. A partir de una revisión de la literatura general contemporánea sobre insurgencia se han seleccionado las siguientes, atendiendo a su carácter a priori atemporal y asumiendo tentativamente su validez en un caso de estudio de la Antigüedad: 1) articulación de una causa atractiva; 2) movilización y organización de recursos; 3) cohesión y liderazgo de la insurgencia; 4) refugio para organizarse y operar desde él; 5) estrategia militar acertada; 6) obtener apoyo exterior; 7) capacidad del rival contrainsurgente; 8) simetría/asimetría de intereses entre los insurgentes y los contrainsurgentes.[15] Evidentemente, a partir de la literatura es posible desagregar estas variables en otras o incluso añadir más pero en la construcción de toda teoría se ha de optar por un pequeño número de variables a riesgo de que esta pierda parsimonia. A la vez, lo que se pretende es identificar solo aquellas cuya relevancia sea susceptible de perdurar a lo largo de distintos periodos históricos.

A continuación se aplica cada una de estas variables al análisis del caso de estudio.

Articular una causa política atractiva

Una causa que apele a agravios compartidos, que conecte con una identidad política relevante y que ofrezca un proyecto político atractivo constituye un factor clave a la hora de dotar de relato al movimiento insurgente.[16] Al mismo tiempo, es precisamente dicha causa política lo que diferencia la insurgencia de la criminalidad violenta o del mero bandidaje; un fenómeno este último presente a lo largo y ancho del imperio romano.[17]

En la revuelta judía existió esa articulación de la causa insurgente. Se vio facilitada por los siguientes factores:

  1. Político-religiosos. El cleavage identitario entre judíos y no judíos poseía un importante potencial político a la hora de cuestionar la legitimidad del gobierno romano sobre Judea y la colaboración de las autoridades judías con dicho poder. Hubo varios precedentes a este respecto en las décadas previas a la rebelión. Tras la muerte de Herodes el Grande en el 4 a.C. se produjeron graves revueltas en Judea, Perea y Galilea. En Galilea se alzó Judas, a cuyo padre Ezequías, un líder de banda de ladrones/rebeldes, había matado Herodes años antes. Las revueltas de Perea y Judea fueron capitaneadas respectivamente por Simón, el llamado esclavo real, y Athrongeus el pastor.[18] Ambos se autoproclamaron mesías, denotando así el carácter político-religioso de su legitimidad. La rebelión fue sofocada por el gobernador de Siria, Quintilio Varo (quien años más tarde protagonizaría el famoso desastre de Teotoburgo), que al frente de dos legiones reconquistó Jerusalén y crucificó a cerca de dos mil sublevados.[19] Tiempo después, en el 6 estalló una nueva revuelta en Judea coincidiendo con la deposición de Arquelao, hijo de Herodes el Grande y su sustitución por un gobernador romano con categoría de pretor. Judas el Galileo y un fariseo radical llamado Zadok lideraron esta revuelta. Josefo señala a ambos promotores de la ‘cuarta secta’, cuyos componentes reconocían como única soberanía política la de Dios sobre el pueblo de Israel[20]. Décadas más tarde hubo nuevas revueltas lideradas por Jacob y Simón, hijos de aquel Judas hijo de Ezequías, que fueron crucificados por el gobernador Tiberio Alejandro en el 45 . Josefo también habla de ‘charlatanes’ que tras el paréntesis del gobierno de Herodes Agripa I entre 41-44 y la posterior restauración del control romano movilizaron a miles de seguidores con nuevas causas político-religiosas.[21] En concreto, un tal Teudas muerto por el gobernador Cuspio Fado; y años más tarde un egipcio cuyo movimiento fue desbaratado por el gobernador Félix que gobernó la provincia entre el 52 y el 60 .[22] Más relevancia concede Josefo al movimiento de los sicarii, quienes desde la década de los 50 asesinaron a personajes que colaboraban con la autoridad romana, siendo su primera víctima el sumo sacerdote Jonatán, exponente de la aristocracia sacerdotal aliada con los romanos.[23] Al tratarse de asesinatos selectivos con fuerte contenido simbólico e inspirados en una causa política son clasificables como terrorismo sin riesgo de caer en el anacronismo;[24] de hecho, en los estudios contemporáneos sobre terrorismo los sicarii son un ejemplo recurrente de dicho fenómeno en la Antigüedad.[25] Así pues, aun sin existir un movimiento claramente organizado de contestación político-religiosa, sí que se aprecia la articulación de un relato compartido de resistencia al poder romano en Judea con contenidos políticos-religiosos, asumido y adaptado por diversos grupos en las décadas previas a la rebelión del año 66. Que Josefo destaque como uno de los casus belli de la rebelión la negativa por parte de Eleazar ben Simón a ofrecer sacrificios en el Templo de Jerusalén pidiendo por el César –prerrogativa concedida a los judíos para preservar el monoteísmo, evitando ofrecer sacrificios a la divinidad del César– es una muestra más de la narrativa político-religiosa que articulaba ideológicamente la insurgencia.[26]
  2. Económico-sociales. Al igual que en otras sociedades de la época, en la sociedad judía existían grandes desigualdades sociales.[27] El sistema de gobierno de Roma se mantenía gracias a la cooptación de las élites locales a través de una red de relaciones personales.[28] En el caso de la insurgencia judía esto ofreció la posibilidad de combinar el cleavage identitario de rechazo de la autoridad gentil y de quienes colaboraban con ella, con el cleavage socioeconómico, de revuelta frente a las desigualdades sociales. Al inicio de la rebelión en Jerusalén se advierte este solapamiento discursivo cuando, según Josefo, los seguidores del sacerdote Eleazar ben Ananías incendiaron los archivos de las deudas con el fin de que los más pobres se unieran a la revuelta contra los notables judíos cercanos a Roma.[29]

Movilizar recursos

Una insurgencia requiere abundantes recursos humanos y materiales para enfrentarse con expectativas de éxito a las fuerzas contrainsurgentes y defender el territorio que controla.[30] La revuelta del año 66 se consolidó gracias a la movilización de miles de individuos de procedencia diversa. La rebelión tuvo un carácter transversal. En Jerusalén destacaron en un primer momento los seguidores del sacerdote Eleazar ben Simón, a los que se sumaron en seguida los del líder sicario Menahen, descendiente de Judas el Galileo (uno de los que había liderado las revueltas del 6 a.C.). La rebelión también atrajo a los que Josefo denomina ‘bandidos’ (lestai en griego) a cuya motivación económica se unía a menudo la causa anti-romana.[31] También se unieron a la rebelión los habitantes de Idumea, quienes contaban con una larga tradición militar pero eran vistos con desconfianza por los judíos por su conversión al judaísmo relativamente reciente y forzada por las conquistas de John Hyrcanus a finales del siglo II a.C.[32]

Tras la derrota de Cestio Galo y la consiguiente consolidación de la revuelta, las autoridades judías se vieron obligadas a optar por el exilio o a sumarse a la rebelión para controlarla y moderarla. Dichas autoridades incluían a los saduceos y a los notables entre los fariseos (entre quienes se encontraba Josefo).[33]

Josefo señala en el prefacio de su obra que las líderes rebeldes confiaban en que las comunidades judías más allá del Éufrates se unieran a la rebelión; y en efecto lograron cierto apoyo de personas destacadas en el reino de Adiabene cuyos gobernantes se habían convertido al judaísmo.[34] Sin embargo, su principal objetivo eran los judíos que vivían en las ciudades griegas de los territorios próximos a Judea. A este respecto, que numerosas poblaciones de Galilea y la Decápolis fuesen de población mixta contribuyó indirectamente a la movilización pues se inició una espiral de represalias en diversas poblaciones con matanzas tanto de población gentil como de población judía.[35] Las masacres comenzaron en Cesaréa Marítima contra la población judía (Josefo habla de 20.000 muertos) lo que generó una respuesta judía contra los gentiles en diversas poblaciones de la Decápolis y Galilea, lo que a su vez provocó nuevas masacres de judíos en Ascalón, Tiro y Ptolemaida.[36]

En suma, en la primavera del 67 –inicio de la campaña de Vespasiano– los insurgentes judíos contaban con varias decenas de miles de combatientes. Dada la tendencia de las fuentes antiguas a exagerar las cifras y la escasa cohesión de la rebelión judía, su número exacto resulta imposible de precisar. En la campaña de Galilea Josefo habla de 100.000 combatientes judíos (una cifra desorbitada), pero es razonable pensar que contase con unos pocos miles. Tres años más tarde la defensa de la ciudad de Jerusalén recayó en una fuerza aproximada de 24.000. Más allá de la exactitud de estas cifras, lo cierto es que el éxito de la movilización insurgente judío obligó a Roma desplegar una fuerza considerable: tres legiones más varios miles de contingentes de reyes vasallos en la campaña de Galilea, y cuatro legiones más otros miles de fuerzas aliadas hasta contabilizar un total de entre 30.000-40.000 efectivos en el asedio de Jerusalén en el año 70 .[37]

En cuanto al armamento, por un lado estaba el capturado a las tropas de Cestio Galo, que incluía toda la artillería de la XII Legión, que posteriormente se utilizaría en la defensa de Jerusalén.[38] Josefo también habla de un arsenal que guardaba la fortaleza de Masada, que los sicarios compartieron con los llamados ‘ladrones’.[39] A ello hay que añadir las armas arrojadizas y para combate a corta distancia que muy probablemente se forjaría en los meses previos a la ofensiva romana, además de otros materiales improvisados para defender las murallas de las distintas poblaciones.[40]

Liderar y cohesionar la insurgencia

Un liderazgo efectivo, capaz de unificar y organizar las diversas facciones rebeldes y de convencer a sus seguidores para que asuman los costes elevados de la guerra resulta esencial para el éxito de la insurgencia.[41] Si los dos factores precedentes –causa atractiva y movilización de recursos– favorecieron el inicio y consolidación de la rebelión judía, este fue sin embargo uno de los motivos principales de su fracaso. La ausencia de un liderazgo unificado y, en particular, las letales luchas intestinas entre las diversas facciones rebeldes facilitaron significativamente la victoria romana.[42]

A partir de la narración de Josefo, de nuevo la fuente antigua que ofrece más detalles sobre la composición de la insurgencia, resulta posible distinguir las siguientes facciones:

  1. Notables belicosos. El más destacado fue el ya mencionado Eleazar ben Ananías, responsable del culto del Templo e hijo del sumo sacerdote, que fue uno de los principales instigadores de la rebelión en Jerusalén. Más tarde, a mitad del año 68, Josefo menciona cómo los idumeos liberaron a centenares de notables de la prisión a la que les habían sometido los zelotes. Dichos notables se aliaron posteriormente con el bando de Simón Bar Giora. El propio Josefo habla también de familiares y amigos suyos –de su misma clase social– que permanecieron en la ciudad hasta el final del asedio; lo cual constituye otra prueba del compromiso de numerosos notables con la causa rebelde.
  2. Notables moderados, que trataron hacerse con el control de la revuelta para buscar una rendición pactada. Fue la facción liderada por el sumo sacerdote Ananías (no el padre de Eleazar que fue asesinado por el sicario Menahem al inicio de la revuelta). Esta facción de notables mantuvo canales de comunicación con el rey Agripa II y a través de él con los romanos pero perdió gran parte de su influencia sobre la rebelión tras la sucesión de reveses en Galilea y Perea. Los notables moderados acabaron siendo diezmados por tres oleadas de purgas efectuadas por los sectores más radicales en la ciudad de Jerusalén. Una de las víctimas fue el propio sumo sacerdote Ananías. Los más afortunados salvaron la vida entregándose a los romanos durante las primeras fases del asedio de Jerusalén, animados por Tito que favorecía tales deserciones.[43]
  3. Sicarios. A pesar de la atención que les presta Josefo, su número de partidarios y su influencia en la rebelión fue relativamente reducida. Destacaron al comienzo, cuando Mehanem entró con sus partidarios en Jerusalén una vez iniciados los tumultos, asesinó al antiguo sumo sacerdote Ananías (padre de Eleazar) y se autoproclamó rey. Sin embargo, la facción de Eleazar rompió pronto con ellos, secuestró a Menahem y le torturó hasta la muerte.[44] Fue también en esos momentos de confusión inicial cuando un grupo de sicarios se hizo por sorpresa con el control de la guarnición de Masada en el mar Muerto. No obstante, este grupo permaneció al margen de la rebelión durante el transcurso de la guerra realizando acciones de saqueo en poblaciones judías vecinas –la más importante en Ein Gedi donde según Josefo asesinó a setecientos pobladores.[45] Su importancia fue por tanto fundamentalmente simbólica por representar el último bastión de la rebelión, escenificada trágicamente mediante el suicidio colectivo.
  4. Zelotes. Josefo habla por primera vez de ellos al referirse a los acontecimientos del verano del 67 A.D en Jerusalén. Era un colectivo animado por principios igualitarios y con un proyecto político definido: eligieron un nuevo sumo sacerdote por sorteo, no por razones dinásticas como había ocurrido desde los Hasmoneos; instauraron un sanedrín (tribunal rabínico) con el que juzgaron y condenaron a muerte a algunos de los notables de Jerusalén; e intentaron atraerse a los jóvenes de la nobleza para dotarse de cuadros con los que gobernar y administrar la nueva Judea independiente. Pero a pesar de su enfoque igualitario fueron víctima de las ambiciones personales. Su líder inicial, Eleazar ben Simón, acabó siendo rechazado por su carácter despótico, y Juan de Gíscala que inicialmente había unido fuerzas con él, y que anteriormente había sido cercano al partido de los notables, lo desplazó y se hizo con el liderazgo del movimiento zelote hasta la caída final de Jerusalén.[46] Anteriormente, Juan de Gíscala que provenía de la nobleza galilea se había enfrentado con Flavio Josefo cuando este comandaba las fuerzas rebeldes en Galilea.[47]
  5. Señores de la guerra. El propio Juan de Gíscala resulta encuadrable en esta categoría por el protagonismo de su agenda personal y la flexibilidad de su política de alianzas. Otra figura destacada fue Simón Bar Giora, cuyo liderazgo se afianzó a lo largo de la revuelta. Había tomado parte en la derrota de Cestio Galo en Beth Horon y más tarde se hizo fuerte en las poblaciones de Judea cercanas con Samaría.[48] Fue expulsado de ellas por el avance romano y acampó con sus hombres frente a las murallas de Jerusalén. En el 69 la cada vez más débil facción de los notables moderados facilitó su entrada para que les defendiera de Juan de Gíscala.[49] De este modo la ciudad quedó dividida en dos grandes bandos en lucha: los zelotes de Juan de Gíscala que controlaban el Templo y la fortaleza Antonia, y los partidarios de Simón Bar Giora que dominaban la ciudad alta y parte de la ciudad baja. En las luchas entre unos y otros destruyeron los depósitos de grano de Jerusalén poco antes de que se iniciase el asedio.[50] Siguieron combatiendo entre sí incluso después de que Tito acampó frente a Jerusalén y comenzara el asalto. Sólo unieron fuerzas y se distribuyeron sectores de responsabilidad después de que los romanos irrumpieran en el tercer muro y tomasen el control de la llamada ciudad nueva.[51]
  6. Idumeos. Aparecen en varias ocasiones durante la narración de Josefo. Eran oriundos de Idumea, la región al sur de Jerusalén. Poseían una larga tradición como combatientes y eran partidarios decididos de la rebelión contra Roma.[52] Sin embargo, durante la guerra se habla de contingentes de idumeos en bandos contrapuestos.[53] En un primer momento, Eleazar ben Simón –el líder zelote– les invitó a entrar en Jerusalén para evitar que los notables moderados pactasen con los romanos una vez perdida Galilea. Una vez dentro participaron en las matanzas llevadas a cabo por los zelotes, incluyendo los asesinatos de los sacerdotes Ananías y Jesús.[54] Pero poco después, desencantados con el comportamiento de los zelotes, abandonaron la ciudad. Al año siguiente, Josefo vuelve hablar de un grupo de idumeos en Jerusalén que se enfrentaron a Juan de Gíscala y que junto a una facción de notables ayudó a entrar a Simón Bar Giora. A partir de ese momento se integraron entre las fuerzas de Simon constituyendo casi la mitad de sus efectivos, cinco mil combatientes.[55]

Este faccionalismo tuvo consecuencias fatales sobre la efectividad la insurgencia. Por un lado privó de liderazgo e iniciativa estratégica a la rebelión. Una vez consolidada la revuelta, los insurgentes solo llevaron a cabo una acción ofensiva de envergadura –el ataque fallido contra Ascalón a principios del 67. Cuando Vespasiano inició la campaña de Galilea los dirigentes de Jerusalén dejaron a las fuerzas Flavio Josefo a su suerte, sin organizar ni enviar una fuerza de socorro que dificultase los asedios romanos. Es probable que además de la falta de coordinación efectiva entre los líderes de la ciudad y los comandantes regionales, también influyera en estos el miedo a desprenderse de combatientes necesarios para garantizar su propia seguridad y el equilibrio de poder respecto a otras facciones rebeldes. De este modo, el núcleo político de la rebelión en Jerusalén asistió impasible a la pérdida de los territorios rebeldes en Galilea, Perea, Idumea y gran parte de Judea durante los años 67-69 hasta que finalmente le llegó el turno a la propia ciudad.

Por otra parte, las luchas fratricidas en el interior de Jerusalén debilitaron gravemente la capacidad de resistencia material y moral de los defensores. El año de la guerra civil romana, que lógicamente afectó al ritmo de las operaciones, no fue así un año perdido desde el punto de vista contrainsurgente. En lugar de aprovechar la distracción de la atención romana para reorganizarse y recobrar la iniciativa, los insurgentes judíos se desgastaron mutuamente inclinando aún más la balanza a favor de las fuerzas de Roma.

Controlar territorio para organizarse y operar desde él

El refugio es otro factor crítico para la consolidación y éxito de la insurgencia. Un estudio realizado sobre una muestra de 89 insurgencias entre 1945 y 2006 constata que las insurgencias que no disponen de refugio tienen una probabilidad de victoria de uno contra siete en los casos donde el éxito o la derrota resultan claramente apreciables. Por el contrario, los insurgentes de la muestra que gozaban de un santuario ganaron la mitad de los conflictos con un final claro.[56]

La rebelión judía contra Roma ofrece lecciones interesantes en este sentido. La insurgencia judía luchó en su propio territorio, no buscó un santuario en un territorio vecino que escapase al control de los contrainsurgentes. Pero a diferencia de la insurgencia de los macabeos en el siglo II a.C. no se escondió en las montañas de Judea para desgastar al ejército enemigo mediante una guerra de guerrillas. En su lugar, el principal refugio de los insurgentes judíos entre el 66-73 fueron los asentamientos fortificados, en su mayoría pequeñas poblaciones, algunas fortalezas (Herodión, Maqueronte y Masada) y el imponente sistema fortificado de Jerusalén.

Estrategia militar acertada

La ‘gran estrategia’ de cualquier grupo insurgente va más allá de la dimensión militar, abarcando otros ámbitos como el social, político, diplomático, económico, comunicativo, etc.[57] No obstante, el nivel militar posee una importancia esencial para la viabilidad y éxito del proyecto insurgente que hace recomendable abordarlo de manera específica.

En este caso de estudio este factor se encuentra estrechamente vinculado con la variable anterior. La opción de los rebeldes por refugiarse en poblaciones fortificadas condicionó el conjunto de su estrategia militar. Esta opción estratégica entrañó dos grandes desventajas, que sin embargo no se apreciaron en un primer momento debido al fracaso de la mal planificada operación de Cestio Galo contra Jerusalén en el otoño del 66.

La primera de ella es que, al refugiarse tras las murallas, los insurgentes cedían la iniciativa a los romanos. La única excepción fue la ya mencionada victoria sobre Cestio Galo. Pocos meses después los insurgentes llevaron a cabo la también mencionada acción ofensiva contra Ascalón pero tras acabar esta vez desastre cedieron definitivamente la iniciativa a la reacción romana.[58] A partir de entonces predominó la defensa estática. De este modo, no se puso en práctica un principio habitual la guerra de guerrillas contra fuerzas de ocupación extranjeras: librar la guerra de manera defensiva desde el punto de vista estratégico pero ofensivamente desde el táctico.[59] Y además en lugar de llevar a cabo una ‘guerra de guerrillas’, se planteó una defensa convencional frente a un adversario muy superior en ese plano: dicha interacción estratégica estaba abocada al fracaso.[60] Muy probablemente ello se debió a la ausencia de una estructura de mando unificado capaz de diseñar e implementar una estrategia. En muchos casos, quienes tomaron las decisiones fueron personas aterrorizadas, no conectadas entre sí y sin experiencia militar.

La segunda desventaja estratégica, consecuencia de refugiarse tras recintos amurallados, es que a diferencia de otros pueblos de aquella época –como las tribus germanas del centro de Europa o las tribus árabes vecinas a Judea– que no contaban con medios ni conocimientos técnicos para tomar asentamientos fuertemente fortificados, las legiones romanas disponían sobradamente de dicha capacidad. De hecho, la ingeniería militar romana fue la más desarrollada de la Antigüedad, un activo estratégico que las legiones no compartían con las unidades auxiliares y menos aún con las fuerzas proporcionadas por los reyes vasallos.[61] De este modo, al refugiarse en poblaciones fortificadas la insurgencia judía permitió que los romanos pudieran combatirla de una manera ‘convencional’, aplicando un enfoque al que estaban acostumbrados y en el que eran excelentes. Lo normal en la estrategia militar de las insurgencias a lo largo de la historia es que busquen precisamente lo contrario, lo que suele reducir la superioridad militar del contrainsurgente y ofrecer ventaja a los rebeldes.[62]

En el conjunto de operaciones de Vespasiano, y posteriormente de Tito frente a Jerusalén, las legiones romanas emplearon todo su repertorio de técnicas de asedio: artillería de supresión contra los defensores de las murallas y contra el interior del recinto amurallado para generar caos y terror, ataques en fuerza con escalas, golpes de mano contra defensores desprevenidos, minas subterráneas para socavar las murallas y construcción de terraplenes para desplazar arietes y torres de asalto. Además de la narración detallada de Josefo, los restos arqueológicos en diversos asentamientos de Galilea (por ejemplo, Jotapata, Gamala y Gadara), los de Maqueronte, o los todavía impresionantes de Masada ofrecen buena prueba de ello.[63]

No obstante –y esto es interesante destacarlo–, las fuerzas romanas se encontraron con serios problemas para operar dentro del entorno urbano en aquellas ocasiones donde los defensores siguieron ofreciendo resistencia una vez abierta la brecha en los muros. Para las legiones era muy difícil utilizar las formaciones cerradas que les hacían tácticamente superiores. El laberinto de estrechas callejuelas, el mejor conocimiento del terreno por los defensores y el empleo de las edificaciones para hostigar y desgastar a los atacantes, degradaba seriamente la efectividad de las fuerzas romanas. El combate en población ya había supuesto un desafío para los ejércitos de la Grecia clásica (y continúa siéndolo en la actualidad para ejércitos muy superiores tecnológicamente). Vespasiano y Tito también experimentaron dichas dificultades, en particular en los combates dentro de Gamala (Galilea) y muy especialmente dentro de Jerusalén.[64]

Obtener apoyo exterior

La literatura contemporánea también identifica el apoyo exterior como una de las variables con mayor grado de correlación para el éxito o fracaso de una insurgencia.[65] Su importancia también resultaba patente en la Antigüedad. La insurgencia judía de los macabeos frente a los seléucidas buscó ese apoyo precisamente en Roma, aunque el Senado romano se limitó a un mero respaldo diplomático, no militar ni económico. En aquel momento Roma comenzaba a expandir su influencia en Oriente y ello pasada por debilitar al imperio seléucida, que efectivamente se desintegró en la segunda mitad del siglo II a.C.[66]

Durante la revuelta del 66 los insurgentes no consiguieron ningún apoyo sustancial –más allá de la llegada de algunos centenares de combatientes judíos procedentes de Partia. Las fronteras de los territorios sublevados limitaban con provincias romanas (Siria y Egipto) o con reinos vasallos a Roma, incluidos los territorios del rey judío Agripa II (Batanea, Trachonitis y Gaulonitis, más algunas poblaciones en Galilea y Perea) quien mantuvo una inquebrantable fidelidad a Roma.[67] Más importante aún, los insurgentes no lograron el apoyo del imperio parto, el gran rival de Roma en la región. Los partos habían aplastado la expedición de Craso en Carrae (actual Harran, Turquía) en el año 53 a.C. En el 40 a.C. invadieron Judea, siendo expulsados tres años más tarde por los romanos que dejaron como rey a Herodes el Grande.[68] En fechas más cercanas a la rebelión judía, entre los años 58 y 63, Roma y Partia libraron una nueva guerra por la sucesión al trono de Armenia, que hacía las veces de territorio colchón entre ambos imperios. La balanza de aquel conflicto se inclinó finalmente a favor de los romanos que lograron un acuerdo de paz favorable a sus intereses. El templo de Jano en Roma –que permanecía abierto en tiempos de guerra– se cerró precisamente el año 66 simbolizando la paz entre ambos imperios.[69]

De este modo, el estallido de la revuelta judía tuvo lugar cuando acaba de clausurarse una ventana de oportunidad política para atraer a un aliado poderoso. Además, en aquellos años el imperio parto dedicó su atención a luchas de poder intestinas y no se vio envuelto en nuevo conflicto con Roma hasta la segunda década del siglo II con el emperador Trajano. Partia tampoco aprovechó la convulsión interna de su rival durante el año de los cuatro emperadores a mitad de la campaña de Judea. Una de las medidas que tomó Vespasiano para hacerse con el trono imperial consistió en enviar embajadas a Armenia y Partia para afianzar la paz, objetivo que consiguió. Tras la victoria de Vespasiano en la guerra civil romana, el rey parto Vologaeses llegó a ofrecer una fuerza de cuarenta mil efectivos para sofocar de una vez la revuelta judía.[70]

La rebelión tampoco recibió una ayuda sustancial de la enorme diáspora judía esparcida por todo el imperio romano. Durante los años de la guerra se produjeron disturbios entre judíos y gentiles en Alejandría pero no tuvieron impacto sobre el desarrollo del conflicto en Judea y no impidieron que la XV Legión Apollinaris con base en Alejandría se desplazase para unirse a la campaña de Galilea en la primavera del 67.

Capacidad y competencia del rival contrainsurgente

La distribución de poder entre insurgentes y contrainsurgentes, así como los aciertos y errores de estos últimos juegan un papel muy destacable en la victoria o derrota de una insurgencia.[71] En las primeras fases de la rebelión las autoridades romanas sufrieron un déficit en ambas variables.

En términos de capacidad, la provincia romana de Judea carecía de una guarnición capaz de controlar de manera efectiva el territorio y de sofocar rápidamente una revuelta a gran escala. En Jerusalén estaba acantonada una cohorte auxiliar (quinientos efectivos en el mejor de los casos) y otras dos cohortes en la capital de la provincia, Cesarea Marítima. El poder militar efectivo se situaba en la vecina provincia de Siria con tres legiones, aunque con un grado de preparación cuestionable tal como demostró la XII Legión Fulminata.

En teoría la ausencia de una guarnición importante en Judea no debería haber sido suficiente para alentar la rebelión. Según Luttwak, la capacidad de Roma para desplazar y concentrar sus legiones en cualquier punto del imperio cumplía un rol disuasorio que las sofisticadas élites de los territorios orientales sabían apreciar: no era necesario ver físicamente las legiones para temer el poder de Roma.[72] En efecto, dicha disuasión es reconocible incluso en las palabras del sumo sacerdote Caifás sobre Jesús que recoge el Evangelio de Juan: “Si lo dejamos creerán en él todos, y vendrán los romanos y destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación”.[73] Esa idea también fue el núcleo central del discurso del rey Agripa II en Jerusalén en los primeros compases de la rebelión, tal como recoge Flavio Josefo: los romanos que habían derrotado a pueblos tan belicosos como los cántabros, galos y germanos, aplastarían de manera inevitable a los rebeldes judíos.[74]

Sin embargo, la disuasión romana fracasó. Por un lado, porque según el relato de Josefo las ambiciones personales y las pasiones desbordaron el cálculo racional. La suma de agravios derivados de los abusos del gobernador romano Gesio Floro y de la permanente pugna entre gentiles y judíos acabó precipitando sin planificación previa la rebelión. Por otra parte, y probablemente de manera determinante, porque las autoridades romanas cedieron la iniciativa a los insurgentes durante las primeras semanas y meses. Tras encender la mecha de la rebelión en Jerusalén en mayo de 66, el gobernador romano Gesio Floro regresó a Cesarea Marítima y permaneció allí inactivo. Mientras la revuelta siguió tomando cuerpo y la guarnición de tropas auxiliares acantonada en Jerusalén fue masacrada en la torre Antonia y en el palacio de Herodes el Grande.

Cestio Galo, gobernador de Siria, se presentó ante Jerusalén con una fuerza importante a mediados de noviembre. A pesar de haber sido emboscado por los rebeldes en Beth Horon en el camino de ida, perdiendo quinientos hombres y gran parte de sus suministros, las fuerzas de Galo fueron capaces de adentrarse en Jerusalén, incendiar la ciudad nueva y atacar los bastiones de la torre Antonia y el palacio de Herodes el Grande. Sin embargo, a los seis días de comenzar, el asalto cejó en su empeño. Según Josefo, los insurgentes no estaban todavía organizados y en esta campaña de reacción inicial Cestio Galo podría haber sofocado la rebelión y evitado la gigantesca destrucción que ocasionó la guerra. La cercanía del invierno (el asalto a Jerusalén tuvo lugar en noviembre), la amenaza sobre sus líneas de suministros y la impresión causada por las pérdidas de la primera emboscada en Beth Horon pudieron influir en la decisión de retirarse y ceder de nuevo la iniciativa a los insurgentes. La campaña de Galo acabó siendo un desastre, perdiendo 5.780 efectivos y abundante material de guerra. A la vez, fortaleció la moral de los insurgentes al demostrar que Roma no era invencible.[75]

El equilibrio de competencia que inicialmente se decantó a favor de los rebeldes judíos se inclinó de manera definitiva a favor de Roma a comienzos del año 67 tras el nombramiento de Vespasiano como responsable de la guerra. Vespasiano generó las fuerzas necesarias y llevó a cabo una campaña metódica y bien diseñada. A partir de ese momento, tal como demostraron los acontecimientos, el destino de la rebelión estaba condenado. Esto se vio facilitado por la falta de liderazgo y las divisiones y luchas internas entre los propios insurgentes, tal como ya se ha analizado.

Simetría/asimetría de intereses y de valores entre insurgentes y contrainsurgentes

Ambos son aspectos relacionados con el epígrafe anterior, que actúan como variables intervinientes de las variables independientes capacidad y competencia. En las campañas contrainsurgentes contemporáneas suele producirse esa asimetría de intereses y valores entre las fuerzas occidentales y los insurgentes. Los insurgentes tienen mucho más en juego y menos reparos a la hora de recurrir a la brutalidad; lo que por un lado aumenta su resistencia y por otro reduce sus restricciones al emplear la violencia. Justo lo contrario en el lado occidental: la finalidad estratégica de la misión contrainsurgente no siempre afecta a sus intereses vitales o resulta fácil de explicar a la ciudadanía. Las reglas de enfrentamiento y el temor a las bajas propias y ajenas que de ello se derivan limitan la aplicación de su potencial militar.[76]

Sin embargo, en la guerra judeo-romana la asimetría de intereses y valores era escasa por lo que Roma aprovechó sin restricciones su ventaja en capacidades y competencia militar. Las razones que alimentaban la determinación romana fueron las siguientes:

  1. A diferencia de los territorios situados entre el Rin y el Elba, a los que Roma renunció conscientemente tras el desastre de Teotoburgo en el año 9, la provincia romana de Judea ocupaba una posición geopolítica que no hacía permisible su pérdida. El territorio de Judea conectaba las provincias romanas de Egipto y Siria, haciendo así de puente entre Asia y África.
  2. Al mismo tiempo, Judea formaba parte de la arquitectura de poder de las provincias y reinos vasallos de Oriente, varios de los cuales hacían frontera con el imperio parto, principal rival geopolítico del imperio romano. Un eventual éxito de la revuelta y la independencia de facto alterarían el equilibrio de poder y amenazarían con derrumbar el orden romano en la región.
  3. Un motivo que se añadió a mitad de campaña fue el triunfo de Vespasiano en la guerra civil romana y su ascenso al trono imperial. La tradición política de Roma daba una considerable importancia a una carrera militar exitosa, por lo que la legitimidad del nuevo emperador –y por extensión de su hijo Tito en la dinastía de los Flavios– quedaba asociada a la victoria sobre la revuelta judía.[77]
  4. Por último, y esta es la gran diferencia respecto al presente, la cultura político-militar romana aceptaba sin especiales problemas el recurso a la brutalidad como instrumento de control imperial. Lo hacía en combinación con otros incentivos. El principal de ellos consistía en la estrecha red de relaciones personales entre la administración imperial y las élites políticas y económicas de los territorios sometidos. No obstante, si la rebelión estallaba, Roma respondía con una violencia implacable y ejemplarizante al tiempo que buscaba la rendición de los moderados y el restablecimiento del statu quo.[78] Flavio Josefo detalla las masacres y la esclavización de las poblaciones que se resistieron al avance romano tanto en Galilea como en el resto de territorios vecinos. Particularmente duro fue el tratamiento de la población y los defensores de Jerusalén conforme se estrechó el asedio. En un momento dado Tito ordenó crucificar frente a los muros de la ciudad a todos aquellos que intentaban huir del cerco. Una vez quebrada toda resistencia, la ciudad fue entregada al saqueo y la destrucción y los supervivientes esclavizados o sacrificados en juegos conmemorativos de la victoria.[79] Con estas medidas Roma enviaba un mensaje disuasorio al resto de territorios del imperio.

Conclusión

El carácter cambiante de la guerra es una realidad obvia que inspiró a Clausewitz la metáfora de la ‘guerra como un verdadero camaleón’; pero al mismo tiempo la historia de la guerra revela la existencia de aspectos permanentes. Dichos elementos fundamentales de continuidad se observan asimismo en los conflictos armados de naturaleza insurgente. Este artículo ilustra cómo muchos de los factores que la literatura actual considera clave para el éxito o fracaso de la insurgencia –al menos las ocho variables empleadas en esta investigación– también resultan aplicables al estudio de la guerra judeo-romana del 66-73.

De este modo, los insurgentes judíos tuvieron éxito a la hora de articular una causa atractiva y de movilizar recursos para iniciar y dar continuidad a la insurrección. Sin embargo, fracasaron a la hora de cohesionar y liderar la insurgencia, y tampoco tuvieron éxito a la hora de conseguir un vital apoyo exterior que les permitiera hacer frente al enorme desequilibrio de fuerza frente a Roma. La falta de liderazgo y de cohesión afectó negativamente a su estrategia militar, que cedió la iniciativa a la reacción romana y planteó una defensa básicamente estática desde el refugio que le proporcionaban las poblaciones fortificadas. Por su parte, los romanos adolecieron de capacidad y competencia en las primeras etapas de la insurgencia, lo que permitió que ésta se consolidara. No obstante, una vez que se hicieron con la iniciativa, mostraron una notable capacidad y competencia militar que se vio respaldada por su alto interés político y estratégico en derrotar a los rebeldes.

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[1] Kennedy, “Grand Strategy in War and Peace.”, 7; Luttwak, The Grand Strategy of the Roman Empire, 1-5; Hanson, “Introduction: Makers of Ancient Strategy.”, 3; Boot, Invisible Armies: An Epic History of Guerrilla Warfare from Ancient Times to the Present, 557-567.

[2] Sobre la complejidad de la figura de Flavio Josefo y los sesgos de su obra existe profundo debate científico y una prolífica literatura que se aleja del propósito de este artículo. Sobre esta cuestión véase, por ejemplo, Curran “The Jewish War: Some Neglected Regional Factors.”, 76-78; Cotton & Eck, “Josephus’ Roman Audience: Josephus and the Romans Elites”, 37-52; Mason, “Of Audience and Meaning: Reading Josephus’ Bellum Judaicum in the Context of a Flavian Audience”, 71-100.

[3] Sheldon, “Taking on Goliath: The Jews against Rome, 66–73.”; Curran, “The Jewish War: Some Neglected Regional Factors.” Faulkner, Apocalypse: the Great Jewish Revolt against Rome 66-73; Sorek, Susan. The Jews against Rome: War in Palestine 66-73; Bloom, The Jewish Revolts against Rome, A.D. 66-135: A Military Analysis.

[4] Josephus, The Wars of the Jews, Book III, Chapter 2, §1-2.

[5] Ibid., Chapters 6-8; Book IV, Chapter 1.

[6] Ibid., Book IV, Chapter 7, §3-4.

[7] Ibid., Chapter 8.

[8] Suetonius, The Lives of the Twelve Caesars, Book VIII, Chapters 5-7; Josephus, The Wars of the Jews, Book IV, Chapters 9-11.

[9] Josephus, The Wars of the Jews, Book IV, Chapters 3-7; Book V, Chapter 1.

[10] Goldsworthy, In the Name of Rome, 337.

[11] Ibid., Book V, Chapters 2-13; Book V, Chapters 2-13. Book VI, Chapters 1-10. Book VII, Chapter 1.

[12] Ibid., Book VII, Chapter 6; Chapters 8-9.

[13] Mattern, Rome and the Enemy, 101-102.

[14] Collier, Hoeffler & Rohner. “Beyond Greed and Grievance: Feasibility and Civil War.”, 2.

[15] Beckett, Modern Insurgencies and Counter-insurgencies; Beckett, “The Future of Insurgency”; Boot, Invisible Armies: An Epic History of Guerrilla Warfare from Ancient Times to the Present; Byman, “Understanding Proto-Insurgencies”; Metz “Insurgency after the Cold War”; Metz & Millen, Insurgency and Counterinsurgency in the 21st Century; Metz, Rethinking Insurgency; O’Neill, Insurgency and Terrorism: Inside Modern Revolutionary Warfare; Connable & Libicki, How Insurgencies End?

[16] Byman, Daniel. “Understanding Proto-Insurgencies.”, 170; Metz & Millen, Insurgency and Counterinsurgency in the 21st Century, 6-7.

[17] Gray, “Irregular Warfare One Nature, Many Characters.”, 44; Shaw, “Bandits in the Roman Empire”, 8-12.

[18] Josephus, The Wars of the Jews, Book II, Chapter 4, §1-3.

[19] Ibid., Chapters 4-5; Josephus, Flavius. Antiquities of the Jews, Book XVII, Chapter 10, §9-10.

[20] Ibid., The Wars of the Jews, Book II, Chapter 8, §1.

[21] Ibid., Antiquities of the Jews, Book XX, Chapter 5, 2; Faulkner, Apocalypse: the Great Jewish Revolt against Rome 66-73, 120-122; Curran, “’The Long Hesitation’: Some Reflections on the Romans in Judaea.”, 92.

[22] Josephus, Flavius. Antiquities of the Jews, Book XX, Chapter 8, §6.

[23] Ibid., Chapter 8, §5, §10; Horsley, “The Sicarii: Ancient Jewish ‘Terrorists’.”, 440.

[24] Brighton, The Sicarii in Josephus’s Judean War, 9.

[25] Laqueur. A History of Terrorism, 7

[26] Josephus, The Wars of the Jews, Book II, Chapter 17, §2.

[27] Goodman, The Ruling Class of Judea, 51-75.

[28] Mattern, “Counterinsurgency and the Enemies of Rome.”, 178.

[29] Josephus, The Wars of the Jews, Book II, Chapter 17, §6.

[30] Byman, Daniel. “Understanding Proto-Insurgencies.”, 170.

[31] No obstante, Josefo no siempre distingue claramente entre los diversos grupos violentos a los que en ocasiones denomina bandidos y en otras sicarii. Brighton, “The Sicarii in Acts: A New Perspective.”, 554-555.

[32] Appelbaum, “’The Idumaeans’ in Josephus’ The Jewish War.”, 10-15.

[33] Goodman, The Ruling Class of Judea, 183.

[34] Josephus, The Wars of the Jews, Preface, 2; Curran, “The Jewish War: Some Neglected Regional Factors.”, 82-83.

[35] Goodman, Rome and Jerusalem, 408.

[36] Bloom, The Jewish Revolts Against Rome, A.D. 66–135, 68-69.

[37] Ibid., 100.

[38] Josephus, The Wars of the Jews, Book II, Chapter 19, §9

[39] Ibid. Chapter 17, §8

[40] Bloom, The Jewish Revolts Against Rome, A.D. 66–135, 82.

[41] Metz & Millen, Insurgency and Counterinsurgency in the 21st Century, 7.

[42] Goodman, Ruling Class of Judea, 199-200.

[43] Josephus, The Wars of the Jews, Book V, Chapter 10, §1-2.

[44] Ibid., Book II, Chapter 17, §2-9.

[45] Ibid., Book IV, Chapter 2, §2.

[46] Ibid., Chapter 3, §10-14.

[47] Ibid., Book II, Chapter 21, §1.

[48] Ibid. Chapter 19, §1.

[49] Ibid., Book V, Chapter 1, §3.

[50] Ibid., §4-6.

[51] Ibid., Book V, Chapter 6, §3-5.

[52] Appelbaum, “’The Idumaeans’ in Josephus’ The Jewish War.”, 10.

[53] Ibid., 14-15.

[54] Josephus, The Wars of the Jews, Book IV, Chapter 5, §1-4.

[55] Ibid., Book V, Chapter 6, §1.

[56] Connable & Libicki, How Insurgencies End?, 36.

[57] Metz & Millen, Insurgency and Counterinsurgency in the 21st Century, 6; Kilcullen, “Counter-insurgency Redux.”, 112-119.

[58] Josephus, The Wars of the Jews, Book III, Chapter 2, §1-2.

[59] Kaempf, “Lost Through Non-Translation: Bringing Clausewitz’s Writings On ‘New Wars’ Back In.”

[60] Areguin-Toft, “How the Weaks Win Wars. A Theory of Asymmetric Conflict.”, 121-122.

[61] Starr, The Roman Empire, 121.

[62] Boot, Invisible Armies, 561.

[63] Aviam “The Fortified Settlements of Josephus Flavius and their Significance against the Background of the Excavations of Yodefat and Gamla.”; Davies. “Under Siege: The Roman Field Works at Masada.”

[64] Lee, “Urban Warfare in the Classical Greek World.”, 141.

[65] Boot, Invisible Armies, 566; Connable & Libicki, How Insurgencies End?, 62.

[66] Sherwin-White &. From Samarkhand to Sardis, 218-222.

[67] Curran, “The Jewish War: Some Neglected Regional Factors.”, 82.

[68] Mattern, Rome and the Enemy, 35.

[69] Goldsworthy, In the Name of Rome, 321-323.

[70] Curran, “The Jewish War: Some Neglected Regional Factors.”, 81; Suetonius, The Lives of the Twelve Caesars, Book VIII, Chapter 6, 4.

[71] Paul, Clarke & Grill. Victory Has a Thousand Fathers, 85-86; Sobek, “Master of their Domains: The Role of State Capacity in Civil Wars.”

[72] Luttwak, The Grand Strategy of the Roman Empire, 33-35. Aunque las tesis de Luttwak han sido ampliamente debatidas entre los historiadores de Roma, este aspecto sí es aceptado en líneas generales: Ferrill, “The Grand Strategy of the Roman Empire.”, 79-80.

[73] Jn 11: 48.

[74] Josephus, The Wars of the Jews, Book II, Chapter 16, §4.

[75] Goldsworthy, The Roman Army at War, 88-87.

[76] Mack, “Why Big Nations Lose Small Wars.”, 179.

[77] Goldsworthy, In the Name of Rome, 356.

[78] Mattern, “Counterinsurgency and the Enemies of Rome.”, 164-165.

[79] Josephus, The Wars of the Jews, Book VI, Chapter 9; Book VII, Chapters 1-2.

Javier Jordán

Catedrático de Ciencia Política en la Universidad de Granada y director de Global Strategy

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