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DIME… espejito, espejito… si soy la más guapa del reino: análisis de los instrumentos de poder en el mundo actual

https://global-strategy.org/analisis-dime/ DIME… espejito, espejito… si soy la más guapa del reino: análisis de los instrumentos de poder en el mundo actual 2021-06-17 10:00:00 Josep Baqués Blog post Análisis y Estrategia Global Strategy Reports Análisis estratégico
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Global Strategy Report, 29/2021

Resumen: Hablar del DIME (Diplomacia; Información; Militar y Economía) es hacerlo de uno de los modelos analíticos más útiles para conocer y comparar los instrumentos que permiten ejercer poder en el escenario internacional. Los EEUU vienen haciendo uso del mismo desde los tiempos de la Guerra Fría, pero el debate se ha reavivado en los últimos lustros, en la medida en que se sospecha que dicho modelo requiere una adaptación a los nuevos retos del mundo globalizado, en el que se recrudece la competición entre grandes potencias… y no tan grandes.

Espejito, espejito… ¿DIME? Se trata de un acrónimo empleado desde los tiempos de la Guerra Fría por los EEUU, para determinar si era el Estado más poderoso del orbe. Aunque, en realidad, lo que se buscaba era conocer los instrumentos o factores de poder con los que se contaba, para poder satisfacer su interés nacional en un entorno competitivo como era aquél. Y como ha sido siempre, desde que el mundo es mundo. No se trata, pues, de un prurito formal, ni de cánones de belleza, sino de cánones de poder. Aunque uno sospecha que, en el fondo, hasta en el cuento de Blancanieves, la belleza era también un instrumento del poder (un recurso empleado para satisfacer el interés personal). La diferencia es que ahora hablamos del interés nacional.

En los siguientes párrafos desarrollaré, en primer lugar, una aproximación teórica básica al sentido y al contenido de ese acrónimo, de tan largo recorrido, que defino como “DIME clásico”. En segundo lugar, plantearé algunas críticas, todas ellas constructivas, que otros han hecho de esas premisas, que denominaré “déficits del DIME clásico”. Finalmente, desarrollaré la aproximación a un modelo alternativo que surge de compartir algunas de esas críticas (o, al menos las inquietudes que las fundamentan) pero que conlleva una aportación diferente.

El DIME clásico: ventajas e inconvenientes

El poder como trasfondo

¿Para qué quiero un espejito mágico? Para conocerme (no puedo, si no me miro con cierto detalle) así como para compararme (en función de esa mirada) con mis competidores (con los que debo hacer lo propio). Algunos lo relacionan con la tan conocida idea de Sun-Tzu, a la que siempre me adhiero, por convicción: conocerse a uno mismo y a los demás, es la única opción, pues cualquier otra está condenada al fracaso (Khomko, 2019). Entonces, la primera función del DIME es de índole notarial.

Por otro lado, el DIME no aspira simplemente a recoger un listado de factores de poder, sino que, como enseguida comprobaremos, trata de vislumbrar la relevancia de cada uno de ellos para proyectar dicho poder, en el marco de la satisfacción del interés nacional. En realidad, si un recurso es irrelevante para ello, no debe aparecer en el DIME, por interesante que parezca a otros efectos.

Como quiera que nos referimos al poder, conviene partir de una definición del mismo. El poder militar es solamente una parte de un concepto más amplio de poder. Y el enfoque DIME lo pone de manifiesto. Ya que este acrónimo recolecta los principales instrumentos de poder, entre los cuales lo militar constituye un resorte más: D(iplomacia), I(nformación), M(ilitar) y E(conómico). Pero no es el único que cuenta y cada vez parece que cuenta menos, aunque solo sea porque los demás cuentan más (Morgan, 2019).

En todo caso, antes de profundizar en el desglose de cada instrumento, conviene hacerse con una definición de poder. Como politólogo, me adapto a una de las más canónicas, que es la de Robert Dahl.

Lo primero que planteó Dahl es que el poder es algo relacional (podríamos añadir que relativo, aunque ambas palabras no sean sinónimas). Es relacional porque no tiene sentido medirlo en abstracto, sino que se tiene (o no) en función de la persecución de unos fines, y en comparación con otros actores con los que interactuamos. Y es relativo por esa misma razón: puede que un actor A tenga mucho poder en comparación con un actor B, pero poco (teniendo el mismo) en comparación con un actor C. En todo caso, el poder es más un resultado (de su ejercicio) que una condición. Sin perjuicio de lo cual, es pertinente analizar a priori sus instrumentos, precisamente para que un actor no se encuentre con la imposibilidad de ejercerlo, en el momento decisivo (lo cual nos devuelve a Sun-Tzu).

De ahí deriva su famosísima definición del poder: “A tiene poder sobre B en la medida que puede lograr que B haga una cosa que, de otro modo [sin mediar ese ejercicio de poder] no haría” (Dahl, 1957: 202-203). Por consiguiente, el poder es un modo de influir, centrado en el fomento de acciones u omisiones en otro. La palabra influencia es la clave de todo, de modo que puede desplegarse a través de medios coercitivos… o no. En cuanto a los coercitivos, pueden derivar de una acción, o de la mera disuasión (en este segundo caso, especialmente, cuando se desea la omisión del otro). Siendo lo más frecuente una combinación de esos atributos.

De esos mimbres arranca la intuición subyacente al DIME de la Guerra Fría. Porque, en efecto, en plena competición militar, los analistas sospechan (con razón) que existen otros instrumentos de poder, también aplicables al caso: precisamente los que cubren las otras tres iniciales. De modo que las herramientas diplomáticas, las informativas, o las económicas, eran parte inextricable de la ecuación, cada vez que los EEUU y la URSS se miraban en el espejito mágico, siempre en términos -como en el cuento de Blancanieves- de comparación (de competencia, en definitiva).

Los ejemplos serían muchos. Y no podemos entrar en detalles, dadas las dimensiones del artículo, pero si recordar el papel de ambas potencias, tan activo, en el seno de la ONU y de otras organizaciones internacionales. No menos que la creación de alianzas-satélites; el rol de mass-media como Radio Liberty o The Voice of America, no menos que el de los partidos comunistas quintacolumnistas en suelo occidental; la CIA o el KGB como puntas del iceberg de una extensa red de obtención y procesado de la información de alcance planetario; las ayudas económicas “desinteresadas” a los aliados respectivos (desde el Plan Marshall al despilfarro soviético en Cuba, los favores industriales a Chequia y los territoriales -que todavía colean- a la entonces RSS de Ucrania), por no recordar que la caída de la URSS se produce por causas fundamentalmente económicas e ideológicas (nunca fue militarmente derrotada por los EEUU o la OTAN). Quien a estas alturas pretende emplear una imagen del poder que no contemple no siquiera esto… sería automáticamente expulsado del club de expertos por Sun-Tzu, por sostener planteamientos obsoletos… que ya lo estaban, según parece, hace 2.500 años (para que luego se diga, por lo demás, que no hay cosas que permanecen estables).

Desglosando el DIME

Una vez indicada la importancia de este enfoque, conviene analizar de modo sumario qué esconde cada sigla. Valga decir que no existe un consenso total entre la doctrina. Tampoco sé si, en este tema, sería deseable. El debate es adecuado para mejorar. Pero, por ir a definiciones de mínimos con las que poder trabajar, apunto las que recoge una reciente Joint Doctrine Note del órgano de reflexión de la Junta de Jefes de Estado Mayor de los EEUU. A saber (JDN, 2018: 25-27):

D(iplomacia): habilidad para la búsqueda de compromisos (engagement) con terceros, para favorecer la coexistencia pacífica. Personalmente, creo que la D es más que eso, debiendo remitir a la búsqueda de compromisos para satisfacer el interés nacional. Obviamente, mucho mejor si es de forma pacífica. En todo caso, también añado por mi cuenta, que eso exige disponer de una acción exterior articulada y coherente.

I(nformación): capacidad para crear, explotar e interrumpir el conocimiento o su distribución. Así como alcanzarlo antes que los demás, lo cual exige disponer de las estructuras necesarias para ello.

M(ilitar): capacidad para implementar la fuerza o para disuadir a terceros de que hagan lo propio.

E(conomía): El poder económico es identificado como el “corazón de una nación”. Aplicado al DIME busca contribuir a la prosperidad de otros, o bien entorpecerla, retrasarla o condicionarla. Sus componentes serían los tratados comerciales (o las políticas arancelarias, como reverso); el acceso al capital, o las restricciones al mismo; e incluso la ayuda económica directa a terceros… o su negación.

Debajo (o detrás, como prefiera el lector) de cada sigla, hay más cosas. Pensemos, sin ir más lejos, en las diversas capacidades militares y aunque sin ánimo de exhaustividad: capacidad de proyección de fuerzas; generación de A2/AD propias y capacidad para atacar las ajenas; acceso a nuevas tecnologías vinculadas a las últimas RMAs, especialmente en el ámbito C4ISTAR, que lleva asociados avances en SATCOM, EW o cyberwarfare, etc; e incluso el peso del factor humano en las FFAA, desde el modelo de reclutamiento hasta el de carrera, pasando por la moral y el nivel de adiestramiento. Este es el límite conceptual del análisis planteado en este artículo, en la medida en que no es mi pretensión abordar en este momento detalles empíricos más concretos.

Por lo demás, otros instrumentos merecen alguna aclaración adicional. Sin ir más lejos, existe un debate dilatado acerca de la I(nformación). Debate que se centra en si debe separarse (o no) de la Inteligencia. No faltan voces en un sentido, u otro. Por lo pronto, creo que lo más adecuado sería separarlos, pues no se trata de lo mismo. Sin embargo, pese a que la información no me concede (no automáticamente, quiero decir) inteligencia, no es menos cierto que es un ingrediente fundamental de la misma. Además… si no buscamos algún modo de integrar la Inteligencia, quedará fuera, lo que no es de recibo. Comencemos por las diferencias entre ambas cosas:

-La I(nformación) del DIME es la capacidad de “afectar al proceso de toma de decisiones de terceros – que operarían como target audience– (y que pueden ser, en su caso, aliados) influyendo en su ámbito cognitivo, para de ese modo alcanzar los efectos deseados” (Rodríguez, Walton y Hyong Chu, 2020). Pensemos en el papel de la STRATCOM, pero también en el manejo del efecto CNN (para generarlo o para evitar o minimizar el impacto del que generan otros); la influencia en redes sociales o, llegado el caso, en la IW (Information Warfare) que busca la redefinición -no solo la influencia- del marco cognitivo del otro. Cuestión distinta es la tentativa de algunos de ubicar en la I(nformación) la EW. Entiendo las razones de quienes así obran, movidos como están por la conciencia acerca de la existencia de un Information Domain que supera con creces el marco analítico de la Guerra Fría, basado en la propaganda y la STRATCOM (v. gr. Kozloski, 2009). Aunque esto es opinable, creo que no conviene llegar tan lejos. No porque la EW sea poco relevante (lo es, y mucho, pero no solamente para el Information Domain) sino porque se trata de un recurso que puede ser empleado en beneficio de otros instrumentos del DIME.

-La Inteligencia se encarga, por su parte, de producir datos dotados de un valor añadido [del que se carecía al manejar mera información] en beneficio de la toma de decisiones. Visto así, la Información requerida es previa, pero también posterior a la generación de inteligencia (si la entendemos como campaña, por ejemplo, en el marco de una PSYOPS). De esta forma, la Información puede ser el substrato (input & causa) de la inteligencia, pero también puede ser su resultado final (output & efecto).

El párrafo anterior aclara, pues, que Inteligencia e Información no son lo mismo, pero que resulta complicado disociarlas en demasía. Lo planteo porque, de ahora en adelante, mi apuesta pasará por considerar que ya no deberemos hablar de DIME, sino de DI2ME (de momento), donde se recogen, no revueltas, pero sí juntas, las dos “I”, de Información e Inteligencia, cada cual, con su propia naturaleza, pero cerca la una de la otra -como debe ser-.

Aunque los debates más afinados acerca del contenido de cada concepto son apasionantes, conviene seguir avanzando en nuestro objetivo, para pasar al segundo punto previsto en el guión: sin perjuicio de su indiscutida aportación… ¿qué críticas se vienen planteando al DIME clásico?

Los déficits del DIME clásico

Planteamiento general

La principal tiene que ver con su obsolescencia. A su vez, ésta deriva de que, tras varias décadas de aplicación del modelo, el mundo ha cambiado lo suficiente como para que haya que añadir nuevos ingredientes. Una vez nos hemos mirado, concienzudamente, en el espejito mágico, nos damos cuenta de que, para competir con éxito, necesitamos un lifting. No necesariamente quirúrgico. Quizá sea cuestión de aprovechar o enfatizar más aspectos que (aunque siempre han estado ahí) en los nuevos tiempos resultan críticos para seguir en la pugna. Lo cierto es que, hasta el general Dunfort (a la sazón, Jefe de la Junta de Jefes de Estado Mayor de los EEUU) ha comentado recientemente que la mala gestión del DIME realizada por los EEUU está siendo un factor determinante en el papel cada vez más proactivo de potencias rivales (Morris, 2019: 2-4).

El riesgo analítico asociado al empleo táctico del DIME

Son diversas las opciones que han aparecido en los últimos años. Como diversos sus objetivos. Es decir, en algunos casos, lo que se pretendió fue adaptar el DIME a escenarios de empleo táctico de la fuerza. Esta corriente arranca de mediados de la primera década del siglo XX, teniendo de nuevo como protagonistas a los EEUU. Muchas veces se ha centrado en la I(nformación) y casi siempre se ha puesto el énfasis en la colaboración de expertos civiles (v. gr. Geddes, 2006). La pretensión de integrar estas reflexiones en el marco de la doctrina EBO (Operaciones basadas en Efectos) también ha hecho acto de presencia. Sus derivadas alcanzan épocas muy recientes, hasta aparcar en el modelo DIME Effects Modeling System (DEMS) for tactical commanders (v. gr. Howard, 2012). No es la opción que más me interesa en este momento, más allá de tomar nota del potencial de este marco analítico.

Cuestión distinta es que ese potencial tenga también sus flecos. Flecos que conviene señalar. Porque un excesivo énfasis en la “aplicación” del DIME puede resultar, paradójicamente, contraproducente. A efectos analíticos, podría exagerar una parte de la realidad, para esconder otra. Sucede con frecuencia con los análisis micro, tan de modo en las últimas décadas: los árboles no nos dejan ver el bosque.

Eso suele suceder con la economía. En realidad, en el DIME no deberíamos conformarnos con tomar nota de las veces que un Estado ha participado en un embargo, o de a qué Estados les ha subido los aranceles, o qué Tratado bilateral ha sido denunciado en los últimos 5 años (o 10, o 15). Con eso no quiero indicar que tales sucesos sean irrelevantes. Porque demuestran el modo (alguno de los modos) en los que el poder económico puede ser empleado.

Pero en la E(conomía) del DIME también deberían aparecer (en primer lugar) las potencialidades de cada Estado (datos macroeconómicos, balanzas comerciales, deuda y déficit, producción y/o acceso a fuentes de energía y materias primas, papel desempeñado en las principales rutas de suministros marítimas y terrestres, etc) ya que es sobre esa base que se pueden articular las políticas públicas concretas a las que acabo de hacer referencia (y sin la cual, las políticas de presión que se puedan articular pueden tener un efecto boomerang contra la salud de la economía propia). Si centráramos el análisis en su aprovechamiento concreto, en crisis específicas, el balance podría ser decepcionante, como lo muestran algunos estudios empíricos (Wall, Lindgren y Quinlan, 1999). Sin embargo, el poder económico de un Estado va mucho más allá de este o de aquel embargo, de esta o de aquella política arancelaria, y de éste o de aquel nuevo tratado bilateral, aunque haya que tenerlo en cuenta todo.

Haciendo un símil con el instrumento M(ilitar), si desarrolláramos un DIME meramente táctico y aplicado, no podríamos considerar que una gran potencia, dotada de una gran capacidad de proyección de fuerzas, tuviera capacidad para proyectar fuerza alguna, si en los últimos 5 años (o 10, o 15) no ha aplicado dicho potencial. Si eso se antoja ridículo, no creo que para la E(conomía) o para cualquiera de los demás instrumentos, deba ser distinto.

Diversas tentativas de ampliar el DIME

También nos concierne lo que sucede con aproximaciones que detectan la insuficiencia del DIME. Entiéndase bien: no se cuestiona lo que ya está, pero se requieren adiciones. Porque adiciones, en el contexto de este debate, son también esas sensibilidades que nos permiten ampliar el instrumental a disposición del poder.

Una de las aportaciones más conocidas, en esta dirección, es la de Mastapeter, a través del modelo MIDLIFE (Mastapeter, 2008). En realidad, ahí aparecen las cuatro iniciales del DIME. La novedad reside en que le son añadidas otras tres, a saber: F(inances), I(ntelligence) y L(aw Enforcement). Años después, otros analistas han generado una versión un poco más refinada de lo mismo, cambiando de posición las siglas, para dotarlo de paso de una mayor familiaridad visual con el DIME original, pasando a definirlo como DIME-FIL (Rodríguez, Watson y Hyong Chu, 2020). Nótese que al añadido es el mismo que procuró Mastapeter en su día.

Por mi parte, lo que sí detecto como nuevo en esta última aproximación no es tanto el producto final (más allá de que esté algo más refinado y adaptado a nuestros días) como el afán por conectar la necesidad de desarrollar el potencial del FIL a tenor de los avances chinos y rusos en la materia, las conexiones del FIL con el soft power, que algunos autores también vinculan a otros instrumentos del DIME (Bishop, 2018) e incluso las que pueda tener con la zona gris (Oskarrson y Barnett, 2017). Por mi parte, antes de plantear este desarrollo del DIME, también he señalado la utilidad del mismo para la zona gris (Baqués, 2021).

De todos modos, cuando se alude a modelos, es tan importante que no queden cosas relevantes fuera, como que sean claros y clarificadores. Porque la realidad, que está ahí afuera, es siempre compleja. Es decir, los modelos analíticos no tienen que aspirar a reproducir la complejidad (para eso, no los necesitaríamos) sino a gestionarla, desarrollando las simplificaciones necesarias para ello. Dicho con otras palabras, cierto nivel de simplificación es inherente al “concepto de lo que debe ser un concepto” y sin ese nivel de simplificación -saludable y útil- no podríamos hablar, por ejemplo, de lo que es un Estado, o de lo que son unas FFAA, porque constantemente deberíamos remitir a si tienen (o no) tal o cual característica (¿Solo lo son los democráticos? ¿A partir de qué nivel de democracia? ¿O solo lo son las dictaduras? ¿O los que tienen división de poderes? ¿O quizá no son FFAA las que carecen de componente naval, quizá porque carecen de costas? ¿O quizá no se pueda hablar de fuerza aérea si no poseen aviones a reacción que superen Mach 1? Etc, etc, etc).

Volviendo por la senda que teníamos marcada, planteo esta cuestión porque algunos analistas apuntan, no sin razón (v. gr. Khomko, 2019) que la I(nteligencia) podría ser parte de la I(nformación) o que las F(inanzas) podrían analizarse dentro de la E(conomía) puesto que, de esa manera, a costa de perder algo de precisión, ganamos en claridad. De hecho, en la medida en que tanto la inteligencia como las finanzas acaba apareciendo, esa precisión solo se pierde en primera instancia, pero se recupera más adelante.

Creo que ambas observaciones son plausibles. Ya he dado mi opinión acerca de lo primero, así como de la que creo mejor solución, transformando la I del DIME, en I2 del DI2ME, con la ventaja de no amalgamar en exceso, pero evitando el inconveniente de que algún instrumento pudiera pasar desapercibido (o ser minusvalorado). Mientras que en el caso de las F(inanzas) mi apuesta pasaría por no desligarlas de la E(conomía), pudiendo ser un apéndice de la misma, ya que su relación con la misma es más intrínseca de lo que es la que existe entre I(nformación) e I(nteligencia). Aunque también se podría hablar de E2 (Economía productiva vs. Economía financiera, que algunos ya equiparan a una Financial Warfare) a costa de ir configurando un modelo con demasiados matices.

Entonces, lo que queda en claro, como realmente distintivo en comparación con el marco mental (a fuer de conceptual) de la Guerra Fría es… el L(aw Enforcement). En realidad, si seguimos el argumento de sus defensores, se trata de algo bastante elemental, lo que no significa que no sea importante: “adherence to national, international, and local laws and the activities to support or carry out the enforcement of those laws and thereby restore order” (Rodríguez, Watson y Hyong Chu, 2020). Por mi parte, creo que sí, que se trata de un instrumento de poder, sobre todo porque pocos pueden hacer gala del mismo en la práctica y, en ocasiones, ni siquiera quien lo promueve. Pero, de nuevo, creo que es factible integrarlo en alguna categoría que permita incorporar eso y otras cosas, sin que las siglas se incrementen demasiado.

Quiero hacer referencia a otra aproximación interesante. Me refiero al modelo MIDFIELD (military, informational, diplomatic, financial, intelligence, economic, law, and development). Puede parecer que es algo complejo. Pero no lo es tanto. Si nos fijamos bien, y asumiendo el DIME-FIL, la novedad reside en la “D” de D(evelopment). Un elemento que, tomado en sí mismo, también podría quedar integrado en la E(conomía), pero que puede tener cierto relieve como herramienta de soft power (de nuevo) si se lo entiende como promoción del desarrollo allende las fronteras de cada Estado.

Y, para terminar esta parte de mi análisis, señalar que no faltan los analistas que vienen flirteando con modelos que pertenecen al erario de la ONU, más que al de los Estados, con las ventajas e inconvenientes que ello implica. Es el caso del PESTEL: Political, Economical; Social; Technological; Environmental; Legal. Como puede apreciarse, falta la D (porque la ONU ya la tiene interiorizada), la M (porque lo que tiene interiorizado es que no dispone de ella, salvo por delegación de los Estados, bajo condiciones impuestas por los mismos y siempre en precario) e incluso la I (lo cual resulta más sorprendente, a fuer de revelar más debilidades de la ONU). Quiero decir con ello, que el PESTEL no es, ni quiere ser (a diferencia de todas las teorías precedentes) una reforma del DIME. No es el caso. Entonces, ¿por qué citarlo aquí? Porque algunos expertos en DIME han visto en ello una buena insinuación, acerca de la conveniencia de introducir también temas medioambientales y tecnológicos.

Por mi parte, tiendo a pensar que lo primero entra en otra categoría. Que solo sería un instrumento de poder como parte del soft power… al menos hasta que nos hagamos con la posibilidad de cambiar el clima a corto plazo, de modo intencionado, selectivo y geográficamente acotable. Mientras que la variable tecnológica siempre me ha generado dudas, en la medida en que suele quedar repartida entre la M(ilitar) y la E(conomía).

Propuesta derivada de las reflexiones precedentes… y algo más

Planteamiento general

A tenor de lo visto, podemos extraer algunas conclusiones, aunque provisionales.

  1. Cualquier modelo explicativo del poder del Estado y de su ejercicio deberá pivotar sobre el DIME clásico
  2. Sin embargo, el DIME clásico, basado en circunstancias y avances de la época de la Guerra Fría, requiere añadir algunos instrumentos de poder adicionales.
  3. Algunos de esos instrumentos pueden enriquecer las variables ya existentes, mientras que otros requerirán la ampliación del modelo.

Si este primer diagnóstico, básico, es correcto, habrá que determinar el modo en el que el modelo DIME puede ser completado. Partiendo de esta premisa, planteo dos opciones de mejora. Una de ellas sobre la base de los debates ya planteados, aunque con nuevas sugerencias. La otra, constituye una adición conceptualmente más incisiva, si cabe.

La necesidad de dotar al DIME clásico de un sufijo: el soft power como P(ersuasión)

Comencemos por lo que conecta de modo más automático con lo ya expuesto. Mi intención es exprimir el concepto soft power para de ese modo emplearlo como recipiente de una serie de instrumentos que pueden (o deben) quedar encuadrados ahí, debido al uso que se hará de ellos. Como hemos apreciado, se trata de un tema recurrente entre quienes desean revisar el DIME clásico, con ánimo de mejorarlo. Pero hasta la fecha no ha sido articulado.

Para hacerlo, es conveniente regresar a casa, es decir, al texto basal del creador de la teoría del soft power. No menos que a su conocido lamento, la primera vez que Nye habló del tema con Donald Rumsfeld. Puesto que, al escuchar algo que a él le sonaba tan raro como un poder “blando”, el secretario de defensa espetó lo de “no sé lo que eso significa” … aunque una traducción libre más genuina podría ser… “¿Qué es eso?”. Con buen criterio, Nye añade que la otra frase de Rumsfeld acerca de que “la debilidad es provocativa” pudiera tener algo que ver con la mala primera impresión que le generó eso del poder “blando”. Ya. Pero, tal como añade el propio Nye… ¿Quién caramba ha dicho que tener poder “blando” es una debilidad? Por el contrario, el poder “blando” es un tipo de poder. No incompatible con el resto de los instrumentos del DIME y, si se emplea bien (que es de lo que se trata) puede ser (suele ser) un excelente instrumento adicional.

¿Qué lo caracteriza? Que busca “persuadir” al otro para que abrace tu propia causa, empleando recursos distintos de la coerción, ya sea militar o económica. De manera que la centralidad pasa a estar en el atractivo de la propia cultura o de las políticas que uno genera -y hasta de cómo las genera-. Por lo tanto, el soft power entra de lleno en el debate acerca de la legitimidad (Nye, 2004). Nosotros podemos trasladarlo a debates muy de nuestro tiempo, que se refieren a lo que en clave sociológica sería el “estilo de vida”, pero que son fáciles de trasladar al ámbito jurídico: el respeto al Estado de derecho; la práctica de una democracia liberal; el respeto al derecho de los niños y otros colectivos dignos de especial protección (también los derechos de las mujeres); la aplicación de las reglas de la guerra, cuando se está en esa tesitura; el buen trato dado a los rivales o, llegado el caso, a los enemigos, etc, etc. En ese sentido, el L(aw Enforcement) al que hacían referencia algunos de los autores aquí citados sería una parte sustancial del soft power.

La ventaja de emplear el concepto soft power, que yo representaría con la “P” de P(ersuasión) puede también englobar otros instrumentos que, aunque de modo menos recurrente, también aparecen en esos análisis del siglo XXI. Estoy pensando en la cultura y su promoción, e incluso en aspectos vinculados al respeto medioambiental.

Lo primero tiene que ver con la defensa de un legado cultural de cierta enjundia, compartido con otros Estados. Rusia, Turquía o Irán lo están logrando, promocionando una determinada lengua, valores y religión (al menos en el sentido huntingtoniano -más sociológico que ideológico- del término) con políticas adicionales de becas para estudiantes universitarios que pueden acudir a los mejores centros de esos tres Estados. Habría más ejemplos, pero creo que éste es útil a efectos didácticos.

Lo segundo, tiene que ver con la creciente sensibilidad hacia el cambio climático, asunto sobre el cual se están posicionando todas las grandes potencias. Pero que, más allá de ello (en sí mismo relevante) implica consecuencias para terceros. Por ejemplo, el calentamiento global afecta al Ártico, como todo el mundo sabe… pero también al Sahel… como casi nadie recuerda. Generando problemas adicionales en la relación entre tribus locales, que desestabilizan más, si cabe, las relaciones entre ellas y las internacionales. La adopción de ciertos posicionamientos a favor o en contra de ciertas políticas puede contribuir de modo decisivo a que muchos de los Estados afectados tiendan a alinearse con quien adopte la decisión más adecuada, sin que medien ni disuasiones militares ni amenazas de sanciones económicas.

De este modo, la fórmula inicial quedaría como DI2MEP. Es decir: D(iplomacia), I(nformación), I(nteligencia), M(ilitar), E(conomía) y P(ersuasión). Aunque también podría plantearse como DI2ME-P (con un guión) o como DI2ME+P (con un signo +).

La necesidad de añadir al DIME un prefijo: el papel de la sociedad y de las instituciones como instrumentos de poder.

Hasta aquí. Hemos tomado conciencia de que el DIME clásico merece ser matizado y completado, para acercarnos a los retos planteados por el mundo globalizado. Pero lo hemos hecho partiendo de la corrección del concepto básico empleado en la Guerra Fría. Un momento en el cual la competencia entre potencias era tan fuerte, que todas las energías de cada sociedad (o, al menos, de las dos que lideraban el pulso) quedaban subordinadas a ese fin. Tanto, que la caída de alguna de esas energías podía ser (y de hecho fue) la catalizadora del final del pulso: la URSS se hundió sin pegar un tiro entre los dos colosos (los de Afganistán, por los de Vietnam, pero eran guerras libradas a través de proxies). Un caso, como poco, curioso, si atendemos a la larga crónica de la historia de la Humanidad. Aunque, como tantas otras cosas que han sucedido en los últimos lustros, bastantes analistas lo han asumido como una fatalidad más de la historia, sin modificar sus propios marcos teóricos.

Sin embargo, esa no es la apuesta que aquí se defiende. Por el contrario, hay autores que, al albur de esos sucesos, y de otros similares, sí que han removido los fundamentos del realismo. Pensemos en el caso de Schweller (aunque valdría otros realistas neoclásicos, y estoy pensando sobre todo en Fareed Zakaria).

Lo que plantean es que un Estado no puede ejercer su poder (o no completamente), de facto, cuando existen determinados problemas internos. Esto es así, en la medida en que tales problemas inhiben su capacidad de reacción. Dicho con otras palabras, el problema surge cuando ciertos déficits internos impiden que un Estado actúe tal como debería, de acuerdo con sus propios cálculos, en función de la presencia de algún riesgo o amenaza. El caso típico tratado por Schweller (aunque también trabaja otras variantes) es el underbalancing. Entre esas otras variantes está también la sobrerreacción, tantas veces auspiciada por problemas de política interna.

Es interesante porque, en verdad, la URSS cae (implosiona) debido a problemas internos. Tan graves, que ya no le permiten exprimir el resto de sus instrumentos de poder, pese a seguir siendo una potencia en términos de DIME clásico. En otras circunstancias, no sería imposible pensar en una recuperación económica auspiciada por la propia competencia estratégica (no fue otro el motor del auge del nazismo, pocos años antes). Pero, ante una Federación de Repúblicas que se estaba deshilachando por momentos, a un ritmo similar al que lo hacía el discurso teórico marxista-leninista, que hasta entonces actuó como cemento social (sería muy interesante analizar la correlación entre el hundimiento del marxismo y al auge de los nacionalismos periféricos); ante el creciente descontento popular, avalado por el reflejo -en nuestro espejito mágico digno de Blancanieves- del bienestar creciente de la ciudadanía occidental; y ante los niveles de corrupción “sistémica”, ya insoportables a mediados de los años 80… ante este cúmulo de problemas internos, unos de corte más institucional y otros de tipo social… cualquier tentativa de recuperar el aliento resultaba poco verosímil.

Sean cuales sean los ejemplos propuestos, los realistas neoclásicos apuntan que aspectos como la fragmentación social, o la falta de cohesión entre las elites, o la persistencia de instituciones inadecuadas, constituyen una rémora (o un conjunto de rémoras, si se acumulan espaciotemporalmente) que dificulta(n) el despliegue de las opciones teóricamente existentes. Incluso las que están depositadas en instrumentos de los que ya se dispone. Del mismo modo, pero en sentido inverso, Estados que se acerquen más a la situación ideal (asumiendo que el ideal es apenas un imperativo kantiano) podrán explotar más y mejor (o, simplemente, podrán explotar) el resto de los instrumentos de poder.

Sin embargo, aparentemente, este tipo de cosas se han dado por sentadas… cuando están entre las menos evidentes (pensemos en la hipoteca que para Rusia es tener Siberia “invadida” por trabajadores chinos; o para China el conflicto con los iugures, los tibetanos o los manchús). Esta circunstancia sí fue valorada, en todo caso, por algunos expertos que, en los años 90 del siglo XX fundamentaban de este modo (un tanto a contraluz) las posibilidades de que el mundo fuese unipolar, al menos durante algunos años (Mastanduno, 1997).

Como quiera que, además, el poder es en última instancia un todo integrado, la acumulación de problemas en esas variables internas, simplemente, impide ejercerlo. Por lo cual, es necesario que en el modelo DIME se añadan, como precondiciones, pero también como instrumentos en sí mismos (en la medida en que se goce de esos instrumentos en mayor o menor medida) tanto la fortaleza y adecuación de las instituciones de cada Estado, como los niveles de cohesión social. Para ello podemos emplear las siglas “I”, para I(nstituciones internas) y “S”, para S(cohesión social).

A fin de poder integrarlos en el modelo, la propuesta sería plantear un esquema final del siguiente tipo ISDI2MEP. Aunque, jugando con los mismos formatos propuestos unos párrafos más atrás., podría plantearse como IS-DI2ME-P (con guiones entre cada uno de los tres “packs” conceptuales) o como IS+DI2ME+P (con sendos signos de suma, por el mismo motivo).

Conclusiones

El DIME constituye una herramienta analítica adecuada para generar una radiografía del poder de cualquier actor, especialmente útil para el análisis del poder de los Estados.

Su utilidad principal reside en que nos obliga a tomar en consideración aspectos no militares del poder, sin descuidar por ello los militares. De este modo, el DIME se adapta a lo exigido por teoría del poder muy exigentes, del tipo de las que surgen a partir de los años 50 en ámbitos como la ciencia política.

La versión inicial, surgida al albur de la Guerra Fría, tiene algunas limitaciones. Existe plena conciencia de ello en círculos de expertos, civiles y militares. Especialmente entre los occidentales.

La tentativa de emplear el DIME a efectos de evaluación del policy-making puede ser útil para medir empíricamente su aplicación en conflictos concretos, pero tiende a ocultar el poder acumulado por cada Estado en el espectro más amplio del DIME. Para evitar ese sesgo, es necesario seguir planteando una visión amplia de esos instrumentos (sean o no empleados en un momento determinado) con la mirada puesta en la comprensión del poder de cada Estado.

La necesidad de introducir nuevos instrumentos de poder en el DIME es perentoria. Pero debe hacerse buscando un equilibrio entre la profusión de variables (que podría generar confusión) y la conveniencia de no perder información.

La mejor opción pasa por enriquecer el contenido analizable para algunos de los instrumentos ya existentes (v.gr. Finanzas vs. Economía); por realizar algunas adiciones “quirúrgicas”, que aporten pluses fácilmente comprensibles (de la I de I(nformación) a la I2 de I(nformación) + I(nteligencia) y por añadir algún nuevo instrumento que haga referencia al modo en el que se maneja la competencia en el ámbito del soft power, que aquí hemos agrupado en torno a la P(ersuasión), y que puede agrupar diversos recursos, desde el Law Enforcement a la promoción de valores, culturas y estilos que serán medidos en el pantanoso ámbito de la pugna por la legitimidad.

No es concebible plantear un análisis de los instrumentos de poder sin que esa radiografía incluya los factores internos que lo facilitan o inhiben. Los diversos niveles de fragmentación social o de cohesión de las elites, no menos que la estructura institucional del Estado, constituyen, de acuerdo con la mejor literatura de las relaciones internacionales, hándicaps de cuyo análisis no se puede prescindir. De hacerlo, Sun-Tzu se removería en su tumba (aunque a etas alturas ya debe estar muy mareado). Para integrarlo en el marco de un DIME “plus” de modo ordenado, propongo emplear las siglas IS por I(nstituciones internas) y S(ocial cohesion).

De este manera, hemos evolucionado, de modo argumentado, de un DIME clásico, a un IS+DI2ME+P

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Josep Baqués

Josep Baqués es Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Barcelona y Subdirector de Global Strategy

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