• Buscar

Apuntes sobre la gran estrategia de Estados Unidos

Global Strategy Report, 33/2020

Resumen: La situación geopolítica actual, dominada por la competición estratégica entre las grandes potencias, aconseja pensar en términos de gran estrategia, un concepto que en el caso de Estados Unidos supone la plena articulación de la política exterior y la seguridad nacional. La gran estrategia estadounidense precisa contrarrestar las aspiraciones hegemónicas de China y, al mismo tiempo, hacer frente al revisionismo o revanchismo ruso, concentrando su atención en la región del Indo Pacífico donde radican los intereses esenciales de Washington a medio y largo plazo.

Geopolíticamente, una vez superada la crisis del COVID-19, los cambios pueden acelerarse y acabar siendo significativos, pero las derivadas reales están todavía por concretarse. La gran estrategia que acabe adoptando finalmente Estados Unidos dependerá en gran medida de la gravedad de los daños que experimente su economía, en comparación con los que sufra el gigante asiático. El resultado puede traducirse en una mayor o menor implicación de Estados Unidos en los asuntos globales, de tal forma que las dos opciones más probables de gran estrategia para Washington se corresponden con la tradicional hegemonía, liberal o no liberal, y con la denominada restricción o moderación, sin descartar una pragmática combinación entre ambas.


Donde todos piensan igual, nadie piensa mucho.

                                                                                                               Walter Lippmann

El concepto de gran estrategia                                             

El uso del término estrategia[1], que ya vale prácticamente para todo, no ayuda a comprender su significado[2]. Una palabra que se puede aplicar a numerosas y dispares situaciones, desde la dirección de una gran operación militar a la disposición en el campo de los jugadores de un equipo de fútbol, acaba perdiendo su fuerza original. Quizás por eso, en nuestros días no faltan las opiniones que consideran el pensamiento estratégico como una experiencia relativamente estéril. Si encima tiramos por elevación y nos referimos a un concepto esquivo, como es la gran estrategia, el asunto se complica aún más.

Según la definición clásica de Liddell Hart, se entiende por gran estrategia, “la que coordina y dirige todos los recursos de una nación, o de un grupo de naciones, hacia la consecución del objeto político de la guerra”[3]. Hoy en día existe una visión de gran estrategia más amplia y menos asociada con la dirección de la guerra, una idea que resulta más identificable políticamente para la opinión pública y que puede asociarse con la consecución de las grandes metas del Estado. Según Hal Brands, “una gran estrategia es una teoría o lógica que vincula los más altos intereses de un país a sus interacciones cotidianas con el mundo”[4].

La realidad es que el concepto de gran estrategia no resulta fácil de asimilar. Al tratarse de un asunto de alta política, pero con un marcado componente académico, existe una gran variedad de definiciones que encierran matices y sutiles variaciones por parte de los estudiosos. Para Colin Gray[5], la gran estrategia es “el empleo intencionado de todos los instrumentos de poder disponibles para la seguridad de una comunidad”. Robert J. Art[6] considera que los elementos no militares no forman parte de la gran estrategia, mientras que Christopher Layne[7] la define como “el proceso por el que el Estado enlaza los fines con los medios disponibles para conseguir la seguridad”.

La gran estrategia combina el análisis de lo que sucede en el escenario internacional, y sus efectos sobre el Estado en cuestión, con las acciones que este debe emprender para alcanzar sus intereses esenciales teniendo en cuenta todos los medios a su disposición, en un mundo que es, por definición, cambiante[8]. Una cosa sí parece clara. Lo que caracteriza verdaderamente a la gran estrategia es su carácter superlativo; de hecho, uno de los problemas de la gran estrategia se produce cuando no es suficientemente ambiciosa[9]. Los actores y los recursos que intervienen, los objetivos que se pretenden y el dilatado ámbito temporal para alcanzarlos determinan su calificación como grande[10]. Para las naciones intermedias, la gran estrategia presenta en la práctica una amplia coincidencia con la seguridad nacional. En el caso de las grandes potencias, su gran estrategia va más allá, armonizando la plena articulación de la política exterior con la seguridad nacional.

Las dificultades a la hora de diseñar una gran estrategia son entendibles en los tiempos actuales. Los problemas que apremian a las sociedades modernas son muy complejos y buena parte de los líderes políticos dedican su tiempo a tratar los síntomas de los problemas; raras veces tienen el tiempo o los recursos para pensar a largo plazo o para afrontar las raíces o las consecuencias de los problemas estratégicos y poder así moldear el futuro de acuerdo con los intereses del Estado que representan. La enorme exigencia y la plena dedicación, imprescindibles para afrontar la terrible crisis derivada de la pandemia del COVID-19, ejemplifica con toda claridad la presión de la gestión diaria en la agenda de los líderes políticos de numerosos Estados.

Sea por las complicaciones de todo tipo o por la proliferación de riesgos y amenazas, en nuestros días no es fácil pensar en términos de gran estrategia. El pensamiento estratégico de alto nivel parece dominado, al menos el occidental, por la teoría política de la “extinción de incendios”. Cada día presenta un conjunto de urgencias que complica la aplicación integrada de una estrategia de alto nivel, ya que es preciso atender a diferentes asuntos según van surgiendo. Lo anterior se traduce en que, en nuestro entorno, no es fácil identificar la gran estrategia de cada Estado; algo que no parece tan evidente en el caso de China y Rusia que sí parecen saber a dónde quieren ir[11] a medio plazo en sus ambiciones, hegemónicas, a nivel regional al menos en el caso de Pekín, o revisionistas, o revanchistas, en el de Moscú.

La dificultad a la hora de poner en práctica una gran estrategia no cambia el hecho de que sin una clara finalidad política superior, sin una adecuada priorización de riesgos que permita gestionar eficazmente los recursos, siempre insuficientes, y sin un continuo impulso en la dirección general que se pretende alcanzar, es difícil abandonar las respuestas discontinuas, lo que puede derivar en la confusión de las amenazas transitorias con las amenazas existenciales y en la amalgama de los intereses transitorios con los intereses existenciales de un Estado. Sin una gran estrategia no resulta sencillo separar con nitidez lo que verdaderamente importa de lo que debería importar menos. Sin una gran estrategia, el devenir de una nación puede acabar convirtiéndose en “un camino hacia ninguna parte”.

Elementos imprescindibles de una gran estrategia

En primer lugar, como asunto de Estado, una gran estrategia requiere un amplio apoyo político y suficiente estabilidad temporal y para tener sentido debe contener al menos tres aspectos fundamentales: una visión a largo plazo que permita entender el estado final que se quiere alcanzar; una hoja de ruta para conciliar los fines deseados con los medios y recursos disponibles, y un proceso para analizar y canalizar las relaciones con los demás actores que intervienen. Estas tres características deben permitir la adaptación a los cambios que inevitablemente se producirán en el escenario estratégico y la superación de los contratiempos que toda gran estrategia experimenta durante el tiempo que permanece activa.

En segundo lugar, en nuestros días la gran estrategia va más allá del poder militar, pero éste continúa siendo un factor de gran importancia y su utilidad debe ser bien entendida. Los dirigentes políticos, que al final son los que toman las decisiones, deben conocer en profundidad qué supone recurrir al uso de la fuerza militar, qué puede y qué no puede conseguirse con su aplicación. El poder militar tiene sus limitaciones, no puede resolver cualquier situación, ni puede hacerlo de forma inmediata. En definitiva, es muy importante tener claro qué resultado se pretende conseguir antes de decidir si la fuerza militar debe tomar parte o no[12].

En tercer lugar, toda gran estrategia gira en torno a la historia que un Estado quiere contar para que prevalezca. Es, por tanto, esencial disponer de un relato sólido y políticamente atractivo para que acabe siendo realidad, tanto interna como externamente. Cada gran estrategia necesita presentar una narrativa propia, un mensaje consistente y coherente que pueda imponerse al discurso del adversario, sea un poder revisionista o revanchista como Rusia, uno con afanes hegemónicos como China, o un fenómeno de terrorismo o insurgencia global como el Daesh. Por ejemplo, en la contención del autoproclamado “califato”, al final fue tan importante la acción militar para impedir su expansión y conseguir la degradación de sus capacidades, como el combate ideológico para disminuir el atractivo del mensaje yihadista.

En cuarto lugar, el éxito estratégico al combatir los desafíos, riesgos y amenazas a los que nos enfrentamos en la actualidad es difícil de medir, lo que constituye un serio problema porque toda gran estrategia debe contar con un mecanismo para medir su progreso y así poder cambiarla o adaptarla en caso necesario. Cuando no se dispone de un proceso objetivo para determinar si una gran estrategia está dando realmente frutos o no, la respuesta puede acabar siendo la multiplicación o la reiteración de los esfuerzos. El empecinamiento en el nivel de la gran estrategia es un camino tortuoso que puede convertirse en un error mayúsculo. Lo sucedido en las recientes guerras de Irak y Afganistán es un claro ejemplo.

En quinto lugar, reflexionar sobre la gran estrategia del resto de los actores presentes en el tablero internacional reviste gran importancia. Salvo en el caso de una primacía absoluta, concebir una gran estrategia sobre la base exclusiva de los intereses propios es una equivocación ya que cualquier adversario o contendiente tiene asimismo intereses vitales que deben ser contemplados; no hacerlo puede desembocar en que la única salida posible sea el enfrentamiento. A grandes rasgos, fue lo que sucedió en 1914, un absurdo estratégico basado en meros automatismos que dejaron de lado los verdaderos intereses de cada potencia y acabaron desencadenando la Gran Guerra, aquella guerra que “nadie ganó”, y que según el presidente estadounidense Woodrow Wilson iba a “acabar con todas las guerras”.

Para movernos en un terreno menos teórico, se exponen a continuación unos apuntes en relación a la gran estrategia de Estados Unidos que, aunque empieza a mostrar señales de debilitamiento en su liderazgo estratégico, continúa siendo indiscutiblemente una superpotencia[13].

Algunas realidades estratégicas de Estados Unidos

Incluso antes de la aparición de la terrible pandemia del coronavirus, el mundo ya había cambiado notablemente para Estados Unidos: el escenario unipolar ya había dejado de existir, y la competición entre las grandes potencias ya había sustituido al terrorismo como la principal preocupación de la seguridad estadounidense. La forma en que Washington está enfrentando la pandemia del COVID-19 parece mostrar el debilitamiento de su capacidad de influencia en el mundo que tradicionalmente se había basado en asumir un papel de liderazgo en la resolución de los grandes desafíos. Esta situación, inédita en las últimas décadas, pone de manifiesto, para algunos, las debilidades de Estados Unidos como poder global y sus dificultades para adaptarse a un mundo muy diferente al que se había acostumbrado.

Puede que Estados Unidos ya no sea aquella nación que Madeleine Albright calificó no hace demasiado tiempo como “indispensable”, pero no cabe duda de que se mantiene como una gran potencia. Washington conserva una enorme influencia estratégica, aunque ya no controla indiscutiblemente el escenario mundial como durante los veinte años que siguieron a la desaparición de la Unión Soviética. En palabras de Fareed Zakarias: “el mayor error cometido por Estados Unidos durante su momento unipolar fue simplemente dejar de prestar atención al resto del mundo”[14].

También debemos tener en cuenta que en un sondeo llevado a cabo por el Centro de Investigación Pew, en abril de 2016, el 57% de los estadounidenses opinaban que su país “debe lidiar con sus propios problemas y dejar que los demás lidien con los suyos lo mejor que puedan”[15]. Sin embargo, un estudio más reciente, llevado a cabo por el Chicago Council en 2019, llega a la conclusión de que siete de cada diez estadounidenses son partidarios de que su país desempeñe un papel activo en los asuntos globales. Este nivel de apoyo está cerca del máximo alcanzado en los 45 años que este organismo lleva haciendo esta encuesta. Asimismo, según este estudio, la mayoría -en los porcentajes que se señalan- considera que preservar las alianzas militares con otros países (74%), mantener la superioridad militar (69%) y el estacionamiento de fuerzas estadounidenses en los países aliados (51%) contribuye a la seguridad de Estados Unidos[16].

En diciembre de 2017, la Administración Trump publicó la vigente Estrategia de Seguridad Nacional (ESN 2017) que sustituyó a la de febrero de 2015 y que conceptualmente es lo más parecido que podemos encontrar a la actual gran estrategia de Estados Unidos. Aunque no faltan quienes piensan que la política exterior estadounidense parece estar basada en movimientos tácticos y a corto plazo y que resulta complicado identificar una doctrina Trump[17], los cuatro pilares de su America First constituyen un programa político reconocible que quedó plasmado en gran medida en la ESN 2017. El documento desarrolla los cuatro principios siguientes: proteger a la población, el territorio y el estilo de vida estadounidenses, lo que implica una seguridad extrema en sus espacios de soberanía; promover la prosperidad de EE. UU. a través de un fuerte nacionalismo económico; preservar la paz a través de la fortaleza, manteniendo la actual superioridad militar sobre sus potenciales adversarios, e impulsar la influencia global de Estados Unidos.

Como suele suceder tampoco escasean las voces críticas. Creo que bastará con exponer tres. En opinión del almirante Stavridis, la ESN 2017 refleja un conjunto de ideas tradicionales en las relaciones internacionales y podría haber sido promulgada por una administración presidida por Hillary Clinton[18]; David Frum, por su parte, considera que carece de valores[19], y Rebecca Friedman Lissner asegura que el documento no es en realidad una gran estrategia ya que no consigue alinear los fines con los modos y los medios, no prioriza los objetivos y no transmite la intención del presidente.[20]

En los mentideros políticos de Washington, reina un infrecuente consenso en que Estados Unidos tiene importantes y complejos asuntos domésticos que resolver y que en el exterior debe atender prioritariamente a la región del Indo Pacífico[21], mostrando una mayor firmeza hacia China para preservar los intereses estadounidenses. Por mucho que la nueva Administración Trump haya llegado cargada de incertidumbres y que a veces parezca inclinada a no despejar algunas dudas, la prioridad estratégica de Estados Unidos está firmemente anclada en la región del Indo Pacífico. Se trata de una decisión estratégica ya tomada y que tiene pleno sentido geopolítico, por lo que es altamente improbable que sea puesta en cuestión a corto plazo. Puede que Trump sea un presidente poco convencional, pero, al margen de los aspectos superficiales de su actuación, la política exterior de Washington -en cuya articulación intervienen diversos estamentos- puede considerarse hasta el momento previsible y bastante tradicional[22]. Para los Estados Unidos, la necesidad de concentrar sus esfuerzos en la región del Indo Pacífico no tiene geopolíticamente vuelta atrás. La constatación de esta prioridad ha sido percibida por algunos como un paulatino abandono de los asuntos de Oriente Medio y de Europa por parte de Washington.

Salvo en el innegociable sostenimiento a ultranza del Estado de Israel, Oriente Medio parece estar llamado a ir perdiendo importancia estratégica para Washington, debido a que Estados Unidos ya ha alcanzado y mantendrá la plena independencia en asuntos de seguridad energética. La actual revolución en la obtención de fuentes de energía liderada por Estados Unidos parece conducirle hacia una realidad diferente, una era de abundancia de recursos energéticos y a un precio asequible[23]. Aunque el desplome del precio del petróleo, consecuencia del parón en la actividad económica causado por la pandemia del coronavirus, ha afectado seriamente a la fracturación hidráulica en Estados Unidos, los expertos en seguridad energética estiman que se trata de un cambio coyuntural, no estructural. La incuestionable realidad, es que, en el año 2008, Estados Unidos producía unos 5 millones de barriles de petróleo al día, alcanzando en 2019 la cifra de 12,3 millones de barriles diarios[24].

La política exterior estadounidense en relación a su alianza estratégica con Europa tiene una gran importancia en la definición de su gran estrategia. En relación a la OTAN, la Administración Trump pareció centrarse al principio de su mandato en una visión economicista del asunto, más enfocada en el reparto de las cargas entre los aliados que en la idea primordial del vínculo transatlántico. Los malos augurios asociados a esta percepción no se han confirmado plenamente, aunque la reciente ratificación por parte del presidente Trump de su intención de retirar 9500 efectivos estadounidenses de Alemania, no contribuye precisamente a la estabilidad de la comunidad euroatlántica.

En cualquier caso, la Alianza Atlántica, al margen de la reconocida necesidad de reforzar su dimensión política, goza de buena salud estratégica ya que sigue cumpliendo su finalidad esencial, que no es otra que garantizar los intereses de seguridad de los aliados[25]. Para hacer frente, simultáneamente, a los afanes de hegemonía -de momento regional- del poder emergente chino y al revisionismo o revanchismo de una Federación de Rusia que sigue mostrando una notable resiliencia, Estados Unidos no puede prescindir del capital político que representa una Alianza Atlántica con treinta Estados miembros, muy especialmente si se afianzase el actual acercamiento estratégico entre China y Rusia. En el caso del gigante asiático, el interés de Washington pasa de momento por aumentar la concienciación de la OTAN sobre las “oportunidades y desafíos” que supone el poder emergente de China, tal y como quedó reflejado en el comunicado final de la reunión de líderes aliados celebrada en Londres el pasado diciembre.

Es importante racionalizar que la animadversión entre Estados Unidos y China no tiene un carácter ideológico, sino comercial y tecnológico; se trata de una competición geopolítica y geoeconómica a una escala difícil de imaginar[26]. La pugna comercial y tecnológica, con el reiterado intercambio de represalias arancelarias y técnicas, a la que venimos asistiendo, junto a las exigentes peticiones por parte de Washington para que los países europeos se alejen de la tecnología china, son claros ejemplos de ello. Una de las claves de esta rivalidad radica en el imparable y acelerado proceso de digitalización en el que estamos inmersos, un factor estratégico de capital importancia. A finales del pasado abril, cinco grandes empresas tecnológicas: Microsoft, Apple, Amazon, Alphabet y Facebook, alcanzaron en plena crisis del COVID-19, el 20% de la capitalización del S&P 500; la cifra es ciertamente astronómica y supone la consolidación de un cambio descomunal en la economía productiva a escala planetaria.

Otra evidente fortaleza estratégica de Estados Unidos es la representada por la posición dominante de la Reserva Federal de Estados Unidos a escala global, el dólar, el llamado “privilegio exorbitante”, pone a su disposición una poderosa herramienta geopolítica. El entorno de profunda recesión, consecuencia de la pandemia del coronavirus, en el que ya se encuentran inmersas numerosas economías del planeta, seguramente no hará más que incrementar la fuerza de la moneda estadounidense. La realidad es que Washington, al margen de otros problemas económicos, puede emitir la deuda que necesite ya que su divisa seguirá, previsiblemente, actuando como valor refugio del capital internacional[27].

Entre las circunstancias que modulan el pensamiento estratégico de Estados Unidos, hay otro aspecto fundamental: su poder militar sigue siendo incontestable. La entidad de sus fuerzas convencionales y nucleares, su experiencia de combate y su superioridad tecnológica le confieren un predominio innegable. La previsión es que esto seguirá siendo así en los próximos años. Ni China, ni Rusia, están en disposición de cuestionar esta superioridad a corto plazo a escala global, a pesar del innegable incremento de sus capacidades militares. China, señalada habitualmente como el relevo al dominio estadounidense, es de momento un gigante económico, pero en nuestros días la fortaleza económica ya no se traduce automáticamente en poder militar como sucedía normalmente en el pasado, lo que significa que “ahora es más difícil que los aspirantes a convertirse en un poder a gran escala lo consigan y al mismo tiempo ya no es tan fácil una súbita declinación de un poder hegemónico establecido”[28].

Tarde o temprano, y dejando al margen la gran incógnita que supone la India, inmersa actualmente en un amplio programa de potenciación de sus capacidades navales, y asimismo opuesta a la expansión china en el océano Índico, Estados Unidos debe implementar una gran estrategia para detener la cada vez más obvia intención china de reafirmación en la región del Indo Pacífico y las intenciones de consolidación rusa en sus zonas de influencia. Tanto Pekín como Moscú seguirán avanzando mientras no encuentren una firme resistencia[29]. El fortalecimiento simultáneo del poder militar de Rusia y China les concede renovadas opciones estratégicas[30] y representa un desafío cada vez mayor para Estados Unidos.[31]

Opciones para la gran estrategia de Estados Unidos

Antes de entrar en materia, es preciso reseñar que, en términos meramente académicos, el número, variaciones y matizaciones sobre posibles grandes estrategias, definidas, analizadas y agrupadas de formas distintas por numerosos expertos y analistas -mayoritariamente anglosajones-, resulta algo desconcertante y no es fácil encontrar una sistematización plenamente aceptada de las diferentes alternativas. En este asunto, bien puede asegurarse que “cada maestrillo tiene su librillo” y, también, que como nos enseñó Cervantes “algunas cosas, más que otras, están sujetas a continua mudanza”. Digo esto, para señalar que lo que sigue a continuación son tan solo unos apuntes huérfanos de pretensiones, para tratar de arrojar algo de luz sobre tan enmarañado asunto. Desentrañar la gran estrategia que seguirá Estados Unidos en los próximos años es un asunto de marcado interés para el resto de los actores internacionales.

A grandes y simplificadores rasgos, vamos a considerar que la relación estratégica de un Estado respecto a otro puede adoptar dos formas básicas: impedirle que haga o deje de hacer algo, y tratar de progresar juntos. Cada una de estas aproximaciones -negación o cooperación- puede dar lugar a grupos diferentes de grandes estrategias. Las estrategias de negación, propugnadas por el neorrealismo ven un permanente conflicto entre los Estados y ponen el énfasis en que el poder determina el resultado; así para impedir que otro Estado alcance sus objetivos hay que ser más fuerte que él. Las grandes estrategias de cooperación, defendidas por el neoliberalismo, sostienen que los seres humanos comparten unas creencias y valores básicos y tratan de impulsar mediante diferentes acciones los intereses que pueden ser compartidos por el otro Estado, y también, en su vertiente institucionalista, mantienen que las relaciones internacionales tienen una estructura propia que determina la forma de actuación de los Estados; es decir, las instituciones son necesarias porque pueden facilitar el desenlace racional de una controversia[32].

Barry R. Posen y Andrew L. Ross, describieron en el invierno de 1996/1997 cuatro posibles grandes estrategias para los Estados Unidos tras la Guerra Fría[33]: neoaislacionismo; compromiso o enfrentamiento selectivo; seguridad cooperativa, y primacía. En el año 2003, Robert J. Art[34], añadía otras cuatro posibles grandes estrategias para Estados Unidos: seguridad colectiva global; seguridad colectiva regional; contención, que tan buen resultado alcanzó frente a la Unión Soviética durante la Guerra Fría, y la denominada offshore balancing que podríamos traducir como contrapeso o contención desde ultramar.

Más recientemente, conocidos académicos han elaborado con amplitud[35] dos alternativas para una nueva gran estrategia que conceptualmente se basa en llevar a cabo una reducción global; es decir que Estados Unidos debe hacer “menos cosas” en el mundo; en inglés el término usado es retrenchment. En el año 2014, el ya citado Barry R. Posen propuso[36] una gran estrategia basada en la restricción o moderación (restraint, en inglés). Posteriormente, los profesores John J. Mearsheimer y Stephen M. Walt[37] han profundizado en la ya mencionada gran estrategia de offshore balancing.

Llegados a este punto es preciso clarificar la diferencia entre los términos primacía y hegemonía[38], y para ello seguiremos el razonamiento de Joseph Nye. Según este conocido profesor y politólogo, la primacía “implica que un país dispone de una desproporcionada y medible proporción de los recursos militares, económicos y de poder blando a escala global”, mientras que “la hegemonía puede considerarse como la habilidad de establecer las reglas del sistema internacional y también como la capacidad de controlar buena parte de los recursos que determinan el poder”[39]. Con estas proposiciones, parece que la época de la primacía de Estados Unidos, su momento álgido, ya ha llegado a su fin, mientras que la hegemonía seguiría siendo una meta, complicada, pero todavía factible para Washington. Por ello, dejaremos anclado en el desván de la historia el término primacía y nos centraremos en la hegemonía como una posible alternativa de gran estrategia estadounidense y en la que consideraremos dos variantes, la conocida y clásica hegemonía liberal o internacionalismo liberal, y la que se ha venido a denominar hegemonía no liberal que se diferencia de la primera en que no pretende extender la democracia ni los valores liberales por el mundo.

En base a lo anterior, y aunque algunos estudiosos reducen[40] o agrupan las alternativas señaladas, en aras de una mayor claridad conceptual y expositiva, vamos a considerar las siguientes nueve opciones de gran estrategia para Estados Unidos:

  1. Neoaislacionismo.
  2. Compromiso o enfrentamiento selectivo
  3. Seguridad cooperativa.
  4. Hegemonía.
  5. Seguridad colectiva global.
  6. Seguridad colectiva regional.
  7. Contención.
  8. Restricción o moderación.
  9. Offshore balancing.

De forma muy esquemática[41] y de acuerdo con las líneas generales descritas por Barry R. Posen y Andrew L. Ross, las cuatro primeras grandes estrategias posibles para Estados Unidos responden a las siguientes características generales[42]. El neoaislacionismo se fundamenta en el realismo defensivo, en no interferir en los asuntos de los demás. Su prioridad regional es América del Norte y defiende el uso de la fuerza en defensa propia. El compromiso o enfrentamiento selectivo, se basa en el balance del poder global y la coexistencia de las grandes potencias. Su prioridad regional es el Indo Pacífico y defiende el uso de la fuerza de forma discriminada. La seguridad cooperativa sigue con firmeza los postulados del liberalismo. Cree en la interdependencia del orden mundial y trata de limitar las capacidades militares de carácter ofensivo de los Estados. Su prioridad geográfica es global y defiende el uso de la fuerza en caso necesario.

La hegemonía es partidaria, en mayor o menor grado, del unilateralismo y propugna un orden mundial basado en la preponderancia de Estados Unidos y su liderazgo en el sistema internacional, incluyendo la intervención en conflictos regionales mediante el libre uso de la fuerza cuando sea necesaria para defender los intereses esenciales de Washington. En su variante liberal, conocida como internacionalismo liberal, considera que el liberalismo económico y político es algo bueno para todos los países y que la fuerza y el liderazgo de Estados Unidos debe emplearse para expandir la democracia y los valores del liberalismo, un planteamiento que sus detractores consideran ingenuo o un mero e interesado cálculo estratégico que solo se ha aplicado en determinados lugares y situaciones. Como ya se ha apuntado, la variante no liberal no pretende promover la expansión global de la democracia o de las ideas liberales. La prioridad geográfica de la hegemonía es la región del Indo Pacífico, pero también el territorio de cualquier competidor estratégico a los que Washington no estaría dispuesto a conceder el establecimiento de zonas de influencia.

De las cuatro primeras grandes estrategias -neoaislacionismo, compromiso o enfrentamiento selectivo, seguridad cooperativa y hegemonía-, podemos hacer tres descartes: el neoaislacionismo, el compromiso o enfrentamiento selectivo y la seguridad cooperativa, en base a las razones que se exponen a continuación.

En el primer caso, el neoaislacionismo es una opción demasiado arriesgada para Estados Unidos. Si abrazase el camino del aislamiento, el resto del mundo no se quedaría de brazos cruzados y procedería a crear un orden mundial diferente en el que la influencia de Washington sería menor y donde los asuntos internacionales en regiones clave podrían evolucionar en sentido contrario a los intereses estadounidenses[43]. En el caso del compromiso o enfrentamiento selectivo, nos inclinamos por su descarte ya que podría favorecer la creación de esferas de influencia, algo que tiene difícil encuadre en el vigente pensamiento estratégico de Estados Unidos dominado por la competición estratégica entre grandes potencias, una realidad que tiene un amplio respaldo político en Estados Unidos. Asimismo, incluso ante un cambio de administración el año que viene, podemos descartar la gran estrategia basada en la seguridad cooperativa por su marcada orientación liberal; su apuesta prioritaria por las relaciones diplomáticas como forma de mantener la paz en el mundo parece demasiado optimista para el escenario estratégico actual.

En definitiva, de las cuatro primeras opciones -neoaislacionismo, compromiso o enfrentamiento selectivo, seguridad cooperativa y hegemonía- mantenemos esta última, en sus variantes liberal o no liberal, como posible opción de gran estrategia estadounidense.

Los cuatro presidentes anteriores a Trump, persiguieron, de forma más o menos clara, la ya mencionada gran estrategia denominada hegemonía liberal o internacionalismo liberal y la opinión bastante extendida es que los resultados alcanzados fueron poco satisfactorios[44]. Sus numerosos críticos estiman que el internacionalismo liberal contribuyó a acelerar el declinar de Estados Unidos y destacan -además del fracaso en las guerras emprendidas con un enorme coste en vidas humanas y recursos financieros- el hecho de que esta gran estrategia no fue capaz de prevenir el auge del poder emergente de China.

Es de sobra sabido que la actual Administración de Estados Unidos no parece tener gran interés en exportar la democracia ni promover los valores liberales de Estados Unidos mundo adelante, así que la variante de hegemonía que reina actualmente en Washington, y que responde en gran medida a la doctrina del presidente Trump del America First, es la que se ha venido en denominar hegemonía no liberal. No obstante, considerando que en este año 2020 habrá elecciones presidenciales, no puede descartarse que una nueva Administración demócrata, en el caso de que Trump no resultase reelegido, no vuelva a inclinarse por una gran estrategia basada en la hegemonía liberal o internacionalismo liberal.

La opción de la hegemonía, liberal o no liberal, por descarnada que parezca, es una concepción estratégica plenamente articulada. En la práctica, supone una línea continuista en la gran estrategia de Estados Unidos en el siglo XXI ya que es muy parecida a la adoptada en buena parte del siglo XX y que bajo diferentes denominaciones y variantes busca garantizar la seguridad nacional, el bienestar económico y los valores que configuran el sistema de vida estadounidense, es decir, la defensa a ultranza de sus intereses vitales.

Por lo que respecta a las alternativas de seguridad colectiva global y seguridad colectiva regional, opciones quinta y sexta, pretenden mantener la paz en todo el mundo o en algunas zonas concretas, sobre la premisa de que un agresor potencial se abstendrá de llevar a cabo un acto hostil ante el temor a la reacción conjunta del resto de las naciones. Su carácter idealista y las dificultades para su puesta en práctica, desde las realidades de lo acontecido históricamente con la Sociedad de Naciones tras la Primera Guerra Mundial y las dificultades pasadas y presentes de Naciones Unidas para preservar la paz en el mundo, se traducen en que su viabilidad en nuestros días resulta cuestionable y, por tanto, al margen de su innegable atractivo teórico, no las consideraremos como posibilidades practicables.

Si continuamos el proceso de simplificación de opciones, la séptima opción, la gran estrategia de contención, diseñada por el diplomático George Frost Kennan para hacer frente a la URSS, se centra en mantener con firmeza la posición estratégica frente a la posible agresión de un Estado concreto. Aunque su éxito fue innegable en el caso de la Unión Soviética, en nuestros días presenta serias limitaciones que reducen su viabilidad. En primer lugar, porque el caso de China, debido a su interrelación con el resto de los actores internacionales, no es en absoluto comparable al de la Unión Soviética; ni se basa en un enfrentamiento ideológico ni el mundo actual tiene mucho que ver con el de los inicios de la Guerra Fría. En segundo lugar, sería necesario llevar a cabo algo extraordinariamente difícil, contener simultáneamente a China y Rusia en un entorno geopolítico de gran incertidumbre que incluye la posibilidad de que se intensifique el actual acercamiento estratégico entre ambas potencias.

Las grandes estrategias basadas en el concepto de reducción global, en las dos variantes que contemplamos, restricción o moderación y offshore balancing, abogan por disminuir el uso del poder militar estadounidense y cuestionan abiertamente la validez de la gran estrategia de hegemonía liberal aplicada por las últimas administraciones, al considerarla como ya se ha indicado responsable de un enorme despilfarro en estériles compromisos exteriores y guerras que no han servido a los intereses de Estados Unidos, más bien han acelerado su declinar.

Conceptualmente, la reducción global, asociada a la escuela realista de relaciones internacionales, asume que es posible una política exterior en la que Washington reduzca su compromiso con lo que sucede en el resto del mundo, abandonando buena parte de sus compromisos exteriores y definiendo sus intereses de forma restrictiva, para centrarse primordialmente en los aspectos que sean fundamentales para su seguridad. Una gran estrategia de reducción global aboga por reducir la presencia militar de Estados Unidos en el mundo, cuestionando en diferentes grados el sistema de bases a escala global y las alianzas actuales de Washington.

El profesor emérito de la Universidad de Princeton Robert Gilpin, en su libro War and Change in World Politics[45], advierte de las limitaciones de una gran estrategia basada en la reducción global con las siguientes palabras: “La reducción en su misma naturaleza es una indicación de una debilidad relativa y de declinación de un poder, y, por eso, puede tener un efecto negativo tanto en los aliados como en los rivales. Sintiendo el declinar de su protector, los aliados tratarán de alcanzar el mejor acuerdo con la nueva potencia emergente, mientras que los rivales se sienten impulsados a acelerar su ascenso y frecuentemente acaban precipitando un conflicto en el proceso”. Otros detractores de las estrategias de reducción global, detallan debilidades adicionales de estas opciones, al considerar que podrían desestabilizar seriamente a regiones como Europa y Asia, promover la proliferación nuclear, y sobre todo favorecer el afianzamiento de las esferas de influencia de Rusia y China. En realidad, el principal problema de estas grandes estrategias de reducción global es que no dan una respuesta clara a la situación actual centrada en la competición estratégica entre las grandes potencias, ya que supondrían conceder una aparente victoria a China en la región del Indo Pacífico.

Veamos algunas pinceladas específicas de las dos variantes de reducción global consideradas: restricción o moderación y offshore balancing. Ambas están de acuerdo en que Estados Unidos debe hacer “menos cosas” en el escenario mundial. Sin embargo, difieren en el nivel de compromiso con las organizaciones internacionales y con el sistema actual de alianzas. La principal discrepancia entre ambas es que la primera opción promueve recortar o reconsiderar el actual sistema de alianzas, mientras que la segunda es partidaria de que Washington las abandone prácticamente en su totalidad.

Una gran estrategia de restricción o moderación pretende en términos generales trasladar la idea de que Estados Unidos no es necesariamente una amenaza para otras grandes potencias, reconociendo un valor relativo a las organizaciones internacionales y asumiendo la realidad de un mundo multipolar. Este modelo considera que los poderes aéreo y naval de Estados Unidos deben predominar sobre el estacionamiento de unidades en el exterior. Según esta corriente, los Estados Unidos deben seguir el interés geopolítico permanente de mantener el balance de poder en Eurasia[46]. En definitiva, menos intervencionismo a escala global, más diplomacia y un juicio más equilibrado en las relaciones internacionales, no parece una mala aproximación[47]; obviamente, habría que pasar de la teoría a la práctica, algo que ya no parece tan sencillo.

Respecto a la novena posibilidad, la gran estrategia llamada offshore balancing, contrapeso o contención desde ultramar, se basa en que la privilegiada situación geopolítica de los Estados Unidos permitiría a Washington concentrarse a voluntad en sus prioridades estratégicas: seguir dominando el área atlántica, e impedir la consolidación de poderes hegemónicos en Europa, el noreste de Asia y el golfo Pérsico. Esta gran estrategia busca imposibilitar la emergencia de una potencia regional que ponga en cuestión la hegemonía estadounidense; para ello, promueve la cooperación con otros Estados que compartan la necesidad de frenar el auge de la potencia regional ascendente. Esto supondría, según sus defensores, que no sería necesaria una intervención directa de Washington a la hora de impedir el ascenso de una potencia emergente[48]. La principal debilidad de esta gran estrategia radica en que la realidad actual de China la convierte ya en algo más que una potencia emergente; pretender que Tokio, Seúl o Nueva Delhi desempeñen un papel significativo frente a China para garantizar la hegemonía de Estados Unidos, no resulta una opción demasiado realista y podría arruinar buena parte de la credibilidad de Washington en la región.

Por todo lo anterior, y ante la eventualidad de que las consecuencias geopolíticas de la crisis del coronavirus sean desfavorables para Estados Unidos, lo que podría forzar la necesidad de hacer “menos cosas” en la arena internacional, parece razonable mantener una opción de reducción global, prefiriendo, al ser más equilibrada, la gran estrategia de restricción o moderación sobre la denominada offshore balancing, contrapeso o contención desde ultramar.

En definitiva, y de acuerdo con los siete descartes realizados, Estados Unidos podría decantarse entre dos posibles grandes estrategias: hegemonía, en sus variantes liberal o no liberal, y restricción o moderación.

¿Qué gran estrategia acabará siguiendo Estados Unidos?

El presidente Trump ha alardeado en algunas ocasiones de ser impredecible; algo que, en opinión de Stephen M. Walt, “puede tener sentido en el deporte o en el póker, incluso en el campo de batalla, pero no puede considerarse una estrategia ganadora en la política exterior de una gran potencia”[49]. Hay quien piensa que los “erráticos” comportamientos y declaraciones del presidente Trump no contribuyen a consolidar la credibilidad de Washington. En asuntos estratégicos, la credibilidad reviste gran importancia y su erosión puede llevar a que cada vez más Estados dejen de confiar en las promesas o en las presiones de Estados Unidos dañando su capacidad de influencia y de disuasión[50].

A día de hoy, puede parecer complicado determinar en qué consistirá la gran estrategia de Washington y que corriente de pensamiento estratégico acabará imponiéndose a corto y medio plazo. Sin duda, también es muy posible una combinación pragmática entre la hegemonía, liberal o no liberal, y la restricción o moderación, una gran estrategia “formal” y otra “real”, porque en realidad estos rígidos encasillamientos tienen un componente académico que responde a planteamientos teóricos y en el mundo objetivo y concreto las cosas pueden tener un difícil encaje a la hora de seguir exactamente un modelo determinado. De hecho, ni siquiera faltan quienes consideran que para Estados Unidos tener una gran estrategia es “potencialmente contraproducente”. Al respecto, solo cabe parafrasear una célebre frase de Lewis Carroll en su inmortal obra Alicia en el país de las maravillas: “Lo malo de no saber a dónde vas es que cualquier camino te viene bien”.

¿Qué sucederá en los próximos meses? El pasado abril, Henry Kissinger resumía la terrible verdad a la que nos enfrentamos en estos calamitosos tiempos que nos ha tocado vivir: “La realidad es que el mundo nunca será el mismo después del coronavirus”[51]. La gran estrategia de Estados Unidos deberá adaptarse necesariamente al fluido escenario que resulte tras la superación de la brutal crisis del COVID-19. Como recordaba Francis Fukuyama recientemente, “las grandes crisis tienen grandes consecuencias, a menudo imprevistas”[52]. El modelo de liderazgo estratégico que Washington acabe eligiendo, con una mayor o menor implicación en los asuntos del resto del mundo, vendrá determinado por la profundidad de los efectos económicos que sufran Estados Unidos y China y del tiempo que necesiten para recuperarse plenamente. Esta realidad geopolítica, parece confirmar que las dos opciones más plausibles de gran estrategia para Estados Unidos se corresponden precisamente con la hegemonía, liberal o no liberal, y la restricción o moderación[53].

Conclusiones

Al margen de algunas consideraciones pragmáticas introducidas por la Administración Trump, como el menor o nulo interés en extender globalmente la democracia o los valores liberales, las líneas maestras de la gran estrategia actual de Washington siguen siendo las mismas que hace años: garantizar a toda costa su seguridad nacional, manteniendo su bienestar económico y los intereses que configuran y garantizan su sistema de vida. Para ello, debe limitar las aspiraciones geopolíticas inherentes a la expansión china y al revisionismo ruso, con especial atención a la región del Indo Pacífico que Estados Unidos considera vital para su futuro a medio y largo plazo.

El incuestionable poder militar estadounidense, el mantenimiento de su ya alcanzada independencia energética, su actual superioridad en el decisivo mundo de la digitalización y el “privilegio exorbitante” que supone el dólar, confieren a Estados Unidos una gran flexibilidad política y variedad de opciones a la hora de modular su pensamiento estratégico a corto y medio plazo para adaptarse a nuevas realidades y contrarrestar las grandes estrategias de China y Rusia que obviamente seguirán jugando sus cartas.

El escenario geopolítico que resulte tras la superación de la crisis del COVID-19 está aún por concretarse. En la nueva arena internacional, parece razonable considerar que, de los dos principales colosos contendientes, Estados Unidos y China, uno saldrá fortalecido en detrimento del otro, lo que confirmaría que las dos opciones más probables de gran estrategia para Washington se corresponden con la hegemonía, liberal o no liberal, y la restricción o moderación. La gran estrategia que Estados Unidos acabe finalmente eligiendo -de forma más o menos forzada- dependerá de la extensión de los daños comparativos que sufran las economías de ambos gigantes tras el devastador paso de la terrible pandemia que ha asolado el planeta.


[1] El Diccionario de la lengua española contiene tres acepciones para el término estrategia: 1. Arte de dirigir las operaciones militares; 2. Arte, traza para dirigir un asunto, 3. En un proceso regulable, conjunto de las reglas que aseguran una decisión óptima en cada momento.

[2] RUMELT, Richard, Good Strategy Bad Strategy: The difference and why it matters, Crown Business, New York 2011, p. 6.

[3] LIDDELL HART, Basil H. Strategy. Londres, Faber & Faber, 1967, segunda edición.

[4] BRANDS, Hal, “The Promise and Pitfalls of Grand Strategy”, U.S. Army War College, Strategic Studies Institute, August 2012.

http://www.strategicstudiesinstitute.army.mil/pdffiles/PUB1121.pdf.

[5] GRAY, Colin, War, Peace and International Relations: An Introduction to Strategic History (New York: Routledge, 2007), p. 283.

[6] ART, Robert J., “A Defensible Defense”, International Security 15, no. 4 (Spring 1991), p. 7.

[7] LAYNE, Christopher, “Rethinking American Grand Strategy: Hegemony or Balance of Power in the 21st Century,” World Policy Journal 15, no. 2 (November 1998), p. 8.

[8] KAHL, Colin, BRANDS, Hal, “Trump’s Grand Strategic Train Wreck”, Foreign Policy, January 31, 2017, http://foreignpolicy.com/2017/01/31/trumps-grand-strategic-train-wreck/.

[9] ROBERTS, Alasdair, “Grand Strategy Isn’t Grand Enough”, Foreign Policy, February 20, 2018, http://foreignpolicy.com/2018/02/20/grand-strategy-isnt-grand-enough/.

[10] PRATS i AMORÓS, Joan, “La práctica de la Gran Estrategia en Reino Unido y España”, Documento de Opinión 44/2017, 25 de abril de 2017, Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE),http://www.ieee.es/Galerias/fichero/docs_opinion/2017/DIEEEO44-2017_Estrategia_UK-Espana_PratAmoros.pdf.

[11] BECKSTRAND, Alex J.: “On American Grand Strategy”, RealClear Defense, March 10, 2020

https://www.realcleardefense.com/articles/2020/03/10/on_american_grand_strategy_115113.html.

[12] SMITH, Rupert, The Utility of Force, Penguin Books, Londres, 2006, p. 374.

[13] PEREDO POMBO, José María, “Bilateralidad”, La Razón, 15 de julio de 2017, http://www.larazon.es/blogs/politica/elecciones-usa-by-jose-maria-peredo/bilateralidad-EI15592745.

[14] ZAKARIA, Fareed, “The Self-Destruction of American”, Foreign Affairs, July/August 2019, https://www.foreignaffairs.com/articles/2019-06-11/self-destruction-american-power?utm_medium=newsletters&utm_source=fatoday&utm_content=20190827&utm_campaign=FA%20Today%20082719%20China’s%20March%20to%20Tech%20Supremacy%2C%20The%20Internet%20Freedom%20League%2C%20Iran’s%20Foreign%20Policy%20Priorities&utm_term=FA%20Today%20-%20112017.

[15] Pew Research Center, http://www.people-press.org/2016/05/05/public-uncertain-divided-over-americas-place-in-the-world/.

[16] The Chicago Council on Global Affairs, https://digital.thechicagocouncil.org/lcc/rejecting-retreat?_ga=2.151060985.1509355659.1588414149-454166500.1588414149.

[17] FRIEDMAN LISSNER, Rebecca, ZENKO, Micah, “There Is No Trump Doctrine, and There Will Never Be One”, Foreign Policy, July 21, 2017, https://foreignpolicy.com/2017/07/21/there-is-no-trump-doctrine-and-there-will-never-be-one-grand-strategy/?utm_source=Sailthru&utm_medium=email&utm_campaign=New%20Campaign&utm_term=Flashpoints

[18] STAVRIDIS, James, “Trump’s National Security Strategy Is Shockingly Normal”, Bloomberg View, 18 de diciembre de 2017, https://www.bloomberg.com/view/articles/2017-12-18/trump-s-national-security-strategy-is-shockingly-normal

[19] FRUM, David, “A National-Security Strategy Devoid of Values”, The Atlantic, December 12, 2017, https://www.theatlantic.com/politics/archive/2017/12/a-national-security-strategy-devoid-of-values/548219/

[20] FRIEDMAN LISSNER, Rebecca, “The National Security Strategy Is Not a Strategy”, Foreign Affairs, December 19, 2007, https://www.foreignaffairs.com/articles/united-states/2017-12-19/national-security-strategy-not-strategy?cid=nlc-fa_fatoday-20171219

[21] POSEN, Barry R, “Trump Aside, What’s the U.S. Role in NATO?”, The New York Times, March 10, 2019, https://www.nytimes.com/2019/03/10/opinion/trump-aside-whats-the-us-role-in-nato.html.

[22] ABRAMS, Elliott, “Trump the Traditionalist”, Foreign Affairs, July/August 2017, https://www.foreignaffairs.com/articles/united-states/2017-06-13/trump-traditionalist?cid=int-rec&pgtype=art.

[23] VICTOR, David G., YANOS, Kassia, “The Next Energy Revolution”, Foreign Affairs, July/August 2017,

https://www.foreignaffairs.com/articles/2017-06-13/next-energy-revolution?cid=nlc-fa_fatoday-20170721.

[24] BREMMER, Ian, “Why America’s Lasting Advantages May Allow the Country to Emerge Stronger After COVID-19, Time, May 7, 2020, https://time.com/5833422/us-advantages-coronavirus/.

[25] KUPCHAN, Charles, “NATO Is Thriving in Spite of Trump”, Foreign Affairs, March 20, 2019 https://www.foreignaffairs.com/articles/2019-03-20/nato-thriving-spite-trump?utm_medium=newsletters&utm_source=fatoday&utm_content=20190320&utm_campaign=FA%20Today%20032019%20NATO%20Is%20Thriving%20in%20Spite%20of%20Trump&utm_term=FA%20Today%20-%20112017.

[26] XUETONG, Yan, “The Age of Uneasy Peace”, Foreign Affairs, January/February 2019, https://www.foreignaffairs.com/articles/china/2018-12-11/age-uneasy-peace?cid=nlc-fa_fatoday-20181214.

[27] FORTUÑO, Marc: “El dólar un privilegio exorbitante para Estados Unidos”, El Blog Salmón, 22 de agosto de 2018, https://www.elblogsalmon.com/economia/dolar-privilegio-exorbitante-para-estados-unidos.

[28] BROOKS, Stephen G. and WOHLFORTH William C, “The Once and Future Superpower”, Foreign Affairs, April 13, 2016.

https://www.foreignaffairs.com/articles/united-states/2016-04-13/once-and-future-superpower.

[29] RATNER, Ely, “Course Correction”, Foreign Affairs, July/August 2007,
https://www.foreignaffairs.com/articles/2017-06-13/course-correction?cid=nlc-fa_fatoday-20170713.

[30] STAVRIDIS, James, “Growing Threats to the U.S. at Sea”, The Wall Street Journal, June 2, 2017, https://www.wsj.com/articles/growing-threats-to-the-u-s-at-sea-1496408086.

[31] PILLALAMARRI, Akhilesh, “How Asians Came to See the Seas and Naval Strategy Like the West”, The Diplomat, December 4, 2015,

http://thediplomat.com/2015/12/how-asians-came-to-see-the-seas-and-naval strategy-like-the nwest/?utm_content=buffer25574&utm_medium=social&utm_source=facebook.com&utm_campaign=buffer.

[32] LAYTON, Peter, “Rethinking US Grand Strategy”, Small Wars Journal, https://smallwarsjournal.com/jrnl/art/rethinking-us-grand-strategy

[33] POSEN, Barry R., ROSS, Andrew L. “Competing Visions for U.S. Grand Strategy”International Security. Vol 21, No. 3, Winter 1996–97, pp 3–51.

[34] ART, Robert J., A Grand Strategy for America, Cornell University Press, junio de 2003, Ithaca, United States.

[35] Brands, Hal, “Rethinking America’s Grand Strategy: Insights from the Cold War.” Parameters, vol. 45, no. 4, Winter 2015. p. 7 y siguientes.

[36] POSEN, Barry R. Restraint: A New Foundation for U.S. Grand Strategy. Cornell Studies in Security Affairs, 2014.

[37] MEARSHEIMER, John J., WALT, Stephen M., “The Case for Offshore Balancing”, Foreign Affairs, July/August 2016, https://www.foreignaffairs.com/articles/united-states/2016-06-13/case-offshore-balancing?cid=nlc-fatoday-20161228&sp_mid=53086948&sp_rid=ZmpheXVlbGFAbXNuLmNvbQS2&spMailingID=53086948&spUserID=MjEwNTExMjk2MjIyS0&spJobID=1065071969&spReportId=MTA2NTA3MTk2OQS2.

[38] Según el Diccionario de la lengua española, hegemonía es “una supremacía que un Estado ejerce sobre otros”, mientras que primacía es “superioridad, ventaja o excelencia”.

[39] NYE, Joseph S., “¿Hegemonía americana o primacía americana?”, Project Syndicate, Mar 9, 2015, https://www.project-syndicate.org/commentary/american-hegemony-military-superiority-by-joseph-s–nye-2015-03/spanish?barrier=accesspaylog.

[40] En 2014, Barry R. Posen simplificó su anterior propuesta de 1997 para dejarla reducida a dos alternativas de gran estrategia para Estados Unidos; hegemonía liberal que considera la unión de la primacía y la seguridad cooperativa, y la restricción o moderación que sería la resultante de fusionar el neoaislacionismo y el compromiso o enfrentamiento selectivo.

[41] PULIDO PULIDO, Guillermo: “La Gran Estrategia de Trump. Análisis de su política exterior y de defensa”, The Political Room, 4 de marzo de 2020,

https://www.thepoliticalroom.com/seguridad-defensa/la-gran-estrategia-de-trump-analisis-de-su-politica-exterior-y-de-defensa/.

[42] POSEN, Barry R.; ROSS, Andrew L., America’s Strategic Choices, Revised Edition en Competing Visions for U.S. Grand Strategy, p. 4. http://mitp-content-server.mit.edu:18180/books/content/sectbyfn?collid=books_pres_0&id=1240&fn=9780262522748_sch_0001.pdf.

[43] WALT, Stephen M., “The Global Consequences of Tump’s Incompetence”, Foreign Policy, July 18, 2017, https://foreignpolicy.com/2017/07/18/what-happens-when-the-world-figures-out-trump-isnt-competent-macron-europe/.

[44] WALT, Stephen M., “The End of Hubris”, Foreign Affairs, May/June 2019, https://www.foreignaffairs.com/articles/2019-04-16/end-hubris.

[45] GILPIN, Robert, War and Change in World Politics. Cambridge: Cambridge University Press, 1981.

[46] POSEN, Barry R., (2014). The Case for Restraint. In Restraint: A New Foundation for U.S. Grand Strategy (pp. 69-134). Cornell University Press. Retrieved May 1, 2020, from www.jstor.org/stable/10.7591/j.ctt5hh0db.8.

[47] KELLY, Robert E.: “US foreign policy: restraint withoutretrenchment”, theinterpreter, 6 August 2019 ,https://www.lowyinstitute.org/the-interpreter/us-foreign-policy-restraint-without-retrenchment

[48] ESTEBAN; Mario: “China: ¿el límite de la nueva doctrina estratégica estadounidense?, Real Instituto Elcano, 14 de febrero de 2017, https://blog.realinstitutoelcano.org/china-limite-nueva-doctrina-estrategica-estadounidense/.

[49] WALT, Stephen M., “Things Don’t End Well for Madmen”, Foreign Policy, August 16, 2017, 
http://foreignpolicy.com/2017/08/16/things-dont-end-well-for-madmen-trump-north-korea/?utm_source=Sailthru&utm_medium=email&utm_campaign=FP%208-23&utm_term=Flashpoints.

[50] YARHI-MILO, Keren, “After Credibility. American Foreign Policy in the Trump Era”, Foreign Affairs, January/ February 2018, www.foreignaffairs.com.

[51] Kissinger Henry A: “La pandemia del coronavirus transformará para siempre el orden mundial”, El Confidencial, Mercados/The Wall Street Journal; 6 de abril de 2020, https://www.elconfidencial.com/mercados/the-wall-street-journal/2020-04-06/pandemia-coronavirus-transformaraorden-mundial-henry-kissinger_2534980/.

[52] FUKUYAMA. Francis, “The Pandemic and Political Order”, Foreign Affairs, July/August 2020, https://www.foreignaffairs.com/articles/world/2020-06-09/pandemic-and-political-order

[53] KHAN, Muqtedar: “A U.S. Grand Strategy for the Post Pandemic World”, Center for Global Policy, March 25, 2020, https://cgpolicy.org/articles/a-u-s-grand-strategy-for-the-post-pandemic-world/.


Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España). ISSN 2695-8937

Avatar
Francisco Javier Ayuela Azcárate

Coronel de Infantería de Marina (R). Ha sido profesor del Colegio de Defensa de la OTAN en Roma.

Ver todos los artículos
Avatar Francisco Javier Ayuela Azcárate