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Coronavirus: efectos del cisne negro en el orden mundial

Global Strategy Report 20/2020

Resumen: La crisis del coronavirus ha sido un acontecimiento inesperado que tendrá un impacto global potente y duradero. En el campo de las relaciones internacionales, tendrá efectos importantes y persistentes en el sistema económico globalizado, el liderazgo internacional y la estabilidad global, en los que la pandemia ha evidenciado carencias y riesgos importantes. La magnitud de los efectos dependerá de la respuesta de los actores nacionales e internacionales, pero caben pocas dudas sobre el hecho de que nos enfrentaremos a una profundización de los procesos de desglobalización y relocalización ya en curso; a un mayor protagonismo de China en la esfera internacional, paralelo a la retirada progresiva de Estados Unidos de este escenario. Y, si la respuesta a la crisis no ataca convenientemente sus secuelas sociales, a un deterioro de la estabilidad en muchas áreas geográficas, con posibles efectos en el ámbito global.

Introducción

Jordán nos recuerda las características que un acontecimiento debe reunir para que podamos calificarlo como “Cisne Negro”, de acuerdo con la definición acuñada por Taleb: supone una sorpresa para el observador; provoca un gran impacto y, una vez ocurrido, el observador tiende a racionalizarlo; es decir, presta atención a la información que debería haberle alertado sobre su inminencia para acabar viéndolo como algo previsible (Jordán, 2020). El riesgo de las pandemias y las dificultades para contenerlas en un mundo globalizado han estado presentes durante mucho tiempo en la literatura científica. Pese a ello, la repentina aparición y expansión del coronavirus encaja perfectamente en el concepto de “Cisne negro” porque, con independencia de las políticas preventivas que pudieran haberse adoptado a la vista del riesgo existente y pese a la evidencia de que dichas políticas podrían haber mitigado sus efectos, la magnitud del problema ha constituido una sorpresa para todos y ha provocado un impacto global indiscutible. Los intentos de justificar su pretendida predictibilidad no dejan de encajar perfectamente en el modelo definido por Taleb.

En este artículo no vamos a centrarnos en los efectos inmediatos que la crisis está aún generando en el momento de redactarlo (Marzo 2020). Ni en las políticas públicas acometidas para atajar la crisis de salud pública o las que hubieran podido prepararnos para afrontarla en mejores condiciones. Ni en las que deberían adoptarse en el futuro en previsión de eventos similares. Lo que interesa aquí son los efectos a largo plazo que la crisis del coronavirus va a provocar, está provocando ya, en las relaciones internacionales. Las evidencias disponibles, que iremos analizando a lo largo de este trabajo, muestran que esta crisis va a tener efectos duraderos en este ámbito. Que van a afectar a aspectos tan relevantes como el liderazgo internacional, el modelo económico global y la estabilidad política. Conceptos supuestamente superados, como proteccionismo o autarquía, vuelven a barajarse, aunque sea de forma solapada, como herramientas necesarias para hacer frente a crisis globales como la que estamos sufriendo. Y los supuestos líderes globales se ven eclipsados por otras potencias, aparentemente mejor preparadas para liderar la respuesta ante crisis de este calibre. Además, una gestión deficiente de la crisis económica que, sin duda alguna, va a seguir a la sanitaria, podría tener efectos nefastos en la cohesión social e incluso provocar reacciones violentas en los más desfavorecidos.

Efectos del coronavirus sobre el modelo económico globalizado

Caracterización del modelo económico globalizado

La pandemia de coronavirus se perfila como una enorme prueba de estrés para la globalización. Asistimos impotentes a la ruptura de las cadenas de suministros críticos; fábricas de todo el mundo obligadas a parar sus cadenas de producción por una crisis que, inicialmente, era sólo local; vemos cómo las naciones acumulan recursos sanitarios y limitan la libertad de movimientos de sus ciudadanos. Todo ello nos obliga a analizar el funcionamiento de la economía global interconectada a través de la que nos hemos acostumbrado a ver satisfechas nuestras necesidades económicas y el efecto que en ella tienen crisis globales como la que estamos viviendo.

La globalización ha facilitado la rápida propagación de una enfermedad contagiosa y, lo que es más significativo desde el punto de vista económico, que ha fomentado una profunda interdependencia entre las empresas y las naciones que las hace más vulnerables a crisis inesperadas. El coronavirus ha puesto de manifiesto lo vulnerables que son empresas y naciones ante las crisis de carácter global, o que afectan a gigantes como China.

Para los profetas de la antiglobalización será, con toda seguridad, una muestra evidente de la maldad intrínseca del sistema, que habría demostrado su incapacidad para hacer frente a una crisis que unas economías menos interdependientes hubieran logrado afrontar con mayor facilidad. Sin embargo, la lección que debemos extraer de la crisis del nuevo coronavirus no es que la globalización haya fallado; posiblemente necesite reajustes que le permitan reaccionar mejor ante ciertos eventos, pero no parece que debamos renunciar al enriquecimiento global que ha auspiciado en las últimas décadas[1]. La lección es que la globalización es frágil, a pesar de, o precisamente por, sus beneficios.

La globalización ha llevado a las empresas a evitar redundancias, lo que ha facilitado unos niveles de eficiencia y de riqueza sin precedentes. Pero también ha llevado a reducir al mínimo los recursos no utilizados en la economía global en su conjunto. En circunstancias normales, las empresas ven esos recursos como una medida de la propia ineficiencia, por suponer capacidad productiva inactiva. Sin embargo, en tiempos de crisis, como los que ha provocado la irrupción del nuevo coronavirus, la falta de recursos inactivos hace que el sistema sea frágil ante cualquier fallo en sus elementos.

Por otra parte, la especialización a la que ha llevado la búsqueda de la eficiencia ha producido una ausencia general de alternativas de fabricación que puedan suplir cualquier rotura en la cadena de producción. Esta falta de alterativas se combina con la falta de recursos en reserva que puedan mitigar los efectos de esas roturas. Esto es lo que ha ocurrido, por ejemplo, en el sector de los productos sanitarios y farmacéuticos. Los productores de este sector se han visto superados ampliamente por un aumento repentino, imprevisto y desmesurado en la demanda global de determinados productos. Este aumento de la demanda ha coincidido con problemas en la oferta, debidos al cierre de fábricas y al incremento de las necesidades en China, principal productor de este tipo de recursos. Todo ello ha llevado a una escasez generalizada y a que los países hayan tenido que competir por acceder a ellos.

Esta competencia por unos recursos de primera necesidad ha provocado un cambio en la dinámica de poder entre las principales economías mundiales. En este contexto no es más poderosa la economía con un mayor Producto Interior Bruto, sino la que controla la cadena de producción. Esta circunstancia ha fortalecido a quienes están bien preparados para combatir el nuevo virus, ya sea acumulando recursos para sí mismos, ya sea ayudando a aquellos que no lo están y, de esta forma, expandiendo su influencia en el escenario global (Farrell y Newman, 2020). Paralelamente, ha debilitado a quienes dependen de terceros para solucionar su problema doméstico y, evidentemente, carecen de la capacidad de apoyar a terceros. Dicho en términos más claros: ha fortalecido a China frente a Estados Unidos.

La tentación de la desglobalización

La globalización no es un fenómeno aceptado sin reservas; son muchos quienes critican sus supuestos excesos y abogan por una desglobalización total o parcial. De hecho, la economía mundial se encontraba inmersa en un proceso de retroceso en los flujos internacionales de mercancías, servicios, capitales y personas, es decir, de desglobalización, ya antes de que irrumpiera el coronavirus[2]. El coronavirus puede haber intensificado este proceso, al poner en evidencia los riesgos que supone depender de suministros procedentes de localizaciones geográficas alejadas, pero no lo ha creado (Fanjul, 2020).

La desglobalización se ha visto impulsada en los últimos años por varios factores. En primer lugar, por la desaceleración económica, que ha reducido los movimientos comerciales y de capitales; Cierta tendencia al proteccionismo, perfectamente representada por las nuevas políticas de Estados Unidos o el Reino Unido; El aumento de los salarios y los niveles de renta en los países en desarrollo, que ha reducido la ventajas de deslocalizar; Y una mayor preocupación por la seguridad, comprometida por la dependencia del exterior para la obtención de suministros esenciales y la pérdida de control de sectores estratégicos por su compra por empresas extranjeras. La manifestación más importante de esta preocupación la tenemos en el mecanismo de control de inversiones extranjeras que adoptó la Unión Europea en 2019 (Esteban y Otero Iglesias, 2019), o en el reforzamiento de las medidas de control en Estados Unidos. Todo ello está conduciendo a la adopción de políticas encaminadas a reducir la dependencia exterior. También hay que considerar el rechazo que en muchos sectores genera el concepto mismo de globalización, sobre todo por el incremento de las desigualdades que ha provocado. Este sentimiento está en el origen de los movimientos populistas y nacionalistas que en líneas generales no son favorables a la globalización  (Fanjul, 2020).

El Talón de Aquiles de la globalización

La globalización ha permitido crear un mercado internacional próspero, facilitando que los fabricantes pudieran construir cadenas de suministro flexibles, en las que resultara fácil sustituir al proveedor de cualquier componente por otro más eficiente[3]. Esas cadenas de suministro flexibles han permitido que los proveedores de cada componente se concentren mejores sean las condiciones para su producción. Esta especialización ha llevado a una mayor eficiencia y, como consecuencia, a un mayor crecimiento. Así, de la riqueza de las naciones de la que hablaba Adam Smith, hemos pasado, a través de la globalización, a la riqueza del mundo.

Pero este sistema ha demostrado tener un Talón de Aquiles: ha creado un complejo sistema de interdependencias. Las empresas han desarrollado cadenas de suministro mundiales creando así una enmarañada red de redes de producción y distribución que entrelazan la economía mundial. En este sistema, los componentes de cualquier producto pueden proceder de países diversos y distantes. La especialización de determinadas economías en la producción de ciertos componentes hace que, en ocasiones sea difícil reemplazarlos. Y la situación de las naciones viene a reflejar la de sus empresas: también ellas han pasado a depender de esa red global de producción, en la que los países se han vuelto más interdependientes y han perdido el control todos los bienes que su economía necesita y que pasan a depender de una vasta red global de proveedores (Farrell y Newman, 2020). La debilidad del sistema reside en el hecho de que un fallo en cualquiera de los nodos de la red pone en peligro el funcionamiento del conjunto.

La irrupción del coronavirus ha puesto de manifiesto la fragilidad de este sistema globalizado. Hay sectores económicos con niveles de redundancia elevados, es decir, con una pluralidad de centros de producción alternativos, en diferentes países, para los mismos componentes. Estos sectores están mejor posicionados para superar esta crisis. Pero, por desgracia, estos sectores resistentes a las crisis globales son los menos, y no precisamente los más estratégicos. Con excepción de la industria de defensa, en la que consideraciones de seguridad han llevado a mantener cierto grado de «autarquía», en el resto de sectores estratégicos la interdependencia es la norma.

Un sector estratégico en el que esta interdependencia global ha quedado de manifiesto con la crisis del coronavirus es el del automóvil, en el que saltaron las alarmas muy pronto, cuando la crisis se circunscribía prácticamente a China. Siendo el mayor productor mundial de coches[4], la paralización de esta industria no sólo supuso una disminución local de la producción. Sus efectos se sintieron mucho más allá. Determinados componentes, necesarios para mantener en funcionamiento las cadenas de producción en todo el mundo, se producen exclusivamente en este país. Con la producción interrumpida, las cadenas de producción de todo el mundo se vieron amenazadas por una falta de componentes que amenazaba con paralizar la producción[5].

En otros sectores la situación es similar: Apple tenía problemas para mantener su ritmo de producción, por la dependencia de su socio chino, Foxcom. La industria farmacéutica, un sector especialmente sensible en estos momentos, mostraba síntomas de ruptura de la cadena de producción a nivel global (The Conversation, 2020). En otros muchos sectores la situación era similar.

Hace unos años, una ruptura de la cadena de producción de estas características se hubiera mitigado haciendo uso de los stocks mantenidos en todos sus eslabones. Hoy no es posible porque las empresas se han esforzado en la eliminación de stocks. Acumular recursos se considera una ineficiencia que debe evitarse a toda costa. Las empresas confían en cadenas de suministro capaces de suministrar los productos necesarios «justo a tiempo».

Resulta interesante recordar que una de las características diferenciales de la logística militar es precisamente el mantenimiento de esos stocks. El concepto de «nivel», utilizado en este ámbito, responde a la necesidad de que cada escalón de mando (eslabón de la cadena) mantenga determinadas cantidades de recursos en stock para hacer frente a posibles rupturas de la cadena de suministro. Se trata de una cantidad de recursos, medida de días de autonomía, almacenados en cada nivel de mando, que permite mantener la potencia de combate durante un plazo de tiempo determinado, sin recibir suministros del escalón superior. El hecho de que la logística militar se desenvuelva en entornos inciertos, en los que es difícil predecir las necesidades y en los que, además, debe tenerse en cuenta la existencia de un factor, el enemigo, interesado en romper esa cadena de suministro, obligan a reforzarla creando redundancias deliberadas, para garantizar que una eventual ruptura de la cadena no impedirá que la fuerza, durante un tiempo determinado, pueda seguir cumpliendo con su misión. La eficiencia se sacrifica, en este caso, a la eficacia (Ruiz Arévalo, 2010).

Semejante estrategia está ausente en el ámbito de la logística civil, donde la existencia de recursos en los almacenes se considera una deficiencia del sistema. Una cadena de suministro bien diseñada y gestionada debe hacer innecesarios los costes que supone el almacenamiento de stocks. Este modo de hacer las cosas ha venido funcionando satisfactoriamente, permitiendo a las empresas reducir costes en logística mediante un sistema mucho más eficiente. Hasta que la crisis del coronavirus ha trastocado los fundamentos mismos del sistema al romper la cadena de suministro. En un sistema tan altamente interdependientes, incluso una crisis local puede tener efectos globales. Esto es lo que ocurrió en los primeros meses de 2020, cuando el coronavirus era una crisis asiática. Como hemos visto, antes incluso de ser global, ya produjo efectos globales.

Un mayor énfasis en la seguridad puede obligar a replantearse las estrategias de producción y distribución, buscando sistemas que proporcionen una mayor seguridad ante eventos imprevistos.

El caso de la industria farmacéutica

En el sector farmacéutico y de recursos sanitarios es donde se han hecho sentir de una manera más clara los inconvenientes que plantea un sistema altamente interdependiente. En este caso, el problema reviste especial gravedad porque esos cuellos de botella en la cadena de producción están obstaculizando la lucha contra la pandemia, al afectar a la disponibilidad de recursos necesarios para combatirla. Hay componentes críticos para la lucha contra la pandemia que están sufriendo esas rupturas críticas de la cadena de producción. Por ejemplo, en muchos países hay escasez de los reactivos necesarios para los kit de prueba, un elemento esencial en la lucha contra la enfermedad. Sólo dos compañías dominan su producción a nivel mundial: la holandesa Qiagen y la suiza Roche, que han sido incapaces de atender el enorme incremento en la demanda (Herper y Branswell, 2020). Para Estados Unidos, ha resultado una sorpresa desagradable no poder producir los kits necesarios, por la falta de reactivos, y tener que «ponerse a la cola», como uno más, para obtenerlos. (Farrell y Newman, 2020).

Wuhan es un actor importante en la industria biotecnológica y farmacéutica, con múltiples compañías farmacéuticas ubicadas en la ciudad. Muchas de estas fábricas tuvieron que cerrar durante la fase más crítica de la crisis. Un cierre prolongado hubiera tenido consecuencias graves a nivel mundial. El cierre no fue prolongado pero, una vez que las fábricas retomaron su actividad, su primera prioridad fue atender las necesidades de su propio país[6].

La crisis del coronavirus ha puesto de manifiesto una realidad preocupante: la dependencia global de China para la producción de productos farmacéuticos y material sanitario. Alrededor del 80% de los productos farmacéuticos vendidos en los Estados Unidos se producen en China (Huang, 2019). La situación no es muy diferente en Europa. Este número, aunque preocupante, esconde un problema aún mayor: China es el proveedor más grande y, a veces, el único proveedor mundial de los componentes activos de algunos medicamentos vitales. Por ejemplo, controla una porción tan grande del mercado de heparina[7] que, en 2007, el gobierno de Estados Unidos no tuvo más remedio que continuar comprándoselo incluso después de que un escándalo de contaminación pusiera en duda su calidad. La falta de proveedores alternativos no dejó otra opción (Edelson, 2018).

El problema planteado por la escasez de máscaras y respiradores ha sido particularmente significativo. Antes de que comenzara el brote de COVID-19, los fabricantes chinos representaban la mitad de la producción mundial. Estos fabricantes aumentaron la producción como resultado de la crisis,  pero el gobierno chino compró todo el suministro de máscaras del país, al tiempo que importó grandes cantidades de máscaras y respiradores del extranjero. Es evidente que China los necesitaba, pero el resultado de sus compras fue una escasez de oferta que obstaculizó la respuesta de otros países a la enfermedad.

Cuando una enfermedad alcanza niveles epidémicos, la primera obligación de los líderes en cualquier país es proteger a su propia población. El problema real se plantea cuando una crisis alcanza dimensiones globales, lo que impide, o al menos dificulta, la transferencia de excedentes de unas zonas a otras. Seis semanas después del reconocimiento internacional de la epidemia, ya había escasez de equipos de protección personal vitales tanto en China como en los Estados Unidos. En esta fase inicial, Estados Unidos envió 2 millones de máscaras y 11.000 equipos de protección a Wuhan (The Conversation, 2020). Simultáneamente, los líderes políticos chinos adoptaron la decisión de prohibir la exportación de determinados productos farmacéuticos y materiales sanitarios necesarios para tratar o proteger a su propia población. Además, en la fase más aguda de la crisis, reorientó el esfuerzo de su industria en este sentido[8].

La crisis del coronavirus ha dejado a muchos países, incluido Estados Unidos y Europa, en una situación crítica por su dependencia de China. La situación de escasez que ello ha provocado ha llevado a muchos de ellos a adoptar posturas controvertidas. Rusia y Turquía prohibieron la exportación de máscaras y respiradores. La administración Trump ha utilizado esta escasez para amenazar a sus socios comerciales con una política proteccionista argumentando que Estados Unidos necesita «traer a casa sus capacidades de fabricación y cadenas de suministro de medicamentos esenciales» (Politi et al. 2020). En Europa, una de las primeras consecuencias del brote de coronavirus ha sido la práctica desaparición de estas máscaras del mercado. Cuando Italia, desbordada por la pandemia[9], solicitó ayuda a sus socios de la UE, ninguno respondió inicialmente a su solicitud. Alemania y Francia, a pesar de ser miembros de la Unión Europea, supuestamente un «mercado único», hicieron lo mismo que Rusia y Turquía, evitando la salida del país de los recursos críticos. El gobierno francés llegó a adoptar una medida más drástica: confiscar todas las máscaras disponibles en el país. Finalmente, Alemania y Francia rectificaron a los pocos días, pero las autoridades de la UE se quejaron de que tales acciones socavaron la solidaridad e impidieron que la UE adoptara un enfoque común para combatir el nuevo virus (Europa Press, 2020).

Además, la presión ejercida por la demanda podría llevar a relajar aún más los controles de calidad. La crisis de la heparina, de 2007, siendo un problema de dimensiones mucho más limitadas, ya puso de manifiesto lo difícil que resulta exigir estándares de calidad ante un proveedor monopolístico de recursos de primera necesidad que se requieren con urgencia. La conclusión evidente es que el virus ha puesto de manifiesto nuestra dependencia de China como un problema de seguridad nacional. Debido a la externalización de nuestras capacidades de fabricación y la incapacidad para garantizar el control de calidad.

La tentación del proteccionismo

En todo el mundo, muchas fábricas de maquinaria, automóviles, juguetes y otros productos han tenido que reducir o interrumpir su producción por falta de componentes esenciales que venían de China, al interrumpirse su fabricación. Los desplazamientos de personas por vía aérea, y por otras vías, se han reducido drásticamente. Los traslados de contenedores, ese invento analógico tan esencial para la globalización, también. El turismo global ha recibido un fortísimo golpe, del que tardará en recuperarse. La pandemia ha puesto de manifiesto nuestra dependencia mutua, el grado de interdependencia al que habíamos llegado. (Ortega, 2020)

A medio y largo plazo esta crisis puede tener un impacto considerable, porque ha materializado el riesgo que supone depender de un proveedor dominante o de suministros procedentes de localizaciones alejadas geográficamente. Los trastornos que estamos viendo actualmente en los procesos de producción, que han supuesto en ciertos casos la paralización total por la interrupción del suministro de componentes esenciales, constituyen una llamada de atención muy clara sobre estos riesgos. No sólo una epidemia médica como la actual puede alterar los flujos de bienes intermedios, también otros fenómenos como guerras o catástrofes naturales pueden tener el mismo efecto (Fanjul, 2020).

Las naciones también han experimentado los problemas derivados de la falta de control sobre las cadenas de producción y suministro de productos esenciales. La experiencia sufrida en esta crisis va a conducirles a buscar una mayor nacionalización, o cuando menos, regionalización de la producción. La conveniencia de reducir la dependencia de suministros fabricados en localizaciones alejadas puede dar nueva fuerza a algunas tendencias que ya se venían registrando desde hace algún tiempo. Por un lado, la relocalización o reshoring de actividades productivas que habían sido deslocalizadas en el pasado. El proteccionismo y la reducción de los diferenciales salariales ya habían impulsado esta tendencia (Fanjul, 2020). No es que el coronavirus haya puesto en marcha un proceso de desglobalización. Venía de antes, de las reacciones a la crisis de 2008 y sus secuelas. El COVID-19, la amplitud de cuyo contagio es en buena parte fruto de la hiper-interconexión humana, está acelerando de forma dramática este proceso, con efectos profundos a presente y a futuro. Luchar contra este virus implica mantener separada a la gente y restringir sus movimientos, justo lo contrario de lo que hemos vivido en las últimas décadas  (Ortega, 2020). Las fronteras vuelven a recobrar el papel que jugaron en el pasado, de forma unilateral, incluso dentro de la UE (Feas, 2020).

Ante este estado de cosas, no están faltando las voces que preconizan una marcha atrás. Basta recordar cómo la administración Trump ha utilizado esta escasez para amenazar a sus socios comerciales con una política proteccionista argumentando que Estados Unidos necesita “traer a casa” sus capacidades de fabricación. Trump ha llegado a manifestar que, en este sentido, que los efectos de esta crisis serán beneficiosos para Estados Unidos por “traer a casa” empresas y puestos de trabajo actualmente deslocalizados. También el Ministro de Finanzas francés, Bruno Le Maire, ha señalado que “debemos reducir nuestra dependencia de grandes potencias como China”, algo no muy diferente de lo que plantea el secretario de Comercio de Estados Unidos, Wilbur Ross, aprovechando también el coronavirus. Muchas empresas se han percatado de los riesgos de esta sobre-interdependencia, y se plantean ponerle freno. Un reciente estudio del Bank of America señalaba que, antes de esta crisis, un 80% de las multinacionales analizadas ya planeaba repatriar parte de su producción, un movimiento que ahora puede acelerarse hasta niveles inimaginables (Bank of America, 2020).

El problema es que, a día de hoy, podría llevar años desarrollar la infraestructura necesaria para restablecer en Europa o Estados Unidos las capacidades de fabricación necesarias para compensar la pérdida del suministro chino.

¿El fin de la globalización?

La globalización se estaba enfrentando a crecientes dificultades[10] que pueden verse agravadas por la reacción de Estados y empresas ante los trastornos causados por la presente emergencia sanitaria (Fanjul, 2020).

En opinión de algunos analistas, como respuesta a la situación creada por el COVID-19, el mundo se enfrenta a la perspectiva de un cambio profundo: un retorno a la autosuficiencia, tomando el camino contrario al de la globalización (Milanovic, 2020). Mientras ésta implica una división del trabajo entre economías dispares y complementarias, el retorno a la autosuficiencia significaría poner fin a esa complementariedad, con lo que las naciones se protegerían frente a los riesgos que representan las cadenas de producción globales ante crisis como la actual. Este giro, guiado por el miedo, no es inevitable. Si los gobiernos nacionales pueden controlar o superar la crisis actual dentro de los próximos meses, el mundo volverá probablemente a la senda de la globalización. Aunque algunos de los supuestos que la sustentan, como por ejemplo, cadenas de producción muy tensas con un solo proveedor, stocks cero, entregas just in time,… podrían tener que flexibilizarse.

Otra tendencia ya existente que se verá reforzada por la preocupación por asegurar el suministro, es la tendencia a la regionalización o producción en “proximidad”. Hasta ahora el motivo principal para producir cerca de los centros de consumo era responder con más flexibilidad y rapidez a los cambios en los patrones de demanda de los consumidores. La creciente personalización de los productos hace también aconsejable que los centros de producción estén cercanos a los centros de consumo. Y la necesidad de responder con rapidez y de personalizar aconseja que centros de producción, innovación, diseño, marketing, estén próximos unos a otros (Fanjul, 2020).

Esta tendencia, lógicamente, no tiene por qué afectar negativamente al comercio internacional, en la medida en que las actividades productivas estén situadas en países distintos, aunque “próximos”, y haya por tanto un flujo internacional de mercancías. Igualmente, si las empresas reaccionan a la nueva percepción de riesgos buscando una mayor diversificación geográfica de sus fuentes de aprovisionamiento, no tendría por qué haber un efecto negativo sobre el comercio. Pero éste sí se verá afectado en la medida en que el deseo de producir en proximidad lleve a relocalizar en el propio país (Fanjul, 2020).

Si la crisis se alarga excesivamente, la globalización podría desmoronarse. Si se prolonga y persisten los obstáculos al movimiento de personas, bienes y capital, se tenderá a normalizar esa situación y a encontrar soluciones duraderas para hacerle frente. Acabarán por crearse intereses en mantener ese estado de cosas. A ello se unirá el temor a que se repita en el futuro una situación similar. Todo ello contribuirá a dar voz a quienes propugnan la vuelta a la autosuficiencia nacional. A la autarquía. Los intereses económicos y la preocupación por la seguridad frente a riesgos pandémicos se aliarán así frente a la globalización. Pequeños detalles, como podría ser la exigencia de certificados médicos para entrar en el país, constituirían obstáculos adicionales para el retorno a la antigua forma globalizada.

Este proceso desintegrador tiene ciertas similitudes con el que sufrió el Imperio Romano de Occidente, cuando se descompuso en una multitud de entidades autosuficientes. En el sistema económico resultante, el comercio se limitaba al intercambio de los excedentes de producción por otros tipos de excedentes de otros grupos, en lugar de estimular la producción especializada para un comprador desconocido. Como señala FW Walbank en The Decline of the Roman Empire in the West, «En todo el Imperio [en desintegración] hubo una reversión gradual a la producción artesanal a pequeña escala, produciendo para el mercado local y para pedidos específicos de los alrededores.» (Milanovic, 2020).

En la crisis actual, quienes no se han especializado completamente disfrutan de una posición ventajosa respecto a quienes se hallan inmersos en cadenas de producción globalizadas. Cuanto menos necesiten a otros, más seguros estarán. Todo lo que solía ser una ventaja en una economía altamente especializada ahora se convierte en una desventaja, y al revés. El miedo a futuras pandemias puede resaltar estos beneficios a ojos de muchos y condicionar futuras decisiones políticas y económicas. En un momento en que, tanto en Europa como en Estados Unidos, ganan adeptos los partidos nacionalistas, partidarios de políticas proteccionistas, la actual crisis puede servir de catalizador de procesos desintegradores ya en curso.

Efectos económicos y sociales

La próxima recesión

Hay pocas dudas sobre el hecho de que la economía mundial entrará en recesión en 2020. La recesión será repentina y aguda. Una respuesta coherente de los responsables políticos, las empresas y los hogares podría limitar su duración, pero sus efectos se sentirán, en todo caso, durante años. Y puede producir cambios perdurables en el orden económico mundial.

La mayoría de las previsiones económicas para 2020 pronosticaban un año de crecimiento sostenido, si no creciente. En enero, el pronóstico del FMI reflejaba un repunte del crecimiento, del 2.9% en 2019 al 3.3% en 2020. Y había razones para ser optimista: el acuerdo comercial entre China y los Estados Unidos, la reducción de las incertidumbres relativas al Brexit y el aumento en el gasto de los consumidores, especialmente en los Estados Unidos y Alemania, parecía estimular a las empresas a poner en práctica planes de inversión largamente retrasados.

El coronavirus ha dado al traste con todas estas previsiones, obligando a revisar todas las proyecciones. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) ha recortado ya su previsión de crecimiento para 2020 a la mitad, del 2.9% al 1.5%, alertando de que nos enfrentamos a la mayor amenaza para la economía global desde la crisis de 2008 (OCDE, 2020). La Agencia de Comercio de la ONU alerta sobre una ralentización del crecimiento económico, que quedaría por debajo del 2% (UNCTAD, 2020). La Agencia Internacional de la Energía, por su parte, predice la primera caída en la demanda global de petróleo en una década (IEA, 2020).

Es posible incluso que estas primeras revisiones sean excesivamente optimistas ya que parten del supuesto, ampliamente aceptado, de que  la recuperación seguirá un patrón en “V”. Es decir, que a una caída brusca, seguirá una recuperación igualmente brusca, una vez superada la crisis sanitaria. Sin embargo, cada vez más analistas ven más probable un escenario de recuperación en “U”, con un período de estancamiento previo a la recuperación, que obligaría a revisar las previsiones a la baja. Sin descartar absolutamente el riesgo de un escenario en “L”, con un período de estancamiento muy prolongado, o incluso en “I”, es decir, una economía en caída libre durante algún tiempo, si los efectos económicos del coronavirus terminan agravando los problemas ya existentes de la economía global. (El Erian, 2020).

Antes incluso de que el coronavirus entrara en escena, economías importantes, como Alemania, Italia y Japón, ya mostraban su debilidad a la hora de hacer frente a pequeñas crisis de origen externo. Otras economías, como China y Estados Unidos, con un crecimiento más sostenido, presentaban una capacidad de resistencia mayor, aunque posiblemente insuficiente para evitar una recesión ante la magnitud de esta crisis. Vemos ahora que las políticas tendentes a aceptar riesgos y la actuación de los bancos centrales que han limitado artificialmente la volatilidad financiera han creado una situación propensa a la inestabilidad. Es posible que si no hubiera aparecido el coronavirus, otro “cisne negro” no hubiera tardado en generar una crisis en el sistema, que todavía no se ha recuperado totalmente de la crisis de 2008. Al menos no de forma homogénea.

Efectos de la crisis sanitaria

La respuesta a la crisis sanitaria, consistente entre otras cosas en limitar los desplazamientos de las personas, necesaria para salvar vidas y evitar el colapso de los sistemas de salud, va a afectar muy negativamente a la situación financiera de las empresas, por el efecto de reducción de la demanda que va a suponer. Aislar y fijar a la población va en contra del crecimiento económico, el empleo y la estabilidad financiera en unas sociedades que, tanto en el ámbito público, como en el privado, están diseñadas para la interconectividad y la integración. Sin negar su necesidad, es necesario reconocer que la respuesta sanitaria a la crisis irá afectando, muy negativamente, a un sector económico tras otro. Las limitaciones a la movilidad no solo acabarán por producir un cierto grado de desglobalización y de desregionalización, sino que provocarán también paradas económicas masivas. Las cuentas de resultados de las empresas se van a ver fuertemente afectados, desbordando las previsiones de los planes de contingencia previstos. Para muchas significará el cierre. Asistiremos a un escenario de reducción de ingresos, incremento de costes, gran volatilidad bursátil en un entorno bajista y dificultades de financiación, especialmente para empresas ya endeudadas con anterioridad.

En otro orden de cosas, conviene recordar cómo, ante la epidemia de ébola que partió de África en 2014-2016, Estados Unidos, el entonces presidente Obama se puso lideró la respuesta frente a la crisis. Ante el coronavirus, Trump ha sembrado confusión al no ejercer un liderazgo claro, ni siquiera en el ámbito doméstico. El populismo también ha afectado a la respuesta a esta pandemia, aunque se esté demostrando que agrava la situación; sobre todo en un país como Estados Unidos, con 28 millones de personas sin cobertura sanitaria alguna y varias decenas de millones con una cobertura insuficiente. Trump, tras su negacionismo inicial, ha reaccionado tarde, viéndose obligado a aplicar medidas de contención que ha tenido que reconocer como necesarias ante la magnitud de los efectos que la pandemia estaba provocando en Estados Unidos. Aun así, hay voces en Estados Unidos que abogan por una política de contención menos estricta, para no ahogar a la economía. Boris Johnson, pensando más en la economía que en las personas, propugnó inicialmente una estrategia que pretendía que el contagio se produjera de la manera más rápida posible, para acelerar así la inmunidad natural, aunque ello supusiera un coste humano importante. La reacción popular y la evolución de los acontecimientos le están obligando a rectificar, aunque después de haber perdido un tiempo precioso en la lucha contra la pandemia. Dirigentes como López Obrador, en Méjico, o Bolsonaro, en Brasil, han actuado de manera similar. Al obligarles a rectificar, el virus ha puesto de manifiesto los límites del populismo, que es esencialmente desglobalizador. Pero no ha podido poner límites a la discriminación o a las narrativas nacionalistas, que han regresado con una fuerza renovada, precisamente cuando más necesaria es la cooperación internacional.

La crisis desatada por la irrupción del coronavirus es particularmente grave porque es a la vez un shock humano y económico que afecta simultáneamente a la oferta y a la demanda, con el peligro añadido de que lleve a una nueva crisis financiera. Y en todos los casos el nivel de afectación es importante, hasta un punto más propio de Estados frágiles o fallidos, afectados por conflictos o grandes desastres naturales, que de economías avanzadas. La recesión que se ha generado es consecuencia inevitable del modo en que se ha decidido, posiblemente con acierto, luchar contra la pandemia, es decir, deprimir la demanda al confinar a la población. Pero llega cuando los gobiernos tienen menos instrumentos para luchar contra sus efectos, y tendrá unos costes enormes. (Ortega, 2020)

El modo en el que las aerolíneas están padeciendo esta situación es particularmente representativo del problema al que nos enfrentamos. En primer lugar, el riesgo de contagio que supone emplear este medio de transporte ha provocado una gran cantidad de cancelaciones. Posteriormente, la política generalizada de cierre de fronteras y restricciones de movimientos ha obligado a reducir drásticamente el número de vuelos, dificultando la viabilidad de las empresas. Las dificultades de las empresas se han traducido en recortes de plantilla y cancelación o reducción drástica de pedidos a proveedores. Estas decisiones producen, a su vez, una reducción de la demanda, que no hace sino acentuar el problema. Es lo que los economistas llaman un «efecto multiplicador negativo» y popularmente se define como “la pescadilla que se muerde la cola” (Hutt, 2020)[11].

En los mercados financieros asistimos a una situación similar. En los momento anteriores a la aparición del coronavirus, animados por inyecciones de liquidez generosas y predecibles del banco central, muchos inversores habían decidido extender sus riesgos a muy largo plazo, buscando una más fácil amortización de sus inversiones. Es un ejemplo de cómo el sistema se ha ido acostumbrando a propiciar una excesiva asunción de riesgos que, ante un cambio de la coyuntura económica como el que vivimos, en muchos casos se muestran inasumibles. En este escenario, el nuevo coronavirus no necesita causar una crisis financiera tan repentina o tan grave como la de 2008, su efecto se verá amplificado por la fragilidad estructural. Como ocurre cuando una multitud de personas trata de salir utilizando una única puerta, los inversores que pretendan regresar a posiciones más seguras ejercerán una enorme presión sobre el funcionamiento de los mercados. Y en esta presión reside el mayor riesgo de inestabilidad financiera, que agudiza la recesión de la economía real. Es lo que los economistas llaman «contaminación inversa». Esta vez, el sistema bancario no es el problema. En las economías importantes, particularmente en los Estados Unidos, los bancos están mejor capitalizados y administrados. Y el sistema de pagos y liquidación, el centro neurálgico de las finanzas que permite que todo lo demás funcione, es hoy mucho más fuerte que entonces. El problema reside ahora en el pánico de los inversores que, combinado con la previsible contracción de la demanda, producirá con toda seguridad una crisis de dimensiones y duración aún difíciles de evaluar. Superarla exigirá sacrificios y políticas económicas acertadas.

El camino hacia la recuperación

La recuperación económica, una vez que se haya superado la crisis sanitaria, no va a ser sencilla. La fase sanitaria de la crisis podrá darse por superada una vez que la pandemia haya sido contenida y la inmunidad a la enfermedad haya aumentado. O se haya desarrollado una vacuna, lo que permitiría alcanzar esos mismos efectos. A partir de ese momento, la recuperación probablemente será rápida, pero puede que no sea instantánea. A las empresas les llevará tiempo recuperar los niveles normales de personal, inventario y cadenas de suministro después de semanas o incluso meses de inactividad. Y también llevará tiempo diseñar, aplicar y armonizar políticas públicas encaminadas a conseguir que la economía global vuelva a funcionar.

En el diseño de estrategias públicas y privadas de recuperación, las repercusiones económicas de la nueva pandemia no deben entenderse como un problema ordinario que se irá superando con algunos reajustes que permitan volver a la normalidad. Podríamos estar, más bien ante un cambio fundamental en la naturaleza misma de la economía global.

La crisis inmediata es tanto de oferta como de demanda. La oferta está disminuyendo porque las empresas están cerrando o reduciendo su carga de trabajo para proteger a sus trabajadores del contagio. El shock de oferta se ve exacerbado por una disminución en la demanda debida al hecho de que las personas están encerradas y muchos de los bienes y servicios que solían consumir ya no están disponibles. A ellos debe sumarse las restricciones al movimiento de personas. En esta fase de la crisis es evidente que la solución a la crisis de la demanda no pasa por la gestión de precios. Una reducción de los mismos no va a conseguir incrementos significativos en la demanda mientras no cambie la situación.

Mientras perdure la crisis sanitaria, sería deseable que las políticas públicas no dependieran de herramientas de política general, como recortes de tipos de interés o estímulos fiscales, pese a que la presión pública en ese sentido será importante. De hecho, la Reserva Federal de Estados Unidos ya ha reducido drásticamente los tipos de interés, aunque la efectividad de este tipo de medidas, en un momento así, es muy limitada. No parece que ante una situación de pánico, como la generada por la pandemia, los consumidores vayan a aprovechar los bajos tipos de interés para empezar a invertir o consumir. Tasas de interés más bajas no pueden compensar el déficit de los trabajadores que no van a trabajar o de los empresarios que tienen sus negocios cerrados. Sólo una vez que se haya superado la fase sanitaria de la crisis, podrán cobrar sentido estas medidas, como parte de la segunda fase de recuperación. La fase inicial debe incluir políticas públicas encaminadas a proteger a los elementos más vulnerables de la sociedad, a salvaguardar sectores críticos de la economía, comenzando con la sanidad, y a asegurar que los mercados financieros continúen funcionando correctamente.

Una vez superada la crisis sanitaria, el margen de maniobra es mayor. Si la respuesta de gobiernos, empresas e individuos es acertada, se puede limitar una recesión que resulta inevitable, facilitando una recuperación más rápida, más fuerte y más sostenible. Esta segunda fase debería centrarse en sectores y actividades que mejoren la productividad y el crecimiento a largo plazo, como la infraestructura y la educación. En esta fase, las posibilidades presupuestarias obligarán a tomar decisiones difíciles sobre a quién rescatar y de qué manera. La coordinación intergubernamental y la cooperación de entidades público-privadas pueden potenciar el efecto positivo de las medidas que se adopten. Bancos y empresas tienen también mucho que ofrecer a la hora de minimizar los efectos negativos de la crisis.

Una nueva normalidad

La recesión que siguió a la crisis de 2008 nos habituó a una «nueva normalidad», caracterizada por crecimiento persistentemente bajo, estabilidad financiera artificial y un agudizamiento de la desigualdad. La clase media, las pequeñas y medianas empresas e incluso el centro político, se vaciaron lentamente durante la década siguiente, afectando a la cohesión social y alimentando a los movimientos antisistema. Los resultados habrían sido impensables antes de la Gran Recesión: tasas de interés negativas en Europa y Japón, un giro hacia el proteccionismo en los Estados Unidos y la llegada al poder, en muchas naciones, de una generación de líderes políticos a los que, en mayor o menor medida, podríamos calificar de populistas y nacionalistas.

Es posible que también la crisis del coronavirus altere la economía global provocando una nueva «nueva normalidad». Podemos esperar una aceleración de los procesos de desglobalización y desregionalización, acompañados de una redefinición de las cadenas globales de producción y consumo. También es previsible que la búsqueda de cadenas de suministro globales de paso a nuevos planteamientos en los que se eviten riesgos excesivos y se tenga en cuenta la necesidad de garantizar la supervivencia en situaciones de estrés. Además, la preocupación por la seguridad nacional pasará a ser un factor a tomar en consideración, en combinación con  las preocupaciones económicas. Y en ocasiones se priorizará la primera sobre las segundas. Todos ellos son factores que conducirán a una economía menos interdependiente, capaz de sacrificar cierto grado de eficiencia en aras de una mayor seguridad.

Siendo graves los efectos económicos de la pandemia, el más importante será, sin duda, el social, que podría llevar incluso a la desintegración social. Van a ser muchos los que salgan de esta crisis sin esperanza, con sus negocios arruinados, desempleados y empobrecidos. Y, como experiencias recientes demuestran, estas situaciones de necesidad pueden generar reacciones contra el sistema. Los niveles de pobreza o cuasi pobreza eran ya preocupantes antes de esta crisis. Si se incrementa el número de personas en esa situación y si se desesperan ante la falta de perspectivas de mejoría a medio plazo, el riesgo de reacciones más o menos violentas y de fortalecimiento de movimientos antisistema es evidente. Si los gobiernos tienen que recurrir al uso de la fuerza para sofocar disturbios o ataques a la propiedad, las sociedades podrían comenzar a desintegrarse (Milanovic, 2020).

Por lo tanto, en la fase inmediatamente posterior a la finalización de la crisis sanitaria, el objetivo principal de la política económica debería ser evitar el colapso social. Las sociedades avanzadas no deben permitir que la preocupación por los mercados financieros les impida ver que el papel más importante que puede desempeñar la política económica es este momento es mantener la cohesión ante la extraordinaria presión a la que se va a ver sometida. Olvidarlo podría tener consecuencias desastrosas para la estabilidad política y social. No podemos olvidar los efectos que en la estabilidad internacional puede tener la desestabilización de Estados nacionales. El efecto contagio, la llegada al poder de gobiernos populistas, la reactivación de conflictos étnicos, fronterizos o de cualquier otro tipo, pueden ser las secuelas, en el ámbito internacional, de una mala gestión de la post-crisis en el ámbito puramente nacional.

Para minimizar este riesgo, ante la ausencia de un sistema de gobernanza global efectivo, se hace necesario un liderazgo global fuerte, que logre aglutinar a los Estados en torno a políticas de recuperación sostenibles, que atiendan a las necesidades de los más desprotegidos y no generen tensiones internacionales. Lamentablemente, no parece previsible que se vaya a contar con un liderazgo de esas características.

Efectos del coronavirus en el liderazgo internacional

La ausencia de liderazgo de Estados Unidos

Con cientos de millones de personas aislándose en todo el mundo, la nueva pandemia de coronavirus se ha convertido en un evento verdaderamente global. Y aunque sus implicaciones geopolíticas deben considerarse secundarias respecto a la crisis sanitaria humanitaria, debemos ser conscientes de que pueden, a largo plazo, resultar igualmente importantes. Las transformaciones de los órdenes globales tienden a producirse gradualmente al principio, para acelerar su ritmo después. En 1956, una intervención fallida en Suez puso al descubierto la decadencia del poder británico y marcó el final del Reino Unido como potencia global. Hoy, los responsables políticos de los Estados Unidos deberían reconocer que si no reaccionan para actuar de acuerdo con las exigencias del momento, la pandemia de coronavirus podría marcar su «momento de Suez». (Campbell y Doshi, 2020).

Pocos niegan que la respuesta inicial de Estados Unidos ha sido nefasta. Los errores cometidos por La Casa Blanca, el Departamento de Seguridad Nacional y los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) han socavado la confianza en la capacidad y competencia del gobierno de los Estados Unidos. Los comunicados, oficiales o no, del presidente Trump sólo han servido para sembrar la duda y el desconcierto. Ni el sector público, ni el privado, han sido capaces de producir y distribuir los recursos necesarios para frenar la pandemia. Y en el plano internacional, esta crisis ha exacerbado la tendencia de Trump al aislacionismo (Specter, 2020) y ha demostrado su incapacidad para liderar una respuesta global. El estatus de Estados Unidos como líder mundial en las últimas siete décadas se ha construido no sólo sobre la riqueza y el poder, también sobre la legitimidad que emana de la gobernanza interna, la provisión de bienes públicos globales y la capacidad y disposición para liderar una respuesta global a las crisis (Campbell y Doshi, 2020). La pandemia de coronavirus está poniendo a prueba los tres elementos del liderazgo estadounidense. Y no puede decirse que el resultado esté siendo positivo.

En la misma medida que Washington vacila, Pekín se mueve rápida y hábilmente para aprovechar el vacío creado por los errores de Estados Unidos, llenando ese vacío para posicionarse como el líder mundial en la respuesta a pandemias. Está trabajando para promocionar su propio sistema, proporcionar asistencia material a otros países e incluso organizar a otros gobiernos. Es difícil exagerar la relevancia de este movimiento. Después de todo, fueron los propios pasos en falso de Pekín, especialmente sus esfuerzos iniciales por ocultar la gravedad del brote, los que ayudaron a crear la crisis que ahora afecta a gran parte del mundo. Sin embargo, Pekín entiende que si actúa como líder y se evidencia que Washington no puede o no quiere hacerlo, esta percepción podría alterar fundamentalmente la posición de los Estados Unidos en la política global, particularmente en la competencia por el liderazgo en el siglo XXI.

La reacción inicial de China

Mientras la administración Trump ha utilizado la pandemia para dar un paso atrás en la integración global, China está utilizando la crisis para mostrar su disposición a liderar.

Los primeros pasos dados por China en la gestión de la, entonces, epidemia, suponen un baldón en su posición internacional (Kuo, 2020). El virus fue detectado en noviembre de 2019 en Wuhan, pero las autoridades lo mantuvieron oculto durante semanas. Esta política supuso perder un tiempo precioso para frenar la expansión del virus. Incluso una vez que se demostró la gravedad de la crisis, China mantuvo un control férreo sobre la información, rechazó la asistencia de los CDC, limitó los viajes de la Organización Mundial de la Salud a Wuhan, probablemente, contabilizó menos infecciones y muertes de las reales y alteró repetidamente los criterios para registrar nuevos casos, tal vez en un esfuerzo deliberado por manipular el número oficial de casos. (Campbell y Doshi, 2020)

En los momentos peores de la crisis, en enero y febrero, muchos analistas plantearon la posibilidad de que la crisis estuviera minando el liderazgo del Partido Comunista[12]. Se llegó a hablar del «Chernobil chino» y se comparó al doctor Li Wenliang, que fue silenciado por el gobierno cuando comenzó a informar de la epidemia y falleció finalmente por coronavirus, con el «hombre tanque» de Tiananmen (Campbell y Doshi, 2020) Sin embargo, en marzo, China resurgió victoriosa. Las drásticas medidas adoptadas consiguieron doblar la curva de contagios, pasando de contarse por centenas en febrero, a alcanzar sólo las decenas y finalmente desaparecer prácticamente en marzo. En ese momento, el líder chino Xi Jinping, desaparecido hasta entonces, comenzó a aparecer en público en el centro de la respuesta a la crisis.

En un momento en el que la epidemia se convertía en pandemia y ponía en jaque a la comunidad internacional, el lento retorno a la normalidad en China fue utilizado por sus autoridades como una oportunidad para vender el éxito conseguido en la lucha contra el coronavirus, convirtiendo a China en un actor principal en la recuperación que deberá producirse a nivel global, una vez superada la pandemia. Mientras Estados Unidos, inmerso en la crisis, prohibía los vuelos entre Europa y Estados Unidos, en contra de las advertencias de la Organización Mundial de la Salud (OMS), interrumpiendo el flujo de recursos necesarios para luchar contra la pandemia y dañando aún más la relación transatlántica, China, una vez controlada su pandemia, comenzaba a llevar ayuda en forma de recursos sanitarios a España, Italia y un largo etcétera de países (Ortega, 2020).

Una parte fundamental de la narrativa empleada por China se apoya es su supuesto éxito en la lucha contra el virus. Un flujo constante de artículos de propaganda, tweets y mensajes públicos, en una amplia variedad de idiomas, promociona los logros de China y destaca la efectividad de su modelo de gobierno interno. Según el portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores, Zhao Lijian «La fuerza, eficiencia y velocidad que han caracterizado a China en esta lucha ha sido ampliamente aclamada», agregando que China ha establecido «un nuevo estándar para los esfuerzos mundiales contra la epidemia». Las autoridades chinas han instituido un estricto control informativo y disciplina en los órganos estatales para evitar narrativas contradictorias (Ministerio de AAEE, China. 2020).

Este relato se refuerza con el contraste con los esfuerzos por combatir la pandemia en los países occidentales, particularmente en Estados Unidos. El fracaso a la hora de conseguir cantidades suficientes de kits de diagnóstico, el desmantelamiento en Estados Unidos de la infraestructura de respuesta a epidemias (Specter, 2020), o la escasez de materiales críticos como equipos de protección y ventiladores han dado a Pekín una oportunidad de comparar la eficiencia china con la «incompetencia e irresponsabilidad de la denominada élite política de Washington» (Xinhuanet, 2020). Fuentes oficiales chinas han llegado a negar que el origen de la pandemia se encuentre en China, culpando a militares de Estados Unidos de haberlo introducido con ocasión de las Olimpiadas Militares celebradas en Wuhan en noviembre de 2019 (Myers, 2020). Este tipo de campañas, unido a la expulsión de periodistas de medios estadounidenses, no ayudan a mantener las pretensiones de liderazgo mundial chinas. (Campbell y Doshi).

El liderazgo chino

Como primer país afectado por el nuevo coronavirus, China sufrió gravemente en los primeros tres meses de la crisis. Pero comenzó a recuperarse cuando el resto del mundo empezaba a sufrir directamente sus efectos. A la hora de afrontar su recuperación, China se enfrenta al problema de una demanda muy débil de los países sumidos en la crisis, que son casi todo el resto del mundo. Pero también se le presenta una enorme oportunidad a corto plazo para influir en el comportamiento de otros Estados. A pesar de los primeros errores, que probablemente le costaron la vida a miles de personas, Pekín aprendió a combatir el nuevo virus y tiene existencias y capacidad de producción de equipos sanitarios esenciales. Estos son activos valiosos, y Pekín los está utilizando con habilidad.

Un modo de acrecentar la imagen de liderazgo global es proporcionar bienes globalmente. En los últimos años, China se ha esforzado por influir en la gobernanza global; incluso ha recibido presiones de Estados Unidos y el Reino Unido para que influya en la gobernanza de Korea, Sudán o Myanmar, atribuyéndole así un papel de potencia global que ya nadie niega a China[13]. La crisis del coronavirus parece haberle dado la posibilidad de ampliar su influencia, añadiendo al liderazgo político, la prestación de ayuda material. Contribuyen a ello los ejemplos, cada vez más publicitados, de asistencia material de China a otros países, materializada por las entregas de máscaras, respiradores, ventiladores y medicamentos. Al comienzo de la crisis, China compró, produjo y recibió como ayuda grandes cantidades de estos bienes. Ahora está en condiciones de entregarlos a otros (Larsen y Gramer, 2020).

Este esfuerzo se ve facilitado por el hecho de que China es líder mundial absoluto en la producción de ese tipo de materiales, así como de antibióticos y principios activos farmacéuticos[14]. Y su sistema económico le ha permitido poner toda la industria, incluidas las empresas extrajeras afincadas en su territorio, a trabajar para el Estado, proporcionándole los productos requeridos (Bermingham y Tan, 2020). Cuando ningún estado europeo respondió al llamamiento urgente de Italia por equipos médicos y equipo de protección, China se comprometió públicamente a enviar 1.000 ventiladores, dos millones de máscaras, 100.000 respiradores, 20.000 trajes protectores y 50.000 kits de prueba (Boffey, 2020). China también envió equipos médicos y 250.000 máscaras a Irán y envió suministros a Serbia, cuyo presidente desestimó la solidaridad europea como «un cuento de hadas» y proclamó que «el único país que puede ayudarnos es China» (Chan et al, 2020). El cofundador de Alibaba, Jack Ma, prometió enviar grandes cantidades de kits de prueba y máscaras a los Estados Unidos, así como 20.000 kits de prueba y 100.000 máscaras a cada uno de los 54 países de África. (Campbell y Doshi, 2020).

Son solo algunos ejemplos de la campaña lanzada por China para postularse como líder global de la lucha contra la pandemia. Según todos los indicios, busca con ello expandir su influencia internacional. Desde Europa se ha criticado esta ayuda como parte de una estrategia deliberada  en ese sentido y se pone de manifiesto el aparato de propaganda que acompaña a cada una de las acciones emprendidas por China en este campo. El gobierno chino está tratando de presentarse «como un héroe global que ha salvado a muchas personas dentro y fuera de China», según Lee Seong-hyon, director del Centro de Estudios Chinos del Instituto Sejong en Seúl. «China se está fortaleciendo, sintiendo, correctamente, que esta epidemia global es también una gran oportunidad para pulir sus credenciales como poder blando. Por otro lado, Estados Unidos no está invirtiendo suficientes recursos para ayudar a sus aliados y amigos tradicionales, y no está invirtiendo lo suficiente en imponer su narrativa» (Larsen y Gramer, 2020).

Estados Unidos, por el contrario, en el plano político no parece inclinado a adoptar un papel de liderazgo en la lucha frente a esta crisis y en el plano material carece de la capacidad de cubrir sus propias necesidades. Menos aun de prestar apoyo fuera de sus fronteras. Sus depósitos disponen de un 1% de las máscaras necesarias y un 10% de los ventiladores (Wan el al. 2020) El resto debe conseguirlo mediante importaciones de China o incrementando su capacidad de producción. Aunque Estados Unidos ofreció asistencia a China en los inicios de la crisis, la realidad es que, en el momento en que la pandemia alcanza dimensiones globales, no está en condiciones de prestar apoyo a nadie, cosa que sí puede hacer China. (Campbell y Doshi, 2020). Esta situación resulta incómoda para la administración Trump, muy lenta en su respuesta y que está muy lejos de poder presentarse como proveedor global de bienes públicos, siendo deficitario incluso para atender sus propias necesidades[15]. Para hacer la situación más sangrante, Estados Unidos se ha encontrado recibiendo ayuda china: el multimillonario cofundador de Alibaba, Jack Ma, ofreció donar 500.000 kits de prueba y un millón de máscaras a Estados Unidos (Mihalcik, 2020).

Pero el liderazgo global no se apoya exclusivamente en la capacidad de prestar apoyos materiales. Durante la crisis del ébola, Estados Unidos fue capaz de aglutinar una amplia coalición de países para coordinar la respuesta a la pandemia. La administración Trump, en cambio, no ha hecho ningún esfuerzo en esta línea. Incluso se ha echado en falta cierta coordinación con sus aliados. Washington parece, por ejemplo, no haber avisado previamente a sus aliados europeos antes de prohibir viajar desde Europa. (Campbell y Doshi)

China ha demostrado una actitud diametralmente opuesta, impulsando una robusta campaña diplomática, convocando a docenas de países y cientos de funcionarios, generalmente por videoconferencia, para compartir información sobre la pandemia y las lecciones aprendidas de la propia experiencia de China en lucha contra la enfermedad. Como suele ocurrir con la diplomacia china, estas iniciativas han tenido normalmente un alcance regional y se han canalizado, en muchos casos, a través de organizaciones regionales: con Europa Oriental a través del mecanismo 17+1, con Organización de Cooperación de Shangai, y con otros grupos de todos los continentes. En todo caso, China trata de llevar a la primera página los esfuerzos que realiza en apoyar a otros países con información y recursos y la superioridad de la estrategia china.

El nuevo liderazgo

Resulta comprensible que, ante esta crisis, los líderes nacionales, incluido Trump, se hayan centrado inicialmente en abordar la amenaza para sus propios ciudadanos. Pero la pandemia debe combatirse simultáneamente a nivel mundial, con el pleno apoyo de los países poderosos, aquellos que tienen la capacidad de organizar, establecer prioridades y unir esfuerzos nacionales dispares y a menudo conflictivos. A pesar de todos los cambios en el panorama geopolítico en los últimos años, una realidad básica no ha cambiado: dicha acción global es imposible si el país más fuerte del mundo, Estados Unidos, está ausente o actúa solo (Burns, 2020).

El principal argumento con el que cuenta China para reafirmar su liderazgo en la lucha contra el coronavirus es la tendencia al aislacionismo y la falta de respuesta demostrados por Estados Unidos. El mismo argumento que sustenta su aspiración al liderazgo global. El triunfo definitivo de China en su batalla por convertirse en líder global depende, por tanto, tanto de lo que haga ella misma, como de lo que haga Estados Unidos. Washington tiene todavía la posibilidad de cambiar su actitud y demostrar que aun aspira a ser el líder global. Es decir, su capacidad para gestionar el problema internamente, para suministrar recursos esenciales globalmente y coordinar una respuesta global. Es lo que se espera de un líder global.

La primera tarea, la de controlar la pandemia y proteger la poblaciones vulnerables en casa, resulta urgente. Es un asunto doméstico que se escapa del ámbito de las relaciones internacionales. Pero es un aspecto clave si Estados Unidos quiere ganar credibilidad en el exterior y tiene, por tanto, implicaciones en ese ámbito. Por ejemplo, si Washington es capaz de impulsar y subsidiar una rápida expansión en la producción de recursos críticos, como máscaras y respiradores, estará ayudando a solucionar el problema doméstico, salvando vidas en Estados Unidos, pero también será capaz de ayudar a otros a solventar el problema de escasez global de estos recursos. (Campbell y Doshi, 2020))

La contribución de Estados Unidos puede ser también significativa en los campos de las ciencias de la salud y la biotecnología. Sobre todo a la hora de crear una vacuna contra el coronavirus. El gobierno de Estados Unidos puede colaborar a este propósito creando incentivos para la investigación y, posteriormente, para la producción masiva. En Estados Unidos, empresas e investigadores financiados por el gobierno ya están avanzando hacia una vacuna aunque, incluso en el mejor de los casos, pasará algún tiempo antes de que una esté lista para su uso generalizado. Vale la pena señalar que, a pesar de la mala gestión de Washington, los gobiernos estatales y locales, las organizaciones sociales y religiosas, las universidades y las empresas no han esperado a que el gobierno federal actúe para tomar medidas. Aquí es evidente la diferencia entre un país comunista, China, en el que el Estado lo es todo y donde la sociedad civil no puede suplir su inacción, de un Estado liberal, donde otras entidades pueden suplir, al menos parcialmente, la incapacidad gubernamental. En las fases iniciales de la crisis, en China, la inactividad del gobierno y su empeño por silenciar la epidemia no pudieron ser contrarrestados por otros agentes, ni criticados por la prensa. Recordemos que los primeros médicos que denunciaron la aparición del coronavirus fueron sancionados por Pekín (Kuo, 220-2).

Pero, aunque concentre sus esfuerzos en solucionar el problema doméstico, Washington no puede pasar por alto la necesidad de una respuesta global coordinada. Lo cual requiere de un liderazgo fuerte que solvente los problemas relativos a las restricciones de movimientos, intercambio de información y flujo de recursos críticos. Estados Unidos ha proporcionado durante décadas ese liderazgo y debería hacerlo ahora de nuevo. La administración Trump ha perdido un tiempo valioso desde diciembre, pero no es demasiado tarde para formar una coalición internacional para limitar la expansión del COVID-19. Ello exigiría aglutinar a los líderes mundiales y lograr una mayor comunicación entre Estados Unidos y China.

La herramienta para ello podría ser el grupo directivo de líderes del G-20, que debería centrarse  en los desafíos económicos y de salud que se avecinan. Este grupo debería presionar a los países con mayor capacidad para acordar un esfuerzo conjunto para apoyar a países con sistemas de salud pública más débiles y permitiría a los líderes coordinar previamente las decisiones nacionales que inevitablemente afectarán a otros países. También resulta fundamental en estas circunstancias que los líderes mundiales emitan un mensaje unificado de resolución para luchar juntos contra la pandemia. Incluso un simple mensaje público de solidaridad ayudaría. El mundo necesita esperanza, y estos líderes pueden proporcionar al menos una medida de ella.

Este liderazgo requeriría una estrecha colaboración con China, en vez de una estéril lucha por imponer una u otra narrativa. Las enfermedades contagiosas han sido tradicionalmente una oportunidad para la cooperación internacional. Ocurrió con la epidemia de polio, que llevó a Estados Unidos y a la URSS a colaborar en la búsqueda de una vacuna, en plena Guerra Fría, o con la epidemia de SARS de 2003, que llevó a cooperar a Estados Unidos y China (Yanzhong, 2020).  Discutir sobre el origen de la pandemia o sobre quién la ha afrontado mejor aporta poco a la solución e impide que Estados Unidos y China lleguen a colaborar en el modo que lo requiere la situación (Larsen y Gramer, 2020). Hacer frente al desafío obliga a centrarse en la gravedad de sus consecuencias y en las medidas necesarias para paliarlas y frenar su expansión. La cooperación entre ambas potencias puede aportar mucho en términos de investigación, intercambio de información, movilización de capacidades industriales y prestación de asistencia a terceros. Una mayor cooperación entre las dos potencias podría haber minimizado los efectos de la ruptura de la cadena de distribución de productos farmacéuticos o acelerar el proceso de búsqueda de una vacuna. Ese debe ser el centro del mensaje, no el reparto de responsabilidades y éxitos entre ambas potencias.

Nunca antes, el mundo había enfrentado una crisis así, que ha puesto a prueba simultáneamente a los sistemas de salud pública de todo el mundo y a la capacidad de los países para trabajar juntos ante un desafío compartido. En situaciones anteriores de este calibre, Estados Unidos ha movilizado sus capacidades diplomáticas, ejerciendo un liderazgo que ha servido para guiar la actuación del resto de las naciones. Desafortunadamente, el presidente Donald Trump ha pasado los últimos tres años degradando estas instituciones y denigrando tanto el liderazgo de Estados Unidos, como la acción colectiva global que promueve, lo cual es una de las razones de que la respuesta global a la pandemia haya sido tan deficiente (Burns, 2020).

Conclusiones

Es difícil saber cuáles van a ser las consecuencias a largo plazo de la pandemia provocada por el COVID-19. Dependerá de la duración de la propia pandemia y de las medidas que, de manera más o menos coordinada, se pongan en práctica para mitigar sus efectos económicos y sociales. Pero sí podemos estar seguros de que habrá efectos duraderos. No todo volverá a ser igual una vez superada la crisis.

A la hora de plantear sus estrategias para luchar contra la recesión que se avecina, los Estados deberán ser conscientes de que la economía global tiene sus debilidades. La globalización crea eficiencias extraordinarias pero también enormes vulnerabilidades. La especialización puede crear fragilidades inesperadas en momentos de crisis, haciendo que las cadenas de suministro se rompan. La crisis del coronavirus ha puesto de manifiesto que, con la salud y la seguridad de sus ciudadanos en juego, los países pueden decidir bloquear las exportaciones o confiscar suministros críticos, incluso si hacerlo perjudica a sus aliados y vecinos. Para afrontar esta situación, resulta prioritario disponer de capacidades propias que garanticen, al menos inicialmente, cierta capacidad de respuesta. Ante esta realidad, se puede anticipar un cierto frenazo a la globalización. Los Estados van a aplicar políticas con un cierto grado de proteccionismo, para garantizar cierta seguridad en situaciones de crisis. Y las empresas van a ver más motivos para proseguir un proceso de relocalización que ya habían iniciado antes de la pandemia.

Cuando se supere esta pandemia, estas tendencias nacionalistas cesarán, al menos en parte, y volveremos a la globalización, pero su nueva versión será menos intensa y diferente de la que hemos conocido.(Ortega, 2020)

Este paso atrás en la globalización puede hacer de la generosidad una herramienta de influencia poderosa para los Estados que pueden permitírselo. China parece haberlo entendido perfectamente. No así Estados Unidos, que no ha actuado como líder en la respuesta global al nuevo coronavirus, y ha cedido, al menos parte de ese papel, a China. Esta pandemia está remodelando la geopolítica de la globalización, pero Estados Unidos no se está adaptando.

La recesión que seguirá a la pandemia debe abordarse de forma que no se produzca una fractura social. La situación económica va a ser dura a corto y medio plazo. Vamos a asistir a un proceso de empobrecimiento global más o menos profundo y duradero. Y son muchos los que pueden quedar completamente empobrecidos como consecuencia de ello. Esta situación debe abordarse de forma que los más desfavorecidos sientan que sus necesidades son una de las primeras prioridades, si no la primera, de las políticas encaminadas a la recuperación. En caso contrario, la consecuencia de su desesperación será la desestabilización política y el ascenso de los grupos antisistema y populistas. En última instancia, podría provocar una crisis política y social de consecuencias aún mayores que la económica.

El despliegue de soft power exhibido por China, unidos a la falta de vocación de liderazgo y de capacidad para proporcionar ayuda global de Estados Unidos han supuesto un episodio más en la la lucha por el liderazgo global en el que China ha resultado claramente vencedora. Sería necesario un cambio de actitud drástico en Estados Unidos, orientado a recuperar su papel de líder global para revertir una tendencia preocupante desde el punto de vista de Occidente. También puede enviar un mensaje peligroso sobre la mayor capacidad de los regímenes totalitarios frente a los democráticos a la hora de hacer frente a riesgos de esta naturaleza.

En última instancia, el coronavirus podría incluso servir como una llamada de atención, estimulando el progreso en otros desafíos globales que requieren la cooperación entre Estados Unidos y China, como el cambio climático. Tal paso no debería verse, y no sería visto por el resto del mundo, como una concesión al poder chino. Más bien, contribuiría de alguna manera a restaurar la fe en el futuro del liderazgo de los Estados Unidos. En la crisis actual, como en la geopolítica actual de manera más general, a Estados Unidos le puede ir bien haciendo el bien. (Campbell y Doshi, 2020).

Referencias

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[1] Según el Banco Mundial, durante las últimas dos décadas la riqueza mundial creció aproximadamente un 66%. LANGE, et al. 2018.

[2] Ver un análisis al respecto en Ortega, 2018.

[3] El Consejo de Europa define la globalización como «la cada vez mayor integración económica de todos los países del mundo como consecuencia de la liberalización y el consiguiente aumento en el volumen y la variedad de comercio internacional de bienes y servicios, la reducción de los costos de transporte, la creciente intensidad de la penetración internacional de capital, el inmenso crecimiento de la fuerza de trabajo mundial y la acelerada difusión mundial de la tecnología, en particular las comunicaciones». CONSEJO DE EUROPA, 2020.

[4] Precisamente Wuhan, la zona cero de la crisis, es conocida como la ciudad del automóvil: En ella tienen sus fábricas empresas como General Motors, Honda, Nissan, Peugeot y Renault. Sólo en el caso de Honda, Wuhan representa el 50% de su producción total en China (Ziady, 2020). En 2019, un 10% de la capacidad de producción de automóviles residía en la provincia de Hubei, cuya capital es Wuhan. Su producción, ese año, fue de 2.24 millones de vehículos (Moss, 2020). El efecto inmediato de la crisis fue una reducción del 92% en la venta de coches en la primera mitad de febrero (BBC News, 2020).

[5] Hay ejemplos tempranos que lo demuestran. Ya en febrero, Hyundai y Kia cerraron varias líneas de montaje en Korea y Nissan suspendió la producción en Japón (Paukert, 2020). General Motors, por su parte, advirtió de que los cortes en la producción podrían afectar a sus plantas en Michigan y Texas. Jaguar y Land Rover hacían la misma advertencia sobre sus plantas en Gran Bretaña y el CEO de Fiat Chrysler Automobiles ponía fecha, finales de febrero, a la suspensión de la producción de sus plantas en Europa (Farrell y Newman, 2020).

[6] En Estados Unidos aún se recuerda el plazo que hubo que esperar,  durante la pandemia de H1N1 de 2009, hasta recibir vacunas de las empresas extrajeras con las que había contratos en vigor (Barry, 2009).

[7] Un anticoagulante utilizado en cirugía a corazón abierto, diálisis renal y transfusiones de sangre.

 Ante la grave escasez de máscaras faciales, SAIC-GM-Wuling Automobile ([8] Empresa conjunta formada por SAIC Motor, General Motors y Liuzhou Wuling Motors Co Ltd., con sede en Liuzhou, en el suroeste de China, fabrica vehículos comerciales y turismo para el mercado chino) anunció que produciría máscaras, habilitando 14 nuevas líneas de producción para máscaras médicas y máscaras faciales con un volumen previsto de 1.7 millones por día. El primer lote de 200 mil máscaras se terminó el 9 de febrero. Mientras tanto, los fabricantes de automóviles BYD Co. y GAC Motor Co. también anunciaron que produciría máscaras y desinfectantes en sus fábricas. BYD estimaba su capacidad de producción en 5 millones de máscaras y 50 mil botellas de desinfectante por día, con el primer lote donado a conductores de autobuses públicos, taxis, flotas de transporte y voluntarios implicados en la lucha contra el brote.(Hutt, 2020).

[9] La escasez crítica de recursos sanitarios forzó a sus médicos a tomar decisiones propias de medicina de guerra: a qué pacientes tratar de salvar y a cuáles dejar morir (The Conversation, 2020).

[10] El comercio de mercancías, por ejemplo, se ha contraído en 2019, el primer año en que se registra un descenso desde 2009, según el último Economic Outlook de la OCDE. OCDE 2020.

[11] La Air Transport Association (IATA) prevue que el COVID-19 provocará pérdidas de 113 millones de USD (ZAIN, 2020)

[12] El secretario de Estado de Estados Unidos, Mike Pompeo, resaltó a este respecto: “The Chinese Communist Party didn’t get it right and put countless lives at risk as a result of that” (Larsen y Gramer, 2020).

[13] Un análisis exhaustivo al respecto: Chan et al. 2011.

[14] Se estima que cerca del 80% de los componentes básicos de los productos farmacéuticos empleados en Estados Unidos, proceden de China e India. Cuando China cerró sus fábricas, la producción en India también se vio seriamente afectada, por la falta de componentes necesarios, que debían proceder de China (HUANG, 2020).

[15] “China puede volver a levantar la cabeza, mirar alrededor y encontrar oportunidades de brindar apoyo” según John Delury, profesor de la Yonsei University de Seul. “Parece que China está ayudando al mundo, mientras que Estados Unidos está en modo ‘América Primero’”. Citado por LARSEN y GRAMER, 2020.

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Javier Mª Ruiz Arévalo

Coronel del Ejército de Tierra español y Licenciado en Derecho. Ha desplegado en dos ocasiones en Kabul, desempeñando cometidos en el área de la cooperación cívico militar.

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