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Inteligencia Estratégica desde la Periferia

https://global-strategy.org/inteligencia-estrategica-desde-la-periferia/ Inteligencia Estratégica desde la Periferia 2021-11-29 08:56:00 Juan Francisco Rasso Blog post Análisis y Estrategia Global Strategy Reports Servicios de Inteligencia
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Global Strategy Report, 49/2021

Resumen: El siguiente trabajo se propone indagar en la relación entre la Inteligencia, como organización, proceso y producto, específicamente en su nivel estratégico, y un sistema internacional jerárquico y en permanente competencia. Si la inteligencia estratégica ocupa un rol importante en los países centrales, desarrollando los intereses nacionales, delimitando los problemas y objetivos, el presente informe, postulará desde el análisis del caso argentino, que acaso esta actividad no se encuentre lo suficientemente bien definida, ni incorporada en la cultura institucional de los Estados de la periferia del sistema.

Se abordaran aquí los cambios en los escenarios estratégicos, y la necesidad de abordarlos desde una perspectiva, histórica y geopolíticamente, situada. Además, quedarán planteados los nuevos desafíos que esos mismos escenarios imponen en la misión y función, como en las estructuras orgánicas, de las instituciones a cargo de producir inteligencia.  Finalmente, se incluye la dimensión económica entre las principales definiciones estratégicas que pueden tomar los actores del sistema internacional, en la necesidad de describir y caracterizar entornos, definir sectores y actores a potenciar, administrar los recursos disponibles, definir plazos o evaluar la consistencia y viabilidad de los objetivos. 

Para citar como referencia: Rasso, Juan Francisco (2021), “Inteligencia Estratégica desde la Periferia”, Global Strategy Report, No 49/2021.


Inteligencia Estratégica y Sistema Internacional

Si tenemos en cuenta uno de los principios fundamentales de la Escuela Realista de relaciones internacionales, debemos partir desde la concepción anárquica del sistema internacional, es decir, no existe una autoridad suprema que detente el monopolio del uso legítimo de la fuerza.  Por lo tanto el actor fundamental de este sistema, postula esta escuela, serán los Estados nacionales, y su principal preocupación, en este contexto anárquico, del que se desprende la naturaleza permanentemente conflictiva entre los actores que componen el sistema,  será la supervivencia.

Por otro lado desde el neorrealismo o realismo estructural, se considera que el sistema internacional es además de anárquico, descentralizado, y que sus unidades son en principio iguales, puesto que: “la anarquía implica relaciones de coordinación entre las unidades de un sistema y eso implica paridad” (Waltz, 1998:283). Por lo tanto, y acaso paradójicamente, existiría una estructura que define la disposición de las partes del sistema. Este ordenamiento se conforma en función de las interrelaciones de las unidades, que en el sistema internacional son los Estados, y de sus capacidades. Para el realismo clásico los Estados piensan y actúan en términos de interés definido como poder, mientras el neorrealismo postula que la principal preocupación del Estado es garantizar su seguridad.

De manera que hasta aquí se observan dos enfoques resultantes de la misma teoría realista, en los que la diferencia radica en el énfasis puesto: en los Estados como actores fundamentales, o en la estructura del sistema, que define la disposición de las partes. ¿Qué interesa más para un análisis o apreciación de los distintos escenarios?, ¿El sistema mismo, los patrones de interacción entre las unidades, o constituyen los propios actores el nivel estratégico para poder entender lo que sucede entre ellos?

De alguna manera un autor argentino, abordará en forma superadora este debate teórico, entendiendo al Sistema Internacional como:

“Un conjunto de elementos que, conformando un todo integrado, se encuentran esencialmente ligados entre sí por influencias asimétricas, de suerte tal que los elementos con mayor peso específico influencian a los otros elementos más de los que son influenciados por estos. De tal forma que la estructura del sistema, sustancialmente oligopólica, dada la diferencia de peso específico entre los elementos componentes, produce reglas de juego, válidas en forma absoluta o relativa dependiendo del peso específico de cada elemento, de manera que los elementos de mayor peso específico – aunque condicionados por el proceso histórico- determinan al conjunto, más de los que son determinados por este.” (Gullo, 2018: 138)

Por lo tanto, existe un sistema, ciertos patrones que definen la disposición y comportamiento de las partes,  pero se trata de una estructura sumamente jerárquica, las normas o reglas de juego son percibidas en forma absoluta o relativa, según el peso específico de cada actor. Cada estado perseguirá, en última instancia su supervivencia, pero antes de eso, velará por su seguridad, y por intentar mantener o aumentar sus grados de autonomía, o autodeterminación. Si se quiere, buscaran minimizar los riesgos de un ataque militar y neutralizar cualquier tipo de presión política o coerción económica, en función de proseguir libremente su desarrollo y progreso.

¿Qué rol puede cumplir entonces la Inteligencia, como organización, producto y proceso, ante este contexto, y frente a la persecución de esos objetivos? Por otra parte, y habida cuenta de la naturaleza jerárquica del sistema internacional, ¿Cómo puede pensarse esa actividad en actores,  con capacidades medias o bajas? ¿Puede la Inteligencia Estratégica, colaborar en superar los condicionantes para su desarrollo, aumentar sus recursos, o paradójicamente, estará presente el riesgo de agregar a la dependencia que puedan experimentar en el plano económico, político, de seguridad y defensa, la falta de autonomía en la dimensión de la Inteligencia Estratégica, en términos de poder determinar sus propios objetivos, sus ámbitos de intereses o sectores considerados estratégicos, como la propia aptitud para producir ese nivel de conocimiento para la toma de decisiones?

Respecto de la primer pregunta, por ejemplo, el documento “National Intelligence Strategy”, de la Casa Blanca (2010) establece taxativamente que la seguridad y la prosperidad de ese país dependen de la calidad de la inteligencia que se recopile y del análisis que produzca, de su habilidad para evaluar y compartir a tiempo esa información y finalmente de la competencia para contrarrestar las amenazas. Define entonces: “nuestra política exterior se puede beneficiar si se realiza un examen más cuidadoso y analítico de la realidad de otros estados”.

La Inteligencia Estratégica es concebida como un apoyo a los decisores políticos para conseguir influir en el devenir de los acontecimientos, ayudando a comprender los factores operativos en los cuales los Estados, pudieran tener  un determinado impacto. En este sentido la función de  la Inteligencia Estratégica no es la de evitar sorpresas estratégicas,  sino la de comprender el entorno para poder anticiparse o incluso, configurarlo,  para que la política exterior de cada actor, y fundamentalmente su dimensión económica, puedan desarrollarse de la manera más beneficiosa posible. “La Inteligencia Estratégica ayuda a proveer de contexto, desarrolla los intereses nacionales y delimita nuestros problemas y objetivos”. Se agrega que se debiera requerir de esta actividad, una presencia mayor en todo el ciclo de las políticas públicas, pero al menos, en el inicio del mismo: en la fijación de la agenda y en la priorización de objetivos, es decir, en la fase de diseño. (Díaz Fernández, 2013)

Respecto de los escenarios estratégicos, en los que se desempeña este nivel de inteligencia, los contextos que describe, o los factores operativos que provee, hay que decir que los mismos han cambiado sustancialmente desde los orígenes de la inteligencia estratégica moderna, a mediados del siglo XX.

Básicamente, lo que ha cambiado es el escenario estratégico de la bipolaridad y la disuasión nuclear, propias de la guerra fría. A partir de la década del ’90 del siglo XX, comienza a reconfigurarse el contexto donde se debe operar, ganando lugar nuevas agendas, nuevas amenazas, y paradigmas,  nuevos objetivos y lógicas de acción para la inteligencia estratégica. Aparece por ejemplo el concepto de seguridad humana, o el de seguridad integral, que llegan incluso a ampliar la dimensión, la complejidad, y el alcance de la actividad.

Comienza a cobrar relevancia la incidencia sobre los sistemas energéticos, sanitarios, alimentarios, medioambientales, infraestructura, tecnología, además de promoverse la acción coordinada de los instrumentos de gestión pública de los ámbitos político-institucional, técnico y diplomático, para  desarrollar estrategias preventivas o respuestas ejecutivas de distintas escalas, “con el objetivo último de garantizar la satisfacción de las necesidades básicas de las personas y la seguridad de los consumidores, amparar el respeto de los derechos humanos y proteger el ejercicio de los derechos democráticos.”  (Díaz Fernández, 2013: 44)

Las “nuevas amenazas” con las que deberían lidiar los sistemas y organizaciones de inteligencia,  abarcan desde el terrorismo internacional, difusión de armas de destrucción masiva, los estados fallidos, hasta pandemias y crimen organizado transnacional. Todos estos tópicos están interconectados por una serie de factores subyacentes, que incluyen al cambio climático, la lucha por las fuentes de energía, pobreza y los problemas de gobernabilidad en determinados Estados, cambios demográficos y globalización.

Cabe aquí reparar en que la descripción de estos escenarios, la formación de nuevos paradigmas o la definición de las nuevas amenazas suelen muchas veces ser realizadas, desde la perspectiva y en función de, los intereses de los países centrales. En este sentido puede brevemente recordarse el concepto y proceso de “securitización” que describe la Escuela de Copenhague. A partir de allí, se señala que existen formas de limitar la agenda de seguridad, siendo que esta responde a una estructura específica. En primer término, ocupa un lugar central la capacidad de los actores para reclamar sobre determinados objetos de securitización o para señalar amenazas. Es decir no cualquier actor podrá priorizar un objeto a asegurar, o identificar otro como una amenaza. Luego está el reclamo en sí mismo, habrá ciertos argumento con mayor posibilidad de ser atendidos, del mismo modo, será importante la forma en que estos se presenten, el objeto al que refieren y la posición desde la cual se efectúa ese reclamo securitizador. Y es que el proceso de securitización, no es un tipo cualquiera de construcción social, ya que se trata de la identificación de “amenazas existenciales”.

Puede entonces aquí plantearse la necesidad de reflexionar acerca de si efectivamente, desde países con capacidades medias o limitadas, es posible definir escenarios desde una perspectiva situada, así como la necesidad de reconocer amenazas, objetivos, aliados o enemigos, en relación a los propios intereses nacionales, previamente identificados.

En este sentido la Directiva de Política de Defensa Nacional de la República Argentina 2021, parte de un  Diagnóstico y Apreciación del Escenario de Defensa Global y Regional, en el que resulta interesante reparar. Allí, se describe una configuración de poder internacional, que se define como difusa y compleja, y en la que se distinguen distintos tableros estratégicos, interconectados: el estratégico-militar, el económico-comercial y el de las relaciones transnacionales. Además se califica a la Argentina como a una “potencia media”.

En el tablero estratégico-militar, se destacan tres actores: Los EEUU (En primer lugar y con mucha diferencia), la República Popular China y la Federación de Rusia. Se ordenan en función de sus presupuestos en defensa, despliegue internacional, capacidades logísticas, tecnológicas  y de infraestructura, e inversión en investigación y desarrollo. Se describen sus prioridades estratégicas, sus áreas de influencia y zonas de interés.

En otro orden se describe un estadio de virtual parálisis del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, y se apunta que la condición unipolar del campo estratégico-militar facilitó que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) se mostrara más inclinada a realizar operaciones de intervención militar directa en las últimas TRES (3) décadas que en todo el resto de su historia.  En paralelo, se observa una creciente relevancia de  mecanismos regionales y bilaterales de cooperación en el área de defensa, mientras que los deslizamientos en la redistribución del poder global desde el Eje Atlántico a la cuenca del Pacífico constituyen una tendencia de fondo.

Se señalan ciertas áreas del planeta donde predominan rivalidades, conflictos y enfrentamientos interestatales, en desarrollo o altamente probables, tales como: Medio Oriente, Asia Central o del Este. En contraste, América del Sur  aparece como  una “Zona de Paz”. Finalmente se incluye a las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sándwich del Sur, permaneciendo ilegítimamente ocupadas por el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte. Se entiende que a las limitaciones que impone a nuestro país para el ejercicio efectivo de la soberanía, se le suman la posición geopolíticamente estratégica que detenta el Atlántico Sur debido a sus riquezas en recursos naturales, renovables y no renovables, y a su función como centro de operaciones para obturar la circulación hacia el Continente Antártico y limitar el flujo de navíos entre el Océano Pacífico y el Océano Atlántico.

En cuanto al tablero económico-comercial, aparece con un nivel de concentración de poder, mucho menor. Aquí de nuevo, el centro del poder mundial se ha ido desplazando desde el eje Atlántico hacia la Cuenca del Pacífico. A partir de la dinámica de crecimiento económico de estos países, en la inversión sostenida en el área de defensa y en su vocación de definir y defender sus intereses nacionales. Toda esta proyección es apuntalada por proyectos estatales que buscan afianzar la creciente transformación de las economías del sur y el este de Asia.

El documento resalta la importancia para la Argentina de evaluar detenidamente el desenvolvimiento de tensiones en torno de rutas comerciales y recursos estratégicos  “toda vez que las condiciones de explotación que se fijen pueden afectar su seguridad y la viabilidad de sus proyectos de desarrollo económico-social.” (DPDN, 2021)

Por último se aborda el “Tablero Transnacional”. Se observa un mayor grado de dispersión del poder, multiplicidad de actores involucrados y una diversidad de dinámicas en juego,  que redunda en un escenario cambiante cuya evolución resulta difícil de prever. Cabe agregar que en este tablero se supera el enfoque interestatal. Se destaca la carrera por el desarrollo y el despliegue de la nueva generación de tecnologías móviles, en particular las llamadas “redes 5G”, lo cual conlleva una disputa por el control tecnológico de los medios de transmisión y almacenamiento de datos. En un sentido más amplio, el ciberespacio, aparece como una nueva dimensión para la defensa, dando lugar a replanteos y adaptaciones de los sistemas de defensa. Aquí,  el ciberespacio no constituye un “espacio en sí mismo”, sino que se trata de una dimensión que atraviesa a todos los espacios tradicionales (tierra, mar, aire y espacio).

Se presenta también una dinámica que requeriría atención: el cambio climático, que incluiría procesos intensificados de sequía, desertificación de suelos fértiles, crecimiento del nivel del mar, inundaciones y fenómenos meteorológicos graves, que como resultado, podrían desatar conflictos domésticos, interestatales y/o transnacionales a causa de nuevas crisis económicas, habitacionales, alimenticias y de salud, entre otras.

El panorama económico-financiero, se vislumbra inestable, con persistencia de importantes grados de exposición a las acciones de grupos financieros especulativos, aun en las economías más desarrolladas. A esto se suman la puja comercial desatada entre los EEUU  y la RPCH, el BREXIT y la caída del producto global a partir de las disrupciones al comercio y al consumo causadas por la pandemia que terminaría por definir un contexto de “reordenamiento global, incertidumbre y leve recuperación económica.”

A partir de este diagnóstico, se llega a concluir que para La República Argentina, en un contexto de fragmentación, fluctuación e inestabilidad, el principal reto  “consiste en encontrar un balance provechoso entre la cooperación mutuamente beneficiosa con los actores globales que controlan el acceso a recursos y la capacidad de definir y proteger autónomamente los intereses del país.” (DPDN, 2021)

Este documento resulta oportuno, ya que este país, concibe a la inteligencia nacional como “la actividad consistente en la obtención, reunión, sistematización, y análisis de la información específica referida a los hechos, amenazas, riesgos y conflictos que afecten la seguridad exterior e interior de la Nación” pero, al menos en su sistema normativo, la Argentina no define la Inteligencia Estratégica y la circunscribe al ámbito de la Defensa, como expresa su inciso 4 “Inteligencia Estratégica Militar”, tarea que está a cargo de la Dirección Nacional de Inteligencia Estratégica Militar del Ministerio de Defensa, cuya responsabilidad primaria es Producir inteligencia estratégica para la defensa en forma permanente, relacionada con las amenazas del marco externo, para asesorar al Ministro de Defensa en todo lo concerniente a ella. (Romanelli, 2015)

A nivel sudamericano, también pueden hallarse experiencias en las que, a partir de la toma de conciencia de los cambios en la dinámica de poder en las últimas décadas, se intentan interpretar tendencias, realizar previsiones en varios asuntos críticos y proporcionar análisis para ayudar a lograr los objetivos estratégicos a nivel nacional y regional.

Brasil, por ejemplo, hace algunos años, tomando nota de las diversas expresiones ambientalistas y comerciales referidas al valor de algunas regiones entre las que se hallan vastas áreas suramericanas y oceánicas, que se suman a situaciones conflictivas definidas desde los países centrales como “soberanía limitada”, espacios sin gobierno u “estados fallidos”, evaluadas como perjudiciales para esas potencias y eventualmente utilizadas como excusas para intromisiones en detrimento de países de la región,  había llegado a identificar nuevas áreas de interés, valor y cursos de acción, imponiéndose la necesidad de variar sus concepciones de proyección por la de empoderamiento suramericano como herramienta de posicionamiento internacional creando un punto fuerte en el sistema multipolar y para el refuerzo de la defensa de sus intereses. (Romanelli, 2015)

Esos cambios en la política de defensa de Brasil, se evidenciaron en el impulso al Consejo de Defensa Suramericano (CDS), la participación en la operación de Naciones Unidas en Haití (MINUSTAH) o la intensificación de intercambios y cooperación con los países ribereños africanos. A partir de esta posición más activa, y con el instrumento de la integración regional, Brasil definía una nueva aérea de influencia, que en realidad responde a antecedentes y pretensiones geopolíticas históricas, pero sobre las cuales pretendía ahora liderar en términos de seguridad y defensa.

“Esto responde sin duda, a un cuidadoso estudio y análisis longitudinal, transversal y prospectivo de una o varias situaciones que afectan sus intereses, dado la vastedad de su geografía y escenarios, así como una valorización del escenario global. Este enfoque (…) debe responder a una planificación estratégica, apoyada en una importante producción de inteligencia estratégica integrada con análisis prospectivo, que les ha indicado un conjunto de acciones estratégicas para construir una Trayectoria Estratégica que los deposite en un escenario deseado: el empoderamiento a partir del liderazgo suramericano y la consolidación de las áreas de interés como áreas de influencia, particularmente el Atlántico” (Romanelli; 2015: 460)

Desde el punto de vista Argentino, se pueden identificar una serie de intereses estratégicos que en el mismo sentido se fueron operacionalizando, en particular en la relación con el Brasil, entre los cuales podemos destacar: la integración y seguridad regionales; los recursos naturales, renovables y no renovables; la preservación del medio ambiente; los espacios marítimos, insulares y fluviales de interés; la libre circulación en las rutas atlánticas para su comercio; los pasajes interoceánicos; la preservación de los vacíos geopolíticos; la paz y seguridad internacionales.  

La organización

Ahora bien, así como las agendas del ámbito de la Inteligencia Estrategia han evolucionado desde la época de la guerra fría, también lo han debido hacer las propias instituciones dedicadas a su producción, en cuando a los modelos de trabajo y las formas en que definen sus estructuras orgánicas y funcionales.  

“El modelo de inteligencia que nace durante la Guerra Fría –y su específico entendimiento de «estratégico»– han sido: i) práctica de la desinformación, ii) gran uso de la tecnología para el control de los ciudadanos, iii) primacía de la efectividad frente a los derechos y libertades ciudadanas, iv) presencia de los servicios de inteligencia en todos los ámbitos de la vida, y v) realización de acciones encubiertas.” (Díaz Fernández, 2013: 49)

Como ya hemos mencionado anteriormente a partir del cambio en las agendas post caída del muro,  los servicios de inteligencia se vieron sobrecargados con nuevas funciones que iban desde verificación de tratados de reducción de armamento, investigación de genocidios, a protección de redes de comunicación, hasta el  blanqueo de dinero, crimen organizado y el  terrorismo.

Tal como suele explicarse, la dimensión de estas nuevas competencias, conspiraron en contra de la posibilidad de rediseñar las organizaciones, las estructuras y paradigmas de funcionamiento, y todo entró nuevamente en crisis tras el 9/11. A partir de allí la agenda contrainsurgente/contraterrorista alcanza una nueva escala, hegemonizando las preocupaciones de las comunidades de inteligencia, que ante la urgencia de respuestas, reciclaron el modelo de la guerra fría, pero sobrecargado de recursos humanos y capacidades tecnológicas.

Gradualmente, se fueron incorporando mejoras en los sistemas y organizaciones, que surgían mayormente de informes de evaluación de lo sucedido en el 9/11, como no es menos cierto que la focalización de la inteligencia en el contraterrorismo terminó también por distraer la atención y esfuerzos de otras problemáticas, como el crimen organizado.

No obstante, con el correr de los años, los sistemas de inteligencia, sobre todo en los países centrales, han ido evolucionando, tendiendo hacia formas más previsoras, colaborativas, agiles e innovadoras. Actualmente se espera que los mismos sean capaces de integrar todos los elementos del poder nacional, incorporándolos a la toma de decisiones bien fundamentadas, que resulten en acciones decisivas. Se prescribe la inversión en oportunidades y fortalezas, por sobre la detección de sorpresas o amenazas. Se pone el foco en el desarrollo económico y en el soporte a las acciones diplomáticas. Las organizaciones deben ser al día de hoy menos redundantes, más adaptables y tendientes al trabajo en red e inter-agencial.

Estos cambios deben ir acompañados por la incorporación de tecnología en permanente avance, pero intentando tender hacia un equilibrio entre las ventajas que ofrece la misma,  las cualidades que solo pueden aportar los recursos humanos, y los objetivos de la inteligencia en el nivel estratégico:  

“Avanzar hacia una inteligencia estratégica pasa, además de por comprender los escenarios, por tener claro cómo realizar el procesamiento y la fusión de los datos disponibles de las múltiples e ingentes fuentes de información. La necesaria fusión de información que genera se referiría, por tanto, a los medios, no al fin, y ha de incluir toda una serie de técnicas como redes de sensores para la gestión de datos, recopilación de datos con la interactuación máquina-persona, optimización organizativa o el análisis de datos a gran volumen.” (Díaz Fernández, 2013: 54)

Claro que se abre el interrogante sobre si la naturaleza de estos cambios requeridos han sido, o pueden ser llevados adelante, en países periféricos. En Argentina, por ejemplo, las modificaciones orgánicas, han ido en sentido de unificar la inteligencia exterior e interior, bajo el paraguas de la inteligencia nacional, y en todo caso, migrar desde el paradigma de la seguridad nacional, al de seguridad pública, incorporando instrumentos de trasparencia, respeto a las libertades y garantías constitucionales y principios de legitimidad republicana.  Pero, tal como ya se mencionó, probablemente no se encuentre suficientemente bien definido el rol de la Inteligencia Estratégica, no haya habido oportunidad de pensar en misión y funciones más amplias, o en adaptar las estructuras y formas de trabajo, para objetivos y desafíos más complejos, o en un sentido más amplio, incorporar una “cultura de Inteligencia” para la toma de decisiones estatales al más alto nivel.    

Economía

Una de las dimensiones, sino la principal, que definen la condición “periférica” de una nación, es la dimensión económica. Con lo cual cabría pensar en la necesidad de incluir esta variable entre el universo de acción y los objetivos de la Inteligencia Estratégica en los países periféricos, que quisiesen dejar de serlo.  

De hecho la dimensión económica, la disputa por los recursos, han estado entre las causas de conflicto entre las comunidades humanas, probablemente desde el neolítico. No obstante, en su faz moderna, en el siglo XX tras la 2da guerra mundial, la economía ha venido ganando en importancia como un nuevo espacio de dominio. Si economía y política han estado siempre interconectadas, a partir de entonces, ambas irán ocupando cada vez más posiciones que antes eran asumidas por los ministerios de guerra. Los conflictos armados, la anexión territorial, los dominios políticos formales,  dejan paso a las competencias por mercados, innovaciones que otorguen ventajas posicionales, estrategias de reducción de costos, etc. Así, surgen dentro otras disciplinas, la geoeconomía por ejemplo, que mide el progreso mediante la participación que un determinado producto alcanza en el mercado, en lugar de centrarse en el avance que una fuerza militar realiza sobre el mapa.

La geoeconomía también puede definirse como:  

“El análisis de las estrategias de orden económico —especialmente comerciales— decididas por los Estados en el contexto de las políticas conducentes a proteger las economías nacionales o ciertos elementos bien determinados de estas, a adquirir el dominio de ciertas tecnologías claves y/o a conquistar ciertos segmentos del mercado mundial relativos a la producción o comercialización de un producto o de una gama de productos sensibles, sobre los cuales su posesión o su control confiere a los detentadores” (Olier, 2013: 10)

Es así como dadas las nuevas exigencias para los Estados, sus servicios diplomáticos, u agencias estatales dispuestas a sostener los activos nacionales en este contexto de permanente competencia, que en muchos casos, se decide recurrir también a los servicios de inteligencia. La inteligencia económica se concibe entonces como: “el conjunto de acciones coordinadas de investigación, tratamiento y distribución de la información para tomar decisiones en el orden económico.” (Olier, 2013: 11), y es que, como venimos apuntado, la defensa de los intereses nacionales, en el mundo de hoy, implica necesariamente la inclusión de los aspectos económicos.  

Cuando hablamos del mundo de hoy, nos referimos a la era de la globalización. Ésta es parte de un proceso que reconoce distintas etapas, también desde mediados del siglo XX, y de la que puede señalarse que no se reduce a lo comercial o lo financiero, sino que  también incluye aspectos culturales, políticos y sociales, que confluyen en un orden caracterizado por: movimientos de personas de un país a otro,  flujo de capitales entre fronteras, Intensificación del comercio internacional, y fuerte innovación tecnológica.

Aunque en este punto podría resultar interesante traer a colación la definición de Aleksandr Dugin (2018) sobre la globalización, cuando señala que se trata en realidad de una interpretación y manifestación particular del proceso de mundialización. La globalización, no sería la integración de los distintos Estados, naciones, culturas o economías mundiales, sino la proyección de una determinada matriz política-económica-cultural, y, de una de civilización sobre el resto.

Aun así, entre las principales definiciones estratégicas que pueden tomar los actores del sistema internacional, se incluyen: inversiones de capital, innovación en productos o tecnologías de interés para el Estado, posición de dominio sobre los mercados, tarifas arancelarias, medidas regulatorias, políticas monetarias y fiscales y demás medidas que hace al  conocimiento estructurado para la toma de decisiones, en este caso, en el plano económico. (Olier, 2013).  De nuevo, si estos son temperamentos que asumen los principales actores del sistema internacional en sus permanentes dinámicas de competencias, ¿Cuánto más necesario, resultaría un nivel de planificación, en Estados con capacidades medias y bajas?

Teniendo en cuenta estas consideraciones, es que podemos postular la conveniencia para los países periféricos de, en primer lugar, poner en valor el rol de la Inteligencia Estratégica, y en el mismo sentido, esta no debiera dejar de involucrar al factor económico. En términos de: describir el entorno competitivo, establecer la evolución previsible de los factores competitivos, verificar si los elementos que soportan la estrategia son consistentes en el tiempo, disponer de las tecnologías de análisis y vigilancia, identificar amenazas y debilidades, fortalezas y oportunidades, y finalmente, tener la capacidad de evaluar las estrategias que se hubiesen puesto en marcha, y eventualmente, disponer correcciones o nuevas orientaciones.  

La Escuela Francesa concibe a la inteligencia económica como el conjunto de acciones coordinadas de investigación, tratamiento y distribución con vistas a su explotación, de la información útil a los actores económicos. En la misma línea, en el caso de España se la entiende como a las actividades del Estado para defender sus intereses económicos en el marco internacional. En oposición a las concepciones liberales, más propias del mundo anglosajón, resaltamos aquí estas definiciones de la tradición continental en tanto le reservan al Estado un rol de importancia, acaso pudiendo ser el actor, capaz de planificar en plazos más largos, de encarnar los intereses generales de una Nación, la idea de bien común, y de perseguir la seguridad y la autodeterminación colectiva, en un sentido integral. En los países con capacidades medias o limitadas, la planificación estratégica y el mayor aprovechamiento de los recursos disponibles, pueden resultar aún más necesarias.

Por un lado los fallos del mercado hacen que el Estado deba intervenir, y por otro éste aparece como el único actor con competencia y legitimidad para gestionar un bien público, como la Inteligencia. Asimismo, la Inteligencia Estratégica cumple una función de seguridad  y persecución de grados de  autonomía,  que en el sistema internacional, solo puede ser llevada adelante por el Estado. La Inteligencia Estratégica, incluyendo necesariamente las variables económicas, constituyen el  “tipo de conocimiento que un Estado debe poseer para garantizarse que sus intereses no sufrirán, ni sus iniciativas fracasarán debido a que sus decisores políticos o sus soldados planifican y actúan bajo la ignorancia” (Kent,1949)    

A modo de conclusión

En un sistema internacional de características anárquicas, sustancialmente oligopólico y en permanente competencia, los actores con recursos de poder limitados, ven condicionada, en mayor o menor grado, su autonomía para la toma decisiones, su libre desempeño en función del desarrollo y en definitiva, su seguridad. En este contexto la Inteligencia Estratégica para los países en la periferia del sistema podría jugar un rol indispensable, en pos de la maximización de sus posibilidades y del aumento gradual de su poder relativo. Paradójicamente, las naciones como la nuestra no parecieran haber desarrollado plenamente su potencial en este sentido. La Inteligencia Estratégica resulta ser una actividad a la que se le otorga mayor relevancia en los países centrales, acaso quizás una de las razones por la que hubiesen alcanzado esa condición. Países de un poder medio como la República Argentina, debieran en principio re-asignar el rol normativo institucional de la Inteligencia Estratégica, para luego reorganizar orgánica y funcionalmente las dependencias competentes en la materia, en función adaptarse a los nuevos contextos, a la complejidad de los fenómenos a abordar y la interrelación de las variables. Si pueden resultar esperables ciertos límites a alcanzar, en cuanto a presupuestos, recursos tecnológicos y de infraestructura, estos pudieran compensarse con mayor inversión a mediano plano en la selección y formación de recursos humanos, y desarrollando una cultura de inteligencia a nivel estatal. En el plano regional e incluso en experiencias realizadas en el país, pueden encontrarse experiencias que van en este sentido. Finalmente, el factor económico, la necesaria planificación y el rol de Estado en función de equiparar desigualdades, compensar deficiencias, proteger y potenciar sectores dinamizadores, pareciera ser de inclusión ineludible para la producción de inteligencia en el nivel estratégico.

Bibliografía

Díaz Fernández, Antonio M. “El Papel de la Inteligencia Estratégica en el Mundo Actual”. 2013

Directiva de Política de Defensa Nacional, Ministerio de Defensa, República Argentina. 2021

Gullo, Marcelo. “Relaciones Internacionales, una Teoría Crítica desde la Periferia Sudamericana”. Buenos Aires: Editorial Biblios; 2018.

Dugin, Aleksandr. “Geopolítica Existencial, Conferencias en Argentina”. Buenos Aires. Nomos. 2018.

Morgenthau, Hans. “La Política entre las Naciones”. Buenos Aires: Grupo Editor Latinoamericano. 1987.

Olier Arenas, Eduardo. “Inteligencia Estratégica y Seguridad Económica”. 2013

Romanelli, Antonio. “La Inteligencia Estratégica y el Interés Atlántico del Mercosur. 2015

Russell, Swenson. “Comprendiendo la Cultura de Inteligencia en las Américas y Su Utilidad Estratégica para la Seguridad Nacional. 2015

Waltz, Kenneth. “Teoría de la Política Internacional”. Buenos Aires: Grupo Editor Latinoamericano. 1998


Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España). ISSN 2695-8937

Juan Francisco Rasso

Analista y Magister en Estrategia y Geopolítica por la Escuela Superior de Guerra y la Universidad Nacional de la Defensa de Argentina

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