• Buscar

Los talibán tras el acuerdo de Doha ¿Proceso de paz o maniobra táctica?

Global Strategy Report, 52/2020

Resumen: Tras la firma del Acuerdo de Doha entre EEUU y los talibanes, no se ha producido la reducción en el nivel de violencia que muchos esperaban. Pese al cese de acciones ofensivas por parte de las fuerzas internacionales y la adopción de una postura defensiva por parte de las fuerzas gubernamentales, los talibanes han continuado desarrollando una notable actividad ofensiva. La situación resultante resulta frustrante para las fuerzas de seguridad afganas, fortalece a los insurgentes e incrementa el riesgo para los afganos que habitan en las zonas disputadas entre unos y otros. Ante esta situación cabe preguntarse si los insurgentes afrontan el proceso de paz de forma honesta o simplemente persiguen fortalecer su posición tras la victoria evidente que supone haber conseguido la retirada de las fuerzas estadounidenses.


El pasado 29 de febrero, EEUU y los talibanes firmaban en Doha un acuerdo que implicaba una reducción de la violencia, un calendario para la retirada de las fuerzas de EEUU y el inicio inmediato de conversaciones de paz intra-afganas. No era un acuerdo de paz, pero abría la puerta a negociaciones para alcanzarlo.

Las consecuencias de la firma del Acuerdo de Doha han sido muy diferentes para quienes sufren directamente las consecuencias de la guerra, tanto combatientes como no combatientes,  dependiendo de la zona del país en la que se encuentren.  El hecho de que, tras la firma del acuerdo, Estados Unidos detuviera en gran medida los ataques aéreos y el gobierno afgano adoptara una postura defensiva ha llevado a que quienes viven en áreas controladas por los talibanes se encuentren con una situación de paz inesperada. Pero, en otras zonas, aunque los talibanes hayan dejado de realizar ataques a gran escala, las informaciones disponibles apuntan a que se están intensificando otras formas de violencia, que están provocando un aumento en el número de bajas entre los no combatientes. La euforia de los talibanes contrasta en estas zonas con la desmoralización de las fuerzas gubernamentales (Afghan National Security Forces, ANSF). El acuerdo de paz firmado en Doha entre EEUU y los talibanes ponía coto a los ataques contra las fuerzas de EEUU y sus aliados. Pero, según los talibanes, no impide que continúen los ataques congas las fuerzas gubernamentales, siempre que no supongan ataques a instalaciones militares importantes.

Talibanes y estadounidenses hacen interpretaciones muy diferentes de lo acordado en lo que respecta a la reducción de la violencia. De acuerdo con su interpretación de lo acordado, EEUU ha procedido a reducir drásticamente las acciones aéreas, claves para apoyar a las ANSF en su lucha contra la insurgencia. El gobierno afgano, conforme con esta interpretación, ha decidido pasar a una postura defensiva, interrumpiendo las acciones ofensivas, incluidas las acciones nocturnas de las fuerzas especiales, muy efectivas para capturar o eliminar elementos talibanes. Este cambio de postura ha supuesto también el cese de las operaciones ofensivas en territorios contestados o controlados por la insurgencia. El grupo insurgente, según su propia interpretación del acuerdo, se ha limitado a no realizar acciones ofensivas de envergadura, pero ha incrementado otro tipo de ataques.

Esta situación ha supuesto un alivio para los afganos que viven en zonas bajo control talibán, en las que han dejado de sufrir la amenaza de ataques aéreos, operaciones terrestres a gran escala e incursiones nocturnas. Para muchos, la vida ha adquirido una normalidad desconocida desde hace años. En las áreas bajo control gubernamental la situación es muy diferente. Si bien es cierto que ha disminuido el riesgo de verse atrapados en ataques terroristas a gran escala, el riesgo derivado de ataques de menor perfil es ahora igual, si no mayor, al que existía antes de la firma del acuerdo de Doha. Por último, para quienes viven en zonas disputadas, la postura defensiva adoptada por las ANSF significa que los ataques talibanes contra posiciones gubernamentales se han vuelto más frecuentes, al igual que las respuestas indiscriminadas de las ANSF, aumentado el riesgo para los no combatientes de quedar atrapados en el fuego cruzado

Como es fácil de imaginar, la desaparición de la amenaza de ataques de las ANSF o de la aviación estadounidense ha provocado que la moral de los insurgentes se haya visto reforzada. Muchos sienten que la victoria está más cerca que nunca, ya sea a través de medios políticos o por la vía militar. La otra cara de la moneda la representan muchos miembros de las ANSF, que expresan su frustración por la pasividad del gobierno frente a los talibanes y consideran que el acuerdo de Doha se hizo de mala fe: unos sólo buscaban abandonar Afganistán salvando la cara; otros librarse de un enemigo poderoso, allanando el camino hacia la victoria. La evidente desmoralización de las fuerzas gubernamentales ha llevado a una ofensiva psicológica de los talibanes, con la que pretenden alentar las deserciones. También hay informes que parecen evidenciar un mayor número de combatientes extranjeros en las filas insurgentes. Incluso podría darse el caso de que el cese de los ataques aéreos estuviera propiciando que determinadas zonas de Afganistán estén siendo empleadas, de nuevo, como áreas de entrenamiento para grupos terroristas no afganos.

Interpretaciones divergentes del Acuerdo de Doha

Tras el acuerdo de Doha, EEUU informaba de que se había acordado una reducción de la violencia del 80%, para allanar el camino a las conversaciones de paz intra-afganas que deberían iniciarse en el plazo de dos semanas. Parte de lo acordado en Doha quedó recogido en anexos secretos, por lo que no es fácil saber qué es lo que se acordó realmente. Aparentemente, el acuerdo implicaba que las fuerzas estadounidenses y los talibanes interrumpirían las operaciones ofensivas entre sí de inmediato. Desde la perspectiva de EEUU, ello implicaba detener las acciones aéreas ofensivas conservando el derecho a defender a las fuerzas del gobierno afgano bajo una seria amenaza. Aunque ajeno al acuerdo, el presidente Ashraf Ghani ordenó a las ANSF que adoptaran también una postura defensiva, como gesto de buena voluntad. Consecuentemente, las fuerzas afganas procedieron a un cese casi absoluto de las operaciones ofensivas.

Los talibanes, en cambio, reanudaron inmediatamente sus acciones ofensivas. Ya el 2 de marzo, el portavoz talibán Zabihullah Mujahed declaraba a Reuters que estaban dispuestos a reanudar las operaciones militares contra las fuerzas afganas en cualquier momento: “Podría ser en cualquier momento, podría ser después de una hora, esta noche, mañana o pasado mañana”. Al día siguiente, el Ministerio del Interior informaba de ataques talibanes en 17 provincias. Aunque tanto EEUU como Kabul reconocen una disminución en los ataques talibanes a gran escala, constatan que el grupo insurgente no está cumpliendo con la reducción de la violencia aparentemente acordada en Doha.

La visión dese el lado talibán es diferente. El 5 de abril informaban desde su página web que, de acuerdo con los acuerdos firmados, hasta que las negociaciones intra-afganas conduzcan a un acuerdo que incluya un alto el fuego completo, “el Emirato Islámico puede atacar a la administración de Kabul en todos los centros militares, ya sea en áreas rurales o en áreas urbanas“, negando haber llegado a ningún acuerdo que lo impida. De hecho, los talibanes afirman haber ido más allá de lo acordado al haberse abstenido de atacar ciudades o centros militares importantes. El grupo insurgente niega que se haya llegado a un acuerdo de este tipo, sugiriendo que, de hecho, han ido más allá de lo acordado al haberse abstenido de atacar ciudades o centros militares importantes. El 7 de abril, dos días después, en respuesta a la continuación de los ataques insurgentes, las ANSF pasaron de una postura defensiva a otra de “defensa activa”.

Es difícil saber si nos encontramos ante una interpretación diferente de lo acordado, de forma que ambas partes creen sinceramente haber acordado lo que ahora alegan. Se trataría de una especie de sesgo cognitivo, relativamente frecuente en este tipo de negociaciones. De ser así, el hecho de haberse abstenido de atacar a las fuerzas internacionales y de realizar ataques de alto perfil contra centros urbanos o instalaciones militares importantes supondría que los talibanes estarían cumpliendo el acuerdo, tal y como ellos mismos lo interpretan. Desde la perspectiva de EEUU la situación es diferente, ya que alegan que sí hubo un acuerdo para una reducción drástica de la violencia, que los talibanes estarían incumpliendo con el aumento de ataques menores y asesinatos selectivos.

El 4 de octubre, la Comisión Independiente de Derechos Humanos de Afganistán publicaba los resultados de una investigación sobre el asesinato selectivo de civiles que arrojaba cifras preocupantes: 533 metros y 412 heridos desde la firma del Acuerdo de Doha. Los ataques coordinados de pequeña entidad contra puestos avanzados y controles de las ANSF han continuado a un ritmo constante, mientras que el uso de artefactos explosivos improvisados ​​(IED) dirigidos a vehículos y convoyes de las ANSF, especialmente en las carreteras, parece haber aumentado en algunas áreas.

Resulta evidente es que las cifras de víctimas desde la firma del acuerdo de Doha no reflejan la caída de la violencia que tanto Washington como Kabul esperaban que iba a preceder al inicio de las conversaciones intra-afganas. Aunque cabe señalar que el período previsto entre la firma del acuerdo y el inicio de las conversaciones  era de menos de dos semanas, pero finalmente se extendió a más de seis meses. A la vista de la situación, el 12 de mayo, el presidente Ghani anunció la reanudación de las operaciones ofensivas contra los insurgentes. Aunque no parece que este anuncio haya implicado un cambio sustancial en la actitud de las ANSF.

En octubre, UNAMA informaba de que el número de “bajas civiles” (término empleado para referirse a los no combatientes) había alcanzado en los nueve primeros meses de 2020 una cifra récord: 8,239 (2,563 muertos y 5,676 heridos). En los seis primeros meses fueron 3.458, un 13 por ciento menos respecto al mismo período del año anterior, lo que resalta aún más el progresivo empeoramiento de los datos. Pese a que esa reducción se debió principalmente al cese de las operaciones militares internacionales contra los talibanes y a la menor capacidad del Estado Islámico en Jorasán (ISKP). El portavoz de Consejo de Seguridad Nacional tuiteaba el 22 de junio que “La semana pasada fue la más mortífera de los últimos 19 años. Los talibaes llevaron a cabo 422 ataques en 32 provincias, martirizando a 291 miembros de la ANDSF e hiriendo a 550 más”. El 14 de agosto, el presidente Ghani afirmaba en el The Washington Post, que, según los datos del gobierno, los talibanes habrían matado o herido a 12.279 personas, entre miembros de las ANSF y civiles, desde la firma del acuerdo Los talibanes no han proporcionado datos al respecto.

No se debe pasar por alto que, a pesar de su postura defensiva, también las ANSF son responsables de la muerte de civiles, como consecuencia del uso excesivo de la fuerza o la falta de las necesarias precauciones al reaccionar ante ataques insurgentes. Numerosas informaciones hablan de respuestas indiscriminadas ante ataques talibanes a sus bases y puestos avanzados, incluyendo el empleo de morteros y artillería.

Fuera de Kabul y las capitales de provincia, en zonas donde la población local está acostumbrada a vivir en el escenario de campañas militares prolongadas, bajo el zumbido de los drones y el miedo a las incursiones nocturnas, el cambio de postura de unos y otros ha dado lugar a nuevas realidades tanto para las poblaciones locales como para los combatientes. Para algunos, el cambio ha traído un alivio, mientras que otros han visto cómo se agravan sus padecimientos relacionados con el conflicto. El análisis sobre la situación en tres provincias diferentes que ha publicado Afghanistan Analysts Network puede ayudar a intuir cuál es la situación general en el Afganistán post-Doha.

Maidan Wardak

En zonas como la provincia de Maidan Wardak, al SO de Kabul, cuyo territorio se divide en zonas controladas por el gobierno, por los talibanes y disputadas por ambos, se ha apreciado que el cese de las incursiones nocturnas y los ataques aéreos que caracterizaron el período 2018-2019 ha llevado la calma a las áreas bajo control talibán. En las áreas en disputa, los talibanes se han sentido fortalecidos, incrementándose los ataques a posiciones estáticas de las ANSF. Dado que las áreas que el gobierno controla son tan pequeñas, el aumento de la violencia en sus márgenes impacta a menudo en las áreas bajo su control.

Provincia de Maidan Wardak. Fuente: Afghanistan Analysts Network

Desde la firma del acuerdo, las ANSF se han abstenido de iniciar acciones ofensivas, mientras que los talibanes aprovechando la situación, han incrementado el número de ataques a los puestos de control de las ANSF y están ejerciendo un mayor control de las carreteras. Los primos comandantes talibanes reconocen disponer ahora de mayor libertad de acción; ya no necesitan retirarles rápidamente tras cada acción, para evitar convertirse en objetivo de ataques aéreos, sino que pueden prolongar en el tiempo sus acciones sin temor a este tipo de acciones. Las ANSF, por su parte, han limitado sus acciones ofensivas a las necesarias para mantener la seguridad de la carretera que une la capital provincial con Kabul. E incluso estas acciones tienen un marcado carácter reactivo.

El resultado es un control cada vez mayor de las vías de comunicación por los talibanes, que exhiben abiertamente sus armas, al haber desaparecido la amenaza de acciones contra ellos. También se ha producido un incremento en el número de ataques con IED,s cuya efectividad se ha visto además incrementada por la disminución de acciones de limpieza de rutas de las ANSF. Particularmente precaria es la situación de los puestos avanzado, sobre todo durante la noche, cuando son fácilmente cercados, quedando a merced de los insurgentes. Los ataques contra estas posiciones son frecuentes, aunque parecen más encaminados a hostigar y desmoralizar, que a ocuparlos.

Anta las cada vez más frecuentes informaciones sobre la presencia de combatientes extranjeros, los talibanes niegan que haya ahéchenos, tayikos o árabes entre sus filas, aunque reconocen la presencia de talibanes “del otro lado de la Línea Durand”, la frontera que separa Afganistán de su vecino oriental. Se trataría pues de pastunes paquistaníes, no considerados extranjeros por la mayoría de los pastunes afganos, que tienden a no reconocer dicha frontera. En cualquier caso, su presencia despierta desconfianza, si no abierta hostilidad, entre la población de la zona, con la que evitan interactuar.

En las zonas bajo control talibán, en cambio, la situación ha mejorado drásticamente para los no combatientes, que han visto desaparecer el riego que suponían las acciones ofensivas dirigidas contra los talibanes. Para los que habitan en las zonas disputadas, la situación no ha mejorado. Por contra, la postura defensiva frente las acciones insurgentes hace que la respuesta de las posiciones atacadas consista en acciones de fuego indiscriminadas, con el consiguiente riesgo para la población de la zona.

Otro efecto de la actual situación parece ser la mayor facilidad que los talibanes encuentran a la hora de reclutar nuevos combatientes. A la habitual desafección de los afganos frente a su gobierno, al que consideran corrupto e incompetente, se une ahora la falta de respuesta gubernamental ante las acciones insurgentes y el consiguiente fortalecimiento talibán, lo que juega a favor de los talibanes.

Kunduz

En Kunduz, en 2015 los talibanes ya demostraron su fortaleza, tras la partida del contingente alemán (2013), tomando la ciudad, aunque fuera por un plazo breve de tiempo. Desde entonces, los insurgentes han ido infiltrándose gradualmente en los barrios periféricos, aumentando la presión sobre la ciudad. La situación ha empeorado tras la firma del Acuerdo de Doha.

Provincia de Kunduz. Fuente: Afghanistan Analysts Network

La presencia talibán en las carreteras que unen la provincia con la capital es ahora más frecuente  que en cualquier otro momento desde 2001. La Policía que cubre los puestos avanzados está bajo una creciente presión por parte de los insurgentes que rodean la ciudad, cada vez más envalentonados. En el norte, en la zona fronteriza con Tayikistán, se ha abierto un nuevo frente en el que se están produciendo frecuentes enfrentamientos.

Para quienes tienen que desplazarse fuera de la ciudad la situación es comprometida. Resulta difícil hacerlo sin tener que pagar el “peaje” correspondiente y sufrir registros e identificaciones que pueden tener consecuencias funestas para los que resulten sospechosos de colaborar con el gobierno. Quienes habitan fuera de las zonas bajo control gubernamental se ven obligados a proporcionar ayuda de todo tipo a los insurgentes. Para los policías responsables de guarnecer los puestos avanzados que rodean la ciudad, la situación es frustrante. En ocasiones deben pagar a los talibanes si no quieren que éstos corten las líneas eléctricas que atraviesan el territorio bajo su control y proporcionan electricidad a sus puestos. Además, ante la “actitud defensiva” de las ANSF, los talibanes se sientes libres de atacar donde y cuando lo consideran conveniente, sabiendo que no se exponen a provocar ataques aéreos o acciones ofensivas contra ellos por parte del ejército afgano. De este modo, poco a poco van estrechando el cerco sobre la ciudad, mientas la policía se limita a ocupar puestos avanzados y realizar patrullas en las carreteras, sin alejarse excesivamente de la ciudad, y las unidades del ejército permanecen acuarteladas. La moral de los miembros de las ANSF, comprensiblemente, es muy baja. Antes del acuerdo, eran capaces de realizar acciones ofensivas contra los insurgentes, ahora deben limitarse a aguantar estoicamente sus ataques.

Nangarhar

La situación es diferente en Nangarhar, donde la violencia se ha limitado a áreas que ya estaban activas antes de la firma del Acuerdo de Doha. Sin embargo, preocupa la gran afluencia de combatientes extranjeros a los distritos del suroeste.

Provincia de Nangarhar. Fuente: Afghanistan Analysts Network

Desde 2015 hasta 2019, la situación en esta provincia ha estado condicionada por la presencia del ISIS. Una vez erradicada esta amenaza, el objetivo de las ANSF tras la firma del Acuerdo de Doha ha sido mantener las posiciones alcanzadas desde 2017, limitándose a impedir la expansión de los talibanes. Actualmente, el gobierno controla zonas que no habían estado bajo su control durante años. Y parece que la estrategia de contención está funcionando. Pese a que lo han intentado, los insurgentes no han conseguido recuperar ningún territorio. El único cambio significativo es que, ante la ausencia de ataques aéreos, los talibanes pueden moverse con mayor libertad en las zonas bajo su control.

Desde el lado gubernamental, preocupan los informes sobre la presencia de combatientes extranjeros, no sólo paquistaníes, entre los talibanes. Sospechan que la libertad de movimientos de la que gozan, como consecuencia del acuerdo, ha facilitado la llegada de estos combatientes desde Paquistán. Podría ser un intento de desarrollar mayores capacidades militares para el caso de que las conversaciones intro-afganas fracasaran. O para poder ejercer mayor presión sobre los negociadores gubernamentales. Pero también aquí, la posición de las fuerzas de las ANSF resulta desmoralizadora. La falta de iniciativa lleva a que sean los talibanes quienes lleven la iniciativa, decidiendo dónde y cuándo atacar, quedando las ANSF limitadas a responder ante tales ataques.

Para la población civil, la pauta es la misma que en las provincias ya descritas: mejoría de la situación en las zonas bajo control talibán y empeoramiento en las zonas disputadas. En general, entre la población se desconfía tanto de unos, como de otros y se duda de su verdadera voluntad negociadora. Y la actitud defensiva de las ANSF se considera suicida.

Conclusiones

Entre los afganos, la percepción de la situación depende en gran medida de a qué lado de la línea de contacto se encuentren. Para algunos, el Acuerdo de Doha ha traído una mejoría en sus condiciones de vida. Para otros, un aumento del riesgo. Para muchos, ni lo uno, ni lo otro.

Los talibanes y sus simpatizantes ven el Acuerdo de Doha como una recompensa por los sacrificios hechos durante 15 años de insurgencia. La desaparición de la amenaza de ataques aéreos o incursiones nocturnas ha elevado su moral y les está permitiendo consolidar sus posiciones y aumentar el control sobre las vías de comunicación. Y mantener una presión constante sobre las ANSF, sin llegar a provocar una reacción ofensiva.

En el lado gubernamental, el hecho de que la firma del acuerdo haya conducido sólo al cese de las acciones ofensivas contra “los extranjeros” deja un regusto a traición entre muchos miembros de las ANSF, que se sienten abandonados y consideran que Estados Unidos ha obrado de mala fe, sin tener en cuenta las consecuencias del acuerdo para los propios afganos. Muchos afganos consideran que lo acordado en Doha beneficia a Estados Unidos y a los talibanes a expensas del gobierno afgano y las ANSF, que han sido abandonados a su propia suerte.

En las ANSF produce frustración la pasividad impuesta por el gobierno. Tras el intenso castigo infligido a los talibanes por la intensa campaña aérea estadounidense de 2019 y el miedo provocado por las redadas nocturnas generalizadas, la orden se adoptar una postura defensiva ha permitido a los talibanes un control sin restricciones en las áreas que ya estaban bajo su dominio y una mayor libertad para imponerse en áreas en disputa, sobre todo en las carreteras principales. Para muchos, se trata de una actitud cobarde y suicida.

En este escenario, los talibanes tienen pocos incentivos para reducir la violencia. Aunque su objetivo no parece ser ahora la conquista territorial a gran escala, la tregua unilateral de la que están disfrutando les permite consolidar su control territorial, concentrarse en el adiestramiento y planificar futuras acciones. Particularmente preocupante es que estén consolidando su control alrededor de los centros urbanos, que podrían querer atacar en el futuro.


Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España). ISSN 2695-8937

Avatar
Javier Mª Ruiz Arévalo

Coronel del Ejército de Tierra español y Licenciado en Derecho. Ha desplegado en dos ocasiones en Kabul, desempeñando cometidos en el área de la cooperación cívico militar.

Ver todos los artículos
Avatar Javier Mª Ruiz Arévalo