Las operaciones anfibias están entrando en una fase de transformación profunda. Durante décadas, la imagen dominante ha sido la de una fuerza naval aproximándose a una costa, proyectando unidades de Infantería de Marina, asegurando una cabeza de playa y permitiendo la entrada posterior de fuerzas de mayor entidad. Ese modelo no desaparece por completo, pero deja de ser el centro de gravedad. En el horizonte de 2036, la operación anfibia será cada vez menos un “desembarco” y cada vez más una campaña litoral distribuida, multidominio, sensorizada y sostenida por una combinación de plataformas tripuladas, sistemas no tripulados, fuegos de precisión, guerra electrónica, logística dispersa y mando resiliente.
El litoral se ha convertido en un espacio mucho más letal que hace veinte años. Ya no basta con controlar el mar en sentido clásico. La costa, los puertos, los archipiélagos, los estrechos, los cables submarinos, las instalaciones energéticas, los radares, los aeródromos y las rutas marítimas forman parte de un mismo ecosistema operativo. Quien pueda observar antes, decidir antes, interferir antes y golpear antes tendrá ventaja. Quien concentre demasiado sus medios, emita demasiado, dependa de pocos nodos logísticos o necesite operar desde plataformas grandes próximas a la amenaza, asumirá riesgos crecientes.
La evolución de la guerra en Ucrania, el empleo de drones navales en el Mar Negro, la presión sobre la navegación en el Mar Rojo y la expansión de sistemas no tripulados en el ámbito terrestre, aéreo y marítimo ofrecen una enseñanza clara: la superioridad tecnológica ya no pertenece únicamente a las grandes potencias. Un actor medio, o incluso un actor no estatal bien apoyado, puede generar efectos estratégicos mediante drones, misiles, sensores comerciales, municiones merodeadoras, guerra electrónica y operaciones de información. La fuerza anfibia de 2036 deberá actuar en ese entorno. No bastará con ser capaz de desembarcar. Habrá que ser capaz de sobrevivir, dispersarse, sostenerse, engañar, negar espacios y operar bajo vigilancia persistente.
Para España, esta transformación no es abstracta. La geografía española convierte la capacidad anfibia en una herramienta de soberanía. Canarias, Ceuta, Melilla, las islas y peñones del norte de África, el Estrecho, el mar de Alborán y el Atlántico medio son espacios donde la presencia militar, la vigilancia, la disuasión y la capacidad de refuerzo no son opciones accesorias, sino elementos estructurales de la defensa nacional. En ese marco, la Infantería de Marina española no debería entenderse solo como una fuerza expedicionaria para operaciones exteriores, sino también como una reserva estratégica litoral para proteger territorio, reforzar posiciones, mantener abiertas líneas marítimas, apoyar la continuidad institucional y negar hechos consumados.
¿Quieres aprender por tu cuenta sobre #geopolítica y estudios estratégicos? Escucha nuestro archivo de #podcast con invitados militares y académicos https://t.co/YZTorgUSME pic.twitter.com/zlCZO6y7BD
— Global Strategy (@GStrategy_es) December 10, 2023
La pregunta relevante no es si España necesita una capacidad anfibia. La pregunta es qué tipo de capacidad anfibia necesita en 2036.
La respuesta exige partir de una premisa: la operación anfibia futura no se decidirá en la playa, sino en el sistema litoral completo. Una crisis de soberanía no comenzará necesariamente con una acción militar abierta. Puede comenzar con presión diplomática, actividad informacional, incidentes marítimos, interferencias sobre la navegación, vuelos de drones, movimientos de fuerzas, presión migratoria instrumentalizada, operaciones en redes sociales, litigios jurídicos, sabotaje de infraestructuras o presencia ambigua de unidades navales y aéreas. La fuerza anfibia útil en 2036 será aquella que pueda insertarse en esa zona gris antes de que la crisis escale, generar presencia creíble, proteger nodos críticos y demostrar que cualquier intento de alterar el statu quo tendrá bajo rendimiento y coste político elevado.
En ese sentido, España parte de una posición razonablemente sólida, pero incompleta. La Infantería de Marina conserva una cultura anfibia real, una estructura orgánica coherente y una integración natural con la Armada. El Tercio de Armada y la BRIMAR proporcionan una base de combate, apoyo de combate y apoyo logístico que muchos países europeos no tienen. La existencia del Juan Carlos I, los buques Galicia y Castilla, los medios de la Flotilla de Aeronaves y las capacidades de mando y sostenimiento naval permiten disponer de una herramienta expedicionaria significativa. Además, las operaciones permanentes de presencia, vigilancia y disuasión ya han comenzado a construir una lógica de defensa multidominio de los espacios de soberanía no peninsulares.
Pero esta base no debe confundirse con una garantía de suficiencia. La fuerza anfibia española sigue apoyándose en parte en una arquitectura heredada: plataformas mayores, vehículos anfibios envejecidos en proceso de sustitución, dependencia de conectores clásicos, limitada masa de sistemas no tripulados, incertidumbre en aviación embarcada de ala fija y una logística todavía más orientada a apoyar una fuerza de desembarco concentrada que a sostener múltiples nodos dispersos bajo amenaza. La transformación en marcha va en la dirección correcta, pero no todos los ritmos son equivalentes.
El programa VACIM, basado en plataformas anfibias 8×8 de nueva generación, es una evolución necesaria. Sustituir los AAV no es una opción, sino una obligación. El problema es que no basta con adquirir un vehículo más moderno. El VACIM debe ser concebido como un nodo dentro de una red de combate litoral: con comunicaciones resilientes, navegación en entorno GNSS degradado, integración con drones, sensores, protección activa o pasiva frente a amenazas aéreas ligeras, capacidad de operar disperso y conectividad con fuegos navales, terrestres y aéreos. Si se limita a ser un transporte anfibio protegido, resolverá un problema de obsolescencia, pero no creará por sí solo la capacidad anfibia de 2036.

Algo parecido ocurre con los planes de buques nodriza LXX y nuevas lanchas de desembarco. Conceptualmente, son una de las líneas más prometedoras. En un entorno de vigilancia persistente y fuegos de precisión, depender de pocas plataformas grandes crea vulnerabilidad. Los buques anfibios de gran porte seguirán siendo imprescindibles como centros de mando, hospitales, hangares, almacenes y bases de proyección; pero necesitarán operar más lejos, reducir exposición y apoyarse en nodos distribuidos. Un LXX de baja firma, modular, rápido y capaz de actuar como mothership de embarcaciones, drones y equipos de Infantería de Marina encaja mucho mejor con el litoral de 2036 que una aproximación basada exclusivamente en grandes buques. La cuestión, de nuevo, será si el concepto madura a tiempo y con financiación suficiente.
La alineación más clara con las tendencias futuras se observa en el campo de los fuegos y la negación litoral. Una Infantería de Marina dotada de artillería modernizada, lanzacohetes de precisión, sensores, drones de designación y eventualmente capacidad antibuque podría convertirse en una fuerza capaz de contribuir al control del mar desde tierra. Este cambio es doctrinalmente muy importante. La IM dejaría de ser solo la fuerza que se proyecta desde la mar sobre tierra, para convertirse también en una fuerza que, una vez desplegada en una isla, cabo, puerto o enclave, puede condicionar la maniobra naval adversaria. En Canarias, Ceuta, Melilla o Alborán, esta capacidad tendría un valor estratégico evidente.
La mayor desalineación aparece en tres áreas: sistemas no tripulados, defensa C-UAS/guerra electrónica y logística distribuida. España tiene avances en UAS, vigilancia, mando y control y programas de defensa antiaérea modernizada, pero la guerra anfibia de 2036 exigirá una densidad mucho mayor. Cada unidad de maniobra litoral necesitará drones de reconocimiento, drones de apoyo, municiones merodeadoras, sensores desplegables, guerra electrónica táctica y protección contra drones. Además, la dimensión naval no tripulada será decisiva: USV de vigilancia, USV logísticos, UUV para reconocimiento de fondos, detección de minas, inspección de puertos y apoyo a operaciones especiales. Sin esa capa, la fuerza anfibia verá menos, llegará más tarde y dependerá más de escalones superiores.
La logística es aún más crítica. En una operación anfibia clásica, el buque sostiene a la fuerza desde la mar. En 2036, esa lógica será insuficiente. Los puertos, playas, depósitos, rutas de abastecimiento, generadores, ambulancias, centros de mando y concentraciones de vehículos serán objetivos. La logística tendrá que dispersarse: pequeños paquetes, depósitos ocultos, drones de carga, embarcaciones no tripuladas, mantenimiento expedicionario, energía autónoma, impresión 3D de repuestos, sanidad avanzada de proximidad y rutas variables. Una fuerza anfibia que pueda llegar, pero no sostenerse será útil para un raid, pero no para una crisis prolongada de soberanía.
La aviación embarcada constituye el punto más delicado. Mientras los Harrier sigan disponibles, España conserva una capacidad de ala fija embarcada limitada pero estratégica. Si en 2036 no existe sustituto, el Juan Carlos I perderá parte de su valor como herramienta de control aéreo, ataque, ISR y disuasión. La ausencia de ala fija embarcada no inutiliza la capacidad anfibia, pero reduce autonomía política y operacional. En Canarias, donde las distancias y la profundidad atlántica importan, esa pérdida sería especialmente sensible. En Ceuta y Melilla, la proximidad peninsular permite compensar parcialmente con bases terrestres, pero la dependencia de pistas fijas y de cobertura aérea externa reduce flexibilidad en una crisis de rápida evolución.
Estas alineaciones y carencias se entienden mejor si se proyectan sobre tres escenarios plausibles de empleo en 2036.
El primer escenario sería una crisis de soberanía en el Archipiélago canario. No se trataría necesariamente de una amenaza convencional directa, sino de una situación de presión acumulativa: incidentes en espacios marítimos, actividad anómala próxima a infraestructuras críticas, interferencias GNSS, vuelos de drones, campañas de desinformación, presión sobre recursos marítimos, presencia naval de señalización y tensión diplomática. En este escenario, la fuerza anfibia actuaría como reserva archipelágica móvil. Su misión sería reforzar islas concretas, proteger puertos y aeropuertos, desplegar sensores, apoyar el control de accesos marítimos, colocar equipos C-UAS, sostener destacamentos en puntos críticos y demostrar capacidad de respuesta rápida.
Si España dispone en 2036 de VACIM plenamente integrados, LXX o plataformas distribuidas, UAS/USV orgánicos, C-UAS capilar, fuegos móviles y logística dispersa, el efecto disuasorio será elevado. La fuerza no necesitará escalar para ser útil. Bastará con estar presente, moverse de forma imprevisible, reforzar nodos y mostrar que el archipiélago funciona como una red defensiva. Si, por el contrario, la capacidad anfibia sigue concentrada en pocos buques grandes, con conectores limitados, sin ala fija embarcada y con débil defensa contra drones, la respuesta será más lenta, más visible y vulnerable. La consecuencia sería una mayor dependencia del Ejército del Aire y del Espacio, de bases fijas y de apoyos aliados o coaligados.
El segundo escenario sería una crisis de aislamiento o coerción sobre Ceuta, Melilla o los peñones. Aquí el problema operativo es distinto. Hay menor profundidad estratégica, mayor densidad urbana, contacto inmediato con el entorno terrestre regional y enorme sensibilidad política. La amenaza más probable no sería un ataque frontal, sino una combinación de presión fronteriza, incidentes marítimos, actividad informacional, drones, sabotaje limitado, bloqueo informal, presión social inducida y movimientos militares de señalización. La fuerza anfibia debería garantizar que ninguna plaza queda aislada, que los puertos siguen operando, que el reabastecimiento es viable y que existe una reserva de refuerzo disponible sin necesidad de elevar prematuramente la escalada.
En este escenario, la IM tendría que operar como fuerza de estabilización, refuerzo y sostenimiento. Podría desplegar equipos de protección portuaria, zapadores, unidades C-UAS, equipos de reconocimiento, sanidad expedicionaria, medios de evacuación y reserva táctica. Los buques anfibios actuarían como nodos de mando, apoyo logístico y plataforma sanitaria. Los LXX serían especialmente valiosos para operar con menor firma, acercar paquetes logísticos, mover pequeños contingentes y apoyar islas o peñones con más flexibilidad que una gran plataforma.
La carencia crítica en este escenario sería la logística. Si España no dispone de un sistema de reabastecimiento distribuido, protegido y redundante, la fuerza anfibia podría reforzar una plaza, pero tendría dificultades para sostener una crisis prolongada. La segunda carencia sería C-UAS. En un entorno urbano-litoral, los drones pequeños pueden generar efectos tácticos, psicológicos y políticos desproporcionados. Un ataque limitado contra un puerto, un depósito, una autoridad local o una concentración de personal podría producir una crisis estratégica sin necesidad de grandes medios convencionales. La tercera carencia sería la comunicación estratégica. En Ceuta y Melilla, la batalla por la narrativa sería simultánea a la operación física. La fuerza anfibia tendría que operar con disciplina informacional, transparencia selectiva y capacidad de contrarrestar desinformación en tiempo real.
El tercer escenario sería una crisis simultánea en el eje Alborán-Canarias, con presión híbrida, ciberataques, actividad de drones, alteración de rutas marítimas, interferencias sobre infraestructuras y necesidad de evacuar o proteger población civil en varios puntos. Este escenario no presupone guerra abierta, pero sí saturación del sistema nacional de respuesta. Sería el más exigente porque obligaría a priorizar. Una fuerza anfibia única no puede estar en todas partes. España tendría que decidir entre presencia en Canarias, refuerzo en plazas africanas, protección de líneas marítimas, apoyo a evacuaciones o demostración naval.
En este escenario, la clave sería la modularidad. Una fuerza anfibia 2036 bien diseñada debería poder fragmentarse en paquetes: un grupo de mando y apoyo en un buque principal; un nodo avanzado en LXX; equipos de IM desplegados en puertos; sensores en puntos críticos; drones de vigilancia; USV para reconocimiento; elementos C-UAS para infraestructuras; y una reserva de maniobra capaz de moverse entre teatros. La concentración de fuerza se sustituiría por concentración de efectos. La maniobra no consistiría en ocupar mucho terreno, sino en cerrar ventanas de oportunidad.
Si las capacidades evolucionan correctamente, España podría convertir su geografía en ventaja: Canarias como red archipelágica sensorizada, el Estrecho y Alborán como espacios de vigilancia permanente, y las plazas africanas como nodos reforzables por mar y aire. Si no evolucionan, la geografía se convertirá en vulnerabilidad: demasiados puntos que proteger, demasiada distancia, demasiada dependencia de pocos buques y demasiada exposición a drones, misiles, interferencias y presión informacional.
La modernización militar del entorno regional refuerza esta necesidad. El actor estatal más relevante del Magreb occidental ha incrementado sus importaciones de armamento, moderniza su fuerza aérea, incorpora helicópteros de ataque, desarrolla fuegos de largo alcance, expande capacidades de observación espacial y avanza en sistemas no tripulados. Esto no significa que el conflicto sea inevitable ni que deba presentarse una hipótesis de enemigo predeterminado. Significa que el umbral tecnológico regional sube. Las crisis futuras se desarrollarán en un entorno con más sensores, más precisión, más velocidad y mayor capacidad de coerción. Planear con criterios de baja amenaza sería irresponsable.
La consecuencia para España es clara: la Infantería de Marina debe evolucionar desde una fuerza anfibia clásica hacia una fuerza litoral de soberanía. Debe seguir siendo capaz de desembarcar, pero también de sensorizar, negar, reforzar, proteger, sostener, dispersarse y operar bajo presión electromagnética e informacional. La BRIMAR del futuro no puede ser solo una brigada que combate desde la mar; debe ser una red de unidades anfibias, litorales y multidominio capaces de actuar como primer escalón de respuesta nacional en crisis de soberanía.
Esto exige decisiones concretas. Primero, acelerar la integración del VACIM como sistema conectado, no como mero vehículo. Segundo, convertir el concepto LXX en capacidad real, con diseño orientado a baja firma, modularidad, drones, logística y mando distribuido. Tercero, dotar a la IM de fuegos de precisión y capacidad antibuque móvil, integrados con sensores propios y de la Armada. Cuarto, crear una arquitectura UAS/USV/UUV orgánica para operaciones anfibias y defensa litoral. Quinto, desplegar C-UAS y guerra electrónica táctica hasta niveles bajos. Sexto, rediseñar la logística anfibia para operar en nodos dispersos. Séptimo, resolver la continuidad de la aviación embarcada o asumir de forma explícita las consecuencias operativas de perderla.
La cuestión presupuestaria es evidente, pero el coste de no actuar también lo es. Una IM parcialmente modernizada seguirá siendo útil para presencia, cooperación, evacuación, operaciones de baja intensidad y contribuciones aliadas. Pero tendrá dificultades para operar con autonomía en un litoral contestado de alta densidad tecnológica. Esa es la diferencia entre tener una capacidad anfibia simbólica y disponer de una herramienta estratégica de soberanía.
En 2036, la operación anfibia española no debería medirse por el número de vehículos desembarcados en una playa. Debería medirse por su capacidad para impedir un hecho consumado, reforzar un territorio antes de que sea vulnerable, mantener abiertas las comunicaciones marítimas, sostener presencia en una crisis prolongada, proteger infraestructuras críticas y generar dilemas al competidor sin escalar innecesariamente. La fuerza anfibia más valiosa será aquella que llegue antes, vea antes, se disperse mejor, aguante más y obligue al otro a asumir que la presión no producirá ganancias rápidas.
España dispone de una base histórica, orgánica y geográfica para construir esa capacidad. La Infantería de Marina tiene cultura, prestigio, experiencia y encaje naval. La Armada ha identificado buena parte de las líneas de transformación. Los planes públicos apuntan en la dirección correcta. Pero el tiempo importa. El horizonte 2036 no está tan lejos en ciclos de defensa. Los buques, vehículos, drones, sistemas de mando, fuegos y conceptos logísticos que operarán entonces deben decidirse, financiarse, probarse e integrarse ahora.
La defensa anfibia de la soberanía española en 2036 no será una cuestión de nostalgia naval. Será una cuestión de ventaja operativa en el litoral. Y en el litoral futuro, quien no esté distribuido, conectado, protegido contra drones, sostenido de forma resiliente y respaldado por fuegos precisos, estará presente, pero no necesariamente será decisivo.

