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Reflexiones sobre los procesos de radicalización yihadista tras los atentados en Francia y Austria en otoño de 2020

Los atentados yihadistas cometidos en Conflans-Sainte-Honorine (periferia de París) el 16 de octubre, en Niza el 29 de octubre y en Viena el 2 de noviembre del presente año 2020, han demostrado que la ideología del odio difundida en los últimos años por la organización Al Qaeda, y muy especialmente por el autodenominado Estado Islámico (EI), sigue estando muy presente entre un sector de la población musulmana asentada en Europa; sobre todo en las jóvenes generaciones, algunos de cuyos miembros ni siquiera habían nacido cuando tuvieron lugar los atentados del 11S. Efectivamente, Abdullah Anzorov, autor de la decapitación del profesor Samuel Paty, contaba con apenas 18 años de edad en el momento de los hechos. Por su parte, Ibrahim Aouissaoui, responsable del ataque yihadista en la basílica de Notre Dame en Niza que dejó tres víctimas mortales, es un joven de 21 años llegado a Francia a principios de octubre de este año 2020, procedente de Túnez. Finalmente, Kujtim Fejzullai, el terrorista que actuó en Viena en la tarde-noche del 2 de noviembre, matando a cuatro personas, tenía 20 años en el momento de los hechos.

Resulta indudable que EI se encuentra tremendamente debilitado desde la estrepitosa derrota ocurrida en la ciudad siria de Baghouz, en el mes de marzo del año 2019, tras la ofensiva liderada por las Fuerzas Democráticas Sirias, asistidas por las Fuerzas de la Coalición. Dicha debilidad se muestra, entre otros aspectos, en su más que limitada capacidad operativa, así como en la dificultad para encontrar sujetos radicalizzdos de cara a ejecutar acciones terroristas en Europa. Así, el modus operandi de los terroristas que han actuado en suelo europeo en las últimas fechas muestra la dificultad de llevar a cabo ambiciosas operaciones protagonizadas por distintos comandos que actúan simultáneamente en localizaciones diferentes (como ocurrió por ejemplo en los atentados de París en noviembre del año 2015, de los que se cumplen ahora cinco años). Por el contrario, se trata de acciones aisladas ejecutadas por individuos sin una aparente conexión con una organización terrorista, y con un despliegue de medios ciertamente rudimentario si uno lo compara con atentados como los protagonizadas en Madrid (2004), Londres (2005) o Paris (2015).

Con todo, dichos ataques acaecidos en suelo europeo en las últimas semanas confirman un hecho a tener muy en cuenta: la debilidad material y humana de EI no se ha traducido ni mucho menos en una debilidad ideológica. Más bien al contrario, la propaganda yihadista difundida de forma magistral por dicha organización terrorista a través de Internet en los últimos cinco años sigue ahí y está siendo consumida por una nueva generación de yihadistas en ciernes. Además, actualmente residen en Europa miles de seguidores de EI, los cuales siguen estando atraídos por su ideología. Esto es sin duda consecuencia de la excepcional movilización que dicha organización terrorista consiguió llevar a cabo entre los años 2014 y 2018. Por otra parte, los procesos de radicalización yihadista continúan abarcando distintas etapas. Y en dichas etapas siguen actuando mecanismos de radicalización tanto virtuales (foros yihadistas, plataformas audiovisuales, redes sociales) como físicos (mezquitas, prisiones o centros culturales próximos al islamismo radical).

Esto da lugar a la presencia de distintos perfiles personales vinculados cada uno de ellos a cada etapa del proceso de radicalización (neutrales/simpatizantes/radicalizados/miembros&activistas). Lo que sí se viene produciendo en las últimas fechas es una aceleración en dichos procesos de radicalización. Efectivamente, cuando dichos procesos abarcaban por lo general un lapso temporal que podía extenderse por un periodo de uno o dos años, ahora puede completarse en apenas un par de meses; algo que, al parecer, sucedió con el autor de la decapitación del maestro galo. Por todo lo explicado, habría que partir de una adaptación de los procesos de radicalización yihadista al actual statu quo del yihadismo militante, donde una organización terrorista (EI) ha dejado de dirigir los hilos de esos procesos, ocupándolos en su lugar una ideología difundida tanto en escenarios online como offline. Por otra parte, el ataque terrorista llevado a cabo en Viena confirma una tendencia a tener muy en cuenta: los objetivos del yihadismo militante no se dirigen ya exclusivamente a aquellos países que de una u otra manera han intervenido militarmente en los conflictos de Siria o Irak, sino que se extienden también a aquellos otros países que, en su opinión, defienden o preconizan actitudes o comportamientos contrarios al Islam. En este sentido, tanto la publicación como la exhibición de las caricaturas de Mahoma han supuesto una chispa de dimensiones desconocidas.

Por último, es necesario señalar que en las acciones terroristas llevadas a cabo en las últimas semanas en Francia y Austria hay tres aspectos que conviene tener muy en cuenta. Aspectos ligados respectivamente a cada uno de los tres terroristas implicados en las acciones. Abdullah Anzorov, si bien nacido en Moscú (lugar donde se habían trasladado sus padres procedentes de Chechenia), había pasado los últimos doce años de su vida en Francia; es decir, parte de su infancia y prácticamente toda su adolescencia habían transcurrido en un país occidental. Por lo tanto, fue precisamente en Francia donde se inició y completó su proceso de radicalización yihadista, lo que deja bien a las claras las posibilidades que siguen ofreciendo tanto entornos físicos (mezquitas) como virtuales (redes sociales) a la hora de captar, adoctrinar, ya incluso adiestrar. Por su parte, Ibrahim Aouissaoui nació y creció en Túnez. Y fue allí donde también se radicalizó. Lo inquietante del caso es que este terrorista no solo consiguió llegar a Europa infiltrado entre otros inmigrantes que buscan en el Viejo Continente un porvenir económico, sino que también se pudo mover libremente por las fronteras de la Unión Europea, llevando a cabo su acción terrorista apenas un mes después de llegar a Europa. Esta circunstancia supone desde luego un auténtico reto para los aparatos de seguridad, ya que este modus operandi empleado por el joven terrorista tunecino puede volver a repetirse, por ejemplo, con los combatientes extranjeros que consiguen abandonar territorio sirio o iraquí y, camuflados entre refugiados de guerra o inmigrantes económicos, consiguen llegar a sus países de origen.

Finalmente, Kujtim Fejzullai, el terrorista que sembró el terror en Viena en la noche del 2 de noviembre, había sido condenado en abril de 2019 a una pena de prisión al intentar unirse a las filas de EI, si bien tanto el juicio como la sentencia se sustanciaron siguiendo el sistema de justicia juvenil regulado en Austria, el cual permite, en determinados casos, aplicar su legislación a aquellos jóvenes mayores de edad, pero que no han alcanzado todavía los 21 años. Tras cumplir varios meses de prisión, Fejzullai aceptó someterse a un programa de desradicalización, lo cual le permitió abandonar el centro de internamiento. Lo preocupante de este caso es que este sujeto logró engañar a los profesionales que trabajaban en cambiar su ideología y actitud, llevando a cabo su acción terrorista un par de días después de haber participado en dicho programa de desradicalización; y todo ello sin levantar sospecha alguna. Esta circunstancia pone sin duda en entredicho la eficacia de estos programas que se están llevando a cabo a lo largo y ancho del continente europeo.

Si a todo lo explicado unimos tanto la edad de los terroristas (18, 21 y 20 años), como su trasfondo étnico, religioso, familiar y socio-económico, no cabe duda de que el continente europeo se encuentra ante un serio problema que debe ser abordado no sólo desde parámetros de seguridad (policiales, penales, judiciales y penitenciarios), sino también desde una perspectiva netamente preventiva. De lo contrario, esta nueva generación de yihadistas europeos en ciernes continuará sembrando el terror en sus países de residencia o de llegada.

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Miguel Ángel Cano

Profesor Titular de Derecho Penal y Criminología. Coordinador del Grado en Criminología de la Universidad de Granada

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