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Sobre la radicalización y la violencia política

Radical es una palabra en sí misma noble: proviene de raíz. En el ámbito de la teoría política, sin ir más lejos, los defensores del liberalismo radical son quienes más y mejor defienden la ortodoxia de dicha teoría. Sin embargo, la radicalización, como proceso, es una noción que proviene de otras ciencias sociales (como la psicología) que alude a la tendencia a abrazar lógicas excluyentes de quienes no piensan como uno mismo (marcando mucho las distancias con quienes forman parte del exogrupo) hasta contemplar la posibilidad (real) de eliminarlos, ya sea conceptualmente (es decir, solo se les admite si se integran en el endogrupo, perdiendo con ello su propia personalidad) o incluso físicamente (si se resisten a lo primero).

En esta segunda acepción, la que se refiere al fomento de los procesos de radicalización, pueden hallarse varias pautas comunes (transversales a esos procesos, al margen de quienes los protagonicen y del lugar ola época en el que los detectemos) que suelen repetirse una y otra vez. Sin perjuicio de las bases conductistas y social-constructivistas que subyacen al éxito de dichos procesos (que suelen pasar por la deshumanización del otro), lo que el discurso como tal potencia son: la dialéctica amigo-enemigo (en el sentido que Carl Schmitt le diera a esta dicotomía), el desprecio al modelo liberal-democrático, de respeto a las minorías (que puede conducir a diversos totalitarismos, ora basados en modelos dictatoriales, otrora en formatos de democracia directa) así como la aceptación (o el fomento, o la práctica) del empleo de la violencia política interna para eliminar al enemigo.

A lo largo de la historia, estos procesos han sido fomentados desde diversas ideologías, a modo de atajo para alcanzar sus respectivos modelos ideales de sociedad, previa destrucción (es una de sus características) de lo ya existente. Todos tenemos en mente los excesos del nazismo (hasta el punto del genocidio) o del marxismo-leninismo (con sus purgas y sus sangrientas políticas de expropiación forzosa, especialmente contundentes en Ucrania y Bielorrusia, a partir de 1929), por no citar el maoísmo (con récords mundiales absolutos en cifras de muertos en las etapas de la revolución cultural y el gran salto adelante). Sin embargo, estos procesos no son exclusivos de los extremismos de ‘derecha’ e ‘izquierda’, aunque sean, desde luego, los casos más conocidos.

En la revolución francesa, por ejemplo, las guillotinas terminaron con la vida de obispos, sacerdotes y monjas; de miembros de la alta nobleza cortesana, así como de la baja nobleza rural; de burgueses muy ricos… o no tanto; de revolucionarios moderados (como los girondinos) y no tan moderados (como destacados miembros del mismo núcleo duro jacobino); de panaderos y otros comerciantes acusados de ‘négociantisme’ (es decir, de anteponer su interés al del ‘pueblo’); de amas de casa consideradas como contrarrevolucionarias por el mero hecho de pedir pan para su famélica prole (por lo visto, tampoco eran ‘pueblo’, cuando pedían tal cosa). Y todo ello se hizo en nombre de una democracia que no quería ser ni liberal, ni representativa, sino que aspiraba a constituirse en la democracia más republicana, más plena, más ética, y más virtuosa que háyase visto sobre la faz de la tierra (sic).

Porque una de las características más notables de estos discursos es el modo en el que suelen presentarse: no solo autocomplaciente, sino ciertamente seductor para sus receptores. El problema del ‘canto de las sirenas’ es que a uno lo sorprenda gobernado, no por un Ulises, sino por algún iluso. La seducción conoce (ha conocido, en clave histórica) diversas entonaciones y notas musicales: para los nazis se trató de un nacionalismo identitario cuyo fundamento último era racial, buscando la emancipación del ‘pueblo’ ario; para los marxistas, lo fue la fe en una teleología-casi-teológica (en todo caso, muy escatológica) que -una vez negada la trascendencia- prometía un Parnaso inmanente; para los jacobinos, lo anhelado era una sociedad homogénea, sin reyes ni privilegios, en la que todos los ciudadanos se plegaran (eso sí) a una (supuesta) voluntad general que no admitía resquicios: el igualitarismo más absoluto debía penetrar en las conciencias de la gente (del ‘pueblo’).

Todos ellos, amantes de un monopolio educativo estatal sin concesiones a otros discursos (los marxistas, claro, una vez en el poder, previa institución de la dictadura del proletariado). Todos ellos prometiendo la felicidad de sus acólitos, por la vía rápida (revolucionaria, de hecho), al margen de si esos grupos de referencia fuesen la nación entera (previa definición de las fronteras que definen al endogrupo y lo desmarcan del exogrupo); una fracción de la humanidad -transnacionalmente considerada- definida como proletariado; o quienes, habiendo nacido y vivido en Francia, eran lo suficientemente sumisos como para no ser excluidos del ‘pueblo’ francés, por motivos de clase, de su empleo, de sus ideas, o de las quejas planteadas al poder revolucionario de turno.

En el caso de lo que algunos dan en llamar ‘extrema izquierda’, muchos de sus representantes más conocidos llegaron a flirtear, a pesar de todo, hasta con retóricas pacifistas (siendo este ejercicio retórico especialmente llamativo, además del temprano caso del propio Robespierre, en el de Heinzen, o el de Bakunin). Sin embargo, la pátina generada por dichas retóricas apenas podía disimular sus invocaciones a la violencia. No en vano, algunos de los principales escuderos de la dialéctica schmittiana, cuando ésta es aplicada por la extrema izquierda son Georges Sorel (con su aproximación a la huelga revolucionaria), o Walter Benjamin (con su teoría de la violencia divina) siendo ambos profundamente antiburgueses, así como, el segundo de ellos, también precursor del fascismo (quedará para otra ocasión mostrar las conexiones entre marxismo y fascismo).

Lo significativo es que, al margen de sus naturales diferencias y de sus respectivas motivaciones (al final, todas ellas, totalitarias) los mecanismos mentales (de los que la ideología apenas suele ser una tentativa de racionalización ex post factum) eran muy similares. Aunque, en función de cada ideología, los teóricos de la revolución que nutren esas intuiciones básicas sí son diferentes.

Quien desee profundizar en este tema puede descargarse en este enlace mi artículo “El discurso de la radicalización en la obra de los teóricos de la revolución”, publicado en la Revista de Estudios Políticos.

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Josep Baqués

Josep Baqués es Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Barcelona y Subdirector de Global Strategy

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