Global Strategy Report, 5/2024
Resumen: Este trabajo analiza la evolución de la política turca en relación al auge de confianza y toma de decisiones cada vez más asertivas, en clave revisionista, respecto de su entorno regional. Para este fin, en primer lugar se establece el contexto situacional del país en cuestión, del cual parte el citado proceso de cambio geopolítico, resaltando la importancia del intento de golpe de estado que tuvo lugar en 2016. Tras esta breve introducción se desarrollan los tres bloques principales: en primer lugar la deriva hacia la intervención turca en Libia, su influencia en el Mediterráneo Oriental y el conflicto con Chipre; en segundo lugar, las acciones llevadas a cabo en el norte de Siria e Iraq, principalmente contra objetivos kurdos en el marco de la guerra de Siria; y, finalmente, la implicación turca en el latente conflicto del Nagorno-Karabaj que implica a Armenia y Azerbaiyán, dada la importancia energética de la región caucásica. De este modo y a su cierre, se pretende reflexionar sobre el paradigma que supone este incremento de asertividad turca desde una perspectiva regional, las implicaciones que puede conllevar en las relaciones con la OTAN y la UE y si existe riesgo de un nuevo choque cultural entre civilizaciones.
Para citar como referencia: Talavera Cejudo, Guillermo (2024), «Turquía: una redefinición de asertividad en clave regional», Global Strategy Report, 5/2024.
Introducción. Contexto situacional del país a comienzos del siglo xxi
El complejo equilibrio entre la legitimidad y el poder es la piedra angular que determina la configuración del orden internacional (Kissinger, 2016). Si bien, potenciar la legitimidad de unos acuerdos o tratados internacionales sin que exista un adecuado respaldo de poder o persuasión, conlleva a la manipulación del estado soberano en favor de intereses de terceros; por otro lado, potenciar el poder de un estado en tal magnitud que sus acciones sobrepasen el derecho internacional, muy probablemente será interpretado como una escenario amenazante para otros, generando una posible desestabilización regional. La realidad de Turquía se asemeja más a esta segunda situación.
Turquía es un país que podría englobarse dentro del conjunto de potencias medias a nivel mundial. Dado que su costa norte y sur proporcionan, respectivamente, salida al Mar Negro y Mediterráneo, mediante los estrechos del Bósforo y Dardanelos, se encuadra geográficamente como puerta de Europa hacia Oriente Medio (Brzezinski, 1998); debido a ello, este país se sitúa en una posición que le permite ser definido como pivote geopolítico del orden regional. Sin embargo, con motivo de su rápida evolución dentro del panorama político global, su historia, cultura y el auge de influencia a nivel regional y mundial asentado en la última década de la mano del presidente Erdogán, en este país puede comenzar a apreciarse un comportamiento propio de un actor geoestratégico, con ambiciones globales.
Hasta el año 2003, Turquía estableció una política basada en la ambivalencia, heredada del enfrentamiento entre bloques durante la Guerra Fría. En este sentido, consideraba que, si bien era conveniente mantener unas relaciones cordiales con EEUU en el seno de la OTAN, no se podía obviar la necesidad de un buen entendimiento con Rusia dada su proximidad al otro extremo del Mar Negro, además de sus intereses en la región caucásica. Será a partir de ese año cuando, con la llegada poder del partido de Erdogán, daría comienzo la denominada teoría de la Profundidad Estratégica turca, acrecentando la asertividad del país en favor de sus intereses nacionales. Se trata por tanto, de un proceso de instrumentalización de ciertas organizaciones multilaterales ─como la OTAN─ en favor de un mayor realismo político nacional. En este sentido y sin obviar esa política ambivalente ya existente con Rusia y EEUU, Turquía trata de mostrarse ante la comunidad internacional como un actor que presta arbitraje de los conflictos regionales dentro de su área de influencia, empleando para ello una política más enérgica en lo que respecta al mundo islámico e inmerso en un proceso blando de eliminación del laicismo, pero con cierta defensa de los principios democráticos (Baqués, 2022).
De este modo, Turquía se embarca en un proceso de crecimiento de presencia internacional, razón por la cual impulsa de manera directa la cooperación entre sus países vecinos. Asimismo, entiende que la manera de cumplir con los objetivos mencionados anteriormente parte de un aumento del intervencionismo militar, que limite o amortigüe la conflictividad que hace peligrar la seguridad de sus fronteras terrestres y marítimas así como sus intereses económicos. Esto se tradujo en una intervención en la Guerra de Libia, el avance hacia territorio sirio e iraquí en detrimento del control territorial kurdo, el apoyo prestado a Azerbaiyán con no pocos tintes religiosos ─bajo la sombra del presunto genocidio armenio─ y, finalmente, los choques producidos con intereses griegos en relación a Chipre y su mar territorial, todo ello aderezado con el intento golpe de estado que tuvo lugar en 2016.
El golpe de estado y el auge de la política intervencionista.
Si bien el intento de golpe de estado perpetrado contra el presidente turco Erdogán en el año 2016, no se encuadra cronológicamente al comienzo de los procesos intervencionistas turcos ─ya que en cierto modo mantenía una lucha internacional contra grupos terroristas kurdos del PKK─, tuvo unas notables implicaciones en la política exterior del país, dado el viraje ideológico y el creciente autoritarismo que ello implicó. Uno de las principales medidas tomadas tras el suceso, consistió en llevar a cabo una reforma del estado basada en una transformación del régimen político parlamentario a uno presidencial, hecho que afecto considerablemente a las fuerzas políticas de la oposición, destacando el prokurdo Partido Republicano del Pueblo (CHP) bajo controvertidas acusaciones de apoyo al terrorismo. Este salto al presidencialismo otorgó a Erdogán amplios poderes ejecutivos, permitiendo tomar decisiones de un modo más rápido y directo, situación que se tradujo, en primer lugar, en un proceso de purga de cierto sector de las fuerzas armadas del país (López, Marrades y González, 2023).
En este sentido, tanto la UE como EEUU asistieron al proceso de un modo pasivo, dada la baza que suponía para Turquía el hecho de aglutinar dentro de sus fronteras a un elevado número de refugiados sirios y garantizar el control migratorio hacia Europa tras los acuerdos llevados a cabo en 2016. La situación internacional pues, se tornaba propicia para un gobierno turco con aspiraciones a una mayor cuota de poder relativo e influencia internacional.
La guerra civil en Libia y la situación en el Mediterráneo Oriental
El colapso estatal libio tras lo sufrido durante su primera guerra civil y el derrocamiento de Gadafi, generó una peligrosa dinámica de inestabilidad que llevó al alzamiento en armas del general Haftar. Su empresa, de corte nacionalista y con una marcada tendencia anti-islamista, trazó su acción en base a la erradicación de grupos afines al islam político bajo influencia de los Hermanos Musulmanes, muchos con representación política en el Parlamento, decretando la disolución del gobierno y obteniendo apoyo de parlamentarios moderados y liberales en el establecimiento de la Cámara de Representantes (HoR). Tras el alzamiento, las facciones islamistas del gobierno con el apoyo de sus seguidores, constituyeron el Gobierno de Salvación Nacional, dando lugar a un segundo poder ejecutivo que inició hostilidades directas contra Haftar en nuevo proceso de guerra civil (López, Marrades y González, 2023).
En 2015 tuvo lugar el denominado Acuerdo Político Libio, auspiciado por la ONU, por el cual se conformó un nuevo Gobierno de Acuerdo Nacional (GAN), presidido por Fayez al-Serraj, que aunaría al conjunto de fuerzas políticas, incluyendo las facciones islamistas. No obstante, este proceso únicamente dejó aún más palpable la debilidad institucional existente, la imposibilidad del GAN de ejercer autoridad en el conjunto de la nación y el latente enfrentamiento entre el Consejo Presidencial del GAN y la propia HoR, la cual, prestando apoyo a Haftar, disponía de un mayor poderío militar y se mantenía firme en no tratar con representantes del islam político (Fuente, 2019).

Ante este escenario, el general Haftar, a pesar de que su ejecutivo era internacionalmente ilegítimo, fue ganando apoyos mediante diferentes acuerdos en detrimento de los que poseía el GAN. Ejemplo de ello se aprecia en la ayuda prestada por Arabia Saudí, EAU, Egipto y Jordania. Estos países poseen intereses concretos en que Haftar acabe con la islamización política de la región y los seguidores de los Hermanos Musulmanes, además de considerar que Haftar proveerá la estabilización que necesita la región. Francia por su parte, debido a intereses concretos de empresas petrolíferas nacionales como Total, cesó el apoyo al gobierno establecido por la ONU para establecer relaciones diplomáticas con la HoR y Haftar ─así como supuestamente suministro de material militar─, hecho que quedó patente con en el bloqueo de Francia a la resolución de la UE condenando la acción del general en la región. EEUU por su parte, se ha caracterizado por una notable ambivalencia, ya que, si bien Trump en 2019 agradeció a Haftar su lucha contra radicalismo islámico y la protección de recursos libios, también un tribunal federal norteamericano le condenó por crímenes de guerra al disponer de la doble nacionalidad. Finalmente Rusia también apostó por prestarle asistencia, materializada en el bloqueo de la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU contra el dirigente libio y el envío de miles de mercenarios del grupo Wagner además, hecho que permitió preparar la ofensiva que tuvo lugar en 2019 (Suñer, 2020).
Este contexto de pérdida de poder del GAN, fue aprovechado por Turquía en 2019. Junto con Catar, tras cinco años de tibio apoyo sus instituciones, principalmente por motivos que despuntaban tintes religiosos en apoyo de los partidos islamistas, y en vista de los éxitos conseguidos en Siria e Iraq, mantuvo esa gran estrategia centrada en la recuperación de la esfera de influencia otomana, en este caso en el Mediterráneo Oriental (Suñer, 2020). Esto se tradujo en un acuerdo entre Ankara y Trípoli por el cual Erdogán garantizaba el envío de material militar, servicios de inteligencia y adiestramiento a las debilitadas fuerzas militares del GAN, suceso que permitió frenar la ofensiva de Haftar. A cambio Turquía obtuvo importantes beneficios como el acuerdo para el establecimiento de una base naval en territorio libio y una nueva delimitación de su zona económica exclusiva con Libia (Baqués, 2022), obteniendo cierta legitimidad respecto a las aguas en litigio con Chipre y habiendo comenzado prospecciones gasísticas en los yacimientos encontrados en ellas.
La isla de Chipre, por su parte, sufre un conflicto con marcados tintes étnicos. Se encuentra dividida por un lado en la República Turca del Norte de Chipre, región independiente de facto pero únicamente reconocida por Turquía, y por otra en la actual Chipre con reconocimiento internacional, además de las bases militares británicas asentadas en ambos lugares (Gil, 2018).

En este aspecto, Turquía es un país que no ha ratificado la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (Jiménez, 2020); por tanto, el problema no radica únicamente en que no reconoce Chipre, sino tampoco las aguas colindantes que reclama amparada en el Derecho Internacional, asumiendo encontrarse en posesión de los yacimientos de gas que allí se encuentran. Pero el interés turco no se ve reducido únicamente a Chipre, sino que con esta acción pretende evitar, de manera literal, que la extracción de ese gas llegue a la Grecia continental (Baqués, 2022). Por este motivo, Grecia, respaldando al gobierno chipriota, solicitó al Consejo Europeo tomar acciones hacia Turquía por el incumplimiento de sus obligaciones del Derecho Internacional, generando un nuevo incremento de las tensiones entre ambos países.
A modo de conclusión, Turquía ha ganado fuerza en el Mediterráneo Oriental y obtenido unos acuerdos favorables en Libia, llegando a negociar con Rusia para tratar de establecer una solución que favorezca los intereses de ambos países. De este modo, continúa revindicando su esfera de influencia cargada de renovado otomanismo, dando muestra de una clara asertividad y revisionismo del orden regional.
La cuestión kurda. Acciones en Siria e Irak.
El Kurdistán es un territorio no reconocido que abarca regiones pertenecientes a Turquía, Siria, Iraq e Irán y que ha sido objeto de grandes tensiones durante más de 50 años. La pulsión nacionalista se encarna en el el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), el cual, desde una perspectiva político-militar, llevó a cabo procesos de terrorismo étnico que se pueden encuadrar dentro de la ola de terrorismo de la nueva izquierda de la segunda mitad del siglo XX, dada su ideología nacionalista izquierdista similar a la de otros grupos terroristas de la época, como ETA o el IRA. En este sentido, su modus operandi y método de financiación era realmente similar, destacando operaciones de extorsión, secuestros e impuestos revolucionarios hacia las élites del país. Este proceso de violencia política provocó alrededor de 5.000 víctimas mortales hasta el alto el fuego establecido en 1999, sin embargo los ataques continuaron a partir de 2004 desde las bases del Kurdistán iraquí ─región con carácter autonómico desde 1970─ y posteriormente desde Siria, sin mencionar el conflicto en el sureste de Turquía en el que perecieron decenas de miles de personas (Fernández, 2006).
Este panorama ha desembocado, por un lado, en una continua transgresión de las fronteras iraquíes por parte del ejército turco, con la excusa de llevar a cabo operaciones antiterroristas en el Kurdistán, un factor que ha provocado el permanente malestar del gobierno iraquí, el cual las considera violaciones de su soberanía territorial, a pesar de sus relaciones aparentemente normalizadas. Desde 2018, en el marco de las Primaveras Árabes, Turquía mantiene la Operación Garra, posteriormente renombrada como Garra-Tigre, con el objetivo de acabar con la presencia del PKK en la región (Sánchez, 2020).

Por otro lado, la internacionalización del conflicto provocó el surgimiento de grupos paramilitares kurdos en Siria, denominados Unidades de Protección Popular (YPG) que actuaban como brazo armado del Partido de Unión Democrática (PYD), con unas bases de corte identitaria regional similares a las del PKK. En paralelo, la progresiva radicalización de la población de suní de Siria, impulsada por el proselitismo de líderes carismáticos, en ocasiones retornados de cárceles norteamericanas y resentidos tras la invasión de 2003, además del apoyo por parte de las monarquías árabes con objeto de derrocar al gobierno de Al Assad, desembocó en el surgimiento de la organización terrorista ISIS, la cual aprovecho la inestabilidad del país para realizar una rápida ofensiva y asentarse en diversos territorios de Siria e Iraq. Esta coyuntura, estableció un solapamiento temporal de los dos grupos (ISIS e YPG) de modo que, si bien sus fines eran fundamentalmente distintos, provocó que ambas entidades fueran instrumentalizadas, en no pocas ocasiones, para la consecución de objetivos estratégicos de terceros países. Ejemplo de ello se muestra en las relaciones establecidas entre EEUU y miembros del YPG en el establecimiento de una coalición de milicias denominadas Fuerzas Democráticas Sirias (SDF) así como los controvertidos lazos de Turquía con el ISIS mediante relaciones comerciales por sus extracciones petrolíferas, suministro de armamento y permitiendo el libre paso en la frontera de combatientes que engrosaban las filas de la organización terrorista para presionar a los kurdos desde el sur (Albentosa, 2018).
En este sentido, las relaciones entre Ankara y Washington comenzaron un proceso de deterioro debido a sus intereses no siempre alineados en Siria, a pesar de pertenecer ambos países a la estructura de la OTAN. Sin embargo, los atentados del ISIS en suelo turco dieron un giro a su política. Turquía, teniendo siempre en mente el objetivo de frenar a las fuerzas paramilitares kurdas en Siria, decidió efectuar acciones militares de modo unilateral contra el ISIS en 2017 en la llamada operación Escudo del Éufrates, con el fin de que este territorio no fuera tomados por los kurdos, apoyados por EEUU. Esta última acción se mostró hacia la comunidad internacional como una ofensiva turca para frenar al ISIS, obteniendo así legitimidad en cuanto a su acción y resarcimiento internacional por su apoyo anterior a la organización terrorista; no obstante el objetivo estratégico consistía en evitar la penetración kurda cerca de su frontera sureste. A ésta le siguieron dos acciones militares posteriores en 2018 y 2019, en esta ocasión de modo directo contra el YPG y con la autorización de EEUU, tras la retirada de sus tropas que se encontraban proporcionando adiestramiento a dichas milicias. Este conjunto de acciones, ciertamente acertadas en términos estratégicos para Turquía, le permitió establecer una franja de seguridad en las inmediaciones de su frontera, evitar un corredor sur controlado por los kurdos del YPG y una propagación del conflicto hacia territorio nacional turco (Sánchez, 2019).

El músculo militar mostrado como resultado de los anteriores sucesos, con un impulso añadido a partir del golpe de estado de 2016, permitió a Turquía establecer un diálogo directo, de igual a igual, con grandes potencias como Rusia y EEUU en el marco del conflicto sirio. Un auge de asertividad en cuanto a sus decisiones, en clave realista, que derivó en un aumento directo de influencia regional.
Conflicto del Nagorno-Karabaj
El denominado Genocidio Armenio que tuvo lugar al comienzo de la Primera Guerra Mundial, es un suceso poco conocido que, sin embargo, asienta las bases del conflicto latente en el Nagorno-Karabaj. En 1915, en torno a dos millones de armenios residían en la región oriental del Imperio Otomano. Como etnia profesaban el cristianismo y al igual que otras minorías, no eran tratados como ciudadanos de pleno derecho por las autoridades otomanas, las cuales seguían la rigorista ley islámica ─la sharia─, factor que desembocó en protestas durante los años previos a la guerra y que dio comienzo a diferentes procesos de violencia hacia la población armenia (Hintlian, 2003). Bajo el amparo de la Gran Guerra, se arrestó y asesinó a intelectuales y políticos armenios, seguido de hombres de mediana edad, bajo la excusa de su reclutamiento y, finalmente, mujeres, niños y ancianos, con el objetivo de purgar al conjunto de población no musulmana residente en el imperio. Cerca de millón y medio de armenios fueron asesinados. Diversas organizaciones multilaterales y Estados han reconocido que estos hechos tuvieron lugar, pero Turquía rechaza que dicha acción sea tachada de genocidio, sino por motivos de seguridad nacional durante el transcurso de la guerra (Antaramián, 2016).
En este contexto, tras el desmembramiento del Imperio Otomano, la diáspora etnia armenia restante, principalmente establecida en la República de Armenia, conservó una profunda herida que aún en nuestros días vierte resentimiento hacia el gobierno turco. Ejemplo de ello se muestra con los ataques llevados a cabo por la organización terrorista ASALA (Ejército Secreto Armenio para la Liberación de Armenia) que, mediante diversos atentados en suelo turco a finales del siglo XX, tenía como objetivo enviar un mensaje a la comunidad internacional, solicitando el reconocimiento del controvertido genocidio armenio (Aguilera y de Goñi, 2020).

Teniendo estos sucesos presentes, las políticas reformistas implantadas por Gorbachov en 1985, así como el vacío de poder generado tras la caída de la Unión Soviética, supuso reavivar un conflicto congelado durante el periodo de dominio soviético, en concreto por la región del Nagorno-Karabaj. Dicha región, poblada mayormente por cristianos armenios y la cual gozaba de carácter autonómico, pertenecía a la república de Azerbaiyán, de religión musulmana. Esta situación, no exenta de tintes religiosos, supuso el apoyo del gobierno de Armenia tanto a la independencia de la región como a la viabilidad de una futura integración en el país, algo que supuso el firme rechazo de Azerbaiyán, dando lugar a un conflicto armado que se extendió hasta 1994, año en el que se produjo un alto el fuego (Setién, 2020).
En este primer conflicto, la posición de Turquía denotaba cierta tibieza en el apoyo a Azerbaiyán, situación que aprovecho Rusia para actuar como árbitro del conflicto y tratar de buscar una solución negociada que asimismo favoreciera a sus intereses. Tras el retorno de Turquía a la escena internacional, y el cambio en la escena política turca, será en la denominada segunda guerra del Nagorno-Karabaj de 2020, en donde se produce un apoyo turco al gobierno azerí con clara determinación. Bajo el lema de una nación, dos países, se procede al envío de material militar, cazas de combate, drones y oficiales para dirigir las operaciones logísticas. Sin duda este refuerzo de capacidades contribuyó de manera decisiva a que Azerbaiyán adquiriera cierta superioridad militar en un espacio reducido de tiempo, obteniendo una notable victoria y permitiendo recuperar las regiones controladas de facto por Armenia desde 1994 (Milosevich-Juaristi, 2023).
La reciente tercera guerra del Nagorno-Karabaj, finalizó con una nueva capitulación armenia esgrimiendo un panorama en el que Rusia, centrada en el conflicto con Ucrania, pierde influencia en la región caucásica, ante el auge del neotomismo de Turquía. Armenia busca ahora apoyo en Francia, país con una notable población de dicha nacionalidad entre sus ciudadanos, con el objetivo de establecer una estrategia que contrarreste la presión de los países que apelan al lazo islámico (Ibarbia, 2023).
Tampoco se debe obviar que este conflicto ha sido mostrado, en términos de radicalismo religioso de corte islamista, como una guerra santa. La obtención de territorios en favor de los cristianos armenios, generó una llamada a la internacional yihadista, que ya llevaba prestando apoyo en diferentes conflictos de un modo más exacerbado tras la derrota soviética en la Guerra de Afganistán en 1989. Este fue el comienzo de un revisionismo islámico de corte radical encabezado principalmente por los salafistas afganos y los wahabíes saudíes que encontraban cada vez un mayor apoyo en Asia Central (Priego, 2010). En años posteriores, durante la segunda guerra del Nagorno-Karabaj, Turquía permitió la entrada de miles de insurgentes sirios que más que luchar en defensa de Azerbaiyán y sus intereses regionales, lo hacían por la supervivencia del Islam en los territorios expropiados que consideraban sagrados (Setién, 2020).
Conclusiones finales
La conclusión de este análisis parte de la consideración de Turquía como un país de elevadas ambiciones, que, perteneciendo a la OTAN y manteniendo una política cordial con la UE, no se encuentra exento de controversias y agravios históricos hacia ciertos países de su entorno regional, lo cual se escapa de los valores que Europa y la OTAN aseguran promulgar y proteger.
En primer lugar, el profundo componente religioso de la acción turca ha determinado su relación con los países de la Península Arábiga. Su determinación y a su vez preocupación por acabar con los insurgentes kurdos, ha perjudicado en cierto modo a sus relaciones con Irak debido a las sucesivas incursiones, aunque ha aumentado claramente su influencia regional. Por otro lado, mantiene a Catar como principal aliado en el Golfo Pérsico dado su proximidad religiosa pero principalmente su cooperación militar en materia de seguridad y defensa. Este último punto se ha materializado con la venta de buques de guerra y la creación de dos bases militares en territorio catarí (Baqués, 2022). En este sentido, tampoco se deben olvidar las firmes acusaciones recibidas hacia Catar relativas a la financiación y apoyo proporcionado al grupo terrorista Hamás durante los años previos al comienzo de la guerra contra Israel de 2023 (López, Marrades y González, 2023), asunto en el que Turquía ha tenido un posicionamiento claro en favor de dicha organización, con la reciente declaración de Erdogán de que no se trata de terroristas, sino luchadores por la libertad. De este modo, Turquía afianza su política de apoyo a los movimientos islamistas suníes de la región, denotando un cada vez mayor rigorismo religioso.
En segundo lugar, se ha mostrado el paradigmático caso de Libia, en donde, cuando todo parecía perdido para el proyecto iniciado por la ONU, los intereses turcos se alinean con los de la organización multilateral en el momento en el que ya empezaba a encontrar en su seno muchos detractores como Francia, Rusia y las monarquías árabes ─excepto Catar─ que optaban por el control autoritario de Haftar como forma de garantizar una estabilización en el país y sus intereses. Probablemente ese acuerdo no se produjera de modo casual. Observando la cronología de los acontecimientos, se aprecia que Turquía, mediante un ejercicio de paciencia estratégica, esperó el momento adecuado para obtener un acuerdo favorable con el gobierno de Fayez al-Serraj, en lo relativo al reconocimiento de las aguas en litigio con Chipre para sus prospecciones gasísticas y el establecimiento de una base naval que permitirá efectuar un mayor control sobre el Mediterráneo Oriental y Central, aumentando de modo considerable su influencia. Esta estrategia eminentemente marítima, responde a la doctrina de Patria Azul o Mavi Vatan (Conte, s.f.), formulada por el almirante Gürdeniz en 2006, la cual supone un revisionismo turco del derecho marítimo internacional de acuerdo con sus intereses geopolíticos, mediante el establecimiento de un marco jurídico que dicte las normas para el desarrollo su expansionismo marítimo, sin atender a posibles agravios que estas acciones puedan causar, como es el caso de Grecia o Chipre.
Por otra parte, la región caucásica, espacio productor y de flujo de hidrocarburos, es sin duda de gran interés para Turquía. Por esta razón, más allá del lazo islámico que une a Turquía con Azerbaiyán y la implicación del país otomano en el conflicto del Nagorno-Karabaj con el objetivo de ganar influencia en la región, existen además importantes intereses energéticos. El crudo procedente de la cuenca del mar Caspio obtiene salida al Mediterráneo mediante un oleoducto que atraviesa Azerbaiyán hasta Georgia ─evitando territorio armenio─ y con destino final la provincia turca de Ceyhan. Mantener este acuerdo energético en el Cáucaso no sólo permite a Turquía tener garantizado el suministro de crudo sino, del mismo modo, cortar una posible alianza entre Irán y Rusia por los recursos del Caspio. De este modo, es altamente probable que la alianza entre Turquía y Azerbaiyán se mantenga firme ante los considerables intereses compartidos (Baqués, 2020).

Los territorios que en algún momento de la historia fueron otomanos son representados en la Figura 4, por tanto, es de esperar que cada uno de ellos represente intereses de primer orden para el gobierno turco. Sin embargo, no por ello este país se evade de otros asuntos relevantes a nivel internacional, como es el caso de la guerra de Ucrania. Una de las razones principales, es el protagonismo estratégico que adquiere Turquía en la cuestión de las exportaciones de cereal por parte de Ucrania a través del Mar Negro, mediando para garantizar su seguridad desde la orilla sur (Pardo, 2024). En este contexto, de nuevo la voz de Erdogán fue sonada como respuesta a la entrada de Suecia y Finlandia en la OTAN. En un primer momento, Turquía vetó la entrada de ambos países y fueron necesarios intensos acuerdos bilaterales con Suecia para que finalmente el parlamento turco brindara su apoyo a la adhesión. La victoria diplomática obtenida por Erdogán fue el proyecto de legislación antiterrorista sueca y la agilización en los procesos de extradición de lo que Turquía considera terroristas kurdos residentes en territorio sueco (Garro, 2023).
Gran parte de las políticas turcas tienen como denominador común su parcial o total justificación de defensa del Islam suní y en consecuencia de las comunidades que lo practican. Si bien se podría debatir la legitimidad de su acción a este respecto, se han mostrado signos de que este compromiso religioso le ha llevado a establecer ciertos vínculos y relaciones en algún momento con organizaciones designadas como terroristas por diversos organismos internacionales, como fue el caso del ISIS y Hamás. Desde la perspectiva de la lucha contra el terrorismo trasnacional e internacional, esto supone un enorme inconveniente que sin duda dificulta las relaciones entre Turquía y los países que sufren de la actividad fundamentada en el radicalismo violento. Amparar acciones basadas en una interpretación rigorista y radical de cualquier religión no es más que una exacerbada muestra de realismo político nacional, que genera cada vez más dudas sobre sus acuerdos y alianzas con los países occidentales.
De este modo, el giro político turco ha potenciado los valores ideológicamente diferentes ente Turquía y Occidente. El desarrollo que puede suponer para la convivencia entre pueblos el proceso de enriquecer los valores culturales, ha dado lugar a un potencial nuevo choque de civilizaciones, razón que evita que las heridas sanen debido a la falta de entendimiento, las pulsiones nacionalistas y el rigorismo religioso.
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Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España). ISSN 2695-8937
