La guerra en Ucrania podría hacer pensar que los estudios estratégicos han cerrado el capítulo del conflicto en la zona gris/estrategias híbridas para pasar a otro dedicado a la guerra convencional. En realidad, no se trata de pasar página sino de seguir profundizando en ambos temas. Por un lado, las operaciones militares convencionales han dejado de ser una hipótesis altamente improbable y, por otro, los conflictos en la zona gris conservarán su vigencia en los próximos años. A la vez, ambas realidades han de entenderse como parte de un continuum dentro del espectro del conflicto en la política internacional. Y, como ya he expuesto en otro post, esa gradación también se aplica a la escalada dentro de la propia zona gris.
Es importante seguir investigando en la zona gris porque –aunque resulte obvio decirlo– nos encontramos ahora mismo en ese tipo de escalada entre Rusia, por un lado, y Estados Unidos y los países europeos por otro. El responsable de la escalada actual es el gobierno de Vladimir Putin. Es otra obviedad, pero ante la cacofonía (y en algunos casos el lodazal dialéctico) de opiniones contrapuestas no está de más recordarlo. Desde la teoría realista de la política internacional, es comprensible la preocupación de los responsables rusos ante la ampliación de la OTAN y de la UE hacia el este. Y, aunque dicha ampliación fue voluntaria, el criterio realista habría aconsejado no proponer ni aceptar ciertas solicitudes de ingreso. Desde esa óptica realista y para evitar un dilema de seguridad con Rusia, podría tener sentido aceptar a Ucrania en la UE pero no hacerlo en la OTAN, llegando a una situación final más o menos similar a la de Finlandia. Ahora bien, realizado ese ejercicio de ‘empatía geopolítica’, hay que tomar distancia y entender que los temores de los dirigentes rusos no justifican la agresión militar contra Ucrania, de la que ellos son los únicos responsables.
Aclarado este punto, lo cierto es que nos encontramos ante una escalada en la zona gris. En lo que respecta a la guerra de Ucrania, ni Estados Unidos ni los países europeos –incluida España– actúan como neutrales, sino como no beligerantes. Es decir, el respaldo político y militar a la defensa legítima de Ucrania implica inevitablemente corresponder a la escalada en la zona gris iniciada por Moscú. Si bien la diada de conflicto entre Rusia y Ucrania no es de zona gris sino de guerra (negro), la diada entre Rusia y los países occidentales ha pasado del ‘gris claro’ (campañas de desinformación, injerencia política, ciberataques leves, etc.) a un gris con tonos más sombríos.
Lo aparentemente paradójico es que esas acciones en la zona gris son por el momento europeas y norteamericanas. Se enmarcan en una condena internacional más amplia a Rusia, visibilizada en la votación de la Asamblea General de Naciones Unidas y correspondida por el Kremlin con una lista de Estados hostiles en la que se incluye por ejemplo a Australia, Corea del Sur y Japón. Sin embargo, desde la perspectiva del gobierno ruso, esas medidas (en apoyo de una defensa legítima), como las sanciones económicas severas, envío de armas, permitir el alistamiento de voluntarios extranjeros, o el ISR y targeting de objetivos rusos (reconocido por los propios norteamericanos) en apoyo de las fuerzas ucranianas, equivalen a una ‘proxy war’ entre Rusia y los países de OTAN-UE. Para ilustrarlo rescato un gráfico que ya he utilizado en otras ocasiones para explicar cómo encajan las ‘guerras por delegación’ con el concepto de la zona gris.

De momento, el gobierno ruso tiene gran parte de su ancho de banda ocupado con la gestión de la guerra en Ucrania, pero tarde o temprano acabará dedicando más atención a esa zona gris con UE-OTAN. Esto puede ocurrir antes de que finalicen los combates en territorio ucraniano. De hecho, una eventual prolongación de la resistencia militar gracias al apoyo norteamericano y europeo alimentará la intensificación de estrategias híbridas por parte de Rusia. Lo cual se traducirá previsiblemente en un mayor énfasis en patrones de acción ya conocidos y, menos probable pero no descartable, en un ejercicio de brinkmanship confiando en que los aliados occidentales no respondan por temor a una escalada bélica. Por ejemplo, un ataque ‘a la israelí’ contra un cargamento de armas dentro de la frontera de un país OTAN, o un ciberataque gravemente disruptivo contra una infraestructura crítica que lleve a algún país miembro a invocar el Artículo 5.
A su vez, el conflicto en la zona gris continuará una vez que callen las armas en Ucrania; al menos mientras siga el actual gobierno ruso que, como es natural, considera confirmadas sus peores sospechas sobre la OTAN y la UE. Aunque se tardará un largo tiempo en reparar unas relaciones ya debilitadas antes de la invasión de Ucrania, es de suponer que –salvo que prevalezcan posturas maximalistas – ni Rusia ni los europeos mostrarán interés en mantener la zona gris en sus registros más elevados. Esto dará paso a cierta distensión pero no pondrá fin al empleo de estrategias híbridas con el fin de debilitar la cohesión de la Alianza Atlántica y de la Unión Europea.
