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Clanes familiares en Alemania en el contexto de la delincuencia organizada. Elementos de interés para España

Global Strategy Report 4/2020

Resumen: Alemania viene estando confrontada desde hace años con el problema de las actividades delictivas cometidas por determinados clanes familiares de origen árabe. Si bien el tráfico de drogas acapara buena parte de dichas actividades, existen otros ámbitos igual de importantes como son los delitos violentos, así como conductas intimidatorias frente a los órganos estatales en general y la población alemana en particular. Lo sorprendente de esta situación es que la tasa de condenas por todos estos delitos es muy baja en comparación con la actividad desplegada. Ello se debe no sólo al aislamiento y hermetismo inherente a los propios clanes, sino también a cuestiones relacionadas con el propio ordenamiento jurídico alemán. Al análisis de todos estos aspectos se dedica el siguiente trabajo, el cual tiene un inusitado interés si se tiene en cuenta que, en la actualidad, determinadas manifestaciones del crimen organizado en España están vinculadas a clanes o grupos que presentan buena parte de las características de los clanes familiares árabes que actúan en Alemania.

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Introducción. El concepto de «clan familiar» y su vinculación con la delincuencia

El 13 de septiembre del año 2018 fue enterrado en Berlín Nidal Remmo, un joven de 36 años miembro de un conocido clan familiar árabe asentado en Berlín, el cual había sido asesinado días atrás en plena calle. Al entierro de este individuo, el cual contaba con numerosos antecedentes policiales, acudieron más de 2.000 personas, entre las que se encontraban caras conocidas del crimen organizado en la ciudad de Berlín, así como miembros de distintos clanes tanto de la capital germana como del resto de los Estados federados, incluso también de países vecinos. Nunca antes se había mostrado de manera más clara el poder y la importancia que entretanto los clanes familiares con raíces árabes han alcanzado en Alemania. Y es que cuando se necesita un amplio despliegue policial para asegurar la presencia de un destacado número de sujetos que le pretenden tributar respeto a un conocido delincuente, en ese caso parece claro el potencial criminal asociado a ese concreto círculo subcultural representado por los clanes familiares y, al mismo tiempo, la incapacidad del Estado alemán para afrontar dicho fenómeno.

El entierro de Nidal Remmo hizo que la problemática en torno a la vinculación de determinados clanes familiares procedentes de países de Oriente Medio con el crimen organizado alcanzase súbitamente un considerable eco mediático, social y político en el país germano. Así, la cobertura informativa por parte de los medios de comunicación en torno a la temática relativa a los clanes familiares ha aumentado considerablemente en las últimas fechas. Sin embargo, la vinculación de determinados clanes familiares con actividades delictivas de diversa índole –lo que en Alemania se viene denominando como «criminalidad de clanes» (Clankriminalität)– no constituye desde luego un fenómeno novedoso en la realidad criminal germana. Así, en algunas ciudades del Land de Renania del Norte-Westfalia, las autoridades policiales y gubernativas han venido constatando en los últimos años de forma creciente cómo miembros de distintos clanes familiares de origen turco y árabe intimidan a la población a través de conductas agresivas, alteraciones del orden y actos delictivos. Además, estos sujetos intentan de forma manifiesta reclamar para sí concretas zonas de la ciudad, lo que ha dado lugar a que determinados barrios de algunas ciudades alemanas se califiquen ya como no-go-areas (Schubert, 2017). Las fuerzas del orden informan de una abierta hostilidad, una alta agresividad que se manifiesta de forma inmediata, una falta de respeto y un menosprecio hacia el poder estatal, así como una escalada en los actos violentos; y todo ello con el objetivo de influenciar o incluso impedir medidas de carácter oficial. Además, los miembros de clanes familiares de origen turco y árabe se ven envueltos de forma desproporcionada en conductas delictivas, sobre todo en delitos de carácter violento y aquellos otros relacionados directa o indirectamente con el crimen organizado (Landeskriminalamt Nordrhein-Westfalen, 2019: 6).

En el sentido apuntado, Berlín constituye actualmente un buen ejemplo del poder que entre tanto han alcanzado en la capital germana los miembros de los clanes familiares de origen árabe. Así, otras estructuras de crimen organizado, como la ‘Ndrangheta, la Camorra, los Hell Angels, la Triada o la mafia rusa han sido prácticamente desplazadas. En su lugar, son sobre todo los clanes de origen palestino, libanés o kurdo los que suelen llamar la atención por sus actividades criminales, las cuales abarcan desde la extorsión, el tráfico de drogas, hasta atracos y robos de carácter espectacular (Dienstbühl, 2018: 6).

Por otro lado, la persecución policial y condena judicial de los miembros de estos clanes familiares se ve dificultada por la siguiente circunstancia: La mayoría de estos clanes han creado una subcultura, una especie de sociedad paralela, con un ordenamiento jurídico propio y unos valores internos. Estas familias viven aisladas, física y socialmente, siendo por tanto prácticamente imposible la influencia exterior. Los miembros de estos clanes miran al Estado alemán con absoluta burla y desprecio, mofándose de la policía y la justicia al considerarlas demasiado blandas (Klingst, 2019).

A pesar de la existencia de repetidas advertencias procedentes fundamentalmente de los organismos policiales, el fenómeno de los clanes familiares nunca hasta ahora se había tomado en serio en Alemania. Durante años ha sido una temática sobre la que se ha rumoreado, pero nunca de forma pública y explícita. El motivo fundamental es que Alemania, como consecuencia de la atroz experiencia asociada al Nacionalsocialismo, tiene todavía un pasado reciente que le impide reprochar abiertamente a un determinado grupo poblacional de origen extranjero su acusada implicación en actividades delictivas. En el sentido apuntado, el concepto «criminalidad de extranjeros» (Ausländerkriminalität) sigue estando imbuido de una especie de tabú, promovido fundamentalmente por aquellos partidos situados a la izquierda del espectro político. Precisamente a través de esa inactividad «ordenada», los clanes familiares se han fortalecido hasta llegar a ser lo que actualmente son: un peligro manifiesto para la seguridad interior, así como para los valores vigentes en Alemania (Behrendt, 2019: 10-11).

A efectos introductorios, resulta importante delimitar en primer lugar el concepto de «clan», para con ello evitar interpretaciones erróneas y, a la vez, impedir que la actuación policial dirigida a la delincuencia de los clanes familiares lleve aparejada la sospecha de un trato estigmatizante en relación a un concreto grupo poblacional. Comúnmente, el concepto de «clan» se encuentra asociado a la familia extensa de origen árabe (Großfamilie). Esta designa a la unión parental de diversas familias nucleares. De este modo, un clan agrupa a menudo a centenares de miembros (Dienstbühl, 2018: 5; Rohde, et al., 2019: 275). El clan puede por tanto considerarse como un grupo familiar, el cual viene referido a unos antepasados o a una estirpe común,[1] presentando además un trasfondo étnico de carácter homogéneo. Comprendidos en un determinado clan se encuentran únicamente los miembros de la familia, es decir, del parentesco, así como aquellos sujetos que se incorporan a la familia al contraer matrimonio con uno de los miembros del clan. El resultado de todo ello es una marcada cohesión interna, así como una estructura jerarquizada con unas normas y valores propios, que en no pocos casos se enfrentan a los vigentes en la sociedad autóctona (Duran, 2019: 298).

Los grupos a los que aquí se está haciendo referencia son a menudo denominados como «clanes libaneses». Sin embargo, ello no es del todo correcto ya que la composición etnográfica es más bien de carácter heterogéneo; encontrándose, como se verá a lo largo del presente trabajo, clanes formados por sujetos procedentes de Palestina, Siria o incluso Turquía. Con todo, y más allá de su origen, los clanes familiares a los que se hace aquí mención constituyen subculturas aisladas desde un punto de vista étnico, ambiental, cultural y social.

Una vez realizada esta precisión terminológica, conviene señalar en segundo lugar que el concepto «criminalidad de clanes» no está definido legalmente en Alemania. Con todo, existe consenso en el aspecto relativo a que los clanes a los que aquí se está haciendo referencia se definen por una cohesión de carácter étnico y por la existencia de estructuras aisladas que se reducen básicamente a la pertenencia familiar. En cuanto a las actividades delictivas cometidas por los miembros de estos clanes, las mismas no se reducen a delitos aislados ejecutados de forma individual, sino también, a menudo, a una actuación organizada, dilatada en el tiempo y orientada a la obtención de un beneficio económico, cometida por un grupo de autores organizados jerárquicamente y coordinados en función de la estructura familiar. Teniendo en cuenta todos estos aspectos, la Oficina de Investigación Criminal del Land de Renania del Norte-Westfalia ha desarrollado un concepto de «criminalidad de clanes» a partir de la definición policialmente asentada en Alemania de lo que constituye, en general, la criminalidad organizada (Landeskriminalamt Nordrhein-Westfalen, 2019: 7):

«El concepto de criminalidad de clanes abarca la comisión de delitos con la implicación de varios sujetos y con la determinación de conseguir un lucro económico o bien un ámbito de poder. Además, (1) en la comisión delictiva se incluye conscientemente el origen común familiar o étnico como un componente de unión destinado a fomentar la actuación delictiva o bien a impedir el esclarecimiento del delito; (2) la comisión del delito viene marcada por una ausencia de aceptación del ordenamiento jurídico y del sistema de valores vigentes en Alemania; (3) los delitos cometidos, bien cada uno de ellos, bien en su conjunto, resultan de especial gravedad».

A partir de esta definición, la propia Oficina de Investigación Criminal del mencionado Land establece las siguientes características asociadas a estas estructuras familiares con connotaciones delictivas: (1) Pertenencia al «clan» exclusivamente a partir del criterio del parentesco; (2) Estructura segmentada con un marcado carácter jerárquico (en la mayoría de los casos de naturaleza patriarcal), la cual se organiza según el principio de la descendencia común; (3) Rechazo del ordenamiento jurídico alemán, así como de la colaboración con los organismos e instituciones estatales y, ligado a ello, su obstrucción e intimidación, utilizando para ello un importante potencial de movilización, así como de amenazas sobre la base del grupo familiar; (4) Ausencia de disposición a integrarse en la sociedad alemana, al concentrarse los clanes en determinadas zonas de la ciudad; (5) Legitimación ideológica de la actividad criminal (desvaloración de las víctimas, hostilidad en el entorno ambiental) como muestra de su poder; (6) Construcción de una «justicia paralela» dirigida a la solución interna de conflictos mediante la aplicación de mecanismos sancionatorios y medidas represivas dictadas por los denominados «jueces conciliadores» o «de paz» (Friedensrichter); (7) Carácter obligatorio del matrimonio entre cónyuges de la misma familia o de una etnia común para con ello incrementar el poder familiar; (8) Exteriorización de un afán de poder y de lucro, el cual se manifiesta en la ocupación del espacio público (Landeskriminalamt, 2018: 7).

Llegados a este punto resulta conveniente hacer una importante diferenciación. Así, en primer lugar, no todos los miembros de un clan familiar árabe realizan actividades delictivas. En segundo lugar, no toda familia de origen árabe que, por sus características, entra dentro de lo que se conoce como «clanes familiares», se ve involucrada en actos criminales. En este sentido, el Fiscal especial en crimen organizado en la ciudad de Berlín, Sjors Kamstra, calcula que, del alrededor de 30 clanes familiares de origen árabe asentados en la capital, únicamente ocho se encuentran criminalmente activos, estando involucrados en redes de naturaleza criminal (Kamstra, 2014: 22). Esto significa ni más ni menos que la mayoría de las familias que cumplen con las características asociadas a los «clanes familiares árabes» no llevan a cabo actividades delictivas. Al mismo tiempo resulta necesario reiterar el hecho de que, dentro de aquellas familias que pueden ser consideradas como problemáticas, no todos sus miembros cometen actos delictivos (Zigmann, 2015: 753). Ahora bien, aun teniendo en cuenta que no todos los miembros de un determinado clan se involucran en actividades delictivas, todos aquellos que de una u otra manera pertenecen al clan están obligados, por pura solidaridad familiar, a mostrarse discretos y reservados de cara al exterior. Este hecho constituye una de las causas por las que, solo en contadas ocasiones, los miembros de un clan facilitan información a las autoridades estatales (Rohde, et al., 2019: 279). Conviene señalar también que, en no pocos casos, la familia al completo se aprovecha directa o indirectamente de los beneficios procedentes de actividades delictivas (Wendt/Kretzschmar, 2019: 10).

A partir de lo señalado en los párrafos anteriores, el objetivo del presente trabajo es realizar un análisis exhaustivo de los clanes familiares asentados en Alemania en el contexto del crimen organizado. Para ello, los capítulos 2 y 3 tienen por objeto abordar, desde una perspectiva temporal, las causas de su traslado a Alemania, así como, desde una perspectiva ambiental y antropológica, los lugares donde actualmente se encuentran asentados y sus características socio-familiares. A continuación, el capítulo 4 analiza de forma detallada el conjunto de actividades delictivas con las que se encuentran confrontados los miembros de los clanes familiares árabes. Como se verá, si bien los delitos vinculados al crimen organizado gozan de un especial protagonismo, no son las únicas actividades delictivas desarrolladas por los clanes, abarcando las mismas un amplio repertorio recogido a lo largo y ancho del Código Penal alemán (Strafgesetzbuch, StGB). Por último, y antes de abordar las conclusiones, los capítulos 5 y 6 se dedican a exponer respectivamente las dificultades que viene presentando la persecución policial y judicial de la criminalidad de clanes, así como las medidas impulsadas en las últimas fechas para lograr hacer frente al fenómeno.

No cabe duda de que el análisis de la criminalidad de clanes en Alemania puede aportar elementos de indudable interés de cara a luchar contra el fenómeno de la criminalidad organizada en España, sobre todo en determinadas zonas del territorio donde, como se sabe, actividades como el tráfico de drogas se encuentran en manos de determinados grupos fuertemente cohesionados por elementos étnicos, nacionales, e incluso familiares.

Origen y traslado a Alemania

La procedencia geográfica de estos clanes familiares árabes asentados en Alemania se encuentra por un lado en territorios palestinos; por otro en el sudeste de la región de Anatolia, en Turquía. Un importante grupo que en su momento emprendió la emigración a Alemania viene representado por los Mhallami, denominados también como kurdos mhallamiye o kurdos libaneses (Wendt/Kretzschmar, 2019: 7). En este caso se trata de un grupo étnico cuyo origen se ubica en la provincia de Mardin, situada en el sudeste de Anatolia, y cuyos miembros hablan la lengua kurmanci, que en definitiva constituye un dialecto árabe de los idiomas kurdos. Precisamente por ello, la consideración de los Mhallami como kurdos resulta controvertida. Así, los kurdos sirios y turcos no aceptan su denominación como kurdos debido fundamentalmente a dichas particularidades lingüísticas. Únicamente en Beirut, lugar donde también se encuentran asentados, son considerados como kurdos por parte de la población libanesa. Esta discordancia dificulta hasta el día de hoy la asignación de los Mhallami a una identidad cultural concreta (Rohde, et al., 2019: 275). Por su parte, los propios Mhallami rechazan la atribución como población kurda, considerándose más bien como árabes.

En la patria originaria situada en el sudeste de Anatolia no se produjo un ascenso social por parte de los Mhallami, por lo que no se daban signos de prosperidad. Las condiciones de vida eran difíciles para este grupo étnico, caracterizado por su condición de agricultores y su organización en torno a distintos clanes familiares. Pues bien, debido precisamente al idioma, las relaciones familiares y comerciales con el Líbano eran usuales desde hacía mucho tiempo, razón por la cual el grupo étnico de los Mhallami se asentó en dicho país tras el derrumbamiento del imperio otomano. Con todo, la emigración de los Mhallami al Líbano no trajo consigo una integración social y económica en el país de acogida. Más bien al contrario, los Mhallami se asentaron en barrios marginales y en guetos, alejados por tanto de cualquier tipo de participación social y económica, al ser excluidos de prácticamente todo aquello que se encontraba a disposición del resto de ciudadanos. Así, carecían de un permiso de trabajo, no pudiendo ejercer ningún tipo de profesión liberal, ni mucho menos acceder a la función pública. Tampoco podían escolarizar a sus hijos en las escuelas públicas gratuitas, estando al mismo tiempo excluidos de la sanidad pública (Ghadban, 2018: 63-64). Debido precisamente a este aislamiento, así como a la falta de apoyo estatal y social, las familias de los Mhallami se unieron si cabe de forma más estrecha, fortaleciéndose aún más entre los clanes las relaciones importadas desde el lugar de origen. De este modo, el individuo dependía completamente de su familia. Como se verá posteriormente, esta circunstancia es de vital importancia a la hora de entender las características socio-familiares de los clanes de origen árabe asentados en Alemania.

Otro grupo de origen árabe que se encuentra asentado en Alemania viene constituido por los clanes palestinos (Duran, 2019: 298). Con respecto a este grupo, la mayoría de ciudadanos palestinos huyeron al Líbano tras la creación del Estado de Israel en el año 1948. Otros llegaron al Líbano en el año 1956 con el estatus de refugiados como consecuencia de la guerra del Sinaí, y en el año 1967 tras la Guerra de los Seis Días. Una vez llegados al Líbano, y al igual que ocurrió con los Mhallami, los palestinos, dada su condición de apátridas, carecían de la mayoría de derechos cívicos, siendo en parte sistemáticamente discriminados como minoría.

Posteriormente, como consecuencia de la guerra civil en el Líbano (1975-1990), miles de Mhallami kurdos huyeron del país con dirección a la Europa occidental, sobre todo a Alemania y los países escandinavos. Otros emprendieron viaje con dirección a Sudamérica. Paralelamente, muchos kurdos mhallamiye viajaron directamente desde Turquía hacia Alemania alegando un estatuto de «ciudadanos procedentes del Líbano con nacionalidad por resolver». En estos casos se silenció intencionadamente la existencia de una eventual identidad y nacionalidad turcas, lo cual, evidentemente, dificultaba enormemente una eventual expulsión de Alemania por parte de las autoridades. Efectivamente, una vez llegados a territorio germano, muchos Mhallami solicitaron asilo. Sin embargo, y aunque la mayoría de solicitudes de asilo fueron denegadas,[2] este grupo no pudo ser deportado al Líbano. La razón fundamental hay que buscarla en la especial protección que el art. 33 de la Convención de Ginebra otorga a los refugiados que huyen de una guerra civil. Pero también hay que tener en cuenta que la mayoría de estos sujetos carecían de un pasaporte, bien por su condición de apátridas, bien por haber destruido un eventual pasaporte del Líbano o Turquía, precisamente para evitar ser deportados. De este modo, tanto los Mhallami como los palestinos fueron admitidos en Alemania con el estatus de «nacionalidad sin aclarar» (ungeklärte Staatsangehörige), permaneciendo así en el país como apátridas y con un derecho de permanencia (Duldung), lo cual, entre otras cosas, acarreaba la concesión automática de ayudas sociales (Dienstbühl, 2018: 7).

Una vez asentados por miles en Alemania, fue sobre todo durante las décadas de 1980 y 1990 cuando se produjo la entrada en vigor de lo que se conoce como «regulación de los casos antiguos» (Altfallregelung), vinculados a la estancia en el país germano de aquellos ciudadanos extranjeros sin permiso de residencia, como así ocurría en el caso de los Mhallami y los palestinos. Esta regulación permitió la nacionalización de aquellos individuos que durante un largo periodo de tiempo habían presentado sucesivas solicitudes de permanencia en el país. Entretanto, más de la mitad de los miembros de los clanes familiares tiene la nacionalidad alemana (Dienstbühl, 2018: 7).[3]

Con el traslado a Alemania y su asignación a determinados suburbios se produjo al mismo tiempo la exportación a territorio alemán de las antiguas estructuras familiares y de convivencia en los asentamientos situados en sus lugares de origen; algo que se mantiene hasta el día de hoy. De este modo, los Mhallami y sus descendientes siguen reproduciendo en Alemania sus relaciones familiares tribales, aislándose del entorno a través de los guetos y de la institución de la familia, y planeando su vida en Alemania a través de las ayudas sociales. Tal y como señalan algunos autores (Duran, 2019: 298; Zigmann, 2015: 754), la deficiente política migratoria y social desarrollada por los sucesivos gobiernos con respecto a este colectivo impidió en parte su integración en el tejido social germano. Así, los refugiados libaneses y palestinos dependían de forma exclusiva del apoyo prestado por el Estado alemán en forma de generosas ayudas sociales, teniendo en cambio cerradas las puertas para acceder a otras posibilidades con las que conseguir ingresos de forma individual, al tener por ejemplo vedada la posibilidad de trabajar. A ello hay que unir la prohibición de escolarizar a sus hijos, algo que, lógicamente, impedía una eventual integración de las jóvenes generaciones. Todo ello condujo a una mayor segregación y a una vida situada en los estratos más bajos de la sociedad. Por consiguiente, las condiciones en las que se encontraban en Alemania los clanes familiares de origen árabe no eran muy diferentes a las que habían tenido en su día en el Líbano (Zigmann, 2015: 754). De este modo, la estructura grupal no cambió, sino que se solidificó aún más, fomentada por un entorno cultural radicalmente distinto. Aun cuando años más tarde la denominada «regulación de los casos antiguos» permitió finalmente la concesión de permisos de residencia e incluso la obtención de la nacionalidad alemana, ello no tuvo influencia alguna en las consolidadas estructuras familiares de estos clanes y en su aislamiento con respecto a la sociedad mayoritaria. Tras casi quince años de tolerancia de permanencia en el país por parte de la administración germana, las ambiciones de la mayoría de los miembros de estos clanes para conseguir un estatus social de forma regular habían prácticamente desaparecido.

Tal y como se analizará en el siguiente capítulo, la doble emigración y huida experimentada por estos clanes familiares les ha convertido en completos desarraigados, lo que finalmente ha conducido a que sea el propio grupo y la familia la única fuente de apoyo y respaldo para el individuo. Si bien en torno a la mitad de estos individuos dispone actualmente de la nacionalidad alemana, la distancia de estos con respecto al Estado y a la sociedad alemana se mantiene intacta.

Ubicación geográfica, estatus familiar y socioeconómico

La mayoría de las familias de origen árabe que en el contexto actual están relacionadas con la criminalidad de clanes se encuentran asentadas sobre todo en Berlín, Bremen, así como en distintas ciudades situadas en los Länder de Renania del Norte-Westfalia y Baja Sajonia. En todos los casos, los asentamientos de estos clanes se ubican en aquellos barrios con un amplio porcentaje de población extranjera, sobre todo aquella procedente de países de mayoría musulmana. Así, en el concreto caso de la ciudad de Berlín, prácticamente todos los clanes familiares de origen árabe que habitan en la ciudad (entre los 20 y 25) se concentran en los barrios de Neukölln, Wedding, Schöneberg, Moabit y Kreuzberg.

Haciendo a continuación referencia a los clanes familiares más conocidos en Alemania y con mayor repercusión mediática, en primer lugar hay que destacar al clan Al-Zein, el cual cuenta con cerca de 15.000 miembros repartidos por todo el territorio germano. Su figura más visible es Mahmoud al-Zein, un individuo llegado a Alemania en el año 1982 y que en su momento fue considerado como el sujeto más poderoso del inframundo de la ciudad de Berlín, lo que le valió el sobrenombre de «El Presidente». Los miembros del clan Al-Zein proceden del sudeste de Anatolia, perteneciendo al grupo étnico de los Mhallami (Behrendt, 2019: 19). Por su parte, en la ciudad de Bremen, el clan Miri abarca un número aproximado de 2.600 miembros, siendo un total de en torno a 8.000 los distribuidos por todo el territorio alemán (Ghadban, 2018: 162). Al igual que en el caso de los Al-Zein, el clan Miri tiene origen étnico mhallamiye. En tercer lugar hay que hacer también mención al clan de los Remmo, el cual cuenta con más de 500 miembros, asentados en su inmensa mayoría en la ciudad de Berlín. También en este caso hay que situar a este clan dentro del grupo étnico de los Mhallami. Como se analizará posteriormente, miembros de este concreto clan cometieron en el año 2017 un espectacular robo en el museo Bode de Berlín, con la sustracción de una gigantesca moneda de oro con un valor cercano a los cuatro millones de euros. Finalmente, otro de los clanes familiares que hay que destacar es el clan de los Abou Chaker, el cual también tiene su sede principal en Berlín, donde se encuentran asentados entre 200 y 300 miembros. Su figura más visible es Arafat Abou Chaker, un individuo de 44 años nacido en Berlín. Al contrario que en el caso de los clanes anteriores, los Abu Chaker tienen raíces palestinas. En todos los casos, estos clanes se caracterizan por su vinculación con distintas actividades delictivas, sobre todo en el contexto relacionado con el crimen organizado y la delincuencia violenta. Algunos miembros de estas familias son definidos por las autoridades policiales como delincuentes de gran intensidad (Behrendt, 2019: 19; Haverkamp, 2018: 129; Henninger, 2019: 287).[4]

Tal y como se apuntó en el capítulo anterior, la asignación de todas estas familias a suburbios situados en las grandes ciudades alemanas durante las décadas de 1980 y 1990, unido a la imposición de restricciones en determinados derechos sociales y personales a los miembros de estos clanes, condujo necesariamente a la consolidación de una subcultura con normas y valores propios, la cual se mantiene en la actualidad. La consecuencia de todo ello ha sido la formación de sociedades paralelas, fruto de esa segregación tanto étnica como social, donde la familia se convierte en el microcosmos al que acogerse por parte de todos sus miembros (Duran, 2019: 298). Como se verá a continuación, esta sociedad paralela integrada por clanes familiares árabes presenta una serie de características tales como la endogamia, el patriarcado, el sentido del honor, el rechazo del ordenamiento autóctono o la ostentación; aspectos todos ellos que sin lugar a dudas fomentan la comisión de actividades delictivas.

La endogamia, la cual es practicada dentro de los propios clanes, fundamenta al mismo tiempo la fuerte cohesión y solidaridad entre los miembros de la familia. A través de bodas concertadas desde un punto de vista estratégico dentro de las propias estructuras de los clanes se intensifica la cohesión interna mediante relaciones de naturaleza familiar. Hay que decir que esta tradición se extiende a los sujetos pertenecientes a las segundas y terceras generaciones (y nacidos por tanto en Alemania). Conviene a este respecto recordar nuevamente que la familia constituye para estas culturas la unidad social más relevante, alcanzando ello a tiempos anteriores al nacimiento del Islam. Los roles de género son relativamente rígidos: el hombre es el sostén de la familia, el que decide, el protector del honor familiar y el que lleva el dinero a casa. La mujer por su parte es la guardiana de la familia, la cual con su conducta debe especialmente velar por mantener el honor familiar (Rohde, et al., 2019: 277).

De cara a fortalecer la estructura familiar, los distintos clanes intentan alcanzar un alto índice de natalidad. Son precisamente los Mhallami los que ponen mucho énfasis en este aspecto, teniendo en cuenta que para este grupo étnico la natalidad es un componente importante en el sistema familiar. Es por ello que los Mhallami buscan conscientemente la formación de clanes, por lo que no es extraño encontrar en Alemania familias con entre 8 y 10 hijos. Esta alta tasa de natalidad es indirectamente fomentada por el propio Estado alemán si se tiene en cuenta que, debido a que teóricamente se trata de familias sin recursos, las generosas prestaciones sociales suponen una importante fuente de ingresos para los clanes.

Por otro lado, el honor familiar se encuentra por encima de todo lo demás. Cualquier ataque a un miembro familiar es considerado como un ataque a la familia, al clan, en su conjunto. Esa comprensión del honor justifica toda clase de actos violentos, ya incluso delitos con resultado de muerte (Dienstbühl, 2018: 7). Paralelamente, patrones de comportamiento tradicionales, procedentes de las regiones de origen de los clanes familiares, se siguen manteniendo en territorio alemán. Los jóvenes miembros de la familia son educados desde pequeños en la obligación de defender su propio honor y el de su familia (Landeskriminalamt, 2019: 7).

Importante es señalar también que la mayoría de los clanes familiares vinculados a la delincuencia rechazan el sistema de valores y normas vigentes en la sociedad alemana, trabajando activamente para socavarlo. Para ello utilizan las libertades democráticas con el objetivo de imponer un sistema paralelo de normas y valores, basado fundamentalmente en las estructuras tribales existentes en sus lugares de origen. Se trata de un sistema que no sólo niega cualquier atisbo de libertad individual, sino que está dirigido a desobedecer e incluso despreciar el sistema de valores y normas del ordenamiento jurídico alemán.[5] Tal y como acertadamente señala Ghadban (2018: 113), mediante este distanciamiento del Estado de Derecho, la sociedad paralela vinculada a los clanes familiares amenaza con traspasar los límites de la legalidad. En caso de que ese distanciamiento alcance un grado de desinhibición peligroso, la sociedad paralela puede convertirse en una contrasociedad.

En relación con lo señalado en el párrafo anterior, los clanes familiares de origen árabe tienden a considerar al Estado y a la sociedad alemanas como un sistema del cual servirse en su propio beneficio. Autores como Ghadban (2016: 12) llegan incluso a emplear la expresión «sociedad a la que hay que saquear» (Beutegesellschaft). Al hilo de lo explicado, hay que señalar en primer lugar que la tasa de desempleo entre los Mhallami residentes en Alemania oscila entre el 80 y el 90 por 100. Ello es debido fundamentalmente a que este colectivo se niega a aceptar una ocupación laborar en la que resulta necesario darse de alta. Como consecuencia de esta situación, sus miembros reciben del Estado una serie de prestaciones para su sustento, el pago del alquiler o la asistencia sanitaria. En el caso por ejemplo de una familia de ocho miembros, ello puede suponer unos ingresos mensuales superiores a los 4.000 euros. El problema fundamental es que tanto los Mhallami como otros clanes familiares procedentes de Oriente Medio consideran estas prestaciones sociales como una especie de sueldo vitalicio y no como una ayuda transitoria dirigida a facilitar la integración del beneficiario en el mercado laboral –tal y como queda establecido en la Ley de Asistencia Social. A esta situación descrita se añade, en segundo lugar, las actividades ilegales como el trabajo en negro y, sobre todo, las actividades delictivas: hurtos, robos, extorsión, tráfico de drogas, proxenetismo; actividades todas ellas que les suponen una fuente incesante de ingresos. Desde esta perspectiva, el espacio público no es visto por estos clanes familiares como un hábitat natural donde desarrollar sus vidas, y que por tanto deben respetar y proteger, sino más bien como territorio enemigo, el cual debe ser controlado en aras a asegurar su explotación en su propio beneficio (Ghadban, 2018: 183-184).

Por último, y en contraposición a estructuras de la mafia italiana asentada en Alemania, los clanes familiares árabes vinculados al crimen organizado cultivan de cara al exterior un modo de vida donde el lujo y la ostentación juegan un papel importante. No sólo en los espacios públicos –por ejemplo en bodas o bien durante el fin de semana en locales frecuentados por las clases más pudientes– fanfarronean con vehículos de alta gama, y ello en no pocas ocasiones mediante infracciones de tráfico. Además, miembros de estos clanes familiares (tanto hombres como mujeres) se presentan en las redes sociales de Internet haciendo gala de su riqueza. Con orgullo posan los hijos en los coches de gran lujo pertenecientes a los jefes del clan.[6] Con esta fanfarronería demuestran poder, pero al mismo tiempo su más absoluto desprecio por el Estado alemán y por todos aquellos/as que ganan su sueldo de forma honrada. Lo sorprendente es que, oficialmente, la mayoría de esos individuos no dispone de ingreso alguno fruto de una actividad remunerada, de modo que hay que partir de la base de que buena parte de su patrimonio procede de actividades ilícitas (Kamstra, 2019: 225).

Los hijos menores de los clanes familiares árabes crecen en la mayoría de los casos sin control alguno en las mencionadas estructuras criminales. Es por ello que, ya desde edades muy tempranas, esos menores cometen también actos delictivos. Un apoyo y una educación de estos niños hacia una integración en la sociedad alemana son aspectos que están fuera de las posibilidades de estas familias. Con respecto a los miembros del clan de sexo masculino hay una acusada disposición a ejercer la violencia, la cual se despliega también dentro de la familia, bien sea hacia los hijos, bien hacia la esposa u otros familiares. Es por ello que los hijos de los clanes árabes interiorizan en su mayor parte estas pautas conductuales. Ellos han aprendido que su actuación no está sujeta a límites, por lo que de forma progresiva atemorizan a prácticamente todo el entorno extrafamiliar. El hecho de ser conocidos en el barrio y en la escuela es un aspecto que les refuerza en sus conductas, ya que todos saben que detrás de un menor de diez años se encuentra una conocida familia dispuesta a emplear la violencia para defender a uno de sus miembros y para imponer sus intereses sin contemplaciones (Heisig, 2010: 93). No cabe duda de que para aquellos jóvenes que no se han integrado en la sociedad alemana y que presentan un bajo nivel educativo, la delincuencia sirve como trampolín de cara a su asentamiento en la comunidad étnica y como vía de acceso a bienes materiales que, además, les reportan un determinado estatus.

Actividades delictivas

Antes de entrar a analizar todo el espectro de conductas delictivas vinculadas a los clanes familiares, conviene presentar una serie de datos estadísticos recabados en las últimas fechas por las instancias policiales germanas, y que permiten determinar la incidencia de la criminalidad de los clanes familiares en el contexto de ese país.

Junto a las tradicionales formas de aparición de la criminalidad organizada, como por ejemplo las actividades delictivas vinculadas a la mafia italiana o rusa asentada desde hace años en Alemania, en las últimas fechas ha venido adquiriendo un protagonismo nada desdeñable la criminalidad asociada a los clanes familiares procedentes de Oriente Medio. Es por ello que tanto el Estado federal (Bund), como los distintos territorios regionales (Länder), acordaron que, a partir del año 2018, en la recogida oficial de datos para el Informe federal sobre la criminalidad organizada (Bundeslagebild Organisierte Kriminalität) se tendrían en cuenta por primera vez y de forma separada los datos relativos a la delincuencia llevada a cabo por miembros de clanes familiares, considerando también las posibles repercusiones de la reciente inmigración en la criminalidad organizada (Bundeskriminalamt, 2019: 28).

Por consiguiente, en el Informe Anual sobre la situación de la criminalidad organizada en el conjunto de Alemania aparece por primera vez en el año 2018 un examen pormenorizado sobre la temática relativa a «miembros criminales de subculturas que se encuentran étnicamente aisladas» (kriminelle Mitglieder ethnisch abgeschotteter Subkulturen), o lo que es lo mismo, «criminalidad de clanes» (Clankriminalität). Como consecuencia de estos nuevos criterios de recogida de datos, la exposición estadística que se hace sobre dicha delincuencia únicamente puede realizarse con respecto al año 2018.

Así, durante ese año se registraron a nivel federal un total de 45 procedimientos vinculados con la criminalidad organizada, los cuales podían atribuirse a la criminalidad de clanes. Esto supone un 8,4 por 100 del total de procedimientos penales de criminalidad organizada registrados en ese año 2018. Los 45 procedimientos penales se dirigieron contra 24 grupos de origen árabe. Aproximadamente la mitad de los procedimientos abiertos contra clanes familiares se registraron en el Land de Renania del Norte-Westfalia (22 procedimientos). En una cuarta parte de los casos, estos procedimientos se incoaron contra personas de nacionalidad libanesa (11), seguidos por ciudadanos alemanes (8) y de nacionalidad turca (4) (Bundeskriminalamt, 2019: 29).

En los 45 procedimientos abiertos por criminalidad organizada fueron contabilizados un total de 654 sospechosos, de los cuales 152 eran libaneses, 148 alemanes,[7] 54 sirios y 52 de nacionalidad turca. Digno de mención es el importante número de sospechosos con nacionalidad por determinar (37).

En un poco más de la mitad de los casos, los grupos de criminalidad organizada adscritos a los clanes familiares se encontraban activos en el ámbito del tráfico de drogas (23). Por su parte, alrededor de una cuarta parte de los procedimientos penales abiertos tenían por objeto delitos patrimoniales (12). El resto de procedimientos se repartían en otros ámbitos de la criminalidad como por ejemplo la prostitución (3), la delincuencia económica (2), la delincuencia violenta (1) y el blanqueo de capitales (1) (Bundeskriminalamt, 2019: 30).

Por su parte, a nivel regional, resultan tremendamente interesantes los datos contenidos en el Informe sobre la criminalidad de clanes, presentado en el año 2019 por la Oficina Regional de Investigación Criminal del Land de Renania del Norte-Westfalia (Landeskriminalamt Nordrhein-Westfalen, 2019).

Así, entre enero de 2016 y diciembre de 2018 se registraron en el Land de Renania del Norte-Westfalia un total de 14.225 delitos atribuidos a clanes familiares. La mayoría de las conductas resultaban ubicables dentro de la criminalidad violenta (5.606 casos), seguidas por los delitos contra la propiedad y los delitos de estafa (aproximadamente 2.600 casos respectivamente) y los delitos relativos al tráfico de drogas (unos 1.000 casos). De los 6.449 sujetos investigados durante ese periodo temporal, un 20 por 100 eran mujeres. Además, en el mencionado Informe se indica de forma anonimizada que básicamente dos clanes –denominados respectivamente con las letras O y E– dominaban la escena en el citado Land: Del total de 6.449 personas investigadas entre los años 2016 y 2018, 1.211 pertenecían a esos dos clanes, es decir, una quinta parte (Landeskriminalamt Nordrhein-Westfalen, 2019: 9). El lugar de comisión de delitos y de residencia de estos clanes familiares se concentraba sobre todo en las zonas empobrecidas situadas en el norte de la Comarca del Ruhr, sobre todo en las ciudades de Essen, Gelsenkirchen, Duisburgo, así como en la zona de Recklinghausen (Wernicke, 2019).

En el caso de Berlín, los miembros de determinados clanes familiares se encuentran sobrerrepresentados en las estadísticas policiales. Así, según estimaciones de la Oficina Regional de Investigación Criminal de Berlín, un 25 por 100 de la criminalidad organizada registrada en la ciudad se atribuye a clanes familiares de origen árabe. Así, en la capital germana se considera actualmente que estos clanes han conseguido desplazar a otras estructuras de criminalidad organizada presentes en la ciudad (Dienstbühl, 2019). Las autoridades de Berlín parten de la existencia en la capital de una docena de clanes familiares problemáticos, algunos de los cuales cuentan con más de 100 miembros. Casi todos ellos son de origen palestino o Mhallami. Hasta un 20 por 100 de los familiares pertenecientes a estos clanes tienen antecedentes penales, lo cual supone un número cercano a los 800 (Musharbasch, 2013).

Los campos de actuación delictiva de los clanes familiares abarcan un amplio abanico de conductas repartidas a lo largo y ancho del Código Penal, si bien predominan sobre todo aquellas vinculadas directa o indirectamente con el crimen organizado. A continuación se van analizar aquellos delitos que aparecen con mayor frecuencia en las estadísticas policiales.

Tráfico de drogas

El tráfico con drogas ilegales sigue todavía constituyendo un campo central de actuación dentro de las actividades delictivas llevadas a cabo por miembros pertenecientes a clanes familiares de origen árabe (Henninger, 2019: 290-291; Landeskriminalamt Nordrhein-Westfalen, 2019: 17). Así, los mayores beneficios económicos los obtienen los clanes árabes con esta actividad. En el caso, por ejemplo, de la ciudad de Berlín, hay que constatar que la venta de drogas a pequeña escala, sobre todo en lo que respecta a la heroína y cocaína, se encuentra monopolizada por sujetos de origen libanés o bien pertenecientes a familias del mencionado país.

Aparte del dominio del comercio callejero pueden constatarse también estructuras asentadas en relación al tráfico al por mayor y la introducción clandestina de drogas duras en territorio alemán, sobre todo cocaína procedente de Latinoamérica. Las grandes operaciones en este ámbito son coordinadas y llevadas a cabo en los más estrechos círculos familiares. Únicamente en los escalafones más bajos de la jerarquía se suele involucrar a otros sujetos ajenos al clan familiar, pero también de origen árabe. Para cerrar sus operaciones de tráfico de drogas, los clanes utilizan sus contactos a través de otros miembros familiares asentados en la comarca del Ruhr, Bremen, pero también en países limítrofes como es el caso de Holanda, Suiza, países escandinavos, así como a través de familiares residentes en Turquía o en el Líbano. Mención especial adquieren los contactos con países de Sudamérica como Brasil y Paraguay; lugares donde suelen adquirir directamente grandes cantidades de cocaína, debido entre otras cosas a la diáspora libanesa asentada en esa zona (Henninger, 2019: 291-292).

Con respecto a la distribución callejera de la droga, distintos informes policiales señalan que, en las últimas fechas, los clanes familiares están aprovechándose de la oleada de refugiados llegados a Alemania desde el año 2014 para reclutar a individuos con el objetivo de la venta al por menor. En estos casos adquieren un protagonismo destacado los menores de edad no acompañados. Así, se ha podido constatar la presencia de algunos miembros de los clanes familiares árabes en los centros de alojamiento para refugiados. Existe por tanto la preocupación de que los clanes están tratando de explotar la situación de los solicitantes de asilo y refugiados para su propio beneficio (Haverkamp, 2018: 131; Lübbe, 2017). Debido a que los clanes los utilizan como meros subalternos en la venta de droga al por menor, los refugiados no tienen acceso alguno a los círculos internos de la organización, por lo que, en caso de detención, no pueden aportar a la policía información de relevancia sobre el clan. Para los clanes no existe por tanto riesgo alguno.

Por otro lado, los clanes familiares se dedican también a reclutar directamente a menores de edad procedentes del numeroso círculo familiar que habita en el Líbano. Una vez llegados a Alemania, los menores deben satisfacer la deuda contraída con el clan (sobre los 10.000 euros), a través de la venta callejera de la droga. Debido a su edad, la eventual detención policial no les lleva automáticamente a un centro de internamiento para menores infractores. Pero si ello ocurre, los clanes disponen de suministros suficientes. A menudo los padres de estos menores participan de esta situación, ya que sus hijos les envían dinero a casa. Para los miembros de los clanes familiares, la utilización de estos jóvenes no les acarrea prácticamente ningún riesgo, mientras que el beneficio económico es considerable (Musharbasch, 2013).

Robos con fuerza y violencia

La Oficina Federal de Investigación Criminal (Bundeskriminalamt, BKA) constata en su Informe federal sobre la criminalidad organizada para el año 2017 una considerable actividad delictiva de los clanes familiares pertenecientes a subculturas aisladas desde un punto de vista étnico, no sólo en el ámbito del tráfico y distribución de drogas, sino también en el de la criminalidad patrimonial y económica (Bundeskriminalamt, 2018: 17).

Hay que decir que algunos de estos delitos han alcanzado una considerable repercusión en la sociedad alemana debido fundamentalmente a la espectacularidad en su comisión. Así, hay que destacar en primer lugar el robo llevado a cabo el 21 de marzo de 2010 durante un torneo internacional de póker que se estaba celebrando en el hotel Hyatt de Berlín, con la obtención de un botín cercano a los 250.000 euros. Posteriormente, el 20 de diciembre de 2014, miembros también un clan familiar de origen árabe perpetraron un atraco a plena luz del día en los almacenes de lujo KaDeWe, en la ciudad de Berlín, consiguiendo un botín en joyas y relojes con un valor superior a los 800.000 euros. Asimismo hay que hacer también mención a la explosión efectuada en la sucursal de una caja de ahorros situada en el barrio berlinés de Mariendorf, también en el año 2014, lo cual le permitió a otra familia de origen árabe sustraer una cantidad cercana a los 9 millones de euros. El empleo del botín obtenido en este robo evidencia otro campo delictivo utilizado frecuentemente por los miembros de los clanes familiares. Así, dicha cantidad la utilizó el hermano de uno de los autores materiales para adquirir una cantidad importante de inmuebles y terrenos tanto en Berlín como en los alrededores de la capital (Rohde, et al., 2019: 278). Finalmente, uno de los robos más espectaculares de los últimos años en Alemania se llevó a cabo en el Museo Bode de Berlín el 27 de marzo del año 2017, donde miembros de otro clan familiar sustrajeron una moneda de oro con un peso cercano a los 100kg., conocida como «Big Maple Leaf», y con un valor cercano a los 3,7 millones de euros.

Extorsión

Los actos de extorsión se dirigen tanto a individuos del mismo contexto etno-cultural como también a la población autóctona alemana. En el primer caso, no pocos clanes familiares consiguen una importante fuente de ingresos mediante la reclamación de una cantidad de dinero a propietarios de locales de ocio, restaurantes o joyerías a cambio de ofrecerles servicios de protección. En el caso de la ciudad de Berlín, esta práctica se encuentra extendida sobre todo en aquellos barrios donde se asientan los clanes familiares. Por lo que respecta a la población alemana, una de las modalidades de extorsión consiste en realizar llamadas telefónicas desde el Líbano. Entre otras, las víctimas de estas acciones son propietarios de vehículos, motocicletas y autocaravanas que venden a través de Internet, insertando también su número de teléfono en el anuncio. Tras la venta, los extorsionadores se ponen en contacto con el vendedor, afirmando fraudulentamente que el vehículo comprado presenta una avería importante, por lo que exigen una compensación económica. Aquellos vendedores que se niegan a satisfacer las demandas son amenazados incluso con la muerte (Ghadban, 2018: 163-164).

Trata de seres humanos

La última oleada migratoria hacia territorio alemán se inició en 2012, un año después del estallido de la guerra civil en Siria.[8] Pues bien, era solo una cuestión de tiempo el que los clanes familiares descubriesen el negocio de la inmigración clandestina como una adicional fuente de ingresos. Así, en noviembre del año 2015, medio millar de agentes de policía registraron domicilios y locales situados en tres Länder y pertenecientes a un grupo dedicado a la inmigración clandestina. La investigación se dirigió contra 17 sujetos, en su mayoría pertenecientes a un clan de la etnia Mhallami, a los que se les imputaba entre otros los delitos de introducción ilegal de extranjeros en territorio alemán, la falsificación de documentos, así como el envío de documentos oficiales de identificación falsos. Se calcula que por cada persona introducida ilegalmente, el clan recibía una cantidad que rondaba los 10.000 dólares (Ghadban, 2018: 242; Weimer/Gohlke, 2015).

Proxenetismo

Los Mhallami, pero también otros grupos de origen inmigrante, se dedican asimismo a actividades delictivas relacionadas con la prostitución, habiendo conseguido incluso desplazar a los proxenetas alemanes establecidos desde hace años en el sector. Se calcula que el negocio de la prostitución genera sólo en Berlín unos 300 millones de euros al año, los cuales son recaudados por las cerca de 8.000 prostitutas que trabajan tanto en las calles de la capital germana como en los más de 600 clubes de alterne (Ghadban, 2018: 167). Esto no es ni más ni menos que el resultado de la Ley de Prostitución aprobada en Berlín en el año 2001 por parte del Gobierno de coalición entre el Partido Socialdemócrata y Los Verdes, la cual dio lugar a la práctica despenalización de la prostitución. Hay que decir que tanto los Mhallami como otros clanes familiares árabes no valoran en demasía la propia gestión de locales de alterne, sino que lo que hacen más bien es extorsionar por determinadas cantidades a los propietarios de dichos locales, a la vez que se quedan con parte del dinero que ganan aquellas prostitutas que trabajan en la calle.

Delitos violentos en general

En el lenguaje criminológico alemán se suele utilizar para estas tipologías delictivas el concepto de «Rohheitsdelikte», el cual podría traducirse como «delitos caracterizados por su brutalidad». Este término genérico abarca conductas tales como los delitos de robo con violencia, los delitos de lesiones, así como aquellos delitos contra la libertad personal (Henninger, 2019: 287). En puridad, estos delitos constituyen una pequeña porción con respecto a la totalidad de infracciones delictivas cometidas por los clanes familiares de origen árabe. Sin embargo, y en comparación con otras nacionalidades en el contexto de la delincuencia de extranjeros, los miembros de los clanes familiares –casi exclusivamente de sexo masculino– están sobrerrepresentados en las estadísticas policiales.

Informes y análisis policiales señalan de forma clara que en determinados barrios de Berlín o de Bremen, así como en distintas ciudades del Land de Renania del Norte-Westfalia, algunos grupos de personas con un trasfondo migratorio y con numerosos miembros se dedican una y otra vez a intimidar a la población autóctona a través de conductas agresivas, alteraciones del orden y determinados delitos, reclamando para ellos el control y la utilización de las calles. En el citado Land, esos grupos de personas pertenecen en la mayoría de los casos a la etnia de los Mhallami, así como a otros clanes de origen libanés (Wendt/Kretzschmar, 2019: 12-13). En ocasiones, la comisión de estos delitos violentos se produce en el contexto del tráfico de drogas, ya sea para organizar la venta de droga en la calle, eliminar a competidores o bien abrir nuevos mercados. Un elemento fundamental dentro de la estrategia de intimidación y violencia es la aparición del clan en su conjunto, o bien de un numeroso grupo de individuos pertenecientes al clan (Henninger, 2019: 288). En otros casos, estos delitos violentos se producen en el contexto de disputas familiares entre distintos clanes, las cuales se desarrollan en espacios públicos y donde no resulta extraño la utilización de armas blancas o de fuego. Tal y como señala Kamstra, todo ello supone un menoscabo masivo del sentimiento de seguridad, tanto objetivo como subjetivo, de la población (Kamstra, 2019: 224-225).

Estafa de prestaciones sociales

Tal y como se indicó en un capítulo anterior, una de las características asociadas a los distintos clanes familiares de origen árabe asentados en Alemania es su dependencia de ayudas sociales, las cuales, en la mayoría de los casos, se siguen percibiendo de forma fraudulenta tras décadas de residencia en el país. Dependiendo de la cantidad de miembros que componen la unidad familiar, las ayudas sociales pueden alcanzar hasta los 5.000 euros mensuales. En este contexto hay que destacar el popular subsidio conocido en Alemania como Hartz IV (en «honor» a Peter Hartz, encargado en su día de reformar el servicio público de empleo) y que se encuentra regulado en el Libro Segundo del Código Social (Sozialgesetzbuch). Dicho subsidio tiene por objeto garantizar la subsistencia de aquellas personas mayores de 15 años y menores de 65-67 que reúnen ciertos requisitos, tales como residir en Alemania, no contar con los suficientes recursos y tener capacidad para trabajar.

Pues bien, en buena parte de los clanes familiares de origen árabe residentes en Alemania, resulta realmente sorprendente comprobar cómo el estilo de vida que estos clanes muestran al exterior, así como la permanente exposición de objetos de valor y artículos de lujo, no se encuentran en relación alguna con los ingresos que estas personas presentan a las autoridades fiscales. Además, y como corolario de lo que se acaba de explicar, esos bienes de los que hacen gala contradicen abiertamente los datos que los miembros de estos clanes familiares presentan a los servicios sociales de cara a obtener las consiguientes prestaciones (Landeskriminalamt Nordrhein-Westfalen, 2019: 19). En relación con lo explicado, los medios de comunicación locales e interregionales se hacen eco una y otra vez de situaciones realmente sorprendentes, en las cuales aparecen miembros de un clan familiar, beneficiarios de ayudas sociales, conduciendo un Porsche u otro vehículo de alta gama. En otros casos, un registro domiciliario a miembros de estas familias permite a la policía encontrar grandes cantidades de dinero en metálico u otros objetos de valor (Spilcker, 2019). Lo sorprendente es que dichos acontecimientos no desencadenan, en la mayoría de las ocasiones, una investigación por parte de las autoridades competentes. Más bien al contrario, todas estas infracciones manifiestas permanecen sin sanción, ya que se considera que, en estos casos, la carga de la prueba la sigue teniendo el Estado. Este debe probar sin ningún género de dudas que los miembros del clan familiar han adquirido esos bienes de actividades criminales. Por ello, no pocos autores consideran necesario poner fin a este sinsentido (Kamstra, 2019: 232; Schubert, 2017: 33-34). En el contexto descrito, ya desde hace dos décadas tanto la policía como los expertos en seguridad exigen la implantación de la inversión de la carga de la prueba, como así sucede por ejemplo en Italia, la cuna de la mafia.

Estafas en general

Por otra parte, los miembros pertenecientes a clanes familiares de procedencia turca o árabe se encuentran últimamente criminalmente activos en lo que se conoce como «Caller-ID-Spoofing». Así, por ejemplo, en determinadas zonas de Turquía o el Líbano pueden encontrarse sujetos que regentan locutorios telefónicos, desde los cuales, cambiando deliberadamente su ID, contactan con personas mayores residentes en Alemania a las cuales, utilizando distintas artimañas, convencen para que realicen en su favor transferencias de importantes cantidades de dinero (Landeskriminalamt Nordrhein-Westfalen, 2018: 17).

Blanqueo de capitales

Como a nadie escapa, el conjunto de actividades ilícitas realizadas por los clanes familiares, muchas de ellas vinculadas directamente al crimen organizado, han dado lugar a que sus miembros hayan podido acumular importantes cantidades de dinero en metálico, por lo que lógicamente se plantean qué hacer con ese dinero procedente del crimen. Al respecto cabe decir que, en los últimos años, distintas investigaciones policiales han podido constatar cómo el botín acumulado se suele invertir tanto en Alemania como en sus países de origen, fundamentalmente el Líbano. En todos los casos el objetivo es trasladar al circuito económico legal aquel dinero obtenido en la comisión de delitos.

En el caso de Alemania, los distintos clanes familiares destinan ese dinero ilícito principalmente a la compra bienes inmuebles, restaurantes, shisha-bars, cafés, discotecas, locales de apuestas, así como otras ideas de negocio de carácter legal, como por ejemplo el sector del automóvil de lujo (Schubert, 2017: 33; Zigmann, 2015: 755). De este modo, ingresos tanto ilegales como «legales» se mezclan desde hace años de forma continua en el contexto de los clanes familiares, de tal manera que la investigación por parte de las autoridades alemanas se hace tremendamente complicada.

La explotación económica procedente de la gestión de los shisha-bars[9] se ha convertido en un factor central en el contexto de las actividades criminales vinculadas a los miembros de clanes familiares de origen turco o árabe. Esta clase de locales no solo aportan un beneficio económico de carácter legal, sino que, al mismo tiempo, sirven como punto de encuentro para los miembros del clan, permitiendo el contacto entre ellos y, de paso, la preparación y ocultación de delitos.

Al igual que sucede con los shisha-bars, los locales destinados a los juegos de azar o bien a las apuestas deportivas, y que son regentados o controlados por miembros de clanes familiares de origen turco o árabe, ofrecen un espacio idóneo para los contactos y la preparación de actividades delictivas, al mismo tiempo que suponen una importante fuente de ingresos.

Otro sector de negocio legal en el cual se encuentran activos algunos miembros de los clanes familiares son los servicios relacionados con la seguridad de locales y eventos. En ocasiones, las fuerzas policiales han informado de disputas violentas con otros grupos delincuenciales presentes en el ámbito de la seguridad de locales de ocio. Lo mismo cabe decir con respecto a amenazas de las que son víctimas aquellos hosteleros y restauradores los cuales se deciden a contratar los servicios de un clan rival que proporciona servicios de seguridad. Por lo demás, no cabe duda de que la actividad de seguridad que se desarrolla en las puertas de acceso a los locales de ocio permite controlar el acceso y la distribución de droga en dichos locales (Landeskriminalamt Nordrhein-Westfalen, 2019: 18).

Por si fuera poco, las autoridades alemanas poseen evidencias que indican que los miembros de los clanes familiares de origen turco y árabe están invirtiendo en el mercado inmobiliario nacional los beneficios económicos obtenidos mediante actividades ilegales. Las sospechas por parte de los órganos encargados de la investigación se fundamentan a menudo en conductas dudosas y económicamente incomprensibles del comprador en el contexto de la adquisición de un determinado inmueble, o bien en un obvio desajuste entre el valor del bien inmueble adquirido y los ingresos que el presunto adquiriente de dicho inmueble (a menudo un testaferro) o el comprador real han presentado a las autoridades fiscales (Landeskriminalamt Nordrhein-Westfalen, 2019: 18-19). En el contexto descrito merece especial atención la compra de edificios en estado ruinoso, los cuales son ofrecidos por los clanes a familias rumanas y búlgaras, así como a refugiados llegados recientemente a Alemania (Rohde, et al., 2019: 278; Schubert, 2017: 63-64). En todos estos casos, los inquilinos deben pagar un alquiler muy alto por la vivienda, bien sea mediante la realización de actividades como la mendicidad, bien a través de la comisión de conductas delictivas en beneficio del clan propietario del inmueble.[10]

Con todo, las cantidades más importantes procedentes de actividades criminales se destinan al mercado de la droga. En este sentido, es evidente que la adquisición de la sustancia, la remuneración del cuantioso número de personas que se dedican al control, tráfico y venta, la contratación de abogados de prestigio y de asesores fiscales, consumen grandes cantidades de dinero. Todos estos ámbitos, considerados en su conjunto, crean un mercado de trabajo de naturaleza criminal, el cual a su vez fortalece la solidaridad del clan, ya que éste proporciona una ocupación remunerada a numerosos miembros del clan incapaces de ejercer otra actividad (Ghadban, 2018: 168).

Por otra parte, los clanes familiares suelen transferir importantes cantidades de dinero a sujetos residentes en el Líbano; dinero el cual regresa posteriormente a Alemania a través de sistemas de transacción informales como por ejemplo la hawala, o bien mediante intermediarios (Landeskriminalamt Nordrhein-Westfalen, 2019: 19; Wendt/Kretzschmar, 2019: 11). En otros casos, ese dinero se invierte en el sector inmobiliario libanés, utilizando para ello a testaferros residentes en el país. En todas estas situaciones, las autoridades alemanas encuentran serias dificultades para aclarar la procedencia lícita o ilícita de estas inversiones. Así, unas veces, los clanes afirman que el dinero procede de familiares ricos o bien de amigos dedicados al negocio inmobiliario residentes en el Líbano. En otras, el control del origen y la formación de ese dinero se ve dificultado por la falta de colaboración por parte de las autoridades de países como el Líbano o Turquía (Schubert, 2017: 33).

Como puede deducirse del análisis de las actividades delictivas que se ha realizado en los párrafos anteriores, la motivación principal para la consolidación y expansión de las estructuras familiares de origen árabe vinculadas al crimen organizado es sin duda el ánimo de lucro. Se trata de la constatación de un enriquecimiento mayúsculo que tiene como origen actividades tanto lícitas como, sobre todo, ilícitas.

La falta de participación social y económica de estos individuos a su llegada a Alemania desde la década de 1970, la cual continuó en los años posteriores una vez asentados en el citado país, se considera que constituye uno de los factores que contribuyó al nacimiento y consolidación de actividades delictivas por parte de los clanes familiares (Duran 2019: 299). Ese aislamiento y segregación vivido e interiorizado por las familias de origen árabe asentadas en Europa con respecto al Estado alemán y sus normas de convivencia social constituye por tanto una base explicativa de la alta incidencia delictiva de estos individuos. Debido a que estos sujetos carecen de un verdadero vínculo patrio tanto con respecto a Alemania, como al Líbano o a Turquía, se sienten simplemente árabes, incrementando su apego al clan familiar. Este aislamiento con respecto a la sociedad autóctona constituye una característica criminológica esencial que explicaría en parte la criminalidad de clanes. El contexto descrito facilitó en su momento la creación de una subcultura caracterizada entre otros aspectos por una concepción del honor familiar fundamentado en una estructura jerárquica y un sistema basado en el patriarcado (Rohde, et al., 2019: 276). En determinadas familias existe en no pocas ocasiones una estructura tribal de carácter arcaico, donde sus miembros no aceptan la autoridad del Estado; por el contrario, la lealtad al clan tiene un carácter prioritario (Schneiders/Wessel, 2018). En relación a ello, la dejadez de funciones por parte de la administración alemana en aspectos tales como la integración laboral, educativa y social de este colectivo, ha conducido a que la sociedad alemana en general no les inspire ningún respeto, sino que más bien es considerada como una institución a la que hay que esquilmar y de la que hay que servirse en su propio beneficio. La consecuencia de todo ello sería la existencia de una «cultura criminal», la cual sería transmitida a los descendientes de los clanes familiares como modelo a seguir.

Dificultades en la persecución policial y judicial

 Una vez que el problema de los clanes familiares de origen árabe ha llegado a situarse dentro de las preocupaciones principales de la sociedad alemana por motivos sobre todo de seguridad, los aparatos policiales y judiciales han visto como, en no pocos casos, la persecución, enjuiciamiento y, eventualmente, condena de miembros de este colectivo se ve obstaculizada por una serie de factores. Algunos de ellos guardan relación directa con las características ambientales, sociales y culturales inherentes a los propios clanes familiares de origen árabe; en otros casos es el propio ordenamiento jurídico alemán el que impone barreras y obstáculos para una lucha eficaz contra este fenómeno. Al análisis de dichos factores se dedican los párrafos siguientes.

La dificultad para introducir agentes infiltrados en los clanes familiares árabes se debe fundamentalmente a la solidaridad familiar y a su aislamiento con respecto al exterior. Lo mismo cabe decir con respecto a la posibilidad de acudir a la figura de los confidentes. Como ya se señaló anteriormente, la pertenencia a un determinado clan se produce únicamente como consecuencia del nacimiento o a través del instituto del matrimonio, es decir, en ambos casos por una relación netamente familiar. Las posibilidades de lograr una cierta afiliación o cercanía al clan se limitan por tanto básicamente al ámbito de los negocios, legales o ilegales. Por todo ello, herramientas como los agentes infiltrados o los testigos de cargo apenas pueden ayudar para las tareas de investigación en el contexto de los clanes familiares (Rohde, et al., 2019: 279).

Por otro lado, en las últimas fechas se perciben en los aparatos policiales alemanes situaciones impensables hace sólo unos años. Y ello como consecuencia del poder y la intimidación que algunos clanes familiares han conseguido desplegar sobre todo en sus barrios de residencia. Así, no es extraño que en los periódicos de ciudades como Berlín aparezcan últimamente fotos de agentes con pasamontañas en el momento en el que realizan controles o redadas contra los clanes familiares. Mientras que hace solo unos años únicamente los agentes de los comandos de operaciones especiales (SEK, por sus siglas en alemán) tenían permitido cubrir sus rostros debido a la peligrosidad de su actividad, en la actualidad incluso los agentes policiales ordinarios deben utilizar pasamontañas cuando actúan contra los clanes. Esto se ha extendido incluso a los comisarios de policía adscritos a las brigadas de investigación en el ámbito del crimen organizado (Behrendt, 2019: 32-33). La razón se debe, como se ha dicho, a la permanente intimidación a la que se ven expuestos los agentes policiales que ejercen su trabajo. Así, se han dado casos en los que por ejemplo un funcionario de policía fuera de servicio ha sido abordado en el supermercado por un miembro de un clan familiar, el cual le ha hecho referencia al colegio al que acuden sus hijos o al lugar donde trabaja su esposa.

Otro problema adicional al que se ven expuestos los agentes policiales a la hora de hacer frente a la criminalidad de clanes es la inmanejabilidad de la situación. Así, la intervención policial en forma de controles en aquellas zonas habitadas y controladas por los clanes familiares es objeto de observación minuciosa por parte de sus miembros. En el caso de que una patrulla obligue a uno o varios sujetos a identificarse, en cuestión de segundos aparecen decenas de miembros del clan familiar para impedir dicha identificación, degenerando todo ello en un tumulto.[11] La policía es por tanto observada permanentemente en esos barrios con presencia de los clanes familiares. Cuando una patrulla obliga a detenerse a un determinado vehículo, en unos instantes aparece una muchedumbre que, en función de las circunstancias, puede alcanzar el centenar de sujetos. En no pocos casos son los propios ocupantes del vehículo los que a través del teléfono móvil avisan a familiares y amigos. Tal y como acertadamente señala Dienstbühl, esta rápida formación de un tumulto en espacios públicos constituye tanto una táctica de los clanes como una demostración de poder (Dienstbühl, 2018: 8).

Al hilo de lo explicado, los clanes familiares intentan en la mayoría de las ocasiones tergiversar y dificultar las intervenciones que llevan a cabo las fuerzas policiales como las redadas o los controles callejeros, considerándolas como medidas racistas y difamantes (Rohde, et al., 2019: 279). Así, por ejemplo, miembros de estos clanes utilizan redes sociales como Facebook para comparar una determinada redada policial con el clima antisemita reinante en Alemania en el año 1933. Este en cierto modo «culto al victimismo», en virtud del cual los clanes consideran la delincuencia como necesaria, es utilizado incluso por los abogados como estrategia de defensa. No en vano muchos miembros de los clanes denuncian a los mismos agentes que han llevado a cabo su detención, al considerar que se les han menoscabado derechos fundamentales, o bien que han empleado una violencia desproporcionada o les han insultado.

Como se indicó en un capítulo anterior, un elemento fundamental en la formación y consolidación de los clanes familiares de origen árabe es la protección de sus miembros frente al mundo exterior. Tanto los Mhallami como amplios sectores de la comunidad árabe y musulmana asentada en Alemania no aceptan la autoridad del Estado por razones culturales y religiosas, pretendiendo en su lugar imponer sus propias normas y entrando en conflicto con los órganos estatales. Para ello, el grupo se esfuerza por dirimir y solucionar de forma interna aquellos conflictos que pueden aparecer, como divorcios, lesiones del honor o bien conductas delictivas. Teniendo en cuenta que su objetivo primordial es evitar cualquier intromisión del Estado en sus asuntos, las denuncias en casos de conflictos entre clanes suelen ser la excepción (Landeskriminalamt Nordrhein-Westfalen, 2018: 20).

En consecuencia, los conflictos familiares y la propia actividad delictiva en el seno de los clanes se consideran como problemas internos que deben ser dirimidos dentro de las propias familias mediante los denominados «jueces conciliadores» o «jueces de paz» (Friedensrichter). Este arbitraje, el cual constituye una muestra más de las tradiciones tribales reinantes en los lugares de origen, también se lleva a cabo en Alemania, y ello en todos los ámbitos de la criminalidad, como las estafas, la violencia doméstica, los delitos vinculados a las «lesiones del honor» o bien incluso la delincuencia organizada (Wagner, 2011). De este modo, actualmente puede afirmarse sin ambages la existencia en Alemania de una justicia paralela en el seno de los clanes familiares de origen árabe, la cual se desarrolla extramuros del ordenamiento jurídico alemán.

Los jueces de paz que dirimen esos conflictos son a menudo imanes de las mezquitas locales, o bien sujetos que se dedican profesionalmente a ejercer de mediadores dentro de estas comunidades islámicas. En caso de disputas entre dos familias rivales, el juez mediador invita a las partes enfrentadas a una mesa de diálogo, donde tiene lugar un acuerdo entre el autor y la familia de la víctima. Si víctimas y testigos muestran sus reticencias a acogerse a este arbitraje informal, entonces son amenazados intensamente y obligados a no acudir a las autoridades estatales (Rohe/Jaraba, 2015: 11). Esto es algo que ocurre tanto extramuros de un probable proceso penal como en aquellos casos en los que ya se ha interpuesto una denuncia o bien el proceso se encuentra en la fase del juicio oral. En estas situaciones suele retirarse la denuncia por parte de la víctima. Al mismo tiempo, los testigos modifican su declaración hecha con anterioridad, o bien se acogen a su derecho a no declarar, independientemente de las consecuencias que ello traiga consigo. De vez en cuando se llega incluso a informar al Juez o Tribunal sobre las distintas modalidades de un «acuerdo» alcanzado internamente, lo cual acarrea la exigencia de sobreseer el procedimiento penal en curso.

El acuerdo alcanzado entre las partes, con mediación del «juez de paz», contiene también el denominado «precio de la sangre» (Blutgeld), el cual funciona como una especie de reparación del daño, la mayoría de las veces consistente en el pago de una cantidad de dinero.[12] Una vez alcanzado dicho acuerdo, los abogados de las partes enfrentadas retiran la denuncia presentada en su momento a la policía. En el caso de que el procedimiento penal haya superado ya la fase del sumario, las declaraciones de las partes y los testigos son relativizadas durante la vista oral. De hecho, en no pocas ocasiones tanto la víctima como los testigos se acogen a su derecho a no declarar o de excusar el testimonio (Duran, 2019: 299).

Por consiguiente, los acuerdos alcanzados entre los clanes sobre la base de esta justicia paralela traen consigo por regla general un torpedeamiento del vigente Derecho penal y procesal alemanes. Así, la consecución de un acuerdo conlleva la relativización o incluso la retirada de declaraciones o testimonios de cargo, de tal manera que un proceso penal en curso, y con ello el sistema de justicia penal alemán en su conjunto, se ven finalmente socavados (Kamstra, 2014: 23).

Tal y como se apuntó al comienzo del presente capítulo, las dificultades en la persecución policial y judicial de la criminalidad de clanes no solo hay que buscarla en las propias características ambientales, sociales o culturales de este colectivo, sino también en el propio ordenamiento jurídico alemán. Efectivamente, en no pocas ocasiones es la propia justicia alemana la que indirectamente fomenta el poder de los clanes para sustraerse a cualquier reproche penal por su actividad.

Debido a sus considerables recursos económicos, los clanes familiares están en disposición de contratar los servicios de abogados de prestigio. Al mismo tiempo, entre los miembros del clan, independientemente de su vinculación o no con actividades delictivas, reina la ley del silencio y la negativa a cooperar con las fuerzas de seguridad y la justicia. Pues bien, un problema de considerable gravedad es la posibilidad que tienen los abogados de los clanes de tener acceso tanto al atestado policial como al expediente de instrucción. Ello conduce lógicamente a eliminar el anonimato de los testigos, lo que permite a los miembros del clan localizar y amenazar a esos testigos para que no declaren en contra del/los acusado/s (Ghadban, 2018: 201; Zigmann, 2015: 758). Podría decirse por tanto que algunos abogados defensores sobrepasan con creces los límites legalmente establecidos, colocándose al servicio de estos clanes criminales. El resultado de todo ello es, en no pocos casos, el sobreseimiento del procedimiento penal debido a la falta de pruebas. Como a nadie escapa, ello tiene como consecuencia directa que los clanes se sientan inviolables frente al Estado alemán. (Dienstbühl, 2019).

Por último, la capacidad de actuación tanto de la policía como de los órganos de justicia penal se encuentra muy limitada en el contexto de la criminalidad asociada a los clanes familiares de origen árabe. Así, todos los implicados, directa (víctima/s) o indirectamente (testigo/s) en un delito son intimidados masivamente. Por ello, las declaraciones de testigos son prácticamente inexistentes en el contexto de los clanes familiares. Cuando por ejemplo un sujeto perteneciente a un clan rival es apuñalado o es víctima de una paliza, los agentes de policía disponen sólo de unas pocas horas para recabar las declaraciones de los testigos y confeccionar el correspondiente atestado policial. Ello se debe a que, en un corto lapso temporal desde que tienen lugar los hechos, aparecen en el lugar las familias con el objetivo de manipular a víctimas y testigos, amenazándoles o bien ofreciéndoles una cantidad de dinero por su silencio (Ghadban, 2018: 188).

Esa importante fuente de información procedente de la primera declaración efectuada por el testigo en el lugar de los hechos o en dependencias policiales es aniquilada posteriormente durante el acto del juicio oral. Así, los testigos modifican su declaración primigenia, señalan tener vacíos de memoria, afirman que su declaración inicial fue consecuencia de la presión policial ejercida sobre su persona, o, en última instancia, se acogen a su derecho a rehusar la información, para con ello sustraerse a una eventual venganza procedente de los clanes. También las víctimas son amenazadas o violentadas para que retiren su acusación. El resultado de todo lo explicado es una gran tasa de absoluciones en sede procesal por falta de pruebas. En aquellos casos en los que, pese a la violencia y amenazas proferidas contra víctimas y testigos, el proceso sigue su curso, alcanzándose la fase de la vista oral, los clanes no se retraen en amenazar incluso a jueces y fiscales.[13]

Por todo ello, cada vez son más las voces procedentes de la policía y la judicatura alemanas que exigen grabar en video las primeras declaraciones de los testigos (Ghadban, 2018: 196). Esta práctica no se ha podido imponer hasta el momento en Alemania de manera generalizada, de tal forma que esta medida, sin estar respaldada legalmente, no puede ser posteriormente utilizada en juicio como prueba de cargo.

Medidas para combatir el fenómeno

La lucha contra la criminalidad de clanes en Alemania constituye una tarea que incumbe a la sociedad en su conjunto, y no sólo a la policía y a los órganos de justicia penal. Por consiguiente, el fenómeno en cuestión ha de abordarse desde una perspectiva multidisciplinar, donde ciencia, política y derecho vayan de la mano. Así, resulta evidente que la criminalidad de clanes está indisolublemente unida a la integración de un colectivo inmigrante en concreto, por lo que el desmantelamiento de la sociedad paralela islámica constituye una tarea a abordar tanto por parte del poder político como de la sociedad civil. Tal y como señala Ghadban, el clan constituye la forma perfecta de la familia islámica, apareciendo como una organización de naturaleza criminal. Por ello, la labor del Estado alemán debe consistir en «hacer estallar» al clan con el objetivo de integrar individualmente a sus miembros (Ghadban, 2018: 262).

De cara a arbitrar medidas de carácter tanto preventivo como represivo contra este concreto sector delincuencial, resulta necesario obtener una visión general de todos aquellos aspectos relacionados con la criminalidad asociada a los miembros de clanes familiares de origen árabe. De este modo, en primer lugar debería confeccionarse un informe policial general sobre la situación en Alemania, o por lo menos en los Länder afectados por esta problemática. En relación a ello resulta también necesario, en segundo lugar, delimitar las estructuras de los clanes más allá de su vinculación con actividades delictivas. Para ello, los datos de los que actualmente dispone la policía deberían ser completados con aquellos procedentes de otros organismos y organizaciones no gubernamentales, siempre que ello sea legalmente posible. El objetivo debe ser obtener una visión holística y actualizada de los clanes familiares árabes (por ejemplo, situación escolar de los hijos, experiencias de los servicios de ayuda a la familia y a la juventud, estatus de la familia desde el punto de vista del Derecho de extranjeros, índices de delincuencia en el seno de la familia, etc.), para con ello poder adoptar un conjunto de medidas específicas que gocen de garantías de éxito (Wendt/Kretzschmar, 2019: 23-24). Paralelamente, la lucha contra la criminalidad de clanes no puede desde luego conducir a estigmatizar al colectivo extranjero en general y a los inmigrantes procedentes de países árabes en particular. Casos concretos de delincuencia vinculados a determinados clanes familiares de origen árabe no pueden ser instrumentalizados y convertidos en un problema que afecta al conjunto de la sociedad; del mismo modo que no se puede criminalizar, en general, a un segmento de la población inmigrante por razón de proceder de países árabes.

A partir de estos aspectos introductorios, a continuación se van a exponer un conjunto de medidas que, bien se están aplicando ya en Alemania para afrontar el fenómeno de la criminalidad de clanes, bien deberían implantarse de cara a aumentar cuantitativa y cualitativamente la efectividad estatal para contrarrestar este preocupante fenómeno. Como se verá, las medidas que aquí se presentan no sólo tienen un carácter represivo, sino que también adquieren especial importancia aquellas medidas de naturaleza preventiva; y ello sobre todo en relación a individuos menores de edad integrantes de un clan familiar.

Para hacer frente a la criminalidad de clanes, desde hace más de un año los gobiernos regionales tanto de Berlín como de Renania del Norte-Westfalia han adoptado una estrategia bautizada con el nombre de «pequeños pinchazos» (kleine Nadelstiche) (Dienstbühl, 2019; Kamstra, 2019: 228-229; Klingst, 2019; Rohde, et al., 2019: 278). En el caso del segundo de los Land mencionados, dicha estrategia se encuentra contenida dentro del «Plan de Acción Clan», el cual dio lugar en diciembre del año 2018 a la creación de una estructura organizacional especial dentro de la policía (Besondere Aufbauorganisation), con diferentes secciones de intervención para la lucha contra la criminalidad de clanes. Por su parte, a finales de diciembre de 2018 se presentó en Berlín un Programa de cinco puntos, mediante el cual se pretende también luchar de forma más intensa contra la criminalidad de clanes. El enfoque de este programa es bastante similar al existente en el Land de Renania del Norte-Westfalia, conteniendo medidas que van desde una estrategia de tolerancia cero frente a miembros de los clanes familiares, pasando por la creación de organismos y secciones especializadas dentro de la policía, hasta una estrecha cooperación interinstitucional.

La estrategia de los «pequeños pinchazos» consiste básicamente en llevar a cabo continuos controles a los miembros de los clanes familiares de origen árabe por parte de las instituciones estatales (no solo policiales) (Dienstbühl, 2019; Kamstra, 2019: 228-229; Klingst, 2019; Rohde, et al., 2019: 278). Dicha táctica no se orienta hacia los hechos, sino más bien hacia sus autores. En este sentido se considera que incluso las infracciones más leves de naturaleza civil, administrativa o laboral deben ser objeto de sanción, ya que dicha táctica trae consigo la visibilización de las estructuras criminales, desmoralizando a su vez a sus miembros (Dienstbühl, 2019). La idea que se esconde detrás de esta estrategia no es nueva, sino más bien «un clásico» para combatir esas estructuras criminales, y que en el pasado pudo cosechar varios éxitos en el contexto de la criminalidad organizada. Así, cada vez que se presenta la oportunidad, distintos organismos estatales (policía, servicio aduanero, inspección laboral, de obras o sanitaria) controlan los vehículos de los miembros de los clanes, imponen multas por cualquier infracción contra la seguridad vial, por pequeña que esta sea, revisan sus locales de ocio y restauración para determinar si se cumplen con los requisitos sanitarios o laborales pertinentes, o se realizan controles de identidad durante bodas o reuniones. Al mismo tiempo, se persigue de forma implacable cualquier infracción de carácter penal.

En opinión de Dienstbühl, esta táctica resulta correcta y necesaria por tres motivos: (1) Los controles a los clanes familiares funcionan de forma interinstitucional, lo que significa que no se trata únicamente de medidas de naturaleza policial, sino más bien de actuaciones que se desarrollan conjuntamente con las autoridades aduaneras, financieras, así como aquellas otras que actúan a nivel municipal. Cada intervención conduce a una mejora en la cooperación de los organismos entre sí, lo que es tremendamente importante en el contexto de la lucha contra el crimen organizado;[14] (2) A los distintos controles siguen investigaciones, las cuales permiten obtener nuevos conocimientos sobre las estructuras y las estrategias de negocio de los clanes familiares; (3) Las medidas de las distintas instituciones dan lugar a reacciones por parte de los propios clanes, las cuales, debido precisamente al estrecho control del que son objeto, pueden ser registradas y tratadas de forma más rápida. Las autoridades que realizan labores de investigación pueden de este modo conocer las distintas estrategias de los clanes, pudiendo además verificar cuáles de las medidas adoptadas son más y menos efectivas. Por último, tanto a la sociedad en general como a las estructuras criminales en particular se les envía un mensaje, a saber, que el Estado tiene un importante y efectivo poder de actuación y que es capaz de imponer la legalidad frente a cualquier infracción, por pequeña que esta sea, lo que a la larga evita la consolidación de espacios libres de sujeción al Derecho (Dienstbühl, 2019).

Por otro lado, y esta vez desde una perspectiva exclusivamente policial, una lucha efectiva contra la criminalidad de clanes requiere disponer de un número importante de datos que permitan entre otras cosas identificar a cada uno de los miembros de cada clan, sus antecedentes policiales, sus lugares de residencia, su situación en Alemania, las relaciones, alianzas o enemistades entre distintos clanes, etc., es decir, un análisis detallado y estructurado de aquellos grupos que se identifican con la criminalidad de clanes. En el contexto descrito, la Oficina Regional de Investigación Criminal del Land de Renania del Norte-Westfalia ha llevado a cabo un interesante estudio conocido con el acrónimo de KEEAS, el cual hace referencia a «Focos de Criminalidad e Intervención asociados a Subculturas aisladas étnicamente» (Kriminalitäts- und Einsatzbrennpunkte ethnisch abgeschottete Subkulturen). Dicho estudio se enfoca sobre todo en aquellos sospechosos con un trasfondo etno-cultural de origen turco o árabe (Dienstbühl, 2018: 9; Landeskriminalamt Nordrhein-Westfalen, 2018: 16; Wendt/Kretzschmar, 2019: 17).

Tal y como se ha apuntado anteriormente, el objetivo principal del proyecto KEEAS es la identificación y descripción detallada de los focos de criminalidad e intervención existentes en Renania del Norte-Westfalia. De forma complementaria se pretende mejorar el conocimiento existente en torno a las estructuras vinculadas a aquellas subculturas delictivas aisladas étnicamente. Los conocimientos adquiridos en el marco del Proyecto KEEAS indican un considerable potencial delictivo y un alto grado de interrelación de los miembros de distintos clanes familiares de origen turco o árabe. Esto se puede observar claramente si se analiza el amplio espectro de actividades delictivas cometidas por estos clanes, algunas de especial gravedad, su consciente rechazo de la sociedad alemana mayoritaria y sus normas de convivencia social, así como su forma de pensar y actuar, centrada exclusivamente en la protección de la familia y el ánimo de lucro.

En la ciudad hanseática de Bremen, la criminalidad de clanes familiares árabes constituye también desde hace tiempo un serio problema de seguridad. La necesidad de actuar era tan acuciante que los órganos de decisión política de esta ciudad-Estado dejaron de lado sus preocupaciones étnicas y de etiquetamiento, de tal forma que, en el año 2010, el Parlamento de Land acordó la creación de una «Agencia de Información de los Clanes étnicos (Informationsstelle ethnischer Clans, ISTEC). Entre sus cometidos se encuentra la recopilación por separado de aquellos delitos cometidos por clanes familiares árabes que actúan en Bremen. En su base de datos se registra con una marca a todo sujeto que pertenece al clan de los Mhallami y que por lo menos ha sido una vez detenido como presunto autor de un delito (Ghadban, 2018: 269-270). A finales del año 2014 residían 3.419 individuos Mhallami en Bremen. Pues bien, de ellos, un total de 767 (un 22,4 por 100) habían recibido una marca en la base de datos señalada, al tener un expediente penal. Con todo, el número total de sujetos implicados de una u otra manera en actividades delictivas era mayor, alcanzando los 970 (un 28,37 por 100). Partiendo de los casos registrados en sede policial, esta Agencia de Información pretendía entre otras cosas determinar la identidad de los sujetos registrados, para con ello tratar de reconstruir las relaciones familiares y, de esta manera, obtener una idea lo más clara posible de las estructuras de los clanes familiares.

Como se señaló anteriormente, un buen número de procesos penales contra miembros de clanes familiares acaban en sentencia absolutoria por falta de pruebas. El motivo se encuentra, entre otras cosas, en la permanente y visceral intimidación a la que se ven sometidos víctimas y testigos por parte de familiares de la/s persona/as acusadas. En el contexto descrito, una de las barreras legales que impiden el trabajo de policías, jueces y tribunales es la en Alemania todavía inexistente toma de declaración y su grabación en vídeo. Con esta medida se está haciendo referencia a la posibilidad de que tanto la primera declaración de los testigos como de las propias víctimas de un delito pueda ser objeto de grabación por parte del agente de policía que instruye el atestado. Con ello, el Estado dispondría de una herramienta efectiva en caso de que, posteriormente durante el acto del juicio oral, testigos y víctimas modificasen su declaración debido a amenazas o sobornos procedentes del clan (Behrendt, 2019: 150; Kamstra, 2019: 232).

Pues bien, al hilo de lo explicado, desde comienzos del año 2018 existe en la Oficina de Investigación Criminal de Berlín el proyecto piloto denominado «videograbación móvil de la toma de declaración» (Mobile Videovernehmung) (Wendt/Kretzschmar, 2019: 15). La razón de fondo que dio lugar a impulsar este proyecto es el siguiente: Los perjudicados por el delito, debido a la impresión que los acontecimientos les han producido, pueden proporcionar en un primer momento datos valiosos sobre el/los autor/es, así como sobre los motivos del hecho delictivo. Es por ello que resulta necesario grabar en video esta primera declaración, ya que, según señala la experiencia, es de prever que en el transcurso de la investigación policial, las víctimas y testigos pueden ser objeto de amenazas y coacciones por parte de miembros de un clan familiar. Por otro lado, la videograbación móvil de la primera declaración permite contrarrestar el reproche que a veces se formula por víctimas y testigos, según el cual la policía habría obligado al perjudicado o testigo a emitir una declaración incriminatoria.[15]

Continuando con las medidas que deben conducir a erradicar la criminalidad de clanes familiares, de urgente necesidad es la abolición de una justicia paralela personificada en los anteriormente analizados «jueces de paz» (Friedensrichter). Tal y como señala Duran, el Estado alemán –como por lo demás sucede en cualquier país democrático– es el único que ostenta el monopolio de la violencia, por lo que de ningún modo puede delegar parte de ese monopolio a una justicia paralela arcaica inspirada en principios islámicos. Constituye un gran déficit del Estado de Derecho alemán el que esos jueces de paz estén actualmente en disposición de manipular las pruebas en un procedimiento penal a través de la influencia que aquellos pueden llegar a ejercer sobre testigos, dando lugar a que ese procedimiento penal no pueda llegar a buen término, con las consabidas absoluciones por falta de pruebas (Duran, 2019: 299).

La estrategia criminal de los clanes árabes –de forma semejante a lo que sucede con las organizaciones mafiosas tradicionales y sin tener para ello en cuenta su distinto trasfondo cultural y étnico– tiene como objetivo conseguir los mayores activos patrimoniales posibles procedentes del crimen, y ello a través de una aparente integración en estructuras sociales y económicas legales, así como mediante la infiltración en el sistema social y económico del país donde residen. A partir de estos argumentos, el desmantelamiento de los clanes familiares de origen árabe únicamente es posible si se consigue eliminar la razón principal de su existencia: el ánimo de lucro. Cuando esas perspectivas de beneficio económico son inexistentes, en ese caso los esfuerzos para fortalecer y expandir el clan resultan estériles. En este punto adquiere trascendental relevancia un mecanismo de carácter penal y procesal dirigido a atacar el patrimonio resultante de actividades delictivas: el decomiso; en el lenguaje jurídico-penal alemán conocido como «recuperación de activos» (Vermögensabschöpfung).

Pues bien, con respecto a este concreto instituto, el pasado 1 de julio del año 2017 entró en vigor en Alemania la «Ley de reforma de la Recuperación de Activos en el Ámbito Penal» (Gesetz zur Reform der strafrechtlichen Vermögensabschöpfung), Ley que fue aprobada el 13 de abril del mismo año y que trajo consigo importantes novedades en el ámbito del decomiso, afectando tanto a su regulación penal como procesal. Gracias a este instrumento legislativo es ahora posible que en el marco de la persecución de una serie de delitos vinculados a la criminalidad organizada se pueda decomisar el patrimonio de origen sospechoso, y ello con independencia de la prueba de la existencia de un concreto hecho antijurídico (Meißner, 2017: 239). La reforma penal permite ahora por tanto una demostración de las pruebas de cargo con menos formalidades, así como el decomiso de aquellos bienes de origen aparentemente ilícito. El motivo que originó la aprobación de esta Ley se encuentra en la Directiva de la Unión Europea 2014/42/EU, de 3 de abril de 2014, la cual tenía como objetivo una armonización de los ordenamientos jurídicos de los países miembros de la UE en lo relativo a la recuperación de activos en un ámbito transfronterizo.

Respondiendo a una antigua demanda proveniente de un importante sector doctrinal, una de las principales novedades de la ley es la introducción tácita del mecanismo de la inversión de la carga de la prueba en el sentido siguiente: la carga de la prueba con respecto al origen ilícito del dinero y demás elementos del patrimonio ya no se residencia en los órganos encargados de la persecución penal, sino más bien en el sujeto sobre el que se ciernen las sospechas, el cual debe demostrar el origen lícito de su patrimonio. Efectivamente, según se dispone en el parágrafo § 76a apartado 4 StGB, el decomiso puede llevarse a efecto sin necesidad de una sentencia condenatoria, siempre y cuando el órgano juzgador esté convencido de que los bienes objeto de decomiso tienen una procedencia ilícita. En relación a ello, el parágrafo § 437 de la Ordenanza Procesal alemana establece una serie de criterios en los que la decisión judicial se puede apoyar, como por ejemplo la evidente desproporción entre el patrimonio del sujeto y sus ingresos declarados. De este modo, un sector importante de la doctrina alemana considera que la reforma del año 2017 ha introducido la inversión de la carga de la prueba, ya que el sujeto afectado por el decomiso viene obligado a demostrar el origen lícito de sus bienes (Meißner, 2017: 239-240). En consecuencia, el legislador alemán se ha decidido a incorporar finalmente dentro del arsenal de lucha contra el crimen organizado un instituto que lleva utilizándose desde hace años en Italia para debilitar a la mafia, y que incluso conocidos fiscales italianos habían reclamado se introdujese en el ordenamiento jurídico germano (Scarpinato, 2012: 16-17). Por otro lado, la ley tiene un afán de abarcar muchos aspectos relacionados con la temática que trata, ya que, sin ir más lejos, el decomiso no solo afecta al patrimonio que ha sido localizado en el caso concreto, sino también su eventual cambio de titularidad a nombre de una tercera persona, su enajenación, donación, transmisión en herencia o conversión (decomiso de bienes de terceros). Este último supuesto se refiere sobre todo al blanqueo de capitales mediante inversiones en negocios legales como bienes inmobiliarios o locales dedicados a la gastronomía. Por otro lado, el decomiso ampliado extiende su ámbito de acción a cualquier delito, siempre y cuando el órgano judicial tenga fundadas sospechas de la procedencia ilícita del patrimonio (Meißner, 2017: 239).

Pues bien, en relación directa con esta reforma penal se encuentra por ejemplo el decomiso llevado a cabo a mediados de julio de 2018, a instancias de la Fiscalía de Berlín, de un total de 77 inmuebles pertenecientes al clan de los Remmo, una conocida familia de origen libanés vinculada con el crimen organizado (Behrendt, 2019: 124; Kopietz, 2019; Rohde, et al., 2019: 279). Sin embargo, hasta el momento esos bienes no han podido ser confiscados de forma definitiva, de modo que, por ejemplo, dicho clan puede seguir ingresando las cantidades que recibe en concepto de alquiler de algunos de esos inmuebles. Una de las razones es el principio de presunción de inocencia; derecho recogido en la propia Ley Fundamental germana. En este sentido, los Remmo afirman que el dinero con el que se compraron en su día los inmuebles procedía del Líbano y de actividades legítimas, y que en el citado país podían solicitar los documentos pertinentes para demostrarlo (Kopietz, 2019).

Para concluir este capítulo es conveniente, siquiera brevemente, hacer referencia a toda una serie de medidas de carácter preventivo las cuales se consideran también necesarias para luchar contra la criminalidad desplegada por los clanes familiares árabes residentes en Alemania. Y es que, como se ha señalado anteriormente, una aproximación exclusivamente de carácter penal y, ligado a ello, una estrategia de tolerancia cero frente a todas y cada una de las actividades de los clanes, no resulta desde luego suficiente.

La integración de este concreto colectivo, la cual fracasó hace 30 años debido en parte a la inactividad del Estado alemán, debe ser abordada de nuevo y con nuevos mecanismos en relación sobre todo a las jóvenes generaciones pertenecientes a estos clanes familiares. Por consiguiente, resulta necesaria una actuación rápida y efectiva en el ámbito de la prevención, para con ello contrarrestar la integración de estos menores y jóvenes en las estructuras criminales de sus familias. En opinión de Duran, resulta aquí tremendamente importante mostrar a las jóvenes generaciones la existencia de alternativas a la criminalidad de los clanes. Con todo, todas estas actuaciones de corte preventivo no pueden ser reguladas y llevadas a cabo de la noche a la mañana. Lo importante es hacerles ver que estas estructuras criminales no tienen ningún futuro en Alemania (Duran, 2019: 299).

Ahora bien, una mejora de la situación a partir de estrategias preventivas no es previsible a corto plazo si se tiene en cuenta que dentro de los clanes familiares hay una falta de modelos positivos en los que fijarse. Efectivamente, tanto las autoridades policiales como los propios servicios sociales ponen reiteradamente de manifiesto que no pocos menores de edad pertenecientes a un clan familiar idealizan al hermano mayor, entre otras cosas debido al estilo de vida ostentoso del que este último hace gala públicamente. Ello demuestra a las claras que las estrategias preventivas deben implantarse ya desde una fase temprana, abarcando las mismas a todos los ámbitos vitales posibles que afectan a los miembros jóvenes de un clan familiar. En este sentido debe tenerse en cuenta que muchos de estos menores y jóvenes han crecido en entornos sociales y familiares alejados de cualquier tipo de formación. En unas estructuras donde ni siquiera ha existido un proceso de socialización en torno a las normas y valores existentes en el país de residencia.[16] Y todo ello en una sociedad paralela donde sólo existe una única ley: lo que está permitido y lo que está prohibido lo decide la familia. Únicamente esto cuenta (Behrendt, 2019: 121; Schubert, 2017: 136). Quien ha vivido en este contexto desde su más tierna infancia, nunca se atreverá a seguir los consejos del trabajador social o del educador, sino más bien los que recibe del primo poderoso con coche, dinero y mujeres.

Teniendo por tanto en cuenta que el crecer dentro de una estructura familiar vinculada al crimen organizado pone en serio peligro el bienestar de los menores, sería necesario analizar hasta qué punto el Servicio de Protección a la Juventud y los jueces de familia deberían disponer de las medidas legales necesarias para, en determinadas situaciones de desamparo, separar a esos menores de la influencia de familias involucradas activamente en actividades delictivas y someterlos en su lugar a medidas de acogimiento residencial. Se trataría de, en estos contextos, atender intensivamente a estos menores y prepararlos para una vida alejada de la delincuencia (Wendt/Kretzschmar, 2019: 31). Un camino para ello podría consistir en determinar judicialmente el peligro que para el bienestar del niño/adolescente constituye la existencia de estructuras criminales consolidadas en el seno de una determinada familia con menores a su cargo.

Por otro lado, los servicios de empleo, las agencias de colocación para jóvenes (Jobcenter) y la Asistencia Judicial a la Juventud deberían ofertar programas de captación y de tutorización especialmente dirigidos a jóvenes miembros de clanes familiares, y que podrían servir como alternativa a la vida criminal que se desarrolla en la familia. Con ello se podrían crear una serie de estímulos positivos en esos menores que, a la larga, permitirían fomentar en ellos una vida sin vinculación al delito. La voluntad de integración y la disposición personal a una socialización basada en el respeto a la ley son aspectos que sin duda deben ser fomentados mediante un amplio programa de apoyo. En el sentido aquí apuntado, en algunas ciudades del Land de Renania del Norte-Westfalia existen ya programas de asesoramiento y ayuda a los jóvenes de clanes familiares. Uno de estos programas, el cual fue bautizado con el nombre de «Ofrecer oportunidades, imponer límites» (Chancen bieten, Grenzen setzen) lleva aplicándose en Essen desde hace más de diez años, estando dirigido fundamentalmente a familias de origen libanés (Kassner, 2008). En el marco de estos programas, estos jóvenes deben aprender e interiorizar que merece la pena llevar una vida sin delitos, aun cuando ello traiga aparejado al principio un sueldo mensual de 400 euros por un trabajo de aprendiz, en lugar de 400 euros por el transporte de una pequeña cantidad de droga que no lleva más de 15 minutos (Backes, et al. 2019: 23).

Finalmente, una cuestión importante es perturbar la cohesión familiar e ir erigiendo barreras entre aquellos miembros del clan que se han decidido por una carrera delictiva y aquellos otros que prefieren conducir una vida sin delitos. Es aquí donde la implantación de programas de salida (Aussteigerprogramme), enfocados exclusivamente a los clanes familiares, podrían constituir una herramienta útil. De la interceptación de llamadas de teléfono efectuadas entre los clanes se sabe ya, por ejemplo, que un número creciente de esposas, madres, hermanas e hijas están ya hartas del permanente comportamiento machista de sus esposos, hijos, hermanos y padres. Muchas mujeres no quieren seguir visitando a sus maridos en las cárceles, o que la policía destroce la puerta del domicilio durante una redada llevada a cabo a altas horas de la madrugada (Klingst, 2019). Como a nadie escapa, la eventual implantación de estos programas de salida requiere de una serie de enfoques integrados y respaldados todos ellos por una gran cantidad de actores diferentes.

Sin embargo, es necesario señalar también que las estructuras paralelas establecidas y consolidadas en el contexto donde habitan estos clanes familiares siguen impidiendo a largo plazo la integración en la sociedad alemana de la mayoría de los miembros del clan; y ello a pesar de haber nacido y crecido en Alemania. Ello hace que todos los miembros sean obligados a mostrar lealtad a la familia, encontrándose en cierto modo atrapados en y por el clan (Ghadban, 2018: 282). Pues bien, en opinión de Ghadban, a estos sujetos que desean conducir una vida sin delitos se les debe ayudar. En este sentido, el actual modelo de cooperación entre la policía, la justicia, la escuela y la Oficina de Protección a la Juventud que se está desarrollando en Berlín les ofrece a estas personas una protección de cara a su eventual salida de las estructuras del clan. La existencia de una efectiva red protectora puede, llegado el caso, alentar a un número cada vez mayor de sujetos a independizarse. Todo ello podría conducir a un debilitamiento de las estructuras asociadas a los clanes familiares y a un fortalecimiento de los marcos de decisión personales del individuo (Ghadban, 2018: 282-283).

Conclusiones

La criminalidad asociada a los clanes familiares de origen árabe constituye actualmente una de las preocupaciones más acuciantes de la sociedad alemana en el ámbito de la seguridad interior. Efectivamente, en la actualidad sigue siendo muy marcada la comisión de delitos, algunos con una amplia repercusión social, cometidos todos ellos por miembros de estos clanes familiares. Al mismo tiempo se viene haciendo patente el rechazo público que estos clanes familiares hacen del Estado de Derecho. En este sentido, las fuerzas de seguridad hablan ya sin ambages de la existencia de determinados barrios en ciudades como Berlín, Bremen o Duisburgo, los cuales son controlados por estos clanes, llegando incluso a impedir la actuación policial y, por ende, el control estatal.

Las conductas de los miembros delincuentes que pertenecen a grandes familias de origen árabe es un ejemplo paradigmático de una fracasada integración. Los responsables políticos alemanes, más allá de sus siglas y de sus responsabilidades de gobierno en un concreto Land, vienen cerrando los ojos desde hace ya 30 años, consciente o inconscientemente, ante este preocupante fenómeno. Únicamente cuando se está a las puertas de unas elecciones se ha abordado la problemática de la criminalidad de los clanes familiares, si bien, tan pronto como han pasado los comicios, la temática vuelve a caer en el olvido. Esto ha dado lugar a que, con el transcurso de los años, estas estructuras criminales se hayan consolidado, aumentando su presencia y, sobre todo, su poder en aquellas zonas en las que se encuentran asentadas. Entretanto, estas familias han continuado creciendo en Alemania, encontrándose integradas actualmente por sujetos pertenecientes a la segunda o incluso tercera generación. Las estructuras paralelas establecidas y consolidadas en el contexto donde habitan estas familias siguen impidiendo a largo plazo la integración en la sociedad alemana de la mayoría de los miembros del clan, independientemente de su edad.

Un Estado que es percibido como débil por parte de los clanes les ha ofrecido en su visión los suficientes estímulos para llevar a cabo actividades delictivas. Por todo ello, en el futuro resulta necesario luchar contra este creciente problema social desde distintos niveles institucionales y no sólo través de una consecuente persecución penal. Efectivamente, una exclusiva actuación policial y una estrategia de tolerancia cero, aun siendo medidas necesarias, no resultan por sí solas suficientes. Por el contrario, debe producirse un trabajo preventivo aún por desarrollar, el cual no debe ser competencia exclusiva de la policía. Un trabajo preventivo que debe conducir a combatir y a poner coto a largo plazo a la criminalidad de clanes. Al mismo tiempo se debe evitar una generalización en perjuicio de todas aquellas personas que proceden de dichas estructuras familiares o bien que tienen el mismo origen étnico o cultural, pero que no realizan actividad delictiva alguna. Teniendo en cuenta que en no pocas ocasiones los miembros de estos clanes familiares reprochan a la policía una actuación basada en la sospecha general y en el profiling basado en simples criterios étnicos, se requiere una actuación equilibrada que a veces puede resultar difícil.

Las propuestas de solución presentadas muestran claramente que la lucha contra la criminalidad de clanes constituye una tarea que afecta a la sociedad en su conjunto, es decir, no sólo a la policía y la justicia, sino a todos los organismos estatales y las organizaciones sociales. Se trata básicamente de poder integrar en la abierta y tolerante sociedad alemana a millones de sujetos provenientes de la cultura islámica, los cuales en primer lugar se ven a sí mismos como miembros de un grupo, encontrándose unidos a una determinada familia. Tanto la sociedad paralela islámica como los clanes familiares dedicados a la delincuencia dividen a la sociedad alemana, amenazando seriamente el ordenamiento jurídico democrático.

Con el actual flujo migratorio que está llegando a Alemania como consecuencia entre otras cosas del conflicto sirio, se plantea el mismo problema que se planteó hace ya más de tres décadas con la guerra civil en el Líbano. Nuevamente llegan a Alemania decenas de miles de individuos procedentes de una cultura distinta, sin apenas recursos económicos, que no hablan una palabra de alemán y que en muchos casos tienen una escasa o nula formación académica. Estos sujetos pueden convertirse en un arma estratégica para los clanes familiares, ya que, debido a sus miserables condiciones económicas, son más fáciles de seducir para actividades de tipo criminal. Además, estos individuos presentan en muchos casos una dudosa identidad en lo relativo a su nacionalidad, por lo que todavía no han podido aparecer en los filtros policiales. En estos momentos existen ya informaciones que hablan de la presencia de miembros de clanes familiares en los alojamientos para refugiados existentes en Alemania, con el objetivo de reclutar a operativos para sus actividades criminales. Si las políticas migratorias y de integración llevadas a cabo por los sucesivos gobiernos alemanes con respecto a este colectivo siguen los mismos derroteros que hace tres décadas, la solución al problema de la criminalidad de clanes, lejos de resolverse, puede convertirse en un problema sin solución; a medio, corto e incluso a largo plazo.

Por último, y a modo de conclusión final, el análisis de la criminalidad asociada a los clanes familiares árabes en Alemania, tanto desde el punto de vista de la fenomenología como en lo relativo a las medidas adoptadas o a adoptar para combatir el fenómeno, resulta importante si se analiza la situación actual del crimen organizado en España, sobre todo en el ámbito del tráfico de drogas. Efectivamente, tal y como señalan distintos informes policiales, en determinadas zonas del país existen grupos y organizaciones que monopolizan la producción, tráfico y suministro de drogas ilegales, y que presentan bastantes de las características que han sido analizadas en el presente trabajo. Así, se trata de estructuras opacas unidas en algunos casos por lazos familiares, étnicos o nacionales, que junto a delitos contra la salud pública cometen también otros delitos violentos en el contexto de su actividad. Se trata, además, de sujetos que gozan en algunos casos de amplios márgenes de impunidad, al utilizar los mecanismos del chantaje y la extorsión contra víctimas y testigos, lo que –unido a la posibilidad de contratar a abogados defensores de prestigio– les permite salir indemnes de un eventual proceso penal. Por último, el blanqueo de capitales constituye una herramienta con la que trasladar al circuito económico legal los beneficios procedentes del narcotráfico. En este sentido, las fuerzas de seguridad han podido constatar cómo pese a la inexistencia de ingresos económicos debidamente justificados por parte de los miembros de los clanes familiares que actúan en España, estos disponen de un patrimonio importante (Villalba, 2019). Por todo ello, las medidas policiales, penales y procesales adoptadas en Alemania, junto a aquellas otras de carácter eminentemente preventivo, pueden servir de modelo para con ello actuar en España de forma más efectiva contra este fenómeno.

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[1] Tal y como señala Duran, la estirpe constituye el constructo más importante dentro de la sociedad en la mayoría de países árabes marcados por la cultura musulmana (Duran, 2019: 297).

[2] Según se dispone en el Art. 16 de la Ley Fundamental alemana, el derecho de asilo únicamente puede alegarse con respecto a aquellos sujetos que individualmente son perseguidos por un Estado, algo que ciertamente no se daba en el caso de los kurdos libaneses que habían llegado a Alemania como refugiados de guerra civil.

[3] Con la regulación de los casos antiguos, el Estado alemán otorgó a miles de refugiados la nacionalidad alemana, lo cual tuvo como (intencionado) efecto secundario que, desde ese momento, los delitos cometidos por este grupo poblacional no aparecían recogidos en las estadísticas policiales bajo la rúbrica de «delincuencia de extranjeros» (Ausländerkriminalität), sino que emigraron a la criminalidad llevada a cabo por ciudadanos alemanes.

[4] Conviene señalar en este punto que todavía no se ha podido determinar con seguridad cuántas familias de origen árabe estarían vinculadas con actividades delictivas de forma reiterada; ni mucho menos cuántos miembros de una determinada familia cometen actos delictivos. La existencia de nombres distintos para los distintos clanes, así como de diferentes formas de escribirlos, son aspectos que dificultan enormemente la vinculación de una determinada familia con la delincuencia de clanes (Dienstbühl, 2019).

[5] En este contexto, y aunque sea de forma concisa, resulta necesario hacer referencia a la influencia de la religión islámica en los clanes familiares. Lo primero que hay que señalar es que tanto los Mhallami como otros clanes familiares de origen árabe no muestran los índices de religiosidad de otras minorías musulmanas que habitan en Alemania. De hecho, las relaciones de estos clanes con movimientos como el salafismo suelen ser tensas. Dicho esto, los clanes árabes son seguidores de un grupo religioso de orientación islámica cuyo líder es el sheikh Abdullah al-Habaschi. Este individuo justifica por ejemplo los delitos cometidos contra los infieles ya que, en su opinión, en Europa sigue existiendo actualmente un estado de guerra (Dar al-Harb) entre los infieles y los devotos musulmanes, por lo que está permitido no sólo cometer delitos, sino todo aquello que daña y debilita a aquellos. De este modo, de su comprensión de la fe y de la mentalidad ligada a esa comprensión derivan muchos clanes familiares la legitimación de sus conductas delictivas contra los demás individuos y contra el Estado (Dienstbühl, 2018: 7; Ghadban, 2018: 171).

[6] Algunos miembros de los clanes familiares árabes tienen a su vez muchos contactos con la escena de la música rap, la cual está muy activa en la ciudad de Berlín. Con dichos contactos, estos sujetos consiguen un alto grado de notoriedad pública, el cual les sirve también para ganar reputación fuera del ámbito del propio clan. Además, mediante la comercialización y el mecenazgo de raperos asociados por lazos de amistad a una determinada familia (como en su momento ocurrió con el conocido rapero Bushido y su amistad con el jefe del clan de los Abu-Chaker) se abre un importante potencial económico. Por otro lado, la visita, organización, así como la participación en acontecimientos vinculados con los deportes de contacto (boxeo, mixed martial arts) se presenta también como una faceta de los clanes familiares en auge, ya que ello les permite, entre otras cosas, aumentar su representación en la escena vinculada al crimen organizado. La organización de estos combates tiene como objetivo el mantenimiento de relaciones, la comunicación con otros clanes, así como la demostración pública de la existencia de amistades, enemistades y alianzas en estos ambientes (Landeskriminalamt Nordrhein-Westfalen, 2019: 17-18).

[7] En este caso, los sospechosos que contaban con la nacionalidad alemana presentaban mayoritariamente un trasfondo migratorio que había que circunscribir a países árabes (por ejemplo, libaneses, kurdos o Mhallamis).

[8] Un vistazo a la situación actual reinante en las grandes ciudades alemanas permite adivinar las dramáticas repercusiones que la reciente inmigración en masa y sin control puede ocasionar. Según datos presentados por la Oficina Federal Estadística (Statistisches Bundesamt), en el año 2015 llegaron a Alemania sobre los dos millones de refugiados e inmigrantes económicos. Ya en el año 2014 dicha Oficina registró 1,3 millones de entradas. Junto a sujetos de sexo masculino que llegan solos procedentes de países islámicos, el otro grupo más numeroso lo componen ciudadanos búlgaros y rumanos que emigran por razones exclusivamente económicas (Schubert, 2017: 23).

[9] Los shisha-bars son parte importante de una cultura juvenil que se ha desarrollado en los últimos años en Alemania dentro del colectivo de religión musulmana, pero también lugar de encuentro de estructuras subculturales y delictivas, sirviendo en no pocos casos como punto de partida de contactos logísticos, sociales e informacionales. Particularmente en la comarca del Ruhr, los miembros de clanes familiares de origen turco o árabe regentan estos locales a través de testaferros (Landeskriminalamt Nordrhein-Westfalen, 2018: 19).

[10] La última oleada de refugiados llegados a Alemania en las últimas fechas le ha abierto a los clanes familiares nuevos campos de actuación con un potencial de ingresos enorme. Así, el alojamiento de refugiados constituye entretanto una empresa muy lucrativa, ya que aquel propietario/arrendador que ofrece alojamiento a estas personas obtiene del Estado entre 25 y 50 euros diarios por persona alojada. Pues bien, en no pocas ocasiones, una familia de cinco miembros se encuentra alojada en un apartamento ruinoso de apenas veinte metros cuadrados, cuyo propietario pertenece a un determinado clan familiar. Por ese alojamiento, el propietario del inmueble recibe del Estado una cantidad de 3.700 euros al mes. Lógicamente, este campo de actuación le abre las puertas a los clanes para el lavado de dinero procedente de actividades ilícitas. Los clanes familiares compran inmuebles, bien ellos mismos, bien a través de terceras personas, y los alquilan a los refugiados.

[11] Algunos ejemplos de lo explicado pueden consultarse en Ghadban, 2018: 186-187.

[12] Las cantidades de dinero que se manejan en esos procedimientos informales de arbitraje son a veces importantes. Así, miembros de los clanes familiares indican que la indemnización por un delito de lesiones puede alcanzar los 50.000 euros. Para los supuestos de muerte no es raro que la cantidad supere los 100.000 euros. En caso de que el declarado culpable o su clan no estén en disposición de hacer frente al pago en el momento de dictarse la resolución, en ese caso pueden ser transferidos bienes muebles o inmuebles en concepto de pago. También suele utilizarse como forma de pago la cesión por un tiempo de restaurantes o locales de juego, para que el perjudicado los gestione y pueda con ello quedarse con las ganancias que acarrea el negocio en cuestión (Behrendt, 2019:129).

[13] Así, durante las sesiones del juicio oral no resulta extraño observar cómo los clanes intentan ejercer su influencia intimidatoria frente a víctimas, otros acusados o bien testigos. Al mismo tiempo, miembros del clan familiar participan como público en las sesiones del juicio, teniendo un comportamiento inapropiado, alterando el orden en las sesiones del juicio oral y amenazando incluso a abogados, jueces y fiscales. En general, dichas amenazas proceden de los propios acusados, de sus familiares sentados entre el público o de personas que acuden expresamente al juicio con dicha intención (Landeskriminalamt Nordrhein-Westfalen, 2018: 25; Schubert, 2017: 106).

[14] Una consecuencia visible de esta estrategia, tanto en Berlín como en Renania del Norte-Westfalia, ha sido la creación de un grupo de trabajo, el cual ha asegurado entre otras cosas la unificación del conjunto de información disponible procedente de instancias policiales y del Ministerio Fiscal, pero también una mejora en la interacción con otros organismos afectados, como por ejemplo los servicios de protección a la juventud, la autoridad fiscal, la Oficina de extranjeros, los órganos encargados de la inspección laboral o sanitaria, etc. (Kamstra, 2019: 229).

[15] Lógicamente, junto a la grabación audiovisual de la primera declaración, resulta necesario incorporar la obligación de que el funcionario de policía encargado del atestado omita en el mismo cualquier dato sobre la identidad personal de testigos. Estos datos deberían guardarse de forma separada y confidencial, de tal manera que esos datos relativos a la identidad y al domicilio no pudieran ser posteriormente reproducidos en el expediente penal, con el peligro de que los mismos llegasen a manos de los abogados defensores (Leber, 2014).

[16] De hecho, y con el objetivo de defender sus estructuras familiares, las cuales mantienen al clan cohesionado, los Mhallami se han sustraído a cualquier tipo de influencia tanto de la escuela como del Servicio de Protección a la Juventud. Aquellos no permiten a estas instituciones ni siquiera acceder a su domicilio. De este modo, una y otro son prácticamente neutralizados. Por consiguiente, la posibilidad de perseguir sin ambages el matrimonio infantil o bien el llevar a cabo un tratamiento en medio abierto de aquellos jóvenes autores de conductas delictivas resulta prácticamente una tarea estéril. Esto hace que, a la larga, sea imposible una eventual influencia social del Estado alemán en los mecanismos educativos de estas familias (Ghadban, 2016: 19).


Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España). ISSN 2695-8937

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Miguel Ángel Cano

Profesor Titular de Derecho Penal y Criminología. Coordinador del Grado en Criminología de la Universidad de Granada

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