Global Strategy Report, 7/2022
Resumen: En España, la implantación de los reservistas voluntarios fue una medida consustancial a la profesionalización de las Fuerzas Armadas y a la desaparición de la reserva masiva que proporcionaba el servicio militar obligatorio. Un ejército reducido y especializado necesitaba poder ser complementado y suplementado en tiempo de crisis, por lo que disponer de una reserva bien organizada y adiestrada devino una capacidad tan fundamental como la que proporcionan los mismos militares profesionales. Desafortunadamente, la tendencia de crecimiento que conducía, poco a poco, a los objetivos propuestos inicialmente se invirtió durante la crisis económica. Llegada la recuperación, no sólo ninguno de los gobiernos ha vuelto a recordar la ambición inicial de contar con diez mil reservistas voluntarios, sino que la bajísima dotación presupuestaria y la escasa atención prestada está llevando esta capacidad militar suplementaria a la intrascendencia o, quizá, a la desaparición.
Para citar como referencia: Quesada González, José Miguel (2022), «Implantación fallida de los reservistas voluntarios en España. Una visión presupuestaria (2004-2021)», Global Strategy Report, No 7/2022.
Introducción
En su propia página web, el Ministerio de Defensa afirma que España cuenta con reservistas voluntarios para “reforzar sus capacidades [de las Fuerzas Armadas], para satisfacer las exigencias de la defensa nacional y hacer frente a los compromisos adquiridos por España”. Además, en sus folletos inserta mensajes para captar a eventuales candidatos, como el siguiente: “tu experiencia tiene un gran valor”. No obstante, la llegada de la crisis financiera de 2008 bajó la dotación económica y alejó la atención gubernativa sobre este colectivo de ciudadanos vinculados a las Fuerzas Armadas. Como sucedería con cualquier otra capacidad militar comprometida, dicha falta de sostén está mermando la operatividad de todo el conjunto de nuestra Defensa. En este sentido, la hipótesis que se pretende demostrar es que, a pesar de haber recuperado los indicadores económicos anteriores a la mencionada crisis, los reservistas voluntarios continúan en una situación de recesión parecida a la que tuvo todo el ámbito de la Defensa desde 2010 hasta 2016.
El contexto internacional y español en materia de reserva, al menos hasta 2012, se encuentra en el libro El yunque y la espada. De la reserva de masas a los reservistas voluntarios (1912-2012). Además, existen inmejorables referencias escritas por dos de los responsables del Ministerio de Defensa que participaron del lanzamiento de la reserva, el general Echepare y el coronel Aguirre. Por supuesto, para extraer los datos sobre el presupuesto y el personal, se han utilizado el Anuario Estadístico Militar, el Boletín Oficial del Estado —BOE— y el Boletín Oficial del Ministerio de Defensa —BOD—, como fuentes primarias.
En las páginas que siguen, se enmarcará el modelo español de reserva para, a continuación, relacionar la dotación presupuestaria anual con las principales vicisitudes de los reservistas voluntarios, desde su creación hasta la actualidad. La evolución se dividirá en dos etapas, separadas por la inflexión del año 2010: una de crecimiento y otra de decrecimiento. Finalmente, se contemplará la aproximación realizada por otros países del entorno europeo para saber si, sometidos a los mismos desafíos económicos, su tratamiento del mismo problema ha sido, o no, similar.
Necesidad y génesis del modelo español de reserva
Tras la guerra del Golfo de 1991 o, quizás, tras la operación Tormenta del Desierto de 2003, los conflictos bélicos convencionales del siglo XX dieron paso a los enfrentamientos irregulares, asimétricos o híbridos, donde el terrorismo juega un papel fundamental (Colom, 2014: 24 y 25). Independientemente de otras transformaciones orgánicas, doctrinales o tecnológicas, para ese nuevo escenario no hacían falta ni los engrosados ejércitos del siglo pasado ni, mucho menos, las grandes masas de reservistas que habrían de permitir su eventual crecimiento. Parecían haber pasado a la historia las movilizaciones millonarias de las dos guerras mundiales o, en menor medida, de la guerra civil española. A finales de los años ochenta, en ese viejo escenario estratégico, España reconocía tener 2.400.000 reservistas, mientras que la Unión Soviética declaraba 6.217.000 (Anónimo, 1989: 106 y 121). En casi todos los países, dichas reservas masivas procedían del servicio militar obligatorio, una inspiración prusiana que llevaba alrededor de cien años adiestrando en el empleo de las armas a la mayor parte de la población masculina mundial (Quesada, 2014: 29-64).
Desaparecida la necesidad de contar con el refuerzo numeroso de la población civil, la conscripción fue suprimida en casi todo Occidente. Entre 1993 y 2004, Bélgica, Holanda, Francia, España y Italia —por orden cronológico— liberaron a sus ciudadanos de esa obligación, quedando Alemania un poco más retrasada —2011—. La nueva generación de ejércitos, de personal profesional, mejor adiestrados y mucho más reducidos requería de una reserva militar diferente, sabiendo que no se podía renuncia a disponer de esta capacidad sedentaria. Al contrario, ahora devenía más crítica que nunca al haber restringido el número de militares en activo. Así se pronunciaba en 2013 el actual director del Departamento de Seguridad Nacional, general Ballesteros: “todo país que basa sus FAS en un ejército profesional, inevitablemente restringidos y cada vez más reducidos, requiere un sistema de movilización con reservistas que complemente a las unidades operativas” (Miguel Ángel Ballesteros Martín, email al autor, 31 de octubre de 2013). Eso sí, factores culturales —el apoyo de las familias, de la comunidad y de los empleadores—, legislativos, políticos y sociales configuraron cada una de esas organizaciones a la medida del país al que sirven, a sabiendas de que el marco doctrinal otorgado por OTAN, en ese sentido, es muy amplio[1].
Los debates sobre la mejor solución para España coincidieron con los preparativos para la suspensión del servicio militar obligatorio. La comisión mixta Congreso-Senado que se constituyó en 1996, y que estaba destinada a proponer la configuración de las nuevas Fuerzas Armadas profesionales, esbozó algunas ideas sobre ella sin definir concretamente el modelo (Echepare, 2009: 12). Hubo que esperar al ingreso en la estructura integrada de la OTAN y a la Ley 17/99 de régimen de personal de las Fuerzas Armadas para precisar algo más, si bien la definición completa no llegó hasta la promulgación, en 2003, del primer reglamento.
Figura n.º 1: aportación gradual de reservistas a las Fuerzas Armadas en función de la severidad de una crisis.

La concepción española de reserva militar responde al llamado paradigma continental o europeo (García Robles, 2014: 67). Su núcleo principal son los reservistas voluntarios, ciudadanos que firman un compromiso con las Fuerzas Armadas y que permanecen en situación de disponibilidad para integrarse, si fuera necesario, en las unidades existentes. La aportación suplementaria de capacidades que se espera de ellos es, principalmente, de carácter civil. El modelo se completa con los reservistas de especial disponibilidad y los obligatorios. Los primeros son militares de tropa y marinería u oficiales de complemento que, a la finalización de su compromiso de larga duración, han decidido voluntariamente permanecer disponibles hasta la edad de jubilación. Por último, los reservistas obligatorios son los españoles que tienen entre diecinueve y veinticinco años, conjunto de ciudadanos que pueden ser forzados a empuñar las armas en una crisis grave. La secuencia de incorporación de estos, y de otros colectivos sedentarios, se muestra en la figura n.º 1.
Etapa prometedora o de crecimiento (2004-2010)
Cuando los primeros aspirantes a reservistas voluntarios pisaron los centros de formación, las Fuerzas Armadas aún estaban digiriendo la profunda transformación que habían venido sufriendo desde principios de la década. La completa profesionalización —con el enorme desafío de reclutar tropa en época de crecimiento económico—, la adaptación al entorno estratégico saliente de los atentados del 11-S, la desaparición del concepto de vinculación territorial de las unidades y el desarrollo de programas innovadores de armamento para afrontar los retos futuros, estaban configurando unos ejércitos completamente nuevos. A pesar de ese contexto de cambio, agrupaciones españolas participaban con total solvencia en las misiones internacionales de Afganistán e Irak, entre otras. Sin duda, dicho proceso se vio favorecido por una tendencia creciente en los presupuestos de Defensa, que no se detuvo hasta el año 2008, y que llevó el personal en activo desde los 115.374 de 2004 hasta los 132.499 de ese año, el valor más alto de las últimas dos décadas (Teijeiro, 2016: 242 y 243; Anuario Estadístico Militar).
Sin embargo, la suspensión del servicio militar había dejado a España sin ningún tipo de reserva. Por eso, algunos preocupados por esa indefensión sobrevenida, como el almirante Julio Albert, apremiaron al Gobierno para que afrontara el problema y abandonara la “táctica del avestruz”[2]. Sin saber muy bien cómo formarlos ni encuadrarlos, mil activaciones para reservistas fueron descabellada y apresuradamente previstas en la provisión anual de plazas de 2003. No hubo posibilidad de reclutarlos por no tener, ni tan siquiera, reglamento que dijera cómo. Cuando dicha disposición vio la luz después de la Purísima, sólo diez días mediaron hasta la convocatoria para el proceso de selección de los primeros 340 miembros, apurando vertiginosamente los últimos días del año.
La victoria electoral del Partido Socialista en 2004 dio bríos a la nueva figura. El ministro José Bono creó inmediatamente la Oficina General de Reservistas, órgano al mando de un oficial general dependiente de la Subdirección General de Reclutamiento, cuya función era la “preparación, planeamiento y desarrollo de la política relativa a la constitución, organización y funcionamiento del sistema de aportación suplementaria de recursos humanos” (Aguirre, 2009: 74). Con la intención de llegar en 2007 a los 6.000 miembros, desde 2004 a 2006 (a. i.), fueron lanzadas dos convocatorias anuales, abriendo las puertas a entre 3.500 y 4.000 aspirantes por ejercicio. Los incrementos presupuestarios fueron coherentes con ese impulso, dado que en 2006 fue alcanzado el máximo histórico de casi once millones de euros dedicados a la reserva, un 0,15 por ciento del presupuesto de Defensa (ver figura n.º 3). En 2005, cinco oficiales del Cuerpo Militar de Sanidad eran activados por primera vez para una misión humanitaria de apoyo a Indonesia —Respuesta Solidaria I— y, en 2006, antes de que tuviera un año de vida, la Unidad Militar de Emergencias empezó a contar con ellos como un activo de gran importancia (Memoria, 2008: 120).
En 2007 no se llegó al objetivo antes mencionado, aunque la tendencia era buena en unas Fuerzas Armadas que también crecían (ver figura n.º 2). El Ministerio se enfrascó entonces en la preparación de la Ley de la carrera militar —que habría de sustituir a la Ley de régimen de personal de 1999—, aunque siguió apoyando a los reservistas con un presupuesto algo inferior al año anterior, pero que rondaba los diez millones de euros, un poco más del 0,11 por ciento del total de Defensa. Es importante aclarar que, dado que el modelo español no retribuye a los miembros de la reserva cuando no están movilizados, sus gastos consisten en indemnizaciones por los días de dedicación efectiva, ya sea para recibir formación, ya sea para prestar servicio en su unidad[3].
Algunos escogidos asistieron a sumarios, aunque ilusionantes, cursos de Estado Mayor en Francia o de Colaboración Cívico Militar —CIMIC— en España, preparando una eventual participación en una misión internacional ordinaria. Ahora, el plan era alcanzar las diez mil personas en 2025, con una posibilidad remota de crecer hasta las veinte mil. Por lo tanto, el diseño del modelo consistía en tener una capacidad suplementaria de entre un 8,5 y un 17 por ciento de los militares profesionales en activo (Echepare, 2009: 43 y 46).
Figura n.º 2: evolución anual del personal reservista voluntario, a 31 de diciembre, de los dos Ejércitos, la Armada y los Cuerpos Comunes (n.º). Fracción (%) sobre el personal en activo de las Fuerzas Armadas en el mismo periodo (2004-2020).

El cambio de José Bono por Carmen Chacón en 2008 trajo una atenuación del entusiasmo, lo que quedó reflejado en la disminución de las plazas convocadas. Eso no impidió que, al año siguiente, se alcanzaran los setenta mil días de activación al año, y que ese nivel se sostuviera dos años más (Quesada, 2014: 382). La Oficina General de Reservistas cambió a Área de Reservistas, descendiendo el nivel de su jefe hasta el de coronel o capitán de navío, lo que no era un buen augurio. Por otra parte, la promulgación de la Ley de la carrera militar había dejado obsoleto el reglamento, mientras que la comparación con otras reservas europeas ofrecía algunas oportunidades de mejora que había que incorporar, tal como dar a los reservistas algún tipo de carrera que no fuera permanecer toda la vida en el empleo de ingreso —alférez, sargento o soldado—. El año 2011 trajo ese nuevo texto legislativo y un máximo histórico en el tamaño del colectivo: 5.493 reservistas, el 4,3 por ciento de los militares en activo (ver figura n.º 2).
Etapa menguante o de recesión
A finales de 2008, la crisis financiera generada en Estados Unidos comenzó a propagarse por el mundo entero, aunque la inercia del crecimiento de los últimos años permitió al presidente Rodríguez Zapatero negar las señales de advertencia y la extensión de esa recesión a España (Rodríguez Zapatero, 2013: 75). Por lo tanto, algunos recortes severos en el gasto público fueron demorados. Eso sí, el presupuesto de Defensa ya venía decreciendo desde 2009, lo que no importó para que, a partir de 2010, se pidiera a los militares que ayudaran a mitigar el crecimiento de la deuda pública. Así, sin demasiada consideración a la operatividad, los sucesivos gobiernos aplicaron drásticas reducciones en este capítulo hasta 2017, cuando el país hubo recuperado los niveles económicos previos a la crisis. Por consiguiente, los créditos destinados a planes y programas de modernización fueron utilizados para pagar al personal, mientras que, a partir de 2012, se reducían efectivos, se desguazaban barcos y se suspendían ejercicios, buscando el máximo ahorro en personal, mantenimiento y combustible (Teijeiro, 2016: 244 y 245). En 2010, precisamente, los reservistas vieron la señal de su propio cambio de ciclo. En el primer cuatrimestre fueron abruptamente suspendidas todas las activaciones para así dedicar esa partida del presupuesto —8.350.000 €— a otros fines, mientras que la convocatoria de nuevas plazas sólo admitió a 110 aspirantes, frente a las 1.587 del año precedente.
Los niveles anteriores a la crisis no se han recuperado, a día de hoy. Dado que las convocatorias no han venido cubriendo las bajas producidas por envejecimiento o abandono —de varios cientos al año—, el colectivo entró en 2012 en una etapa de decrecimiento que, como se puede ver en la figura n.º 2, no sólo aleja la aspiración de los diez mil efectivos, sino que lleva, indefectiblemente, a su extinción. Dando un mensaje claro acerca de su escasa relevancia, ese mismo año desapareció el Área de Reservistas, asumiendo la Dirección General de Personal tanto la planificación de estos efectivos como su reclutamiento.
A lo largo de la crisis, el dinero destinado a los reservistas se fue desplomando a más velocidad que el presupuesto de Defensa, alcanzando el mínimo peso en 2014, cuando sólo les correspondieron 240 euros de cada millón. Testimonialmente, las memorias presupuestarias de esos años incluían un lacónico mensaje de buenas intenciones: “Se continuará prestando una especial atención y valoración a los reservistas voluntarios en función de las disponibilidades presupuestarias”. Había todavía, eso sí, un cierto apoyo emocional al papel que representaban porque, a modo de ejemplo, cuando se estaba debatiendo ese rácano presupuesto, el Ministerio de Defensa entregaba un premio de investigación a un trabajo titulado La figura del reservista voluntario como potenciador de la cultura de defensa. Asimismo, en 2015 se les asignaba un día dentro del calendario de festividades de las Fuerzas Armadas. Se trata, en palabras de la propia orden ministerial, de que esa celebración “coadyuve, como factor aglutinador e integrador, a exaltar esta figura”.
Figura n.º 3: evolución anual del presupuesto destinado a las activaciones de los reservistas voluntarios de los dos Ejércitos, la Armada y los Cuerpos Comunes (miles de €). Fracción anual (%) sobre el presupuesto de Defensa (2004-2021).

Fruto de esa consciencia, no demasiado generalizada, acerca de su necesidad, surgieron algunas voces que invitaban a una reflexión al más alto nivel. Desde el inicio de su funcionamiento, el Observatorio de la Vida Militar ha venido dejando claro, en todas sus memorias anuales, que había que tomar alguna medida dado que “El número total de reservistas ha disminuido en los últimos años, así como el número de activaciones y las plazas que anualmente son convocadas” (Observatorio, 2016: 17). Sin duda, la iniciativa más trascendental fue la promovida por el portavoz del Grupo Parlamentario Catalán. Su histórico representante, Josep Antoni Duran, presentó una proposición no de ley en la que la Comisión de Defensa del Congreso instaba al pleno a la creación de una subcomisión “para el estudio de la modificación de la Reserva Militar con el fin de proceder a su actualización y modernización”. Esa subcomisión fue felizmente creada y, durante algunos meses, numeroso personal militar —español y extranjero—, político, sindical, de profesiones libres y reservista dieron su parecer a los miembros.
Lamentablemente, la disolución de las Cortes en octubre de 2015, la falta de estabilidad parlamentaria posterior y los problemas para formar gobierno dieron con su trabajo en el olvido, sin llegar siquiera a presentar conclusiones. No obstante, el senador socialista Álvarez Villazán reconoció formalmente más tarde que el mandato extraído de esa subcomisión fue: “que se incrementara el número de reservistas activados anualmente, que las previsiones presupuestarias destinadas a soportar dicha activación fuesen las adecuadas y que se procediese a la revisión del modelo de reserva voluntaria existente”.
Dos años más tarde, era el Grupo Popular quien llevaba a la Comisión de Defensa del Senado una moción en favor de la reserva militar. El 11 de diciembre de 2017, tras un prolijo debate entre los representantes de los partidos políticos, durante el cual se reconoció que el actual statu quo no era del gusto de nadie, se aprobó, por 23 votos a favor y una abstención, un texto en virtud del cual:
Se insta al gobierno a impulsar la reserva militar de España y potenciar su gran labor de apoyo a las fuerzas armadas, también con una transaccional incluida [relacionada con fomentar acuerdos con empresas y agentes sociales para hacer más compatible la actividad de los reservistas con su actividad profesional].
El apoyo gubernamental esperado, según el intercambio de pareceres entre los senadores, se podría articular en torno a tres medidas. La primera sería aumentar la capacidad de activación de las unidades militares y flexibilizar las maneras de prestar servicio en ellas, incluyendo la figura de la “activación no retribuida” para misiones como la difusión de la cultura de Defensa. En segundo lugar, se propuso hacer más compatible el desempeño profesional de los reservistas con los períodos de activación, firmando acuerdos con los empleadores y con los agentes sociales, con una atención especial a las administraciones públicas de ámbito local. Por último, se reclamó más formación para los miembros de la reserva militar quienes, una vez desarrollados militarmente, podrían tener acceso a una carrera dentro de su propio colectivo.
También se mencionó la posibilidad de disponer de unidades específicas próximas al lugar de residencia, facilitando así la conciliación entre los compromisos civiles y los militares. La revisión de modelo, o del “sistema de la reserva”, estuvo asimismo entre las opiniones de los senadores, proponiendo la nueva constitución de una subcomisión específica para ello. Hubo oportunidad de poner de manifiesto la desconexión absoluta entre el ámbito castrense y el reservista no activado, a quien se le niega tanto el acceso al suministro de prendas y efectos militares como a las residencias logísticas o de descanso.
El gobierno socialista que sucedió al popular a finales de 2018 no ha cumplido hasta el momento lo que la diputada de su misma formación, Isabel Pozuelo, recomendó a la Comisión de Defensa en la legislatura anterior: “incrementar el número de reservistas, dotando a los presupuestos de los recursos necesarios”. Como se verá en las figuras n.ºs 2 y 3, el nuevo ejecutivo no ha elevado sustancialmente las plazas convocadas —200 en 2020, el máximo desde 2010— y, cuando ha tenido oportunidad de subir su presupuesto, en ningún modo ha recuperado los niveles anteriores a la crisis económica. En 2021, se les dedicó tan sólo el 0,08 por ciento de todo el gasto de Defensa, debiendo recordar que ese presupuesto —8,456 millardos de euros— supone el 0,92 por ciento del PIB español en términos OTAN[4]. Con todo ello, se desperdicia el compromiso de servir de alrededor de dos mil españoles cada año, que son los candidatos que quedan fuera de los procesos de selección —2.367 en 2016, 1.664 en 2017—. La última memoria disponible del Observatorio de la Vida Militar es lapidaria en cuanto a la descripción de la situación actual.
En la actualidad, el modelo de reserva no es el adecuado a las posibles necesidades de las FAS, teniendo en cuenta la positiva aportación de los reservistas voluntarios a la defensa nacional, se insta al Ministerio de Defensa a estudiar las medidas conducentes a mejorar el modelo vigente, procurando incrementar el número de reservistas activados anualmente; dotándolo de manera adecuada a las presiones presupuestarias destinadas a soportar dicha activación (Observatorio, 2018: 73 y 156).
Algo de contexto internacional
Desde los años noventa, y con mucha fuerza tras las misiones de Afganistán e Irak, las operaciones militares internacionales se están centrando en la población civil, dentro de lo que la OTAN llama Enfoque Integral o Comprehensive Approach. Dicho concepto propone que el éxito de una misión está vinculado al concurso de militares y de paisanos de muy distinta procedencia, a los que se pide que trabajen de forma coordinada. El general Ballesteros considera que “el enfoque integral es el medio natural donde el reservista puede ser de mayor utilidad”. Se consideraría, por tanto, un verdadero triunfo poder disponer de especialistas que hicieran de puente entre el mundo civil y el militar mediante la aportación de importantes conocimientos civiles, reforzados con algunas competencias puramente militares (Miguel Ángel Ballesteros Martín, email al autor, 31 de octubre de 2013).
En coherencia con esa evolución del concepto estratégico, Reino Unido aumentó, en los años de la crisis, los efectivos de la reserva terrestre hasta los 27.000 individuos, como principal medida para contrarrestar la pérdida de capacidad derivada de la severa reducción de fuerzas permanentes. Eso significa que los reservistas pueden incrementar en un tercio la capacidad total del Ejército de Tierra. Además, algunas de las actividades de las unidades regulares han sido transferidas en exclusiva a las de reserva, particularmente las que requieren conocimientos culturales del país de despliegue, las logísticas y las de transmisiones, inclusive algunas disciplinas emergentes como la lucha contra el ciberterrorismo (Hammond, 2013: 22). Dada la fuerte integración de reservistas y profesionales, no se publica el gasto por separado. No obstante, se sabe que el presupuesto de Defensa británico de 2019 fue de 413,5 millardos de euros, el 2,13 por ciento de su PIB.
Cuando sucedió el atentado contra el semanario Charlie Hebdo, a principios de 2015, Francia llevaba varios años reduciendo sus efectivos militares y policiales. La reserva, implantada casi veinte años antes, languidecía, mientras que muchos de sus miembros, desmotivados, colgaban el uniforme. Ese atentado, y los que le siguieron, fueron un revulsivo para la sociedad francesa, en general, y para el ámbito de la Defensa, en particular. Así, el Gobierno no tardó mucho en poner sobre la mesa las ideas que configuraran una realidad diferente. Fue el ministro de Defensa, Jean-Yves Le Drian, el encargado de presentar el nuevo enfoque, tanto a la jerarquía de su propio ministerio como a los reservistas, quienes llenaron la École Militaire parisina en el mes de marzo de 2016. La frase siguiente resume muy bien el sentido de su intervención: “Más que nunca, necesitamos reservistas para afrontar una amenaza terrorista sin precedentes”[5].
Desde entonces, se ha creado una Guardia Nacional con 77.000 reservistas —con la ambición de llegar a 85.000—. Eso supone un 37 por ciento de los efectivos profesionales. Además, se ha revitalizado el personal existente con nuevas medidas de reclutamiento y motivación, se ha incrementado su utilización en misiones interiores y exteriores —a razón de más de seis mil al día— y ha sido creada una unidad de reserva que apoyará al Estado Mayor de la Defensa en caso de una ofensiva cibernética de grandes proporciones. El coste de los reservistas franceses alcanzó en 2019 los 225 millones de euros, un 0,63 por ciento del gasto total de Defensa[6]. Dicho presupuesto fue de 35,9 millardos de euros, un 1,84 por ciento del PIB.
Conclusiones
El planeamiento inicial ya era muy limitado. La reserva militar española, y su exponente principal, los reservistas voluntarios, fue configurada para responder a la profesionalización de las Fuerzas Armadas y el nuevo entorno estratégico surgido tras el fin de la Guerra Fría, duramente perfilado por los atentados del 11-S. En los primeros años de existencia se pensó en tener suficientes reservistas como para alcanzar el 8,5 por ciento —quizá el 17— de los efectivos profesionales, cantidad que ya era muy pequeña en comparación con el 37 por ciento de Francia —país cercano desde el punto de vista castrense y, en particular, de la organización de la reserva—, o el 30 por ciento de Reino Unido.
Las expectativas no se han cumplido, ni siquiera en la mejor época. A pesar de haberse propuesto un objetivo tan pobre, los esfuerzos realizados en la fase de crecimiento, entre los años 2004 y 2010 sólo permitieron llegar a 5.493 miembros, un 4,3 por ciento de los profesionales en activo. No hay duda de que no contaron con el apoyo económico debido porque, en el mejor de los ejercicios —2006—, el Ministerio invirtió en ellos el 0,15 por ciento de todo su presupuesto. Es la cuarta parte de lo invertido por los franceses, siendo el presupuesto español mucho menor que el suyo.
La causa raíz no fue nunca la falta de dotación. Es cierto que ésta, siendo muy baja, se desplomó al llegar la crisis económica. Pero el montante invertido en la reserva no sólo fue descendiendo en términos absolutos, sino también relativos, llegando al mínimo absoluto del 0,024% en los años 2014 y 2015. Aunque la recuperación fuera un hecho en España desde 2017, no se ha intentado su sostenimiento, ni vegetativo, ni económico. Las convocatorias de plazas no cubren ni siquiera las bajas y el presupuesto actual es menor al 0,08 por ciento del gasto militar, una octava parte de la fracción francesa equivalente. Por lo tanto, esta capacidad militar sigue tan en recesión como en la época de la crisis económica severa, con lo que se considera probada la hipótesis de la investigación.
España no ve en los reservistas un recurso imprescindible para atacar las amenazas surgidas en los últimos veinte años, como sucede con otros países europeos. Cuando llegó la crisis, lejos de reducir su número y presupuesto, Reino Unido y Francia los potenciaron para cambiar recursos permanentes por temporales, abaratando así los gastos de personal sin menoscabo de la operatividad. Desafortunadamente, España realizó en el momento de su implantación una tímida apuesta por los reservistas voluntarios para, a la primera dificultad, dejarlos caer. Se ha reflexionado sobre el modelo, pero lo más importante, garantizar el crecimiento y una dotación económica mínima, no acaba de llegar.
Referencias:
Aguirre Scandella, Joaquín (2009), “Presente y futuro de la Reserva Voluntaria en las Fuerzas Armadas españolas”, Ejército, No. 816, pp. 74-82.
Anónimo (1989), The Military Balance 1989, Londres: International Institute for Strategic Studies.
Colom Piella, Guillem (2014), “El desarrollo conceptual de la revolución en los asuntos militares”, Revista Científica General José María Córdova, Vol. 12, No. 14, pp. 19-34.
Echepare Fernández, Bernardo (2009), “Los reservistas voluntarios”, Revista Atenea, No. 12, pp. 42-46.
García Robles, Roberto (2014), La figura del reservista voluntario como potenciador de la Cultura de Defensa, Madrid: Ministerio de Defensa.
Hammond, Philip (2013), Reserves in the Future Force 2020: Valuable and Valued, Londres: Ministerio de Defensa.
Memoria (2008), Memoria de la VIII legislatura (2004-2008), Madrid: Ministerio de Defensa.
Observatorio (2016), Memoria informe 2015. Observatorio de la Vida Militar, Madrid: Ministerio de Defensa.
— (2018), Memoria informe 2017. Observatorio de la Vida Militar, Madrid: Ministerio de Defensa.
Quesada González, José Miguel, José Miguel (2014), El yunque y la espada. De la reserva de masas a los reservistas voluntarios (1912-2012), Madrid: Instituto Universitario General Gutiérrez Mellado (UNED).
Rodríguez Zapatero, José Luis (2013), El dilema. 600 días de vértigo, Barcelona: Planeta.
Teijeiro de la Rosa, Juan Miguel (2016), Dinero y ejércitos en España, Madrid: Ministerio de Defensa.
[1] En particular, los miembros de la OTAN están obligados por el Tratado de Washington y por la propia doctrina de la Alianza a considerar a los reservistas como una capacidad importante para la defensa aliada (NATO Framework Policy On Reserves MC 441/2, 17 de febrero de 2002: https://cior.net/wp-content/uploads/2018/07/4-MC_0441_2_FINAL_ENG_NU.pdf).
[2] Albert Ferrero, Julio (2002), “La movilización militar: talón de Aquiles de la defensa militar española”, ABC, 16 de agosto, p. 50.
[3] El concepto presupuestario es el 12112 “Indemnización reservistas voluntarios”, que está dentro de los programas 121N “Formación del personal de las Fuerzas Armadas” y 122M “Gastos operativos de las Fuerzas Armadas”, para cada Ejército y para los Órganos Centrales. En el programa 121N se cargan las activaciones para formación continuada, mientras que el 122M corresponde a las activaciones para prestar servicio en unidad.
[4] Son datos de 2019. Defence Expenditure of NATO Countries (2012-2019), 25 de junio de 2019: https://www.nato.int/nato_static_fl2014/assets/pdf/pdf_2019_06/20190625_PR2019-069-EN.pdf
[5] “Plus que jamais, nous avons besoin des réservistes pour faire face à la menace terroriste inédite” [traducción del autor]. Discurso de Jean-Yves Le Drian, ministro de Defensa, 10 de marzo de 2016: https://www.reserve-operationnelle.ema.defense.gouv.fr/index.php/docman-ia/generalia/130-discours-du-ministre-aux-assises-de-la-reserve-2016/file
[6] Rapport d’evaluation de la réserve militaire et de la Garde Nationale, éd. 2019: https://garde-nationale.gouv.fr/sites/default/files/2021-04/20201210_NP_SGGN_CAB_RP2019_VF_sign%C3%A9e.pdf. Projet de loi relatif à la programmation militaire pour les années 2019 à 2025 et portant diverses dispositions intéressant la défense, 16 de febrero de 2018: https://www.defense.gouv.fr/portail/enjeux2/la-lpm-2019-2025/les-actualites2/loi-de-programmation-militaire-2019-2025-textes-officiels
Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España). ISSN 2695-8937
