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McMaster: ¿qué hacemos con China?

Global Strategy Report, 29/2020

Resumen: El ascenso de China es, quizá, el proceso geopolítico más relevante de los últimos años. La progresiva disminución de la distancia que separa a China de Estados Unidos, así como la cada vez más enérgica defensa china de sus intereses nacionales específicos ponen en peligro los fundamentos del orden internacional unipolar que hemos conocido desde el final de la Guerra Fría.


La comunidad analítica occidental se enfrenta al reto de comprender mejor los objetivos políticos de los dirigentes chinos, algo para lo que no está demasiado bien preparada. Como, por cierto, ocurrió en tiempos respecto al régimen soviético y sus líderes. Así, Winston Churchill, en un conocido discurso transmitido por la BBC el 1 de Octubre de 1939, se confesó incapaz de pronosticar qué haría Rusia, ya que este país era “un acertijo, envuelto en un misterio, dentro de un enigma”[1]. Cosas parecidas se están diciendo y escribiendo en nuestros días sobre China. Y el motivo puede ser muy similar: conocimiento insuficiente del actual sistema político chino, que se suple abusando de las analogías con otros regímenes (el soviético, en particular) o enfatizando la influencia que sobre él ejerce la tradición cultural china (el “confucianismo”)[2]. Si en el futuro mejora nuestra familiaridad con la lengua, la cultura, la sociedad y el sistema político de la China actual, es probable que los dirigentes chinos y sus mecanismos de poder acaben siendo tan poco misteriosos como lo fueron los de la URSS durante los años de Gorbachev.

En otro plano, el ascenso de China afecta también a la propia configuración del orden internacional. Para académicos realistas, como Mearsheimer, lo más probable es que avancemos hacia la consolidación de un nuevo orden bipolar imperfecto, con Estados Unidos y China como polos principales[3]. Una idea que aceptan políticos como Vladimir Putin, al reconocer explícitamente que China se encuentra en un nivel superior a Rusia y es el único competidor global de la “otra” superpotencia, Estados Unidos[4].

En España el creciente interés por China ha dado lugar a un cierto número de interesantes publicaciones a cargo de algunos de los “sospechosos habituales” en el campo de los estudios estratégicos. Sin pretender ser exhaustivos, al artículo del Coronel Pardo de Santayana, que acabamos de citar, podemos añadir el del Coronel Carlos Frías (noviembre de 2019)[5], en el que el autor sostiene que el ascenso de China implica la evolución del orden internacional hacia un esquema multipolar desequilibrado, intrínsecamente inestable, y en el que también alerta sobre las debilidades internas del gran país asiático. Sin olvidar los recientes trabajos de Josep Baqués[6], que interpreta las recientes acciones chinas (en particular, en torno a las islas Senkaku) como un buen ejemplo de actuación en la “zona gris” con el objetivo de mejorar sus posiciones frente a sus adversarios sin arriesgarse a provocar una guerra (suponiendo que a estas alturas de la historia sea posible definir qué es la guerra).

Con todo, el centro del debate occidental sobre China y su futuro sigue estando en Estados Unidos. Y, dentro de este debate, una contribución de especial interés es la que ha publicado recientemente el General McMaster en The Atlantic[7].

El artículo de McMaster

Herbert R. McMaster[8] es una de las figuras militares norteamericanas más destacadas de su generación. En palabras de Andrés González Martín, “ha demostrado perspectivas innovadoras, (…) espíritu crítico con una visión amplia de las nuevas perspectivas (…) y capacidad para asumir los riesgos necesarios para hacer valer su criterio”[9]. Se retiró del Ejército con la graduación de Teniente General (tres estrellas, tan solo), pero tiene en su CV dos renglones que lo hacen único entre sus compañeros: haber escrito el libro Dereliction of Duty (1998), uno de los mejores análisis de la intervención norteamericana en la guerra de Vietnam, y haber sido durante poco más de un año (febrero de 2017 a marzo de 2018) el Consejero de Seguridad Nacional del Presidente Trump.

McMaster, nacido en 1962, se graduó en West Point en 1984 y durante sus primeros años como oficial conoció la etapa culminante (la “traca final”) de la Guerra Fría. Cuando cayó el muro de Berlín en noviembre de 1989, era capitán y estaba destinado en Alemania. Vivió, pues, muy de cerca el “jour de gloire” norteamericano y, poco después, participaría en la guerra del Golfo de 1991, la primera prueba de fuego del nuevo orden internacional. Desde entonces, como muchos militares de su generación, ha dedicado lo mejor de su talento a ayudar a implantar, gestionar y defender ese nuevo orden, así como el papel rector de Estados Unidos dentro de él. 

McMaster parece sentirse cómodo en el mundo unipolar, pero su actitud hacia él es más realista que idealista. Para McMaster, no es cierto que la unipolaridad regulada por un hegemón benigno (Estados Unidos) sea la única posibilidad (“the only game in town”), ni que la evolución hacia ella sea siempre la tendencia natural de las cosas. El orden unipolar es deseable, sí, pero frágil. Y es así porque en nuestro mundo proliferan los estados “gamberros” y las potencias revisionistas que quieren sacar partido de sus contradicciones y que, si fuera posible, desearían acabar con él. Por eso, el orden unipolar hay que defenderlo.   

Este enfoque lo aplica claramente a China y a su actual liderazgo. Durante años, la actitud norteamericana hacia China ha estado condicionada por la esperanza (o el convencimiento) de que este país estaba condenado a una suerte de cohabitación estratégica con Estados Unidos, aceptando un papel secundario dentro de un sistema internacional controlado desde Washington. Y que, tarde o temprano, el propio régimen chino iría adoptando los estándares liberales democráticos sobre los que está fundado el orden unipolar[10]. McMaster lo explica de esta forma: “Americans, as Hans Morgenthau noted long ago, tend to view the world only in relation to the United States, and to assume that the future course of events depends primarily on U.S. decisions or plans, or on the acceptance by others of our way of thinking. The term for this tendency is strategic narcissism, and it underlies the long-held assumptions I mentioned earlier: about how greater integration of China into the international order would have a liberalizing effect on the country and alter its behavior in the world”.

Pero McMaster no cree que esa evolución benévola de China sea posible. En su opinión, no es lo que quieren los dirigentes chinos ni es tampoco la dirección en la que están conduciendo a su país. Por el contrario:

1) “China’s overall strategy relies on co-option and coercion at home and abroad, as well as on concealing the nature of China’s true intentions. What makes this strategy potent and dangerous is the integrated nature of the party’s efforts across government, industry, academia, and the military”.

2) “The party’s leaders believe they have a narrow window of strategic opportunity to strengthen their rule and revise the international order in their favor”.

Para McMaster, debilidades y fortalezas de cada una de las partes (“ellos”, los chinos, y “nosotros”, los occidentales) son muy parecidas a las que en tiempos presentaban la antigua URSS y, en el otro lado, Estados Unidos y sus aliados. Destacan entre ellas la difusión de tecnologías de doble uso y la cooperación con las autoridades chinas de compañías occidentales con intereses económicos en ese país[11]. Alerta también McMaster del peligro de la “propaganda y desinformación” chinas, en términos similares a los que hasta hace tres décadas se hablaba de las acciones soviéticas de agit-prop o de maskirovka estratégca. Por último, la forma en que McMaster describe la política china de utilizar la ayuda económica a estados frágiles para conseguir su subordinación política es similar a la que se utilizó para describir la política soviética hacia los países en vías de desarrollo, en particular durante los años sesenta y setenta del siglo XX.

Vemos, pues, que en opinión de McMaster, China es una potencia hostil a Estados Unidos, una potencia revisionista que pretende destruir el orden unipolar de las tres últimas décadas. Una fuente de amenaza, pues. Una amenaza que, en cualquier caso, hay que conjugar en tiempo presente, más que futuro, porque el actual liderazgo chino cree ver en estos momentos una ventana de oportunidad, que podría no volver a abrirse.                                                               

En esencia, se trata de una valoración bastante similar a las que hace pocas décadas se hacían sobre la Unión Soviética. Y la respuesta que preconiza McMaster (pg. 74 de su artículo) está en línea con las fórmulas que en los años ochenta condujeron a la victoria final de Estados Unidos y de Occidente. La China actual y la URSS del pasado pueden ser muy distintos como países, como economías y como sistemas políticos, pero McMaster tiende a equipararlos como manifestaciones temporales de una “amenaza” esencialmente intemporal. Se trata de “ellos” frente a “nosotros” y McMaster parece más interesado en la contención (si es posible, la derrota) del otro lado que en su mejor comprensión.

Durante su breve ejecutoria como Consejero de Seguridad Nacional, McMaster se mostró partidario de que Estados Unidos plantara cara a países como Rusia, Irán o Corea del Norte, percibidos como riesgos para el orden unipolar. Es lo que ahora hace con respecto a China. En cierto modo, su solución consistía, y consiste, en volver al “paraíso perdido” de la guerra fría, en reavivar el enfrentamiento con el “imperio del mal” (o los imperios del mal), cuidando siempre de no sobrepasar ciertos límites, de no poner en riesgo la propia supervivencia. Y es una opción que, a primera vista, parece muy lógica. Funcionó en tiempos y, ¿por qué no iba a funcionar también en las nuevas circunstancias? 

El debate actual: acuerdos y desacuerdos con McMaster

McMaster no está solo en su forma de enfocar el ascenso de China y su impacto sobre el actual orden internacional. Entre nosotros, el coronel Ruiz Arévalo interpretaba recientemente las posibles repercusiones de la actual pandemia sobre la posición internacional de China en forma no muy distinta a la del general norteamericano. En su valoración, el actual Presidente chino Xi Jinping ha vuelto al estilo de liderazgo del “comunismo clásico”. El mandato de Xi, según puede esperarse de su “perfil comunista altamente ideologizado”, se ha caracterizado por una “política exterior agresiva”, así como por “políticas represivas hacia las minorías y los disidentes”.  Crecientes problemas económicos provocados, en particular, por el agotamiento del actual modelo de crecimiento económico y por el envejecimiento de la población, pueden “conducir a una pérdida de apoyo popular al PCCh”[12]. En resumen, algo no muy distinto de lo que vivió la URSS durante su últimas décadas y que condujo a la implosión del país y a la desaparición del orden bipolar, del que era uno de los fundamentos.

Otros, en cambio, prefieren subrayar las importantes diferencias entre la China actual y la Unión Soviética, entre las debilidades y fortalezas de cada uno de estos países. En esta línea, Robert Gates[13], Secretario de Defensa con Bush y con Obama, explicaba en 2014: “Beijing learned from the Soviet experience (…) and has no intention of matching us ship for ship, tank for tank, missile for missile, and thereby draining China financially in a no-holds-barred arms race with the United States. (…) All in all, this is a relationship that will require careful and skilled long-term management by leaders on both sides if we are to sustain our partnership in some areas (for example, economic) and keep competition in other areas from becoming adversarial”[14].

 

¿Qué es lo que falla?

El enfoque de McMaster es, a primera vista, razonable. Cuando nos enfrentamos a un problema difícilmente resoluble, una posible salida consiste en reconducirlo hacia una situación que sí sepamos resolver. Es lo que nos enseñaban a hacer en secundaria para resolver ecuaciones. La España de principios del siglo XX era incapaz de controlar la insurgencia rifeña dirigida por Abd-el-Krim, pero no tuvo demasiados problemas para derrotar a la “República del Rif”, el estado fundado después de Annual, y cuyo potencial militar era muy inferior al español. De forma parecida, puede tener sentido reconducir la situación actual hacia un esquema de enfrentamiento “modelo Guerra Fría”, es decir, hacia un tipo de problema con el que Occidente se ha enfrentado con notable éxito en el pasado.

El problema es que esta “reconducción” está basada en no tomar en consideración las características propias de la China actual, así como las profundas diferencias que existen entre este país (y su régimen) y los soviéticos de hace unas décadas. En particular:

1) Aunque es innegable que la cultura y la técnica occidentales han tenido una influencia notable sobre la China actual, esta influencia ha actuado sobre la base de una cultura milenaria, plenamente formada, y que posee valores y claves de funcionamiento diferentes de los nuestros. Esto no ocurría en la URSS, que heredó de la Rusia prerrevolucionaria una cultura europea (periférica, pero innegablemente europea). A la China actual hay que estudiarla y valorarla en sus propios términos, dentro de su propio sistema de referencias.                                                               

2) El grado de interdependencia. En un mundo débilmente globalizado, la economía soviética y la occidental eran básicamente independientes entre sí. La economía china, sin embargo, está muy integrada en la economía global de nuestros días[15]. Según el enfoque postmoderno, la dependencia mutua limita mucho la hostilidad que unos países pueden ejercer respecto a otros, ya que, al perjudicar a sus adversarios, se perjudican a sí mismos[16]

3) El escaso interés por hacer proselitismo que ha mostrado hasta ahora China, a diferencia de la actitud muy proselitista de la URSS de hace unas décadas. Por el momento, China no busca crear regímenes similares al suyo, sino, más bien, limitar y (si es posible) eliminar la dependencia estratégica de los países menores con respecto a Estados Unidos y sus aliados. Es algo que puede cambiar en el futuro, pero que por el momento sigue siendo así.

El Capitán de Fragata Conte de los Ríos terminaba su reciente artículo, al que ya nos hemos referido, con una frase de Jed Babbin que podría servirnos también para cerrar este texto: “We Americans are great talkers but are often not great listeners. And what we do hear, we often mistake, because we tend to see our adversaries as people of the same mind as ourselves”[17].


[1]     “I cannot forecast to you the action of Russia. It is a riddle, wrapped in a mystery, inside an enigma; but perhaps there is a key. That key is Russian national interest.” The Russian Enigma. BBC Broadcast, 1 October 1939. http://churchill-society-london.org.uk/RusnEnig.html (acceso: 19.05.2020).

[2]     Véase, por ejemplo, PARDO DE SANTAYANA, José (2019). Confucianismo-leninismo en China. Bie3: Boletín IEEE, Nº 13. Pgs. 85-98.

[3]     PALACIOS, José-Miguel (2019). Lo último de Mearsheimer. Global Strategy, 10 Junio 2019. https://global-strategy.org/lo-ultimo-de-mearsheimer/ (acceso: 23.05.2019).

[4]     PALACIOS, José-Miguel (2019). Putin y Mearsheimer.  Global Strategy, 24 Junio 2019. https://global-strategy.org/putin-y-mearsheimer/ (acceso: 23.05.2019).

[5]     FRÍAS SÁNCHEZ, Carlos Javier (2019). China, ¿un gigante con los pies de barro? IEES Documento Opinión 108/2019 (25 Noviembre 2019). http://www.ieee.es/Galerias/fichero/docs_opinion/2019/DIEEEO108_2019CARFRI_China.pdf  (leído: 29.04.2020).

[6]     BAQUÉS, Josep (2020). China: ni norte, ni sur; ni pacifista, ni belicista; ni roja, ni azul. Global Strategy, Estudios Globales, 18 Mayo 2020. https://global-strategy.org/china-ni-norte-ni-sur-ni-pacifista-ni-belicista-ni-roja-ni-azul/  (acceso: 20.05.2020).

[7]     McMASTER, H.R. (2020). What China Wants. The Atlantic 5/2020: 68-74. Versión web en https://www.theatlantic.com/magazine/archive/2020/05/mcmaster-china-strategy/609088/ (acceso: 15 Mayo 2020).

[8]     Para una biografía de McMaster, véase https://en.wikipedia.org/wiki/H._R._McMaster.

[9]     GONZÁLEZ MARTÍN, Andrés (2017). Un General Iconoclasta, Herbert Raymond McMaster, nuevo Consejero de Seguridad Nacional. Documento Análisis IEEE 17/2017. Pg. 19. http://www.ieee.es/Galerias/fichero/docs_analisis/2017/DIEEEA17-2017_McMaster_AGM.pdf (acceso: 26.11.2019).

[10]   Según la formulación original de Fukuyama, el “fin de la historia”  debía entenderse como “the end point of mankind’s ideological evolution and the universalization of Western liberal democracy as the final form of human government”. Véase FUKUYAMA, Francis (1989). The End of History? The National Interest (Summer issue). Pp. 3-18.

[11]   Durante la Guerra Fría existió el COCOM, un sistema ideado para impedir la exportación a la URSS o a sus aliados de tecnologías occidentales susceptibles de tener uso militar.

[12]   RUIZ ARÉVALO, Javier María (2020). El liderazgo chino tras el Covid-19: ¿sueño o realidad? Global Strategy Report 24/2020. https://global-strategy.org/el-liderazgo-chino-tras-el-covid-19-sueno-o-realidad/ (acceso: 20.05.2020).

[13]   Robert Gates fue Director de la CIA, donde había desarrollado previamente su carrera como analista de inteligencia. Curiosamente, su tesis doctoral (Soviet Sinology: An Untapped Source for Kremlin Views and Disputes Relating to Contemporary Events in China), defendida en la Universidad de Georgetown en 1974, trataba sobre la forma en que el régimen chino era percibido dentro de la URSS.

[14]   GATES, Robert (2014). Duty. Random House. Edición Kindle. Pos. 9447-53.

[15]   Es, en particular, uno de los argumentos que utiliza el Capitán de Fraga Conte de los Ríos en un excelente artículo en el que se dedica una atención especial a la dimensión naval del problema. Ver CONTE DE LOS RÍOS, Augusto (2020). China vs Estados Unidos, la Guerra Fría 4.0. Global Stratey, Estudios Globales, 24 Mayo 2020. https://global-strategy.org/china-vs-estados-unidos-la-guerra-fria-4-0/  (acceso: 25.05.2020).

[16]   “Security is based  on transparency, mutual openness, interdependence and mutual vulnerability”. Ver COOPER, Robert (2000). The post-modern state and the world order. Demos. Pg. 22. Por supuesto, estamos aquí suponiendo que el paradigma postmoderno sigue siendo válido, algo que puede no ser cierto.

[17]   BABBIN, Jed (2007). In the Words of our Enemies. Washington DC, Regnery Publishing. Pg. 2.


Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España). ISSN 2695-8937

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José-Miguel Palacios

José Miguel Palacios es Coronel de Infantería y Doctor en Ciencias Políticas, España

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