Global Strategy Report, 6/2026
Resumen: El presente estudio analiza la evolución del entorno de seguridad internacional y su impacto sobre la Unión Europea, poniendo de relieve la creciente complejidad, incertidumbre y competencia estratégica que caracterizan el sistema internacional contemporáneo. A partir de un enfoque estructurado en tres niveles de análisis -certezas, incógnitas y factores desconocidos-, se examinan, en primer lugar, las principales tendencias que configuran el orden global, destacando su carácter desequilibrado, descentrado y desideologizado.
En segundo término, el trabajo identifica los principales desafíos a los que se enfrenta la Unión Europea en materia de seguridad y defensa, agrupados en amenazas tradicionales, amenazas híbridas y limitaciones en el desarrollo de capacidades. Este análisis se completa con la consideración de algunos factores internos que condicionan de manera significativa su capacidad de respuesta.
Finalmente, el estudio propone una serie de pilares estratégicos sobre los que debería sustentarse un modelo europeo de seguridad y defensa más eficaz, basado en la disuasión, la gestión de crisis y la cooperación. La principal conclusión apunta a la necesidad de transformar el potencial de la Unión en capacidad estratégica real, superando sus actuales limitaciones estructurales para consolidarse como actor relevante en el sistema internacional.
Para citar como referencia: De Miguel Sebastián, Jesús (2026), “La seguridad y la defensa en la Unión Europea”, Global Strategy Report, 6/2026.
Introducción
En los últimos años se ha abierto el debate, cada vez con mayor intensidad, sobre la necesidad de acometer una profunda revisión del modelo de la Defensa de Europa. Si bien la invasión de Ucrania por Rusia podría considerarse como el punto de inflexión, acontecimientos posteriores han evidenciado la exigencia para la Unión Europea de contar con una mayor autonomía para su seguridad y defensa, entre los que se podrían citar las tensiones entre los aliados en el seno de la OTAN, evidenciadas en la última cumbre y agravadas por las pretensiones estadounidenses sobre Groenlandia y el reciento conflicto armado en Irán, con importantes repercusiones para la Unión Europea.
Esta encrucijada ante la que nos encontramos los europeos es lo que me lleva a acometer este estudio con el que pretendo contribuir a la reflexión sosegada y documentada sobre las políticas en materia de seguridad y defensa en la Unión Europea. Comienzo con el análisis del contexto internacional, así como de las principales fortalezas y debilidades de la UE, para continuar con el examen de los principales desafíos a los que nos enfrentamos los europeos en materia de seguridad y defensa, para terminar con la determinación de los pilares estratégicos en los que se debería sustentar las políticas de seguridad y defensa de la Unión. Teniendo en cuenta el marcado carácter analítico del trabajo, su estudio se realizará atendiendo a los tres niveles típicos del análisis de inteligencia: certezas, incógnitas y factores desconocidos, los cuales se corresponden con las limitaciones del analista, reflejadas en las expresiones: “sé lo que sé”, “sé lo que no sé” y “no sé lo que no sé”, respectivamente. El primero de ellos se articula en torno a la información comprobada o suficientemente ratificada que permite, a partir de ella, formular hechos, mientras que en los otros dos niveles de análisis los resultados quedan limitados al establecimiento de deducciones.
Dicho esto, y como corolario a estas primeras consideraciones, se podría elevar a la categoría de evidencia la limitada influencia europea en el campo de la seguridad de la Unión Europea, así como su preocupante limitación de su autonomía defensiva frente a las múltiples amenazas híbridas a las que nos enfrentamos los países del Continente.
La invasión de Rusia a Ucrania evidenció una vez más la debilidad de la Unión para la gestión de crisis, incluso cuándo éstas tienen lugar en el propio espacio europeo. La falta de visión estratégica y la debilidad en el liderazgo global de la Unión se ha repetido en otros conflictos armados, a pesar de sus repercusiones directas para la UE, como fue el caso de la guerra en Siria, la ocupación de la Franja de Gaza por Israel y, de manera muy particular, en el caso del conflicto armado abierto por los ataques a Irán, con la supuesta intención de derrocar el régimen de los ayatolás.
Se podría afirmar que el posicionamiento de la Unión en el nuevo orden mundial representa en sí mismo una preocupante debilidad, pero el hecho de no contar con un modelo efectivo de defensa supone, además una grave vulnerabilidad. Además de la invasión de Rusia a Ucrania y las violaciones puntuales del espacio aéreo de la Unión por ese país, el régimen de Putin recurre con frecuencia al recurso de las amenazas híbridas contra los países europeos con la finalidad de causar la mayor desestabilización posible. Si bien la defensa de la Unión Europea está garantizada por la pertenencia de la mayoría de sus países miembros a la OTAN -vínculo atlántico-, la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos está abriendo la necesidad de una mayor autonomía estratégica y fortaleza defensiva de la Unión, pero tras cumplirse el primer mes tras los ataques contra Irán la brecha entre los aliados a ambos lados del Atlántico se ha visto peligrosamente agrandada. En este sentido cabría preguntarse qué consecuencias tendría un hipotético abandono de la OTAN por parte de Estados Unidos y, en su caso, cómo se articularía la defensa europea cuando ese país aporta más de la mitad del presupuesto de esta organización.
Si lo anterior bien pudiera ser considerado una certeza irrefutable, atendiendo a los otros dos niveles de conocimiento citados, los que tienen que ver con las deducciones, se podría establecer como una hipótesis que la Política Exterior y Seguridad Común (PESC) coloca a la UE en una posición más próxima a lo que podríamos definir como una potencia bisagra en el nuevo orden mundial que a la que le corresponde a una potencia global, como así pareciera intuirse de su vocación fundacional tras la firma del Tratado Maastricht, es más, la PESC era uno de los cuatro pilares del acuerdo fundacional de la Unión Europea.[1] Si lo anterior es ya de por sí frustrante en la construcción de una Europa con mayor poder e influencia, al adentrarnos en el campo difuso de los factores desconocidos o incertidumbres estructurales se podría incluso predecir la intención de debilitar a la UE por parte de otras potencias. Este propósito podría ser fácilmente constatable si nos referimos al caso de la Rusia de Putin, adversario declarado de las democracias occidentales y en particular de la Unión, pero que pasaría si el supuesto propósito de socavar la cohesión europea tuviera su origen en el que ha sido su principal aliado desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial. Es evidente que esta afirmación es en sí misma un factor de gran incertidumbre, pero no es menos cierto que desde el inicio del segundo mandato del presindete Trump existen indicios suficientes para, al menos, considerar esta opción.
El ejemplo más reciente de este alarmante deterioro en la relación entre Washington y Bruselas es el conflicto armado que Estados Unidos, junto a Israel, han abierto en Irán, para el que la administración estadounidense no contó en su origen con la aquiescencia de sus aliados europeos, ni siquiera con el Reino Unido. Las consecuencias para la Unión Europea están siendo muy preocupantes, y no solamente en los ámbitos comerciales y económicos, sino para su propia seguridad. Más allá del incierto objetivo político estadounidense en la guerra de Irán, su influencia en la ocupación rusa de Ucrania es más que evidente, así en las últimas semanas se ha producido el levantamiento del embargo del petróleo ruso, lo que le aporta un importante respiro a su maltrecha economía tras cuatro años de guerra, y lo que ha facilitado el incremento de sus acciones ofensivas sobre el territorio ucraniano, incluida su capital Kiev. En este peligroso escenario, en el que Rusia ha alcanzado una notable ventaja estratégica por mor del conflicto en el territorio persa y, más preocupante si cabe, por el hecho de que Estados Unidos esté cuestionando su permanencia en la OTAN y manifestando abiertamente el desdén hacia sus aliados tradicionales europeos. Así el problema rebasa el ámbito de la seguridad europea para afectar directamente a su propia defensa de la Unión, estimando como consecuencia inmediata y urgente de este escenario descrito la necesidad urgente de acometer una profunda revisión de la Política Común de Seguridad y Defensa (PCSD).
Centrándonos en el conflicto de Irán, una de las oportunidades que ha abierto esta guerra es que nos permite entender el nuevo orden mundial desde la perspectiva de un cambio sistémico de considerable amplitud. El sistema internacional atraviesa una fase de transformación profunda cuyas principales señas de identidad se identifican con la erosión del orden liberal surgido tras la Guerra Fría, con la creciente competencia entre las grandes potencias, y con la proliferación de amenazas híbridas que difuminan las fronteras tradicionales entre paz y conflicto. En este contexto, la guerra en Irán podría ser entendida como un catalizador de algunas de las tendencias que configuran el referido sistema como son el debilitamiento de la gobernanza global y la relativización normativa, dando lugar a la consolidación de un entorno internacional más volátil e imprevisible.
En este contexto, Bruselas se enfrenta a una limitada capacidad para actuar como actor estratégico en materia de seguridad y defensa, a pesar de haber consolidado uno de los proyectos políticos más ambiciosos de la historia contemporánea. Esta afirmación supone, en sí misma, una paradoja estratégica, refrendada por el hecho de que más de tres décadas después de haber sido refrendada la PESC, y a pesar de que ésta representaba la decidida voluntad de los Estados miembros de dotar a la Unión de una mayor capacidad de actuación en el ámbito internacional, se manifiesta, la insuficiente autonomía estratégica derivada tanto de la propia naturaleza institucional de la Unión, como de la persistencia de intereses nacionales divergentes.
El contexto de la seguridad internacional y su impacto en la Unión Europea
Este nuevo contexto estratégico de importantes repercusiones para Europa podría interpretarse como el que se corresponde con una transición hacia un sistema internacional definido por tres rasgos principales de los que el primero es el desequilibrio del poder, en segundo término, la preeminencia de intereses geoestratégicos sobre las agendas globales y en tercer lugar que en este nuevo orden no hay lugar para las ideologías.
- Orden desequilibrado. El sistema internacional actual se caracteriza por una creciente asimetría en la distribución del poder, generando una mayor competencia estratégica y más volatilidad geopolítica. Este desequilibrio se manifiesta por los rasgos que se citan a continuación.[2]
- Multipolaridad imperfecta. Un orden mundial en el que se identifican unas potencias globales, entre las que se podrían identificar a China, Estados Unidos y Rusia junto a una serie de potencias medias desestabilizadoras y otras que actúan como bisagra, entendiendo por tales aquellos países que tratan de optimizar su posición en un entorno en el que existe una notable dispersión del poder.
- Ascenso de potencias revisionistas. Se podría considerar que las tres potencias globales arriba citadas aspiran a modificar su statu quo, a las que cabría añadir otras de ámbito regional como sería el caso de Arabia Saudí, Corea del Norte, Irán, Marruecos, Turquía, entre otras. En todas ellas se manifiestan diferentes dinámicas y capacidades.
- Debilitamiento del liderazgo estadounidense. Tras la caída del Muro de Berlín y posterior desmembramiento de la Unión Soviética, Estados Unidos quedó como potencia hegemónica en el orden surgido tras la Guerra Fría. Pronto surgieron a su alrededor una serie de potencias que, sin poder equipararse a ella, proporcionaban una cierta dimensión multipolar al sistema, lo que Huntington denominaría el “orden uni-multipolar”. El exponencial crecimiento económico y tecnológico de China, unido al disfuncional liderazgo de algunos de los últimos presidentes norteamericanos ha ido mermando la influencia de este país en el sistema internacional.
- Orientación descentrada. La distribución del poder internacional ya no se organiza en torno a un único centro de gravedad, prevaleciendo incluso los intereses regionales de las potencias en detrimento de las agendas globales. Este carácter descentrado del sistema da lugar a un orden más fragmentado e incierto que se caracteriza por los siguientes indicadores:
- Proliferación de actores estatales y no estatales. A los Estados, otrora únicos actores del sistema internacional se han ido incorporando otros como son las organizaciones internacionales, incluidas las no gubernamentales (ONG,s) y las corporaciones empresariales. Al referirnos a la seguridad conviene considerar otros elementos cuya influencia añade una mayor complejidad al sistema, entre ellos se podrían citar a las grandes empresas tecnológicas, a algunos actores híbridos relacionados con las redes sociales y las ciberamenazas, así como a los grupos armados no estatales, desde las compañías militares de seguridad privadas hasta las bandas criminales.
- Regionalización de la seguridad. El sistema internacional muestra una tendencia creciente hacia la regionalización de la seguridad, en la que los conflictos, dinámicas de poder y arquitecturas de seguridad adquieren una lógica predominantemente regional. Escenarios como Europa del Este, el Indo-Pacífico o el Sahel evidencian cómo los equilibrios de poder se configuran en espacios geopolíticos concretos, con dinámicas propias y, en ocasiones, desconectadas de una gobernanza global efectiva. Estos escenarios son frecuentemente generadores de conflictos, los cuales, a pesar de su dimensión local o regional, sus efectos tienen repercusiones globales.
- Aparición de múltiples polos de influencia. Estos nodos materializan la dispersión del poder en el sistema internacional, en el que los diferentes actores ejercen su liderazgo en todos o algunos ámbitos específicos de la geopolítica, la economía, la tecnología o la energía, por ejemplo. Este fenómeno configura un entorno de competencia multidimensional en el que el poder y la influencia se ejercen de manera fragmentada, lo que al fin y a la postre obliga a que la seguridad sea abordada con una visión más cosmopolita.
- Carácter desideologizado. A diferencia del sistema bipolar de la Guerra Fría, la competición internacional actual no se estructura principalmente en torno a grandes bloques ideológicos, con unas alianzas más volátiles y pragmáticas, lo que se traduce a una mayor competencia en el sistema, en detrimento de la cooperación.
- Rivalidades geopolíticas. Estos antagonismos han sustituido en gran medida a las confrontaciones ideológicas como eje vertebrador de la competencia internacional. Los Estados priorizan la defensa de sus intereses estratégicos por encima de la adhesión a modelos políticos o doctrinales. Esta lógica pragmática favorece la formación de alianzas coyunturales, pero dificulta la consolidación de bloques estables.
- Intereses estratégicos. La maximización del poder, la protección y, en su caso, el control de los recursos críticos, así como la priorización de las políticas internas guían en gran medida la acción exterior de los Estados y si nos referimos a las principales potencias, incluso cuando ello implica contradecir compromisos previos o marcos multilaterales. Esta primacía del interés nacional dificulta la construcción de políticas consensuadas, lo que redunda en una mayor dificultad de alcanzar la necesaria cohesión en asuntos trascendentales como es la seguridad.
- Competición tecnológica y económica. El control de tecnologías emergentes, las cadenas de suministro críticas y los recursos energéticos se han convertido en instrumentos de influencia estratégica, capaces de generar dependencias y vulnerabilidades. Como en el caso de la rivalidad geopolítica y los intereses estratégicos, la competencia en los campos tecnológicos y económicos adquiere un marcado carácter pragmático que tampoco responde a ninguna ideología, como en épocas pasadas.
En los párrafos anteriores se ha tratado de describir el contexto internacional para, a continuación, hacer una breve valoración sobre la incidencia de estos cambios en la arquitectura del poder mundial sobre la Unión Europea. En primer lugar, es preciso tomar conciencia que el carácter desequilibrado del sistema internacional se traduce en una creciente dificultad para desenvolverse en un entorno marcado por la competencia entre grandes potencias, el ascenso de actores revisionistas y el debilitamiento del liderazgo estadounidense, lo que incrementa la vulnerabilidad estratégica de la Unión, a la vez que se refuerza su dependencia en materia de seguridad y defensa y limita su capacidad para influir de manera decisiva en la configuración del orden internacional.
En segundo término, el entorno descentrado descrito se traduce para la UE en un incremento de su exposición a riesgos de origen y naturaleza variables en un sistema de complejo y muy fragmentado, que tensiona el tradicional modelo europeo de actuación basado en normas, al tiempo que se ve obligada a dotarse de capacidades que le confieran una mayor autonomía en la gestión de crisis y consolidarse como actor de referencia en el sistema mundial. Tercero, se debe tomar en consideración el hecho de que el entorno desideologizado que caracteriza el orden mundial de nuestros días introduce mayor presión estructural en la Unión Europea al tener que armonizar su identidad normativa y de valores con una realidad internacional regida por lógicas y discursos pragmáticos, lo que limita su capacidad de liderazgo global, dificulta la construcción de consensos internos por las divergencias estratégicas entre los Estados miembros y, que pese a su notable potencial económico, su autonomía y capacidad de actuación también se ve condicionada por las dependencias críticas en ámbitos clave como el energético, por ejemplo.
En síntesis, y antes de pasar a la siguiente parte de este estudio se podría colegir que, en lo que respecta a la seguridad y la defensa, los Estados europeos tienen que consolidar un sistema propio eficiente y efectivo que le aporte la necesaria fortaleza para enfrentar de manera autónoma las amenazas híbridas, características en la seguridad internacional de nuestros días, así como los retos defensivos a los que cada vez con mayor frecuencia e intensidad afectan a nuestro proyecto europeo.
Desafíos para la Unión Europea en materia de seguridad y defensa[3]
En el análisis de los desafíos en materia de seguridad y defensa de la Unión Europea se precisa tener en cuenta una serie de factores internos, de naturaleza política, institucional y económica, que condicionan de manera decisiva tanto la definición de amenazas como la capacidad de respuesta de la Unión, ya que si nos limitáramos a la mera perspectiva externa el marco estructural quedaría limitado y distorsionaría, en consecuencia, las opciones estratégicas.
En el plano institucional es el propio modelo de gobernanza intergubernamental el principal factor diferenciador respecto a otros actores del sistema. Ciñéndonos al ámbito de la seguridad y defensa es el propio diseño de la Unión Europea el que introduce importantes limitaciones, en particular en lo que se refiere a los procesos de toma de decisiones que, al estar basados en amplios consensos, son los que generan una de las mayores vulnerabilidades en este ámbito, al ralentizar la capacidad de reacción ante crisis que requieren respuestas ágiles. Por otra parte, hay que hacer notar el desequilibrio en el desarrollo de capacidades civiles y militares, lo que causa una notable debilidad en la articulación cívico-militar. La UE ha tenido notables avances en lo que se refiere a las capacidades civiles (misiones de paz, gestión de crisis), pero carece aún de mecanismos plenamente integrados con capacidades militares robustas, como consecuencia, como ya he mencionado, del hecho de que el pilar defensivo de la UE ha sido y sigue siendo la OTAN. Otro factor en el campo institucional es el vacío estructural entre los niveles político y militar, motivado por la inexistencia de una estructura permanente de mandos estratégicos, lo que incide en la falta de convergencia entre ambos niveles
Por último, en el ámbito económico, la seguridad y la defensa europeas se ven condicionadas por tres factores estructurales, siendo el primero de ellos la heterogeneidad en el gasto en defensa, existiendo grandes diferencias entre Estados miembros en inversión y capacidades, lo que condiciona la interoperabilidad y la planificación conjunta. El segundo hace referencia a la dependencia tecnológica externa, siendo un hecho que la Unión sigue dependiendo en gran medida de EE.UU. en tecnologías clave de defensa (sensores, sistemas de mando y control, ciberseguridad, etc.), lo que compromete su autonomía estratégica. Y, en tercer término, aunque no menos importante que los anteriores la fragmentación industrial que existe en el seno de la UE limita el desarrollo de capacidades autónomas y refuerza la citada dependencia de proveedores externos, comprometiendo así la aspiración de una mayor autonomía estratégica.
En su conjunto, estas tres disfunciones internas además de condicionar las políticas de seguridad y defensa limitan la efectividad de la Unión Europea para enfrentar los desafíos a los que se enfrentan en estos campos, evidenciando en gran medida las dificultades de la Unión para consolidarse como actor estratégico en el sistema internacional con el requerido y deseado grado de autonomía.
Asumidos estos condicionantes internos que afectan a la construcción de las políticas de seguridad y defensa de la Unión, pasaremos a analizar los desafíos que pueden afectar este importante proyecto común europeo. Es un hecho innegable que Europa se desenvuelve en un entorno estratégico cada vez más competitivo y, simultáneamente, menos regulado y más expuesto a la aplicación de instrumentos coercitivos por parte de otras potencias. En este contexto, la seguridad europea ya no puede entenderse únicamente como una cuestión de prevención diplomática o de gestión de crisis periféricas, sino como una exigencia estructural vinculada a la preservación del propio proyecto político europeo, a la protección de sus ciudadanos y a la defensa de sus intereses estratégicos. Al objeto de facilitar la comprensión de este estudio, agruparemos los desafíos en tres grandes grupos, los dos primeros relacionados con las amenazas convencionales y las híbridas, respectivamente, y un tercero derivado de las propias debilidades del actual modelo defensivo de la UE.
- Desafíos asociados a las amenazas tradicionales. En este primer grupo se incluyen una serie de situaciones y fenómenos que constituyen la manifestación de la competencia por el poder característica del realismo clásico. Durante años, la seguridad y defensa de la Unión Europea se ha desarrollado en el marco de unas alianzas sólidas en un entorno de seguridad relativamente favorable en el que han prevalecido los conflictos de baja intensidad y cuya defensa se ha visto garantizada por la OTAN. Sin embargo, la guerra en Ucrania ha demostrado que los conflictos convencionales siguen siendo una realidad en el espacio europeo y que el recurso al empleo de la fuerza continúa siendo un instrumento central de la política internacional.
Así pues, lo que se identifica como amenazas tradicionales pueden considerarse de nuevo como los grandes desafíos a los que se enfrentan nuestra sociedad occidental, y Europa en particular, siendo particularmente relevantes las guerras entre Estados y la amenaza nuclear. Parecía impensable hace tan solo unos años que se pudiera desencadenar este tipo de conflictos armados en Europa, sin embargo, la invasión de Rusia a Ucrania ha vuelto a poner de manifiesto la necesidad de contar con las capacidades militares que permitan articular una defensa creíble y eficiente en el espacio europeo, en particular en la frontera oriental de la UE frente a la amenaza militar convencional de Rusia.
Si nos referimos a las armas de destrucción masiva (WMD, por sus siglas en inglés), en particular en lo que se refiere a la posibilidad de empleo del arma nuclear, no se puede dejar de lado que Rusia posee el mayor arsenal de cabezas nucleares, evaluado en unas 7.000 cabezas, frente a las 5.000 que posee Estados Unidos, estimándose que ambas potencias tienen unas 1.800 armas nucleares desplegadas, en condiciones de ser empleadas de manera más o menos inmediata. Además de estas ya de por sí inquietantes cifras, se deben incluir las correspondientes a los países europeos pertenecientes a este “club nuclear”, Francia y Reino Unido, contando con otras 290 y 225 cabezas nucleares, respectivamente, de las que el 50% se mantienen desplegadas un 50%. Las otras potencias nucleares (China, Israel, India, Paquistán y Corea del Norte) si bien son un factor de desestabilización de la seguridad internacional, no suponen en sí mismo una amenaza directa para la Unión la Europea. Mención aparte merece China, por su condición de potencia global, que en los últimos cuatro años ha duplicado el número de sus cabezas nucleares, pasando de las 200 a las 500 en 2024, previendo superar la cifra de 1.000 ojivas al final de la década.
Así pues, la convergencia de las guerras interestatales y la amenaza nuclear, abren de nuevo conceptos propios del realismo como la disuasión o el dilema defensivo, los que la defensa de la Unión Europea no puede dejar al margen. Por otra parte, y a la vista de los datos aportados, cabría abrir una preocupante cuestión sobre la viabilidad de concebir una defensa de Europa sin Estados Unidos, lo que es sin duda cuando menos poco realista en el corto y medio plazo.
Además de estas dos claras amenazas tradicionales, deben de ser tenidas en cuenta otros riesgos vinculados a otras regiones geopolíticas. El primero de ellos es el terrorismo internacional que, aún habiendo perdido cierta centralidad en el contexto de la seguridad internacional, sigue constituyendo un peligro persistente. En particular el terrorismo yihadista sigue manteniendo una clara potencialidad de ataques en suelo europeo o contra sus intereses en otras regiones, siendo, además, un fenómeno desestabilizador de la seguridad internacional. Otro importante riesgo que condiciona la seguridad y defensa europea es el que tiene su origen en la inestabilidad proyectada desde el arco que configuran las regiones del Magreb y Sahel, Oriente Próximo y el Cáucaso, espacios geográficos asociados a fenómenos violentos que erosionan la seguridad regional con efectos colaterales para la seguridad europea.
Así pues, desde esta visión de las amenazas tradicionales, la defensa de la UE debe de incluir un esfuerzo equilibrado entre la disuasión creíble y una defensa avanzada para hacer frente a los desafíos de su flanco oriental, así como de las capacidades de respuesta frente a las crisis que amenacen, o puedan hacerlo, a la estabilidad de su frontera sur, un entorno en el que confluyen conflictos armados, fragilidad estatal, redes criminales, terrorismo, presión migratoria y rivalidades entre potencias regionales y globales. Estos desafíos deben de ser abordados por Bruselas bajo una doble exigencia, por un lado, será preciso reforzar su capacidad de disuasión y de apoyo sostenido a los países más expuestos en las fronteras Este y Sur; y por otro, tendrá que disponer de los medios y procedimientos que le permitan responder a situaciones en las que las amenazas no se limitan a un conflicto abierto, sino que tienen una marcada dimensión híbrida, incluyendo todo tipo de coerciones como la presión fronteriza, la instrumentalización de la energía, del comercio o de los flujos migratorios, y las campañas de intimidación política.
- Desafíos relacionados con las amenazas híbridas. En este segundo grupo se incluyen una serie de fenómenos y situaciones cuyo origen representa un conjunto de amenazas difusas, siendo precisamente las sociedades abiertas su objetivo más rentable y para las que el desarrollo tecnológico actúa como el principal multiplicador de sus efectos. La Unión Europea se enfrenta a actores estatales y no estatales capaces de explotar vulnerabilidades políticas, tecnológicas, sociales y cognitivas sin necesidad de recurrir a un enfrentamiento militar directo. Ciberataques, campañas de desinformación, sabotajes, injerencias sobre procesos democráticos, instrumentalización de minorías o presión sobre infraestructuras críticas forman parte de una lógica de confrontación que busca erosionar la cohesión interna de las sociedades europeas y debilitar su capacidad de respuesta.
Estas amenazas híbridas deben de ser entendidas como una combinación de medios militares, económicos, tecnológicos e informativos para socavar la cohesión interna de los Estados y de sus sociedades. Las cuales pueden ser consideradas el paradigma de los conflictos de zona gris, entendiendo por ello como una suerte de paz sin seguridad. Dos de sus principales manifestaciones son el ciberespacio y la desinformación.
- El ciberespacio es una nueva dimensión del conflicto, junto a los espacios terrestres, marítimos, aéreos y espaciales. Sus manifestaciones van más allá de la manipulación de información o el espionaje industrial, incluyendo las agresiones físicas como es el caso de los ataques a infraestructuras críticas. La mayoría de los ciberataques provienen de actores estatales (Rusia, China, Irán), normalmente utilizando individuos o grupos patrocinados.
- La desinformación entendida aspecto fundamental del terreno cognitivo en el que se manifiesta la conflictividad. La manipulación masiva de narrativas a través de redes sociales es utilizada para desestabilizar procesos democráticos y polarizar sociedades. Como dijera un general estadounidense al referirse a la conquista del terreno humano: “no es tan importante lo que se hace sino como se cuenta”.
Al referirnos al conjunto de desafíos híbridos, se deben mencionar otros que, sin ser específicos del ámbito de la seguridad, sus graves repercusiones sobre ella precisan su securitización, como serían el caso del medioambiente y la salud.
- El medioambiente se considera uno de los enfoques críticos de la seguridad debido a sus repercusiones directas e indirectas que tiene para las personas y los Estados. En particular el cambio climático podría considerarse como un multiplicador de amenazas en la medida que agrava la conflictividad por los recursos e influye directamente a agrandar el gap del desarrollo, favoreciendo los movimientos migratorios masivos, y aumenta la frecuencia e impacto de las catástrofes naturales, lo que obliga a la generación de movilizar más recursos de seguridad.
- Las pandemias y las crisis sanitarias sin ser un asunto específico de seguridad, sus consecuencias y efectos obligan a disponer de capacidades y recursos. Como se vio con la COVID-19, pueden desbordar sistemas de respuesta y generar tensiones internas, además de ser objeto de manipulación geopolítica.
A estos dos retos habría que añadir un tercero, la energía, por las repercusiones directas que tiene para la Unión. La seguridad energética es un problema derivado de la dependencia de la sociedad europea de unos recursos energéticos sobre los que es claramente deficiente y con unas políticas divergentes entre los Estados miembros.
Dentro de este bloque sobre las amenazas híbridas, la dimensión tecnológica adquiere una importancia singular. La aceleración de innovaciones en inteligencia artificial, computación avanzada, sistemas autónomos, etc. están redefiniendo el equilibrio de poder entre actores internacionales. La cuestión para la Unión Europea no es solo adaptarse a esa transformación, sino evitar que su dependencia exterior en tecnologías críticas se convierta en una vulnerabilidad estratégica. Es preciso asumir que en un contexto en el que la superioridad tecnológica se traduce en un mayor poder y capacidad de influencia, relegar la innovación en aras de la regulación puede convertirse en una de las principales limitaciones europeas para su propia seguridad.
- Desafíos correspondientes con el desarrollo de capacidades. Este tercer bloque se dirige a un problema interno como es el caso de las insuficientes capacidades en materia de seguridad y defensa que tienen los Estados miembros, lo que afecta directamente a la propia credibilidad de la Unión Europea. Si bien es cierto que Europa dispone de un importante potencial agregado en términos económicos, industriales y humanos, el problema es que no siempre se traduce en disponibilidad operativa, interoperabilidad ni rapidez de respuesta. Para superar esta problemática será necesario afrontar una serie de desafíos que permitan superar el persistente déficit en inversión sostenida, la fragmentación en los programas de armamento, superando duplicidades nacionales, así como reducir la dependencia exterior en determinados sistemas. Todo ello debiera traducirse en la consolidación de unas políticas que garanticen el sostenimiento de esfuerzos prolongados en materia de seguridad y defensa.
Uno de los desafíos más importantes en este tercer bloque es el que tiene que ver con el marco regulatorio de la Política Común de Seguridad y Defensa (PCSD), la cual es un componente funcional dentro de un marco de mayor amplitud que define la Política Exterior y de Seguridad Común (PESC), en la que se incluyen diferentes aspectos de la acción exterior europea en materia de política y seguridad (diplomacia, sanciones, derechos humanos, relaciones exteriores), mientras que la PCSD se orienta específicamente a las acciones relacionadas con la seguridad y la defensa, como el despliegue de misiones militares o civiles y el desarrollo de capacidades militares. Ambas políticas se encuentran reguladas en el Tratado de la Unión (Artículos 21 al 46), en cuyo Artículo 42 se establece que la PCSD es parte integral de la PESC y que proporcionará a la UE una capacidad operativa basada en medios civiles y militares. Bajo la dirección del Alto Representante de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad la PESC/PCSD tienen como principales objetivos el de promover la paz internacional, la democracia, los derechos humanos y el Estado de Derecho; reforzar la seguridad de la UE y su entorno; así como actuar de forma coherente y eficaz frente a crisis internacionales.
Una importante vulnerabilidad del marco normativo de la Unión es la escasa consistencia de la defensa colectiva, lo que contrasta con la determinación que se refleja en el Tratado del Atlántico Norte en su Artículo V. El TUE se limita en su Artículo 42.7 a introducir una cláusula de asistencia mutua.
“En caso de que un Estado miembro sea objeto de una agresión armada en su territorio, los demás Estados miembros le deberán ayuda y asistencia por todos los medios a su alcance […] Esto se entiende sin perjuicio del carácter específico de la política de seguridad y defensa de determinados Estados miembros.”
Es decir, mientras que en la OTAN la defensa colectiva es su principio fundamental, siendo vinculante para todos los Estados miembros, en el caso de la UE su respuesta es más flexible y ambigua, incluyendo el recurso a empleo de medios civiles o militares. La UE se basa más en la solidaridad y cooperación entre Estados, respetando su diversidad en políticas de defensa y neutralidad histórica.
Las líneas maestras de la PCSD nos dan también una idea de otras significativas debilidades del sistema defensivo europeo. En primer lugar, en lo que se refiere a la gestión de crisis, la cual ha estado orientada casi con exclusividad a misiones de estabilización fuera del territorio europeo, con excepción de la misión de la EU en Bosnia tras la retirada de la OTAN de ese escenario (Operación ALTHEA). En segundo término, la defensa territorial de la Unión se ha construido bajo el paraguas de la OTAN, lo que ha incidido en su falta de autonomía estratégica. Una tercera debilidad, se identifica con el hecho de no disponer de estructura de mandos permanentes propia, y en lo que se refiere a la estructura de fuerzas, ésta es de notable debilidad, limitándose a un sistema de unidades de reacción rápida en torno a los 5.000 efectivos sobre la base de los “Battle Groups”. Además de las anteriores se podría señalar una cuarta en referencia a las limitadas capacidades en áreas críticas como la ciberseguridad y la inteligencia, poniendo en riesgo aspectos como la seguridad energética, infraestructuras críticas, o la respuesta ante pandemias y emergencias sanitarias.
Mención aparte merece la insuficiente inversión de los Estados miembros en materia de defensa. La cuestión no se reduce a cuánto se invierte, sino en cómo se invierte y con qué grado de coordinación y cohesión se realiza, de lo contrario, el esfuerzo presupuestario correría el riesgo caer en la dispersión. Por otra parte, la base industrial y tecnológica de defensa debe constituir un asunto central en la construcción de un modelo de defensa europeo más autónomo y eficiente, asumiendo que sin una industria europea más integrada e innovadora será imposible alcanzar la necesaria ventaja y autonomía estratégicas.
En conjunto, los desafíos de la Unión Europea en seguridad y defensa revelan una tensión de fondo entre su magnitud como actor global y regional y sus dificultades para comportarse como una potencia estratégica plenamente coherente. La presión militar en su entorno, la expansión de las amenazas híbridas, sus carencias en capacidades y la persistencia de divisiones políticas internas conforman un escenario exigente para la seguridad y defensa de Europa. La cuestión central para la Unión no es únicamente reforzar sus instrumentos, sino decidir si está dispuesta a traducir su peso económico, normativo e institucional en un instrumento de poder e influencia mundiales
Los pilares estratégicos de la Unión Europea
Si algo parece claro sobre el actual modelo de seguridad y defensa de la UE es que no responde a las exigencias del incierto y complejo contexto de la seguridad internacional ni permite las respuestas oportunas y eficientes a los desafíos a los que se enfrenta. Por otra parte, el hecho de que la defensa de Europa dependa de manera casi absoluta de la OTAN, genera una preocupante vulnerabilidad en un momento en el se está debilitando el tradicional vínculo transatlántico.
Durante décadas la estrategia de seguridad europea ha estado basada en el “Documento Solana” implementado por el entonces Alto Representante Javier Solana en 2003. Este documento titulado “Una Europa segura en un mundo mejor”, planteaba como ideas clave la necesidad de sustentar la seguridad europea mediante un enfoque proactivo ante amenazas globales como el terrorismo, la proliferación de armas de destrucción masiva, los conflictos regionales, el fracaso estatal y el crimen organizado, así como que, aquella se fundamente en la consolidación de un multilateralismo efectivo, el fortalecimiento del papel internacional de la UE, la combinación de medios civiles y militares, y la necesidad de actuar preventivamente, incluso fuera del territorio europeo, para preservar la seguridad común. Si bien es cierto, que fue un documento innovador y adaptado a la situación del momento, los cambios radicales en el entorno de la seguridad en los últimos años han puesto de manifiesto la necesidad de adoptar un nuevo enfoque estratégico, poniendo el énfasis en la defensa como condición sine qua non para garantizar la paz y la seguridad en Europa.
Tras varios intentos para la revisión de la estrategia europea, en el año 2021 se inició el desarrollo de un nuevo documento estratégico para la UE, conocido como “Brújula Estratégica para la Seguridad y la Defensa” que pretende ser, como se apunta en su enunciado, un documento para una Unión Europea que protege a sus ciudadanos, valores e intereses y contribuye a la paz y seguridad internacional. Curiosamente, también en este caso, su publicación coincidió con otro español, Josep Borrell, en el cargo de Alto Representante.
Apenas unos meses después de la aprobación de la Brújula Estratégica se producía la invasión rusa de Ucrania, poniendo de relieve la importancia de acometer la profunda transformación del modelo defensivo europeo. El enfoque de esta nueva estrategia apunta a compartir de una manera más efectiva y realista la percepción sobre los desafíos que pueden llegar a comprometer la defensa de Europa y a la vez a buscar una mayor coherencia en la seguridad, lo que supone impulsar la gestión del conocimiento de la situación, basada en un robusto sistema de Inteligencia, así como avanzar en la generación de nuevos modos y medios que permitan enfrentar las amenazas con mayor eficiencia. Pero, además, se especifica como una de sus prioridades, la de contar con una mayor claridad en la definición de los objetivos.
La Brújula establece cuatro campos de actuación que se sintetizan en estos cuatro verbos: actuar, asegurar, invertir y cooperar. En el primero de ellos se establece la necesidad de generación de capacidades militares, sin embargo, el nivel de ambición reflejado en este documento estratégico es muy poco ambicioso, al limitar el objetivo de capacidades militares a generación de una fuerza de despliegue rápido de 5.000 efectivos (similar a lo que actualmente son los Battle Groups), fortalecer su capacidad de planeamiento conjunto, y mejorar la contribución de las misiones cívico-militares de la UE fuera de área. En lo que se refiere al verbo asegurar, el esfuerzo lo orienta a la prevención de los desafíos emergentes y para ello apunta a la necesidad de contar con una capacidad propia europea de análisis de inteligencia, dotar de mayor fortaleza y capacidad al Centro de Satélites de la UE, construir las herramientas necesarias para enfrentar las amenazas híbridas y mejorar la capacidad de respuesta en los ambientes marítimo, aéreo, espacial y ciberespacio. Junto a estos objetivos, se apuntan algunas intenciones en la contención del terrorismo, la promoción del desarme, la no proliferación y el control de armas y la creación de una hoja de ruta sobre el cambio climático y la defensa.
En mi opinión, si estos dos primeros campos son ciertamente ambiguos y poco ejecutivos, los dos siguientes son aún más endebles. En lo que se refiere a la inversión, si bien en el documento se establece la necesidad de asumir un mayor gasto defensa para mejorar la autonomía estratégica y, la vez, reducir la dependencia tecnológica e industrial de la Unión Europea, no es menos cierto que no se infieren medidas concretas más allá de la intencionalidad de mejorar sus capacidades defensivas en los ámbitos terrestre, naval, aéreo, espacial y ciberespacio.
Finalmente, refiriéndonos a la cooperación, la nueva estrategia apunta hacia el asociacionismo (partnership) en los niveles multilateral (ONU y OTAN), regional (OSCE, UA, ASEAN) y bilateral, incluyendo una variedad de actores estatales de Europa (Noruega y Reino Unido), América y Asia Pacífico. Considero especialmente preocupante en lo que al entorno cooperativo se refiere, la vaguedad con la que se trata la relación entre la UE y la OTAN, organización, no olvidemos, sobre la que recae la defensa de la UE.
Asumidas estas evidentes debilidades expuestas sobre la actual PCSD quedaría plantearse la cuestión cómo podría construirse un sistema defensivo más robusto y eficiente, es decir, qué acciones sería necesario acometer para robustecer la Política Común de Seguridad y Defensa de la Unión. El modelo resultante debería construirse sustentado en tres pilares: disuasión, lo que supone articular un conjunto de capacidades militares en torno a una clara y creíble determinación de su empleo para la defensa de la Unión en su conjunto y la de sus Estados miembros; gestión de crisis, para lo que se deberá desarrollar un modelo cívico-militar que, sustentado en el consenso y la cohesión, impulse el liderazgo europeo en los asuntos relacionados con la seguridad regional y global; y cooperación, fomentando un entorno de confianza que, sustentado en un régimen de seguridad, permita avanzar hacia un modelo de seguridad cooperativa.
- Capacidad de disuasión efectiva y creíble. Parece claro el nivel de ambición que debe orientar las políticas de la UE en el campo de la seguridad que pasa por ser un de actor fundamental en el nuevo orden mundial, sin embargo, actualmente, es la defensa de Europa y la de sus Estados miembros lo que debe constituir su objetivo prioritario. El resurgimiento de conflictos inter-Estados, como es el caso de la guerra en Ucrania o más recientemente en Irán, hace que la disuasión refuerce su valor como herramienta estratégica fundamental para construir una Defensa creíble. La priorización de la defensa europea obligaría a una reconfiguración profunda del Tratado del Atlántico Norte que evitara duplicidades, pero, sobre todo que asumiera que la defensa de Europa no puede quedar en mano de los intereses norteamericanos.
Para enfrentar este gran desafío de construir un modelo defensivo basado en una disuasión eficiente y creíble la Unión debería dotarse de unas capacidades militares robustas y, lo que no es menos importante, manifestar una clara voluntad de emplearlas en caso necesario. Para ello se considera necesario acometer una serie de líneas de acción estratégicas, siendo la primera de ellas, la construcción de una estructura de mandos estratégicos permanente, lo que inicialmente podría apoyarse en el actual sistema de mando y control de la OTAN. En segundo lugar, se debería orientar el esfuerzo a la generación de un sistema de fuerzas de respuesta de la UE, incluyendo las de reacción rápida, en este sentido también se cuenta con la experiencia adquirida en este campo en el seno de la Alianza. Es importante romper una idea que en ocasiones se ve escrita en algunos medios, incluso manifestaciones de dirigentes políticos, cuando se refieren al hecho de que la UE no cuenta con un ejército europeo y la necesidad de contar con él, al que es prescindible siempre y cuando se cuente con un eficiente mecanismo de generación y la pertinente interoperabilidad de fuerzas, como sucede en el seno de la OTAN. La tercera línea de acción iría dirigida a la consolidación del área de capacidad que se refiere al “conocimiento de la situación” (situational awareness) en la que se incluyen los cinco dominios en los que se materializan las operaciones militares,[4] y que debería estar sustentada por un robusto sistema de inteligencia. Finalmente, la quinta línea de actuación iría dirigida a alcanzar el compromiso para una mayor inversión en I+D y de este modo mejorar la industria de defensa europea.
Es necesario en este punto referirnos, como elemento fundamental de las estrategias de disuasión, a las capacidades nucleares, cuyo balance se ha expuesto al tratar las amenazas tradicionales (pp. 6 y 7). De acuerdo con ello, máxime teniendo en cuenta el arsenal nuclear ruso, fortalecer la relación estratégica con Estados Unidos es un factor fundamental para alcanzar el grado de disuasión requerido, lo que no debiera debilitar la autonomía europea sino, al contrario, proporcionar una mayor solidez defensiva a la Unión Europea.
- Sistema integral de gestión de crisis. Al referirnos a la gestión de crisis es necesario señalar la conveniencia de que la UE revisara y fortaleciera sus mecanismos de cohesión para dar respuesta a las diferentes situaciones que pudieran comprometer la seguridad de Europa y sus intereses estratégicos, ya sea en el territorio europeo o fuera de él. Así pues, el sistema de gestión de crisis de la UE, como parte inseparable de la PESC, debería continuar con el actual modelo sustentado en su carácter cívico-militar, pero con un mayor nivel de consistencia.
Si bien la gestión de crisis tiene un marcado carácter preventivo, no en vano entre sus objetivos fundamentales se incluyen los de garantizar la seguridad y la resiliencia de las organizaciones, no es menos cierto que no debiera quedar al margen la contención de las amenazas y, en consecuencia, el sistema de gestión debería contar también con la adecuada capacidad de reacción, lo que se verá facilitado al disponer de un conjunto armonizado de opciones de respuesta. Atendiendo a esta última consideración -la capacidad de reacción- refuerza la necesidad de revisar el marco normativo para la defensa colectiva que la Unión que, como se expuso anteriormente, no cuanta con la suficientemente solidez al amparo de lo dispuesto en el TUE.
Asimismo, es importante llamar la atención sobre la amplitud de las crisis a las que se enfrentan nuestras sociedades, las cuales superan con creces el carácter específico militar, para tener un marcado carácter multidimensional entre los que se incluyen los desastres climatológicos, las pandemias, los movimientos migratorios incontrolados o la propia seguridad energética. Atendiendo a esta visión amplia de la seguridad, el sistema de gestión de crisis debe estar articulado para impulsar las tomas de decisiones y la aplicación inmediata de medidas que contribuyan a mitigar sus efectos.
- Consolidar un modelo de seguridad cooperativa. El asociacionismo es uno de los aspectos nodales de las estrategias de seguridad cooperativa, con él se promueve la solidaridad, la eficiencia colectiva y el empoderamiento comunitario. Uno de los más claros ejemplos de cooperación entre partes es el que ha mantenido la OTAN con la UE; de hecho, la Alianza ha sido el principal pilar de la defensa de Europa, y continúa siéndolo.
Al inicio de este estudio, describía la complejidad del contexto de la seguridad en nuestros días, citando dos de las que son sus principales características como son la debilidad del liderazgo global en el sistema internacional y la cada vez mayor debilidad normativa efectiva. Estas dos disfunciones influyen negativamente en en lo que se conoce como “régimen de seguridad”, el cual resultó un eficaz instrumento de confianza y cooperación tras la caída del Muro de Berlín.[5] En este orden de ideas, la UE debería dirigir su esfuerzo hacia el desarrollo de estrategias de seguridad cooperativa con sus vecinos, en particular los que conforman sus fronteras Oeste y Sur, así como impulsando misiones cívico-militares en aquellas zonas en las que se concentran los intereses vitales para la seguridad en Europa, como es el caso de Rusia y la franja de inestabilidad que va desde el Golfo de Guinea a Oriente Medio.
La complementariedad de la OTAN y la UE es algo que admite escasa discusión para garantizar la defensa de Europa, teniendo un marcado carácter prioritario recuperar y fortalecer las relaciones de confianza y colaboración entre ellas, las cuales se encuentran en uno de sus momentos más críticos, cuestionándose incluso el propio vínculo transatlántico. Esta relación ha tenido algunos episodios críticos, como fue la salida de Francia de la estructura militar de la OTAN en los años 60,s, fruto de las desavenencias con Estados Unidos al considerar que este país no pondría en riesgo su propia seguridad por defender Europa, abriendo así el programa nuclear francés. Sin embargo, esta relación se encuentra hoy en día comprometida, debilitando la defensa de Europa, como consecuencia de las políticas de la administración estadounidense del presidente Trump y por el más que cuestionable compromiso de algunos países europeos para asumir el esfuerzo necesario en materia defensiva que supone el complejo e incierto contexto de la seguridad internacional.
Si nos referimos a su compromiso con la gobernanza mundial y la seguridad internacional, la UE debería rmejorar su papel como actor global en el sistema, reforzando su voz en los foros multilaterales (ONU, G20, OMC), y a su vez, estableciendo asociaciones estratégicas con potencias emergentes en Asia, África y América Latina, sin renunciar en ningún caso a la defensa de sus valores democráticos y del Estado de Derecho.
Y para ejercer una mayor influencia en el nuevo orden mundial, la Unión debería estar en condiciones de proveer estabilidad institucional en regiones en crisis, desplegando capacidades civiles y militares en misiones de paz y operaciones de reconstrucción, así como mejorar sus capacidades en otros campos de la seguridad con gran repercusión en los ciudadanos europeos, como es el caso de la energía. Por otra parte, la UE tendría que asumir un mayor liderazgo en agendas globales clave para Europa como son la seguridad medioambiental, la ciberseguridad, la regulación de la inteligencia artificial, la seguridad sanitaria y la movilidad humana.
En síntesis, la Unión Europea debe asumir que su continuidad como proyecto político coherente y sostenible pasa por su capacidad de actuar como fuerza estabilizadora en un mundo cada vez más desordenado, a la vez que potencia sus capacidades defensivas. No se trata de competir en el terreno del poder duro con las grandes potencias, sino de reafirmar un modelo propio que no es otro que el de una potencia capaz de proyectar orden, derecho y valores allí donde la incertidumbre amenaza con imponerse. Más allá de su vocación como actor global en el sistema internacional, no es menos importante asumir el compromiso inquebrantable con la defensa de la Unión y de sus Estados miembros.
Si bien los desafíos son múltiples y complejos, también lo son las oportunidades. La construcción de una Europa más autónoma, más cohesionada y activa globalmente será, sin duda, uno de los principales factores para el equilibrio del sistema internacional en las próximas décadas.
Conclusiones
La Unión Europea se enfrenta a una paradoja estratégica de primer orden, pues pese a su influencia económica, normativa e institucional, continúa mostrando limitaciones estructurales para actuar como un actor estratégico autónomo en materia de seguridad y defensa. El análisis realizado evidencia que esta brecha no responde únicamente a condicionantes externos, como son la competencia entre grandes potencias o la erosión del orden liberal, sino a disfunciones internas de carácter político, institucional y económico que dificultan la articulación de una visión común y una respuesta eficaz.
El entorno internacional actual, caracterizado por su desequilibrio, fragmentación y desideologización, implica para la Unión una creciente presión estructural. La convergencia de riesgos tradicionales y los desafíos que plantean las amenazas híbridas obliga a un profundo replanteamiento de los fundamentos de la seguridad y defensa europea. En este contexto, la relación con la OTAN sigue siendo esencial, la cual se manifiesta simultáneamente como una vulnerabilidad estratégica debido tanto a las políticas de la actual administración estadounidense como a la falta de compromiso de algunos de los países europeos, añadiendo una incertidumbre en el vínculo transatlántico.
Por otra parte, el actual modelo de defensa europeo presenta preocupantes debilidades que se manifiestan por la limitación en las capacidades militares el seno de la PCSD, la ausencia de una estructura permanente de mandos estratégicos y operacionales y la fragmentación industrial europea, Esta disfuncionalidad limita la credibilidad de la Unión como proveedor de seguridad, tanto en su entorno inmediato como en el sistema internacional. En consecuencia, la cuestión central ya no reside únicamente en reforzar instrumentos o aumentar el gasto, sino en la voluntad política de transformar el potencial europeo en un poder efectivo.
En este sentido, la consolidación de un modelo de seguridad y defensa más robusto pasa necesariamente por la articulación coherente de tres pilares que se sintetizan en una disuasión creíble, un sistema integral de gestión de crisis y un enfoque de seguridad cooperativa. Solo mediante la integración de estos elementos, sustentados en una mayor cohesión interna y en una redefinición realista de su papel en el sistema internacional, la Unión Europea podrá aspirar a reducir su vulnerabilidad estratégica y posicionarse como un actor estabilizador en el nuevo orden global.
[1] El tratado, firmado en febrero de 1992, entrando en vigor el 1 de noviembre del siguiente año, transformaba la anterior Comunidad Económica Europea en una estructura política más amplia, siendo sus elementos fundamentales: la activación de una ciudadanía europea, complementaria a la nacional; la creación de una unión económica y monetaria, que conduciría a la creación del euro; el desarrollo de la Política Exterior y de Seguridad Común; y el establecimiento de un marco de cooperación efectiva en materia de justicia y asuntos de interior.
[2] De Miguel, Jesús. https://www.elconsistorio.es/una-vision-geopolitica-en-la-tercera-decada-del-siglo-xxi-parte-2/
[3] A los efectos de este trabajo se entenderá que los desafíos nos remiten a las transformaciones estructurales que configuran el entorno de seguridad, mientras que los riesgos expresan la probabilidad de que dichas dinámicas generen efectos, considerando las amenazas su origen material y su concreción operativa a través de actores con capacidad y voluntad de causar un daño.
[4] Los cinco ámbitos de las operaciones comprenden los espacios terrestres, marítimos, aéreos, espaciales y el ciberespacio
[5] El “Régimen de Seguridad” consiste en un conjunto de principios, reglas y normas orientados a fortalecer la confianza entre los Estados. (Jordán 2013), citado en De Miguel. 2024
Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España). ISSN 2695-8937


