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Cómo renovar las capacidades navales mínimas en tiempos de tribulación

https://global-strategy.org/como-renovar-las-capacidades-navales-minimas-en-tiempos-de-tribulacion/ Cómo renovar las capacidades navales mínimas en tiempos de tribulación 2021-03-02 10:17:22 Manuel Vila González Blog post Política de Defensa España
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Global Strategy Report, 9/2021

Resumen: Tras más de una década de penurias financieras de la que apenas habían empezado a recuperarse y ante la perspectiva post-pandemia de que una eventual falta de visión estratégica de parte de la clase dirigente condene a las Fuerzas Armadas a otro extenso periodo de inanición que prolongue el ya sufrido a partir de 2008, urge unir sensibilidades políticas en un pacto financiero a largo plazo en pos de alcanzar el 2% del PIB para Defensa comprometido con nuestros aliados en 2014 y reafirmado en posteriores cumbres de la OTAN. Así será factible sostener el esfuerzo defensivo en general y el naval en particular, herramienta como ha de ser la Armada no solo estrictamente castrense, sino de la diplomacia misma en la protección de los intereses nacionales. Para ello, es urgente comenzar a redistribuir el presupuesto militar de forma equitativa entre los tres ejércitos, prolongar los programas de construcción naval en marcha e iniciar aquellos que se prevén imprescindibles.

Introducción

El 11 de Febrero de 2021 tomó posesión de su cargo en Madrid como nuevo AJEMA el Alte. Gral. Antonio Martorell Lacave, tras el nombramiento de su predecesor como JEMAD. En su breve discurso supo condensar de forma magistral tanto la esencia histórica, espiritual y profesional de la Armada, como los retos a los que se enfrenta la institución tanto interna como externamente, apuntando con elegancia las vías por las que han de discurrir las soluciones para que las capacidades mínimas exigibles no disminuyan en un entorno económico tan pésimo.

Definir dichas capacidades navales mínimas (medios y competencias) es cometido de la propia Armada, que no solo debe fijar el mínimo número de buques que ha de conservar (o sustituir) de cada uno de los tipos y para cada una de las misiones encomendadas, sino que además debe fijar las prioridades por las que la renovación ha de guiarse, para atender así mejor determinadas áreas en función tanto de la situación interna de los diversos materiales como de la evolución de la situación internacional, a cuyas tendencias no puede ser ajeno un Cuartel General en permanente diálogo y continua coordinación política con Asuntos Exteriores para una mejor planificación de operaciones e inversiones, a corto y largo plazo, respectivamente.

Las causas económicas del resuello naval español

La crisis económica que estalló en 2008 tuvo como consecuencia un recorte significativo en las previstas disponibilidades de fondos para la modernización de las Fuerzas Armadas occidentales en la segunda década del presente siglo.

En 2014, cuando se pudo empezar a ser un poco optimista sobre el rumbo de recuperación de la economía europea, los miembros de la OTAN acordaron incrementar el presupuesto de defensa de cada cual hasta alcanzar un mínimo del 2% del PIB en diez años, recuperando así un anhelo del que los estadistas españoles ya se habían probablemente olvidado (Fernández, 2018).

La llegada de la pandemia y el consiguiente nuevo derrumbamiento de nuestra economía ha hecho que los gobernantes dirijan su esfuerzo prioritario a la atención sanitaria y social a los muchos damnificados ante la oleada de repercusiones de todo tipo que aún estamos soportando, así como a la supervivencia financiera de empresas y autónomos, de sectores completos o de las propias instituciones en algún caso, consumiendo sin freno unos recursos menguantes por mor de la lamentable evolución de muchas actividades generadoras de riqueza en circunstancias normales.

 Semejante e inevitable foco en el corto plazo y el hecho de que en épocas mejores España haya estado a la cola de sus aliados en cuanto al presupuesto al efecto, hace que las perspectivas para la inversión en defensa no puedan ser muy halagüeñas.

Las habilidades del camaleón

Todo buen gestor de una mera PYME sabe tener un ojo puesto en lo inmediato y el otro en el largo plazo, como si fuera un camaleón. Eso es algo que sin duda se ha puesto a prueba de nuevo en medio de la presente crisis. En épocas turbulentas el pueblo es proclive a dar por hecho que los gobernantes en cuyas manos se encuentra el futuro de sus hijos, el de su salud o su propia pensión, el de la seguridad en la que su diario acontecer se desenvuelve o la dotación de infraestructuras públicas, disponen de esa aptitud.

Sin embargo, en gran parte de los casos el largo plazo para un político democrático es el horizonte electoral, y el principal empeño del que hace gala en el ejercicio de sus facultades de gobierno es lamentablemente mantenerse en el poder, para lo que adopta otra camaleónica habilidad para pasar desapercibido ante determinados problemas y poder lanzar su certera lengua pegajosa cuando el votante se ponga incauto a tiro.

No hay nada que pueda cambiar esa dinámica, salvo quizá el establecimiento de mayorías reforzadas para la aprobación de cualquier ley en el Congreso de los Diputados, que obligaría siempre al pacto entre las principales fuerzas representadas y por lo tanto que favorecería el bien común y obligaría siempre a negociar en serio (y lo que es serio) elevando el nivel del debate, de la argumentación o de la crítica en la cámara y haciendo triunfar al pragmatismo por encima de ideologías que al no ser compartidas (por definición) por grandes mayorías de ciudadanos, no hacen sino separarles y dificultar la convivencia.

Pero como no es previsible en el medio plazo llegar a ese punto, que tanto beneficiaría a la política exterior y de defensa de España entre otras muchas cosas, intentaremos imaginar cómo, ante una situación que se presenta complicada, puede la Armada afrontar el desafío casi homérico de seguir aportando a la sociedad a la que se debe la acción que ésta necesita en la mar para la defensa de sus intereses nacionales de toda índole (diplomáticos, económicos, humanitarios, defensivos, comerciales, energéticos, pesqueros o de seguridad).

Renovarse o morir

En épocas de escasez, lo lógico parecería pensar en buscar la forma de no perder competencias básicas ya consolidadas, que tanto esfuerzo y tanto tiempo cuesta después recuperar, cuando llegado el caso (una vez se echen de menos) generalmente ya sea tarde, pues es bien sabido que crear desde cero un arma submarina, un arma aérea embarcada con aviones de ala fija o un cuerpo de infantería de marina, son tareas prolijas y de larga duración.

Lo sensato, por lo tanto, sería hacer lo posible para mantenerlas. Pero “mantener” es un concepto tramposo, dado que predispone a pensar que debemos de hacer lo indecible para que los viejos medios se conserven a flote como sea durante el tiempo que duren las carencias.

“No perder capacidades” tiene más que ver con intentar renovar los medios de los que disponemos para seguir estando a la vanguardia de los diversos ámbitos de la guerra aeronaval, submarina o anfibia. Porque si nos limitamos a hacer labores de entretenimiento (o grandes carenas) en fragatas (o submarinos) para que sigan en activo, lo único que conseguiremos será, seguramente, perder esas capacidades por mera obsolescencia sin que siquiera nos percatemos.

Seguramente por eso habló el nuevo AJEMA de “sostener y renovar” las capacidades, más que de “mantenerlas”. Pero eso requiere inevitablemente un presupuesto más amplio que permita la sustitución más que la prolongación de la vida útil de nuestros barcos, que no pueden evitar tener una duración muy determinada.

Mover ficha es perentorio

Y es que la vida media de un buque de guerra puede establecerse, a la hora de planificar la construcción de una Armada, en treinta años. Una marina de tamaño estable (como podría haber correspondido en la presente época post-Guerra Fría a cualquiera de las europeas), ha de renovarse completamente, pues, en tres décadas. En España hemos perdido una al completo en lo que se refiere a la incorporación de nuevos buques, pese a lo relativamente bien que lo habíamos hecho hasta entonces en las cuatro décadas precedentes, desde que el PLANGENAR abriera la puerta a modernas incorporaciones en la década de los setenta.

Esa falta de continuidad en la inversión anual para fortalecer (siquiera sustentar) la marina durante nada menos que un tercio del periodo de existencia de sus medios, es una catástrofe que ya no tiene remedio, pero ante la perspectiva de enlazar una segunda década casi en blanco, se imponen soluciones creativas y valientes, porque no adoptarlas será (correctamente) interpretado por los enemigos de España (que los hay, y no muy lejos, siquiera sea más por propio provecho que por animadversión) como una debilidad de la que querrán sacar ventaja geoestratégica.

Ya lo están haciendo, de hecho, ante nuestra propia inacción, extendiendo unilateralmente su ZEE (o incluso apropiándose aguas territoriales a las que no tienen derecho), permitiendo avalanchas masivas de inmigrantes ilegales o narcotráfico y en suma, tanto incumpliendo tratados firmados con España, como rompiendo el status quo de determinadas zonas fronterizas respetado hasta la fecha (Arcos, 2017).

Por todo ello y no pudiendo perder más tiempo, se impone el compromiso de quienes tienen el deber de financiar nuestros ejércitos y liderar nuestro bienestar en el ámbito internacional, para dotar a las Fuerzas Armadas en general y a la Armada en particular (como primera línea de defensa que es en una nación cuyas fronteras terrestres comparte en su práctica totalidad con aliados y socios), con los medios mínimos adecuados para poder realizar con garantías su cometido estratégico, esencialmente disuasorio.

Deberían en buena lógica las necesidades de la defensa condicionar en mayor medida la construcción de una Armada mínima que las dificultades financieras, porque aunque quizá sea más prudente adaptarse a lo poco que le toca sin levantar mucho la voz, como ha hecho la marina en los últimos diez años (Tafalla, 2020), por no soliviantar los equilibrios conjuntos, alguien tiene que definir qué es lo mínimo que necesita España en la mar en función de las amenazas exteriores (Pérez, 2020) y priorizar la renovación de los medios a flote conforme su estado lo aconseje… y no puede ser más que la propia institución, para así permitir que los poderes ejecutivo y legislativo tengan un documento que estudiar y sobre el que ponerse de acuerdo para dimensionar en consecuencia el importe (al alza…) y la continuidad de su presupuesto.

Así pues, delineada la mínima “escuadra”, como decían hace más de un siglo unos políticos sumidos así mismo en una sempiterna crisis, pero dotados de un claro pensamiento naval que ahora nos llama la atención (Chocano, 2008), ya solo quedaría ver cómo hacer factible la financiación en época de penurias, si bien tenemos la suerte de que, parafraseando a Paulo Coelho, el sistema económico de mercado del que disfrutamos puede conseguir que toda la sociedad llegue a “conspirar” para incrementar la producción, la renta y la riqueza de un país si se le brindan las condiciones adecuadas, ya bien conocidas, por lo que las cuentas públicas pueden reforzarse sin necesidad de desincentivar la inversión y la creación de empleo.

Política de igualdad: no hay milagros, bastaría un equilibrio

Para empezar, y al margen de la disponibilidad total de fondos destinados a la Defensa que apruebe el parlamento, se ha de reequilibrar la distribución de los mismos (López, 2018), uniformando las asignaciones a cada ejército, de forma que descontando los fondos requeridos por el mando conjunto (ciberguerra, inteligencia estratégica y demás), cada una de las ramas de las Fuerzas Armadas disponga de un tercio del presupuesto disponible.

De esa forma se estará compensando tanto a la fuerza aérea como a la marina el hecho de ser mucho más intensivas en capital que su equivalente en tierra. Como no sería de recibo reducir la asignación que a éste le es propia, el primer y urgente pacto de Estado a este respecto debería consistir en incrementar el presupuesto del ministerio de forma que manteniendo el Ejército de Tierra un porcentaje sobre el PIB similar al disfrutado en los últimos años, se pueda repartir equitativamente el incremento relativo entre las otras dos fuerzas armadas, hasta hacer así posible dicha igualdad de disponibilidad de recursos a tres bandas al filo del objetivo de mínimos de la OTAN.

Así se equilibraría también la proyección defensiva de España en tres ámbitos muy diversos pero complementarios:

  • La presencia exterior de nuestra Armada de la mano de nuestra diplomacia en las regiones del globo en las que se acumulan nuestros intereses nacionales (no solo marítimos)
  • El blindaje exterior de nuestras costas y fronteras frente al eventual ataque de escuadras o de enemigos ahora mismo inconcebibles (pero ¿y dentro de veinte años? ¿y dentro de treinta y cinco, con los cazas con los que ahora decidamos protegernos?), bajo el liderazgo del Ejército del Aire (coordinador natural de los esfuerzos de todas las Fuerzas Armadas en ese contexto)
  • La propia defensa de nuestro territorio ante cualquier incursión o veleidad por parte de otras naciones, principal responsabilidad del Ejército de Tierra, rehén aún, pese a las muchas reformas al efecto, de una estructura “ocupacional” cuya paulatina adaptación a la actualidad estratégica puede generar aún una cierta cantidad de oficiales de alto rango en espera de destino, lo que choca frontalmente con la necesidad de extender la presencia de agregados militares en las embajadas de España por el mundo (para profundizar en la coordinación o la inteligencia estratégica directa del mayor número posible de países), en lugar de reducirla por mor de la contención del gasto.

La Armada sostenible

Lo cierto es que la fórmula descrita, válida para el equilibrio de los recursos defensivos a medio plazo, no permite la renovación (¡quizá ni el mero mantenimiento, si se reduce el presupuesto!) de las capacidades operativas de la Armada en los próximos años, presumiblemente ayunos de financiación, siquiera mínima.

En esas condiciones se ha de evaluar qué medios han de captar la atención de la Armada, que ha de definir, así mismo, para qué fines y con qué secuencia han de ser incorporados en la medida de las posibilidades.

Lo que es crítico, con independencia de la abundancia o escasez de fondos (y en este aspecto no está lo inmediato en absoluto desligado de una solución a largo plazo), es la necesidad de contar con una financiación previsible y segura, ajena a los vaivenes ideológicos del Congreso, con anterioridad suficiente para que las Fuerzas Armadas puedan mejor planificar sus operaciones, su instrucción, los futuros recursos y sus plantillas, algo de lo que depende la tranquilidad de toda la sociedad (sea o no consciente de ello, que ese es otro tema) en relación a su desarrollo y a su progreso en paz.

Trescientos años antes de que Napoleón nos lo recordase, Fernando el Católico ya sabía que el vil metal es el combustible de la guerra. Y por lo tanto de la paz, en cuanto facilitador de la puesta a punto de las capacidades bélicas que han de disuadir a eventuales adversarios de iniciar aventura alguna contra nuestros intereses.

Más de medio milenio después del advenimiento de la dinastía de los Austria (que se veían obligados a programar los fondos necesarios para cada campaña año tras año), los españoles seguimos añorando una financiación estable de nuestra Armada, y por lo tanto la obtención de una marina sostenible, que no dependa de programas afortunados (como lo fue el Plan Alta Mar) que se extiendan durante como máximo una década sin más continuidad.

Los “ciclos de inversión” en Defensa han de desaparecer para dar lugar a líneas de financiación previsibles e imperecederas, que no limiten los programas a la construcción, por ejemplo, de cinco fragatas F110, sino que aseguren durante los treinta años de la vida de las mismas una financiación más o menos estable para la botadura cada dos años (en media), de un barco de esas características, que habrá de incorporar en origen los avances y mejoras siempre al día hasta que se haya desarrollado un buque enteramente nuevo que permita sustituirle en la línea de inversión. Así, a las cuatro F100 iniciales hubiesen seguido otras tantas o más modificadas al estándar de la F105, hasta que ya maduro el diseño de la Ramón Bonifaz hubiese ésta ocupado la grada de Ferrol, de forma que una crisis como la que se desencadenó en 2008, más que parar todo ciclo de inversiones simplemente ralentizara el suministro de nuevas unidades.

Este procedimiento (nada ajeno a la praxis de la US Navy con los destructores, sin ir más lejos), bien podría extenderse a los submarinos y a todas aquellas áreas cuya tecnología requiera de la continua adaptación tecnológica de nuestra industria. Este proceder sería también de utilidad para la fuerza aérea.

Evaluación de nuestras actuales capacidades navales

Vamos a asumir, con ánimo de simplificar, que para que en todo momento haya un barco de guerra plenamente operativo en la mar, se necesitan otros dos adicionales, uno de los cuales estará en periodo de adiestramiento entrenándose para sus futuras misiones, y el otro en puerto para labores de mantenimiento y descanso o formación de su tripulación. De esta guisa toda unidad pasará cada año cuatro meses de preparación individual, conjunta y combinada en los mares más próximos a España y otros cuatro en el destino de ultramar que nuestra política de Defensa o nuestra diplomacia aconsejen.

En vista de los actuales medios con los que cuenta la Armada, y haciendo la cuenta a tercios, ahora mismo apenas puede disponer de un submarino operativo, incapaz siquiera, pues, de cerrar con garantías el Estrecho al tráfico marítimo no deseado o bloquear la costa de un país vecino no aliado, llegado el caso, por mucho que ambas cosas puedan hacerse de forma simultánea.

Podemos contar en todo momento, eso sí, con una escuadra entorno a un gran buque anfibio integrada por un escolta antiaéreo solvente y un par de fragatas antisubmarinas y completada con un buque de reabastecimiento para extender el radio de acción allí donde tengamos que hacernos presentes. Con ella será factible desplegar un contingente expedicionario mínimo de infantería de marina capaz de acometer un amplio abanico de tareas, si bien no podríamos garantizar la presencia de un arma aérea embarcada completa más que una fracción de las veces.

Con los medios actuales podemos contribuir a las escuadrillas de escolta y contraminas de la OTAN con la asiduidad acostumbrada, así como atender las necesidades de patrulla de altura en un par de escenarios distantes a la vez (Indico y Golfo de Guinea, por ejemplo).

 Todo cuanto antecede es bastante poco a juzgar por la ambición mínima de la que ha de hacer gala un país como España y contrasta con lo ha de, tal como los propios documentos al respecto han demandado ininterrumpidamente desde la publicación de la Revisión Estratégica de la Defensa de 2003.

Quiere esto decir que el mero sostenimiento de las capacidades actuales no puede asegurar el umbral mínimo de fuerza que se estima conveniente para que la Armada procure a la sociedad de la que se nutre su progreso en paz. Esto es, que la “renovación” que ha de empezar hoy (pese a las adversas circunstancias) para no perder otra década y con ella toda posibilidad de defensa, debe apuntar más al incremento de la capacidad que a la mera sustitución de unidades (en el mejor de los casos, tentados como podemos estar en la conservación de las existentes).

Dimensionamiento de nuestras capacidades mínimas navales

Solo la Armada puede definir en qué orden y con qué intensidad invertir los recursos puestos a su disposición por el Ministerio, pero sin un marco financiero claro a largo plazo eso es del todo imposible (García, 2020), habida cuenta del tiempo de construcción de una nave y de una flota.

Tienen que ver dichas capacidades, lógicamente, con la situación en el mundo de España, tanto en su propio entorno, como en el contexto internacional en su conjunto, precedencia que es ya un filtro a la hora de establecer prioridades, si bien se da la afortunada circunstancia de que la posición geográfica de España permite sin duda matar dos pájaros de un tiro, convirtiendo lo que pudiera parecer ser un severo condicionante en multiplicador de fuerza.

Esa característica geoestratégica tan española nos permitiría salir con más facilidad del laberinto en el que Europa se ha internado desde el fin de la Guerra Fría, sin más que alcanzar un consenso de lo que deseamos que España sea de puertas para fuera. Con todo ello en mente, hay cualificados miembros de la institución que ya han señalado certeramente la ruta por la que empezar a caminar.

La paradoja de “la urgencia a largo plazo”

Así, buscando siempre la salvaguarda de nuestros intereses nacionales, podemos aventurar algunas decisiones que de forma inmediata se tendrían que acometer para evitar el colapso.

  • La primera, paradójicamente, es el aseguramiento de la financiación a largo plazo, mediante un pacto de Estado que garantice la tranquilidad necesaria para planificar a treinta años una flota equilibrada en función de los recursos que la sociedad española tenga a bien dedicar a su defensa. Ni que decir tiene que se ha de incrementar paulatinamente el presupuesto del ministerio de Defensa para alcanzar el 2% comprometido con los aliados en el plazo más breve posible.
  • La segunda medida ha de consistir en equilibrar el presupuesto de las tres ramas de las Fuerzas Armadas, de forma que tanto la Armada como la fuerza aérea puedan dedicar aproximadamente un quinto de su presupuesto anual a nuevas inversiones, en la media de los países europeos.
  • La tercera decisión que sugerimos tiene que ver con la extensión y continuidad de los programas en marcha. Dado que con cuatro submarinos no podemos hacer gran cosa (si queremos ser capaces de controlar en un momento dado el tráfico por el Estrecho de Gibraltar desde ambas vertientes, así como eventualmente bloquear la costa sur de ambas cuencas), se debería extender la serie al menos a dos más de forma urgente. Y cabe hacer las mismas consideraciones para las F110 o para los P40, con la vista puesta en la sustitución de los L50 ¿por L60? y el reemplazo de los AV8B por F35B, que tocará hacer en mejores circunstancias económicas, sin duda, pero que hay que iniciar ya.

  Pocas veces lo urgente y lo importante tienen tanto en común, hasta hacerse en este caso casi indistinguibles. Pocas veces los cambios coyunturales que exigen las consecuencias de una tragedia tienen un carácter tan estructural. Lo más inmediato ahora mismo ¡es acordar con un criterio estratégico la forma de proceder en el largo plazo!

Así pues, para poder dar el siguiente paso en el alambre (y ante la previsible ausencia de la habilidad del camaleón para hacerlo con simultaneidad), el funambulista del que depende la dotación de nuestros ejércitos ha de mirar en estos tiempos al horizonte y no a sus pies.

Consideraciones para un consenso de mínimos

El consenso estratégico naval (de la Defensa, en general) que la situación obliga a establecer entre la mayor parte del arco parlamentario posible, y que se desarrolla inevitablemente en la definición de los programas de inversión para que las fuerzas armadas puedan cumplir sin exagerada escasez de medios su misión (defender activamente los intereses nacionales en cualquier lugar del planeta y mantener la paz en todas las circunstancias), ha de tener en consideración varias pautas para optimizar el esfuerzo pecuniario al que ha de dar lugar.

La primera es que es mejor disponer de pocos barcos de guerra buenos, que de muchos malos. Eso es algo que la Armada ha llevado a gala en las últimas décadas.

La segunda, muy relacionada con la anterior, pero quizá no tan obvia, es que para que un barco de guerra sea digno de esa denominación ha de embarcar armas que lo habiliten al menos para garantizar su defensa en los distintos escenarios.

Quiere todo lo anterior decir que un submarino anaerobio está muy bien para cazar submarinos nucleares al paso por un estrecho o sembrar el pánico en el comercio a lo largo de determinada ruta, pero estará mejor si es capaz de combatir a gran distancia a sus perseguidores o de bombardear determinadas infraestructuras terrestres del enemigo mediante misiles de crucero…

…o que un par de modernas fragatas son ideales para escoltar en alta mar un grupo de buques ante una amenaza submarina sofisticada, pero si pueden hacer extensiva su presencia en las cercanías de la costa potencialmente hostil, serán mucho más valiosas (o quizá solo entonces empezarán a serlo verdaderamente, incluso).

… o que un buque de aprovisionamiento (cualquier gran unidad de la marina en realidad), queda inhabilitado para formar parte de una escuadra si no dispone de medios de autoprotección antitorpedo o ante amenazas ligeras de superficie o de misiles antibuque, o de adecuados enlaces de datos con los demás miembros de la agrupación.

La diferencia de coste entre que un buque “completo” y uno a medias no es significativa en relación al incremento del valor que alcanza al hacerle carecer de flancos débiles. Así, sustituir un cañón de 3” por uno de 5” en un patrullero oceánico, instalar en un buque de combate de 6.000 Tm de desplazamiento 48 silos de lanzamiento de misiles en lugar de 16, o embarcar dos helicópteros en lugar de uno solo, por ejemplo, pueden ser la diferencia entre la mediocridad y la excelencia.

De una cuestión de números…

La tercera consideración es que, pese a la primera, hay un número mínimo para todo. Como ya hemos explicado anteriormente, ese número mágico es probablemente el tres, si no queremos cederle al enemigo la prerrogativa de elegir cuándo atacarnos en función de nuestra carencia temporal de medios, dado que tener barcos de guerra excelentes siguiendo las dos pautas descritas es imprescindible, pero conviene poder hacer acto de presencia con ellos en todo momento y ante cualquier eventualidad, y no solo los meses pares…

A la idoneidad y completitud de las unidades, esencial para hacer frente con éxito a las amenazas más esperadas y variopintas respectivamente, se añade la necesidad de un adiestramiento a conciencia de la tripulación, única manera de alcanzar la excelencia operativa cuando toca dar el do de pecho en la misión encomendada. De ello es bien consciente el nuevo al AJEMA al asegurar que incidirá “en el adiestramiento y preparación de las unidades en base a los escenarios de actuación más probables”.

Pero lo cierto es que lo más probable es que en caso de ser agredidos lo seamos en el escenario menos probable, a poco versado que esté el agresor en el arte de la guerra, y como mera consecuencia de nuestra propia preparación (a la que él no será ajeno), que teniendo que estar indefectiblemente unida a un programa realista, habrá de cubrir sin embargo todas las posibilidades.

Sin embargo, prepararse para todo requiere estar adiestrándose permanentemente, lo que no es factible, por lo que hay que buscar un equilibrio que quizá no esté muy lejos del reparto de tareas mencionado, si bien la necesidad de maximizar el valor añadido de una escuadra induce a pensar en la reducción del adiestramiento en la mar al mínimo para poder seguir haciéndolo en puerto con simuladores y gemelos digitales y durante los propios despliegues operativos, dado que siempre habrá tiempo para ejercicios (incluso combinados), compatibles con la diplomacia del cañonero y con muchas de las misiones que se le pueden encomendar a los barcos y las agrupaciones de la Armada.

Estos matices son de especial interés en el entorno geoestratégico que nos es más próximo, dado que las maniobras (incluso conjuntas) se podrán realizar en las mismas aguas en las que los despliegues operativos tienen lugar. De esa forma (y probablemente con cierta adaptación de la gestión de personal), es probable que, según el caso y en épocas de cierta presión, pueda elevarse el grado de disponibilidad operativa de las unidades un 50%.

… A una cuestión de enfoque

Recordaba el Alte. Antonio Martorell que cuando España le ha dado la espalda al mar hemos dejado de tener voz en el concierto internacional. Esa obviedad está muy arraigada en la institución que ahora lidera (Pery, 2020), pero no ha calado nunca en el común de los mortales patrios.

Si bien el desafío en ciernes es de órdago, tampoco es que la Armada haya sido ajena a lo largo de los últimos cinco siglos a situaciones de aflicción importantes, por lo que no es descartable que haciendo de la necesidad virtud encuentre la manera de hacerse ver, más como la herramienta fundamental del Estado para la defensa avanzada de nuestros intereses nacionales en el entorno internacional (y por lo tanto como el hardware que nuestra diplomacia tiene a mano para implementar su software), que como una parte más del “ejército”, esto es, de las fuerzas armadas que impedirán la invasión de nuestro territorio por parte de un enemigo que la opinión pública (y sus representantes en el legislativo) no ven por ningún lado.

Es imposible solventar la falta de cultura naval (y por extensión de defensa) en un plazo razonable. A corto plazo, si acaso, tendríamos que centrar el esfuerzo en que al menos los políticos y diplomáticos entiendan la necesidad de cuidar la Armada para poderla usar como instrumento vital al servicio de la paz y del progreso de la sociedad española.

Conclusiones

Definió muy bien en su primera alocución el nuevo AJEMA lo que a la Armada le corresponde hacer para afrontar una situación que se presenta difícil en el plano de la financiación, lo que sin duda compromete las nuevas adquisiciones. Tomar conciencia de la presumible escasez que se cierne sobre la institución es el primer paso para enfrentarse a las dificultades.

Desde el ámbito de la sociedad civil, sin embargo, y especialmente desde la óptica de las empresas internacionalizadas que estamos en el mundo batiéndonos el cobre para sobrevivir ante tanta incertidumbre en primer lugar y “barriendo para casa” en la medida de lo posible, con intención de crear riqueza en nuestro suelo, debemos ir más allá en la exigencia de políticas exterior y de defensa coordinadas y bien financiadas, de las que la Armada es vínculo privilegiado.

Es imprescindible alcanzar un consenso parlamentario desideologizado y lo más amplio posible para asegurar la financiación de la Armada (de las Fuerzas Armadas en su conjunto) a largo plazo, así como para cumplir con el compromiso de inversión en Defensa del 2% del PIB a la mayor brevedad. Llegados a este punto tras una década de escasez y ante el panorama que se nos presenta, es ya insoslayable.

Se ha de poner en marcha una “política de igualdad” por la que los tres ejércitos reciban similar asignación presupuestaria año tras año.

Es conveniente facilitar la continuidad de los programas navales en marcha a la espera de la formalización de las medidas antedichas, para así asegurar la sostenibilidad de la marina, evitando la pérdida del saber hacer en la industria que supondría la jubilación de expertos ingenieros en época de discontinuidad de la construcción.

La Armada debe establecer los medios que necesita para poder renovar sus capacidades y fijar las prioridades para adaptarse a la disponibilidad de fondos que el Gobierno tenga a bien presupuestar. Además, debe formar a los políticos de ámbito nacional y al cuerpo diplomático con más empeño y valerse de él (ponerse a su disposición) para procurar una mayor visibilidad estratégica internacional de España, a la que también ayudaría la reversión del desgraciado cierre de las agregadurías militares en muchas embajadas, compatible con la disponibilidad de coroneles del Ejército con talento a la espera de destino.

Ante la incertidumbre que se cierne sobre el futuro de la Armada, cabe recordar que es mejor poco y bueno que mucho (o no tanto… pero más) y malo, que los barcos de guerra han de disponer de sistemas de armas que les permitan al menos sobrevivir en entornos de conflicto moderados para poder ser considerados así, y que hay un mínimo número para todo, bajo cuyo umbral la defensa no es eficaz.

Referencias

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Editado por: Global Strategy. Lugar de edición: Granada (España). ISSN 2695-8937

Manuel Vila González

Colaborador del Centro de Pensamiento Naval de la Escuela de Guerra Naval de la Armada y Director General de Newtesol, S.L

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